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Nova tellus

versión impresa ISSN 0185-3058

Nova tellus vol.27 no.2 México nov. 2009

 

Reseñas y notas bibliográficas

 

BANCALARI MOLINA, Alejandro, Orbe Romano e Imperio Global. La Romanización desde Augusto a Caracalla

 

Paula López Cruz

 

Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 2007, 331 págs.

 

Recepción: 1 de septiembre de 2009.
Aceptación: 20 de octubre de 2009.

 

Palabras Clave: globalización, historia, imperialismo, romanización, transculturación.

 

Keywords: globalization, history, imperialism, romanization, transculturation.

 

En este libro Bancalari Molina hace tres propuestas concretas:

I. Demostrar que la palabra romanización es idónea para referirse al proceso multidireccional de transculturación que sucedió entre Roma y las provincias en la época que comprende el gobierno del emperador Octavio Augusto (27 a. C.-14 d. C.) hasta el de Caracala (211-217 d. C.), período conocido como 'alto imperio romano'. Para ello hace un recorrido por las "diferentes teorías acerca de la romanización" que se han realizado con el fin de "definir y caracterizar la romanización". En el capítulo II, La teoría y el estudio de la Romanización: pluralidad de modelos (pp. 65-98), presenta nueve enfoques diversos: 1) Roma civilizadora: la interpretación clásica, 2) modalidades de resistencia, 3) una política deliberada, 4) una política de autorromanización y emulación, 5) romanización como destrucción de la sociedad nativa, 6) romanización como colonialismo, 7) romanización como criollización, 8) enfoque bidireccional y/o multidireccional como sinónimo de aculturación y 9) romanización como globalización. Bancalari Molina reconoce que el vocablo 'romanización' es "polisémico y controvertido", no obstante, sostiene que

si Roma fue la ciudad que organizó y guió el proceso de conquista de territorios y posteriormente su integración con las provincias —por medio de diferentes mecanismos romanizadores como una transculturación romano-provincial y viceversa—, no existe otro término apropiado que no sea 'romanización' para explicar este proceso en una dimensión global y transversal. Nuestra propuesta, justamente, parte insistiendo sin recelo en la vigencia y utilidad del vocablo romanización (p. 92).

En el mundo antiguo no existió una palabra equivalente a romanización, tampoco el concepto. Pero sí se adoptaron expresiones como civis Romanus, orbis Romanus y romanitas para significar la idea de ser romano, la idea de pertenencia a la Urbs y al imperio. Esta es la etapa que interesa al autor; es decir, la posterior a la conquista e incorporación de los nuevos territorios, cuando los habitantes de las provincias empezaron a sentir como propia a la Urbs, cuando los habitantes del imperio comprendieron que les traía algún beneficio ser ciudadanos romanos. Así, aunque el imperialismo y la romanización forman parte del mismo proceso histórico, no obstante, el autor, "por razones didácticas, semánticas y de enfoque de los procesos históricos", los distingue y separa en el sentido de que el imperialismo es la fase inicial de la romanización. Al adoptar el vocablo de romanización deja claro que no le interesa explicar cuál fue el motivo que tuvieron los romanos para conquistar, lo asume como un hecho que tuvo una realidad incuestionable, lo que en verdad le interesa es explicar por qué el imperio romano duró tanto tiempo: ocho siglos. Fenómeno único y extraordinario. A esta segunda etapa la llama romanización. Desde esta postura me parece acertada su decisión.

II. Estudiar de qué manera la romanización fue posible. ¿Qué hicieron los romanos para que este fenómeno tuviera lugar? En el capítulo III, Grandes variables y factores del proceso de Romanización (pp. 99-206), Bancalari Molina estudia once agentes o fenómenos romanizadores esenciales que permitieron, o facilitaron, este proceso de integración entre romanos y provinciales. En palabras del autor:

la asimilación romano-provincial no significa un rompimiento o un quiebre radical con la cultura e identidad de estas sociedades. Siguen existiendo espacios que las mantienen. Lo medular de la nueva realidad generada por la romanización, es un proceso doble: por una parte, sentirse colectivamente romano o, mejor dicho, romano-provincial y, por otra, crear una nueva entidad e identidad común a los dos pueblos (p. 95).

