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Estudios de historia moderna y contemporánea de México

versión impresa ISSN 0185-2620

Estud. hist. mod. contemp. Mex  no.42 México jul./dic. 2011

 

Reseñas

 

Ariel Rodríguez Kuri, Historia del desasosiego. La Revolución en la ciudad de México, 1911-1922

 

Gerardo Martínez Delgado*

 

México, El Colegio de México, 201, 228 p.

 

* Instituto de Investigaciones Doctor José María Luis Mora Doctorado en Historia Moderna y Contemporánea.

 

Inscrito dentro de una consistente tarea de estudiar la historia de la ciudad de México que el autor emprendió hace casi veinte años y que ha dado importantes frutos, su libro Historia del desasosiego. La Revolución en la ciudad de México, 1911-1922 mantiene una línea en la que la historia urbana es entendida fundamentalmente desde la perspectiva político-administrativa, de los actores y la ocupación de los espacios, e introduce, adicionalmente, la preocupación por la Revolución en un sentido contrarrevisionista (para hacer notorio su impacto, para mostrar que, como otras, fue un "verdadero acto fundacional de la sociedad política"), pensada más allá de sus límites nacionales, comparada con sus referentes internacionales y más cercana a los revolucionados que a los revolucionarios.

Aunque en el estilo narrativo de Rodríguez Kuri difícilmente se encontrará un hilo cronológico estricto, combinándose más bien lo "indicativo" y lo "sintomático", momentos, análisis, descripción y reflexiones teóricas, no es difícil sin embargo para el lector encontrar el sentido a lo largo de las páginas. El centro de la argumentación parece descansar en los capítulos tercero y cuarto, que se ocupan del "largo mil novecientos quince", el tiempo de la crisis, el desabasto, la desorganización y la degradación de la capital del país en medio de las disputas entre ejércitos en la guerra civil. Antes, los capítulos uno y dos muestran el preámbulo del caos: los días del maderismo, el papel de la prensa como contrarrevolucionaria, como desestabilizadora del gobierno, pero también como un testigo privilegiado que se interesaba por "todos los detalles de la vida cotidiana de la gran ciudad"; y los días del huertismo, de la militarización, de la Decena Trágica. Después, en el quinto y último capítulo, se aterriza en 1922 para estudiar un episodio, el del motín que tuvo lugar en noviembre de ese año, y evaluar en él sus posibles ingredientes político-urbanos: el descontento popular por el desabasto de agua, las pugnas partidistas, la vulnerable figura del Ayuntamiento y los posibles cambios en la cultura política de la población, que, tras su experiencia en los días de la revolución, habría aprendido una nueva forma de relacionarse con el poder, más directa y activa.

Que la revolución fue una experiencia decisiva en la historia de la ciudad de México es la tesis principal que se propone y que se fortalece a lo largo del libro, a través de estrategias teóricas, metodológicas, de uso de fuentes y de olfato de historiador. Alejado de la "historia exhaustiva", Rodríguez no sólo busca en lo indicativo sino que quita el foco a ciertos aspectos más espectaculares y más explorados del impacto que sufrió la ciudad en la segunda década del siglo XX (como la Decena Trágica), para ponerlo sobre su funcionamiento, con rutas más difíciles, menos superficiales y más ilustrativas: la de los mecanismos de abasto o las implicaciones que la estrategia militar imponía en los momentos de ocupación.

Contrariamente a lo que se suele pensar, por ejemplo, se hace recurrentemente claro en las páginas del libro que la capital del país, con todo y su peso político, simbólico, económico o demográfico, resultaba secundaria en la escala de prioridades de los grupos revolucionarios. Era importante controlarla, pero no siempre valía la pena hacerlo, como mostró Venustiano Carranza cuando prefirió atrincherarse en Veracruz y dejar la ciudad de México en manos de los convencionistas. Más aun, la ciudad a veces cobraba más de lo que redituaba; ocuparla significaba administrarla, asegurar su funcionamiento, y para ello casi nunca se tenía capacidad o interés. Si en la lucha se podían conseguir otros sitios de control y centralidad, la capital y sus habitantes quedaban, en todo caso, como un elemento más de la guerra que podía usarse a conveniencia.

