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Estudios de historia moderna y contemporánea de México

versión impresa ISSN 0185-2620

Estud. hist. mod. contemp. Mex  no.65 Ciudad de México ene./jun. 2023  Epub 26-Jun-2023

https://doi.org/10.22201/iih.24485004e.2023.65.77795 

Artículos

Tradición, deporte, bandera y armas. Una aproximación a la charrería asociada en la ciudad de México, 1933-1943

Tradition, Sport, Flag and Weapons. An Approach to Associated Charrería in Mexico City, 1933-1943

Matías Emiliano Casas* 
http://orcid.org/0000-0002-0988-5496

*Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Argentina) Universidad Nacional de Tres de Febrero mecasas@untref.edu.ar


Resumen

En los primeros años de la década de 1930, una serie de auspicios políticos erigieron oficialmente al charro como símbolo de México. En paralelo, la charrería alcanzó el estatus de deporte nacional, extendiéndose a diversas regiones del país. En ese periodo fueron creadas numerosas asociaciones charras para promover las prácticas deportivas y la representación simbólica de la tradición nacional basada en el jinete campero. Ellas fueron agentes principales de la propagación de la charrería y su estereotipo. Sus espectáculos impactaban a las comunidades locales y develaban un entramado social que incluía políticos, empresarios, religiosos y militares, entre otros. A través de las memorias, actas y publicaciones periódicas de la Asociación Metropolitana de Charros, se analiza la composición y las relaciones sociales que favorecieron las actividades de esta agrupación en la metrópoli mexicana, en especial las actividades relacionadas con las armas y las letras.

Palabras clave: charrería; tradición nacional; asociaciones; ciudad de México; revista México Charro; Segunda Guerra Mundial

Abstract

In the early 1930s, a series of political auspices officially established the charro as the symbol of Mexico. Concurrently, charrería reached national-sport status and spread throughout diverse regions of the country. In order to promote both sport practice and the symbolic representation of the national tradition based on the figure of the country horseman, many charro associations were created during that period. These acted as the principal agents for the propagation of charrería and of its stereotype. Their shows amazed local communities, and revealed a social framework which included politicians, businessmen, religious ministers, and military officials. Based on the memoires, internal records, minutes, and periodical publications of the Asociación Metropolitana de Charros, this article analyzes the composition and social relations which favored the activities of said organization within the Mexican metropolis, particularly in relation to literary circles and weaponry.

Keywords: charrería; national tradition; associations; Mexico City; Mexico Charro magazine; World War II

Introducción

La consagración de la figura del charro como estereotipo nacional mexicano se estableció a comienzos de la década de los años treinta. Los gobiernos posrevolucionarios desplegaron una serie de acciones tendientes a la pacificación del país y a sellar lazos de unidad entre la población mexicana. Para ello, desplegaron una política cultural que patrocinó “modelos programáticos” para la reconstrucción nacional y la conformación de un México moderno.1 Entre esos modelos, el charro, en tanto jinete, domador de la naturaleza, defensor del terruño, fuerza viril para las destrezas rurales y portador de tradiciones autóctonas, se cristalizó como el “master symbol of Mexican culture”.2 Su imagen, su vestimenta, sus prácticas ecuestres y sus artes de cantor fueron promovidas por el Estado, por las industrias culturales y por decenas de asociaciones que se fundaron, desde la década de los veinte, para practicar la charrería y conservar las tradiciones camperas.

El propósito de este artículo consiste en explorar los primeros pasos de la charrería asociada en la ciudad de México. Nos interesa indagar de qué manera esos grupos estaban integrados al poder económico y político y se instituyeron como “genuinos” representantes de las tradiciones mexicanas. A partir del estudio de una de las asociaciones charras más relevantes, nos proponemos analizar su composición, el perfil social de sus miembros, su dinámica interna y el impacto de sus prácticas. Pretendemos develar cómo contribuyeron al establecimiento de un “deporte nacional” para México y a la difusión de un estereotipo identitario para todo el país. Al mismo tiempo, reflexionamos sobre las estrategias que garantizaron a los charros un rol protagónico en el ámbito cultural y simbólico mexicano y su inserción en el contexto político, social y económico de la época. Aspiramos a mostrar cómo se complementaron elementos a priori opuestos como tradición-modernidad y campo-ciudad.

Distintos factores confluyeron para la emergencia del charro como estereotipo mexicano. Por un lado, las motivaciones políticas centradas en la búsqueda de cohesión interna de las élites dirigentes y en la superación de los enfrentamientos civiles que habían signado la década revolucionaria. Por otro lado, los medios masivos, que adaptaron y difundieron los contornos típicos de la mexicanidad propagando la figura del charro allende las fronteras nacionales. En variadas expresiones artísticas, como la pintura, también se evocó su imagen en contraste con el arte extranjero y las tendencias europeas. Por último, el charro fue sacralizado por los grandes terratenientes que, con un discurso conservador, vinculaban el México rural y sus haciendas con los intereses de la nación.

Las competencias charras, que consisten en la ejecución de diez suertes en las que se demuestra una serie de destrezas vaqueras y ecuestres rememorando prácticas tradicionales ligadas a la ganadería, fueron decisivas para esa consagración. Cada asociación posee sus equipos federados que se ponen a prueba en torneos, regionales, nacionales e internacionales. Al reconocimiento como “deporte nacional”, proclamado durante la presidencia de Manuel Ávila Camacho, se le sumó la declaración como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, otorgada por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura en 2017, distinción que realza la condición simbólica de la charrería y su ligazón con la tradición mexicana. Diversas investigaciones explicaron los fundamentos, los propósitos, las características y la vigencia del charro como símbolo nacional mexicano. La charrería devino en materia de análisis para explorar: el clima político y cultural de la época; la influencia de la literatura -en particular de la novela Astucia de Luis Inclán-; el carácter estereotipado del charro y su función como “síntesis” para la heterogeneidad de la nación; sus orígenes y su etimología; su rol central en la “época de oro” del cine mexicano; la confusión con el mariachi y la propagación del traje charro a través de las presentaciones musicales, etcétera.3

Publicaciones recientes dan cuenta de la vigencia del objeto de estudio como de su potencial analítico para indagar la cultura mexicana desde diversas perspectivas. Héctor Medina Miranda utiliza el método comparativo para explorar la construcción mítica del charro en Salamanca, España, y en México. En su libro Vaqueros míticos advierte cómo en ambas regiones la figura del charro, y sus prácticas, atravesó un proceso de folklorización y purificación que lo consolidó como un pretendido “héroe civilizador”. Para demostrarlo, el autor traza una genealogía mitológica que comienza con Hércules y que vincula a las actividades ganaderas y sus demostraciones festivas con el dominio de la naturaleza, la supremacía sobre lo “salvaje” y el triunfo ante la otredad. A partir de un paralelismo con lo que iba sucediendo con la tauromaquia en España, Medina Miranda explora de qué manera se fueron relegando otras prácticas culturales de sectores populares en pos del disciplinamiento, control y sacralización de las charreadas.4

Una serie de tensiones atraviesa a la práctica de la charrería. Mary-Lee Mulholland analiza las nociones de “raza” e “identidad” a partir del estudio del festival anual denominado “Encuentro Internacional del Mariachi y la Charrería” y de los heterogéneos actores que ese evento convoca.5 Karen Flores Tavizón indagó el rol de la mujer en un ambiente marcado por la bravía masculina y la representación del “macho” mexicano. Lo reflexiona a partir de los equipos de escaramuzas, grupos de ocho mujeres que realizan coreografías a caballo con atuendos típicos y participan tanto para amenizar los tiempos muertos entre las destrezas charras como para competir en sus propios torneos.6 Laura González Ramírez explora los desplazamientos de la figura del charro en la literatura y las artes gráficas del siglo XIX.7 Gabriela Zapata, Yzach Domínguez, Steven Gooch y Ariadne Pacheco estudian desde una perspectiva semiótica los discursos sobre el charro, en comparación con los del gaucho rioplatense, y muestran cómo los medios de comunicación en manos de grupos de poder fueron alterando esas figuras, alejándolas de sus contextos históricos y convirtiéndolas en símbolos, con propósitos comerciales y políticos. Cuando se posa la mirada sobre el funcionamiento de las agrupaciones charras, como se aspira en este trabajo, se advierte que sus prácticas e intervenciones no sólo contribuyeron con la definición de un estereotipo para México sino con la caracterización del mismo. Es decir, con la fijación de su atuendo, su comportamiento, su virilidad, sus cualidades, etcétera.8

