SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
 número40La locura durante la Revolución mexicana. Los primeros años del Manicomio General La Castañeda, 1910-1920 índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Artículo

Indicadores

Links relacionados

  • No hay artículos similaresSimilares en SciELO

Compartir


Estudios de historia moderna y contemporánea de México

versión impresa ISSN 0185-2620

Estud. hist. mod. contemp. Mex  no.40 México jul./dic. 2010

 

Reseñas bibliográficas

 

Susana Sosenski, Niños en acción. El trabajo infantil en la ciudad de México 1920–1934

 

Ricardo Pérez Montfort*

 

México, El Colegio de México, 2010

 

* Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social

 

En una de las primeras descripciones generales de la República Mexicana patrocinadas durante el Porfiriato tardío, un avezado autor se refería al centro urbano de México de la siguiente manera:

Las calles de la ciudad moderna son anchas y rectas, con buenas aceras y regularmente empedradas, las casas son de apariencia magnífica, los palacios y establecimientos públicos y particulares tienen una fachada verdaderamente majestuosa [...]. La ciudad de México se distingue especialmente por sus grandes y bien montados establecimientos públicos, científicos y literarios. Posee un hermoso jardín botánico anexo al Palacio Nacional, el Observatorio Meteorológico y la Escuela Práctica de Astronomía [...] varias bibliotecas, siendo la principal la Nacional con 20 000 volúmenes [...]. Varios son los paseos y jardines con los que cuenta.1

La descripción continuaba haciendo referencia a La Alameda, al Zócalo, al Paseo de la Reforma, a Chapultepec y a los parques de San Francisco, de Bucareli, al Tívoli de San Cosme, al Ferrocarril y al Eliseo, y el muy afrancesado Petit Versailles, con su Château de Fleurs, pero también comentando y describiendo las calles de la Retama, Jamaica, las Quintas del Carmen y el jardín Jordán.

Desde aquel Porfiriato tardío, durante los efervescentes años revolucionarios, y ya para el periodo de la pacificación y la mal llamada institucionalización posrevolucionaria una primera aproximación al disfrute de la ciudad eran sus parques, sus grandes calles y sus paseos. Pero también el deambular por los callejones adoquinados, cercanos al centro, era toda una invitación al regocijo y al voyerismo sano. Empezando por la famosa calle de Plateros, cruzar el Zócalo hasta dar con el Paseo de la Cadena, de ahí seguirse hasta la Plaza de Loreto y regresarse por un costado de San Ildefonso a Donceles hasta dar con la Plazuela de Santo Domingo. Las calles y los parques parecían territorio de todos.

Sin embargo había unas pocas avenidas y alamedas que albergaban a los que más tenían y muchos callejones, vecindades y arrabales para aquellos que vivían con poco o no tenían dónde caerse muertos. Aquellas calles del centro coincidían con el gusto y el disfrute de los que más posibilidades tenían para salir a la calle a sólo andar por ahí. El polígrafo Armando de Maria y Campos describió estas diversiones un tanto aristocráticas de ir a ver, y a dejarse ver, por la ahora avenida Madero, a principios de los años veinte del propio siglo XX con los siguientes versos:

El rico leit–motiv de esta nota elegante son la mujeres guapas cruzando el bulevar. En todo el medio día la procesión flamante de mujeres y de autos parece no acabar...

La mujeres en auto, los tobillos cruzados en una blanca equis de erotismos calados bajo sus rizos blondos parecen no pensar;

pero armoniosamente, ríen del grupo bobo de monoclo y polainas que en la puerta de "El Globo" puntualmente se cansan mirándolas pasar...2

Así, ir a dar la vuelta por aquellos lugares resultaba un llamado al recreo de la pupila y el alma. Sin embargo, la cosa cambiaba enormemente cuando las caminatas se alejaban de las primeras cinco calles aledañas al Zócalo. Un viajero español que visitó la ciudad en los primeros años del siglo XX contaba que al traspasar la avenida Poniente 4 también conocida como la Calzada del Calvario...

El cuadro se había modificado. Ya no había pavimentación de asfalto sino empedrado un poco perfecto en el cual los pesados carros formaban grandes hoyos que se volvían baches; ya no había banquetas de cemento sino lajas de piedra mal unidas la una a la otra, que nos salpicaban lodo a cada momento, cuando pisábamos alguna que se movía.3

Estas zonas de la ciudad también podían generar diversos tipos de recreaciones visuales, sobre todo para los curiosos o ¿deberíamos decir: morbosos? Se trataba de algo que ciertos aristocráticos ojos podían considerar como espectáculo pero que no era más que la patética presencia de la miseria. Al visitar la Colonia de la Bolsa, al noreste de la ciudad ese mismo viajero español se encontró con

pobres casuchas de adobe, bajas, amenazando ruina, y llenas a más no caber, de familias, si es que se puede conceder ese sagrado nombre al conjunto de amasios, concubinas, meretrices de las últimas capas sociales y frutos de uniones ilegítimas [...] reunidos en un ambiente, malsano e inmundo por la suciedad y por el vicio.4

