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Nova tellus

versión impresa ISSN 0185-3058

Nova tellus vol.26 no.1 México  2008

 

Reseñas y notas bibliográficas

 

Whitmarsh, Tim, The Second Sophistic

 

Lourdes Rojas Álvarez*

 

Greece & Rome, New Surveys in the Classics, 35, Oxford University Press, 2005, 106 págs.

 

* Doctora en letras (clásicas) por la Universidad Nacional Autónoma de México, es profesora de griego, y estudiosa y traductora de Aquiles Tacio, Lisias, Longo y Caritón de Afrodisias. Actualmente preside la Asociación Mexicana de Estudios Clásicos. Correo electrónico: lourdes_rojasa@hotmail.com

 

Recepción: 9 de octubre de 2007.
Aceptación: 29 de enero de 2008.

 

Palabras clave: Imperio Romano, literatura, retórica, Segunda Sofística.

 

Este libro de Tim Whitmarsh1 aborda el tema de la Segunda Sofística de manera muy amplia. La obra consta de una concisa introducción al tema y 5 capítulos que lo desglosan.

Los objetivos generales del libro son evaluar y sintetizar el estado de varias cuestiones en los estudios sobre Segunda Sofística, así como abrir nuevas interpretaciones y puntos de vista. Se parte de los intereses tradicionales sobre historia, análisis literario, teoría lingüística y retórica (cap. 3) a las modernas ideas sobre teoría cultural (cap. 2) y la interpretación de textos (cap. 4). El autor no pretende disculparse por la variedad temática ya que considera que "éste es un campo que ha estimulado un trabajo brillante a través de todo el espectro de los clásicos modernos" (p. 2).

En la introducción se sientan premisas importantes sobre el tema: la cultura griega de los siglos I–III ya no se ve como "un epílogo vergonzoso"; se aprecia que los griegos de la época estaban bajo la dominación romana y deja de considerarse a la cultura griega como débil y decadente. El material producido supera con creces al de la etapa clásica. Cambian los valores estéticos, pues ya no se busca originalidad e inspiración, sino que se valora la imitación creativa.

El autor espera mostrar con su libro el absoluto centralismo de la oratoria de exhibición para la élite de la cultura griega en los primeros siglos de nuestra era. Dice al respecto: "La oratoria no era sólo un pasatiempo de los ricos sino uno de los medios principales de los que se valía la cultura griega de la época —constreñida como estaba por el gobierno de Roma— para explorar cuestiones de identidad, sociedad, familia y poder" (p. 1).

Y aunque el enfoque está más marcado sobre la oratoria, el autor ofrece una amplitud panorámica satisfactoria. En el capítulo 5, conclusiones, busca mostrar cómo la cultura oratoria impactó a una cultura literaria más amplia de la Grecia romana, centrándose en dos aspectos que son fundamentales para la erudición moderna sobre la época: la supuesta intensificación del interés en la propia persona (privada, interna) y el surgimiento aparentemente súbito de la ficción en prosa (pp. 1–2).

En opinión de Whitmarsh, el estudio moderno especializado sobre la Segunda Sofística surge de una gran variedad de metodologías, incluyendo arqueología, historia del arte y especialmente la epigrafía, así como de acercamientos intelectuales; y, afirma, "quizá más que cualquier área de estudio de la literatura antigua, ésta realmente depende de una reunión de talentos colectivos (y ciertamente internacionales)" (p. 2).

El autor es consciente de que en una obra como ésta, algunas partes parecerían más propias para no especialistas, pero espera que incluso los jueces más rigurosos encuentren un nuevo material e interpretación que les satisfaga (p. 2).

