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Estudios de historia moderna y contemporánea de México

versión impresa ISSN 0185-2620

Estud. hist. mod. contemp. Mex  no.41 México ene./jun. 2011

 

Artículos

 

Las pintas de la sirvienta. El tifo y el temor a los pobres en la ciudad de México, 1874-18771

 

The servant's spots typhus and fear of the poor in Mexico City, 1874-1877

 

Daniel Herrera Rangel*

 

* Realizó estudios de licenciatura en Historia en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y es candidato a maestro en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México. Su correo electrónico es: sr_tijuana@hotmail.com.

 

Resumen

Tomando como objeto de estudio el brote epidémico de tifo exantemático que conmocionó la vida de la ciudad de México entre 1874 y 1877, el artículo parte desde el enfoque de la historia sociocultural de la enfermedad, para aventurar una mirada a la manera en que eran percibidas las clases bajas por las elites hacia las décadas finales del siglo XIX. Los médicos y la opinión pública, en su lucha por combatir el tifo, un mal culturalmente asociado a la miseria y a la suciedad, focalizarán su temor y su atención sobre los pobres, haciéndolos responsables de la epidemia y estigmatizándolos por su supuesta ignorancia, su falta de aseo y su inmoralidad, lo que alentará severas medidas en su contra.

Palabras clave: tifo, epidemia, estigma, pobreza, vecindad, lépero, higiene.

 

Abstract

Taking the epidemic outbreak of exanthematic typhus that caused an upheaval in Mexico City life between 1874 and 1877 as its object of study, the article begins by exploring the socio-cultural history of the disease before focusing on the way the lower classes were perceived by the elite towards the end of the nineteenth century. Doctors and public opinion, in their fight to combat typhus, a disease culturally associated with poverty and dirt, focused their fear and attention on the poor, making them responsible for the epidemic and stigmatizing them for their supposed ignorance, lack of hygiene and immorality, which led to severe measures against them.

Key words: typhus, epidemic, stigma, poverty, slum, low class person, hygiene.

 

[...] y las noches y días henchidos
por todas partes del grito interminable
de los hombres [...]

ALBERT CAMUS, La peste

 

Pues bien; los miserables de entonces tienen aún herederos,
que obligados, ya no por el odio sino por la
indiferencia de la gran ciudad, se arrastran a sus orillas
llevando una existencia, que abrevian por fortuna,
el aire malsano, el hambre y la intemperie.

IGNACIO ALTAMIRANO,
Una visita a la Candelaria de los Patos

 

Allá por 1878, los lectores de El Siglo Diez y Nueve podían disfrutar de la columna semanal "El lunes de Fidel". En la del 17 de agosto, su autor comentaba lo que había sucedido en una de esas casas de buena familia cuando la criada había caído enferma. Doña Facha, la señora de la casa, anunció a grandes voces que no se trataba de una enfermedad cualquiera sino de tifo, pues "le había visto las pintas a la sirvienta". La respetable dama, cuenta Fidel, "comunicó su terror a las niñas, que querían con justicia una casa en el centro".2

A caballo entre la crónica y la ficción literaria, Fidel, que no era otro que Guillermo Prieto, retrataba, como mirando la vida a través del ojo de una cerradura, la angustia que se había experimentado en la ciudad de México tan sólo unos meses atrás, cuando una epidemia de tifo exantemático desfiló por sus calles desde noviembre de 1874 y hasta finales de 1877. En esta breve pincelada costumbrista Prieto lograba encapsular una serie de nociones muy vivas en el imaginario de la época: la de una ciudad dividida entre el centro higiénico y los barrios periféricos, sumidos en la pobreza y la enfermedad; la del tifo como un mal temible, y sobre todo la del tifo como un mal de pobres. El tifo fue para esta época y hasta bien entrado el siglo XX, una enfermedad que hacía temibles a las clases bajas pues, según se pensaba, eran éstas quienes tenían una natural "receptividad" para contraer el mal, y por ende, para transmitirlo.

La epidemia de 1874-1877 se presenta en un agitado escenario de discusiones médicas y avances científicos. Estamos justo en la antesala de la era de Pasteur y de la transformación del paradigma científico en la explicación de la enfermedad; pero hasta este momento los médicos aún coinciden en responsabilizar a los miasmas por el origen y el desarrollo de las enfermedades endémicas o epidémicas. Como veremos, a través de los testimonios de la prensa y de los registros médicos se consolida la idea de que el "miasma tífico" surgía de los espacios insalubres, identificados con las zonas marginales de la ciudad. A la vez, se pensaba que la enfermedad podía transmitirse por el contagio de un enfermo, por ello, no sólo era temible el espacio sucio, el barrio mísero y la vecindad, sino también quien en ellos habitaba, el pobre.

La intención de este trabajo es estudiar las reacciones que se dan en el seno de las clases altas de la sociedad capitalina ante la irrupción de una epidemia de tifo exantemático, un mal infectocontagioso causado por el bacilo Rickettsia prowasekii y transmitido a partir de la picadura del piojo (Pediculus humanus) en una atmósfera de temor y desolación, la respuesta por parte de las elites es asociar el tifo con la pobreza, lo que contribuirá a confirmar el estigma de la ignorancia, la inmoralidad y especialmente el de la suciedad que pesaba sobre las clases bajas, como se intentará mostrar a continuación.

 

"POR TODAS PARTES SE VEN FÚNEBRES CORTEJOS"

A lo largo del siglo XIX el tifo exantemático representó una de las mayores amenazas para la salud pública capitalina. Se trataba de un mal añejo, que como una fiera merodeaba permanentemente las inmediaciones de la ciudad, causando un número de muertes relativamente bajo en relación con otras enfermedades —como la pulmonía o la diarrea—, pero que de vez en vez mostraba los dientes y se abalanzaba sobre sus indefensos moradores en forma de brotes epidémicos, como sucedió en 1813, 1848-1849, 1875-1877 y 1902-1904, citando sólo algunos de los casos más dramáticos.3

Según anotaba el doctor Orvañanos en 1889, el tifo era "la más contagiosa de las enfermedades tíficas [...] y sin duda alguna la que ha originado el mayor número de epidemias".4 El tifo, tabardete, tabardillo o fiebre petequial se caracterizaba por inducir estupor, una aguda y constante cefalalgia y agotamiento. Entre el cuarto y el séptimo día aparecían ronchas pequeñas o petequias en el dorso, vientre y brazos del enfermo —rasgo distintivo de este mal— y la debilidad se acentuaba. Hacia el día 12 o 13 de haberse manifestado la enfermedad, en medio de fases de delirio e inconsciencia, la persona fallecía a causa de un colapso cardiaco.

