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Nova tellus

versión impresa ISSN 0185-3058

Nova tellus vol.26 no.1 México  2008

 

Reseñas y notas bibliográficas

 

Méndez Aguirre, Víctor Hugo, Filosofía y política en la República (la imagen del filósofo dentro y fuera de la utopía platónica)

 

Carolina Olivares Chávez*

 

México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Filológicas (Colección de Bolsillo, 30), 2006, 98 págs.

 

* Universidad Nacional Autónoma de México. Correo electrónico: caro@servidor.unam.mx

 

Recepción: 7 de marzo de 2008.
Aceptación: 7 de abril de 2008.

 

Palabras clave: filosofía antigua, Platón, política, República, utopía.

 

El autor de este libro es un reconocido estudioso de Platón, quien a lo largo de su obra demuestra que, al lado de la figura ampliamente difundida del filósofo reticente a inmiscuirse en la vidad política, se encuentra la del filósofo de la República, cuya participación activa en el ámbito político obedece a circunstancias ideales. Méndez Aguirre plantea que tal paradoja se explica mejor si se observa que, en la antigua Grecia, hubo casos donde los filósofos combinaron su inclinación filosófica con su intervención directa en la esfera pública, al ocupar importantes cargos políticos y militares.

El texto consta de cuatro capítulos. El primero se titula La imagen del filósofo en los diálogos platónicos: planteamiento y estado actual. En dicha sección Méndez se remonta a los orígenes de las palabras "filósofo" y "filosofía". De acuerdo con el estudioso, es Platón, junto con Aristóteles, quien consolida lo que en Occidente entendemos por "filosofía" (p. 9). Considera que, a través de sus diálogos, el pensador ateniense esboza su noción de "filósofo" e, incluso, postula una imagen paradógica, la del filósofo rey (p. 10).

Más adelante, el autor enfatiza la contradicción que entraña que el propio Sócrates de los diálogos tempranos, quien a propósito se abstiene de la política, se considere a sí mismo el único político verdadero, pues sus palabras no pretenden complacer a los demás, sino hacer evidente lo mejor (p. 11). El investigador aclara que varios especialistas de la última década del s. XX han centrado su atención en la esencial "apraxia" y apoliticidad del filósofo, con base en la anécdota de Tales de Mileto, relatada en el Teeteto, 174a, por el propio Sócrates.

Según el estudioso, Tales de Mileto y el guardián de la República son los paradigmas del filósofo platónico: el primer modelo se caracteriza porque nada más le importa la contemplación y no le interesa lo práctico; mientras el segundo "es una planta exótica que sólo florece en un clima utópico, pero que se marchita fuera del invernadero de la perfección absoluta, que no soporta las inclemencias de la política real". Méndez Aguirre alude a la opinión de Gastón Gómez Lasa, quien sostiene que Sócrates, gracias al ardid de su demonio, se sustrae de la política (p. 13).

Líneas después, el investigador afirma que Platón pone como punto central de su utopía que gobiernen los mejores y quienes saben más, es decir, los filósofos; en consecuencia, el filósofo real queda al margen de la política real. En palabras de Méndez, "en cualquiera de las dos opciones el filósofo real queda exento de la desagradable ocupación de entrometerse en la política real" (p. 15). El autor piensa que tanto los politologos como los filósofos morales activos durante la última década del s. XX, en especial Roberto Aramayo, le concedieron a este peculiar tipo de filósofo la categoría de quimera, y para corroborarlo hace un repaso de las principales posturas de estudiosos modernos en torno a dicha tendencia.

El segundo capítulo, El guardián dentro de la Calípolis, es el más extenso. En "Utopía y justicia", Méndez destaca que la "Ciudad bella", al estar constituida de acuerdo con la naturaleza, es justa y perfecta, de allí que la temática de la República gravite en torno a la justicia (p. 21). En contra de la creencia más extendida en aquella época, según la cual la justicia consiste en hacer el bien a los amigos y mal a los enemigos, Méndez Aguirre observa que para el Sócrates platónico justicia es que cada uno haga lo suyo. A partir de esta definición el autor sostiene que el lugar social que ocupa el ciudadano de esta polis ideal está determinado únicamente por sus méritos individuales, no por el sexo, el abolengo o por la riqueza.

Aunque Víctor Hugo Méndez reconoce que en la utopía platónica se postula que cada persona debe ocupar la posición social para la que ha nacido, considera que esta aparente visión "totalitaria y represiva" se matiza al aceptar la movilidad social de acuerdo con los méritos de cada quien, así se da cabida a lo que el autor denomina "la esfera de la igualdad proporcional" (p. 23).

