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Perfiles educativos

Print version ISSN 0185-2698

Perfiles educativos vol.33 spe México Jan. 2011

 

La educación superior como agente de transformación de las identidades genéricas entre los zapotecos en la ciudad de México

 

Patricia Rea Ángeles*

 

* Maestra en Antropología social. Actualmente estudia el Doctorado en Antropología Social en el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, Ciudad de México. Líneas de investigación: migración indígena, escolarización indígena, identidades étnicas y género. CE: mundoacido@hotmail.com

 

Recepción: 5 de mayo de 2011
Aceptación: 22 de junio de 2011

 

Resumen

Desde hace más de un siglo los zapotecos del Istmo de Tehuantepec se han dirigido a la Ciudad de México para realizar estudios universitarios y más recientemente para llevar a cabo estudios de posgrado en diversas instituciones educativas. Así, el acceso a la educación superior es un evento que paulatinamente se ha convertido en un factor determinante en la conformación de un grupo étnico altamente diferenciado y jerarquizado en comparación con el resto de los grupos étnicos del país. El presente artículo pretende responder, entre otras, a las siguientes interrogantes: ¿qué implicaciones ha tenido dicho desarrollo sobre los diversos procesos culturales de los zapotecos?, ¿cuáles son los factores que están interviniendo en la resignificación de los componentes que conforman sus múltiples identidades?, y más específicamente, ¿qué impacto está teniendo la educación superior sobre las relaciones genéricas entre hombres y mujeres? Se podría afirmar que los procesos de escolarización se traducen en una ventaja a nivel comunitario, pero al mismo tiempo pueden llegar a representar una causa de conflicto al interior de la comunidad.

Palabras clave: Educación superior, Escolarización indígena, Género, Migración, Zapotecos.

 

INTRODUCCIÓN

Juchitán de Zaragoza es un municipio ubicado en la región que comprende el Istmo de Tehuantepec, al sur del estado de Oaxaca, y se caracteriza hoy en día, entre otras cosas, por la alta escolarización y profesionalización que sus habitantes han alcanzado, si se le compara con otros pueblos indígenas: de acuerdo con cifras oficiales del INEGI (2009), 3.9 por ciento del conjunto de la población zapoteca que habita el lugar ha alcanzado el nivel superior universitario, seguido por los mayas, con 2.7 por ciento, y los purépechas, con 2.1 por ciento.1 Al interior de estas cifras sería muy difícil determinar qué porcentaje de zapotecos ha realizado estudios universitarios o de posgrado en la Ciudad de México, pero lo que resulta un hecho es que evidentemente es uno de los pocos grupos étnicos que cuenta con una trayectoria escolar de más de cien años de acceder a la educación superior no sólo a nivel de licenciatura, sino también de maestría, doctorado y posdoctorado, y de realizar estudios de posgrado en el extranjero.

Como mostraré a lo largo del presente artículo, estudiar en la Ciudad de México y acceder a la educación superior no ha sido una tarea fácil para los zapotecos, ya que regularmente hombres y mujeres deben enfrentar una serie de retos y problemas, entre los que destaca el sacrificio económico que sus familias deben hacer para mandarlos a estudiar a la ciudad, el racismo estructural y la discriminación que experimentan cotidianamente como resultado de su relación con la población mestiza, la necesidad de resignificar o transformar su identidad étnica para ser aceptados por la sociedad receptora, así como el hecho de redefinir sus identidades femeninas y masculinas para poder socializar, convivir y entablar relaciones con los hombres y mujeres no indígenas de la ciudad, entre otros aspectos.

Aunado a este tipo de desafíos encontramos también una serie de conflictos intracomunitarios que hombres y mujeres, pero sobre todo estas últimas, enfrentan al emigrar y escolarizarse. Dichos conflictos se asocian a las nuevas costumbres, hábitos y valores que los estudiantes adquieren en los centros urbanos como resultado de su relación con la población mestiza. Son sobre todo ellas quienes al estudiar, tener otro tipo de ambiciones y comenzar a cuestionar sus papeles convencionales como hijas, madres y esposas, en algunas ocasiones se convierten en el blanco de la crítica y la exclusión comunitaria. Y es que en el Istmo de Tehuantepec el éxito en la vida de una mujer casi siempre se asocia a la posibilidad de convertirse en "madre", "esposa", "mujer próspera" o "mujer que cumple con las normas comunitarias", pero pocas veces con su nivel de escolaridad o profesionalización, como veremos más adelante.

Para exponer la manera en que los procesos de escolarización pueden llegar a convertirse en factores de conflicto al exterior y al interior de la comunidad zapoteca, sobre todo para el caso de las mujeres, primero expondré un pequeño debate en torno a la definición del género, pensando en éste no como una categoría que ayuda a explicar exclusivamente la condición de subordinación de las mujeres, sino como una categoría que ayuda a dar cuenta de las relaciones entre hombres y mujeres a partir de diversas construcciones asignadas social y culturalmente. Después, como parte del trabajo de campo que he venido realizado desde el año 2007 hasta la fecha entre la comunidad zapoteca radicada en la Ciudad de México, y cuyos hallazgos etnográficos han servido de sustento para la elaboración de mi tesis de maestría,2 y actualmente para mi tesis doctoral, mostraré algunas de las estrategias que los estudiantes y sus familias despliegan para que los jóvenes puedan acceder a la educación superior en la Ciudad de México. Posteriormente hablaré del apoyo diferenciado que las familias otorgan a los estudiantes de acuerdo con su condición de género y cerraré este artículo con un apartado en el cual muestro la forma en que la educación superior y los procesos de escolarización se presentan como agentes que influyen determinantemente en la transformación de los roles asumidos por hombres y mujeres, así como en las relaciones de género.