Más allá de la vigencia del charro como objeto de estudio y de las renovadas lecturas sobre su consagración como símbolo de la mexicanidad, los entramados sociales que impulsaron su ascenso, y que posicionaron a la charrería como “deporte nacional”, carecen de estudios particulares que revelen su participación en ese proceso. Algunas excepciones se pueden señalar como antecedentes dado que, con otros propósitos, exploraron parcialmente esa temática. Cristina Palomar Verea, en su libro sobre la charrería en el estado de Jalisco, dedicó un capítulo a las asociaciones charras de la región. Allí se concentró especialmente en la Asociación de Charros de Jalisco y repasó brevemente su historia para mostrar, entre otras cosas, el regionalismo que imperó en los tiempos fundacionales de la agrupación y de las intervenciones políticas en pos de su federación e integración al resto de asociaciones charras de la república.9 En otras investigaciones, posamos la mirada sobre los grupos charros con distintos propósitos. En primer lugar, para estudiar las conexiones con instituciones tradicionalistas de otros puntos del continente, en especial con los centros criollos de Argentina.10 En otro caso, para complejizar su relación con las industrias culturales, y con sus protagonistas, y analizar cómo interactuaron con esos espacios y sus artistas.11 Consideramos que los estudios sobre el charro y la charrería se enriquecen notoriamente al recuperar las agrupaciones como objeto central de análisis. Lejos de desempeñar actuaciones de reparto, las redes de relaciones y de poder que se tejieron allí fueron decisivas y contribuyen a explicar el rol cultural, social y político que desempeñaron esos grupos.

Laura Barraclough estudió las asociaciones charras de los Estados Unidos. Su trabajo indaga la trayectoria de esas agrupaciones en diferentes regiones del país del norte. Para ello, sostiene una perspectiva de largo plazo que contempla tanto sus tiempos inaugurales como su establecimiento en distintas ciudades. Una de las principales preocupaciones de la autora es advertir el impacto de las asociaciones charras para las comunidades y los espacios donde se conformaron. Así, estudió a sus fundadores, y a sus principales miembros, y develó una trama social extendida que involucraba a diferentes instituciones. Por caso, José Núñez, el primer presidente de la Asociación de Charros de San Antonio, Texas, era, al mismo tiempo, vicepresidente de la Mexican Chamber of Commerce of San Antonio, vicepresidente de la Mexican Chamber of Commerce of the United States y presidente de Pan American Progressive Association.12 Barraclough no sólo analiza los sentidos atribuidos a la charrería en cuanto símbolo de la mexicanidad y refugio de tradiciones, solidaridades y reconocimientos para las comunidades de origen mexicano, a través de distintas experiencias muestra que los integrantes de las asociaciones charras trabajaron arduamente para favorecer la integración de sus compatriotas a las ciudades estadounidenses donde se afincaban y para responder a sus demandas en términos de acceso a la educación, al trabajo y a las instituciones.13

El estudio de estos grupos, como refleja el libro de Barraclough, no sólo contribuye a complementar el conocimiento sobre la institución simbólica del charro, sino que habilita un análisis más complejo sobre las prácticas socioculturales del periodo y su vinculación con el poder político. Consideramos que el proceso analizado por la autora en el espacio estadounidense se desplegó primero en México. Las asociaciones charras se constituyeron como agentes centrales tanto de la consagración de una tradición rural para la nación como de nuevas actividades, intervenciones y eventos que tuvieron un impacto significativo para sus comunidades. Entre sus miembros, se agruparon militares, políticos, religiosos, hacendados, periodistas, etcétera. A través de las memorias, los registros internos, las actas y las publicaciones periódicas de la Asociación Metropolitana de Charros, se analizará aquí su composición, las relaciones sociales que favorecieron su andar y las intervenciones en la comunidad de la metrópoli mexicana.14

Para ello, en primer lugar se presentan las conexiones entre los charros, la ciudad de México y el proceso de industrialización desatado al calor de la crisis económica internacional de 1929. En segundo término, se da paso al estudio del perfil social de los promotores de la charrería para subrayar su pujante situación económica, sus estrechos vínculos con la política y el potencial que tenían para difundir -y definir- la “tradición nacional”. Una vez reseñado ese poder, el último apartado de este artículo analiza la integración de los charros a eventos festivos, literarios y militares. En esa integración no sólo se ponía en juego su carácter de “representantes de la mexicanidad” sino también la participación de la mujer en esos grupos; la pretensión de nacionalizar la práctica de la charrería y congregar a las agrupaciones de distintos puntos del país en favor de fortalecer aún más su capacidad de intervención; y el condimento bélico de los charros, que les permitía trazar una extensa genealogía y reafirmar su vigencia y funcionalidad en tiempos atravesados por la Segunda Guerra Mundial.

La Asociación Metropolitana de Charros: fundación, sede y componentes

Hacia 1930 en la ciudad de México, como en diferentes regiones del continente, se potenció el desarrollo industrial a causa de la crisis internacional y del cierre de mercados extranjeros. En esa década, el crecimiento de las actividades industriales se elevó entre 70% y 200%.15 La capital del país se posicionó como el polo productivo más importante y su participación en las manufacturas nacionales alcanzó el 32.8%.16Ese proceso se desplegó en el marco de un trazado urbano transformado desde las últimas décadas del siglo XIX. La instalación de colonias y fraccionamientos, el establecimiento de calzadas, sistema de transportes, servicios y, posteriormente, la amplia circulación de automóviles le otorgaron una nueva fisonomía a la capital del país, por ejemplo las primeras líneas de ensamble de Ford se instalaron en la ciudad en 1925. Esas transformaciones urbanas se produjeron en detrimento de haciendas, ranchos, ejidos, canales y ríos.17 Aproximadamente un millón y medio de habitantes residía en una ciudad que contaba con más de cincuenta líneas de colectivos, cuarenta cines, 12 teatros, 19 bancos y centenares de iglesias.18

Más allá de la expansión industrial, la impronta del “México rural” en materia económica seguía siendo decisiva. La agricultura ocupaba el 60% de la fuerza de trabajo. Era la actividad económica que más contribuía a la conformación del Producto Bruto Interno, con una participación del 28.5%. En materia de políticas económicas, la reforma agraria continuaba despertando diversos debates luego de la experiencia revolucionaria. El reformismo, anticipado por el presidente Abelardo Rodríguez y acelerado en la presidencia de Lázaro Cárdenas, contemplaba la regulación de las actividades agrarias con el propósito de favorecer la distribución de la tierra, la pequeña propiedad y las condiciones laborales de los campesinos.19 Por otro lado, la pacificación de los campos, luego de años de enfrentamientos civiles, contribuía con la reactivación de las tasas de crecimiento en las actividades camperas. En el plano cultural, desde los años veinte se propagaba un “nacionalismo cultural” ocupado en sintetizar un bagaje heterogéneo de regionalismos y prácticas en pos de elaborar mitos, símbolos y estereotipos en favor de la mexicanidad.20

Las asociaciones charras armonizaron con ese contexto por varios motivos: dada su locación urbana (o semiurbana) y su composición social tramitaban la integración del campo y la ciudad; ofrecían un símbolo que pretendía mixturar lo popular con lo aristocrático; trazaban un linaje histórico que evocaba tanto la ascendencia hispana como la defensa de la soberanía nacional; se adherían, sin tensiones, a la conmemoración y celebración de la “historia patria”; se establecían como refugio de la mexicanidad en una coyuntura internacional inestable; y mostraban sólidos canales de comunicación con el poder político, el poder religioso y el poder militar.21

En enero de 1933 se fundó la Asociación Metropolitana de Charros (en adelante AMC), en la Colonia del Valle. Era uno de los barrios que se había fraccionado como paseo aristocrático en tiempos del Porfiriato. A partir de mediados de siglo XX, fue uno de los lugares de residencia de las clases medias y clases medias altas de la capital.22 De la fusión de dos grupos de jinetes que realizaban sus desfiles y prácticas ecuestres sin tener una sede fija se dio paso a la nueva agrupación. Algunos de sus integrantes tenían experiencias anteriores en otras asociaciones. Impulsados tanto por la práctica deportiva como por la carga simbólica de representar una serie de costumbres del “México tradicional” comenzaron las gestiones para darle forma a la nueva institución.

