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Perfiles educativos

Print version ISSN 0185-2698

Perfiles educativos vol.33 spe México Jan. 2011

 

Avances y retos en el conocimiento sobre los estudiantes mexicanos de educación superior en la primera década del siglo XXI

 

Carlota Guzmán Gómez*

 

* Doctora en Ciencias de la Educación por la Universidad de París VIII, Francia. Investigadora del Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias de la UNAM, Cuernavaca. Temas de trabajo: condiciones sociales y académicas de los jóvenes y estudiantes universitarios; procesos de desigualdad e inequidad en el ingreso a la educación superior. CE: carlota@servidor.unam.mx

 

Recepción: 11 de mayo de 2011
Aceptación: 26 de junio de 2011

 

Resumen

En este artículo se abordan, de manera general, los avances en el campo de la investigación sobre estudiantes de educación superior en México en el contexto de las políticas educativas que han tenido lugar en el país durante la primera década del siglo XXI, así como los retos que se tienen que afrontar. Se documenta como un avance en las políticas educativas el enfoque de algunos programas para los estudiantes de educación superior, así como el avance en la investigación en las líneas referentes a la composición social de la población estudiantil, el ingreso a la educación superior, las trayectorias, así como en el campo de la subjetividad, las identidades y la experiencia. Se perfila el gran reto de actualizar el conocimiento y profundizar en las líneas mencionadas, así como hacer estudios puntuales en distintos contextos con el fin de contar con una visión integral del estudiante.

Palabras clave: Estudiantes, Jóvenes, Educación superior.

 

Iniciamos el siglo XXI con avances importantes respecto del conocimiento acerca de los estudiantes y de su reconocimiento como actores fundamentales de las instituciones de educación superior. Los logros han sido importantes, pero no suficientes, y todavía hay mucho por trabajar. En este artículo se abordan, de manera general, los avances en el campo de la investigación sobre estudiantes de educación superior en México en el contexto de las políticas educativas que han tenido lugar en el país durante la primera década del siglo XXI, pero también los retos que tenemos que afrontar.1

 

LOS PASOS EN POLÍTICA EDUCATIVA

La primera década del siglo XXI estuvo marcada por el establecimiento de políticas educativas que, a diferencia de las anteriores, vislumbraron la existencia de los estudiantes de educación superior y a través de diversos programas enfocados hacia los estudiantes, se trató de mejorar la calidad educativa y dina-mizar el sistema educativo de este nivel.

Esta etapa estuvo marcada por los linea-mientos establecidos en el documento "La educación superior en el siglo XXI. Líneas estratégicas de desarrollo", elaborado por la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES), que marcaron la pauta a partir de la cual se delinearon las políticas educativas de los sexenios 2001-2006 y 2007-2012.

Uno de los aspectos más importantes de las políticas de la década fue el enfoque de equidad que se intentó poner en marcha, lo cual implicó la apertura de nuevos espacios en el sistema educativo de nivel superior, así como diversificar y distribuir la oferta educativa en distintos puntos del país, pero sobre todo, en los lugares más desatendidos, con el fin de permitir el acceso a los estudios superiores a los grupos más vulnerables económicamente. En particular, en la década anterior se crearon las universidades politécnicas e interculturales; estas últimas representaron un avance importante, tanto en términos de la diversificación de la oferta educativa, como en la apertura de oportunidades para ingresar al nivel superior a una población indígena que antes no tenía acceso.2

Bajo el mismo enfoque de equidad, el Programa Nacional de Educación 2001-2006 estableció el Programa Nacional de Becas (PRONABES) en 2001, con el fin de apoyar la permanencia en la universidad de los grupos más desfavorecidos, así como promover el ingreso a través de los apoyos a los estudiantes de nivel medio superior. Más allá de la importancia conferida a la apertura de nuevos lugares y al otorgamiento de becas, cabe apuntar que en el programa sectorial prevaleció una idea limitada de la equidad educativa, que no contempla ni ataca los mecanismos de orden económico y académico que impiden a los jóvenes aprovechar la ampliación de la matrícula.