 

LA CATEGORÍA DE GÉNERO Y SU UTILIDAD EN LOS ESTUDIOS DE LA IDENTIDADES FEMENINAS Y MASCULINAS ZAPOTECAS3

Es bien sabido por muchos que la categoría de género surgió con Simone de Beauvoir, quien planteó que "las características humanas consideradas como 'femeninas' son adquiridas por las mujeres mediante un complejo proceso individual y social, en vez de derivarse 'naturalmente' de su sexo" (Lamas, 1996: 9). Esta reflexión abrió un nuevo campo de análisis sobre las distinciones basadas en el sexo que posteriormente sería retomado por las feministas norteamericanas (Lamas 1996). Con el tiempo, la categoría género se convirtió en uno de los cimientos conceptuales con los que las feministas construyeron sus argumentos políticos así como toda una escuela que sentaría las bases para la investigación de mujeres y hombres en la actualidad.

Desde entonces hasta el día de hoy, la categoría de género sigue rechazando las explicaciones biológicas, como las que encuentran un denominador común para diversas formas de subordinación femenina según el cual las mujeres tienen capacidad para parir y los hombres tienen mayor fuerza muscular. En su lugar, el género ha pasado a ser una forma de denotar las construcciones culturales, así como la creación social de ideas sobre los roles apropiados para mujeres y hombres, tal y como señala Scott: "el género es un elemento constitutivo de las relaciones sociales basadas en las diferencias que distinguen los sexos, así como una forma primaria de relaciones significantes de poder" (1999: 61-63). Paralelamente a este tipo de análisis, autores como Ortner y Whitehead (1981, cit. en De la Cruz López, 1999: 16) han destacado que uno de los componentes del género es su identidad subjetiva, de tal manera que lo que significa hacerse un hombre o una mujer constituye una definición social que variará de una sociedad a otra y se transformará de una época a otra.

No obstante la gran contribución que muchos autores han hecho a la teorización del género —al mostrar una distinción importante entre los componentes biológicos y sociales de la diferenciación sexual— hoy en día todavía podemos encontrar que la gran mayoría de las investigaciones ha asociado esta categoría exclusivamente a la condición de subordinación de las mujeres (Scott, 1999; Lamas, 1996). Mohanty (2008), por ejemplo, ha criticado el colonialismo discursivo que ha producido el feminismo occidental, al construir una imagen de la mujer del llamado Tercer Mundo como un grupo homogéneo y subordinado. Esto, al mismo tiempo, ha contribuido a generar una visión esencialista de la identidad femenina y masculina, en donde se tiende a exaltar la condición de marginalidad y victimización de las mujeres y se les atribuye a los varones una condición genérica hegemónica y dominante.

Tratando de subsanar estas preocupaciones analíticas, en la década de los noventa vemos surgir un nuevo tipo de investigaciones cuya principal inquietud es comenzar a incluir la dimensión masculina en las mismas, así como en sentar diferentes parámetros para definirla. Gutmann, por ejemplo, ha señalado que existen cuatro formas distintas en que los antropólogos definen y usan el concepto de masculinidad:

a) Cualquier cosa que los hombres piensen y hagan; b) La masculinidad es cualquier cosa que los hombres hagan y piensen para ser hombres; c) Algunos hombres, inherentemente o por adscripción, son considerados más hombres que otros hombres; y d) Subrayan la importancia de las relaciones masculino-femenino, de tal manera que la masculinidad es cualquier cosa que no sean las mujeres (1998: 49).

En el mismo sentido de lo masculino como ausencia de lo femenino, podemos encontrar la acepción que Granados aporta al respecto: "Lo masculino se construye desde el comienzo de la vida como una permanente tarea para diferenciarse de lo femenino" (2002: 89-90). Por su parte, otros autores como Montesinos nos hablan de una determinación cultural del deber ser en la construcción de la identidad masculina:

Tratándose de la identidad masculina, la cultura define una serie de características y cualidades que el varón debe cumplir. La identidad, vista como el conjunto de elementos materiales y simbólicos que permiten al individuo reconocerse como parte del grupo, institución, raza, género, pueblo, nación, le confiere certeza de que el deber ser que ha intentado seguir responde al compromiso que tiene con su sociedad. Le dota del sentido de pertenencia, lo protege, pero también lo obliga a cumplir con el rol que le corresponde (2007:18).

Es decir que la sociedad regularmente proyectará en el imaginario colectivo un estereotipo para cada género, una forma de ejercer la identidad genérica que determinará el deber ser femenino y masculino.

