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Nova tellus

versión impresa ISSN 0185-3058

Nova tellus vol.28 no.2 México dic. 2010

 

Artículos

 

El Homero de Aristóteles: dos metáforas sobre el deseo (ἐπιθυμία), el placer (ἠδονή) y la templanza (σωφροσύνη) en Ética nicomáquea II, 9

 

Aristotle's Homer: two Metaphors about Desire (ἐπιθυμία), Pleasure (ἠδονή) and Temperance (σωφροσύνη) in Ethics to Nicomachus II, 9

 

Jesús Araiza

 

Universidad Nacional Autónoma de México / Centro de Investigación y Docencia en Humanidades del Estado de Morelos. Correo electrónico: jaraiza@cidhem.edu.mx.

 

Recepción: 7 de julio de 2010.
Aceptación: 10 de septiembre de 2010.

 

Resumen

La pregunta más importante que se plantea la ética aristotélica es la siguiente: ¿Cómo llegamos a adquirir el término medio (μεσότης) y la excelencia ética (ἀρετή)? ¿De qué modo podemos llegar a ser éticamente buenos e, incluso, por vía de la excelencia del carácter, felices? Dos metáforas que Aristóteles construye a partir de sendos pasajes de la Ilíada y la Odisea dan respuesta a dicha cuestión, especialmente en el contexto de la templanza (σωφροσύνη), el placer corporal (ἡδονὴ σωματική) y el deseo (ἐπιθυμία).

Palabras clave: Ética nicomáquea, deseo, placer corporal, templanza, Homero.

 

Abstract

The most important question in Aristotelian ethics is: How do we succeed in acquiring the mean state (μεσότης) and ethical excellence (ἀρετή)? How do we become ethically good, and even happy by means of excellence in character? As an answer, especially in the context of temperance (σωφροσύνη), bodily pleasure (ἡδονὴ σωματική) and desire (ἐπιθυμία), Aristotle builds two metaphors by using passages from both the Iliad and the Odyssey.

Keywords: Ethics to Nicomachus, desire, bodily pleasure, temperance, Homer.

 

Sabemos que la concepción de Aristóteles sobre la ética se encuentra expuesta, entre otros escritos, en su Ética nicomáquea, cuya estructura es diferente al resto de sus obras. Ésta tiene una finalidad 'práctica' y 'no contemplativa'.1 Esto significa que, a diferencia de los tratados de psicología,2 física y filosofía primera, el tratado de ética no se propone la investigación acerca de la excelencia () con el fin de adquirir un conocimiento teórico ().3 Si emprendemos su investigación lo hacemos, en efecto, con el propósito de llegar a ser éticamente buenos ().4 De otro modo, todo estudio de filosofía práctica —acerca de la justicia (), la templanza (), la valentía (), la prudencia () y las demás excelencias éticas— resultaría, por lo menos desde la ética aristotélica, vano e inútil.5 Por esta razón, dado el fin práctico del estudio del carácter y las costumbres, la pregunta más importante que se plantea la ética aristotélica tiene que ver evidentemente con el problema de la consecución del fin realizable: ¿Cómo llegamos a adquirir la excelencia ética? ¿De qué modo podemos llegar a ser éticamente buenos e, incluso, por vía de la excelencia del carácter, felices? El planteamiento de este problema y la respuesta a dicha pregunta parece ser el tema central del libro II de la Etica nicomáquea, y constituye, a nuestro juicio, el interrogante más importante que puede plantearse todo estudioso del tratado de ética aristotélica. Aristóteles aborda el problema desde varios ángulos. En primer lugar, por ejemplo, toma como punto de partida la fuerza que ejerce la costumbre () en la génesis de la excelencia ética. El carácter () y la mejor disposición ética se originan mediante una repetición de la costumbre. La excelencia ética (), nos dice, sobreviene por la costumbre (), de ahí que ha tomado también su nombre por una pequeña variante a partir de 'costumbre' ().6 En las letras que componen la palabra (carácter) y la palabra (costumbre), se revela literalmente la verdad con respecto a la cosa: así como la letra inicial () del concepto carácter () es por naturaleza larga y la letra inicial () del concepto costumbre () es por naturaleza breve, así también el carácter es una especie de "costumbre larga".7 De la repetición constante de ataques de ira se forma el carácter irascible; del disfrute continuo y sin límite de toda clase de placeres corporales se forma un carácter intemperante; de la entrega constante a toda clase de miedos y la falta de valentía para enfrentarlos se produce un carácter cobarde. Por otra parte, el Estagirita establece una premisa que a primera vista parecería, sin serlo, una verdad de perogrullo: nadie puede llegar a ser bueno si no practica la excelencia ética. Por la práctica de las cosas justas uno llega a ser justo; por el ejercicio de las cosas templadas, se vuelve templado. Adquirimos, pues, las mejores disposiciones habituales () —nos dice— habiéndolas puesto anteriormente en acto, tal como ocurre en el caso de las artes:

