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Estudios de historia moderna y contemporánea de México

versión impresa ISSN 0185-2620

Estud. hist. mod. contemp. Mex  no.55 México ene./jun. 2018

http://dx.doi.org/10.22201/iih.24485004e.2018.55.63405 

Reseñas

Carlos Illades (comp.), Camaradas: nueva historia del comunismo en México, México, Fondo de Cultura Económica, 2017

Jaime Ortega Reyna1 

1 Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco, Ciudad de México, México.

Illades, Carlos. Camaradas: nueva historia del comunismo en México. ., México: Fondo de Cultura Económica, 2017.

El comunismo fue un movimiento político que marcó y definió los senderos del siglo XX. Sin embargo, con el tiempo se ha mostrado que se construyó una importante cultura a su alrededor, aceptando con esta expresión un cúmulo variado y amplio de manifestaciones. Alejados ya de las dinámicas conceptuales que impuso el “paradigma de la Guerra Fría” un equipo coordinado por el historiador Carlos Illades nos presenta un conjunto de aproximaciones a dicho fenómeno en México, tanto en sus dimensiones específicamente políticas como en las culturales.

Cercanos ya a los cien años de la aparición del Partido Comunista Mexicano (PCM), fundado cuando el olor a pólvora de la guerra civil aún se podía percibir, los autores convocados nos muestran un conjunto de pliegues de un fenómeno complejo, lleno de contradicciones y difícilmente historizable en una línea cronológica exclusiva. Bajo el manto del “comunismo en México en el siglo XX” se conjugan múltiples variables que apenas comienzan a ser estudiadas en su especificidad. Su temprana irrupción en 1919 es un dato que nos recuerda su permanente deuda entre lo local y lo global. Ello tendrá importantes consecuencias para su nacimiento, maduración y finalmente su temprana desaparición.

Abandonar o cuestionar el “paradigma de la Guerra Fría” tiene múltiples implicaciones. Una de ellas refiere al abandono de la consideración de dicho movimiento como la exportación de ideologías externas a cargo de aventureros profesionales. Otra más apunta a ver las articulaciones específicas en distintas coyunturas, en las cuales la formación de alianzas o la ruptura de ellas son de vital importancia. Una más refiere al aspecto cultural, que irradió a partir de una tensión entre lo universal de una corriente política y lo singular de la situación histórica. Es decir, no se puede estudiar al comunismo sino como una tensión entre tradiciones locales y formas transnacionales de asumir el devenir de la historia.

A partir de estas nociones es posible entonces abordar la historia del comunismo a partir de sus diversidades y complejidades. Ellas incluyen los años de formación y de primeras alianzas en los años 20; su centralidad en las movilizaciones de los 30; el periodo negro de la represión y el sectarismo de los 40 y 50; la reactivación organizativa y teórica de los 60 y 70; finalmente el doble proceso de renovación a partir de valoración positiva de algunas nociones (como la de democracia) y de renuncia a viejas certezas (como la “dictadura del proletariado”) que serán el epicentro que permitirá su temprana disolución en los primeros años de la década de los ochenta.

Escarbando en los resquicios de una amplia historia, con un trabajo laborioso e intenso, se nos presentan acercamientos a diversas veredas. El comunismo mexicano recorrió múltiples senderos, no todas constreñidas a la vida del partido, aunque siempre en diálogo con él. Aunque no de manera declarada, lo que tenemos en el volumen es un conjunto de aproximaciones a un fenómeno trasnacional a partir de sus expresiones locales. Ciñéndonos a una exposición ordenada bajo este criterio, presentamos primero aquellos que conectan con elementos trasnacionales de la historia, para posteriormente concentrarnos en los que en su exposición privilegian los elementos locales.

En su capítulo Daniel Kent nos presenta el itinerario intelectual y político del bengalí Manabendra Nath Roy, uno de los fundadores del PCM y pieza clave para entender “la cuestión colonial” en la época de la Tercera Internacional. Su presencia en México es fruto de un conjunto de redes que exploran la posibilidad del antiimperialismo y el anti colonialismo por fuera de los países centrales del capitalismo. No planeado por agencia externa alguna, su función en el comunismo mexicano es efímera pero central y muestra la estrecha relación del país con el comunismo y de éste con la emergencia de nuevas fuerzas sociales.