El contexto político-cultural acompasó el surgimiento de la AMC. Las “campañas nacionalistas” impulsadas por los presidentes Pascual Ortiz Rubio y Abelardo Rodríguez, que buscaban promover el mercado interno como paliativo a la crisis económica, apelaron a la figura del charro como exponente de la mexicanidad. El baile del jarabe tapatío, que convocaba al jinete del Bajío junto con la china poblana, se había instalado como expresión musical típica para México. Con el auspicio de los medios de comunicación y el poder político, el charro se abría paso ante otros estereotipos regionales. Con las campañas que se desplegaban al momento de la fundación de la AMC, el charro posicionaba simbólicamente al México rural, pero lo hacía desde la capital del país y en el marco de la promoción de actividades comerciales e industriales que no necesariamente estaban vinculadas al campo. La charrería devino en un mecanismo de legitimación, tanto para los exhacendados, muchos provenientes de la región del Bajío, como para quienes irrumpían en la escena económica desde otros rubros -y lugares- pero encontraban en el traje, la jineteada y el caballo su anclaje en la tradición nacional. Así reafirmaban su primacía económica y cultural en un periodo signado por los esfuerzos para consolidar símbolos, imágenes y prácticas de alcance nacional.23

En 1934, la AMC aprobó sus estatutos y los publicó para repartir entre sus socios.24 En ese documento quedaban plasmados sus propósitos y sus reglamentos. Cuatro eran los objetivos que fundamentaban su creación: “1. Impulsar el deporte charro en todas sus ramas; 2. Conservar latente la tradición de éste en todas sus fases; 3. Cooperar en la formación de agrupaciones similares; 4. Estrechar la fraternidad entre todo el elemento charro de la república”.25 De la cita se desprenden tres proyecciones: la práctica deportiva, que se encontraba en proceso de expansión al mismo tiempo que se establecían los parámetros para su organización y competencias; la tradicional, en tanto la charrería y su mentor, el charro, incorporaban adhesiones para posicionarse como símbolo de mexicanidad; y la social, ya que entre las metas anunciadas se priorizaba la colaboración con nuevas asociaciones y la contribución para acercar las experiencias similares dispersas en diferentes regiones de México, progresivamente logrado a partir de la creación de la Federación Nacional de Charros. Otros de los propósitos esbozados entre los 71 artículos de los estatutos eran: la fundación de una publicación oficial para propagar sus ideas, demorada hasta 1936; la búsqueda de filiales deportivas para organizarlas y captar nuevos talentos; la orientación permanente a las fuerzas jóvenes de la agrupación, en una suerte de pedagogía que incluía preceptos ecuestres y lineamientos morales; y la organización de una sociedad de chinas, como espacio reservado a las mujeres vinculadas con la agrupación.

El último de los objetivos señalados no era un proyecto menor. En general, se considera que recién hacia comienzos de la década de los cincuenta las mujeres fueron ganando ciertos espacios en el universo charro, al calor de otras conquistas sociales. Cristina Palomar Verea afirma que los charros fueron adecuando parte de sus discursos y de sus prácticas a tono con los derechos políticos y civiles alcanzados por la mujer. De ese modo, vincula directamente la conformación de equipos y competencias de escaramuzas con la institucionalización del voto femenino en 1953.26 Beatriz Aldana Márquez analizó cómo esos espacios femeninos quedaron subordinados al control y al juicio masculino. Las escaramuzas no sólo eran valoradas por sus habilidades coreográficas y ecuestres sino también por su aspecto físico. Quienes las calificaban eran los hombres miembros de las asociaciones y sus dictámenes respondían a los patrones de belleza de la cultura occidental.27 Las chinas de la AMC no conformaron una agrupación autónoma; en cambio, estuvieron sujetas al control de los charros que dirigían la asociación. A través de esa relación asimétrica, los jinetes ponían en escena una doble representación: la del charro protector, que cuida (controla) a su mujer, confinándola a lugares específicos, como el hogar o las escaramuzas; y la del charro intrépido y viril que reafirma esas condiciones a través del reconocimiento de su esposa e hijas, que intervienen, de modo limitado, en el mundo de la charrería.

Los destinos de la AMC eran regidos por una comisión directiva elegida anualmente. Se componía de un presidente, vicepresidente, secretario, prosecretario, tesorero, subtesorero, nueve vocales y cuatro consultores. Estos últimos, que no necesariamente debían estar inscritos como socios de la agrupación, ejercían profesiones que se consideraban fundamentales para apoyar el desarrollo de la AMC: ingeniería, medicina, veterinaria y abogacía. Más allá de la funcionalidad que los consultores podían ofrecer ante los requerimientos legales, arquitectónicos o médicos, se anticipaba allí un perfil social. Aquellos que optaran por adherirse a la asociación de charros no sólo iban a obtener los privilegios simbólicos de representar legítimamente al “arquetipo de México”, sino que fortalecerían un entramado social integrado por profesionales, empresarios, políticos, etcétera. Además, ese entramado era interpelado a partir de discursos sobre la fraternidad charra, la hermandad de sus miembros, la solidaridad entre sus integrantes y el respaldo mutuo, al margen de la práctica deportiva en sí.

De acuerdo con los estatutos, la función del presidente era imponer el orden en el funcionamiento de la asociación. A tono con los fundamentos del México posrevolucionario en favor del ordenamiento social, económico y político, la AMC no vislumbraba ningún carácter disruptivo ni alarmante en su presentación en sociedad. Sobre los atributos del presidente, se explicaba que todas sus órdenes debían ser acatadas sin discusión por los socios. En virtud de una presidencia fuerte, se sentaban las condiciones para la proliferación de los personalismos, una carta común en el desarrollo de la charrería que se graficó en sus numerosos “patriarcas”.

Por su parte, los socios, además de acatar las decisiones del presidente, tenían que cumplir una serie de requisitos. Los estatutos no limitaron la cantidad de miembros, pero sí pautaron categorías de pertenencia: socios honorarios -que debían ser elegidos por unanimidad-, activos, suscriptores, estudiantes y contribuyentes. Para ingresar a la AMC la candidatura debía ser respaldada por dos socios activos. Esa condición esgrime una particularidad. Si bien se trata de una práctica compartida por asociaciones de diferente índole, la exigencia de sustentar la postulación en el marco de estas agrupaciones conllevaba el reconocimiento como “charro” del candidato en cuestión. Así, se iba gestando un sistema hermético en el que esos reconocimientos quedaban supeditados a la propia dinámica de la asociación. La AMC, entonces, no sólo era un espacio de sociabilidad y de práctica deportiva sino también de legitimación para representar la tradición mexicana y, al mismo tiempo, para definirla y reglamentarla.

La cuota social variaba dependiendo de la categoría. Cada socio activo debía abonar 10.00 pesos mexicanos mensuales -aproximadamente 2.80 usd-. Para dimensionar el valor de la cuota social se puede contemplar el precio de productos alimenticios básicos en la capital del país hacia 1933. Por caso, con lo que valía un mes en la AMC se podían adquirir casi seis kilos de maíz, masa de maíz, tortillas, frijoles, carne de res, pan y seis litros de leche.28 A su vez, el costo de una entrada a las salas de cine para la época podía oscilar entre $1.50 y $5.00.29 Al precio de la cuota social había que sumarle las cargas de los cuidados de caballos, fundamentales para competir en la charrería, y de los trajes que serían exigidos para las presentaciones públicas. En suma, los valores requeridos también iban definiendo el perfil de estas agrupaciones. La nómina de socios de la AMC puede echar luz sobre la fisonomía que iban adquiriendo los grupos charros.