A finales de marzo de 1875, El Monitor Republicano corroboraba el temor que corría de boca en boca entre los habitantes de la ciudad: la epidemia de tifo se desarrollaba rápidamente, mientras el Consejo Superior de Salubridad "brillaba por su ausencia".5 Casi un mes después, el Consejo daba a conocer las medidas profilácticas que proponían "para impedir la permanencia o desarrollo del tifo". En ellas, el cuerpo médico trataba de acallar el pánico aclarando que el brote de tifo que golpeaba la capital no podía ser considerado como "epidemia grave", solamente se trataba del "efecto de una constitución médica" que en todo caso vivía su etapa descendente.6

Pero a contramano del optimismo discursivo, la realidad desbordaba a las autoridades médicas. La frialdad de los números nos da la medida de lo que se vivía en la ciudad: de enero a octubre de 1874, el promedio mensual de defunciones por tifo fue de 19.6, pero en noviembre el índice de mortandad se incrementó a 30 y en diciembre llegó a 43. Desde ahí el número mensual de muertes por tifo ascendería progresivamente, sumando 52 en marzo y 70 en abril de 1875, números que estaban muy por encima de cualquier registro anterior en los últimos seis años.7 No sería sino hasta octubre de 1877, cuando se dieron 19 fallecimientos, que el tifo regresaría a su proporción habitual (véase gráfica). una nueva epidemia de tifo asolaba la ciudad.

 

El brote epidémico que conmocionó a la ciudad entre diciembre de 1874 y octubre de 1877 cobró en total 3 458 vidas y casi con seguridad alcanzó una morbilidad por encima de los 17 000 enfermos;8 vivió su año más álgido en 1876, cuando se dieron 1 482 decesos (aproximadamente 42.8% de la mortandad total de la epidemia), y tocó su punto máximo durante abril de 1877, cuando arrebató 227 vidas. Atendiendo al registro estadístico del doctor Mejía, quien recopiló los índices de mortandad en la ciudad entre 1869 y 1878, encontramos que el tifo en esa década, como mal endémico, oscilaba entre un promedio aproximado de 20 y 22 muertes mensuales, pero en 1875, 1876 y 1877, al darse el brote epidémico, los índices se dispararon aproximadamente hasta las 69, 123.5 y 96 muertes por mes respectivamente (véase cuadro 1).

 

Si consideramos que la población de la ciudad de México para la década de 1870 rondaba entre los 200 000 y 225 000 habitantes aproximadamente,9 la cifra total de vidas que cobró la epidemia no representaba una baja particularmente sensible, siendo incluso mucho menor al número de muertes que año tras año cobraba la pulmonía, la diarrea o la viruela (véase cuadro 2). sin embargo, tanto en los diarios como en la prensa médica claramente encontramos un número mayor de menciones y estudios acerca del tifo. Ésta será la constante durante todo el Porfiriato, lo que nos habla del miedo que despertaba la enfermedad en sí, por significar uno de los enigmas irresolubles para la ciencia de la época que aún no había logrado encontrar una vacuna o un método curativo específico.

 

"El tifo. ¡Palabra horrenda! Palabra que con su simple enunciación hace correr el sutil frío de la muerte por las venas, las arterias y la médula de los huesos."10 El temor envolvía a los habitantes de la capital, sabiéndose a merced del tifo. Sin conocer bien a bien de dónde surgía la enfermedad, si era producto de la terrible influencia de la corrupción que flotaba en el ambiente, o un mal que circulaba de unos a otros por contagio, la angustia se apoderaba de una población cada vez más asustada.

 

LAS REGIONES DE LA FIEBRE Y EL HAMBRE

En octubre de 1876, cuando la epidemia vivía sus momentos más álgidos, Rafael Martínez de la Torre y el doctor Eduardo Liceaga, uno de los médicos mexicanos más connotados durante las décadas finales del siglo XIX, organizaron el Primer Congreso Médico de la capital, con la intención de discutir entre los facultativos las medidas higiénicas que la situación exigía.11 De tales reuniones emanaría una serie de propuestas para sanear la ciudad, entre las cuales el punto cardinal era la eliminación de las aguas estancadas en las atarjeas, pues, tanto en el discurso científico como en la opinión común, se tenía la certeza de que "el estado deplorable de las atarjeas de la ciudad es la verdadera causa del tifo; su red obstruida y llena de fango en putrefacción es el funesto semillero de la muerte".12

¿Cómo se daban estos semilleros de muerte? Todo comenzaba con las malas condiciones de vivienda y un ineficiente sistema de recolección de basuras. Al no tener otra opción, "como la mayor parte de las viviendas no tienen un lugar donde depositar las basuras y demás inmundicias, sus vecinos se ven precisados a arrojarlas de noche a la calle".13 Lo más grave era que, al no contar con baño y ni siquiera con letrina en muchas de las viviendas, existía la costumbre de arrojar los excrementos a la calle.

De la "fermentación" de esas materias fecales surgía el "veneno tifoideo", así lo exponían médicos tan destacados como el doctor Lobato o el doctor José Olvera, y así lo sostendría el consenso médico diez años después, cuando el Consejo Superior de Salubridad llegase a la conclusión de que "la infección [de tifo] tiene en gran parte un origen fecal".14 Ese "veneno" emanaba de las materias fecales y ascendía por los aires, desde donde podía mezclarse "así a las aguas como a los alimentos, convirtiéndose en fuente activa que engendra y propaga la epidemia".15 Como era de esperarse, estos focos de infección se encontraban en cada esquina y en cada rincón de los barrios marginales, ese "cinturón de miseria y de fango" que rodeaba al bello centro dorado de México, como lo describiera Ignacio Manuel Altamirano.16

Calle de las Indias, del Sapo, de las Moscas, del Carmen; los barrios de San Antonio Abad, Niño Perdido, San Pablo, Santa Ana, la Merced y un amplio etcétera de callejones desfilan por la prensa exhibidos como los reinos de la peste: "asquerosos muladares, [...] focos de corrupción y de miasmas que envenenan la atmósfera de la ciudad".17 Son múltiples los barrios que, desde un principio, desde siempre, son identificados como los focos del tifo, pues como observaba un periodista a comienzos de la epidemia, era del dominio popular que "todas las enfermedades que tienen por causa la putrefacción se desarrollan por el rumbo de San Lázaro e invaden poco a poco la parte occidental de la ciudad".18

Esta idea quedaría corroborada en el estudio del doctor Lobato, quien en 1877 rastreaba minuciosamente la progresión de la enfermedad a través de los arrabales de la capital. Según el facultativo, el tifo había comenzado en las calles del Carmen y Cervatana, apareciendo veinte días más tarde al sur, en el barrio de San Pablo. De ahí había rodeado la ciudad, primero el lado sur, hasta Salto del Agua y Belén, y enseguida el costado este, donde se encontraban algunos de los barrios más pobres, como Santo Tomás, la Viga, la Merced, San Lázaro y San Sebastián. La enfermedad continuó su marcha ahora por el norte, entre las casuchas miserables de Santa Ana y Santa María la Redonda, para finalmente acercarse peligrosamente al centro por el oeste, a través de los sucios callejones de la parroquia de la Santa Veracruz.19

El dramático contraste que existía entre las clases sociales se proyectaba en toda su crudeza sobre el plano geográfico, en una ciudad que tenía dos caras: "La una es alegre, aseada y simpática, la otra es asquerosa y repulsiva. Recorred las calles de Plateros y San Francisco, transportaos violentamente al barrio de Tepito y sentiréis la misma impresión que se siente al salir de un baile para entrar en un cementerio".20 En ese cementerio se adentraría Ignacio Manuel Altamirano para comprobar "con horror y tristeza" las condiciones denigrantes en las que vivían los marginados.