Pues aquellas cosas que es preciso aprender antes de ejecutarlas, esas mismas las aprendemos ejecutándolas. Por ejemplo, los edificadores llegan a ser edificando y los citaristas tocando la cítara; así también, pues, ejecutando acciones justas llegamos a ser justos, ejecutando acciones templadas, templados y ejecutando acciones valientes, valientes.8

En tercer lugar, ofrece una explicación del comportamiento de la excelencia ética () como término medio y de cómo es que éste se preserva por la observancia de la medianía y se destruye por la práctica de los extremos. No es el término medio tomado aritméticamente el que interesa en el ámbito de la ética, sino el término medio en relación con cada uno de nosotros. Así, por ejemplo, si diez es mucho y dos es poco, el medio aritméticamente es el seis, pues éste excede a dos en la misma cantidad en que es excedido por diez. El medio en relación con cada uno de nosotros se comporta, sin embargo, de otra manera. Pues, si para alguien tomar en alimento una cantidad de diez es mucho y de dos es poco, el entrenador no ha de prescribir una cantidad de seis, pues ésta puede ser o mucho o poco para el que ha de tomarla: para un atleta poco, para el que se inicia en los ejercicios corporales, mucho. De modo que en el ámbito de la ética conviene buscar el término medio, pero no en relación con la cosa, es decir, simplemente desde el punto de vista aritmético, sino en relación con nosotros, en relación con las circunstancias particulares.

Aún podríamos enlistar otras fórmulas que describen el comportamiento de la excelencia ética y sus contrarios, del término medio y sus extremos; fórmulas todas que indican simultáneamente sendas maneras en que es posible la adquisición de la bondad ética. No obstante, en este breve escrito me propongo especialmente hacer notar el consejo práctico que nos da Aristóteles para alcanzar el término medio que anhelamos. Aunque tal consejo vale para todos los demás hábitos — pues, si quiere alcanzar el término medio, un avaro tendría que esforzarse en gastar como hace un pródigo y un pródigo tendría que retener y cuidar sus bienes como hace un avaro; para alcanzar la mansedumbre un irascible tendría que actuar como el insensible y el insensible de ira tendría que intentar proceder como es movido un colérico— Aristóteles pone en este pasaje (EN II, 9) especial énfasis en el tema del deseo, del placer y de la templanza. Es en este contexto en el que se sirve de dos metáforas tomadas de la Ilíada y la Odisea. El que apunta hacia el término medio —nos dice— es preciso que se aparte en primer lugar de lo más opuesto, como aconseja Calipso: "Mantén alejada tu nave de esta niebla y de este oleaje".9 En el uso de esta metáfora Aristóteles da a entender que la nave es como el cuerpo y que la niebla () y el oleaje () equivalen a la ofuscación y turbación a que da lugar el deseo, cuando éste, a semejanza del mar, se encuentra dentro del alma así, embravecido. El uso de la razón frente al impulso del deseo es principio de acción y causa de salvación. Aristóteles atribuye las palabras a la bella Calipso, quien habría dado el consejo a Odiseo. Éste, a su vez, habría repetido durante el trance de peligro en el mar embravecido las siguientes palabras:

Pero a ti, ¡oh piloto!, ordénote lo siguiente:
deposítalo en tu corazón, pues riges aquí
de la cóncava nave el timón; mantén alejada
la nave de esta niebla y de este oleaje, acércate
al risco, no sea que, sin querer, hacia allá
se vuelque y nos arrojes al mal.10

El piloto, sin duda, ocupa en esta metáfora el lugar de la razón, el timón parece ser el deseo y la nave hace las veces del cuerpo. La razón tiene a su cargo el cuidado del deseo y el deseo es —como el timón de la nave— una parte constitutiva del alma, dentro del cuerpo. La niebla y el oleaje parecen representar, como está dicho, la ebullición de la sangre puesta en actividad por el deseo, y el mal a que puede llevar el vuelco de la nave constituye sin duda las consecuencias que trae consigo el abandono del cuerpo hacia el placer. Alejar la nave de la niebla y del oleaje y acercarla hacia el risco —asidero firme y seguro— asegura su salvación. Cuando el filósofo habla del placer en el contexto de la templanza, se refiere al disfrute de la bebida, de la comida y de los placeres sexuales. Al atribuir las palabras a Calipso,11 evoca sin duda el amable trato que ha dado a Odiseo la bella ninfa, la cual, por estar profundamente enamorada, lo cuida en su divino lecho y le da el placer del amor, de los manjares y del vino, para seducirlo y persuadirlo de que permanezca a su lado, de modo que renuncie a su deseo de regresar al anhelado lecho de su esposa Penélope. De los males, dice el Estagirita, es preciso tomar los menores en la segunda navegación; es preciso remar en sentido contrario al que nos llevaría la fuerza de nuestro deseo, si queremos alcanzar el punto medio. Por el placer y el dolor que se dan en nuestro interior nos damos cuenta hacia dónde somos llevados por naturaleza con mayor facilidad, hacia dónde sopla el viento. Es preciso, de este modo, que arrastremos nuestro cuerpo llevándonos a nosotros mismos hacia el extremo contrario; pues apartándonos lejos del error llegaremos hacia el punto medio, tal como hacen los que corrigen las vigas torcidas.

La razón de que en cualquier caso uno debe vigilar especialmente lo placentero y el placer, es que de estas cosas no somos jueces imparciales. De modo que, dice el Estagirita, erraremos menos si nos apartamos del placer, y estaremos en mejores condiciones de alcanzar el punto medio, si, en relación con el placer llegamos a experimentar el mismo sentimiento que experimentaron los ancianos del pueblo frente a Helena, y en todo lugar nos repetimos su voz:

En cada caso hay que vigilar especialmente lo placentero y el placer; pues no lo juzgamos de modo imparcial. Aquello, entonces, que los ancianos del pueblo sintieron frente a Helena, eso conviene que sintamos también nosotros frente al placer, y que en toda circunstancia repitamos la palabra de ellos. Pues, apartándonos de él, erraremos menos. Al hacerlo, entonces, para decirlo de manera sumaria, tendremos en máximo grado ocasión de poder alcanzar el término medio.12

Pues bien, para saber cómo interpreta Aristóteles la metáfora y qué es lo que dicen de la hermosa Helena los ancianos de Troya, es preciso que vayamos a la Ilíada. Dice Homero en el canto III:

Al ver ellos a Helena acercarse a la torre,
en voz baja se decían entre sí estas aladas palabras:
"¡No hay que censurar que troyanos y aqueos, de hermosas grebas,
por una mujer de tal clase tanto tiempo dolores padezcan!
¡A decir verdad, parece en su aspecto una diosa inmortal!
Pero, aun así, bella como es, vuelva a su patria en las naves,
no sea que nos deje a nosotros y a nuestros hijos tras de sí la desolación".13

En el poema se trata de un conflicto bélico, de una guerra entre dos pueblos enfrentados por las armas, por causa de una mujer de belleza cuasi divina. En la metáfora aristotélica, tal como lo presenta el Estagirita por medio de la analogía, el placer tiene rostro de delicada mujer, parecido en su aspecto a una diosa inmortal. Quienes hablan de Helena son precisamente los ancianos, los más juiciosos del pueblo, los más prudentes y experimentados; ellos ocupan dentro del pueblo —como el piloto en la nave— el sitio que análogamente dentro del alma ocupa la razón. El desear no es reprochable ni el deseo es tenido por ellos como un mal. Es la realización del deseo lo que podría causar estragos al que percibe y padece dicho deseo.

