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Nova tellus

versión impresa ISSN 0185-3058

Nova tellus vol.27 no.2 México nov. 2009

 

Reseñas y notas bibliográficas

 

POSADAS, Juan Luis, Emperatrices y princesas de Roma

 

Hilda Julieta Valdés García

 

Madrid, Raíces, 2008, 239 págs.

 

Recepción: 9 de septiembre de 2009.
Aceptación: 13 de octubre de 2009.

 

Palabras Clave: emperatrices, princesas romanas, Roma.

 

Keywords: ancient roman princesses, empresses, Rome.

 

Con un título por lo demás atrayente, Juan Luis Posadas, doctor en Historia Antigua por la Universidad Complutense de Madrid, nos ofrece los hechos sobresalientes de los emperadores romanos como marco referencial para tratar de reconstruir —hasta donde le permiten los testimonios— la vida de las mujeres que acompañaron, abierta o tácitamente, a los dirigentes del Imperio romano.

En el prólogo, Posadas advierte al lector la inexistencia de los títulos emperatriz y princesa entre los romanos, ya que "los oficios públicos eran conocidos como officia virilia, o labores masculinas" (p. 11). Designar, pues, con estos nombres a los miembros femeninos de la Casa Imperial romana podría tener la intención de facilitar el canal de comunicación entre el lector neófito de nuestros días y el autor; o bien, la de diferenciar su obra de aquella que publicara en 1945 Guglielmo Ferrero, Las mujeres de los Césares.

El libro está dividido en seis capítulos, que corresponden a cada dinastía estudiada. Así, encontramos en primer lugar la dinastía Julia y, sucesivamente, la Claudia, la Flavia, el periodo de Nerva y los emperadores hispanos, la Antonina y, finalmente, la dinastía Severa.

La exposición inicia con una lista de las referencias antiguas citadas (en su mayoría publicadas por la editorial Gredos), para invitar al lector a que acuda a las fuentes de primera mano.

Sabemos que la costumbre romana de perpetuar en los hijos e hijas el nombre de los padres, en ocasiones genera confusión sobre los personajes; de aquí la pertinencia de los cuadros genealógicos de las dinastías Julia-Claudia, Flavia, Antonina y Severa que aparecen al término de cada sección.

Basado en Livio, Séneca, Tácito, Juvenal y otros autores grecolatinos, fuentes de primera mano, y en testimonios numismáticos y epigráficos, el autor recrea en Emperatrices y princesas parte de la vida de los hombres y mujeres que ostentaron el poder supremo y que lucharon a toda costa y generación tras generación por conservarlo.

La historia expuesta en este libro comienza con la figura de Julio César, fundador del Imperio hereditario. Con la gestación del imperio o "gobierno unipersonal de César" (p. 29) se introduce al lector en la situación social, política y jurídica de la mujer romana, la cual estaba sometida continuamente a la tutela de un hombre: de su padre, primero, y de su marido, después. La desigualdad entre varones y mujeres se daba "desde el uso de la onomástica... los hombres poseían dos o tres nombres (praenomen, nomen gentilicio y cognomen), las mujeres generalmente ostentaban el gentilicio y el familiar femenino" (p. 23). De modo que en caso de ser hermanas o hijas de una misma familia, se las diferenciaba con el apelativo de Maior, la mayor, o Minor, la menor.

Debido a que las alianzas familiares y la importancia de la descendencia eran de suma consideración entre la élite de la sociedad romana, son descritas las formas de contraer y anular el matrimonio a fin de que el lector perciba cómo fue que la mujer romana, de una menor libertad en la época monárquica, logró notables avances de libertad personal durante la República. Llama la atención la anécdota sobre la organización de mujeres de la clase alta y su reunión en 195 a. C. —llamada por Catón "sedición mujeril", según Livio 34, 1-8— "reclamando la abolición de la Ley Opia, que ponía freno al uso de joyas y vestidos estampados o al de carruajes en la ciudad, y que finalmente fue derogada" (p. 25). Así pues, se dan ejemplos de la intervención de las mujeres en la vida pública, ya fuera a través del matrimonio, la intriga política o el envenenamiento por causas políticas o domésticas.