Cual descenso dantesco hacia la sima de la miseria, hacia la profunda humillación en que vivían los pobres, Altamirano cruzaría el umbral que dividía a las dos ciudades para encontrar el otro lado de la realidad social y perderse "en aquel laberinto de callejuelas sucias e infectas", la auténtica "región de la fiebre y del hambre". Con genuino dolor, el escritor nos pinta lo que era la vida en el barrio de la Candelaria de los Patos, hacia el rumbo de San Lázaro:

Las calles no sólo son desaseadas sino inmundas, la atmósfera es asfixiante, los grandes hoyancos que hay en aquellos empedrados del tiempo de los virreyes están llenos de agua cenagosa y negra que exhala miasmas mortíferos [...]. Pero al llegar a las calles contiguas a la plazuela de la Alamedita, a Coconepa, a Candelaria, el horror se aumenta, porque el aspecto de casas, calles y gentes llega al último extremo a que pueden alcanzar la miseria y la enfermedad.21

 

Las guaridas de la enfermedad

Pero el peligro del tifo no sólo estaba en las calles pues, como decía José Lobato, "La casa es la más pequeña de las localidades urbanas en que el tifo se produce";22 por ello las medidas sanitarias serían insuficientes si sólo se reservaran al ámbito público. El control de la enfermedad tenía que incursionar en la esfera privada y combatir la suciedad que reinaba en muchos de estos recintos.

En los cuartitos diminutos y ruinosos de las vecindades, o en los jacalones de manufactura endeble y humilde desperdigados en la periferia, se hacinaban los marginados, los léperos, andrajosos, enfermos y hambrientos, en bloques familiares o compartiendo el estrecho espacio doméstico con otros conocidos. Gracias al vivo retrato pintado por Altamirano podemos reconstruir con bastante nitidez la carencia y el hacinamiento que privaba en esas vecindades. En oscuros cuartos de dimensiones ridículas —"mazmorras" en los términos del cronista— cuyo costo iba "desde cuatro reales hasta dos pesos, [...] yacen hacinadas generaciones enteras de miserables, [...] allí duermen ancianos, madres y niños, sobre un tinglado viejo y negro por entre cuyas aberturas brota el fango de la laguna". Las condiciones de vida eran tan dramáticas, el pauperismo tan descarnado, que Altamirano veía con sincero pesar esas moradas como "verdaderos ataúdes en que el pobre sepulta su agonía, esperando la muerte".23

Por las condiciones de insalubridad que privaban en la mayoría de ellas, las vecindades eran, a decir del doctor Olvera, las abigarradas madrigueras donde el miasma tífico cobraba mayor agresividad, pues era más pernicioso "cuanto más miserable y triste o más hediondo y fermentescible es el foco en donde nace", por lo que reclamaban toda la atención posible por parte de las autoridades sanitarias para tratar de contener el mal.24 El veredicto era emitido y aprobado por unanimidad: "Las casas de vecindad. Allí está la fuente de todas las enfermedades que con el carácter de epidemias reinan en México",25 anotaría Frías y Soto, opinión que era compartida por diversos médicos:

Si a las causas mencionadas [los albañales detrás de las puertas de las vecindades] se agrega la acumulación de muchas personas, y aun algunos animales en un solo cuarto reducido y mal ventilado, la falta de aseo en los patios de las casas de vecindad, la corrupción de los caños o acequias atascadas y llenas de cieno inmundo o de materias vegetales y algunos animales en putrefacción, la humedad de las habitaciones bajas, la escasa alimentación o la mala calidad de los alimentos en la clase menesterosa, tendremos el cuadro de las causas principales que desarrollan y están propagando la fiebre tifoidea y el tifo en la ciudad de México.26

El lamentable estado de las casas de vecindad era producto de la irresponsabilidad de los actores involucrados en lo referente al cuidado de la salud, tanto en el plano individual como en lo colectivo, pues obraba por igual "la incuria de sus moradores, la sórdida avaricia de los propietarios y la indolencia de las autoridades que han permitido que se aglomeren dentro de ellas todos los elementos posibles de corrupción".27 Los propietarios eran particularmente responsables, dado que en la mezquindad de muchos de ellos, permitían que sus viejas propiedades se cayeran a pedazos, preocupados exclusivamente por recaudar sus rentas sin importarles la vida de sus inquilinos.28

 

De la piedad al temor

Durante las fases iniciales de la epidemia, a principios y mediados de 1875, el discurso coral de la prensa abogaba por el alivio de las condiciones en que vivían las clases bajas. Siguiendo la premisa de que el tifo era un mal propio de los pobres, los medios, con cierta conmiseración, llamaban a las autoridades a socorrerlos, eliminando los focos de infección de los barrios marginales y desazolvando las atarjeas. Tales medidas, aseguraban, redundarían "especialmente en beneficio de los pobres que tienen perdidas sus habitaciones, y se encuentran actualmente en la mayor desgracia".29 Pero con el correr de los meses la epidemia rebasaba los cercos de la miseria, y para finales de aquel año se apoderaba de la ciudad, sin hacer distingos de clase ni posición económica. La enfermedad se tornó entonces en una amenaza incontenible, que se cernía sobre léperos y currutacos, acechando por igual "al pobre como al rico, al que vive en sucia y húmeda accesoria, como al que habita los palacios de nuestra llamada aristocracia".30

El tifo, como señalaba el doctor Olvera, era una enfermedad que existía habitualmente en la periferia de la ciudad, pero que no causaba temor "más que cuando se pasea por el centro", cuando desde los arrabales tomaba por asalto los hogares de la buena sociedad.31 Es entonces cuando el miedo se impone a la piedad y alienta en la opinión pública juicios más severos con respecto a los espacios marginales. Como ya había sucedido al darse otros brotes epidémicos, y como sucederá cada vez con mayor insistencia en los años posteriores, durante la epidemia suenan fuerte las voces que demandan la intervención de las autoridades en las viviendas de los barrios populares. El tifo debía ser combatido en los lugares donde surgía, por ello se clamaba por el desalojo y la desinfección de vecindades atacadas, como lo había recomendado el consejo superior de salubridad en enero de 1875, cuando visitó la casa de una familia enferma de tifo.32

El debate que suscitaba esta situación era intenso, pues la intervención del Estado de un modo tan radical violentaba la libertad individual y el derecho a la propiedad privada, máximas inalienables del liberalismo decimonónico. El contraargumento era entonces que, evidentemente y más aún en tiempos de una crisis epidémica, el derecho de la colectividad de velar por la salud pública privaba sobre el derecho individual y el respeto a la propiedad privada: "En los casos de epidemia todo es permitido para cortarla; y como se establecen cuarentenas y cordones sanitarios, así se pueden dictar todas las medidas que eviten un mal general aun cuando de ellas venga algún perjuicio a determinadas personas".33 Así, los léperos que vivían en esos espacios miserables, además de soportar el flagelo de la enfermedad y las carencias cotidianas, debían someterse a drásticas medidas, que incluían la pérdida de sus hogares, la incineración de los escasos bienes materiales que poseían y el aislamiento en lazaretos, pues entre ellos radicaba el mal que ponía en riesgo la salud del cuerpo social. Ante los ojos de la opinión pública, los pobres eran cada vez menos víctimas de la insalubridad y cada vez más responsables de la epidemia.