Mediante el recurso de la metáfora nos hace Aristóteles la sugerencia de que, movidos por la razón, digamos en relación con el placer corporal frente a un ardiente deseo, lo mismo que en voz baja se dicen los ancianos entre sí, frente a una Helena que se aproxima a la torre. Este bello pasaje de EN II, 9 evoca sin duda lo que, en relación con el deseo, nos dice el Estagirita en Magna moralia en el contexto de la incontinencia impremeditada y repentina:

...por ejemplo, cuando vemos a una bella mujer, al punto sentimos algo, y desde la pasión surgió el impulso de hacer algo de lo que quizá no conviene.14

Si aplicáramos la sugerencia del Estagirita en un caso concreto de nuestra existencia, frente al ardiente deseo por una bella mujer con la que no conviene el disfrute sensual, tendríamos quizá que repetirnos en voz baja las siguientes palabras:

No es reprochable que me atormente por el deseo de una mujer tan hermosa; su semblante, semejante al de una diosa inmortal, lo justifica. Pero el trastorno interior a que da lugar su presencia, pone en riesgo la vida propia y la de mi descendencia. Es mejor, por eso, que regrese en las veleras naves a su lejano país, no sea que se convierta en causa de destrucción para mí y para mis hijos.15

Hay que decir que Aristóteles no parece reducir la experimentación de placer en la esfera de lo corporal a la relación amorosa de un hombre y una mujer o al enamoramiento que puede darse entre estos dos, por más que en las metáforas expuestas subyace el enamoramiento de Calipso por Odiseo y el de Paris por Helena, en un conflicto en el que está presente, además, ya Penélope, ya Menelao, como legítimos reclamantes del amor de su respectivo consorte, y en ambos casos se pone en juego algo más que la vida: la propia descendencia. El placer y el dolor corporales no se reducen, en efecto, al ámbito de la relación de pareja ni a la esfera extramarital. La maestría con que presenta Aristóteles los ejemplos permite aplicarlos de igual modo a los otros ámbitos del deseo: el de la bebida y la comida. Un glotón, lo mismo que un hombre atravesado por el intenso deseo de substancias tóxicas, alcohol, drogas y alcaloides o medicamentos, constituiría por igual objeto propio del consejo práctico del Estagirita. Lo mejor sería apartarse de ese extremo, renunciar a él, como aconsejan los sabios del pueblo, y forzar al cuerpo a ir hacia el lado opuesto. Las palabras precisas que convendría a la razón repetirse una y otra vez, serían las mismas que Odiseo repite al piloto: "Mantén alejada tu nave de esta niebla y de este oleaje" y las que los ancianos del pueblo troyano pronuncian en voz baja ante la presencia de Helena:

No es reprochable su presencia, pues el placer que produce su bella figura es semejante al placer de la contemplación de una diosa; pero, con todo, es mejor que se vaya, no sea que se convierta en desolación para mis seres queridos y en destrucción de mi vida.16

En el centro de las dos metáforas formadas por Aristóteles a partir de los poemas de Homero, está, como he mostrado, el tema del deseo, del placer y la templanza. Por eso podría uno preguntarse: ¿Por qué razón da el Estagirita a la templanza () un tratamiento privilegiado? ¿Cómo se explica la importancia de esta excelencia ética en el conjunto del tratado aun por encima de otras como la justicia, la valentía, la mansedumbre, etcétera? Una respuesta directa a esta pregunta la encontramos en el libro VI de la Ética nicomáquea. En un juego de palabras, al descomponer en dos partes el nombre de , dice "designamos a la con esta denominación, en la opinión de que ella salva a la ".17 Aquí el filósofo hace derivar el prefijo σω- del verbo , salvar, preservar, y atribuye una misma raíz a de modo que se forma un juego de palabras mediante la siguiente expresión: "la templanza es aquella que preserva a la prudencia", ""; o bien, "la templanza preserva a la prudencia", .18