En el siglo I a. C. encontramos, pues, a mujeres romanas de buena familia, con gran fortuna e influencia política. Estos logros obtenidos con el paso del tiempo llamaron la atención de los escritores de la época, quienes nos transmitieron la imagen disipada de estas mujeres de clase elevada, y como "precedentes de las posteriores emperatrices encontramos a Fulvia, esposa de Clodio, de Escribonio Curión y de Marco Antonio, y Servilia, madre de Bruto y amante de César" (p. 26). La intervención política de Fulvia se dio con la defensa de los intereses de Marco Antonio que la hicieron odiosa a Octavio Augusto: fue ella la principal instigadora de la guerra entre los antonianos y los octavianos en el año 41. Marco Antonio la abandonó por Cleopatra. En cuanto a Servilia, se desenvolvió como una verdadera figura política por su relación con César; el haber sido su amante la hizo trascender en la historia. Durante este periodo, Servilia acrecentó su patrimonio e influyó en la carrera política de su hijo Bruto.

Con la muerte de César y el ascenso de Octavio Augusto, primer emperador romano, la transformación política y social comienza a tomar forma también en la vida de la mujer romana. Livia Drusila, segunda esposa de Augusto y para muchos historiadores la responsable del éxito de este emperador, se nos presenta como la gran mujer que hay detrás de cada gran hombre, pero también como la "más influyente, interesante y ambiciosa y a la vez respetable de toda la historia romana" (p. 54). La influencia de Livia en el largo periodo de gobierno de Augusto fue evidente; su empeño por hacer de su hijo Tiberio el sucesor del emperador no tuvo rival; ni las Julias, la hija y la nieta de Augusto, ni Octavia, hermana de éste, pudieron competir en inteligencia, astucia y destreza con Livia, quien se encargó de abrir camino a Tiberio para hacerlo emperador. Las mujeres de este periodo están retratadas con tal precisión por los antiguos que inevitablemente nos recuerda la sensacional novela histórica de Robert Graves, Yo Claudio.

También es este periodo en el que se establecen y afianzan las prebendas de las mujeres cercanas al emperador, Octavia y Livia, quienes recibieron "el privilegio de ser tribunica sanctissima, es decir, inviolable bajo la protección del Estado romano, y además totalmente emancipada en su hogar y riquezas" (p. 59). Estas dos mujeres fueron usadas también como elemento propagandístico de Augusto, su imagen se encontraba en monedas, se les dedicaron monumentos y se esculpieron estatuas, colocadas en diferentes ciudades del imperio; al morir, fueron deificadas... todo apuntaba a afianzar el modelo de gobierno que siguieron puntualmente los demás emperadores.

Pero con estas virtuosas mujeres coexistieron aquellas cuya imagen viene a nuestra memoria como símbolo de vicio o de ambición. La relajación de costumbres y el mundo político de intrigas por la avidez del poder, además de la turbulenta sucesión por la falta de herederos, fueron los principales factores que influyeron en la conducta de las mujeres de la casa imperial.

Así, tras el resumen histórico de cada dinastía encontramos la detallada descripción o simple mención (valiosa en sí misma) de las mujeres del emperador y constatamos primero con asombro el comportamiento antagónico de las mujeres romanas; después vemos con tristeza el hecho de que hayan pasado a la historia los chismes imperiales sobre las infidelidades conyugales, fratricidios, matricidios e incestos o los nombres de Mesalina y Agripina, como paradigmas de vicio y degeneración, quedando en el olvido los modelos de las verdaderas matronas romanas, como Octavia, hermana de Augusto, quien educó como propios a los hijos que Marco Antonio procreara fuera del matrimonio y a los que aseguró una buena educación.

