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Perfiles educativos

versão impressa ISSN 0185-2698

Perfiles educativos vol.28 no.113 México Jan. 2006

 

EDITORIAL

En el último Informe de Gobierno de Vicente Fox –que por cierto sólo fue enviado para su glosa al Congreso de la Unión y no leído en vivo, dada la crisis política post–electoral en la que se encuentra el país– se presentan, como siempre, las cifras optimistas y casi incoloras en cuanto a los avances alcanzados durante el último año del gobierno, y en algunos casos muy puntuales se formulan apreciaciones respecto al conjunto del periodo sexenal. Veamos un resumen del mismo en materia de educación y, con esto, los necesarios comentarios del caso.

En materia de cobertura educativa, el Informe de Gobierno 2006 (de aquí en adelante simplemente el informe) señala que se ha alcanzado una cobertura de 8.3 grados de escolaridad y un índice de analfabetismo entre la población mayor de 15 años de 7.7%, cuando al comienzo de la saliente administración las cifras eran de 7.6 y 9.2, respectivamente. Es decir, hoy se cuenta con una cobertura de 32.7 millones de personas en el Sistema Educativo Nacional Escolarizado, con un incremento de 585 600 alumnos respecto del ciclo anterior.

De estos cerca de 33 millones de personas, 25 millones (77% del total del sistema, que representa la cuarta parte de la población total del país), se encuentran en la educación básica. En este sector, como se sabe, no ocurrirá un crecimiento elevado en los próximos años, debido a una relativa estabilidad demográfica, pero aún así habrá un aumento de más de millón y medio de alumnos para el próximo año, y cifras similares se presentarán en la siguiente década. Para el ciclo 2006–2007, de acuerdo con el informe, esta cifra representará 64% del total de alumnos atendidos en educación superior.

Sin embargo, el mayor crecimiento empieza a resentirse de manera impresionante en los siguientes niveles educativos. En medio de todo está el gran problema estructural de la educación media básica; ambos aspectos –el crecimiento de los niveles medio superior y superior, y la grave crisis de la educción secundaria– fueron soslayados en el informe, entre otras muchas cosas.

La educación media básica atiende a casi 6 millones de alumnos, y esta cantidad crece en forma absoluta cada año con cientos de miles que se agregan en cada ciclo escolar. Sin embargo, en este informe no se consideraron aspectos tan importantes como los bajos niveles de calidad y retención, ni los graves problemas estructurales de este nivel (véase "Editorial" en Perfiles Educativos, núm. 112).

En la educación media superior y superior se prolonga el gran problema del país; de no hacerse nada, éste devendrá gigantesco hacia las próximas dos décadas. El informe reporta que el total en todo este nivel (complejo por cierto, porque comprende ahora una diferenciada suma de instituciones que dan cuenta de la segmentación social y educativa que se ha alcanzado en este subsistema) suma 6.1 millones de alumnos. En el nivel medio superior, la mayoría de los alumnos sigue concentrándose en la modalidad de bachillerato (3.3 millones) y muy pocos en la de profesional técnico (357 mil), con todo y las promociones que se le hacen a esta última opción.

La cobertura en educación superior sigue sin crecer, pues se mantiene la cifra de alrededor de 2 millones de estudiantes (poco más de 18% del grupo de edad escolar correspondiente, aunque el informe indica más de 25%, lo cual es totalmente cuestionable), y siguen sin atenderse los reclamos de estudio del restante 82%. En este nivel, se reporta, todo el esfuerzo de expansión (de por sí escasa: solo 500 mil alumnos en todo el sexenio) se concentró en las instituciones de carácter técnico profesional, hacia las universidades tecnológicas, las politécnicas y, de manera mínima, en las denominadas "interculturales", tan criticadas tanto en el ámbito nacional como en el internacional.

En donde se saltó la barda el informe fue en su apreciación de que "la disminución en el ritmo de crecimiento de la población joven está generando mayores espacios para reforzar los programas educativos y elevar la calidad y eficiencia del proceso educativo, lo que se refleja en una mejoría en los indicadores del rendimiento escolar". Y para corroborar esta apreciación abunda en cifras de disminución de la reprobación y la deserción, del rendimiento escolar en todos los niveles y en sus índices de absorción. Como no se puede ya apreciar con certeza la veracidad de las cifras que ha estado proporcionando el gobierno (a menos que las critique y las corrija el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI), el Instituto Nacional de Evaluación Educativa, u otros organismos internacionales, como la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) o la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), o los investigadores de la educación), no podemos dar fe de que se nos están proporcionando indicadores confiables para nuestro análisis.