En el programa sectorial 2001-2006, y teniendo como meta el desarrollo integral de los estudiantes, se propuso la instauración de los programas institucionales de tutorías como un mecanismo de acompañamiento individual tanto en el terreno académico como de desarrollo personal, en respuesta a las múltiples y variadas necesidades de los estudiantes. Este programa tuvo una apertura más amplia y no sólo se enfocó a los grupos más vulnerables; en términos generales, se buscó apoyar la permanencia de los estudiantes en el sistema educativo, mejorar la eficiencia terminal y el logro educativo. Si bien la puesta en operación y el funcionamiento mismo de los programas son muy heterogéneos, tanto en sus objetivos como en su cobertura, su importancia radica en reconocer en primer lugar al estudiante como un sujeto con necesidades particulares y con necesidades de atención, así como se ha reconocido la importancia de escuchar a los estudiantes, ya sea para conocer sus problemas personales, familiares o aquellos relacionados con su trayectoria educativa, con los obstáculos a los que se han enfrentado, con las decisiones en torno al rumbo de su trayectoria, o bien, en cuanto a las elecciones que tienen que realizar al concluir el ciclo que cursan y los problemas que enfrentan con profesores o con sus pares.

También cabe destacar que, tanto en el documento de la ANUIEScomo en el programa sectorial, se reconocen diversas situaciones de los estudiantes y se plantea como una de las tareas de las instituciones de educación superior atender de forma diferenciada a los diversos tipos de estudiantes: hombres y mujeres; de tiempo completo y parcial; jóvenes y adultos.

En el marco de la política educativa orientada a elevar la calidad educativa se dio un giro en la orientación de los planes y programas de estudio al pasar de los modelos pedagógicos centrados en la enseñanza a los modelos centrados en el aprendizaje de los estudiantes. Desde esta perspectiva, el papel central se le asigna al estudiante, quien es coresponsable del proceso de enseñanza-aprendizaje, mientras que al profesor se le asigna la función de conducir dicho proceso. Bajo este mismo esquema, se propugnó por la flexibilidad curricular y la movilidad estudiantil, para transitar más fácilmente al interior de la institución a la que los estudiantes se encuentran adscritos, así como entre instituciones nacionales e internacionales.

Si bien ha representado un avance enfocar al estudiante como centro de atención, es necesario mencionar que la puesta en marcha de los programas de la década ha sido lenta y se han presentado problemas de orden operativo. De igual manera, no todos los programas han tenido el apoyo y los resultados esperados, pero sobre todo, es importante destacar que dichos programas se fincan sobre una idea limitada de la equidad.

 

LOS PASOS EN LA INVESTIGACIÓN

En los inicios de la última década del siglo XX, y a partir del balance de la investigación sobre los estudiantes, se afirmaba con preocupación que éstos constituían el sujeto olvidado de las instituciones de educación superior y que a pesar de que era a ellos a quienes se dirigían los esfuerzos educativos, parecían desdibujados (Carvajal et al., 1996). Diez años más tarde, esta afirmación ya no podía sostenerse, pues había un conjunto de investigaciones que indagaba acerca de las condiciones personales, socio-familiares, académicas y laborales de los estudiantes, y también porque se empezó a gestar una corriente de investigación que abordaba al estudiante como un sujeto y que incursionaba en sus intereses, actividades, valores, experiencias y significados. Se hablaba del tránsito de una investigación meramente descriptiva hacia modelos más comprensivos. La investigación de esta década se fue diversificando temáticamente, pero a pesar de importantes esfuerzos siguieron predominando los enfoques cuantitativos que abordan a los estudiantes a partir de conglomerados o grupos, es decir, como población escolar; predominó también un tipo de investigación que derivaba en el establecimiento de perfiles estudiantiles y un gran número de estudios provenientes de la Psicología que tomaba a los estudiantes como objeto de estudio (Guzmán y Saucedo, 2005). Fue así como, paso a paso y con dificultades, se ha ido conformando el campo de investigación sobre estudiantes; al igual que en la década pasada, es un campo que se encuentra en construcción, con una obra más avanzada, sin duda, pero que se tiene que continuar.