El manejo de fuentes por parte de Posadas es bueno; sin embargo, predomina la paráfrasis de los autores latinos que retratan la vida de las mujeres romanas y la falta de referencias en algunas citas textuales no permiten al lector sacar sus propias conclusiones, ni orientan en la vasta bibliografía que incluye la obra.

En un libro de divulgación la mención de los cargos públicos debe ser clara. Me refiero en particular a la abreviatura latina con. suf., que aparece sin desatar y sin traducción. Una nota a pie de página o explicativa que indique que se trata del nombramiento consul suffectus, cónsul sustituto, orientaría al lector.

Es común encontrar pasajes repetidos más de una vez sobre la vida de los emperadores o sobre las mujeres de una misma dinastía, lo cual considero una falta gravísima en el desarrollo discursivo de la obra; quizá el autor temía romper con la metodología de trabajo, o bien, se empeñó en dejar las investigaciones anteriormente realizadas tal y como fueron publicadas.

A manera de apéndice, encontramos el apartado de Fuentes, en donde se reflexiona sobre la importancia de los estudios modernos del mundo femenino con el objetivo de reconstruir la Historia social.

En las Fuentes femeninas exhorta al lector a considerar los testimonios de las mujeres escritoras, quienes destacaron en los diversos géneros literarios cultivados por los latinos. De este modo, evoca a la oradora republicana Hortensia; en el género epistolar a Cornelia, la madre de los Gracos; a Terencia, esposa de Cicerón; a Acia, madre de Octavio Augusto, y, finalmente, "a Julia, hija de Augusto, cuyo fragmento de carta es alabado por Macrobio con el calificativo de elegante" (p. 220).

La poesía romana se vio enriquecida con la poetisa Sulpicia de época augústea, perteneciente al círculo de Mesala, y "en absoluto inferior en ningún aspecto a los demás poetas elegíacos" (p. 221).

La invitación a escuchar "las voces femeninas llegadas a nosotros a través de la literatura y la epigrafía" son un buen intento por parte del autor para atraer la atención sobre la educación de la mujer romana y sobre su hipótesis de que Julia Domna, esposa del emperador Septimio Severo y madre de Caracalla, hubiese escrito con cierto nivel literario, debido a la elevada cultura en la que fue educada.

Respecto a las fuentes masculinas, se presenta en orden cronológico una biografía sucinta de los autores grecolatinos que transmitieron noticias sobre las mujeres imperiales: Salustio, Tito Livio, Veleyo Patérculo, Séneca, Plinio el viejo, Flavio Josefo, Tácito, Suetonio, Plutarco, Apiano, Dión Casio, Herodiano y los escritores de la Historia augusta.

A continuación hay una lista de emperatrices, muy útil ciertamente, dado que en la exposición el autor no sólo habla de éstas, sino de las mujeres en general (madre, hermanas, sobrinas, cuñadas, amantes, etc.) relacionadas con los emperadores de cada dinastía.

La nutrida bibliografía, dividida en Historia general, Mujeres romanas y Emperatrices romanas, si bien no es muy reciente, contiene referencias imprescindibles sobre el tema.

Las ocho imágenes de las mujeres imperiales romanas que ilustran el libro enriquecen la exposición. En el índice principal se menciona el índice onomástico, pero se echa de menos en el libro; lo cual es una pena, pues, su inclusión sería de gran utilidad para ubicar y distinguir a los personajes.

A diferencia de otros estudios sobre la mujer romana en general, y más allá de los relatos de conductas licenciosas que estigmatizaron a la mujer —como si olvidáramos que la vida de escándalo es tan rentable en cualquier época y lugar—, Juan Luis Posadas parece reivindicar la figura de las mujeres romanas. En efecto, viene a dar un lugar a las esposas y madres de los emperadores que con sus acciones, en mayor o menor medida, influyeron en la vida política de su tiempo y, por ende, en la historia del mundo occidental.

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