Aun así dicho viajero logró que esa gente y ese espacio que tanto le hirieran su conciencia, le proporcionaran un rato de diversión semejante al que él estaba dando a los pobladores de esa sección de la ciudad. Un muchachito que le sirvió de guía, entre las risas de sus semidesnudos compañeritos, le pudo explicar al visitante algunos de los temas por los cuales el barrio que ahora recorría era por demás célebre. Contaba el hispano que su joven guía:

Hizo desfilar ante nuestro espíritu ya preocupado e intranquilo, personajes terribles y escenas macabras, con una verbosidad y un lujo de detalles indescriptibles [...]. De toda esta gente no citaba los nombres: acaso los ignoraba o no los tenían [...]. Todos era apodos raros o ridículos [...]. El Pájaro, la Loba, el Chiflado, el Gorrón, la Burra, el Pinche, el Gato Prieto y otros por el estilo.5

Esa ciudad de contrastes, que hasta hoy sigue siendo objeto de admiración, enojo y asombro tanto de propios como de extraños, es el escenario que la joven historiadora Susana Sosenski escogió para su estudio Niños en acción. El trabajo infantil en la ciudad de México 1920–1934. Ubicado puntualmente en la década de los años veinte y principios de los años treinta, y enfocando precisamente a la niñez como fuerza de trabajo formal e informal, diríamos hoy, la ciudad que aparece en el libro es, sobre todo, aquella formada por los cuarteles mayores III, IV, V y VI, que corresponden a la región centro y norponiente de la misma. Es precisamente ahí donde parece concentrarse dicha mano de obra, la cual será desmenuzada y detalladamente descrita a lo largo de este texto.

Después de introducir al lector en el surgimiento de las más importantes consideraciones y miradas en torno de la niñez desde finales del siglo XIX y principios del XX, mismas que determinaron múltiples proyectos políticos y sociales, la autora aborda de manera a cual más novedosa el lugar en donde se desarrolla la trama. Es decir: la primera etapa de la inserción de los hombrecitos y mujercitas en el mercado de trabajo durante los años posrevolucionarios. Si bien los proyectos antes citados se enfrascaron en consideraciones de índole médica o pedagógica, muy pronto la realidad mostró que los niños eran una fuente muy importante de fuerza laboral en los ámbitos citadinos. Jóvenes constructores, curtidores, tejedores, vidrieros, porcelaneros, carniceros, metalúrgicos, joyeros y asistentes de miles de oficios y actividades productivas, armaban un ejército —no tan pequeño— de reserva industrial, que compitió con gran parte de la capacidad de producción adulta.

En el afán por constituir la llamada "gran familia revolucionaria" o el muy citado "hombre nuevo" de las décadas posteriores a la etapa armada de la Revolución, se dio de frente con uno de los rezagos más evidentes en materia de justicia social, de educación y de higiene del momento. A saber: la situación que privaba en el mundo del trabajo, particularmente aquel que incumbía a los niños. La miseria, la explotación y los múltiples abusos, incluso algunos con ciertos visos de esclavitud, pero sobre todo la inequidad privaban en los medios laborales para con los más jóvenes.

El contraste entre las leyes revolucionarias y la realidad social no podía ser mayor. Si bien la acción gubernamental trató de paliar, a través de discursos y actitudes, la cruenta avalancha de los hechos objetivos, al igual que sucede hoy en día en prácticamente toda acción gubernamental, las situaciones descritas sobre el trabajo infantil en las páginas de este libro resultan por demás reveladoras y a veces hasta aterradoras. Desde la consideración del niño obrero como "niño héroe" en certámenes y demagogias de líderes políticos y de los mismos trabajadores hasta la necesidad de abolir el trabajo infantil para encauzar a la niñez a la escuela, como si ésta fuera el único medio aceptable para él y después revertir su condición de niño trabajador a la de joven adulto o adultito trabajador, el estudio de Susana Sosenski muestra cómo muchas de las actitudes y acciones políticas en torno de la infancia trabajadora se plagaron de contradicciones, aun cuando sus intenciones fueran amables y constructivas. Los años veinte resultaron muy ricos en propuestas pero muy pobres en logros, tal como sucede en la actualidad.

Después de este primer apartado sobre el pensamiento y la acción política relativos a la fuerza de trabajo infantil, el segundo dedicado a los talleres, fábricas y servicios domésticos es clara muestra de lo poco que tienen que ver los planes con la realidad. Revisando salarios, actividades y espacios, la autora llega finalmente al escenario por excelencia del trabajo infantil urbano: la calle. A través de un examen bastante exhaustivo de la prensa, y en particular de los reportajes gráficos, ese universo del trabajo callejero, de tamemes, cargadores, cerillos, mozos, sirvientas, lavanderas y sobre todo papeleros y voceadores, aparece en las páginas del libro como una excepcional contribución al conocimiento de aquella época. Para quienes nos asomamos con cierta frecuencia a los años posrevolucionarios es un lugar común la presencia importantísima de la prensa y la construcción de un público mirador/lector, pero poca relevancia se le había dado a quienes eran sus agentes distribuidores por excelencia: los voceadores. Si bien esta labor era bien controlada por figuras, cuyas familias hasta la fecha tienen enormes intereses en la distribución de periódicos y revistas, como los Corchado, parecía hasta "natural" que fueran los papeleritos los que se encargaran de hacer llegar a su destinatarios las noticias y aconte–ceres del día y la tarde. Los apartados que esta autora dedica a los voceadores son una contribución de primera línea al conocimiento de la vida urbana de los años veinte. La manipulación, los conflictos gremiales, la generación de esperanzas y la gran decepción ante la entrega de los intereses de estos jovencitos a unos representantes mayores y oficialistas pueden ser vistos como las semillas de las corruptelas sindicales que tanto abundarían en estos medios citadi–nos a partir de la década de los años treinta.