Algo que queda claro entre estas distintas acepciones es que la cultura es un elemento indispensable que define la identidad genérica de hombres y mujeres; feminidad y masculinidad son dos atributos de la identidad que estarán determinados por lo que dictamine cada tiempo, sociedad y cultura. En el Istmo de Tehuantepec, el lugar de origen de los zapotecos que se escolarizan en la Ciudad de México, existen reglas culturales muy claras en torno a la definición de la identidad femenina y masculina, así como una clara distinción entre los roles que ambos desempeñan. Varios autores han señalado que en este lugar las mujeres son las principales protagonistas en la vida comercial, festiva, doméstica, religiosa, económica, social y cultural, además de ser las principales ostentadoras del prestigio social (Peterson, 1975; Newbold, 1975; Covarrubias, 1980; Fuentes, 1994; Giebeler, 1997; Meneses, 1997; Bennholdt, 1997; Reina, 1997). No obstante el protagonismo de las mujeres zapotecas en dichos espacios, es importante destacar lo complejo que les ha resultado acceder a ámbitos de predominancia masculina, sobre todo cuando se trata del ámbito político, artístico, intelectual o profesional. Como veremos más adelante, es justo el acceso a la educación superior por parte de las mujeres lo que está llevando a una resignificación de las identidades genéricas aun cuando esto implique tener que enfrentar la crítica no sólo por parte de sus compañeros varones, sino por todo el conjunto de la sociedad. Georgina Méndez, antropóloga chol, ha abordado este complejo tema y nos brinda un ejemplo de lo complicado que ha sido para las mujeres pertenecientes a alguna etnia acceder a estos espacios:

Las mujeres que hemos accedido a la academia o a espacios de liderazgo nos enfrentamos con el machismo de los hombres pero también con el chisme que genera nuestra salida de la comunidad, pues es común escuchar "salen a buscar marido" como un comentario negativo que de alguna forma, obliga a las mujeres a quedarse en la comunidad. Y cuando salimos hay que enfrentar la crítica y la descalificación. El chisme se convierte así en una forma de control social, pues por evitarlo muchas mujeres prefieren no salirse (2008:32).

En el caso de las mujeres zapotecas encontramos una condición similar, ya que existe una contradicción importante entre la autonomía económica y social que tienen y el acceso limitado a la educación superior, sobre todo si se trata de emigrar y establecerse en otras ciudades donde estarán lejos del control de los padres; pero como ya he señalado, éste es un tema en el que profundizaré posteriormente.

Por su parte el modelo masculino que caracteriza a la sociedad zapoteca posee connotaciones particulares: al hombre le corresponde el ámbito de la producción agrícola, artística, intelectual y profesional, entre otros. Ellos son los pescadores, los campesinos, los cargadores, los constructores, los obreros, los políticos, los comerciantes, los empresarios, los músicos, los poetas, los artistas, los profesionistas y los intelectuales. Los hombres en el Istmo poseen hasta cierto punto un papel privilegiado al interior de la sociedad: son ellos los que toman buena parte de las decisiones importantes al interior de la familia, los que reivindican el poder político e intelectual y los que generalmente disponen de su tiempo, su libertad, su cuerpo y sus acciones. En lo relativo a la escolarización y profesionalización, como veremos, son ellos los que con regularidad son apoyados para salir a estudiar, pues se piensa que esto les proporcionará una mejor calidad de vida a las familias. A diferencia de las mujeres para quienes acceder a la educación superior es un ámbito limitado, en el caso de los hombres salir a estudiar puede llegar a convertirse en una obligación o una "deuda moral" con los padres y con el resto de la familia.

En síntesis, encontramos que la categoría de género nos ayuda a explicar la forma diferenciada en que mujeres y hombres zapotecas deben de cumplir con ciertas normatividades culturales de acuerdo con su condición genérica. Como mostraré a continuación, inclusive cuando las familias deciden si un hombre o una mujer saldrán a la ciudad a realizar estudios universitarios, las normas que se establecen para apoyar su salida están determinadas por la condición genérica de los estudiantes.

 

EL DESPLIEGUE DE LAS ESTRATEGIAS ZAPOTECAS PARA ESTUDIAR EN LA CIUDAD DE MÉXICO

Existen dos posibilidades básicas para un estudiante que quiere venir a la ciudad de México a realizar estudios universitarios o de posgrado: una es que la familia, generalmente padres o hermanos mayores, apoyen su decisión y comiencen a movilizar toda una serie de redes familiares que servirán de respaldo al estudiante durante el tiempo que permanezca en la ciudad. Otra es que los padres se opongan a que la persona venga a la ciudad a continuar con sus estudios y que el estudiante tenga que movilizar por cuenta propia sus redes familiares o comunitarias.

Si el estudiante cuenta con el apoyo familiar, generalmente la madre o el padre tratará de contactar a algún pariente cercano vía telefónica o personalmente para conversar sobre la posibilidad de que le brinden alojamiento al estudiante durante algún tiempo. Contrario a ello, si el estudiante no cuenta con el apoyo familiar, será común que él mismo busque la ayuda de tíos, primos o paisanos en la ciudad y pida de favor que lo alojen durante un tiempo. Lo que es importante mencionar es que las redes familiares llegan a constituir un medio muy importante para que los estudiantes comiencen a familiarizarse con la ciudad, a desplazarse a través de ella, a conectarse con otros paisanos, a conocer los lugares donde se reúnen, a reproducir algunos patrones identitarios y, en síntesis, para mantener vigentes sus redes comunitarias.