En 1936, la comisión entrante, presidida por Marcos E. Raya, editó un documento que fue distribuido entre los socios. A diferencia de los estatutos, las veintidós páginas de la publicación contenían información particular sobre los miembros de la AMC. Aunque también se repartió de manera gratuita, se considera que la financiación pudo haber sido compartida entre los responsables del directorio y los auspiciantes: una marca de coñac, que se ofrecía para recuperar energías luego del deporte; una casa especialista en botas charras, y una talabartería. Además de anuncios, la edición contenía ilustraciones realizadas por Joaquín González, artista caracterizado por sus pinturas al óleo sobre temas vinculados con la charrería. En los dibujos se retrataron algunas de las personalidades más relevantes de la institución y también se intentó graficar las características generales de la AMC. Con la leyenda “Lo que saben hacer los charros de la Metro”, se incluyó una serie de siluetas en las que se divisa al charro cuidando su caballo, ejecutando las suertes propias de la charrería (colear, pialar, jinetear, etcétera), abrazando a su mujer y conversando con otro charro. En otra ilustración, el cuadro se ampliaba y sobre una larga mesa se juntaban aproximadamente quince charros en plena discusión. El epígrafe era contundente: “¿Conspiradores? ¡No señor! [...] simplemente la charrería en una asamblea para elecciones de la mesa directiva”.30

La referencia se anclaba en un contexto político singular para el país. En 1936, las políticas cardenistas aglutinaban el rechazo de diferentes grupos que, sindicando al gobierno como “aliado al comunismo”, conspiraban en su contra. Ese mismo año, fueron expulsados del país Plutarco Elías Calles, luego de su enfrentamiento con el presidente, y los miembros de la Acción Revolucionaria Mexicanista, conocidos como los “camisas doradas”, una asociación fascista y antisemita auspiciada por políticos enemistados con el cardenismo y por corporaciones internacionales.31 Los equilibrios políticos entre posturas antagónicas que atravesaban a la política nacional en esa época tuvieron su correlato en la AMC.

En el documento editado por la agrupación aparecía un poema de Luciano Kubli. El escritor, oriundo de Tabasco, había sido uno de los propagandistas de las políticas de Tomás Garrido Canabal en el Estado. El garridismo se caracterizó por una postura anticlerical radical, por el reformismo en materia educativa -apuntalada en el racionalismo y direccionada hacia los sectores más postergados-, por la intervención en el asociacionismo obrero, y por “encarnar” los legados de la Revolución. Lázaro Cárdenas, en plena campaña electoral, ponderaba a Tabasco como un modelo del perfil social que buscaba para su gobierno.32 Kubli, a su vez, se consolidaba como un escritor exponente de la poesía social. En el año de fundación de la AMC se destacó como representante de los universitarios socialistas que, desde Tabasco, convocaron a un primer congreso para defender el reformismo en materia educativa. Ya con Cárdenas en la presidencia, fue agente de su política agraria y encargado, por el propio mandatario, de elaborar folletos propagandísticos que cristalizaran la importancia de la propiedad colectiva de la tierra en la región. En efecto, Kubli publicó Sureste proletario. Apuntes de una gira fecunda, como relato de la visita de Cárdenas a Tabasco y, posteriormente, El ejido en Yucatán, un breve folleto del que se imprimieron diez mil ejemplares para distribuirlos gratuitamente en la región.33

En 1936, año de edición del documento de la AMC, Kubli era titular de la Dirección General de Acción Cívica del Distrito Federal. En sus funciones, compartía tareas con diversos representantes de la charrería asociada, como Silvano Barba González, secretario de Gobernación de Jalisco y una de las figuras más destacadas de los charros de esa entidad. Por pedido de la AMC, Kubli dedicó una poesía titulada “Romance de mi caballo”. Sus versos, en general, no se distanciaron de las clásicas composiciones que describían un vínculo amoroso entre el charro y el animal. No obstante, algunos pasajes aludían al legado revolucionario que sobrevolaba los campos mexicanos: “Se encendieron las fogatas / para seguir unas pistas; / y el pulmón de las guitarras / se llena con aire rojo zapatista”.34¿Cómo leer la incorporación de Kubli, y su referencia al máximo exponente de la revolución agraria, en el marco de estos grupos identificados con la hacienda y el latifundio de los tiempos de Porfirio Díaz? Aquí se proponen al menos tres respuestas, complementarias, para comprender esa apertura. En primer lugar, la figura de Kubli estaba asociada tanto al gobierno de turno, como a la Dirección de Acción Cívica, un organismo encargado de regular las actividades comunales oficiales -como festejos, concursos, exposiciones, eventos de caridad- muy caro a los propósitos de extensión de los charros. Como segundo punto, la poesía social de Kubli podía funcionar como una proyección hacia el universo de los sectores populares que, por las inversiones que requería la práctica de la charrería quedaban ciertamente alejados de sus filas. Por último, no es menor señalar que muchos de los miembros de la agrupación concentraban sus actividades económicas en tareas que ya no estaban directamente vinculadas al agro. De ese modo, la hacienda, con todos sus componentes, ocupaba un espacio más simbólico que práctico en la dinámica de la AMC.

La lista distribuida entre los socios en 1936, contabilizaba un total de 77 miembros. La nómina no distinguía entre la categoría de los asociados que se alistaban. Es factible que algunos nombres, como el del presidente de la nación Lázaro Cárdenas o el del secretario de Gobernación -y miembro de la Asociación de Charros de Jalisco- Silvano Barba, hayan sido designados como socios honoríficos y que su participación fuera netamente simbólica. En tanto se incluían las direcciones particulares de los socios, se puede advertir que abundaban las referencias a zonas residenciales que nucleaban a sectores pudientes de la sociedad mexicana. A la señalada Colonia del Valle, se le sumaban Lomas de Chapultepec, Colonia Cuauhtémoc y Colonia Juárez como domicilios recurrentes entre los miembros de la AMC. Los perfiles profesionales eran variados: abogados, médicos, ingenieros, empresarios, comerciantes, militares, bomberos, banqueros, funcionarios, y el representante de la Standard Oil en México, W. W. Wilkinson, se agrupaban en sus filas.

Entre los comerciantes figuraba el presidente de la Cámara Nacional del Comercio, Pablo Alexanderson. Más allá de su posicionamiento en el ámbito económico, es interesante subrayar su pertenencia porque había sido uno de los principales miembros de la orden de los Caballeros de Colón. Se trataba de una organización católica surgida en Estados Unidos que adquirió gran notoriedad en el México posrevolucionario por la defensa -y el financiamiento- de los cristeros. Así, fueron declarados “enemigos de la Revolución” y perseguidos política y socialmente.35 Su trayectoria había sido diametralmente opuesta a la de Kubli, por señalar otro de los nombres propios involucrados en el documento de la AMC. Sin embargo, ambos extremos encontraban cobijo en el mundo de la charrería, cuestión que graficaba el potencial de este tipo de asociaciones para los proyectos pacificadores e integradores de la nación bajo una serie de símbolos identitarios.

En el marco de las actividades comerciales -e industriales- de los socios, un rubro sobrerrepresentado fue el de la industria automotriz. Más de cincuenta concesionarias de autos Ford se habían instalado en el país desde los últimos años de la década de los veinte. La inauguración de las primeras carreteras, la maquinaria propagandística, la apertura de distribuidoras de gasolina, las carreras automovilísticas y los raides publicitarios que recorrían diferentes ciudades desde Estados Unidos a México, confluían en realzar la centralidad de la industria automotriz en la capital del país. El parque automotor había crecido un 101% entre 1924 y 1933.36

Paul Bush fue uno de los puntales del rubro. Comenzó a importar autos desde comienzos de los años veinte. En 1925 formó parte de la Ford Motor Company (México) -en algunas referencias aparece con la designación de “dueño” aunque los datos son fragmentarios- y finalmente abrió su concesionaria, en sociedad con Hanson, en Colonia Juárez, a pocos metros del Bosque de Chapultepec. El empresario automotriz pertenecía a uno de los dos grupos originarios que cabalgaban sin lugar establecido en el año 1932. El grupo de charros que dirigía se integró definitivamente a la AMC y Bush fue una de sus figuras más representativas.37 Además de ser exponente de una pujante industria, su ascendencia estadounidense le reservaba un rol singular. En algún punto, la presencia de Bush, diestro en la suerte del coladero y de rigurosa vestimenta charra, graficaba su “asimilación” al país a través de uno de sus símbolos, al tiempo que potenciaba la funcionalidad de ese símbolo para ese proceso de “asimilación”. En otros términos, su integración era señalada como un triunfo más para la charrería en pos de la propagación de la mexicanidad. Desde otro ángulo, revelaba que vestirse de charro y participar activamente en las asociaciones era una vía de acceso al México tradicional. Para figuras como Bush, con historias y profesiones alejadas de la charrería, se convertía en un recurso oportuno para poner en escena su arraigo local y reafirmar, desde una práctica sociocultural, su próspera condición económica.