En el desglose de los capítulos, el primero, intitulado La Segunda Sofística, recorre acepciones antiguas y modernas. El autor se pregunta qué es la Segunda Sofística, para responder que es un extraordinario fenómeno cultural que tuvo lugar en todas las ciudades del Imperio Romano de habla griega, durante los tres primeros siglos de nuestra era. Ahí se habrían reunido hombres pertenecientes a la élite, viejos y jóvenes, con objeto de escuchar la declamación de uno de sus pares, un discurso hecho para la ocasión que buscaba el agrado, la admiración y el respeto de dicha audiencia. Whitmarsh opina que para nosotros es difícil captar la importancia cultural central que dichas presentaciones tenían, y las compara con los conciertos pop o los eventos deportivos o, incluso, las reuniones religiosas de nuestros días. Asimismo, afirma que la Segunda Sofística, en relación con la literatura antigua, ofrece una nueva y excitante perspectiva, poco familiar para muchos lectores (p. 3).

Con objeto de entender cabalmente lo que significa el término Segunda Sofística, el autor recoge varias definiciones modernas de estudiosos del tema, que oscilan desde una connotación histórica (Swain, 1996), a un fenómeno cultural (Anderson, 1993), para llegar a considerar que tiene una función sociopolítica en el mundo griego del Imperio Romano (Schmitz, 1997). Así, el término se asocia vagamente con la cultura griega de los tres primeros siglos de nuestra era (p. 4).

Whitmarsh admite a Flavio Filóstrato como el creador del término Segunda Sofística en su libro Vidas de Sofistas. Para Filóstrato esta connotación es simplemente una forma de oratoria de aparato, inventada en el siglo IV a. C. por Esquines y alcanza su cenit en los siglos II y III, esto es, en la Grecia adscrita al Imperio Romano. Al respecto el estudioso comenta que al limitar la Segunda Sofística al periodo imperial, se violenta en cierta manera el proyecto (p. 5).

Una consideración importante del autor inglés contempla el hecho de que para entender cualquier aspecto del mundo antiguo necesitamos explorar la investigación moderna sobre la disciplina, y comprender cómo y por qué se han establecido sus contornos de determinada manera. Al hacerlo así, nos dice, descubriremos una fascinante microhistoria de los siglos XIX, XX y XXI, así como las premisas intelectuales que todavía subyacen en muchas investigaciones sobre el tema hoy en día (p. 5).

Whitmarsh ofrece una lista de autores que hicieron estudios sobre figuras individuales, obras y temas (especialmente sobre el uso del dialecto ático) a lo largo de una buena parte del siglo XX: Boulanger (1923),2 Sandbach (1936), Keil (1953), Gerth (l956), hasta llegar a los sesentas con el libro de Glen Bowersock, que marcó una época: Greek Sophists in the Roman Empire, quien sostuvo que el papel histórico de los sofistas fue el de servir como mediadores entre las ciudades provinciales y el centro del Imperio Romano (p. 8). Pero, por otra parte, algunos estudiosos del tema, con sede en Oxford, con Ewen Bowie a la cabeza y más recientemente Simon Swain, han visto a la sofística como una expresión del helenismo, de la identidad griega vigorizada específicamente en respuesta al fenómeno de la ocupación romana. Schmitz (1997), por su parte, ve el enfrentamiento no entre Grecia y Roma, sino entre el vulgo y la élite.

En un desarrollo paralelo, más reciente, los críticos han revaluado a la Segunda Sofística trabajando en la tradición post–estructuralista, donde 'sofístico' se ha alineado con sofisticación literaria, y 'secundario' con intertextualidad, alusividad y autoconciencia literaria: Gleason (1995), Connolly (2001), Goldhill (ed. 2001), Whitmarsh (2001). Para estos investigadores teatralidad, performance, bufonada y elusividad se han vuelto indicadores no de valores degradados, sino de una cultura floreciente y energetizada que refleja activa, aunque vertiginosamente, su propia herencia.

El desarrollo de otras cuestiones ha permitido configurar algunos debates sobre la Segunda Sofística. Una es la aparición de los estudios de género como un campo de trabajo reconocido; otra es la posibilidad de discutir ciertos tópicos que se cruzan entre lo pagano y lo cristiano; uno más es la influencia del psicoanálisis que intenta escudriñar a la tardía filosofía griega, el análisis de los sueños y la literatura amorosa en busca de señales que privilegien el ser interior (temas que se discuten en el cap. 5, p. 9).