Tampoco importaban el escenario y la gente. Con atino, el autor lanza la hipótesis según la cual Victoriano Huerta hizo de la ciudad a principios de 1913 su campo para un experimento de terror, para una guerra psicológica que, desgastando a sus pobladores, preparara y justificara "ante la opinión pública nacional y los gobiernos extranjeros la defenestración de un gobierno legal".

Siguiendo sus intereses historiográficos, el autor acierta en mostrar, también a lo largo del libro, la fragilidad del Ayuntamiento, su suerte adversa en todo momento. En 1903 el gobierno de Porfirio Díaz había dejado a los 13 Ayuntamientos del Distrito Federal sin personalidad jurídica, como simples órganos consultivos. En septiembre de 1914 Carranza le reintegró su estatus, en correspondencia con su bandera municipalista, pero apenas en agosto de 1915 él mismo regresó al Ayuntamiento de México a su limitada posición, suprimió su autonomía, "sustrajo oficinas y rentas" y aseguró para sí el control de los asuntos de la ciudad. Antes y después, el Ayuntamiento y sus miembros se mantuvieron en total inestabilidad: en junio de 1915, los regidores estaban en medio de varios fuegos: el ejército zapatista les ordenó amenazante que en toda correspondencia oficial debían incluir su lema "Reforma, libertad, justicia y ley", pero sólo algunos se inclinaban a obedecer, mientras otros sugerían que se escribiera "Constitución y reforma", según el lema villista, u otros razonaban que sería mejor, como finalmente se decidió, que el lema en la correspondencia fuera "municipio libre".

Con la revisión paciente de las actas de cabildo, se recupera el ambiente cotidiano de desorden en que vivía el Ayuntamiento, el órgano que debía velar por el orden de la ciudad: que si unos u otros lo querían desaparecer, que si se demandaba que renunciaran sus miembros, que si otros pedían que se quedaran, que si se discutía en su interior si podían tomar medidas para intervenir en el comercio (alguien sugirió que a las panaderías se les impidiera hornear pasteles y que la poca harina disponible se aprovechara mejor) o no les correspondía. La crisis de 1914 y 1915, subraya Rodríguez, "fue también una crisis ideológica sobre la manera de concebir y ejercer el gobierno de la ciudad".

Ocupada preferentemente de los momentos de grandeza de las ciudades, de sus cambios físicos, evidentes, de su crecimiento, la historia urbana suele reparar menos en las permanencias o en las alteraciones básicas de su funcionamiento. Siguiendo estas últimas implicaciones, Ariel Rodríguez desnuda a la ciudad de México durante la Revolución, la muestra frágil, como suele ser cualquiera otra en una contingencia, en un momento inesperado o en el contexto de una condición general de violencia. Sujetas a equilibrios vulnerables, las ciudades pueden ponerse de cabeza en un momento, desatando una serie de calamidades de gran impacto para los ritmos de la vida cotidiana.

Como pocos, el estudio del abasto, o en este caso del desabasto, es sensible a los estragos que una crisis causa en la población de una ciudad. De ello se ocupa el capítulo cuarto, donde se identifican bien seis elementos explicativos del caos: 1) en un primer momento, un asunto no menor, la desarticulación del Estado porfiriano; 2) la pérdida de la centralidad política de la capital, cuando quienes se disputaban el poder pusieron en juego otras estrategias de control territorial y político que volvió secundario el centro tradicional; 3) el desquiciamiento del sistema monetario provocado por la emisión indisciplinada de billetes de las distintas facciones; 4) la afectación en la producción agrícola, ganadera y de los recursos que en situaciones normales estaban destinados, en muy distintas regiones, a proveer las necesidades de la capital y que, por la propia condición de guerra o factores naturales, se vio reducida; 5) la desarticulación del sistema de transporte y distribución, es decir, la afectación de las vías, carros y locomotoras sobre las que descansaba ya entonces la transportación de un importante número de productos; 6) el abuso, en medio del descontrol, de parte de comerciantes que especulaban con los escasos artículos disponibles.