Los contactos entre la charrería y el ramo automotriz se encontraban potenciados por otros miembros de la asociación que pertenecían a ese rubro económico. Manuel Casas, un administrativo del concesionario Hanson-Bush, también figuraba en la nómina de socios de la AMC. Samuel Torres Landa cumplía una función similar en la empresa Autos Universales. El ingeniero Ramón D. Cruz, vocal de la asociación charra, era encargado de una empresa destinada a la explotación del caucho en el marco de la industria automotriz.38 Los hermanos Luis y José Hernández eran los dueños de La Corona de Oro, un almacén de repuestos para automóviles y camiones que también se especializaba en la compraventa de usados.39 Los cruces entre autos y charros eran evidentes en los anuncios publicitarios que auspiciaron la publicación del órgano de propaganda de la charrería. Como se verá en el próximo apartado, la fundación de la revista México Charro en 1936 generó un nuevo canal de comunicación, y de encuentro, para los intereses de estas agrupaciones. En el segundo número se incorporó una publicidad de Hanson-Bush, S. A., en el margen inferior de cada hoja. “¿Es usted charro? De día monte su cuaco; de noche maneje un Ford”, interpelaba una de las numerosas leyendas que se mezclaban con los tópicos rurales predominantes entre sus páginas.40

La mixtura entre los elementos tradicionales, encarnados en el jinete charro, y la modernidad, materializada en la expansión del automóvil y su industria, se daban sede en la AMC. En el documento editado por la comisión directiva en 1936, Paul Bush era caricaturizado ejecutando una de las suertes charras desde un automóvil.41 La sonrisa del conductor-jinete representaba el éxito de esa hibridación. En las asociaciones charras, el escenario rural y la pujante industria urbana convivían en armonía, el primero como fundamento retórico de sus actuaciones y catalizador de sus nostalgias; la segunda como medio de vida, de integración y de legitimación de sus intervenciones en su sociedad contemporánea.

La trayectoria de Manuel Efrén Razo Lara, fundador y primer presidente de la AMC, sintetizaba la dualidad antes mencionada. Había nacido en el seno de una familia hacendada de los Altos de Jalisco en 1892. La Revolución Mexicana puso en riesgo sus tierras, su capital y su herencia. En ese contexto, emigró a los Estados Unidos donde comenzó a formarse en la rama automotriz. De acuerdo con el relato de Xavier Ortega, presidente de la AMC hacia 2016, Razo había regresado a su tierra con una amplia preparación “a la moderna” pero en ese tránsito no había perdido nada de su “estructura nativa”.42 Ya en México, potenció las dos condiciones. Por un lado, se integró primero a la Asociación Nacional de Charros para luego fundar y presidir la AMC. Por otro lado, alcanzó la gerencia de la Asociación Nacional de Distribuidores de Automóviles.

La confluencia entre modernidad y tradición no era exclusiva de las asociaciones charras. Las narrativas sobre el México rural minaban los proyectos cinematográficos locales, las producciones teatrales y las representaciones musicales que se difundían masivamente al calor de los adelantos técnicos. Ahora bien, en la AMC, cabalgando autos o conduciendo caballos, los charros conectaban esas narrativas con el poder político y económico real, del cual formaban parte, consolidando su posición central tanto a nivel simbólico-cultural como a nivel social. Al tiempo que legitimaban ese protagonismo, delimitaban los contornos de la tradición mexicana y se instituían como guardianes y censores de la misma.

Los charros: entre la pluma y las armas

La señalada relación entre los jinetes y la industria automotriz, o la dinámica citadina, no opacó la atmósfera rural que acompañaba cada una de sus presentaciones. Los charros encontraron diferentes variantes para intervenir públicamente y consolidar tanto las representaciones idealizadas de ese México rural como su propia posición de “garantes” de esas tradiciones. Las posibilidades para analizar las actuaciones públicas de la AMC durante sus primeros años son variadas. Más allá de su funcionamiento interno (campañas para captar socios, recaudación para la adquisición de un lienzo, etcétera), la primera aparición pública de la AMC se realizó, a los pocos días de haberse constituido, en las fiestas de carnaval auspiciadas por el Departamento del Distrito Federal. Los carnavales, luego de la Revolución, concentraron una especial atención política para los gobiernos, que se esforzaron por aunar la celebración -tradicionalmente diferenciada según las clases sociales- y hacerla extensiva a la mayor cantidad de ciudadanos posible. Las fiestas del carnaval fueron auspiciadas desde los sectores gobernantes con el fin de ampliar la participación en pos de galvanizar lealtades con diferentes grupos. Así, los desfiles y concursos convocaron nuevos aspirantes que no pertenecían al elenco habitual de los carnavales.43

En ese marco, la AMC desfiló con un carro alegórico que representaba a “Guadalupe, la Chinaca”, inspirado en el poema de Amado Nervo. El texto resaltaba la intervención de la mujer durante la invasión francesa, tanto en las tareas sanitarias como en el respaldo de su esposo en el frente de combate. En el desfile del carnaval, Guadalupe iba acompañada por la Asociación Metropolitana de Chinas, conformada por las esposas, hijas y hermanas de los charros. A su vez, 85 jinetes vestidos a la usanza charra completaban el cuadro. Según una publicación afín a estos grupos, la alegoría había despertado el entusiasmo y la emoción del público.44 La AMC obtuvo el segundo premio del concurso y una distinción extraordinaria.

La presentación en sociedad de la agrupación dejaba tres señales de lo que sería su trayectoria. En primer lugar, mostraba la intención de integrarse a festividades, celebraciones y/o eventos de amplia convocatoria para propagar sus mensajes. En segundo término, esa intervención representaba una escena de corte nacionalista y bélico, en la que los charros y las chinas se erigían como némesis del invasor extranjero. Por último, Guadalupe, la Chinaca, resaltaba el lugar que ocupaba la mujer en esta agrupación: refrendar la hombría del charro, realzar el carácter familiar de su empresa e identificarse con prácticas y lugares específicos, siempre disociados de las relevantes charreadas sólo ejecutadas por los hombres. Si bien siempre era identificada por su parentesco con el charro, que la mujer haya alcanzado un espacio de participación en los tiempos fundacionales de la AMC, y que haya antecedido por décadas a los equipos de escaramuzas consolidados hacia los años cincuenta, nos permite vislumbrar un carácter vanguardista en los miembros de esa asociación.

En otros ámbitos, las mujeres mexicanas también conformaban agrupaciones exclusivas. El gobierno de Cárdenas promovió la creación de “organizaciones femeniles” para encauzar la lucha sindical y las demandas de emancipación política y económica. Las mujeres conquistaban nuevos espacios en el mercado laboral y en la esfera pública sin que variara su condición subalterna con respecto a los hombres ni sus responsabilidades en el cuidado del hogar y de los hijos.45 En la charrería convivían tensiones similares entre lo público y lo privado. Mientras que la AMC contemplaba un espacio de participación para las “esposas e hijas”, en sus prácticas se reforzaba la estructura patriarcal que vinculaba a las mujeres principalmente con los ideales de maternidad y de familia.46

Otra faceta que se puso rápidamente en escena, y que anticipaba un elemento estructural de la AMC, fueron sus vínculos con el poder. Durante sus primeros años, por ejemplo, Francisco Maldonado Aspe, secretario de la agrupación y oficial mayor de la Dirección de Educación Física, auspició la campaña para declarar a la charrería como “deporte nacional”. En 1937, se organizó una fiesta en honor al general Douglas MacArthur, jefe del Estado Mayor del Ejército de los Estados Unidos. Conectado con la AMC mediante su amigo personal, Roscoe B. Gaither, los socios ofrecieron un cuadro “típicamente mexicano” para agasajar al militar. Al mismo tiempo, organizaron un evento en homenaje al general Saturnino Cedillo, secretario de Agricultura y Fomento de México, y al ala izquierda del Senado. El evento alcanzó más relevancia de la esperada al contar, a instancias de Cedillo, con la participación del presidente Lázaro Cárdenas. Allí se comenzó a gestionar la cesión de un terreno para construir un lienzo charro. Los vínculos cercanos con la política se potenciarían durante la gestión de su sucesor, Manuel Ávila Camacho, quien haría entrega definitiva de un terreno con tal fin.47

No es propósito de este artículo adentrarse en las tramas políticas que desplegaron los miembros de la AMC, cuyo tratamiento requeriría una mayor extensión. En cambio, nos concentramos aquí en dos canales de intervención de los charros: uno por la vía editorial a través de la fundación de una revista que, con muchas intermitencias, se sostendría hasta la década de los setenta; otro por la vía militar, que actualizaba una lectura bélica de la historia del charro (y sus antecesores) y su función patriótica en defensa de la nación.