 

LAS NUEVAS SITUACIONES Y LOS NUEVOS CONOCIMIENTOS

La composición social de los estudiantes

Una de las preocupaciones constantes de la investigación de la década ha sido conocer la composición social de los estudiantes, ya que ésta da cuenta de los sectores sociales que tienen acceso a la estructura educativa y, por tanto, marcan el sentido de las instituciones. Uno de los cambios más importantes que la investigación sobre educación superior documentó, desde años atrás, fue el aumento del ingreso de las mujeres al nivel superior desde la década de los setenta. Hoy en día diversos estudios muestran que es casi igual la proporción de hombres y de mujeres que acceden a la educación superior, y que hay casos en los que es mayor la proporción de mujeres. Sabemos también que un gran número de estudiantes de nivel superior son los primeros de la familia en haber alcanzado este nivel educativo, el cual supera el nivel de escolaridad de los padres (De Garay, 2001; García, 2005; Chain y Jácome, 2007). Este hecho se ha logrado gracias a importantes esfuerzos de las familias para sostener los estudios de los hijos y ha estado acompañado de expectativas de movilidad social, lo cual muestra que hay sectores que continúan apostando por la educación para sus hijos más allá del nivel obligatorio.

El acceso a la educación superior de los hijos, sin embargo, no se ha dado en las mejores condiciones económicas, pues muchos estudiantes han cursado los estudios con carencias, o bien, combinando estudio y trabajo o con ayuda de becas. Las carencias de estas familias son también de orden cultural y educativo, por lo que los estudiantes han tenido que enfrentar los estudios sin apoyos familiares y en desventaja frente a los estudiantes que provienen de familias con mejores recursos socioeconómicos y culturales.

Hemos sido testigos de un aumento de las expectativas de los jóvenes mexicanos por ingresar al nivel superior, especialmente de los que provienen de los sectores más desfavorecidos de la sociedad; esto ha significado una ampliación de la percepción de su horizonte de oportunidades y, por tanto, de un aumento de la demanda de un lugar en este sistema (García, 2005).

La investigación ha demostrado que los estudiantes no tienen un perfil único y que hay diferencias importantes entre los que provienen de distintas instituciones de educación superior, así como hay diferencias al interior de cada institución. La heterogeneidad de los estudiantes es un rasgo que destacan sistemáticamente las investigaciones. Estas diferencias son de distinto orden: socioeconómico, familiar, cultural, de intereses y experiencias (De Garay, 2001; Casillas et al., 2001; Chain y Jácome, 2007; Guzmán y Serrano, 2007). En lo que se refiere a los aspectos sociodemográficos se presenta mayor similitud: se puede afirmar que el perfil predominante tiende a ser el estudiante soltero, sin hijos, con una trayectoria académica continua y cuyo sostén económico son los padres; sin embargo, estas semejanzas no excluyen la existencia de otro tipo de estudiantes. En términos socioeconómicos hemos atestiguado que en las universidades públicas predominan los estudiantes provenientes de familias de clase media y de clase media baja, sobre todo hijos de empleados, aunque coexiste un sector de estudiantes de muy bajos recursos, y otro sector menor proveniente de familias acomodadas (De Garay, 2001; García, 2005; Chain y Jácome, 2007; Guzmán y Serrano, 2007). Las diferencias socioeconómicas más importantes se presentan, sobre todo, en las variables institucionales: a las modalidades tecnológicas asiste una población de más bajos recursos, así como los sectores de mayores recursos ingresan a las universidades privadas de élite (De Garay, 2001).

Trabajar durante los estudios ha representado para una parte importante de los estudiantes la posibilidad de continuar estudiando. De acuerdo con investigaciones realizadas, casi una tercera parte de los estudiantes trabaja, sin embargo, se ha encontrado que este hecho no puede ser considerado como un indicador socioeconómico, ya que hay estudiantes que trabajan por múltiples razones y le asignan diversos sentidos al trabajo, ya sea porque buscan aprender en la práctica aspectos que les sirven para su profesión, contar con experiencia para el desempeño laboral, ampliar su espectro social o para tener acceso al consumo de bienes personales (Guzmán, 2004). La diferenciación social frente al trabajo se presenta básicamente por el número de horas que trabaja un estudiante y por el tipo de actividades que realiza: un estudiante que trabaja más de 20 horas semanales, con actividades que no guardan relación con la carrera que estudia, seguramente trabaja por necesidad y se encuentra en una situación de precariedad. Dicha situación contrasta con los estudiantes que trabajan pocas horas a la semana en actividades relacionadas con su carrera, que generalmente tienen un nivel socioeconómico más alto (Guzmán, 2004).