Patricio Herrera González, historiador chileno cuya formación doctoral se realizó en México, expone el caso de Vicente Lombardo Toledano. El afamado líder sindical de la primera mitad del siglo XX expresa, quizá como nadie más, un conjunto de contradicciones irresolubles: pasa de una vocación ilustrada, al convencimiento del socialismo como horizonte necesario de la humanidad, para finalmente realizar un amoldamiento pragmático ante la corriente nacionalista. Para Lombardo, la revolución mexicana era un momento de ese tránsito obligado que la humanidad realizaría en su camino al socialismo, por tanto, la defensa de los gobiernos surgidos de ella era primordial. Ello trajo severas consecuencias en el momento de vincularse con el comunismo local, que se expresó en múltiples conflictos y debates: Lombardo es la prueba más fehaciente entre las contradicciones de una ideología que se exponía más allá de los partidos y una coyuntura en donde la ideología de la revolución (con un Estado organizador de la sociedad) desestructuraba el horizonte de los comunistas mediante la represión y la violencia.

El capítulo de Jhon Lear sobre la Liga de Escritores y Artista Revolucionarios (LEAR) explora las dimensiones de una coyuntura política de agitación con las expresiones de vanguardia. Los temas que aborda en su actividad la LEAR van desde la compleja relación con el oficialista PNR hasta cierta centralidad ganada en la lucha contra el fascismo. El artículo, lúcido y de amble lectura, expone la efímera vida de una organización con una intensa vida, mostrando los anclajes políticos, pero también las contradicciones que se desatan. El auge y caída de la LEAR es apenas un momento de la relación del comunismo mexicano con el mundo artístico. Conectados con las vanguardias, los artistas cercanos al comunismo realizan sus propias apropiaciones y aproximaciones, en medio de las disputas locales y de las internacionales.

Sebastián Rivera Mir avanza sobre los circuitos editoriales. Su texto se esfuerza por demostrar lo que las experiencias editoriales comunistas ofrecían a sus lectores. Dichos esfuerzos, aunque partían en gran medida de la voluntad política partidaria, también eran expresiones de dos fenómenos. El primero de ellos es la coyuntura política, pues las publicaciones comunistas se lograban de mejor forma en algunos contextos, como los de la época de la presidencia de Cárdenas, en donde no pocas instituciones estatales colaboraron en la difusión de ciertas obras marxistas. El otro es de carácter internacional y se refiere al esfuerzo ilustrado del comunismo, preocupado por la lectura, el acceso a temas correspondientes a cierta ideología del progreso, que depositaba en la ciencia y la técnica la posibilidad del avance social de las clases.

Por su parte Alejandro Estrella nos presenta un itinerario de la labor de Wenceslao Roces. Menos conocido que otros exiliados -como Adolfo Sánchez Vázquez-, su intervención resulta crucial para el proceso de crecimiento del acervo marxista. Su labor como traductor resulta crucial para poner a México al día de las novedades de un cierto marxismo. En el cruce de una vida académica tradicional, su impacto aún está por medirse. Y Estrella ofrece un buen ejemplo y abre posibilidades futuras para el estudio de Roces en tanto traductor, como lo ha hecho ya la reedición de El Capital, realizada tras las críticas de los traductores argentinos.

El coordinador del libro, Carlos Illades, ofrece una exposición sobre los caminos que tomó la renovación del marxismo. En el cruce de la discusión sobre el papel de la democracia en su relación con el socialismo, los marxistas encontraron en Antonio Gramsci y Louis Althusser dos de sus fuentes privilegiadas para reorganizar las coordenadas teóricas. Autores como Carlos Pereyra, Arnaldo Córdova o Roger Bartra, por mencionar sólo algunos, irrumpieron en la escena, planteando alternativas de discusión. La acogida de Gramsci y Althusser en tanto referentes teóricos, hizo parte de una disputa que buscaba reposicionar al marxismo, justo en el momento en que los exilios contribuían a pluralizar a dicha corriente en sus fuentes. Ello generó amplias respuestas por parte de intelectuales como Adolfo Sánchez Vázquez y Jaime Labastida, que al tiempo que disputaban los horizontes abiertos por Marx y Gramsci, también lanzaban severas críticas a los efectos teóricos que había generado la irrupción de Althusser, que desestructuraba tanto al humanismo como al historicismo. Por el lado de la política, la necesidad de crítica de la experiencia soviética y la revaloración de la democracia, fueron los elementos que movilizaron los intentos de renovación, coincidiendo en ello con las tendencias europeas encabezadas por franceses e italianos, aunque siempre en diálogo con la realidad mexicana y latinoamericana, en aquel momento saturada de regímenes asfixiantes de la libertad y la democracia.