En "Los tres grupos ciudadanos y la virtud en Calípolis", el estudioso menciona las tres clases que integran el estado utópico de Platón, espejo de las tres partes constitutivas del alma: los gobernantes o filósofos reyes son la parte racional; los guerreros auxiliares encarnan la parte irascible, y el pueblo la concupiscible. Al hablar de los grupos sociales, Méndez subraya que el súbdito debe aceptar voluntariamente su subordinación a unos gobernantes mejores que él y, al hacerlo, tanto los gobernantes como los gobernados son justos y templados, pues obedecen y mandan respectivamente.

De acuerdo con su contexto histórico, caracterizado por luchas internas y externas, Platón reconoce la importancia de estar listos para la guerra, por eso Calípolis cuenta con guardianes (soldados). El autor destaca que a dichos militares se les exige "conjugar la excelencia física con la mental", para aclarar esta idea cita a Platón: "Filósofo, por tanto, y además colérico, veloz, fuerte [por naturaleza], será para nosotros, el que haya de ser un noble y buen guardián de la ciudad" (Rep., 376a). Cabe señalar que dicha élite guerrera está integrada tanto por hombres como por mujeres. En cuanto a los guardianes en general, Méndez Aguirre observa que, según Platón, deben sobresalir no sólo por su vida contemplativa, sino porque sus virtudes intelectuales rivalizan con sus excelencias morales (p. 31).

Líneas después, el autor agrega que exclusivamente en la senectud, después de una vida entera consagrada al esfuerzo, a la disciplina y al estudio, algunos de estos guardianes tendrán la oportunidad de dedicarse a la filosofía y a la política, de modo que sólo en la vejez estos hombres y mujeres selectos podrán intervenir en el gobierno, pues al observar la Idea del Bien reproducirán en la sociedad humana el orden y la justicia que imperan en el universo.

Luego viene "La educación de los ciudadanos". Allí Víctor Hugo Méndez afirma que Platón, fiel a la tendencia didáctica de su época, considera que únicamente con la educación es factible perfeccionar la naturaleza humana, pues "sin la paideia no se puede exigir areté" (p. 37). A continuación el investigador alude al tipo de educación que recibía cada grupo social de la Calípolis. En mi opinión, este apartado es sumamente valioso debido a que en él se expone de manera concisa el proyecto educativo de Platón.

En la sección "Privilegios específicos de los guardianes auxiliares", Méndez Aguirre sostiene que Platón, con el objetivo de infundir valor en sus soldados, hace todo lo posible porque la muerte en combate les parezca un privilegio, pues de esa forma la ciudad los eleva a la categoría de héroes, al considerarlos demonios bienhechores y preocuparse por honrar y cuidar sus tumbas. El mismo reconocimiento obtendrán quienes mueran a causa de la vejez, luego de haber tenido una excelente trayectoria militar. También los filósofos reyes son dignos de estos privilegios (p. 53). Es preciso señalar que a los jóvenes que sobresalen en la actividad bélica se les otorga otras concesiones, como por ejemplo privilegios sexuales de mujeres y de hombres, según prefieran. No obstante, así como hay premios también hay castigos para los cobardes y desertores, uno de ellos consiste en ser degradados a la categoría de obrero o labrador.

El tercer capítulo se llama El guardián fuera de Calípolis (aspecto militar). En "El almirante eleático", para probar que su propuesta de filósofo rey no es tan descabellada, Méndez Aguirre sugiere que Platón diseñó su gobernante ideal a partir de seres humanos reales, quienes además de ser filósofos ocuparon puestos de poder que desempeñaron con gran decoro. En primera instancia menciona a Meliso, filósofo presocrático, general de Samos quien, sin amedrentarse ante el poderío y la fama de Pericles, lo venció en un combate naval.

En "El general pitagórico" alude al célebre tebano Epaminondas, quien se aproxima mucho más al paradigma platónico de filósofo rey. Méndez Aguirre se detiene en este personaje y, entre otras cosas, refiere que fue nieto intelectual de Pitágoras, pues su maestro, Lisis de Tarento, fue discípulo directo del filósofo pitagórico. El autor destaca que Epaminondas conjugó en todo momento su inclinación por la política y la filosofía, por eso tuvo una educación semejante a la que Platón prescribe a sus guardianes perfectos (p. 69).