Al cuestionarse sobre qué tanto debe la Segunda Sofística al Imperio Romano, Whitmarsh ofrece un resumen esquemático de cómo Grecia cayó bajo el dominio de Roma, desde la época helenística (330–31 a. C.); también previene sobre el uso ambiguo del término Imperio Romano que, para él debe entenderse, principalmente, como el derecho de Roma para gobernar a sus territorios subordinados. Pero los anglófonos utilizan el término 'Imperio Romano' en referencia al periodo cronológico que va desde la ascensión al trono por Octavio/Augusto hasta el saqueo de Roma. La Segunda Sofística estuvo 'en' el Imperio Romano en ambos sentidos: los sofistas deambulaban por las ciudades del Este sujetas a Roma, pero también luchaban por un estatus en la estructura política piramidal en cuya cima se sentaba el emperador (p. 11).

Educación, elitismo y helenismo. En este apartado, el autor considera que quizá la más importante de todas las arenas para la ambición elitista era la educación. Ésta debe entenderse en una doble acepción: como formación educativa, pero también como la cultura obtenida por una clase selecta, los 'educados'' (pepaideuménoi).

La paideia era concebida como una práctica griega, con algunas cuantas excepciones romanas: Cicerón, Horacio, Arriano (p. 14).

En cuanto al uso del término "segunda sofística", se traza la evolución desde su asociación con la oratoria epidíctica (demostrativa) hasta la época helenística, en la que se pierde aquélla, para reabrir el debate, en el s. Ii d. C., en el Imperio, donde se mantiene una valoración peyorativa hacia el término "sofista", especialmente entre los partidarios de la filosofía que desean alejarse de acusaciones de trivialidad (p. 17).

Se concluye con la afirmación de que "sofística no era un punto fijo en torno al cual la cultura griega se organizó a sí misma: era un término de batalla, cuyo significado y valor cambiaba dependiendo de la perspectiva adoptada por el hablante en cuestión" (p. 19).

Sofística en acción. Se explora la actuación de los sofistas, su público, la supuesta improvisación de los discursos que se escribían después para preservarlos. Entre sus mejores representantes, el autor menciona a Elio Arístides, Adriano de Tiro, Polemón "un peso completo de la literatura en el s. II " y Demóstenes de Lesbonax, de cuya producción, sin embargo, nos queda muy poco.

Otra forma de sofística está representada por las obras de Luciano que, junto con las Vidas de los sofistas de Filóstrato y numerosas obras relacionadas (fisiognómicas, lexicográficas, satíricas) con la órbita sofística, permiten proponer que la Segunda Sofística fue un medio central para el autoanálisis de la cultura del siglo ii, tesis que Whitmarsh pretende probar en su libro (p. 22).

El segundo capítulo intitulado La representación (perfomance) de los sofistas está subdividido en cinco apartados que dan cuenta detallada de la representación sofística: vestuario, fisiognomía, búsqueda de identidad, norma y desviación, competición. Los datos que el estudioso ofrece enriquecen nuestro conocimiento sobre la performance de los sofistas–oradores y por ello los reproduzco con mayor detalle:

Su presentación constituía todo un espectáculo en el cual la declamación estaba "dinamizada" por el vestuario, gesticulación, entonación, tono vocal, complementada por el medio circundante y enmarcado por un diálogo continuo con la audiencia. No se admitían titubeos, lapsus, mala pronunciación, el uso accidental o desconocido de una palabra, la repetición tediosa... cualquier debilidad podía exponer al sofista al abuso de sus pares en la audiencia (pp. 24–25).

La apariencia física y el vestuario jugaban un papel crucial en la actuación del sofista. Había una fuerte corriente de afeminamiento y lujo: túnica transparente (de colores o blanca), sandalias abiertas de mujeres o botas de fieltro; voz cantante sin rastro de vergüenza; caminar específico; muchos asistentes y un libro en la mano (p. 26), pero no todos los sofistas destacaban en este aspecto.