 

UN DIMINUTO EMISARIO DE LA MUERTE: EL PIOJO

Una de las medidas sanitarias que era mencionada, pero sobre la que no se ponía demasiada atención, era la destrucción de las ropas de los enfermos de tifo cuando éstos fallecían. Para todos los grupos sociales, pero especialmente para las clases populares, las prendas de vestir representaban una posesión importante no sólo por su valor de uso, sino porque podía obtenerse algún dinero con ellas, pues no era raro que terminaran en alguna casa de empeño o como apuesta en las rondas de naipes. Como es natural, la medida de destruir las ropas o el colchón mismo de un enfermo de tifo representaba un duro golpe en su economía, por lo que dicha restricción comúnmente era burlada, y las prendas eran utilizadas por un familiar o corrían la suerte de la venta o el empeño, lo que con justificada razón era motivo de zozobra.34

Frías y Soto pedía al Consejo Superior poner más atención en este punto, "evitando sobre todo que la ropa y otros objetos de uso que han servido a un tifoideo se sigan empleando en el servicio doméstico, debiendo ser destruidos o quemados".35 Del mismo modo, la prensa advertía sobre el riesgo de contraer el tifo por medio de las prendas de vestir de los enfermos.

Nos parece oportuno advertir a nuestros lectores para que éstos a su vez propaguen la voz, que las personas que tienen enfermos de tifo procuran deshacerse del colchón y de las ropas que sirvieron al paciente durante la enfermedad, empeñándolas: en seguida esas ropas y colchón se dejan perder por odiosidad y amargos recuerdos; compra esas prendas algún infeliz y [...] he aquí la causa de que la terrible epidemia se propague. Con que quedan ustedes advertidos.36

La advertencia era fundamental pues, sin tener plena consciencia de ello, impedir que las ropas corrieran de mano en mano contribuía a interrumpir la cadena de contagio, toda vez que lograba aislar al diminuto emisario de la muerte: el piojo.

Podemos asegurar sin temor a equivocarnos que, en el siglo XIX, el piojo tenía una presencia habitual entre la población capitalina, como sucedía en cualquiera de las urbes de la época. Si bien ni los médicos ni los cronistas de aquel entonces lo mencionan es sus descripciones, es muy probable que ello se deba a que en la época no se le consideraba una amenaza a la salud, sino sólo una presencia molesta, tan cotidiana entre todos los estratos de la sociedad que su mención era tácita. Tras buscar alguna alusión a estos parásitos en las fuentes, la encontramos en el cuadro que Brantz Mayer pintaba del lépero:

Ennegrezcamos a un hombre al sol; dejemos que el pelo se le ponga largo y enmarañado, o que se le llene de sabandijas; que se empuerque en todas las inmundicias de la calle durante años sin que jamás sepa de toallas o cepillos, ni lo toque el agua, salvo cuando hay tempestad; que a los veinte años se ponga un par de bragas de cuero y las lleve hasta los cuarenta, sin cambiárselas ni lavarlas nunca; encima de todo esto coloquemos un sombrero ennegrecido y agujereado y una blusa harapienta, manchada de abominaciones [...]; combinemos todas esas cosas con la imaginación, y tendremos la verdadera efigie del lépero mexicano.37

Aunque Mayer describe al lépero de mediados de siglo, y lo hace además desde la lógica del prejuicio y por ende en un tono que puede parecer exagerado, es factible pensar que lejos de cualquier anacronismo la situación poco había cambiado veinticinco años después, pues la descripción de "los ensabanados" hecha por Aurelio Horta en 1880 es casi una calca de la anterior:

Allí en esa corte de los milagros habita el lépero. [...] Que la lluvia moje sus harapos, que el sol tueste su tez cobriza y que el frío ponga rígidos sus miembros, todo está bueno teniendo dos reales para pulque. [...] Criados como los salvajes sin nociones del bien y del mal, comiendo manjares nauseabundos, expuestos a la intemperie pasan su vida los léperos sin preocuparse por el presente y por el porvenir hasta que mueren en el hospital atacados de enfermedad asquerosa o heridos mortalmente por sus semejantes o por sus mujeres.38

En ambos retratos encontramos las claves de la epidemia: falta de aseo personal, ropas sucias y sin cambiar, y cabellos poblados de sabandijas. Tales sabandijas seguramente eran piojos, esos animalillos parasitarios que deambulaban en las cabezas y las zonas genitales de ricos y pobres. Como se ha mencionado, tanto el piojo de la cabeza (Pediculus capitis) como el del cuerpo (Pediculus corporis) eran los agentes transmisores del tifo, como lo demostrarían Nicolle (1866-1936) y Ricketts (1871-1910) en 1910. Todo empezaba cuando una de estas diminutas criaturas —cuya dieta consiste exclusivamente de sangre— cometía el desatino de alimentarse de una persona portadora de las rickettsias, el bacilo causante del tifo. El infortunado y diminuto comensal quedaba entonces condenado a muerte, pero sobrevivía algún tiempo más que el individuo enfermo, así que cuando éste fallecía el piojo se mandaba mudar a otra persona de la cual pudiera alimentarse, viajando a lomo de rata o prendido entre los tejidos de la ropa que cambiaba de dueño. El problema está en que este bicho tiene el poco elegante hábito de defecar mientras come, y en sus excrementos viajan las rickettsias. De tal modo, cuando la persona atacada por el piojo se rascaba la picadura, sin saberlo facilitaba la entrada del bacilo a su organismo, y si no era afortunado, en ese momento comenzaba una cuenta regresiva que le costaría la vida en trece o quince días.

