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Estudios de historia moderna y contemporánea de México

versión impresa ISSN 0185-2620

Estud. hist. mod. contemp. Mex  no.55 México ene./jun. 2018

http://dx.doi.org/10.22201/iih.24485004e.2018.55.63107 

Reseñas

Mariano Moreno y Andrés de Santa Cruz: contrastes entre dos líderes de las independencias hispanoamericanas. Natalia Sobrevilla Perea, Andrés de Santa Cruz, Caudillo De Los Andes, Lima, Instituto de Estudios Peruanos /Pontificia Universidad Católica De Perú, 2015. Noemí Goldman, Mariano Moreno, De Reformista a Insurgente, Buenos Aires, Edhasa, 2016

Roberto Breña1 

1 El Colegio de México, Ciudad de México, México.

Sobrevilla Perea, Natalia. Andrés de Santa Cruz, Caudillo De Los Andes. Lima: Instituto de Estudios Peruanos /Pontificia Universidad Católica De Perú, 2015.
Goldman, Noemí. Mariano Moreno, De Reformista a Insurgente. Buenos Aires: Edhasa, 2016.

Desde hace varios lustros la biografía está de regreso como un género legítimo de análisis histórico. En palabras de Noemí Goldman : “Hoy sabemos que la biografía dejó finalmente de ser la hermana menor de la historia -se despojó de la glorificación de los héroes y del puro anecdotario- para constituirse en un espacio legítimo de indagación sobre la relación entre experiencia y contexto histórico.”1 Natalia Sobrevilla dice algo similar cuando escribe lo siguiente al inicio de su biografía: “Esta es la historia de un hombre, pero también la de una época y un lugar. En efecto, esta historia de vida es un punto de entrada al mundo en el cual este hombre en particular vivió. Ella se ocupa más de la historia de la región en donde le tocó vivir que del relato personal del hombre.”2 Respecto a los líderes u hombres destacados de las independencias hispanoamericanas y de los primeros años de vida independiente, la lista de biografías más o menos recientes es muy larga, menciono solamente una decena: la de Iván Jaksic sobre Andrés Bello (2001, versión en inglés), la de Karen Racine sobre Miranda (2003, versión en inglés), la de Christopher Domínguez Michael sobre Mier (2004), la de John Lynch sobre Bolívar (2006, versión en inglés), la de Inés Quintero sobre Sucre (2006), la de John Lynch sobre San Martín (2009, versión en inglés), la de Carlos Herrejón sobre Hidalgo (2011), la de Fabio Wasserman sobre Castelli (2012), la de Klaus Gallo sobre Rivadavia (2012) y, por último, la de Carlos Herrejón sobre Morelos (2016).

A la lista anterior se suman los dos libros aquí reseñados: la biografía de Andrés de Santa Cruz a cargo de Natalia Sobrevilla (2015) y la de Mariano Moreno a cargo de Noemí Goldman (2016). En lo que sigue, por motivos cronológicos, me referiré primero a Moreno y después a Santa Cruz. Escribir una reseña sobre las biografías de ambos comprende no solo todo el periodo independentista, sino que nos lleva medio siglo más adelante, hasta 1865, año de la muerte del segundo. Como se verá en lo que sigue, estamos ante dos líderes de las independencias entre quienes existen muchos más contrastes que similitudes. Empezando por un hecho cronológico de no escasa importancia: Moreno murió a los 32 años, Santa Cruz a los 73. En términos ideológicos, el contraste también es notable; Moreno no solo fue uno de los primeros líderes en la América española en optar por una marcada independencia respecto a la metrópolis (aunque, contrariamente a lo que han planteado algunos historiadores, no me atrevo a denominarla “absoluta”), sino que también rápidamente adoptó una postura revolucionaria. El caso de Santa Cruz es muy distinto: luchó más de 10 años del lado realista. Por otro lado, una vez lograda la independencia de Perú y de Alto Perú, se resistió siempre a dejar de considerarse peruano y de alguna manera nunca dejó de participar en la política peruana, a pesar de haber nacido en La Paz (su madre era hija de un noble inca). No fue sino hasta que Sucre fue asesinado en 1828 que Santa Cruz se convirtió en presidente de Bolivia, pero su éxito político más importante sería una muestra más de su amor al Perú: la Confederación Perú-Boliviana, que tendría muy corta vida (1836-39) y cuyo fracaso, como veremos más adelante, terminaría provocando el primero de los varios exilios de Santa Cruz.