Al final de la larga cadena se añadían dos factores más para desestabilizar el abasto cotidiano: la fuerte demanda que implicaban los miembros de los ejércitos que sucesivamente ocupaban la ciudad, cuyo número solía ser significativo y, la desarticulación del comercio al menudeo, ese eslabón menospreciado pero definitivo para asegurarle aliento a la vida urbana. Al dar seguimiento a toda la cadena y discutir —con mayor o menor intensidad— con otros autores el impacto particular de cada elemento explicativo, el autor va poniendo de relieve los alcances de la crisis, vistos más allá de las alteraciones que imponían las balas.

Entre los muchos temas pertinentes que se siguen con acierto en el libro hay uno más que interesa destacar. Se trata de la relación establecida entre la ciudad y las formas de su ocupación, que el autor analizó detalladamente en planes y tratados militares, particularmente en las dos actas del de Teoloyucan, "que organizan y detallan la rendición de la ciudad de México y la desmovilización y disolución del ejército federal" en las plazas no tomadas por los constitucionalistas en agosto de 1914. Lo que el autor supo examinar en esos documentos son los cálculos políticos y militares que estaban en juego, el termómetro y la lectura que cada bando hacía del ambiente en la ciudad, de las posibilidades de parque y abasto que se podían tener para resistir un enfrentamiento ("la guerra suele ser el ambiente", dice). El 12 de agosto, por ejemplo, Eduardo Iturbe —encargado de la Policía y el Gobierno del Distrito Federal por el mandato de Francisco Carvajal, el presidente interino tras la renuncia de Huerta— le pidió garantías a Álvaro Obregón —comisionado por Carranza para ocupar la ciudad— pues temía por "las fuerzas desenfrenadas de la plebe", deseosa de "saquear y robar".

En una suerte de búsqueda de reivindicación de la historia militar, cada vez menos frecuentada por los historiadores contemporáneos, tan poco familiarizados con los afanes de los campos de batalla, Rodríguez Kuri avanzó en el aprovechamiento de sus fuentes para construir una serie de planos de la región circundante a la ciudad de México, a través de los cuales logra demostrar en el capítulo tercero asuntos muy significativos. En primer lugar, la vulnerabilidad "geográfica" de la ciudad. En segundo lugar, la necesidad —que se pasa por alto por los no iniciados, pero no por los actores del momento— de buscar la ocupación de la capital con un juego que considerara "los requerimientos estratégicos y geopolíticos más amplios de la guerra, y no sólo por el valor 'simbólico' de la ciudad"; de esa forma lo planearon los constitucionalistas entre julio y agosto de 1914, posicionándose en "un gran arco que va de Toluca a Orizaba, pasando por la ciudad de México y Puebla", para proteger la retaguardia y enfilarse a la capital. Los planos también ilustran muy claramente los lugares y los medios que estaban en juego en los alrededores de la ciudad para dominarla o acosarla, como lo hicieron en repetidos momentos los zapatistas, librando batallas en los puntos medulares: en las vías de ferrocarril, en los lagos, ríos y en la infraestructura clave para el abasto de agua y víveres.