Una parte importante de la representación era el lenguaje corporal. Se podía decodificar el carácter a partir de la apariencia física: fisiognomía, descrita en tratados de diversa índole3 de los que da cuenta Whitmarsh (p. 30).

Norma y desviación. Para ser un sofista exitoso mucho ayudaba estar alineado con los polos positivos en la serie de opuestos de identidad: griego/bárbaro; élite/subélite/, varonil/no–varonil. Por lo demás, no siempre estos conceptos coincidían para hacer exitoso a algún sofista, aunque atenerse a la norma se mostraba como un imperativo, no obstante que la innovación era muy bien aceptada, como en el caso de Luciano, si bien tenía que ubicarse dentro de la tradición. Al respecto afirma el estudioso que "los que innovaban necesitaban asirse a la proporción (kairós)" (p. 37).

Competencia. Filóstrato despliega un abanico caleidoscópico de individuos tratando de forjarse identidades distintivas dentro del poblado campo de la sofística en los inicios del Imperio (p. 38).

El advenimiento del Imperio Romano agregó una nueva arista a la competencia de la aristocracia griega: el deseo de adquirir la ciudadanía romana, y de ahí la promoción dentro de las jerarquías del gobierno o la burocracia representaba un poderoso motor para la ambición personal. El autor hace referencia del uso que se hacía de la educación para marcar una 'distinción social' en el mundo moderno, como al respecto demuestran los estudios del antropólogo francés Pierre Bourdieu (pp. 38–39).

En el capítulo III, Políticas de lenguaje y estilo se aborda la sofística más allá de los debates específicos sobre la lengua y el estilo o la presentación misma, para dar cabida a su papel sociocultural.

El autor se hace preguntas como: ¿qué forma tomaba la paideia de que hacían ostentación los sofistas?, ¿por qué la elección entre, por ejemplo, dos sinónimos cercanos importaba tanto? Whitmarsh responde que debido al tono cultural y político que se le agregaba (p. 41). La distinción entre lenguaje 'bajo' y 'elevado' era una polaridad fundamental de organización en el universo conceptual griego. "El uso discriminativo del lenguaje era el marcador fundamental de identidad social: definía si uno pertenecía a la clase de los 'educados' (pepaideuménoi) o a la de los 'idiotas' (idiótai) y 'rústicos' (agroíkoi)" (pp. 42–43). Era la "greicidad" misma la que estaba en juego: un desliz verbal era castigado como 'barbarismo'; los errores sintácticos, calificados de 'solecismos'. Los sofistas, en general, buscaban el aticismo, ya que el ático siempre era visto como un vehículo para la pureza cultural.

Lexicografía. En cuanto a la validez o no de un término, el estudioso se pregunta nuevamente quién decide el que un término dado sea 'ático' o no y en seguida menciona una serie de Lexica de la época que pretenden definir el uso apropiado,4 pero que podían ser objeto de sospecha, siendo Luciano el prototipo de la sátira en su contra (pp. 46–47).

Lo nuevo de las obras en el s. II es el uso práctico para el que se emplean. El reto de los lexicógrafos, reconoce Whitmarsh, es cómo transformar la fluidez del lenguaje en acción dentro de un sistema regularizado, identificable tanto a nivel semántico como dialéctico (p. 44).

En relación con los autores que rechazaban el aticismo (como Epicteto y Galeno), Whitmarsh opina que hay que entender esta postura como una forma de crearse una identidad intelectual distinta de la obsesión decadente y superficial de la sofística (pp. 47–48).

El estilo ático. En este apartado se analizan las diferencias entre 'aticismo' y 'asianismo'. El estudioso destaca que, al hablar del elemento ático en oratoria, no se trata de palabras y formas gramaticales a elegir, sino de una oposición estilística con el llamado 'asianismo' que se preocupaba en exceso de la ornamentación y ostentación, y que fue calificado de "no 'varonil'" por algunos filólogos alemanes.