El trabajo más importante dentro del tratado de ética en su conjunto parece ser el relativo a la templanza y al deseo. Sin duda el despliegue de la investigación ética comprende también el trabajo acerca del miedo (), de la ira (), de la codicia () y de las demás afecciones del alma; pero el trabajo en relación con el deseo () parece aún anterior al de las demás pasiones; pues, una vez que los deseos acerca de la bebida, de la comida y del sexo están en orden y bajo control, sólo entonces resulta fácil dar un orden al miedo, a la ira, a la ambición y a las demás pasiones, de modo que es más fácil instaurar en el alma las demás virtudes éticas y dar lugar al establecimiento de la dentro de ella. Una vez preservada la prudencia () e instauradas las virtudes éticas en el alma, se encuentra abierto ya el camino para la felicidad en su forma más excelsa y primera: la contemplación como actividad propia del intelecto.19

Así pues, de todo lo anterior se sigue que, si uno quiere alcanzar el punto medio en relación con los placeres corporales, conviene que se impulse en la dirección opuesta hacia donde es llevado por su deseo. Ese es el camino que el Estagirita recomienda mediante el recurso de las metáforas construidas a partir de la Ilíada y la Odisea. El que apunta hacia el término medio, es preciso que se aparte en primer lugar de lo más opuesto, como parece repetirse Odiseo a sí mismo en la metáfora del piloto y de la nave: "Mantén alejada tu nave de esta niebla y de este oleaje"; y lo más opuesto a la ofuscación y turbación en que un hombre es sumido por el deseo parece ser precisamente el que se aleje de su cumplimiento, que se abstenga de realizar aquello hacia lo cual le arrastra el apetito de lo placentero. En la esfera del placer corporal es difícil que actuemos como jueces imparciales. Por eso estaremos menos expuestos al error si nos apartamos del placer, y estaremos en mejores condiciones de poder alcanzar el punto medio, si, en relación con el placer corporal somos capaces de experimentar lo que experimentaron los ancianos del pueblo frente a Helena y nos repetimos su voz frente al placer. El uso de la razón frente al impulso del deseo es semejante al trabajo del timonel en relación con la tripulación; en ambos casos —en relación con las pasiones, la razón, con respecto a los miembros de la tripulación, el piloto—, el que dirige en cada ámbito es principio de acción y causa de salvación para los demás. A falta de un viento propicio para el impulso de la nave, es preciso tomar los remos como en la segunda navegación; es preciso remar en el sentido contrario al de la fuerza de nuestro deseo. Por el placer que suele seguir al cumplimiento del deseo podemos advertir hacia dónde somos llevados por naturaleza con mayor facilidad, hacia dónde sopla el viento.

Tras advertir, pues, hacia dónde nos empuja nuestro deseo, es preciso que arrastremos nuestro cuerpo llevándonos a nosotros mismos hacia el extremo contrario; pues, tal como hacen los que corrigen las vigas torcidas —doblándolas hasta el lado opuesto para que queden rectas— , apartándonos lo más posible lejos del error y apuntando hacia el extremo opuesto llegaremos hacia el punto medio.

 

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Notas

 

Información sobre el autor

Jesús Araiza, doctor en Filosofía antigua por la Eberhard-Karls-Universität Tübingen, Alemania, es estudioso de la filosofía de Aristóteles, de sus tratados de ética, política, psicología y metafísica. Es profesor de ética y de historia de la filosofía antigua en la Universidad Iberoamericana y de la metafísica de Aristóteles en la División de Estudios de Posgrado de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México/Centro de Investigación y Docencia en Humanidades del Estado de Morelos.

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