En enero de 1936, Manuel Razo fundó la revista México Charro. El primer presidente de la AMC ofició como director de la publicación acompañado por un conjunto de charros de otras instituciones. El escritor y miembro de la Federación Nacional de Charros, José Zamora Valdés, era el jefe de redacción. Con una portada a color y cincuenta páginas en blanco y negro, se presentaba como la primera revista periódica de la charrería asociada. En su interior se mezclaban editoriales, crónicas sobre las actuaciones de las agrupaciones, publicidades, una sección dedicada a la ganadería, anuncios, fotografías y poemas. En todo, la atmósfera rural predominaba de manera evidente. El costo de la suscripción anual era de $ 3.00, mientras que por cada anuncio se cobraba una base de $ 2.00 para diez palabras.

México Charro cumplió tres funciones: se estableció como un punto de encuentro para las diferentes agrupaciones del país; fue caja de resonancia de sus actividades extendiendo la repercusión a diferentes regiones; y se constituyó como un agente de propaganda de la charrería en el ámbito editorial. Para confirmar que se trataba de un espacio de congregación de la charrería, Manuel Razo invitó a participar como colaboradores a figuras destacadas de diversas asociaciones: Leovigildo Islas Escárcega, miembro de la Asociación Nacional de Charros y uno de los puntales para las agrupaciones charras de Hidalgo; Higinio Vázquez Santana, escritor vinculado a la Asociación de Charros de Jalisco; Federico Gamboa, secretario de la Asociación de Charros de Yucatán; Miguel B. Reyes, tesorero de la Asociación Potosina de Charros; y el marqués de Guadalupe Carlos Rincón Gallardo, presidente de la Asociación Nacional de Charros y miembro honorífico de las agrupaciones de Tampico, El Oro, Aguascalientes y San Luis de Potosí. El director de México Charro encuadraba esa integración como uno de los propósitos fundantes de la publicación. La charrería, según Razo: “no contaba hasta ahora con un órgano de publicidad […] y a esta falta se debe el aislamiento en que viven las asociaciones de charros de los estados, circunscritas a su localidad e ignorando en muchos casos la existencia de otras”.48 Para ello, además de los colaboradores, se inauguró una sección denominada “Honra”, que repasaba la vida de charros destacados y se iría construyendo a partir de las propuestas de los lectores.

En referencia a la difusión de las actividades charras, las muestras abundan y se podrían diferenciar entre las reseñas, que daban cuenta de las novedades al interior de cada agrupación, y las noticias que abordaban la participación de charros en eventos sociales o con una proyección hacia la comunidad. De las variadas actuaciones que se presentaron en los primeros números de la revista, se señalarán dos que sintetizan el propósito de extensión social. En la ciudad de Chapala, del estado de Jalisco, la asociación de charros del lugar programó nueve días de eventos para el carnaval de 1936. Cada demostración ecuestre agasajaba a representantes de diferentes ramas comerciales, industriales y agrícolas. Por distintos pueblos de la región, los charros iban realizando su demostración y gestando un punto de encuentro, fuera para la comercialización de productos o para la propaganda de los mismos. Así, la penúltima presentación convocó a la Cooperativa de Coches Guadalajara-Chapala, en tiempos en que la carretera hacia la capital jalisciense estaba siendo rectificada y pavimentada para facilitar las comunicaciones y fomentar el turismo en la ciudad.49 49Manuel Razo, en una carta dirigida al presidente de los charros de Chapala, manifestaba que todas las asociaciones charras tenían la responsabilidad de trabajar a favor del engrandecimiento de sus comunidades. Por eso, las interpelaba a formar parte activa de la Dirección General de Acción Cívica de cada lugar.50

En el Distrito Federal, la Dirección General de Acción Cívica era presidida por el escritor Luciano Kubli y, además, contaba con la participación de Higinio Vázquez Santana. Con motivo de la XIX Convención Internacional del Club de Leones, realizada en la capital mexicana, la Dirección organizó una exposición de la charrería para adentrar a los visitantes extranjeros en el “México tradicional”. Durante diez días se exhibieron indumentarias, accesorios y equipamientos ecuestres de referentes charros. En la revista dirigida por Razo, se celebraba la decisión de la Dirección y se la presentaba como modelo para el resto de los Estados.51

Además de funcionar como eco de las actividades vinculadas con la charrería, México Charro se estableció como su única propagadora en el mercado editorial. Los datos sobre su recepción son fragmentarios y están mediados por la propia publicación. Aun así, algunos indicios permiten reflexionar sobre su impacto. El segundo número de la revista lo abría un editorial titulado “Hemos triunfado”. Allí se hacía alusión a la “lluvia de suscripciones” y a los elogios recibidos, aunque no se precisaba la referencia en términos cuantitativos. Datos más precisos se presentaron en una sección denominada “Opiniones del público sobre México Charro”. En ese caso, se transcribieron pedidos de suscripciones y comentarios con mayores referencias. Así, se puede advertir que en el universo de la charrería, como era de esperar, la revista fue ampliamente celebrada. Asociaciones de Charros de Monterrey, Yucatán, Tampico, Mazatlán y Río Blanco, así como personas vinculadas a esas prácticas de Pachuca, Michoacán, Veracruz, Jalisco, Guanajuato y Tabasco, enviaron los $ 3.00 correspondientes a la suscripción y se ofrecieron para oficiar de agentes sin cargo de la revista. En otro registro, el gobernador de Querétaro, coronel Ramón Rodríguez Familiar, solicitaba su adhesión por considerarse un “gran aficionado a ese viril deporte”. En un tono similar, el director del diario Las Noticias de Sinaloa, Alfonso Cano Araiza, se suscribía y garantizaba la repercusión de la revista en la región.52 El comienzo auspicioso de México Charro anunciaba la consolidación de un espacio de intercambio, de encuentro y, sobre todo, de intervención para la charrería asociada.

La iniciativa editorial de la AMC no fue la única modalidad utilizada para extender sus fronteras de acción. En el marco de la Segunda Guerra Mundial, se puso en escena la trayectoria bélica del charro. De acuerdo con Manuel Razo, había tenido una actuación destacada en la guerra de Independencia; en el conflicto bélico con los Estados Unidos; durante la Intervención Francesa; y en las extendidas luchas intestinas.53 A su vez, la emergencia de las asociaciones charras había confirmado tanto el carácter marcial como la filiación a las fuerzas de seguridad del Estado. Carlos Rincón Gallardo, uno de los nombres propios más relevantes de la Asociación Nacional de Charros, había sido inspector general de los Cuerpos Rurales durante el Porfiriato, una fuerza montada que ofició de policía rural.54

En una actualización de esa figura, en 1935 la Jefatura de Policía encargó al coronel Filemón Lepe, la conformación de un Cuerpo Rural. El comandante había sido otro de los socios fundadores de la Nacional de Charros. Además, era el padre del capitán José Ignacio Lepe, miembro y exsecretario de la AMC, y de Rosita Lepe, artista que propagó el ambiente charro en el cine y el teatro. Esa agrupación policial estaba formada por un primer comandante, un segundo comandante, cuatro suboficiales y 98 soldados de tropa. El servicio lo prestaban con la clásica indumentaria charra. Por elección de Lepe, cada miembro debía contar con dos trajes (uno de gala y otro para la tarea cotidiana) y dos equipos de accesorios ecuestres. Durante el día, los charros policías patrullaban el Bosque de Chapultepec, las estaciones y vías. Hacían guardias en el Departamento Central y en la Tesorería del Distrito Federal. El objetivo era “reprimir todo tipo de desorden y prestar servicios de emergencia”. Para ello, todos sus miembros recibían instrucción militar a cargo de la Secretaría de Guerra y Marina. No era el único adoctrinamiento que se impartía en el Cuerpo Rural. Ignacio Lepe explicaba: “es mi idea que todos los jóvenes del Cuerpo de Policía Rural hagan honor al traje que visten y sepan colear, lazar, jinetear, etcétera […] el charro que es un buen jinete puede ser en cualquier tiempo un gran elemento de defensa nacional”.55