En la Ciudad de México la relación que los estudiantes mantienen son sus parientes y paisanos se convierte en una fuente primordial de solidaridad y ayuda mutua a la que se apela constantemente para solicitar protección, respaldo, apoyo en situaciones difíciles, durante una enfermedad o accidente, cuando escasea el dinero, cuando se necesita apoyo moral, cuando se asiste a eventos culturales de paisanos e inclusive cuando se realizan algunas fiestas.

También encontramos que cuando los estudiantes han concluido su carrera, la ejercen en la ciudad de México, se independizan y deciden salir de las casas en donde viven con sus parientes o paisanos; pero aún durante este periodo, los estudiantes permanecen apegados a la comunidad a través de la asistencia a fiestas de paisanos, a eventos literarios zapotecos, de visitas constantes a casas y restaurantes para degustar la comida típica, de la solidaridad entre ellos ante diversos problemas y también cuando se requiere la ayuda mutua. Al mismo tiempo, la comunicación constante con la familia en la comunidad de origen sigue siendo indispensable en sus vidas; es común que hablen constantemente por teléfono para saber cómo se encuentran sus familias, que envíen correos electrónicos a familiares y amigos para informar sobre todo lo acontecido en la ciudad y que realicen visitas constantes a la comunidad durante las vacaciones de semana santa, en Las Velas4 en el mes de mayo y en las celebraciones de año nuevo.

Cabe destacar que es más común encontrar que los varones son quienes se independizan y deciden vivir solos. Para las mujeres esto resulta muy difícil, ya que inclusive su salida de la comunidad de origen se encuentra sujeta a la vigilancia y protección que los parientes de la ciudad puedan ofrecer. Acerca del tema del cuidado y el control que los parientes ejercen sobre las mujeres indígenas que salen a trabajar a otras ciudades, estudios como los de Freyermuth y Manca (2000), Oehmichen (2000 y 2005) y Vázquez (2000) muestran que el género es un elemento que incide totalmente sobre la manera en que las redes comunitarias brindan apoyo. En el caso zapoteco las mujeres son quienes se convierten en el centro de la vigilancia por parte de los tíos, los primos, los abuelos y otros hombres de la familia. A éstas generalmente se les pide que traten de cooperar con las labores domésticas del hogar, que cumplan con un horario para llegar a la casa y que no salgan a fiestas durante la noche. En el caso de los hombres la situación es diferente, ya que no se les vigila tanto, no se les exige que realicen labores domésticas ni que cumplan con un horario de llegada a la casa, y no se les prohibe que salgan a fiestas en la noche. No obstante, sí se les exige que sean los mejores estudiantes, que consigan un trabajo para apoyar la manutención de sus estudios y que al terminar su carrera encuentren trabajo lo más pronto posible para que apoyen económicamente a los hermanos y hermanas menores que también se encuentran estudiando en la ciudad.

Esta inicial aproximación al tema muestra dos cosas importantes: la primera es que las redes comunitarias son un elemento de suma importancia en la posibilidad que los zapotecos tienen para acceder a la educación superior en la ciudad de México. Gracias a los familiares, paisanos y amigos radicados en dicha ciudad es que las personas que se encuentran en la comunidad de origen pueden obtener información valiosa sobre qué carrera elegir, dónde estudiar, dónde hospedarse y qué reglas comunitarias deben acatarse para seguir contando con el apoyo de la red durante el tiempo que se permanecerá estudiando. La segunda es que la distancia geográfica no siempre conlleva a una ruptura cultural o a una fractura al interior de las identidades de los zapotecos: aunque los estudiantes se encuentran geográficamente lejos de su familia y de su lugar de origen, simbólicamente pueden mantenerse cerca de ellos a través de las redes familiares y comunitarias. Al mismo tiempo, dichas redes contribuyen a que los estudiantes mantengan vigentes los valores que definen su identidad étnica zapoteca como la protección, la solidaridad y la ayuda mutua a pesar de la distancia. A continuación veremos de forma más específica el apoyo diferenciado que las familias zapotecas le otorgan a un joven universitario y el cuestionamiento que hombres y mujeres están comenzando a realizar respecto de los roles tradicionales de género.