 

El aseo corporal, entre lo que se ve y lo que se viste

Con esto en mente pensemos ahora en los hábitos de higiene de la sociedad capitalina de la década de 1870. Como es sabido, el Manual de urbanidad y buenas costumbres, publicado por entregas en 1853 por el venezolano Manuel Antonio Carreño, rápidamente se convirtió en el referente obligado de las buenas maneras entre las clases medias y altas de un gran número de repúblicas latinoamericanas. En él, Carreño enaltecía el cuidado y esmero en el aseo personal como el mecanismo de conservación de la salud, pero además como un símbolo de "belleza y elegancia" que exhibía de manera incuestionable la "candidez del alma", y por ello era una clave de aceptación social.39 El aseo del cuerpo, la exhibición de pulcritud en la persona, el vestido y el hogar eran para el autor los emblemas de la civilidad, pues tales hábitos denotaban en el individuo los altos principios de "orden, de exactitud y de método".

Como recomendaba el autor, en el plano individual la persona debía cuidar en todo momento de su aseo en las partes más visibles del cuerpo, es decir manos, uñas, orejas, boca, cabello y nariz.40 Debemos llamar la atención sobre el hecho de que Carreño considerara el aseo corporal como la limpieza de las partes del cuerpo más susceptibles a ensuciarse, aquellas que a menudo quedaban expuestas, y no necesariamente como un baño corporal, en una lógica acorde con las prácticas premodernas. Según recomendaba a sus lectores: "acostumbrémonos a usar los baños llamados de aseo, que son aquellos en que introducimos todo el cuerpo en el agua con el objeto principal de asearnos",41 estableciendo como mínimo tomar uno por semana.

Esto lo corroboran las observaciones de Claudia Agostoni, quien sugiere que la noción del baño corporal como hábito regular cobrará vigencia sólo a partir de los descubrimientos de la bacteriología, cuando ésta transformó la concepción de la enfermedad e inspiró una preocupación "casi obsesiva en la limpieza, tomada como sinónimo de higiene".42 Para las últimas dos décadas del siglo XIX y las primeras del XX esta obsesión se reflejará por igual en tratados médicos como en medios publicitarios o revistas para la mujer y la familia, y a pesar de dicha insistencia, el baño "de aseo" o completo no será un hábito diario, sino esporádico aun entre las elites, hasta bien entrado el siglo XX, lo que se explica en parte por la dificultad logística que implicaba disponer de agua potable, así como por la compleja transformación de prácticas y nociones culturales que ello significaba.

De igual modo, la higiene íntima mereció la atención de los médicos, pues lograba preservar al individuo de padecimientos relacionados con enfermedades venéreas, esterilidad y órganos reproductivos, y aunque en Europa aparece el uso del bidé hacia mediados del siglo XVIII, tanto las alusiones al tema como la presencia de dicho implemento en los cuartos de baño de familias acomodadas adquieren popularidad en México hasta los años finales del XIX.43

Si juntamos las piezas comprenderemos por qué el tifo exantemático era la enfermedad más contagiosa de su tipo y la que más epidemias había originado, como lo expresara el doctor Orvañanos. En una sociedad donde la gente no tenía las condiciones ni la costumbre de bañarse con regularidad, ni la posibilidad de mudarse de ropa por lo menos frecuentemente, donde una parte mayoritaria de la población vivía en situaciones precarias y entre graves condiciones de insalubridad, el piojo, y con él la enfermedad, inevitablemente encontraba el escenario propicio.44

Pero todo esto seguiría siendo un misterio para la ciencia durante algunas décadas más. Los médicos que combatían la epidemia en 1875 sólo podían echar mano de las lecciones del conocimiento empírico, que demostraba que el tifo cundía en sitios donde reinaba el hacinamiento, la insalubridad y la pobreza. Por ello el esfuerzo por contener la epidemia se centrará en combatir la suciedad en donde supuestamente se originaba e inculcar hábitos de limpieza entre la población.

 

LA CRUZADA DE LA HIGIENE

En noviembre de 1875, cuando "por todas las calles se ven fúnebres cortejos",45 y con los más de 600 casos mortales de tifo que se habían dado en El transcurso de aquel año, nadie dudaba ya del peligro que cundía por igual sobre todos los habitantes de la ciudad. Como lo decía El Monitor, el tifo, una enfermedad que tradicionalmente "atacaba a los pobres", ahora se constituía como una "amenaza también para los ricos". Pero si la enfermedad era un "enemigo común" para todas las clases sociales, la nota no dejaba de subrayar que era fruto de "la ignorancia de la mayoría que, desconociendo la higiene, cuida poco del aseo y de la ventilación de las habitaciones, de la buena calidad de los alimentos, etcétera".46

La epidemia reclamaba perseguir el mal hasta sus oscuras y húmedas guaridas, en los barrios miserables, llevando la palabra de la higiene a los léperos y ensabanados. Inculcar hábitos de higiene sobre todo entre las clases bajas era un "deber de la humanidad", pues como observaba el señor Castillo Velasco, "La higiene privada es desconocida para muchos de los habitantes del Distrito, especialmente por las clases pobres".47

En el universo de la prensa y sus lectores el pobre es quien contrae el tifo y quien lo disemina entre el resto de la sociedad, como sucede con la sirvienta de la crónica de Prieto. Esta idea que liga la enfermedad a la pobreza constituye una vieja tradición que se remonta a la Baja Edad Media, y ya para finales del siglo XVIII es prácticamente un principio científico entre muchos de los médicos del viejo continente.48 Como lo ha señalado Lourdes Márquez Morfín para el caso mexicano, en los albores del siglo XIX los médicos ya formulaban la relación entre la suciedad, la miseria y el hacinamiento como el origen de ciertas enfermedades epidémicas, entre ellas especialmente el tifo. Décadas más tarde, las investigaciones de Koch y Pasteur serían interpretadas como la confirmación del peligro que representaba el pobre que, al contraer la enfermedad, podía transmitirla, y los higienistas no dudaron en responsabilizarlos por ello, según anota Ana María Carrillo.49

En el discurso de las elites, así como los miasmas que surgían en la suciedad de la periferia miserable amenazaban a la ciudad entera, así también la enfermedad, propia de los pobres, contaminaba a través de éstos a la gente de bien. En abril de 1877, justo en la cima de la epidemia, se leía en las páginas de El Siglo Diez y Nueve: "La policía debe cuidar de que reine el aseo en las llamadas casas de vecindad, que por la aglomeración de personas menesterosas y de pequeñísimos recursos, se convierten en focos de infección y en lugares malsanos por su naturaleza.50 Según esta opinión, ampliamente compartida por los sectores más favorecidos de la sociedad, los hogares pobres eran sitios inficionados "por su naturaleza", del mismo modo en que sus moradores eran sucios por su propia ignorancia, pues entre ellos "no se conoce la higiene ni de nombre".51 de ahí que sean un peligro de contagio y una amenaza para la salud del cuerpo social.

