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Nova tellus

versión impresa ISSN 0185-3058

Nova tellus vol.27 no.1 México jun. 2009

 

Reseñas y notas bibliográficas

 

Fornés Pallicer, M. Antònia, y Mercé Puig Rodríguez-Escalona, El porqué de nuestros gestos. La Roma de ayer en la gestualidad de hoy

 

Alberto J. Quiroga Puertas*

 

Palma/Barcelona, Ediciones Universitat de les Illes Balears, 2008, 92 págs.

 

* Doctor en Filología clásica por la Universidad de Granada (España), actualmente, Honorary Research Fellow de la School of Archaeology, Classics and Egyptology de la Universidad de Liverpool (UK), es estudioso de la retórica y de la literatura griega tardo-imperial. Su campo de investigación comprende la Segunda Sofística, la Tercera Sofística, la actio/hypókrisis en el campo de la retórica imperial, y la relación cristianismo-paganismo vehiculada a través de la literatura del siglo IV d. C. liverquiroga@hotmail.com.

 

Recepción: 25 de agosto de 2008.
Aceptación: 25 de noviembre de 2008.

 

Palabras clave: gestos, literatura romana, Roma, signos no verbales.

Keywords: gestures, non-verbal signs, Roman literature, Rome.

 

El presente volumen trata uno de los tópicos más cotidianos y al mismo tiempo más difícil de estudiar de la civilización greco-romana, la gestualidad y los movimientos corporales. Para llevar a cabo el estudio, las autoras se basan en una estructura triple y básica de la comunicación humana: el lenguaje verbal, el paralenguaje (cómo decimos y cómo nos expresamos) y el lenguaje cinésico (cómo nos movemos). Partiendo de esta división, Fornés y Puig bucean en las fuentes clásicas para determinar hasta qué punto la gestualidad y los signos no verbales romanos se han conservado en la cultura occidental.

Comienza el libro con el gesto del "bla, bla, bla", inspirado en el picotear de la cigüeña o en su cuello, según nos relata Persio en su Sátira, 1, 58: "o Iane, a tergo quem nulla ciconia pinsit". Un escolio a un pasaje de Persio nos provee igualmente con algún ejemplo de imitar las orejas de asno como señal de burla: "apositio temporibus pollice imitantur aures asini aliis digitis".

También tuvo en Roma un sentido burlesco el gesto de sacar la lengua (vid. Aulo Gelio, Noches Aticas, 9, 13, 12-13, y Tito Livio, Ab Urbe Condita, 7, 10, 5). Con todo, llama más la atención que en ocasiones este ademán se interpretara como magia protectora: en representaciones de la Medusa Gorgona con la lengua de fuera, ésta se interpretaba como un falo y la boca de la Gorgona como una vagina, por lo que en virtud de los poderes apotropaicos de los falos este gesto también tenía una lectura positiva. Asimismo el acto de levantar el dedo tuvo un sentido similar si nos atenemos a algunos pasajes del epigramista Marcial, de cuyos textos se deduce (Epigramas, 6, 70, 5-6; 2, 28, 1-2) que el dedo cordial erguido imitaba un falo erecto. Y nuevamente, en virtud de su similitud con un falo, volvemos a comprobar que tenía un efecto apotropaico para alejar el mal de ojo a modo de fascinum. También parece ser un gesto protector contra el mal de ojo hacer cuernos con la mano, si bien las autoras sólo nos proveen representaciones artísticas de época etrusca.

En el polo opuesto, cruzar las piernas era considerado no sólo como de mal gusto sino como un mal presagio. Plinio el Viejo (Historia Natural, 28, 59) comenta que dicho gesto no sólo estaba prohibido en reuniones y consejos políticos, sino que cruzar las piernas ante una embarazada podía propiciar que ésta tuviera dificultades en el parto.

Igualmente curioso resulta el origen de lanzar un beso con la mano, que se encuentra en la etimología de los verbos y adorare. Lanzar un beso al aire era el modo de adorar a algunos dioses, y este gesto como tal pasó al acervo cultural cristiano. Así, un pasaje de Jerónimo (Contra Rufino, 1, 19) confirma que "quienes adoran suelen besar la mano".

El chasqueo de dedos parece tener un sentido muy similar al actual, es decir, llamar la atención de alguien para dar una orden. Con todo, dependiendo de la fuente a la que recurramos, este ademán significaba algo en específico: ciertos epigramas de Marcial relatan que el chasquido de los dedos se relacionaba con la orden a un eunuco por parte de su dueño para que le dirigiera el pene al orinal (Epigramas, 3, 82, 15-17; 6, 89, 1-3).

La acción de llevarse un dedo a la boca para pedir silencio parece no haber sufrido variación alguna. Es llamativo el hecho de que la inclusión del dios egipcio Horus en el panteón greco-romano llevara al error respecto a dicho gesto: muchas representaciones de esta divinidad tienen el dedo en la boca como cualquier niño, pero al estar en un ámbito religioso se consideró que Horus exigía silencio a sus adoradores.

Por último, el gesto de tirar de la oreja fue algo distinto. Por principio de cuentas, en Roma simplemente se tocaba el lóbulo con el fin de hacer recordar algo. En este sentido, resulta curioso que algunos manuales de fisiología consideraran el lóbulo de la oreja como la sede de la memoria. Otro uso de este ademán atestiguado en Plauto (El Persa, 745-749) y en Horacio (Sátiras, 1, 9) consistía en tocar el lóbulo de la oreja cuando se requería a alguien para que testificara en un juicio.

La mayor virtud de este brevísimo análisis es el afrontar el estudio de elementos tan difíciles de rastrear como la gestualidad, elemento que obviamente no se puede cotejar. Con todo, hay un peso que se deja notar a lo largo de la obra y que va en contra de su esencia misma: a pesar de que se insiste en la idea de que nuestros gestos son deudores de aquellos de los romanos, al finalizar el libro se tiene la impresión de que se han comparado dos entidades abstractas, sin conexión ni nexo alguno (Roma y la moderna cultura occidental). Desde este punto de vista, se echa de menos algún contenido relativo a la transmisión de los gestos en fuentes medievales o renacentistas.

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