 

EL APOYO DIFERENCIADO PARA HOMBRES Y MUJERES UNIVERSITARIOS Y EL CUESTIONAMIENTO DE LOS ROLES CULTURALMENTE ASIGNADOS

Las ideologías sexo-genéricas que caracterizan las relaciones entre padres e hijos y padres e hijas en el Istmo de Tehuantepec, marcan la manera en que se vive diferenciadamente la decisión de realizar estudios universitarios y de posgrado en la Ciudad de México. Algunas veces salir de la comunidad de origen para estudiar se ve como un peligro para el honor familiar, porque implica una falta de control sobre la movilidad y la sexualidad de las hijas; es por ello que existen más resistencias para permitir y apoyar la salida de las hijas que la de los hijos. En muchas familias sigue vigente la perspectiva de que los estudios universitarios alejarán a las hijas de sus roles tradicionales como madres, esposas y amas de casa. Esto influye en que sea común que a ellas se les retire el apoyo económico familiar, por lo que tienen que hacer uso de sus propios recursos para poder salir, mientras que a los hombres se les alienta y apoya. A pesar de estas oposiciones, encontramos que las mujeres zapotecas han encontrado en la ciudad las estrategias y mecanismos para confrontar estas ideologías excluyentes y para transformar poco a poco las identidades de género que solían colocarlas sólo en el papel de madres, esposas e hijas.

De acuerdo con la observación que he realizado durante los últimos años es común que a los hombres se les brinde más apoyo moral que a las mujeres: suele depositarse mayor confianza en ellos y también se les otorga mayor libertad para decidir sobre sus acciones. Mientras que a un hombre se le impulsará para que salga a estudiar, a una mujer se le pedirá que no salga, se le advertirá sobre los grandes peligros en la ciudad e incluso en algunas ocasiones se le negará el apoyo económico para evitar su salida. El testimonio de Maira5 nos brinda un ejemplo de esto:

En el momento en que yo me salgo de Juchitán, mi padre me dice: "si tú te sales de aquí, y te vas al D.F. yo ya no te voy a dar nada, no te voy a apoyar económicamente". Mi mamá me dijo, "pues vete a estudiar, no hay problema", pero mi papá tenía ese temor de que decía: "no pues esta cabrona mañana viene embarazada o ya está casada y sin terminar su profesión o regresa siendo una borracha. .". Pero yo ya lo había decidido, yo ya sabía que había muchos vicios y muchas cosas malas, pero me la jugué. Yo me dije: "me voy porque me voy..".

Generalmente el padre u otros varones de la familia son quienes casi siempre ven con desconfianza la partida de la hijas, ya que se piensa que en la ciudad adquirirán malos hábitos, que quedarán embarazadas, que consumirán drogas y alcohol, que tendrán prácticas sexuales fuera del matrimonio, que perderán su reputación y, en síntesis, que se pondrá en riesgo el honor familiar. El testimonio de Juan Carlos nos brinda otro ejemplo de los imaginarios que cultural y socialmente se construyen cuando las mujeres salen a estudiar a la ciudad:

Yo me he topado con varios casos de mujeres que son muy buenas estudiantes, bastante aferradas en lo que quieren, pero casi no consiguen el permiso de los papás, por qué, porque los papás relacionan el hecho de que "la hija de fulanito de tal se fue a estudiar y regresó embarazada y tampoco terminó una carrera", entonces el peso social es un poquito más fuerte en relación a ellas que a un hombre. Uno como hombre dice "que me voy a estudiar", bueno, lo más que puedes hacer es no seguir, o tener "N" número de mujeres allá, e hijos por donde sea, pero en el caso de la mujer, el peso social que recae sobre ellas es muy fuerte. Es eso, es la carga social que les ponen y los papás pues lo aferrados que son y son contados los papás que dicen "pues vas", son contados.

Durante mi investigación en campo encontré que muchos de los argumentos que los padres esgrimen para que las mujeres no continúen estudiando tienen que ver con el temor a las rupturas que la inserción en la educación superior puedan implicar con respecto a los roles de género tradicionales y a las ideologías sobre el deber ser femenino y el honor familiar que prevalecen en la región. Y es que en el Istmo de Tehuantepec, el éxito en la vida de una mujer casi nunca está asociado con su escolarización o profesionalización, sino con "el ser una buena comerciante", "ser una buena hija", "casarse con un hombre adinerado", "contar con muchos bienes materiales", "ser una buena esposa", "procrear varios hijos", "cumplir con los roles femeninos culturalmente asignados" y al final del camino: "ser una madre ejemplar para toda la familia extendida".6 En este momento es cuando las mujeres zapotecas deben elegir entre ser una mujer acorde con las exigencias de la familia y la comunidad o intentar construir un nuevo modelo del deber ser femenino que incluya la noción del acceso a la educación superior como un elemento que posibilita mejorar sus vidas.

Debido a que una carrera universitaria y el posgrado siempre se realizan después de los 20 años (edad en la que "normalmente" las mujeres en el Istmo ya están casadas y con dos o tres hijos), la familia de las estudiantes ve en la educación superior un elemento que pospone aún más el matrimonio y la etapa reproductiva, aspectos fundamentales en el "deber ser" femenino de la sociedad zapoteca, e inclusive de nuestra propia sociedad. Rocío, una mujer juchiteca que ha realizado estudios de doctorado y posdoctorado y ha sido acreedora a múltiples premios por su obra literaria, nos ofrece el siguiente testimonio:

En Juchitán es un valor ser rico, es un valor ser chingona, ser mejor que los demás; en Juchitán no es un valor ser inteligente, mucho menos tener un posgrado. Yo, por ejemplo, soy una decepción para mi familia, porque para una familia el que tú escribas y que hayas publicado un libro o dos o los que sean, o que tengas un doctorado, no significa nada, nada absolutamente, no entienden ni de lo que les hablo, más bien parezco de otro mundo. Entonces lo que para mi familia, para mi mamá, para mi papá, para mis tías, lo que tendría valor en todo caso, sería que yo me hubiera casado con un hombre próspero, que tuviera una casota y una camionetota y que me vistiera con trajes bonitos, y que yo trajera un montón de oro, eso sería haber cumplido con el mandato del clan, pero que escribas o que tengas un doctorado... eso no vale nada.7

Este testimonio refleja la manera en que las ideologías sexo-genéricas tradicionales influyen en la apreciación que la familia y la comunidad tienen acerca del triunfo en la vida de una mujer. Como vimos, éste tendrá que ver con el cumplimiento de sus roles social y culturalmente asignados y pocas veces con su escolarización o profesionalización.

Por su parte, generalmente a los hombres se les apoya porque se piensa que continuar con los estudios puede otorgarles una mejor calidad de vida y una mejor posición económica y social. En la medida en que a través del estudio pueden conseguir un mejor trabajo y brindar así una mejor vida para su esposa e hijos, hacen que la vida académica prolongada se convierta en una garantía de bienestar familiar y social. No obstante, aunque en los hombres se deposita mayor confianza que en las mujeres, la situación no deja de ser difícil también para ellos. Generalmente se les exige que sean buenos estudiantes, que al terminar la carrera consigan un buen trabajo, que ganen mucho dinero y que apoyen económicamente a sus hermanos y hermanas menores que todavía estudian. Si un hombre no cumple con este papel de "hombre exitoso y proveedor", difícilmente obtendrá el reconocimiento y la aceptación familiar y comunitaria.

Como vemos, el acceso a la educación superior por parte de las mujeres y los hombres zapotecos está llevando a un replanteamiento y resignificación en cuanto a las identidades de género. Aun cuando ellas saben que cuentan con poco apoyo para venir a estudiar, deciden arriesgarse y comenzar a cuestionar los roles tradicionales de madre, esposa e hija, o como dijera Irma Pineda, intelectual juchiteca que actualmente trabaja en la Ciudad de México: "Ahorita las mujeres en Juchitán ya están pensando en estudiar el posgrado, ya no es igual que antes, cuando las mujeres ya nada más podían esperar cumplir 13 años y casarse".8 Es interesante apreciar que con los procesos de escolarización a nivel universitario y de posgrado, las mujeres han comenzado a construir nuevos imaginarios sobre lo que es ser mujer zapoteca que poco a poco comienzan a ser reintegrados en la comunidad a pesar de algunas dificultades. Esto ha logrado llevarse a cabo por medio del desempeño de ambos papeles: el de mujeres profesionistas y el de mujeres que intervienen constantemente en las fiestas, en los momentos rituales, que desempeñan cargos comunitarios y otras obligaciones similares. Al mismo tiempo observamos que mediante la combinación de ambos roles, ellas están replanteando su relación con los hombres de la comunidad, al exigir que el acceso a la educación superior y su profesionalización no demerite su papel como mujeres al interior de la comunidad. Paralelamente, muchos estudiantes varones han comenzado a cuestionar su rol como "hombre exitoso", "proveedor", "jefe de familia" y "esposo". Ahora muchos piensan en estudiar el posgrado fuera del país y ya no se encuentra entre sus expectativas casarse o tener un buen trabajo para sostener económicamente a una familia. Habrá que esperar para ver la manera en que los zapotecos logran conciliar la idea de la educación superior con los distintos roles de género atribuidos por la comunidad de origen.

 

LA EDUCACIÓN SUPERIOR COMO FACTOR DE TRANSFORMACIÓN DE LAS IDENTIDADES GENÉRICAS ZAPOTECAS

Como se ha mostrado, la resignificación de las identidades genéricas entre los estudiantes zapotecos radicados en la ciudad de México no es una tarea fácil, ya que generalmente existe una contradicción importante entre lo que la cultura tradicional ha definido sobre el "deber ser femenino y masculino" y lo que el nuevo contexto urbano y el acceso a la educación superior determinan. En el caso de los zapotecos, son precisamente los hombres y las mujeres que salen de la comunidad para integrarse a una carrera universitaria y a estudios de posgrado quienes han comenzado a cuestionar los roles de género que tradicionalmente desempeñaban en la comunidad, planteando nuevas posibilidades y modelos de "ser hombre" y de "ser mujer" y acarreando con ello una serie de conflictos intracomunitarios derivados de esta situación.

Hablando de la forma en que la educación superior posibilita la trasformación de las identidades de género en poblaciones étnicas, cabe señalar que hasta la fecha no se han realizado estudios al respecto. Si bien es cierto que algunos trabajos han abordado la relación escuela-migración indígena (Bertely, 1997, 2006; Czarny, 2006; Zavala, 2007), también es cierto que ninguno de estos estudios ha analizado el impacto que la educación superior ha tenido sobre las identidades genéricas de comunidades étnicas en contextos de migración.