Ha sido importante en esta década conocer el impacto de la política sexenal de combatir la inequidad social a través del Programa Nacional del Becas (PRONABES). La investigación reconoce como un gran avance la puesta en operación de este programa, que pone el foco de atención en los estudiantes más vulnerables económicamente. Si bien hay indicios de que los becarios llegan a tener trayectorias más regulares y logran tener una mayor permanencia, se considera que el carácter del programa es compensatorio y que los resultados son limitados en cuanto a un verdadero logro de la equidad educativa, que implicaría el ingreso a la educación superior sin importar el origen social del estudiante (Miller, 2009).

El ingreso y la matrícula escolar

Las investigaciones sobre estudiantes también han dado cuenta de que, a pesar de la ampliación de la matrícula en algunas universidades, o de la creación de nuevas instituciones en distintos puntos del país, el acceso a la educación superior no se encuentra garantizado. Hoy en día, la transición del bachillerato a la universidad se ha convertido en un proceso que puede durar varios años y que consta de varios intentos por ingresar, así como de la aplicación de distintos exámenes, y que llega a culminar con el ingreso a la opción deseada, a alguna opción que no era la primera o a la renuncia de ese proyecto. En este proceso, además de la influencia de los factores económicos que se han mencionado, las investigaciones documentan el peso que tiene el promedio alcanzado durante el bachillerato, ya que da cuenta del esfuerzo realizado por los estudiantes durante el tiempo de estudio en este nivel y de los logros obtenidos. Este hallazgo ha llevado a que las políticas de ingreso de algunas instituciones consideren el promedio obtenido en el bachillerato como un predictor del desempeño educativo y lo tomen en cuenta como un elemento que se pondera con el resultado del examen de ingreso (Sánchez, 2010; Bobadilla et al., 2007; Guzmán y Serrano, 2011).

Ante las dificultades de los jóvenes para ingresar a las universidades públicas, una parte de la oferta de las universidades privadas se ha apuntado hacia dicho sector. Estas universidades, llamadas de absorción de la demanda (que en su mayoría tienen una calidad muy cuestionable), cobran cuotas relativamente bajas con el fin de que los sectores con escasos recursos puedan acceder. Por su parte, las universidades llamadas de élite tienen en sus aulas a los sectores sociales con mayores recursos que no quieren o no pueden acceder a las universidades públicas. Las universidades privadas han ido ganando espacios desde la última década del siglo XX y absorben actualmente a 35.9 por ciento3 de la matrícula universitaria. De esta manera, en términos sociales se va configurando un complejo panorama de polarización social en el que las posibilidades económicas marcan las pautas de acceso a las distintas modalidades educativas (De Garay, 2001).

A pesar de la política por diversificar la oferta educativa y del fuerte impulso que han tenido las universidades tecnológicas y las universidades politécnicas durante la década, las principales preferencias de los jóvenes siguen siendo hacia los modelos de universidades autónomas; prueba de ello es que la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) son instituciones que se encuentran en los primeros lugares de demanda en la Zona Metropolitana de la Ciudad de México. La creación de nuevas carreras y de nuevos campos de conocimiento interdisciplinarios no ha impactado en el reacomodo de las preferencias de los estudiantes y las carreras tradicionales como derecho, administración y contaduría siguen siendo las más demandadas.4

En cuanto a las universidades interculturales, la investigación documenta el avance paulatino de esta nueva modalidad educativa, de los obstáculos y de los logros, pero también tenemos conocimiento sobre las enormes dificultades que los estudiantes tienen para asistir a la universidad y de la falta de correspondencia entre las expectativas generadas y las oportunidades reales, así como del hecho de que las expectativas de los estudiantes no corresponden necesariamente con el modelo bajo el cual fueron creadas estas universidades. Lo que no parece ponerse en duda es el enorme orgullo que representa para ellos ser estudiantes (Silva y Rodríguez, 2010).