Para muestra basta un botón. En el momento en el que circulaban los datos del informe, la OCDE, que dirige ahora un ex funcionario del gobierno mexicano, presentó cifras del desempeño del sistema educativo mexicano bastante contradictorias con la frase que se ha citado con antelación.

De acuerdo con el informe de este organismo, "Una mirada sobre la educación 2006", México, a pesar de todas las recomendaciones y de que se encuentra en este organismo desde mediados de los noventa, sigue al final de todos los países miembros en cuanto a los indicadores en eficacia educativa. Entre los datos que se mencionan se indica que México es el país con la tasa más baja de finalización del segundo ciclo de la educación media, con sólo 25% de los jóvenes de entre 25 y 34 años. Señala el estudio que se ha incrementado el financiamiento educativo pero, por las cifras que se proporcionan, la distribución y el impacto de este incremento no se nota. De manera contundente señala el organismo que con todo y este aumento, el país tiene tasas inferiores a las que ocurrieron dos generaciones antes. Es increíble el costo de la ignorancia acumulada con el desperdicio de los recursos por su ineficacia organizativa.

En el nivel de los estudios universitarios, se señala que sólo 16% alcanza a terminarlos, y siempre es más favorable el egreso de los estudiantes con mejores condiciones socioeconómicas.

En materia de investigación científica, el informe tampoco rinde buenas cuentas, o no se sabe a ciencia cierta si lo puede reconocer. Se señala que contamos apenas con 41 779 investigadores en las instituciones de educación superior públicas y privadas, en los centros de investigación y en los privados. En Estados Unidos, el de mayor número de investigadores, se tienen 1 334 628 investigadores. Nuestra cifra apenas alcanza para ocupar a investigadores de una sola empresa de ese país. Pero para el gobierno que ya sale esto tampoco es preocupante, por lo menos el informe no dice nada al respecto. El número de investigadores miembros del Sistema Nacional de Investigadores tuvo apenas un crecimiento de 3% (unos 300 investigadores más) durante todo el año.

Lo único que se ensalza son sus tres programas ampliamente publicitados: el programa de escuelas de calidad, el de enciclomedia, y el de la reforma a la educación secundaria, con todo y que han sido los más cuestionados por parte de amplios sectores de la sociedad.

Por lo demás, vale la pena comentar que el informe destaca unas cuantas reuniones celebradas durante el año (no se sabe por qué y para qué reportar que los funcionarios se reunieron a lo largo y ancho del país), y no fueron pocas; la puesta en marcha de un "modelo educativo para el siglo XXI del sistema nacional de ecuación superior", que según se cuenta ya llegó a su fase de implantación en los institutos tecnológicos, pero que se desconoce en el resto de las instituciones de educación superior, por lo menos entre las universidades públicas del país; el gran trabajo que se ha desarrollado por los organismos de evaluación, a pesar de que no se menciona si esto sirve para algo más que como mecanismo de distribución de recursos extraordinarios, y una gran reforma curricular y organizativa en todos los tipos y niveles educativos, pero que en la realidad no existe, ni se conoce lo que ha significado en la práctica.

Si se compara este informe con lo que se planeó al inicio del sexenio, poco se evalúa y se reconoce. Entre otras cosas destacables, no se menciona nada respecto de los avances en materia de la reforma en la gestión del sistema, ni en lo referido a la participación social en los respectivos órganos de autoridad prescritos, o bien en que no se pudo alcanzar el famoso 8% del Producto Interno Bruto (PIB) para educación, ni tampoco lo aprobado por el legislativo para educación superior, ciencia y tecnología de 1% del PIB.

En fin, en este último informe de gobierno no se efectúa ningún balance serio respecto de si avanzamos o retrocedimos en materia educativa, en ciencia, en tecnología o en cultura. No se presenta ni la más mínima referencia a la problemática que padecemos en materia de aprendizaje, de desigualdad e inequidad, de brechas científicas y tecnológicas, de inversión en infraestructura o de eficacia de la administración, y todo parece estar como en el limbo, con cifras y datos de algún país que existe en el firmamento, y no de este país concreto y real.

Pensemos por un momento que todo esto tenga continuidad en el tiempo, y que otro sexenio de la misma nomenclatura reproduzca estas condiciones educativas. Solo pensémoslo por un momento...

Axel Didriksson,
septiembre de 2006

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