Comienzo pues con Mariano Moreno. Se ha escrito mucho sobre el periplo, supuestamente sin escalas, entre Moreno el ilustrado y Moreno el insurgente. Como el libro de Goldman lo muestra, estas trayectorias son siempre bastante más accidentadas. La Universidad de Chuquisaca nunca fue el paraíso ilustrado que cierta historiografía ha sugerido o sugiere. El clima podía ser reformista, sin duda; se podía tener acceso a ciertos libros prohibidos, sin duda. Ahora bien, junto a Montesquieu y a algunos enciclopedistas, Moreno leyó con fruición a autores como Bossuet, Fleury y D’Aguesseau, quienes distan bastante del enciclopedismo. Además, para cuando Moreno pasó por las aulas de dicha universidad (1800-1804), la corona española llevaba más de una década prohibiendo a los autores ilustrados por su supuesta vinculación con los acontecimientos revolucionarios que se habían desencadenado en Francia en 1789. Es cierto, como se ha repetido infinidad de veces, que ese “cordón sanitario-intelectual” no fue del todo efectivo, pero esto es casi una perogrullada si pensamos que estamos en las postrimerías del siglo XVIII. Lo importante, sin embargo, es que en términos generales el ambiente en las universidades peninsulares y americanas no solo distaba de ser un ambiente en el que predominara el pensamiento ilustrado, sino que más bien se puede decir lo contrario a partir de 1789.

La segunda mitad del libro de Goldman está dedicado a Moreno como líder insurgente. Concretamente a los casi siete meses durante los que fungió nada menos que como Secretario de Guerra y Gobierno de la Junta Provisional Gubernativa. El celo revolucionario de Moreno está fuera de duda, tanto en el contexto del Río de la Plata como hispanoamericano en general. Las precisiones, sin embargo, nunca están de más, como lo sabe bien Goldman, una autora que ya lleva muchos años estudiando el pensamiento político de Moreno (su libro El discurso como objeto de historia fue publicado en 1989). En primer lugar, Moreno no es el autor del célebre Plan de operaciones, como mostró de forma convincente Diego Javier Bauso en Un plagio bicentenario, publicado en 2015, y como Goldman concluye también en su libro. En segundo, la libertad de prensa pregonada por Moreno tenía límites muy claros, pues -en sus propias palabras- debía detenerse ante todo asunto “que no se oponga en modo alguno a las verdades santas de nuestra augusta Religión, y a las determinaciones del Gobierno, siempre dignas del mayor respeto”.3 En tercero, Moreno no tradujo el Contrato social de Rousseau. O, en todo caso, solo tradujo ciertos pasajes, pues se inspiró sobre todo en la edición española de 1799. Esto no niega, por lo demás, como señala Goldman, que la primera edición americana del Contrato haya sido la de Moreno y que ésta fue la que tuvo más difusión en Hispanoamérica.