La diferenciación institucional que ha experimentado el sistema educativo en el nivel superior se ha expresado también en una gran diversidad estudiantil; la denominación de estudiante universitario engloba tanto a estudiantes que provienen del sistema tecnológico, de las normales, de las universidades interculturales, de universidades privadas —tanto de élite como de absorción de la demanda de los distintos puntos del país—, así como de los diversos sistemas abiertos y a distancia y de las múltiples carreras que allí se cursan. Si a esta gran diversidad institucional le agregamos las diferencias de orden cultural, los más variados intereses y la multiplicidad de sentidos que le otorgan a los estudios, contaremos con un mosaico estudiantil muy diverso.

Trayectorias educativas

El tema de las trayectorias educativas ha tomado fuerza durante esta década al tratar de mostrar las diversas maneras que tienen los estudiantes de transitar por la universidad. Se ha encontrado una gran diversidad de trayectorias escolares a partir de las cuales se puede detectar la influencia de algunos factores en el desempeño escolar, sin embargo, no se ha podido establecer una influencia directa entre el perfil de los estudiantes y el desempeño, y mucho menos, predecir el rumbo de las trayectorias a partir de las características de los estudiantes (Chain y Jácome, 2007).

Las investigaciones han analizado la influencia del origen social de los estudiantes en el acceso, la permanencia y el egreso de la educación superior, así como en el ingreso al mercado de trabajo. Si bien este tema es polémico y se ha tendido a dejar atrás los enfoques reproduccionistas que ponen énfasis en el papel de la escuela como reproductora de las desigualdades sociales, el origen social sigue influyendo, sobre todo, en las oportunidades de ingreso a la educación superior, dejando fuera a los grupos de más bajo nivel socioeconómico. Parece haber evidencias de que el peso del origen social se diluye al combinarse con otras variables como el sexo, así como no tiene una influencia directa en el desempeño, en la permanencia y en el egreso, esto es: el rumbo de las trayectorias no afecta de manera unívoca (García, 2005; Millán, 2006; Mingo, 2006; Romo, 2007; Chain y Jácome, 2007; Guzmán y Serrano, 2011). Bajo esta misma tónica, el papel del ambiente escolar en las trayectorias ha tomado fuerza y hay investigaciones que documentan que la relación con pares y con los profesores, los apoyos recibidos y las experiencias subjetivas durante los estudios, juegan un papel importante en la permanencia de los estudiantes y en el rumbo de las trayectorias. Esta postura reivindica, de alguna manera, la importancia de la escuela como un espacio que no sólo reproduce las desigualdades existentes, sino que puede amortiguar el efecto del origen social (Millán, 2006; Sánchez, 2010). Es importante destacar también que la discusión acerca de la influencia del origen social en la trayectoria educativa se ha dado en el marco de un debate más amplio en torno al problema de la inequidad en los procesos educativos y ha puesto énfasis en que el aumento de las oportunidades de acceso a la educación superior no son suficientes para garantizar la equidad de la educación (Miller, 2009; Silva y Rodríguez, 2010; Guzmán y Serrano, 2011).

La permanencia en el sistema se ha convertido en un problema que no todos los estudiantes pueden superar y que puede llegar a derivar en el abandono de los estudios. Diversas investigaciones analizan las dificultades que atraviesan los estudiantes, especialmente durante el primer año universitario. En este periodo afloran indecisiones acerca de la elección de la carrera, las deficiencias en la formación en el bachillerato, la falta de hábitos de estudio y el enfrentamiento a un ambiente escolar distinto, sobre todo para los estudiantes de más bajos recursos económicos. El primer año en la universidad constituye un tramo crítico que influye significativamente en una trayectoria exitosa o en una irregular y, por supuesto, en el posible abandono escolar (Mariscal, 2009; Silva y Rodríguez, 2010).