Por último, en "El hoplita deifico", el investigador designa de este modo a Sócrates. A diferencia de los dos casos anteriores, donde se ocupa de jefes militares, Méndez Aguirre presenta a un hombre excepcional por acatar órdenes y no moverse de su puesto de combate. El estudioso concede singular importancia a la participación del maestro de Platón en las batallas de Potidea, Anfípolis y Delión, donde tuvo un desempeño intachable como soldado de infantería, al distinguirse por su valentía, su serenidad y su templanza. A propósito de su actuación militar, Méndez observa que la filosofía de Sócrates es modelada conforme a su comportamiento en el campo de batalla. El autor sostiene que la actitud de Sócrates como hoplita contrasta con la imagen del Sócrates que evita la política, pues es evidente que acataba las leyes de la ciudad, al cumplir sus deberes cívicos y participar en la defensa de la polis cuando se le requería.

El cuarto capítulo lleva por nombre Los guardianes fuera de Calípolis (aspecto político). En "Los gobernantes pitagóricos", a partir de una afirmación de Aristóteles según la cual la ciudad de Tebas fue feliz tan pronto como sus jefes llegaron a ser filósofos, el estudioso menciona a Arquitas de Tarento, cuyo talento militar hizo que durante las 7 veces que fue elegido para el mando nunca lo derrotaran. Méndez Aguirre aclara que este filósofo pitagórico fue quien salvó a Platón de la animadversión de Dionisio II, tirano de Siracusa. El investigador advierte que estudiosos modernos, como Capizzi, postulan que Platón se inspiró en Arquitas para elaborar su paradigma del filósofo rey (p. 79).

En "El guardián melancólico" se plantea la posibilidad de que Demócrito haya gobernado Abdera, con base en una leyenda inscrita en monedas de esa ciudad que dice "en época de Demócrito" y con fundamento en la teoría política propuesta por dicho filósofo.

En "Políticos y sabios", Víctor Hugo Méndez retoma la figura de Tales de Mileto, y demuestra que no sólo era el filósofo absorto en la contemplación del cielo, origen de la clásica imagen del filósofo distraido, sino que así mismo fue capaz de proponer alternativas políticas, con el fin de mejorar el régimen de su ciudad. En palabras del autor "Tales no sólo se tropezaba con un obstáculo que se atravesaba a su paso, también sabía como vadearlo" (p. 84). Y esta ambigüedad esbozada por Platón se concreta aún más al recordar que Tales de Mileto, además de ser considerado el primer filósofo presocrático, fue estimado como uno de los siete sabios. El investigador enfatiza que, de entre el catálogo de los sabios, Bías de Priene y Pítaco de Mitilene destacaron tanto por su sabiduría como por su acierto político; de modo que "los sabios, sin ser estrictamente filósofos, fueron apreciados como gobernantes, legisladores y consejeros políticos" (p. 86). A partir de este razonamiento, Méndez Aguirre sostiene que los sabios constituyen el antecedente del guardián propuesto por Platón, lo confirma con el caso de Solón de Atenas.

Por último, están las "Consideraciones finales", donde el estudioso señala la existencia de dos imágenes principales del filósofo: la del filósofo apráxico, a menudo relacionada con Tales de Mileto, y la del eupráxico o phyláxico, quien combinaba su gusto por la contemplación de la naturaleza con el servicio militar cuando su ciudad lo necesitaba. Desde el punto de vista del autor, la segunda clase de filósofo prevaleció primero en Grecia, la del intelectual comprometido con su ciudad y que pone a su disposición sus mejores dotes ya sea como militar, consejero o legislador. Según Méndez Aguirre, ambos modelos se mezclaron y dieron origen a la imagen del filósofo clásico, y hace hincapié en que sólo si se tiene en mente esta dicotomía es posible comprender la paradoja que propone Platón en la República, al concebir el modelo del filósofo rey.

En mi opinión, la principal virtud de Filosofía y política en la República radica en que Víctor Hugo Méndez logra acercarnos a la idea de filósofo propuesta por Platón de una manera amena y sencilla, pues no abusa de los términos filosóficos, su estilo es conciso y fluido, lo cual permite una lectura ágil; además, el autor enriquece su exposición con una cuidadosa selección de pasajes extraídos de los discursos de Platón y maneja una bibliografía actualizada. Por ello, esta obra es recomendable no sólo para el público en general, sino también para los especialistas, quienes en las notas a pie de página encontrarán sugerencias de bibliografía complementaria.

En suma, los dos primeros capítulos contienen la teoría de lo que el director del Liceo entendía como filósofo rey, mientras los otros dos se refieren a la praxis, al proporcionar ejemplos concretos de la actividad política de los filósofos en la antigua Grecia. Sólo se antoja un capítulo más o quizá una segunda parte, donde el autor, experto en Platón, nos muestre a este discípulo de Sócrates en su faceta de filósofo eupráxico, a la cual apenas alude en la página 58.