Uno de los capítulos más llamativos es el de Rodolfo Suárez, que realiza una reflexión sobre “el comunismo y la cultura popular”, mediante un diálogo entre las obras cinematográficas de Chaplin y de Mario Moreno “Cantinflas”. En este último se extiende, profundizando en los diálogos y monólogos del filme Su excelencia. Mostrando los posibles flancos de lectura (su pasado en el teatro, su acercamiento al presidente Díaz Ordaz), observa las complejidades que se traman en la discursividad de la película aparecida en 1967. Su acercamiento permite, como decíamos, múltiples lecturas y expresa las dimensiones conflictivas al seno de la cultura para recibir/rechazar al comunismo. Con un estilo amable y una escritura ágil, este capítulo muestra tensiones de una forma original.

Los capítulos que no expresan privilegiadamente la dimensión trasnacional del comunismo son los de Víctor Jeifets y Lazar Jeifets, el de Massimo Modonesi y el conjunto entre Luciano Ecatl Concheiro y Ana Rodríguez. En estos tres capítulos el ritmo de la narración no expresa las tensiones entre una ideología de carácter universal y su recepción específica. El primero realiza una exposición detallada de la relación del comunismo con los primeros gobiernos de la revolución en los años 20. Al igual que otros, muestra las contradicciones y vaivenes de una política local que choca con designios internacionales. El sujeto central de la época es el campesino y es de hecho su organización un campo de disputa entre la naciente fuerza roja y los gobiernos locales, que se proclamaban como continuadores directos de la revolución. Sirve también el capítulo en dos sentidos, el primero para mostrar cómo viejos revolucionarios, gobernadores y diputados, simpatizaron con el comunismo y el segundo para observar la centralidad del mundo campesino y agrario como el espacio en donde se decidía el destino de la nación. Lo que los historiadores rusos señalan será muy importante para entender la forma en que el comunismo mexicano ganó relevancia en los años sesenta, nuevamente de la mano del movimiento campesino.

Por su parte, Modonesi explora los debates que se dan en medio de las transformaciones de las principales coordenadas de lo que se entendía por izquierda. Sobre la base de un amplio estudio documental, se observan los trayectos que concluyeron en la crisis del mote de socialista y abonaron al fortalecimiento de viejas corrientes nacionalistas, desplazadas del centro político-estatal. La transformación de la izquierda tendrá fuertes consecuencias, en la pérdida de identidad y en el abandono de un conjunto de directrices que durante décadas organizaron el sentido y vivencias de la militancia de izquierda.

El capítulo de Concheiro y Rodríguez expresa el recorrido de algunas de las publicaciones del comunismo en sus distintas expresiones. En el texto se exponen ejemplos muy dispares, como el de Futuro, la revista de Lombardo Toledano o ejemplos más contemporáneos como el de Punto Crítico, resultado de la explosión estudiantil de 1968. En un trabajo de larga data, los autores observan los vericuetos, dilemas y conflictos de una actividad que era central para todas las corrientes de izquierda. Y es que, en tiempos recientes, el horizonte cultural de las revistas ha sido explorado con mayor profundidad, aunque aún hay un atraso relativo frente a otros países.

El conjunto de los textos aporta en su objetivo: analizar los distintos pliegues que supone la existencia del fenómeno comunista. No nos encontramos frente a una historia acabada y cerrada, tampoco a una linealidad en la exposición. Nos coloca el libro frente a un conjunto variopinto de posibilidades de leer una historia compleja, abigarrada y muchas veces reprimida. Faltan por supuesto capítulos por escribirse, pero los trabajos que a aquí se presentan acompañan la labor que Barry Carr, Elvira Concheiro, Juan de la Fuente, Arturo Anguiano, entre otros, comenzaron hace algunas décadas. Se trata de una importante contribución rumbo al centenario de la fundación del PCM que seguramente suscitará el efecto de profundizar en periodos o perspectivas de la historia de nuestro país.

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