La emergencia de tifo permite y alienta una mayor "participación" de los médicos en la vida cotidiana de las clases bajas, pues cumplir con ese deber universal de enseñar al leperaje las normas de la higiene significaba inculcar una serie de preceptos morales además de cuidados de aseo. En su "Estudio...", el doctor Lobato recomendaba poner mucha atención en el aseo de las habitaciones: ventilar los espacios, fregar los pisos y fumigar periódicamente Pero la higiene domiciliar sólo sería completa cuando incluyera las normas de la higiene privada, las cuales, ante todo, significaban regularidad en los hábitos: "El comer, dormir, levantarse, bañarse y efectuar todos los demás actos domiciliares con la misma regularidad con que acostumbran verificarse". Una vida sana era aquella que se llevaba con mesura, regulando las pasiones e impulsos; por eso, las personas debían "evitar la agitación del espíritu ocasionada por aflicciones, contratiempos, cuidados morales, etcétera", cuidándose, entre otras cosas, de no trasnochar y "dejando de usar, si hubiere costumbre, el alcohol y bebidas alcohólicas, el ajenjo, y en general todas las bebidas excitantes".52

Los médicos intentaban remediar las condiciones sociales que originaban los brotes epidémicos, pero en su afán, sin proponérselo, contribuyen a focalizar la enfermedad sobre un sector de la sociedad. Pretenden mejorar, a través de la higiene, el nivel de vida de las clases populares, pero no ocultan su intención de moralizar a los pobres, pues sin remediar los vicios y las costumbres perniciosas que había en ellos, sería imposible erradicar la enfermedad.53 Así lo dejaba ver el doctor Austacio Martínez, cuando explicaba que el tifo era más común en la clase pobre por sus condiciones de vida, por la insalubridad y la mala alimentación, pero además por sus hábitos: "en la mayor parte de esa clase la inmoralidad de sus costumbres, los excesos, sobre todo en la embriaguez y en los placeres venéreos, son causas que no solamente los predisponen a contraer el tifo, sino que otras enfermedades que contraen tomen un carácter de gravedad que en otras circunstancias no tendrían".54

 

COMENTARIOS FINALES

Es así como el estudio de la epidemia de tifo de 1875-1877 nos permite aventurar una mirada, como a través del ojo de la cerradura, sobre la manera en que eran percibidas las clases bajas. La marcada insistencia con que se denigra al pobre, sus prácticas y sus espacios, por ser percibidos como sucios, debe ser interpretada, en el marco de la historia de las ideas, como uno de los rasgos de la nueva sensibilidad burguesa que distingue a las elites de finales de siglo XIX.55

En este contexto, la suciedad que supuestamente impregna todos los ámbitos de la vida de los pobres, será fundamental en la construcción social de la enfermedad, pues los identificará como portadores de tifo —las petequias o pintas de la enfermedad serán la manifestación corporal de tal estigma-, y su contacto o proximidad despertará el temor ante la amenaza del contagio, un miedo muy antiguo que sería corroborado en los años inmediatos por los descubrimientos de la bacteriología.

Los pobres serán percibidos como seres inficionados cuya naturaleza los hará proclives a la enfermedad, según lo explicaba con toda claridad el doctor Lobato: "mientras más distancia existe entre los individuos de una sociedad, por la cultura de su persona, según las clases sociales, más receptividad existe en el individuo y con más vigor se presenta la intoxicación producida por las influencias tíficas epidémicas".56 Tal "receptividad" no es otra cosa que la expresión de confrontaciones y prejuicios de clase que existen de manera permanente al interior de la sociedad, pero que se exacerban y manifiestan sin reparos durante la tensión que se vive en medio de las epidemias.57 Dicho prejuicio, revestido de objetividad científica, será una razón más que justificará la marginación de las clases bajas dentro de una sociedad altamente polarizada, como lo era la del México porfiriano, en un esquema que en buena medida persiste hasta nuestros días.

 

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Notas

1 Agradezco de manera especial a los dictaminadores quienes, con sus atinadas observaciones y comentarios, me permitieron enriquecer la reflexión sobre el tema. Del mismo modo, expreso mi mayor agradecimiento a la doctora Claudia Agostoni por su dirección en la presente investigación.

2 Guillermo Prieto (bajo seudónimo Fidel), "El lunes de Fidel", El Siglo Diez y Nueve, México, 17 de agosto de 1878, p. 4.

3 El doctor Lobato hacía la observación de que los brotes epidémicos de tifo se presentaban en la región con una periodicidad de seis, diez o de doce años. La ciudad de México sufrió, además de los mencionados, otros brotes epidémicos severos durante los años de 1576, 1824,1835-1839, 1861, 1867, 1892-1894 y 1905-1906. José G. Lobato, "Estudio higiénico sobre el tifo exantemático", Gaceta Médica de México, México, t. XII, n. 3, 01/02/1877, p. 37; José Terrés, Etiología del tabardillo, México, Tipografía Económica, 1906 [1897].

4 Las enfermedades tíficas comprendían al tifo exantemático y la fiebre amarilla. Domingo Orvañanos, Geografía médica de la República Mexicana, 1889, [documento en línea en formato PDF]: http://biblioweb.dgsca.unam.mx/libros/medica/index.html, consultado el 21 de febrero de 2010.

5 "Tifo", El Monitor Republicano, México, 23 de marzo de 1875, p. 4.

6 "El consejo de Salubridad", El Monitor Republicano, México, 27 de abril de 1875, p. 2. Las disposiciones están firmadas por el Consejo el día 15 del mismo mes. También se publicaron bajo el título de "El tifo (Medidas del Consejo Superior de Salubridad)", en la Gaceta Médica de México, México, t. X, n. 9, 30/04/1875, p. 181-182. Todavía en junio persistía la reticencia de los médicos para aceptar la epidemia: "Si bien es cierto que no existe una epidemia de tifos, y que los que se presentan son en lo general benignos, lo es también que los febricitantes no escasean". "Constitución médica", Gaceta Médica de México, t. X, n. 11, 01/06/1875, p. 220.

7 Los datos estadísticos de la mortandad del tifo se obtuvieron a partir del trabajo del doctor Demetrio Mejía, que nos parece el registro más confiable para los años aquí estudiados. Demetrio Mejía, "Estadística de mortalidad en México", Gaceta Médica de México, t. XIV, n. 14, 15/07/1879, p. 273-301.

8 Desafortunadamente los datos de los que disponemos no nos permiten conocer con precisión la tasa de morbilidad que alcanzó la epidemia, pero podemos hacernos una idea a partir de las estimaciones modernas. Si atendemos a Cipolla, la letalidad del tifo petequial oscila alrededor del 20 por ciento, "pudiendo alcanzar, sin embargo, en ciertas epidemias, incluso el 30-40 por 100". De tal modo, un cálculo conservador arrojaría una cantidad de enfermos superior a los 17 000. En cambio, para los médicos de la época la incidencia del tifo era mucho mayor pues, según decían, "sabido es que apenas morirán el 6 por 100 de los atacados de tifo", lo que, considerando las cifras del doctor Mejía, arrojaría una cifra por encima de los 55 000 enfermos, cálculo que parece un tanto exagerado. Carlo M. Cipolla, Contra un enemigo mortal e invisible, Barcelona, Crítica, 1993, p. 103; "Anales de la Asociación Larrey", Gaceta Médica de México, t. XI, n. 22, 15/11/1876, p. 438.