Por otro lado encontramos los estudios que articulan las variables migración indígena y género y que han analizado la forma en que las identidades femeninas indígenas se transforman como resultado de la migración (Oehmichen, 2000), las trasgresiones sociales y comunitarias por parte de las mujeres (Freyermuth y Manca, 2000), los estigmas sociales que construye la comunidad hacia las mujeres que emigran (Vázquez, 2000) y la migración como factor que pone en tensión las creencias que se tienen sobre el control de la moralidad y la sexualidad de las mujeres (Oehmichen, 2005). También encontramos los estudios que centran su análisis en las transformaciones de las identidades indígenas masculinas; es el caso del trabajo de Hernández (2003), quien ha abordado la manera en que hombres jornaleros mixtecos de la comunidad de San Juan Mixtepec, Oaxaca, construyen su identidad de género a partir de su migración a Virginia, Ohio y Nueva York. Y aunque todos estos estudios abordan la conformación de nuevas identidades genéricas a partir de la migración, evidentemente no incluyen el factor educativo en los mismos.

En el caso zapoteco podemos ver que la experiencia migratoria a la Ciudad de México ha impactado la manera en que se reproducen o desestabilizan las jerarquías y las relaciones de poder que se dan entre hombres y mujeres, pero no sólo eso; el acceso a la educación superior también es un factor que les ha permitido confrontar sus ideologías genéricas con otras que se despliegan por parte de la población mestiza en contextos universitarios. Esto sucede sobre todo cuando los zapotecos se acercan a nuevas visiones ajenas a sus formas tradicionales por medio de la relación con sus profesores, sus compañeros, y evidentemente con el conocimiento occidental al que tienen acceso en las aulas universitarias. Estos tres elementos son los que principalmente les permiten cuestionar y resignificar sus representaciones sobre ser hombre o mujer en el Istmo de Tehuantepec.

En el caso de las mujeres dicha resignificación se pone de manifiesto sobre todo en el rechazo a prácticas como el ritual de la virginidad, la crítica a las masculinidades zapotecas hegemónicas, y en algunos casos en la tendencia a retrasar la maternidad y el matrimonio y a casarse con hombres no zapotecos. De acuerdo con las observaciones realizadas en campo, cuando las mujeres zapotecas conocen nuevas masculinidades y feminidades urbanas, optan por casarse con hombres mestizos, puesto que los consideran "más responsables", "menos parranderos" y "menos infieles" que los hombres zapotecos. Estas transformaciones en las relaciones de género han implicado conflictos y tensiones entre ambos y también entre generaciones, y han influido en que algunas mujeres opten por tomar distancia de la comunidad de origen, por lo menos en alguna etapa de su vida, sin que esto implique una negación de sus identidades culturales.

Por parte de los hombres zapotecos ha habido una mayor resistencia para romper con las masculinidades hegemónicas debido a que hacer esto implicaría perder ciertos privilegios como el control sobre la sexualidad de las mujeres, el acceso a múltiples parejas sexuales y la no negociación respecto de las tareas domésticas, entre otros. Debido a esto es frecuente que los hombres zapotecos que conocen nuevas feminidades urbanas prefieran casarse con las mujeres de su propia etnia que no han salido a estudiar a la ciudad porque las consideran "más decentes" y "tolerantes a su forma particular de vida", refiriéndose especialmente a las borracheras y parrandas, a la institución de la casa chica, a las infidelidades y otros aspectos que los hombres y las propias mujeres han señalado como atributos de la masculinidad zapoteca.

Así, encontramos una tensión entre el deseo de las mujeres zapotecas que se escolarizan por reproducir y mantener sus identidades culturales y solidaridades comunitarias, recreando espacios culturales y creando nuevos espacios colectivos en el contexto de la Ciudad de México, pero al mismo tiempo un deseo de romper con aquellas tradiciones que las limitan y las excluyen de la vida pública del poder político, o que les niegan el control de su sexualidad. Los hombres, por su parte, se están viendo forzados a replantear sus masculinidades por estas jóvenes universitarias y artistas que no están dispuestas a reproducir las jerarquías de género que caracterizaban a sus madres y abuelas.

Sin embargo, en esta negociación-conflicto la relación con "la comunidad" y la cultura cambia a lo largo del ciclo de vida. Es innegable que las mujeres zapotecas no gozan de los mismos privilegios cuando son jóvenes y viven en la casa de su suegra, que cuando se han convertido en mujeres adultas e independientes. De la misma manera, los hombres juchitecos no gozan de los mismos privilegios cuando son niños que cuando se convierten en adultos y tienen que sostener con su trabajo una familia entera. Es así como vemos que situaciones como la subordinación, la independencia y la autoridad son roles que se van recreando a lo largo de la vida y que se expresan cotidianamente a través de la vida comunitaria.

 

CONSIDERACIONES FINALES

Como hemos visto a lo largo de este artículo, las mujeres zapotecas se enfrentan a formas diferentes de exclusión en comparación con sus compañeros varones: además de los múltiples problemas derivados de su inserción como universitarias en la Ciudad de México, ellas deben de enfrentar las críticas a la que son sometidas al dejar la comunidad de origen para venir a estudiar. Generalmente, la sociedad zapoteca asocia "el éxito" en la vida de una mujer con su rol como madre y esposa, pero nunca con su desempeño como estudiante y profesionista; en este sentido, las mujeres deben luchar cotidianamente con las representaciones tradicionales que la propia comunidad hace de ellas y los nuevos papeles que desean desempeñar al interior de la sociedad.