El autor considera que los valores culturales en juego en el estilo ático comprenden: clase social, identidad política, estado mental y, particularmente, género (p. 52). Así, se construye una identidad de acuerdo con la elección de lenguaje: ciertos estilos de hablar pueden señalarse como más propios, más "griegos" que otros. Pero el estilo no sólo implica la disposición de las palabras, sino también otros aspectos, como el porte y la forma de vestir del orador. Lo interesante, dice Whitmarsh, es la importancia que se le da a cualidades más elusivas, como 'moderación', 'propiedad', 'adecuación' (p. 53).

Nuevos estilos. Dado que había una plétora de escritores técnicos teorizando sobre el estilo y la adecuada organización del material retórico, con una serie de obras generalmente dogmáticas y jusivas: 'uno debe saber', 'uno debe decir', 'se debe dividir...', así como una preocupación de los autores por utilizar ejemplos de autores clásicos, se llega a la conclusión de que la retórica imperial era una disciplina conservadora y sujeta a reglas, con una escasa oportunidad para innovar, pues estaba condicionada por el reto del evento en cuestión, como demuestra Hermógenes. Éste dedica una parte considerable de Sobre la Invención al asunto de si hay o no reglas rápidas en el tema de la innovación (kainótes). Así, una sofisticación real en retórica consiste no sólo en conocer las reglas, sino también en entender cómo, cuándo y por qué aplicarlas (p. 55).

El capítulo IV, Leyendo los textos sofísticos, nos lleva a analizar los documentos que sobrevivieron, sobre los cuales Whitmarsh hace algunas advertencias. Opina que no deben ser vistos como libros sagrados que promulgan alguna profunda verdad interna, sino que están diseñados para que sus significados se debatan públicamente, observando cómo podrían haber sido recibidos en la sociedad, conforme al rico rango de posibilidades de interpretarlos, pues la audiencia opera en diversos niveles simultáneamente (p. 57).

Lenguaje figurado. Dado que los sofistas eran expertos en decir más de una cosa al mismo tiempo, el lenguaje figurado (lógos eskhematisménos) ha preocupado mucho a la erudición moderna, la cual ve en ellos una tradición distinta a la de la antigua retórica; y Whitmarsh se pregunta en qué contextos prácticos podríamos encontrar tales figuras, para responder conforme al tratado De lo Sublime que sugiere evitar su uso para dirigirse a cualquiera que ocupe un cargo que implique poder (17.1) y, de hacerlo, éste debe estar bien oculto, como señala Demetrio en Sobre el Estilo (287–95) (p. 58).

Tema de los discursos. Los sofistas reputados eran elegidos con frecuencia para actuar ante el emperador como embajadores de sus ciudades. Los discursos sobrevivientes demuestran que siguieron las reglas establecidas para incluir una amplificación de las buenas cualidades del emperador, y no admitieron nada ambivalente o disputado, pero también hay bastante sobre una moralización protréptica en relación con la naturaleza de un buen rey,5 como puede verse en las obras de Elio Arístides y Dión de Prusa (Crisóstomo) (p. 60).

Whitmarsh afirma que la sofística representa mejor el principio, muy querido por la actual teoría de la recepción: el significado literario se activa en el punto en que es recibido, no en aquél en el cual es transmitido (p. 65, ver especialmente Martindale, 1993).

En los apartados, Reinventando la historia y Mitologías, el autor discurre sobre los temas en que se basaban los discursos de los sofistas en el imperio romano. Destacan los temas sobre el pasado de Grecia que fueron potencialmente "muy combustibles", entre los que prevalecen aquellos basados en la Guerra Persa, la invasión de Grecia por Filipo II de Macedonia y la conquista del imperio persa por Alejandro Magno (p. 66).

Whitmarsh considera que los estudiosos modernos de la antigüedad se han dado cuenta, desde hace tiempo, de la importancia de tales narrativas para preservar la identidad griega, al enfocarse en las glorias del pasado y comenta que el que Roma pudiera ser imaginada, aún sutilmente, como una nueva Persia, da a las declamaciones históricas una nueva inflexión.