Por último, en relación con el liberalismo peninsular y dado que algunos autores tienden a minimizar su influjo en la América española (más aún en el Río de la Plata), conviene no olvidar su presencia y su importancia para Moreno, tal como Goldman lo refiere en el capítulo IV. La “revolución” peninsular llenó al mundo hispánico de “ideas liberales”, las cuales, nos dice, “empezaron a familiarizarse entre nosotros” (todos los entrecomillados son de Moreno). A este proceso de familiarización contribuyó el joven secretario de Guerra y Gobierno, pues en la Gazeta de Buenos Ayres fueron publicados varios textos de origen peninsular, entre ellos uno que Goldman destaca y cuyo título es muy largo, por lo que solo refiero aquí su primera parte: “Pensamiento de un patriota español para evitar los males de una anarquía o la división entre las provincias...”. Más allá de la pertinencia de este escrito para los objetivos políticos de Moreno y su grupo, el insurgente porteño destaca su importancia respecto a un tema en particular: “la relación entre libertad y capacidad de la comunidad nacional para proceder a una operación constitucional de envergadura”. En su presentación de este escrito, Moreno no solo enfatiza la importancia de los pueblos a ambos lados del Atlántico (con la connotación de soberanía popular a la que Goldman hace referencia en el capítulo III), sino también a las cortes nacionales, las únicas legitimadas desde su punto de vista para fijar una constitución que proteja los “derechos naturales” (estos son, la libertad, la igualdad, la propiedad y la seguridad). Al respecto, Goldman escribe: “Moreno hace suyos, en forma selectiva, estos nuevos principios, para mostrar que la convocatoria a un congreso es legítima y sigue los pasos de lo actuado por las juntas españolas...”. Es Moreno quien advierte, sin embargo, que estas juntas “no serán la única guía de...nuestros [pasos]”; una expresión que, por sí sola, da una idea de la presencia e importancia de los acontecimientos y de las ideas políticas peninsulares en el Río de la Plata durante el primer año del proceso emancipador en esa región.4

La incorporación de los “diputados” enviados por las provincias del interior del Virreinato a la Junta significó el fin de Moreno como ariete revolucionario, pues su peso se vio reducido drásticamente de un día para otro. Las consecuencias no se hicieron esperar: el propio Moreno quien presentó su renuncia con carácter de irrevocable. Su celo, sus decisiones y su ímpetu le habían granjeado ya muchas enemistades, tanto al interior como al exterior de la Junta, por lo que su decisión debe verse como resultado final de un proceso político que, como su hermano Manuel consignó en la biografía que escribió de su hermano, había resultado agotador, pues lo había dejado agotado físicamente y en un estado de salud lamentable.

Moreno acepta entonces ser enviado en misión diplomática a Londres. Nunca llegará a su destino, pues perdió la vida en el trayecto. Murió en la madrugada del 4 de marzo de 1811. “Esa misma tarde su cuerpo iba a ser depositado en el mar envuelto en una bandea inglesa.”5 En cuanto al supuesto envenenamiento del que fue objeto, Goldman, con la claridad y el sentido histórico que caracterizan todo su libro, muestra que no hay evidencia conclusiva al respecto. Otra cosa es que sus contemporáneos se hayan creído el rumor del envenenamiento a pie juntillas (lo mismo se puede decir de algunos autores actuales proclives a las teorías conspirativas). En todo caso, aquel 4 de marzo, como lo señala Goldman al final de su libro, se inicia uno de los grandes mitos revolucionarios de las guerras hispanoamericanas de independencia. Un mito que descansa, más que en ningún otro elemento se puede decir siguiendo a Goldman, en la noción de que la revolución rioplatense había quedado trunca.

Son pocos las objeciones que se pueden poner a una biografía tan bien concebida, armada y escrita como Mariano Moreno, de reformista a insurgente. Señalo solamente una, el de la noción de “patriotismo criollo”, que llamó mi atención no solo por la cantidad de veces que aparece en el libro, sino sobre todo por la aceptación acrítica de una noción que si bien ha tenido enorme predicamento durante muchos años, de un tiempo a esta parte ha mostrado sus debilidades para acercarse al periodo independentista. Creo que este concepto, acuñado por David Brading a principios de los años setenta en su libro Los orígenes del nacionalismo mexicano, y desarrollado en su monumental Orbe indiano, puede ser útil en el ámbito literario-cultural, pero se vuelve bastante problemático cuando se le trasplanta al campo de la política (no digamos a la política en tiempos revolucionarios). Entre otros motivos, por la carga teleológica que contiene. Para Brading, el patriotismo criollo es una “tradición” cuya ambigüedad el autor reconoce explícitamente en Orbe indiano. No obstante, este carácter ambiguo no le impidió convertir a dicho patriotismo en el hilo conductor o leitmotiv de un libro que cubre casi cuatro siglos de historia americana. En mi opinión, la pura extensión cronológica y la inclusión de una cantidad notable de autores con inclinaciones científico-literarias e intereses ideológico-políticos notablemente diversos dentro de dicha “tradición” debiera hacernos más cautos respecto a esta categoría. Más aún, insisto, cuando entramos al periodo revolucionario de la América española.