Ese “cualquier tiempo” presagiado por Lepe se hizo concreto en el contexto de la Segunda Guerra Mundial. En mayo de 1942, ante el hundimiento de dos barcos petroleros por parte de las tropas alemanas, México ingresó en estado de guerra. En ese momento, tres generales eran socios de la AMC: Miguel Orozco, Alberto Berber y Alfredo Delgado. De acuerdo con la información que consta en las actas internas de la agrupación, Ignacio Lepe se apresuró a presentar ante la Secretaría de la Defensa Nacional un proyecto para impartir instrucción militar a todos los charros de la república.56 En una asamblea extraordinaria, se decidió por unanimidad ponerse a disposición del presidente Ávila Camacho y enviar un mensaje de adhesión. Mientras se aguardaba la aprobación definitiva del proyecto por parte de la Secretaría de la Defensa, en la acm iniciaron las acciones militares. El coronel Rafael Clamont y el capitán Ignacio Lepe, ambos socios de la asociación charra, serían los encargados de entrenar a los voluntarios. En paralelo, tres médicos allegados a la institución se encargaban de los exámenes de salud correspondientes para autorizar el entrenamiento.57

En ese marco, las reivindicaciones tradicionalistas y deportivas se desplazaron a un segundo plano. La AMC promovió nuevas inscripciones apelando al discurso patriótico que solía evocar en otras coyunturas y con otros propósitos. De acuerdo con las memorias de la institución, la masiva adhesión obligó a cerrar el ingreso de nuevos asociados.58 Con el transcurso de los meses, la oficialización de la intervención charra fue ganando terreno. En octubre, la Secretaría de la Defensa emitió las credenciales de portación de armas para los socios. En noviembre, designó a Clamont como encargado de la instrucción a pie de todos los charros del Distrito Federal y a Lepe de la caballería.59 La denominación impuesta para la unidad militar, que tenía residencia en la AMC, fue “Primer Escuadrón de Charros Militarizados”. Doscientos sables y veinte caballos fueron entregados por distintas dependencias del gobierno para intensificar la preparación.60 Según se rememoraba en México Charro, los integrantes del escuadrón recibían su instrucción militar durante las frías mañanas invernales. El entrenamiento y la disposición para marchar a los campos de batalla, finalmente desestimado en el devenir de la contienda, eran resaltados como uno de los máximos logros de la metropolitana.61 El episodio jalonaba un nuevo laurel para los relatos institucionales. La contienda bélica les permitió a los socios de la AMC encarnar una representación marcial del charro y legitimar la condición patriótica de sus actividades. En diez años de actuación, se habían consolidado como un grupo de referencia, tanto para la charrería asociada como para los sectores de poder que asiduamente se vinculaban con ella.

Conclusiones

Los trabajos publicados recientemente corroboraron la vigencia del charro como objeto de interés para distintas disciplinas de las ciencias sociales. En este trabajo se mostró que el análisis de las asociaciones fundadas para promover la charrería, en todas sus dimensiones, no puede quedar al margen de esos estudios. La trayectoria de la AMC, durante sus primeros años, evidenció elementos particulares que complejizan tanto la caracterización de estos grupos como sus intervenciones en la sociedad.

En primer término, las actividades de la charrería asociada se insertaron en una ciudad marcada por las novedades de la época. El proceso de transformación urbano (a nivel de comunicaciones, de actividades económicas, de densidad de población, de oferta cultural, etcétera) no fue ajeno, ni necesariamente refractario, a los charros. Los miembros de la AMC estaban plenamente integrados a la dinámica citadina y tramitaron, con armonía, la mixtura entre el mundo rural y el mundo urbano. En efecto, más allá del proceso de modernización que había experimentado la capital mexicana, hacia la década de los treinta el “México rural” seguía siendo un tópico de atracción político, social y cultural. Así, la connotación campera de la charrería le ofrecía una dosis adicional para establecerse como “deporte nacional” y como uno de los símbolos de la mexicanidad.

La estructura interna y la composición social de la AMC revelaron tres elementos que contribuyen a comprender tanto el proceso de emergencia de estos grupos como su consolidación. En primer término, la asociación charra fomentó el orden jerárquico en su funcionamiento y respaldó el statu quo sin ningún tipo de impugnación social, política ni histórica.62 En segundo lugar, la AMC se consolidó como un espacio de encuentro entre posturas políticas antagónicas, el campo y la ciudad, el caballo y el automóvil, las letras y las armas, la tradición y la modernidad. Finalmente, la agrupación puso en escena sobrados vínculos con el poder, mediados a través de sus propios miembros, que favorecieron su establecimiento como eslabón de las manifestaciones socioculturales metropolitanas.

La intervención social de la AMC fue polifacética. Aquí se puntualizaron dos variantes de las muchas que habilitaría esta agrupación (integración a fiestas populares, participación en celebraciones cívicas, participación política, devoción religiosa, etcétera). Se consideró que su proyecto editorial y su proyecto militar graficaban los recursos que tenían a mano para extender sus ámbitos de acción. La flexibilidad de estos grupos para moverse con fluidez en diferentes ambientes respondió a la heterogeneidad de su composición. Por la pluma y por las armas, la AMC enraizó la figura del charro a la capital del país y la catapultó como símbolo de patriotismo y fraternidad para México. En el camino, consolidó su propia posición y reveló una red de sociabilidad que canalizaba en el charro propósitos distintos, siempre ligados a la estructura de poder político, económico y militar que regía los destinos del país.

Fuentes

Documentales

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Revistas

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1Vicente de Jesús Fernández Mora, “El nacionalismo cultural mexicano y sus contradicciones en la película Vámonos con Pancho Villa”, Fotocinema. Revista Científica de Cine y Fotografía, n. 14 (2017): 20.

2Olga Nájera-Ramírez, “Engendering Nationalism: Identity, Discourse, and the Mexican Charro”, Anthropological Quarterly, v. 67, n. 1 (1994): 1. La imagen del jinete como símbolo de identificación auspiciada por las élites gobernantes no era una característica exclusiva del México posrevolucionario. En distintos países del continente se proyectaba una trama similar: la evocación de un caballero decimonónico que se constituía como elemento protagónico en la historia del Estado nación al tiempo que legitimaba, o pretendía legitimar, la administración de ese Estado.

3En orden con cada una de las temáticas señaladas, véase Ricardo Pérez Montfort, Estampas del nacionalismo popular mexicano. Ensayos sobre cultura popular y nacionalismo (México: Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, 1994), 113-138; Jairo Castillo Díaz, “Astucia o el manual del perfecto charro”, Literatura: Teoría, Historia y Crítica, n. 6 (2004): 63-73; Tania Carreño King, El charro: la construcción de un estereotipo nacional, 1920-1940(México: Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana; México: Federación Mexicana de Charrería, 2000), 1-96; José Murià, Orígenes de la charrería y su nombre(México: Miguel Ángel Porrúa, 2010), 31-49; Juan Pablo Silva Escobar, “La Época de Oro del cine mexicano: la colonización de un imaginario social”, Culturales, v. 7 n. 13 (2011): 7-30; Mary-Lee Mulholland, “Mariachi, Myths and Mestizaje: Popular Culture and Mexican National Identity”, National Identities, v. 9 n. 3 (2007): 247-264.

4Héctor Medina Miranda, Vaqueros míticos. Antropología comparada de los charros en España y México(México: Gedisa, 2020), 127-248.

5Mary-Lee Mulholland, “Jalisco Is Mexico: Race and Class in the Encuentro Internacional del Mariachi y la Charrería in Guadalajara, Mexico (1994-2003)”, The Journal of American Folklore, v. 134, n. 533 (2021): 292-318.

6Karen Flores Tavizón, “Gender Dynamics in Charrería Mexicana” (tesis de maestría, The University of Texas, Rio Grande Valley, 2020), 1-92.

7Laura González Ramírez, “La construcción de la imagen del charro a través de la literatura y las artes gráficas en el siglo XIX”, Vínculos. Sociología, Análisis y Opinión, año 11, n. 17 (2020): 189-209.