El autor afirma que los discursos históricos no obraron consistente o incluso regularmente como alegorías antiromanas, pero que dejaban abierta la puerta de la fantasía a los oyentes, de manera que la sofística permitía a las audiencias el disfrutar de una "inspiradora retórica militarista en un escenario seguro del mundo clásico, con una ocasional emoción de aproximación" entre ese mundo distante y el presente (p. 70).

Mitologías. Otro de los temas de los discursos sofísticos es lo que podríamos llamar temática mitológica que encontramos en Elio Arístides (Or., 16) y Dión de Prusa (Or., 52, 60, 61).6

Sin embargo, lo más común es que los discursos para persuadir (suasoriae) y los discursos judiciales (controversiae) estén basados en personajes y situaciones ficticios que han sido vistos tradicionalmente como obras meramente juguetonas, carentes de cualquier sentido de compromiso con la realidad contemporánea, y usualmente ubicados en un mundo imaginario sujeto a leyes y políticas diferentes a aquellas de las ciudades del Este griego al que Donald Russell ha denominado "Sofistópolis" (Russell, 1983, pp. 21–39; Whitmarsh, p. 71).

El estudioso concluye que leer textos sofísticos resulta, entonces, una empresa mucho más retadora de lo que regularmente se concede. No son simplemente los jeux de los ricos ociosos: son con frecuencia obras culturalmente centradas, y la audiencia está muy implicada en el proceso de crear significado (p. 73).

En el capítulo V, La segunda sofística y la literatura griega imperial, el último del libro, se apunta a la intersección entre los distintos aspectos de la literatura sofística y la más amplia cultura literaria de la Grecia romana. El énfasis se da particularmente en dos áreas que Whitmarsh considera centrales tanto a la declamación retórica como a la más amplia cultura literaria: el individuo y la narrativa exótica.

Escribiendo sobre el individuo. Con frecuencia se afirma que el inicio del Imperio Romano fue un periodo en el que se hizo énfasis sobre personas individuales, cuyas obligaciones primarias estaban concebidas en términos de una relación moral consigo mismas más que con la sociedad en su conjunto. En este siglo tuvo particular importancia la biografía, género que había sido explorado entre los historiadores y algunos oradores, que combinaban los datos personales con el encomio. Lo que vemos en estos textos es una atención en los motivos psicológicos de acción de los grandes hombres, así como detalles de sus vidas privadas. Plutarco no escribe para una alabanza o vituperio directos, como la mayoría de las biografías influenciadas retóricamente, sino que pone al moralismo como su preocupación central; para él, las acciones de sus personajes 'son las impresiones de su carácter', 'los signos de su alma', frases que recurren en contextos encomiásticos (p. 78).

El autor analiza también la autobiografía y comenta que resulta de interés cuestionar si el enfoque intenso que se da para el cultivo y presentación de la propia identidad que aparece en la Segunda Sofística, tiene o no interrelación con un interés generalizado en narrativas relacionadas con la propia persona de un autor. Refiere que hay muchos ejemplos de lo que modernamente puede llamarse 'autobiografía' y que los antiguos teóricos denominaban apologíai (discursos de defensa) (p. 79).

En las secciones Autobiografías y apologética y Autodescripción y autoalabanza, Whitmarsh destaca cómo en el s. II se intensificó el eslabón que une la autobiografía con la apologética, que era también una forma de autopromoción. La retórica imperial de los primeros siglos estaba fascinada con el problema de la periautología o 'cómo hablar de uno mismo': "En la altamente sofisticada y autoconsciente cultura literaria que floreció junto con la Segunda Sofística, hablar o escribir sobre uno mismo era visto como una oportunidad de estatus, reputación y 'capital cultural' " (p. 83).