Como resultado de las dificultades para ingresar a las instituciones de educación superior y de permanecer en éstas, y de los problemas de inserción en el mercado de trabajo, las trayectorias estudiantiles difícilmente pueden ser lineales y continuas. Se caracterizan ahora por su dinamismo y continuo cambio entre sistemas, instituciones, carreras, o bien, entre etapas de estudio y de trabajo.

La vida estudiantil, las experiencias y las identidades

A lo largo de la década se han realizado investigaciones enfocadas a conocer la experiencia escolar de los estudiantes universitarios y los procesos de construcción de la identidad partiendo de la idea de que los estudiantes son sujetos activos que tienen distintas maneras de vivir su condición de estudiantes y múltiples experiencias (Guzmán, 2004; Mariscal, 2009; Silva y Rodríguez, 2010).

La vida estudiantil se ha convertido en un objeto de investigación al reconocer que lo que ocurre en el espacio universitario es parte de la formación de los estudiantes, y que en éste se despliega un conjunto de prácticas que dan sentido al quehacer de los jóvenes. La integración tanto al sistema académico como al social se ha convertido en un tema de especial interés, no sólo por las repercusiones académicas que representa dicha integración, sino por el significado y el sentido que le otorgan los estudiantes a su quehacer (De Garay, 2004 y Guzmán, 2004; Martínez, 2009; Ramos, 2010; y Mariscal, 2009). Ligado a lo anterior, las prácticas culturales y el consumo cultural han sido abordados como parte inherente del quehacer estudiantil (Castro, 2011; De Garay, 2004).

En lo que se refiere a la investigación realizada sobre los estudiantes de la Universidad Autónoma Metropolitana, los resultados muestran una baja integración de los estudiantes a la vida académica de la institución y al parecer el mundo académico les es poco relevante. En cuanto a la integración a la vida cultural que ofrece la institución, una tercera parte se encuentra integrada, en tanto que la integración a la vida cultural externa depende de la oferta del contexto (De Garay, 2004). Asimismo, otros estudios para el caso de la Universidad de Guadalajara dan cuenta de la preferencia de los estudiantes por lo que ofertan los medios de comunicación, más que por las opciones de difusión cultural que ofrece la propia universidad (González, 2008 cit. en Mariscal, 2009). Podemos concluir que así como hay jóvenes que aspiran a ingresar a la universidad, permanecer en ésta y obtener un título, hay otros que le confieren poca importancia a los estudios y le dan prioridad a la vida social que se genera en estos espacios.

Las investigaciones han mostrado también que los estudiantes utilizan los espacios universitarios para diversos fines y que en la apropiación del espacio se gestan procesos de construcción identitaria (Castro, 2011). En este sentido, se ha podido observar cómo la vida estudiantil se despliega en los más variados contextos, desde los esquemas más regulados y disciplinarios como los sistemas tecnológicos (Ramírez, 2010), hasta los campus universitarios más abiertos, pasando por los espacios más precarios de las universidades privadas de absorción de la demanda.

Ha sido también de gran relevancia constatar la distancia que hay entre las lógicas institucionales y los significados y necesidades de los estudiantes. Así, la lógica institucional desde la cual se programa y organiza el currículo, específicamente los tiempos formalmente estatuidos (tiempos para cursar una carrera, plazos administrativos, tiempos asignados a los cursos, horarios etc.) no corresponde con las maneras como el sujeto vive el tiempo, esto es, el significado que le confiere y que le asigna en el contexto de su propia vida cotidiana y de su biografía. Este significado personal conferido por el estudiante al tiempo se expresa, muchas veces, en lo que desde el punto de vista institucional se vislumbra simplemente como una trayectoria discontinua (Mata, 2009).

Los jóvenes y las nuevas figuras estudiantiles

La figura del estudiante universitario se ha complejizado, no sólo por sus diferencias, sino porque la actividad de estudiar ha sido analizada a partir de las condiciones materiales de vida y de las distintas actividades que realizan los jóvenes, de allí que la figura del joven universitario es más incluyente e integra otros aspectos de la vida propiamente juvenil (De Garay, 2004). En este sentido, los espacios universitarios son vistos como espacios juveniles, en los que ser joven y ser estudiante no son condiciones separadas. Al respecto, la Encuesta Nacional de la Juventud 2005 ha sido una fuente importante que permite conocer al sector estudiantil, en el contexto de las características de los jóvenes mexicanos.

