SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
vol.37 número148La formación doctoral en el sistema francés: desafíos para la permanencia y perspectivas para el empleo índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Artículo

Indicadores

Links relacionados

  • No hay artículos similaresSimilares en SciELO

Compartir


Revista de la educación superior

versión impresa ISSN 0185-2760

Rev. educ. sup v.37 n.148 México oct./dic. 2008

 

Estados del conocimiento

 

La Universidad de papel y el papel de la imaginación: comentarios a los ensayos críticos de Porter sobre la universidad que tenemos y la que deseamos*

 

Abril Acosta Ochoa**

 

Porter Galetar, Luis (2007) La universidad de papel: ensayos sobre la educación superior en México, 1era. reimpresión, México, CEIICH–UNAM, 245 págs.

 

** Maestra en Sociología con especialidad en Educación Superior por la UAM–Azcapotzalco. Actualmente es ayudante de investigación en el proyecto: Los rectores de las universidades públicas mexicanas, ¿líderes o rehenes de sus instituciones? Coordinado por el Dr. Romualdo López Zárate. Correo e: abril_acosta@hotmail.com

 

La Universidad de papel, obra de imprescindible lectura

La Universidad de Papel. Ensayos sobre la educación superior en México es un libro imprescindible. No se trata de una investigación en la que se desplieguen grandes desarrollos teóricos, análisis estadísticos o la comprobación de hipótesis. No por ello su valía es menor a la que tienen las investigaciones académicas tradicionales. Su valor radica en la profundidad con la que reflexiona en torno al estado de cosas en el que se desenvuelve la educación superior y a su capacidad para conducir al lector hacia alternativas de gran emotividad y sentido creativo, en aras de apropiarse de la universidad y llenar de contenido sus actividades como estudiante, profesor, investigador o funcionario.

En la nueva edición de este libro, a lo largo de nueve capítulos, se analizan temas de gran relevancia bajo una perspectiva multidisciplinaria: la centralización y verticalidad de la planeación educativa, la necesaria transformación de inercias constituidas en la organización universitaria, la integración entre conocimiento y acción, las posibilidades aún desaprovechadas de saberes no tradicionales como el arte y las humanidades en la apropiación del conocimiento, el papel de la democratización y la autonomía en la toma de decisiones, la importancia de recordar la historia y nuestras historias institucionales, el compromiso de los académicos en la formación de los estudiantes y el papel de las nuevas generaciones en la construcción de la universidad.

La universidad de papel a la que hace referencia Luis Porter, es pensada –y por ello escindida– por grupos de especialistas cuyas políticas son ajenas a los sujetos reales, corpóreos, que ocultan la compleja cotidianidad en la que conviven con sus valores y culturas, mediante una racionalidad formal constituida por datos sistematizados, formularios de expertos y evaluaciones mediadas por visiones del mundo no abiertas a la opinión. La planeación educativa no puede ser exitosa en tanto su labor consista en ajustar a los sujetos reales a ideas preconcebidas y, por lo tanto, inviables.

En el texto se revaloran múltiples conceptos con la intención de elaborar una propuesta de acción reflexiva. Porter nos recuerda la actualidad de las dicotomías centro–periferia, micro–macro, los conceptos de autonomía, libertad, historia y micropolítica. Su lectura nos muestra una realidad que hemos asumido acríticamente como el orden natural de las cosas y nos estimula a reconocer que aún hay múltiples cuestiones pendientes ante las que debemos actuar, en lugar de sólo acudir a ellas como espectadores indiferentes. En el fondo, la apuesta es a la producción de un proyecto educativo en el que sean utilizadas opciones cognitivas diversas, que reconozcan a la educación como un proceso colectivo en el que la crítica, la creatividad y la democracia, sean valores reconocidos por todos los actores involucrados, incluyendo, por supuesto, a los hacedores de la planeación educativa.

Luis nos invita a ser intelectuales prácticos, "zorroespines" que cultiven conocimientos teóricos bajo la convicción de llevarlos a la práctica, en un contexto donde el rigor académico ha sido falsamente contrapuesto a la existencia de convicciones políticas, artísticas o de otro tipo. El "zorroespín" mantiene dos atributos en apariencia contradictorios: la astucia ilustrada, pero parcial, del zorro y la cualidad práctica, integradora, del puerco espín. No es posible la parcialización del conocimiento; en cambio sí lo es la integración de diversas ciencias o la utilización de formas de aprendizaje no plenamente aprovechadas, como la sensibilidad artística, la poesía y la capacidad de contar historias, las cuales pueden generar experiencias vitales de gran importancia para los sujetos.