El ser sufriente. Al respecto Whitmarsh menciona los Discursos sagrados de Elio Arístides y se cuestiona si estos discursos representan una 'genuina' devoción teológica, o son un intento calculado de elevar el estatus del orador, capitalizando sobre su notoria mala salud (VS, 581), y concluye que es posible que la cultura epidíctica en la que vivía Arístides, con todo su enfoque sobre la autopresentación externa, en realidad ayudó a encender la fascinación en el s. II por la interiorización (p. 85).

Directrices novelescas. Otro de los temas tratados en este capítulo es el entrecruzamiento entre Segunda Sofística y novela. El estudioso, basado en los conceptos de Rohde, relaciona a la novela con la Segunda Sofística por valerse ambas de escenarios ficticios, frecuentemente con temas eróticos o sentimentales (Rohde, 1914), pp. 361–87), entre los que se encuentran el de los adulterios y el de los piratas. Pero Russell (1983) modifica este punto de vista, afirmando que, más que las declamaciones como inspiración de las novelas, 'ambas son expresiones de una cultura común' (p. 86).

En opinión del autor, hay entre novela y sofística una conexión más cercana que la señalada previamente y es la que se refiere a la innovación, tratada con amplitud en el capítulo 2. Los sofistas frecuentemente declaraban la 'novedad' de su obra, lo mismo que la novela se presenta como, en comparación, 'novel' (p. 87).

Whitmarsh concluye con la espectativa de haber podido demostrar que el movimiento de la Segunda Sofística, con todo lo que merece ser analizado en detalle y en sus propios términos, impactó fuertemente a una más amplia cultura literaria de la Grecia romana. En efecto, las dos áreas que en los últimos años han interesado más a los historiadores de la cultura y de la literatura, la novela griega y la supuesta intensificación del interés en "la persona", fueron asimismo parcialmente impelidas por la oratoria epidíctica. Coincido con la afirmación de Tim Whitmarsh sobre la importancia cultural de este movimiento: "La Segunda Sofística merece su papel central no sólo en la reducida historia de la retórica, sino en la historia cultural de la Grecia imperial en su conjunto" (p. 89).

 

REFERENCIAS

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Whitmarsh, T. (2001): Greek Literature and the Roman Empire: The politics of imitation (Oxford).         [ Links ]

 

Notas

1 Lector de griego en la Universidad de Exeter, especialista en la literatura griega del Imperio Romano, ha publicado, entre otros: Greek Literature and the Roman Empire: the Politics of Imitation (Oxford, 2001); Ancient Greek Literature (Cambridge, 2004); Achilles Tatius: Leucippe and Clitophon, trad. y notas (Oxford, 2001).

2 Se proporcionan las referencias bibliográficas completas al final.

3 Textos griegos, latinos y árabes de los escritores fisiognómicos pueden encontrarse en Förster (1893), reimpreso por la University of Michigan Press. La traducción del de Polemón está en proceso con un equipo a cargo de Simon Swain (p. 30, n. 25).

4 Los más notables son los de Harpocración (Usos de los Diez Oradores), Elio Dionisio (Palabras áticas), Frínico (Selección de Palabras Áticas y Frases), Julio Polydeuces, o Pollux (Onomasticon o Libro de las Palabras), y Moeris (Léxico Ático). Véanse Swain (1996), Schmitz (1997); Hansen (1998), quien discute a los precursores de Moeris en lexicografía ática (p. 44).

5 Whitmarsh señala que hay una antigua tradición filosófica de consejos a los reyes, que empieza particularmente con Aristóteles (v. fr. 646–647 Rose). Para una discusión sobre el tema, con bibliografía, ver Whitmarsh, 2001, pp. 181–183.

6 Recientemente, han tratado el tema: Anderson (2000), pp. 152–154; Saïd (2000), pp. 174–186; Jouan (2002). En el s. II, Hermógenes en sus Progymnasmata menciona tópicos tales como la comparación entre Heracles y Odiseo, las palabras de Andrómaca a Héctor, las de Aquiles a Deidamía, y el lamento de Aquiles sobre Patroclo (L. Spengel [ed.], Rhetores Graeci, 2.15–16). Cf. p. 71, n. 55.