Los once agentes romanizadores son los siguientes: 1) integración de la aristocracia local y provincial, 2) la ciudadanía romana, 3) derecho romano y derecho local, 4) sistema político: el imperio, 5) una economía global, 6) un mundo educativo, 7) la tecnología, 8) una plataforma comunicacional, 9) un ejército permanente, 10) el culto imperial: una verdadera religión de Estado, y 11) la vida urbana. Del análisis de estos once agentes, el autor destaca la acertada política de los romanos que les permitió superar la etapa de conquista y dominación de los pueblos sometidos, y dar el paso que la mayoría de los imperios no dio: convertir a sus enemigos conquistados en ciudadanos, y en consecuencia hacerlos copartícipes de su cultura, de su mundo y del poder. El proceso fue largo y heterogéneo, y no todos los pueblos nativos aceptaron la dominación romana: hubo rebeliones en algunos lugares. También fue diferente el grado de romanización; Bancalari Molina distingue cuatro zonas de romanización: Hispania, Galia, África y Grecia junto con Asia Menor. De estas cuatro zonas, Hispania fue la más romanizada, y Grecia y Asia Menor las menos. El aspecto central de este proceso fue la temprana incorporación de las élites locales en el mundo romano. Para empezar, los romanos supieron mantener el poder político preexistente, respetando a la nobleza sus prerrogativas e influencia; los nobles fueron los primeros que obtuvieron la civitas Romana, hecho que permitió su posterior ingreso en el orden decurional y ecuestre y, más tarde, "en el Senado hasta poder ascender al ápice de la cadena política y social como imperatores". Tales fueron los casos de Ulpio Trajano y Elio Adriano, entre otros:

Con el otorgamiento de la ciudadanía romana y la real participación de ellos en el Senado y, en consecuencia, en la administración imperial, se produjo una integración que desde el punto de vista político-social significó la estabilidad imperial (p. 102).

Otorgar la ciudadanía no sólo fue el aspecto central sino el motor de la romanización, pues ocasionó que los nobles mandaran a Roma a estudiar a sus hijos, los futuros gobernantes de sus ciudades de origen, y con el tiempo empezaron a constituirse organizaciones juveniles llamadas iuventus o collegia iuvenum en las cuales los jóvenes de familias del orden senatorial y ecuestre en Roma y de la élite decurional en los municipios recibían un adiestramiento premilitar-deportivo-atlético y religioso, y para ello "se desarrolló un curriculum iuvenum destinado a la preparación de los futuros hombres de Estado, políticos y administradores de las ciudades imperiales" (p. 154); de este modo las élites provinciales empezaron a adoptar la lengua, los nombres, las costumbres, el vestido y los valores romanos. En este sentido se puede hablar de autorromanización. El cambio de la nobleza local también influyó en el resto de la población. Asimismo, las grandes construcciones públicas como templos, acueductos, circos, caminos, y las privadas como casas y villas, empezaron a aparecer por todo el imperio. El comercio interprovincial de productos, mercancías y esclavos prosperó y la circulación monetaria se masificó. El fenómeno de la romanización fue complejo: homogéneo en su conjunto y a la vez único para cada región, incluso para cada pueblo; por lo mismo, Bancalari Molina no propone esquemas, sino más bien analiza los lineamientos generales que dieron al imperio "unidad en la diversidad".

III. Demostrar que la romanización es un proceso similar al proceso que en la actualidad se vive en el mundo, conocido como globalización. Bancalari Molina no pretende teorizar sobre el concepto de globalización, simplemente señala en qué sentido entiende este término:

como un macro proceso y un conjunto de acciones concretas que tienden a una asimilación, a una cierta identidad y a principios comunes de diversos pueblos que componen un mundo interconectado. En síntesis, entendemos la globalización como una integración y unidad —a escala planetaria— dentro de una diversidad (p. 90).

Un siglo antes de Augusto, escritores latinos ya habían manifestado la pretensión de Roma de someter al mundo entero. Augusto no hace otra cosa que continuar con esta idea y convertirla en la propaganda de su régimen. El propósito era que se identificara el orbis Romanus con el orbis terrarum. Y lo que en un principio se logró a través de las armas, con el tiempo fue fruto de la romanización: la ciudad fue identificada con el mundo. La Urbslorbis fue un mundo interconectado como el de hoy. En este sentido el autor propone considerar al imperio romano, una verdadera communitas de romanos y nativos, todos cives, como el primer imperio "global". El mundo romano fue "una unidad política, jurídica, administrativa, social, económica y cultural con cerca de 80 millones de habitantes" (p. 268). "A partir de esta proyección y realidad de Roma, en calidad de conquistadora de la ecúmene y de una hegemonía universal, es sustentable proponer al orbe romano como el primer imperio global" (p. 257).

Bancalari Molina, igual que otros historiadores, ha reflexionado, en este libro, sobre la necesidad de atender más la experiencia del orbe romano a fin de modificar los rumbos de nuestro mundo globalizado.

Actualmente, si observamos el comportamiento de grandes regiones, como la Unión Europea y, sobre todo, al pensar en el fenómeno de la globalización, quizá debemos volver una vez más nuestra mirada hacia la antigua Roma. Si la idea y la praxis de respetar la diversidad resultaron exitosas como modus vivendi, con mayor razón esta experiencia romana podría ser una alternativa para el mundo hodierno globalizado. Tal vez se terminaría con los focos de resistencia y se podría llevar a cabo una convivencia más humana y respetuosa en un planeta interrelacionado (p. 271).

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