Durante la primera década del siglo XXI se han ido dibujando nuevos tipos de estudiantes, o bien, se han hecho visibles. Una de las nuevas figuras se ilustra por aquellos que tratan de alargar lo más posible su condición estudiantil. Ante la falta de oportunidades en el mercado de trabajo o la excesiva competi-tividad, estos estudiantes optan por cursar una segunda carrera, o bien posgrados. Otra de las nuevas figuras de estudiantes, como se mencionó anteriormente, son los indígenas, que si bien siempre han tenido presencia en las universidades, ésta había sido mínima o invisible. La investigación ha documentado también las particularidades de los estudiantes foráneos, quienes se encuentran estudiando fuera de su lugar de origen. Esta situación genera necesidades particulares y en algunos de ellos problemas de integración hacia una nueva cultura y hacia un nuevo espacio escolar (Ramos, 2010).

A partir de la puesta en marcha de los programas institucionales enfocados a los estudiantes, nuevas figuras han emergido en el mundo estudiantil de la última década, como por ejemplo, los estudiantes PRONABES, que gozan de una beca, pero que también tienen necesidades y compromisos; los tutorados, como suele denominarse a quienes cuentan con un tutor formal, o que se consideran parte de los programas de tutorías; y los estudiantes de intercambio, que pasan una temporada en otra institución en la que tienen nuevas experiencias y nuevos compañeros. No se trata de sujetos nuevos, sino de estudiantes que tienen nuevas facetas y adscripciones institucionales.

 

LOS RETOS

Ante las condiciones cambiantes de los estudiantes de educación superior, se requiere de una continua actualización de las investigaciones en este campo con el fin de conocer las condiciones actuales de estos actores y poder establecer los cambios ocurridos en distintos periodos.

A partir de la diversidad estudiantil que se presenta tanto al interior de las instituciones como entre éstas, los estudios comparativos se perfilan como una fuente útil para dar seguimiento a los procesos de segmentación y de diferenciación institucional, lo cual permitirá continuar abonando al análisis de la heterogeneidad estudiantil. Se requiere que las instituciones de educación superior construyan sus propias líneas de investigación sobre sus estudiantes, lo cual implica generar fuentes de información confiables. Estos estudios podrán aportar un conocimiento más completo sobre los estudiantes de este nivel, pero sobre todo, permitirían pasar de los supuestos a las certezas, como lo plantean Chain y Jácome (2007).

Representa también un reto para la investigación recuperar una visión integral del estudiante de educación superior que dé cuenta tanto de sus condiciones personales, académicas y socioeconómicas como de las diversas actividades socioculturales que despliegan, de sus proyectos y aspiraciones personales. Abordar ambas dimensiones implica el despliegue de metodologías tanto cuantitativas como cualitativas.

Concebimos como un importante reto el análisis de la integración de los estudiantes a las diversas facetas de la universidad en distintos contextos. Es importante también incursionar en las prácticas cotidianas de los estudiantes y en los procesos de construcción de sentido en dichos contextos institucionales. Los procesos de construcción identitaria tienen un especial interés en la medida que permiten conocer lo que significa para los estudiantes ser universitarios en el contexto actual y frente a las distintas actividades y espacios en los que interactúan.

Se configura también como un reto importante fortalecer la perspectiva de los estudiantes universitarios como jóvenes, sin que esto signifique ignorar la dimensión educativa, esto es, se requiere ampliar la mirada, más no sustituir el análisis de las prácticas juveniles por el de las prácticas escolares. De esta manera, el gran reto es analizar y comprender las prácticas estudiantiles en el contexto de la vida juvenil. Cabe recordar también que no todos los estudiantes son jóvenes y que hay estudiantes de mayor edad que ingresaron tarde a la educación superior, que tienen trayectorias discontinuas o que cursan una segunda carrera y que si bien en términos cuantitativos son minoría, son estas figuras las que nutren la diversidad estudiantil.