De igual manera es posible señalar la importancia de quienes en los mercados se encargaban de distribuir mercancías y productos. Sometidos a trabajos sumamente pesados no sólo de llevar huacales o carritos con frutas y verduras de un lado a otro, sino de empacar y envolver, desempacar y desenvolver, colocar y limpiar, tanto para marchantes como para distribuidores, acaparadores o rentistas de bodegas y locales, los jovencitos, objeto de este estudio, aparecen de manera mucho más compleja que como "hijos de la miseria" o "reservas laborales". El constante abuso al que están expuestos los trabajadores domésticos, los cerillos y los propios papeleros, reportado a diestra y siniestra, encuentra en este libro una condición que de pronto adquiere connotaciones de denuncia e irritación. No resulta raro que de vez en cuando, en medio del estudio puntual y riguroso, el lector levante la vista del texto y con indignación repare en lo poco que han cambiado las cosas en México desde los años posrevolucionarios hasta la fecha en materia de trabajo y explotación infantil. Por más que aparezcan Tribunales para Menores, como los que se describen en el tercer apartado de este libro, que diagnostican, estudian, califican y pretenden atender "la desordenada vida de las familias populares", en donde los hijos se encuentran a la deriva y poco a poco se pierden en el mundo callejero y delincuencial, todo parece indicar que en esa tesitura la acción gubernamental no ha pasado de las buenas intenciones. Si bien se intentó instrumentar opciones laborales y educativas, la incapacidad del gobierno, de entonces y de ahora, de proveer espacios adecuados para la infancia (p. 314), según la misma autora, ha sido proverbial.

Contradiciendo la idea de que esos años fueron "los fabulosos años veinte", queda claro que para el espacio callejero e infantil aquella época, como la actual y la de muchos otros tiempos, nada tiene de fabulosa. El libro de Susana Sosenski llena así un hueco formidable que se había tapado superficialmente con infinidad de trabajos sobre la reconstrucción de la sociedad, la importancia de los proyectos educativos, de comunicación, de institucionalización, de control político, de admiración por los grandes estadistas, de puntual descripción de asonadas y cacicazgos, etcétera. Este es un trabajo sobre un sector muy numeroso y muy poco conocido, que ya era hora que apareciera en la historiografía mexicana de manera justa y equilibrada, como objeto histórico específico, bien delimitado y, sobre todo, bien estudiado.

Como protagonistas activos del amplio mundo del trabajo urbano, los niños y niñas rescatados en este libro son una clara muestra de cómo en la reconstrucción de un sistema contradictorio, entre corruptelas y buenas intenciones, no se tuvo un lugar claro y específico para ellos. Como bien dice la autora al final de su texto, "A varias décadas de distancia México no ha logrado erradicar el trabajo infantil; los especialistas siguen debatiendo si la miseria es la principal causa de este fenómeno" (p. 323). Y yo me preguntaría si no son los propios gobiernos, tanto los revolucionarios como los conservadores, los que no han querido entender que sus propias políticas y propuestas erráticas, más que acabar con el trabajo infantil han ampliado las propias causas de la miseria y con ella han intensificado la reproducción y la perpetuación de la pobreza, que a su vez es la principal disparadora que lanza a los niños a trabajar y a la calle.

Este trabajo muestra así que, sin una propuesta que considere a los jóvenes y a los niños como sectores prioritarios de una política gubernamental integradora de combate a la pobreza, las miserables condiciones de aquellos personajes que mencionaba el cronista español en los pasajes que se citaron al principio de esta reseña no cambiarán y seguiremos conviviendo cotidianamente con estos jovencitos cuyos nombres son sólo: el Pájaro, la Loba, el Chiflado, el Gorrón, la Burra, el Pinche, el Gato Prieto y otros por el estilo... Me parece que debemos agradecer a Susana Sosenski, y al Colegio de México por recordarnos que estos personajes no sólo son dignos de una historia, sino también activas muestras cotidianas de las múltiples contradicciones de nuestras sociedades actuales.

 

Notas

1 Descripción de la República Mexicana, 1884, México, Gobierno de la República, 1885.         [ Links ]

2 De Armando Maria y Campos, Visiones urbanas (poesías), México, Botas, 1921, p. 23–24.         [ Links ]

3 Adolfo Dollero, México al día, México/París, Viuda de C. Bouret, 1911, p. 18.         [ Links ]

4 Ibidem, p. 25.

5 Ibidem, p. 26.