A diferencia de los principios que guían los denominados programas estratégicos, la docencia no es menos relevante ni se opone a la investigación. Para el autor, la educación es un acto libertario, lúdico y creativo, destinado no sólo a informar sino a formar sujetos, en virtud de lo cual se requiere un gran compromiso y una enorme creatividad.

Si reconocemos a la obra como un trabajo en proceso, comprenderemos la invitación que Porter nos hace al plantear algunos elementos que aguardan mayor reflexión. Porter no aborda de manera extensa las rutas que pudieran conducirnos hacia una nueva universidad, en la que ciertas habilidades cognitivas aún no suficientemente reconocidas, el conocimiento de nuestras historias personales e institucionales y el compromiso académico conformen experiencias sustantivas que se integren en un esfuerzo colectivo. Tal vez esto se deba más a la enorme valía que representa para el autor la libertad de los sujetos para recrear en sus propias esferas de acción y para pensar en modelos alternativos a las políticas públicas, que propiamente a una omisión.

En consecuencia, el texto apuesta a favor de académicos que tengan un alto sentido de responsabilidad social y un claro compromiso para formar sujetos con habilidades diversas, de tal forma que las universidades sean espacios de generación de nuevas experiencias sociales y culturales que escapen de la rutina y lo ya instituido. Aunque Porter nos otorgue pocas referencias acerca de la generación de proyectos alternativos, las aperturas que realiza son una invitación a pensar en propuestas concretas en torno a las cuales el lector continúe en diálogo con el autor y asuma sus propias conclusiones ante las consideraciones y propuestas vertidas.

El papel del nuevo académico en el contexto de la educación superior

La reedición de La universidad de papel incluye un nuevo capítulo que habla de un futuro que pronto habrá de significar enormes retos para las universidades. La renovación de la planta académica no sólo podría conducir a una crisis por lo que el proceso mismo supone en términos de pensiones y retiro, nuevas modalidades de contratación y nuevas reglas del juego en la carrera académica, sino porque colocará a las nuevas generaciones frente al espejo de los errores pasados, con el enorme desafío de superar inercias y sortear el canto de las sirenas que éstas representan. Evitar la cómoda complicidad del servilismo, la oposición entre compromiso social y seriedad académica, así como la pertenencia a cofradías que acumulan cotos de poder, son sólo algunas de las luchas que el nuevo académico habrá de sostener en un contexto donde el deslinde entre universidad, ciencia y sociedad serán difíciles de sostener.

El autor le da voz a una joven generación para la que obtener una oportunidad representa años de esfuerzo y dedicación, en los que el desgaste termina por disminuir la voluntad de cambiar la academia y sus prácticas. Las oportunidades de estos jóvenes para obtener un lugar en las universidades, están representadas únicamente por el retiro o –dramáticamente– por la muerte de los académicos en funciones, mediadas por una competencia no exenta de complicidades, prebendas y favoritismos. Leo este nuevo capítulo y veo muchas de las ideas que están presentes en las conversaciones que tengo con mis compañeros de generación, de nuestra vocación por hacer de la docencia y la investigación una forma de vida, pero también de los temores y el desgaste que representan los años empleados que aún no reditúan en posibilidades para continuar en mejores condiciones con nuestros propios procesos de desarrollo académico, humano y emocional.

Leo esas páginas y sé que muchos de los jóvenes académicos encontrarán eco en su propia voz para no conformarse con el número de artículos que logren publicar o con las clases que habrán de impartir donde se los permitan. No bastará con obtener reconocimientos donde conste su capacidad para desarrollar de forma ordenada un problema de investigación, sino llevar esas aptitudes a actividades menos reconocidas, pero no por ello menos importantes. Me refiero a la necesidad de desplegar nuevas miradas a los viejos problemas y de estudiar los nuevos fenómenos que habrán de abarcar la escena social, a revalorar la docencia y a los alumnos que requieren mucho más que tan sólo reproducir de forma automática una cátedra aprendida de memoria.

Leo estas páginas y sé que muchos de los profesores e investigadores que tienen una larga trayectoria encontrarán eco a sus preocupaciones acerca del futuro de la educación superior, y coincidirán en la necesidad de generar espacios donde se discuta la universidad, se valore el trabajo académico y se otorgue un lugar al estudiante, ese personaje desdibujado que suele estar ausente de la planeación educativa. Estudiante que será el futuro profesional o académico y al que habrá que dedicar más que una cátedra burocrática en la que se transmitan de manera informe datos y prácticas sin contenido sustantivo.

Luis Porter le da sentido a todos estos elementos que forman parte de la sustancia constitutiva de los pasillos, las aulas, los escritorios y las charlas de café, de aquellas preocupaciones de gran relevancia que no se leen en ningún plan de estudios ni proyecto educativo. Estos, que son temas trascendentales pero paradójicamente ausentes de la planeación (ya no digamos federal, sino institucional en la mayoría de los casos), son los que aborda con gran entusiasmo, adelantándose a un proceso que podría representar cambios de gran envergadura para nuestras instituciones y, apuesta el autor, que representan una oportunidad real para generar una nueva universidad.