9 Antonio García cubas calculaba la población de la ciudad en 225 000 para 1870, el doctor Ruiz Sandoval estimaba unos 225 000 habitantes en 1873 y John Lewis Geiger anotaba 200 000 en 1874. Keith Davies, "Tendencias demográficas urbanas durante el siglo XIX en México", Historia Mexicana, El Colegio de México, Centro de Estudios Históricos, v. 21, n. 3, 1972, p. 501; Demetrio Mejía, "Estadística de mortalidad en México", op. cit., p. 276.

10 "El tifo", El Siglo Diez y Nueve, México, 1 de febrero de 1876, p. 2. Como un dato curioso, pero ilustrativo sobre la posibilidad de contagio que atenazaba a la población en su totalidad, encontramos en algún momento el rumor de que incluso el propio presidente Lerdo había contraído el tifo. "La enfermedad del señor Lerdo", El Siglo Diez y Nueve, México, 12 de agosto de 1876, p. 3.

11 Eduardo Liceaga, Mis recuerdos de otros tiempos, México, Talleres Gráficos de la Nación, 1949, p. 161-162. Según menciona Ana María Carrillo, se llegó a sugerir en un periódico médico que el doctor Liceaga realmente no creía que hubiera una epidemia de tifo, pero que aprovechó el temor popular para tratar de introducir normas de higiene privada y pública. Ana María Carrillo, "Del miedo a la enfermedad al miedo a los pobres", en Elisa Speckman et al., Los miedos en la historia, México, El Colegio de México/Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 2009, p. 119.

12 Ladislao Bellina, "Influencia del clima de México sobre la tuberculosis pulmonar (Continuación)", Gaceta Médica de México, t. XIII, n. 13, 01/05/1878, p. 270. Véase Gabino Barreda et , "al. Congreso médico. Dictamen de la Comisión de Higiene Pública", Gaceta Médica de México, t. XI, n. 22, 15/11/1876, p. 430-436.

13 Julio de Lara, "Mesa revuelta", El Monitor Republicano, México, 24 de abril de 1875, p. 1-2.

14 José G. Lobato, "Estudio higiénico sobre el tifo exantemático", Gaceta Médica de México, t. XII, n. 3, 01/02/1877, p. 37-56; José Olvera, "Memoria sobre el tifo" [1882], en Enrique Florescano y Elsa Malvido (comps.), Ensayos sobre la historia de las epidemias en México, México, Instituto Mexicano del Seguro Social, 1992, t. II, p. 495-538; "Medidas sanitarias relativas al tifo", Secretaría de Estado y del Despacho de Gobernación, México, 1884, citado por Domingo Orvañanos, Geografía Médica de la República Mexicana, op. cit.

15 Ladislao Bellina, "Influencia del clima de México sobre la tuberculosis pulmonar (Continuación)", Gaceta Médica de México, t. XIII, n. 13, 01/05/1878, p. 268.

16 Ignacio Manuel Altamirano, "Una visita a la Candelaria de los Patos", en Carlos Monsiváis, A ustedes les consta, México, Era, 1989 [1869], p. 169.

17 "Limpia de la ciudad", El Monitor Republicano, México, 16 de abril de 1875, p. 3.

18 Manuel M. Romero, "Los muladares en México", El Monitor Republicano, México, 16 de abril de 1875, p. 2.

19 José G. Lobato, "Estudio higiénico sobre el tifo exantemático", Gaceta Médica de México, t. XII, n. 3, 01/02/1877, p. 48.

20 Aurelio Horta, "La ciudad de México tiene dos faces", El Centinela Español, México, 19 de diciembre de 1880, p. 4.

21 Ignacio Manuel Altamirano, "Una visita a la Candelaria de los Patos", op. cit., p. 169.

22 José G. Lobato, "Estudio higiénico sobre el tifo exantemático (Continuación)", Gaceta Médica de México, t. XII, n. 5, 01/03/1877, p. 95.

23 Ignacio Manuel Altamirano, "Una visita a la Candelaria de los Patos", op. cit., p. 169-170.

24 José Olvera, "Memoria sobre el tifo" [1882], en Enrique Florescano y Elsa Malvido (comps.), Ensayos sobre la historia de las epidemias en México, México, Instituto Mexicano del Seguro Social, 1992, t. II, p. 497-498.

25 Hilarión Frías y Soto, "La peste (editorial)", El Siglo Diez y Nueve, México, 23 de noviembre de 1875, p. 1.

26 Antonio Careaga, "Breves consideraciones sobre las causas y el tratamiento de la fiebre tifoidea y del tifo que se observan en México", Gaceta Médica de México, t. XI, n. 4, 15/02/1876, p. 68. La situación en las viviendas ciertamente era crítica pues a menudo, al hallarse las atarjeas sin corriente de agua, permanecían "inundados los patios de muchos edificios", e incluso había "casas de vecindad donde flotan sobre el agua materias fecales y cuyos miasmas infectan la atmósfera y causan también los repetidos casos de tifo". "Calenturas intermitentes", El Siglo Diez y Nueve, México, 11 de octubre de 1875, p. 3.

27 Hilarión Frías y Soto, "La peste (editorial)", El Siglo Diez y Nueve, México, 23 de noviembre de 1875, p. 1. Llama la atención una carta dirigida por los vecinos de San Lázaro a las autoridades para reclamar el que éstas los tratasen como ciudadanos de segunda, pues era injusto el "sacrificar sumas en lujosos adornos" para otros barrios, "mientras a éstos nos falta desde agua, policía, etcétera". Además, acusaban al Ayuntamiento de haber instalado en esa zona los tiraderos, "sumiendo a esos barrios en las basuras e inmundicias de la ciudad". Manuel M. Romero, "Los muladares en México", El Monitor Republicano, México, 16 de abril de 1875, p. 2.

28 "Los propietarios, salvo raras excepciones, sólo se ocupan de cobrar el arrendamiento adelantado, pero casi nunca de visitar sus fincas y repararlas; de ahí la causa de que por ciertas calles no se pueda pasar a consecuencia del olor insufrible que sale de las diversas casas." Julio de Lara, "Mesa revuelta", El Monitor Republicano, México, 24 de abril de 1875, p. 1-2.

29 "Calenturas intermitentes", El Siglo Diez y Nueve, México, 11 de octubre de 1875, p. 3.