Como ya señalé, la trayectoria política e ideológica de Andrés de Santa Cruz es muy distinta a la del insurgente y revolucionario porteño. El hecho de que Santa Cruz sea un héroe emancipador poco estudiado tiene que ver con un elemento señalado por Natalia Sobrevilla en la introducción: el Alto Perú no es uno de los territorios americanos al que se le haya dedicado mucha atención historiográfica. A esto se añade el hecho de que, como lo sugiere la autora enseguida, Santa Cruz se movió entre Perú y Bolivia de manera tal que terminó por no pertenecer cabalmente a ninguno de los dos panteones de estas dos naciones o, para decirlo en las palabras que usa la autora en el epílogo, Santa Cruz ocupa hasta la fecha “una extraña suerte de limbo”. A este respecto, pesa notablemente el hecho de que Santa Cruz parece nunca haberse decidido del todo por uno de los dos países. Su corazón, hasta donde se puede ver en este libro, estuvo siempre dividido entre Perú y Bolivia.

En la introducción, la autora hace un planteamiento que se convierte en una especie de hilo conductor y al que volveré más adelante: qué significa ser “caudillo” en el contexto andino del siglo XIX. Por lo pronto, señalo una característica que la autora destaca del caudillismo andino por contraposición con el caudillismo de las pampas: el primero está íntimamente vinculado al constitucionalismo. Un vínculo que Sobrevilla rastrea hasta las elecciones de las Cortes de Cádiz y, más concretamente, a la Constitución de 1812. La otra influencia que la autora refiere en este sentido es Bolívar, quien pensaba que las nuevas entidades políticas debían ser creadas de la mano de documentos constitucionales. A este respecto, sin embargo, cabe apuntar la opinión negativa que “El Libertador” siempre tuvo respecto a las elecciones. Una opinión que, por cierto, Santa Cruz compartiría y que se reforzaría, al igual que en el caso de Bolívar, con el paso del tiempo. De aquí, en parte, las propuestas de ambos en el sentido de proponer ejecutivos vitalicios y concentradores del poder.

Ya mencioné el hecho de que Santa Cruz luchó durante más de una década del lado realista. Esto no obstó para que menos de un año después de haberse pasado a las filas patriotas San Martín le diera un mando con el mismo rango que había tenido en el ejército realista. Poco tiempo después Santa Cruz pasaría a las órdenes de Bolívar y se convertiría en un bolivariano convencido (no solo en términos constitucionales). En agosto de 1824 tuvo una participación destacada en la batalla de Junín, aunque no participó en Ayacucho cuatro meses más tarde (la batalla que, como es sabido, pone prácticamente fin a las guerras de independencia en la América española).