De manera atinada, Porter nos recuerda que en este proceso hay que tomar riesgos, atrevernos a alentar el cambio, asumiendo que los espacios universitarios son parcelas de micropolítica donde hay posibilidades para estimular y ejercer la libertad. Nos recuerda que esta no es una tarea individual y que es éste el mejor momento para llevarla a cabo. Pese a la enorme dosis de sentido crítico y realismo que conforma esta obra, el autor nos otorga una porción de optimismo: es posible imaginar otra universidad y, más aún, hacerla realidad si en ello empeñamos nuestras mejores intenciones, entendiendo que "no hay nada particularmente noble en un tipo de 'vida académica' donde la sobrevivencia ha tomado el lugar del trabajo creativo como cualidad a admirar."

Comencé este comentario diciendo que La universidad de papel es un libro imprescindible. Explico por qué. Para Aimos Alcott un buen libro es aquel que se abre con expectativas y se cierra con provecho. Porter logra superar con mucho nuestras expectativas al iniciar la lectura, conduciéndonos por caminos diversos, de gran sensibilidad y capacidad de reflexión, en un diálogo donde somos partícipes de sus preocupaciones y es posible valorar nuestro lugar como universitarios. Se arriesga y por ello mismo explora horizontes poco ortodoxos en los que podemos encontrar múltiples motivaciones para buscar otra universidad.

Utopías imaginarias: apuntes sobre una universidad para el futuro

Este último apartado tiene el propósito de imaginar una universidad utópica. Las ideas que se mencionan a continuación se fundamentan en algunas de las aportaciones del seminario Universidad 2030: escenarios de futuro, que organizaron el Centro de Investigación Interdisciplinaria en Ciencias y Humanidades de la UNAM y el Departamento de Estudios Institucionales de la UAM–Cuajimalpa. Sólo delinearé algunas ideas sin ahondar de manera particular en ellas.

No es el análisis objetivo, sino la imaginación la que guía esta reflexión acerca de una universidad utópica, en la que están presentes tres elementos. El primero es el deseo de soñar, necesidad de todos los seres humanos que en contextos de incertidumbre casi siempre sucumbe y se diluye ante necesidades inmediatas; es por ello aún más importante ahí donde se intenta evitar a toda costa. El segundo es el desear un futuro mejor, que es sólo posible en tanto seamos capaces de aportar con nuestro propio esfuerzo y talento a su realización; de nada sirve pensar un mundo que corresponde exclusivamente a otros que lejanamente habrán de vivirlo. La tercera, quizá la más difícil, es que el optimismo forme parte de esta aventura imaginaria, en un momento histórico en el que las utopías parecen imposibles pero, precisamente por ello, en el que son más necesarias que nunca.

1. Imagino una universidad donde exista una pedagogía sin retórica, una pedagogía de la acción en la que no haya contenidos vacíos sino ideas que permitan a los sujetos significar al mundo.

2. Una universidad donde se construya un aprendizaje con sentido, que es a la vez un aprendizaje para alentar los sentidos (ver en lugar de mirar de reojo, escuchar en lugar de oír y sentir en oposición a no sentir).

3. Una universidad donde la información tiene sentido, esto es, donde aprender no implica sumar información sino saber cómo utilizarla, discutirla, hacerla útil y reelaborarla con nuevos elementos y datos.

4. Una universidad que no es más una "torre de marfil", sino un espacio de interacción social donde confluyen diversos grupos, perspectivas y tendencias; la universidad no homologa, sino que unifica, es decir, que integra.

5. Una universidad donde los atributos intelectuales son diversos y no se oponen mutuamente: analizar no excluye sentir, explicar no se opone a reflexionar, diseñar no es contrario a describir el mundo.

6. Una universidad donde las ciencias, las artes y humanidades no sean atributos diferenciados que deben valorarse más o menos de acuerdo con discursos prescriptivos, sino en función de su capacidad para hacernos vivir de forma más armónica.

7. En fin, una universidad que nos enseñe a ser felices, creyendo con ello en la capacidad del conocimiento (de cualquier tipo) como un medio para dialogar, fortalecer nuestras habilidades y otorgarnos la posibilidad de aportar a nuestro entorno para vivir mejor.

 

Nota

* Texto preparado para la presentación de la segunda edición del libro La universidad de papel: ensayos sobre la educación superior en México, de Luis Porter, realizada el 5 de diciembre de 2007 en el Centro de Estudios Interdisciplinarios en Ciencias y Humanidades de la UNAM.