30 Carlos de Olaguíbel y Arista, "Boletín del monitor", El Monitor Republicano, México, 19 de noviembre de 1875, p. 2.

31 José Olvera, "Memoria sobre el tifo" [1882], op. cit., p. 507.

32 "El tifo", El Monitor Republicano, México, 21 de enero de 1875, p. 3. Entre las medidas anunciadas en abril por el Consejo de Salubridad para combatir la epidemia, se ratifica este proceder contra cualquier "casa infestada", como ya se había aplicado en "la casa número 12 de la calle de la Soledad, y que es también lo que se ha hecho en la casa de los Remedios, del Sapo 22, del Sapo 23 y primera de las Moscas número 5". "El Consejo de Salubridad", El Monitor Republicano, México, 27 de abril de 1875, p. 2.

33 Hilarión Frías y Soto, "La peste (editorial)", op. cit., p. 1.

34 Como lo señala Marie François, el pignorar una prenda para conseguir algunas monedas era una práctica cotidiana. Así, muchas prendas pasaban de mano en mano, pues sólo las clases acomodadas podían darse el lujo de usar ropa nueva. Para las mujeres las enaguas y los rebozos —prendas donde podía viajar el piojo— eran las ropas que se empeñaban con mayor frecuencia, mientras que, en el caso de los hombres del pueblo, los ensabanados como los llama Aurelio Horta en 1880, "es imposible saber cuántas de las muchas sábanas y frazadas en los estantes de los empeñeros eran la ropa de vestir y de dormir de la gente humilde y cuántas, al contrario, eran el ajuar de las casas más acomodadas". Marie François, "Vivir de prestado. El Empeño en la ciudad de México", en Anne Staples (coord.), Historia de la vidacotidiana, iv: Bienes y vivencias. El siglo XIX, México, El Colegio de México, Fondo de Cultura Económica, 2005, t. IV, p. 81-117.

35 Hilarión Frías y Soto, "La peste (Editorial)", op. cit., p. 1.

36 "Útil advertencia", El Monitor Republicano, México, 18 de agosto de 1876, p. 3. Como lo advertía "un distinguido doctor", para evitar la propagación del tifo era necesario prohibir "la venta de colchones, almohadas y ropa que haya servido a los enfermos, sin que previamente se haya lavado con agua fenica". "Contra el tifo", op. cit., p. 3. Por su parte, el doctor Lobato recomendaba evitar el uso de prendas que hubieran sido de un enfermo, pues aunque éstas fuesen lavadas, el nuevo portador se enfermaría si tuviese "receptividad" al tifo. José G. Lobato, "Estudio higiénico sobre el tifo exantemático (Concluye)", Gaceta Médica de México, t. XII, n. 24, 15/12/1877, p. 473.

37 Brantz Mayer, México, lo que fue y lo que es, México, Fondo de Cultura Económica, 1953 [1842], p. 63 (Las cursivas son mías).

38 Aurelio Horta, "La ciudad de México tiene dos faces", op. cit., p. 4.

39 Manuel Antonio Carreño, Manual de urbanidad y buenas maneras..., México, Patria, 1979, p. 59.

40 Ibidem, p. 61.

41 Ibidem, p. 62.

42 Claudia Agostoni, "Las delicias de la limpieza: la higiene en la ciudad de México", en Anne Staples (coord.), Historia de la vida cotidiana, IV: Bienes y vivencias. El siglo XIX, México, El Colegio de México/Fondo de Cultura Económica, 2005, p. 564.

43 Ibidem, p. 579.

44 Al respecto resulta por demás ilustrativa una caricatura de finales del siglo, donde se representa a una mujer, al parecer de bajos recursos, en la faena cotidiana del aseo personal. Frente al espejo, y tras haberse lavado las manos y el rostro en una jofaina, la mujer aplica algún polvo en el rostro. En la leyenda del grabado se lee: Su greñuda cabeza es laberinto / Donde gime el talento y se pesa / cuando no se está quieto, / o lo remueve el cándido esqueleto [peine]. Esto representa una clara alusión al aseo superficial de la mujer que no lograba eliminar los piojos que deambulaban en su cabello. "Cartón", Gil Blas Cómico, 22 de febrero de 1897, t. III, n. 4, p. 5.

45 César, "Muy triste por cierto", El Monitor Republicano, México, 17 de noviembre de 1875, p. 4.

46 Carlos de Olaguíbel y Arista, "Boletín del monitor", El Monitor Republicano, México, 19 de noviembre de 1875, p. 2.

47 José M. Castillo Velasco, "Carta al Sr. doctor Eduardo Liceaga", El Siglo Diez y Nueve, México, 19 de abril de 1877, p. 2.

48 Al respecto véase el trabajo de Brian Pullan, "Plague and perceptions of the poor in early modern Italy", en Terence Ranger y Paul Slack (eds.), Epidemics and ideas. Essays on the historicalperception of pestilence, Nueva York, Cambridge University Press, 1992, p. 101-124, y Michel Mollat, Pobres, humildes y miserables en la Edad Media, México, Fondo de Cultura Económica, 1998.

49 Lourdes Márquez Morfín, La desigualdad ante la muerte en la ciudad de México. El tifo y el cólera , México, Siglo XXI, 1994, p. 29; Ana María Carrillo, "Del miedo a la enfermedad al miedo a los pobres", en Elisa Speckman et al., Los miedos en la historia, México, El Colegio de México/Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 2009, p. 120.

50 "El tifo (Editorial)", El Siglo Diez y Nueve, México, 13 de abril de 1877, p. 1. Las cursivas son mías.

51 Demetrio Mejía, "Estadística de mortalidad en México", Gaceta Médica de México, t. XIV, n. 14, 15/07/1879, p. 290.

52 José G. Lobato, "Estudio higiénico sobre el tifo exantemático (Concluye)", Gaceta Médica de México, t. XII, n. 24, 15/12/1877, p. 470-472.

53 Al respecto véase el interesante ensayo de Sandra Caponi, "Entre miasmas y microbios", Cad. Saúde Pública, Río de Janeiro, 18(6), noviembre-diciembre 2002, p. 1665-1674.

54 Austacio Martínez, "Memoria sobre el tifo", Gaceta Médica de México, t. XVI, n. 23, 01/12/1881, p. 410.

55 Cfr. Alain Corbin, El perfume o el miasma. El olfato y lo imaginario social, México, Fondo de Cultura Económica, 1987.

56 José G. Lobato, "Estudio higiénico sobre el tifo exantemático (Concluye)", Gaceta Médica de México, t. XII, n. 24, 15/12/1877, p. 471.

57 Paul Slack, "Introduction", en Ranger y Slack (eds.), Epidemics and ideas, op. cit., p. 4.

 

Información sobre el autor

Daniel Herrera, mexicano, realizó estudios de licenciatura en Historia en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y es candidato a maestro en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México. Su campo de estudio son los discursos y las representaciones sobre la pobreza en el siglo XIX, con particular interés en los vehículos de marginación y el estigma de lo sucio sobre las clases bajas. Actualmente desarrolla como investigación de tesis el estudio comparativo de la epidemia de tifo en la ciudad de México (1874-1877) y la epidemia de fiebre amarilla en Buenos Aires, Argentina (1871), que da origen al presente artículo.

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