Una vez terminadas las luchas independentistas, Santa Cruz intentó mantenerse activo en la política peruana. Tanto así que en el año mismo en que Bolivia obtiene su independencia, 1826, asumió el gobierno del Perú en nombre de Bolívar. No será sino hasta 1828 que una situación extraordinaria ya referida (el asesinato de Sucre) lo convierta en presidente del nuevo país (Santa Cruz sería reelecto presidente de Bolivia en 1835). La primera administración de Santa Cruz fue tan eficiente que Sobrevilla habla de un país “irreconocible”: “Bolivia se había convertido en un país rico, fuerte y organizado, y que tenía un ejército mejor preparado [respecto al peruano].”6 En su segunda administración, Santa Cruz decidió llevar a cabo el sueño que había acariciado desde mucho antes: la unión de Perú y Bolivia. Con el apoyo de la parte sur del Perú y de La Paz, Oruro y ciertos sectores potosinos en Bolivia (es decir, con la falta de apoyo de muchos peruanos y muchos bolivianos), Santa Cruz logró hacer este sueño realidad en 1836. Su duración, sin embargo, fue fugaz: solo tres años. El motivo principal fue la oposición absoluta del gobierno de Chile y la invasión del territorio de la Confederación por parte del ejército de esa nación. A consecuencia del sonado fracaso militar ante los chilenos, Santa Cruz se exiliaría primero a Ecuador. En 1843 intentó regresar a Bolivia, pero fue capturado en Perú. Estuvo preso algún tiempo en Chile, pero terminaría siendo exiliado a Europa en 1845. 10 años más tarde, después de ser ministro plenipotenciario de Bolivia en Francia, Bélgica, Gran Bretaña, España y el Vaticano, Santa Cruz intentaría otra vez ser presidente, pero fue derrotado (en parte porque tuvo que hacer su campaña política desde Argentina). Regresó entonces a Francia por última vez y murió el 25 de septiembre de 1865. A pesar de que su final es muy distinto al de Moreno, en términos vitales y políticos su (trágico) destino no es muy distinto al de la enorme mayoría de los grandes líderes independentistas hispanoamericanos. Empezando con Bolívar, la nómina es muy larga: San Martín, Artigas, O’Higgins, Monteagudo, Hidalgo, Sucre, Morelos, Rivadavia, Guerrero, Belgrano, Iturbide, Zea... y en el contexto peruano, Torre Tagle, Riva Agüero y Gamarra (por nombrar a tres protagonistas del periodo estudiado por Sobrevilla en su libro).

Todas las peripecias vitales, militares y políticas de Santa Cruz son narradas por la autora de manera tal que hacen de esta biografía una lectura no solo amena, sino interesante e instructiva en más de un sentido. Sobre todo porque muestra algunas de las particularidades políticas y sociales de una región de la América española a la que, como quedó dicho, los historiadores dedicados al conjunto de los procesos independentistas hispanoamericanos hemos prestado escasa atención.

En el epílogo, la autora regresa a la cuestión del caudillismo y más particularmente del caudillismo andino. Ella misma refiere como el propio Santa Cruz se dio cuenta de las desventajas de realizar elecciones bajo contextos inciertos y refiere también cómo no dudó en participar en el golpe de estado contra el presidente Torre Tagle en 1823 y cómo tampoco dudó en interrumpir el orden constitucional en Perú en 1828 para enfrentar el motín de las tropas colombianas. Aun así, con base en Santa Cruz, Bolívar, Gamarra y Salaverry la autora establece una equivalencia entre caudillismo andino y constitucionalismo que se antoja un tanto ingenua. Algo similar se puede decir, me parece, del carácter entre anticipador y ahistórico que es posible percibir en algunos de los planteamientos de Sobrevilla respecto al caudillismo. Al final del primer capítulo, por ejemplo, alude al hecho de que Santa Cruz siempre le dio mucha importancia al entrenamiento y modernización del ejército y enseguida agrega: “La cuestión de si esto lo hizo un caudillo o era algo que no le resultaba directamente relevante, puesto que él se consideraba parte de una institución que tuvo su origen en el interior del ejército del Alto Perú, con el cual se formó entre 1809 y 1819.”7 Más adelante, al final del capítulo cinco, se refiere al enorme logro político que significó la Confederación Perú-Boliviana para Santa Cruz e inmediatamente después escribe: “Santa Cruz ahora realmente se había convertido en el caudillo de los Andes…”.8 Por último, en el epílogo, se puede leer la afirmación siguiente: “Santa Cruz encarna al caudillo andino.”9 No creo que el caudillismo andino sea un caudillismo peculiar, ni que su vinculación con el constitucionalismo lo desmarque de muchos otros caudillismos. Puede contrastar sin duda con la historia rioplatense y argentina del periodo, tal como plantea la autora en la introducción, pero no veo sus peculiaridades cuando se le compara, por ejemplo, con el caudillismo centroamericano o novohispano/ mexicano. Por lo demás, me parece que Santa Cruz es un personaje lo suficientemente interesante, complejo y ambiguo como para no necesitar encarnar por sí mismo o ser el epítome de ningún caudillismo específico. Por último, cabe apuntar que la categoría “caudillo” (o “caudillismo”) es tan maleable y depende tanto de los objetivos que pretenda alcanzar el historiador en turno, que con relativa frecuencia resulta menos iluminadora de lo que cabría pensar.