8Gabriela Zapata, Yzach Domínguez, Steven Gooch y Ariadne Pacheco, “Charros in Texas and Gauchos in Argentina. A Social Semiotic Analysis of Historical Artifacts”, The International Journal of Design in Society, v. 15 n. 1 (2021): 42.

9Matías Emiliano Casas, “Las agrupaciones charras mexicanas y los círculos criollos argentinos: una modalidad particular de asociacionismo en el periodo entreguerras”, Nuevo Mundo Mundos Nuevos, (2017): 1-17. https://journals.openedition.org/nuevomundo/70650.

10Cristina Palomar Verea, En cada charro un hermano. La charrería en el estado de Jalisco(Guadalajara: Gobierno del Estado de Jalisco, 2004), 131-137

11Matías Emiliano Casas, “Gauchos y charros ante las industrias culturales: entre las críticas, las tergiversaciones y la fascinación (1930-1950)”, Anuario IEHS, v. 35 n. 2 (2020): 45-66.

12Laura R. Barraclough, Charros. How Mexican Cowboys Are Remapping Race and American Identity(Oakland: University of California Press, 2019), 91.

13Barraclough, Charros. How Mexican, 211.

14Agradezco a Xavier Ortega, presidente de la Asociación Metropolitana de Charros hacia 2016, por proporcionarme parte de esa documentación.

15Como indica Susan Gauss, el proceso de industrialización provocó, además, transformaciones económicas y culturales que hicieron de México, hacia la década del setenta, un país mayoritariamente urbano, alfabetizado e industrial. Susan M. Gauss, Made in Mexico. Regions, Nation, and State in the Rise of Mexican Industrialism, 1920s-1940s(University Park, Pennsylvania: The Pennsylvania State University Press, 2010), 5.

16Gustavo Garza, “Evolución de las ciudades mexicanas en el siglo XX”, Notas. Revista de Información y Análisis, n. 19 (2002): 9.

17Alejandrina Escudero, “La ciudad posrevolucionaria en tres planos”, Anuario del Instituto de Investigaciones Estéticas, v. 30 n. 93 (2008): 108.

18Ricardo Pérez Montfort, Juntos y medio revueltos. La ciudad de México durante el sexenio del general Cárdenas y otros ensayos(México: Ediciones ¡UníoS!, 2000), 17.

19Victoria Lerner, “El reformismo de la década de 1930 en México”, Historia Mexicana, v. 26 n. 2 (1976): 188-215.

20Carlos Monsiváis, “Notas sobre la cultura mexicana en el siglo XX”, en Historia general de México, coord. de Daniel Cosío Villegas e Ignacio Bernal (México: El Colegio de México, Centro de Estudios Históricos, 1998), 1420.

21El impacto de la crisis económica y los totalitarismos europeos repercutieron en una creciente política inmigratoria restrictiva. El presidente Abelardo Rodríguez, figura decisiva para la consagración del charro como símbolo nacional en tanto instituyó el “Día del Charro” en 1934, endureció el control de las fronteras: “cuando se emitieron duras medidas restrictivas contra algunos grupos extranjeros que pretendían ingresar al país, por ser considerados como portadores de prácticas culturales y religiosas exóticas”. Manuel Alejandro Hernández Ponce, “México frente a la crisis económica y la amenaza de la Segunda Guerra Mundial: la controversia racial y de ciudadanía (1930-1942)”, Revista del Colegio de San Luis, n. 10 (2015): 32.

22Carlos Salinas González, “De suburbio a ciudad: la evolución de la colonia del Valle en la ciudad de México”, Bitácora Arquitectura, n. 22 (2011): 14-19.

23Pérez Montfort, Estampas del nacionalismo, 134.

24La publicación fue financiada por quien era entonces presidente de la institución, el profesor Luis Tijerina Almaguer. Su gestión como mandatario de la AMC fue breve debido a que era funcionario de la Secretaría de la Educación Pública y su cargo lo obligó a trasladarse a Monterrey. Educador y poeta, además de sus funciones públicas, había incursionado en el periodismo. Pese al alejamiento de la AMC siguió cultivando la charrería y utilizando sus canales de acción para cristalizar su categoría de símbolo. Así lo plasmó en su libro Alma charra, editado en Monterrey en 1971.

26Palomar Verea, En cada charro, 198.

27Beatriz Aldana Márquez, “Keeping Rural Tradition Alive: The Race, Class, and Gender. Dynamics of the Modern Charro Community” (tesis de doctorado, Texas A&M University), 2017, 147.

28El índice de precios de la alimentación en la ciudad de México, en http://internet.contenidos.inegi.org.mx/contenidos/productos/prod_serv/contenidos/espanol/bvinegi/productos/integracion/pais/historicas/EHMII7.pdf (consultado el 20 de agosto de 2021).

29Ana Rosas Mantecón, “Un siglo de ir al cine. Urbanidad y diferenciación social en la ciudad de México”, Ponto Urbe, n. 18 (2016): 6.

30 Directorio de la AMC (1936), 7, Archivo de la Asociación Metropolitana de Charrería (en adelante AAMC).

31Alicia Gojman de Backal, “Los camisas doradas en la época de Lázaro Cárdenas”, Canadian Journal of Latin American and Caribbean Studies, v. XX, n. 39-40 (1995): 39-64.

32Carlos Martínez Assad, El laboratorio de la Revolución. El Tabasco garridista(México: Fondo de Cultura Económica, 2020), 309.

33Sebastián Rivera Mir, “Los trabajadores de los Talleres Gráficos de la Nación. De las tramas sindicales a la concentración estatal (1934-1940)”, Historia Mexicana, v. LXVIII, n. 2 (2018): 631.

35César Valdez, “Vigilancia y persecución política a organizaciones católicas en el México posrevolucionario”, ponencia presentada en las XVI Jornadas Interescuelas / Departamentos de Historia, Universidad Nacional de Mar del Plata, 9 de agosto de 2017).

36Ilse Álvarez y Paolo Riguzzi, “Las transformaciones del mercado de automóviles en México, 1925-1934: comercio, inversión extranjera y localización industrial”, ponencia presentada en las II Jornadas de Historia Económica de la Asociación Mexicana de Historia Económica, El Colegio de México, 14 de agosto de 2013.

42Xavier Ortega, texto inédito, AAMC (2016).

43Guido Münch Galindo, Una semblanza del carnaval de Veracruz(México: Universidad Nacional Autónoma de México, 2009), 205-244.

45Elvia Montes de Oca Navas, “Las mujeres mexicanas durante el gobierno de Lázaro Cárdenas, 1934-1940”, Revista Historia de la Educación Latinoamericana, v. XVII, n. 24 (2015): 149-166.

46Palomar Verea, En cada charro, 158.

49Una reseña de la construcción de la carretera Guadalajara-Chapala, disponible en: http://chapala.mex.tl/frameset.php?url=/130103_El-Transporte-en-Chapala.html (consultado el 25 de agosto de 2021).

54Édgar Sáenz López, “Los Rurales, la policía federal del general Porfirio Díaz”, Antropología. Boletín Oficial del Instituto Nacional de Antropología e Historia, n. 101 (2016): 28-38.

56 AAMC, Libro de Actas, acta n. 45, 23 de junio de 1942. Como ha subrayado la investigación de Federico Llanos para la realización del documental Matria, desde la Asociación Nacional de Charros se puso en marcha un proceso de militarización que dio origen a la “Legión de Guerrilleros Mexicanos”.

58Xavier Ortega, texto inédito, AAMC (2016).

62En contraste, conviene aclarar que en la capital mexicana de los años treinta, los sectores populares filtraron sus voces inquisidoras sobre la experiencia urbana a través de corridos impresos, véase Tomás Cornejo, “Representaciones populares de la vida urbana: ciudad de México, 1890-1930”, Historia Mexicana, v. 65, n. 4 (2016): 1601-1651.

Recibido: 22 de Septiembre de 2021; Aprobado: 06 de Abril de 2022

Matías Emiliano Casas es doctor en Historia por la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF), Argentina, y la Université Paris Diderot, Francia. Se desempeña como investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Argentina) y como docente en la UNTREF. Es autor de Las metamorfosis del gaucho (Buenos Aires: Prometeo, 2017), y de La tradición en disputa (Rosario, Argentina: Prohistoria, 2018). Además, ha publicado decenas de artículos en revistas académicas nacionales e internacionales.

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