Uno de los grandes retos que enfrenta la investigación sobre estudiantes es lograr conocer e interpretar las necesidades propias de los estudiantes y no sólo las que resultan relevantes en términos del cumplimiento de las metas institucionales.

Por supuesto que hay temas pendientes que no han sido suficientemente documentados y que la investigación no puede olvidar, como es el caso de las posturas políticas de los estudiantes, los movimientos estudiantiles y la participación estudiantil en las diversas instancias institucionales. Este conocimiento aportará, sin duda, a contar con una visión más integral del estudiante.

Los avances logrados en materia de política educativa a lo largo de esta década, necesariamente tienen que plasmarse en una mejora de las condiciones de los estudiantes y de la calidad de su formación. Se requiere de instituciones responsables que se adecuen a las múltiples necesidades de los estudiantes y que sean capaces de dar respuesta a éstas. Se requiere también de instituciones amables que respeten a los estudiantes y que recuperen, mediante acciones, la centralidad del estudiante. No cabe duda de la importancia de los programas institucionales de tutorías y del reconocimiento de la necesidad de acompañamiento a los estudiantes, sin embargo, se tiene que continuar trabajando para mejorar estos programas y que los beneficios lleguen a los estudiantes y no sólo se queden en la simulación. Por su parte, un programa de atención integral al estudiante no debe reducirse a las tutorías, sino contemplar otras necesidades, tales como la salud, la ayuda psicológica, las actividades deportivas, recreativas o los canales de participación escolar y política.

La centralidad de los estudiantes plasmada en las propuestas pedagógicas enfocadas en el aprendizaje tiene que sobrepasar el nivel discursivo y llegar a las aulas para que pueda tener repercusiones favorables en la formación de los estudiantes. Para ello, la investigación tiene el gran reto de conocer y documentar la manera como se están operando estos programas en diversas instituciones, con el fin de que puedan derivarse propuestas y estrategias de aplicación y de mejora continua. Este reto es fundamental, ya que hay indicios de que las prácticas pedagógicas no se han modificado en las aulas y de que siguen prevaleciendo prácticas tradicionales (Silva, 2008).

Para finalizar, constituye un gran reto continuar trabajando por la equidad educativa, lo cual implica no sólo la apertura de nuevos lugares y el otorgamiento de becas, ya que hay que recordar que el ingreso no se encuentra garantizado para todos los jóvenes que desean continuar estudiando y que hay condiciones económicas que se ponen en juego. Es también importante considerar que se debe trabajar para que los jóvenes puedan ingresar a la opción educativa deseada. Estudiar en la segunda o tercera opción en las preferencias de los estudiantes no puede considerarse como una respuesta satisfactoria a la demanda. Trabajar por la equidad educativa implica también que las instituciones se responsabilicen de los estudiantes que ingresan y ofrecerles las condiciones necesarias para que puedan desempeñarse satisfactoriamente. Como ha demostrado la investigación, no basta con ingresar a la educación superior y obtener un lugar, sino que es fundamental sostener en diversos aspectos la permanencia con el fin de que los estudiantes puedan continuar con sus estudios.

 

REFERENCIAS

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NOTAS

1 Se presenta un esbozo general de lo que se concibe como los conocimientos más importantes generados en la década y se delimita a los aspectos sociales, pero de ninguna manera se pretende abarcar ni todos los temas que se derivan, ni todos los autores.

2 Las universidades interculturales se encuentran adscritas a la Coordinación de Educación Intercultural y Bilingüe de la Secretaría de Educación Pública. Son modalidades de atención para jóvenes tanto de origen indígena como de otros sectores sociales, que buscan impulsar el desarrollo de los pueblos y comunidades indígenas. Para ello, intentan conjugar saberes y conocimientos desde diferentes perspectivas culturales y le confieren gran importancia a la expresión y enseñanza de las lenguas indígenas.

3 Según datos del Anuario Estadístico de la ANUIES, 2009.

4 Cfr. Anuario Estadístico de la ANUIES, 2009.

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