Dicho lo anterior, creo que tanto la biografía de Sobrevilla como la de Goldman son contribuciones importantes a la historiografía sobre el periodo independentista hispanoamericano y sobre las primeras décadas de vida independiente. En el caso de la primera por motivos que se pueden colegir de algunos aspectos ya mencionados, pero también por un elemento más que ambas biografías muestran bien y que la historiografía tiende a no enfatizar lo suficiente (el peso, supongo, de la llamada “historia de bronce”): con demasiada frecuencia, los peores enemigos de algunos líderes y proyectos americanos no fueron los españoles peninsulares sino otros líderes y otros intereses americanos. Tanto la historia peruana como la boliviana revisadas por Sobrevilla en su libro son una muestra palpable de lo aquí dicho. Algo similar se puede decir, por cierto, de la fugaz trayectoria del insurgente revolucionario que estudia Goldman en el suyo. Casi desde el principio de la lucha emancipadora, Moreno se preocupó más de algunos de sus “correligionarios” que del ejército peninsular (un ejército que, dicho sea de paso, no pisó el corazón del Virreinato del Río de la Plata a lo largo de toda la contienda independentista).

Bibliografía

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Goldman, N. (2016). Mariano Moreno, de reformista a insurgente. Buenos Aires: Edhasa. [ Links ]

San Martín (1953). Epistolario selecto. Buenos Aires: W.M. Jackson Inc. Editores. [ Links ]

Sobrevilla Perea N. (2015). Andrés de Santa Cruz, caudillo de Los Andes. Trad. de J. Flores Espinoza, Lima: Instituto de Estudios Peruanos/Pontificia Universidad Católica de Perú. [ Links ]

Sobrevilla Perea, N. (2011). The Caudillo of the Andes (Andrés de Santa Cruz). Cambridge: Cambridge University Press. [ Links ]

Ternavasio, M. (2007). Gobernar la revolución. Poderes en disputa en el Río de la Plata, 1810-1816. Buenos Aires: Siglo XXI. [ Links ]

Ternavasio, M. (2015). Candidata a la Corona. La infanta Carlota Joaquina en el laberinto de las revoluciones hispanoamericanas. Buenos Aires: Siglo XXI. [ Links ]

1 Goldman (2016, p. 12). Lo cual no quiere decir, por cierto, que no se sigan escribiendo biografías de los héroes de las independencias hispanoamericanas en tono hagiográfico. Para no ir más lejos, véase la biografía relativamente reciente de otro gran héroe de la independencia argentina, Manuel Belgrano, escrita por Miguel Ángel de Marco (2012). Lo cual es una lástima porque Belgrano es un personaje interesantísimo. Alguna vez San Martín se refirió a él como “lo mejor que tenemos en América del Sur”. San Martín (1953, p. 7).

2 Sobrevilla (2015, p. 11). Este libro es la traducción, a cargo de Javier Flores Espinoza (2011).

4Todas las citas en este párrafo se pueden leer en Goldman (2016, pp. 215-216). Por cierto, dicha presencia y dicha importancia van más allá del periodo 1810-11; al respecto, véase Ternavasio (2007) en donde se puede leer: “...todo parece conducir a que la experiencia gaditana tuvo una fuerte presencia en el proceso revolucionario rioplatense.” (p. 261, nota 198). Ternavasio, por cierto, es la autora de otra biografía notable de este periodo que apareció hace poco: Candidata a la Corona. La infanta Carlota Joaquina en el laberinto de las revoluciones hispanoamericanas.

6 Sobrevilla Perea (2015, p. 156). A lo largo del libro la autora insiste, quizás demasiado, en la enorme capacidad organizativa de Santa Cruz en términos militares.

8 Sobrevilla Perea (2015, p. 220) (las cursivas son mías).

9 Sobrevilla Perea (2015, p. 263). El original en inglés (p. 221) dice: “Santa Cruz epitomized the Andean caudillo.”

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