Sobre todo en el caso de las mujeres existe una exigencia importante por parte de la sociedad zapoteca para que éstas sigan siendo las portadoras de la autenticidad zapoteca dada a través del uso del traje, la transmisión de la lengua, el manejo del cuerpo y el desempeño de roles femeninos convencionales. Son éstas quienes a pesar de comenzar a posicionarse como líderes en la formación de procesos escolares, políticos, artísticos y culturales, no dejan de ser cuestionadas constantemente por romper con las visiones tradicionales que las colocaban exclusivamente en el rol de madres, esposas e hijas.

Para el caso de los hombres encontramos que la comunidad impone otro tipo de reglas y exigencias. En ellos se deposita el papel de proveedores, trabajadores, empresarios, intelectuales y, por tanto, responsables de perpetuar la buena condición económica y social de las familias. Es por esto que a pesar de haberse escolarizado y haber conocido otras feminidades en la ciudad de México, prefieren regresar a la comunidad para casarse con mujeres que no pondrán en duda sus atributos convencionales de masculinidad.

A pesar de que mujeres y hombres zapotecos han comenzado a ser protagonistas de sus propias vidas a partir del acceso a la educación superior en la ciudad de México, la comunidad de origen les sigue exigiendo el ejercicio de roles tradicionales que se socializan culturalmente desde una edad temprana o, como señala Montesinos:

La sociedad proyecta en el imaginario colectivo un estereotipo para cada género, una forma de ejercer la identidad genérica que determina el deber ser de hombres y mujeres. De la cultura deriva la esencia del proceso de socialización que tiene su origen en la capacidad del individuo para aprender el rol que se le ha asignado, el compromiso que tiene con su medio social y el compromiso de hacer perdurar un orden establecido (2007: 18-19).

En una visión optimista del tema pienso que permanecer y confrontar nuevas identidades de género a partir de la escolarización en la ciudad, seguramente les permitirá a los hombres y mujeres zapotecos renegociar sus roles de género e impactar de alguna manera en la construcción de relaciones más justas entre hombres y mujeres en el Istmo de Tehuantepec. Pero para que este proceso pueda llevarse a cabo, las políticas públicas que se diseñen para integrar a las comunidades étnicas a la educación superior también tendrán que diseñar programas encaminados a promover la equidad de género en las comunidades de origen, debido a que uno de los grandes retos surge justo cuando hombres y mujeres regresan y desean reintegrarse a éstas. Aunado a promover la educación superior también se tendrán que conformar procesos de sensibilización en torno a la escolarización femenina y masculina como una vía de acceso al desarrollo de las comunidades; esto podría llevarse a cabo por la propia gente de la comunidad, por parte de las instituciones de educación superior o, mejor aún, por una colaboración entre ambas partes. Después de que todo eso suceda, lo más importante será esperar a ver la manera en que los propios zapotecos logren conciliar la idea de la escolarización, la profesionalización y todo lo que esto conlleva, con los distintos roles de género atribuidos por la comunidad de origen.

 

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NOTAS

1 Estas cifras son relevantes si las comparamos con el caso de los tojolabales, donde por diversas circunstancias históricas y sociales sólo 0.3 por ciento de su población ha alcanzado instrucción universitaria. Para más información consultar: Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), 2009.

2 Para más información véase: Rea Ángeles, 2009

3 Es indispensable señalar que en el Istmo de Tehuantepec, como en la Ciudad de México, la estructura genérica de los zapotecos se divide en hombres, mujeres, muxes u homosexuales y lesbianas, principalmente. Cada uno de ellos cumple un rol y una función determinada en la sociedad. En este apartado, por cuestiones de espacio, sólo me referiré al papel que desempeñan hombres y mujeres. Para un análisis detallado sobre el tema de la diversidad genérica entre los zapotecos véase: Miano Borruso, 2002.

4 Las Velas son las fiestas tradicionales que se llevan a cabo en el Istmo de Tehuantepec y en las cuales se hace entrega de la mayordomia, se baila, se come y se bebe durante toda la noche en honor a un santo, a una familia o a un oficio. Para más información sobre el tema véase: Rea Ángeles, 2009.

5 Entrevista realizada a Maira, joven juchiteca de 31 años de edad que cursó la carrera de Contaduría en la UNAM.

6 Durante las conversaciones informales y entrevistas que sostuve con algunos hombres y mujeres en el Istmo de Tehuantepec, y entre la comunidad zapoteca radicada en la Ciudad de México, pude apreciar que éstas son algunas de las representaciones más recurrentes en torno a las mujeres.

7 Testimonio otorgado por Rocío González, quien llegó a la Ciudad de México aproximadamente a los once años de edad con su familia.

8 Entrevista realizada a Irma Pineda, la primer mujer en presidir la Asociación de Escritores en Lenguas Indígenas A.C., en la Ciudad de México.

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