Frente a los excelentes y bien trabajados planos de la región, se extrañan los planos de la ciudad, que aquí y allá habrían permitido estudiar aspectos decisivos de la narración: es el caso de los puntos básicos para el abasto (estaciones de ferrocarril, mercados, etcétera), como el del sistema de agua, sus alcances y cobertura en la ciudad de 1922, a propósito de las fallas que se presentaron y que para el autor son definitivas en la explicación del motín de noviembre de ese año. Respecto de este episodio, Rodríguez supone que la suspensión del servicio de bombeo afectó a un número importante de capitalinos, entre ellos los de las clases populares, quienes se habrían manifestado y protagonizado un violento motín; sus argumentos, que a veces se antojan frágiles, podrían haberse reforzado —en su caso— con un plano urbano que mostrara si la suspensión del sistema efectivamente afectaba a quienes se presupone.

Otro caso que podría haber ameritado un mejor tratamiento es el que se aborda en el capítulo cuarto, cuando se detiene en uno de los problemas más graves del desabasto de la ciudad hacia finales de 1914 y el primer semestre de 1915. A partir de una carta que un grupo de panaderos dirigió al presidente convencionista Eulalio Gutiérrez, denunciando el "terrible monopolio" que al parecer mantenían varios españoles con la harina, Ariel Rodríguez se inclina a pensar que ésta no era sino una manifestación xenófoba, la identificación de un enemigo beneficiario "de las penas de la gente", natural "en situaciones de crisis". Curiosamente, el testimonio desestimado se complementa bien con otros que el propio autor añade, como el de las evidencias de un número considerable de españoles involucrados en otros dos negocios estratégicos: las casas de empeño y el abasto de carne. Mejor que negar el indicio empírico con elucubraciones teóricas, habría convenido transformar el testimonio en un problema historiográfico y ahondar en el fondo del asunto, es decir el posible acaparamiento, más que en lo secundario, la nacionalidad de los acaparadores.

Por otro lado, y como se demuestra suficientemente a lo largo del libro, no queda ninguna duda del impacto que para la ciudad y sus ciudadanos significó la experiencia de la Revolución, el primer gran objetivo del autor. El otro gran propósito queda más sujeto a la evaluación del lector: "Sugiero —dice—, como han hecho apenas unos pocos estudios, que la Revolución supuso un momento fundacional para la experiencia urbana, sobre todo en términos de la gestación de una nueva cultura política: nuevos valores, nuevas actitudes, nuevas prácticas. El cambio esencial se habría dado en las prácticas de interlocución política". Desde nuestro punto de vista, parece más una cuestión de acentos: en el título del libro, por ejemplo, el énfasis está puesto en la Revolución, es la Revolución en la ciudad, no la ciudad durante la Revolución: ¿se trata de una experiencia que para la ciudad es desde luego extraordinaria, de guerra, de una fuerza asombrosa pero más limitada a su tiempo, o de una impronta definitiva para el futuro de las formas en que sus ciudadanos se relacionan con el poder? Los nuevos códigos a los que se refiere Rodríguez Kuri tienen que ver con "solicitar tarjetas de racionamiento, formar largas filas en los expendios [...] denunciar la corrupción [...] leer los periódicos para enterarse de la llegada de alimentos", todos los cuales aparecen efectivamente como nuevos, pero circunscritos al momento excepcional. Después de todo, la idea de fondo del autor es que es inaceptable "la hipótesis de una revolución que viene y va, y deja la ciudad incólume", y ésa se demuestra con creces.

Finalmente, en el proceso de construcción de conocimiento, el libro avanza y marca vetas interesantes por explorar con mayor profundidad, como ese sugerente divorcio entre la ciudad de México y los revolucionarios norteños, el "fascinante síndrome de la emotividad anticapitalina", o para la identificación detallada y evaluación del impacto que debieron causar los exiliados "de relevancia política, burocrática, militar o eclesiástica" que dejaron la ciudad en sus momentos más álgidos. En su tono abierto, por lo demás, la escritura de Ariel Rodríguez recuerda y revalora casi en todo momento la posibilidad del lector de conversar con el autor, de seguir, comprobar, entender, disentir y ampliar sus ideas.

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