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Estudios de historia moderna y contemporánea de México

versión impresa ISSN 0185-2620

Estud. hist. mod. contemp. Mex  no.37 México ene./jun. 2009

 

Reseñas bibliográficas

 

María Aspe Armella, La formación social y política de los católicos mexicanos. La Acción Católica Mexicana y la Unión Nacional de Estudiantes Católicos, 1929–1958

 

Jorge E. Traslosheros*

 

México, Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana/ Universidad Iberoamericana, 2008.

 

* Instituto de Investigaciones Históricas, Universidad Nacional Autónoma de México

 

El libro de la doctora María Aspe Armella, La formación social y política de los católicos mexicanos. La Acción Católica Mexicana y la Unión Nacional de Estudiantes Católicos, 1929–1958, abre camino a la comprensión de un capítulo hasta ahora casi inexplorado de la historia política y religiosa de México en el siglo XX. Se trata de una investigación sugerente, llena de aciertos y que nos pone frente a una serie de retos que será necesario resolver en el futuro inmediato.

El tema central del libro es la formación y la participación de los católicos mexicanos en el ámbito público desde los acuerdos que dieron fin a la llamada guerra cristera, que no a la persecución religiosa, hasta 1958. Nuestra autora escoge como su objeto de estudio la vida de la Acción Católica Mexicana (ACM) en el arzobispado de México. La tesis que orienta esta investigación es que, a partir de los arreglos de 1929, los católicos mexicanos vieron bloqueada su participación política por partida doble: por el Estado mexicano y por la misma Iglesia, quienes prohibían de manera explícita la militancia política de los católicos. Esta doble prohibición implicó una seria contradicción para los fieles pues, por un lado, se les formaba en la convicción de que era necesario restaurar un orden político–social cristiano, lo que suponía llevar la cultura católica a cada uno de los campos de la actividad pública, pero se les prohibía participar en política.

Nos explica Aspe que, para implantar y desarrollar esta línea de acción, las jerarquías eclesiásticas de Roma y México buscaron centralizar las iniciativas, procurando organizar a los laicos en la ACM. Así, se estableció una clara jerarquía en su interior: en primer plano, las organizaciones que le eran propias y, en segundo, las confederadas que eran los "patitos feos", aquellas que no gozaban de la confianza de los obispos. La ACM se formó con cuatro organizaciones: la Acción Católica de Jóvenes Mexicanos, la Unión de Católicos Mexicanos (UCM), la Juventud Católica Femenina Mexicana y la Unión Femenina Católica Mexicana. Entre las confederadas destacó la Unión Católica de Estudiantes Mexicanos. Fue en esta última donde se formaron muchos jóvenes que sí participaron en política activa anticipando los tiempos, es decir, ya no en la formación de partidos católicos, sino de católicos formando partidos políticos aprovechando los espacios de una sociedad secular y democrática en formación, o mejor dicho, en proyecto. En otras palabras, coadyuvando a la construcción de esa sociedad democrática, un principio de acción que sólo después del Concilio Vaticano II quedó claro para la catolicidad.

Según nos explica María Aspe, en todo este proceso la presencia de los jesuitas fue inocultable y jamás pretendieron esconderla. Por igual participaron e influyeron en los organismos centrales de la ACM que en las organizaciones confederadas, sobre todo en la UCEM. Su influencia se dejó sentir a través de su red de colegios, sonadamente el Patria —que todavía no comprendo por qué lo cerraron—, en su obra pastoral directa, por medio de la editorial Buena Prensa, de la revista Christus y de los ejercicios ignacianos.

Estamos ante una investigación muy sólida que, en mi opinión, se fundamenta en tres aspectos. Primero, entiende que la religión es un fenómeno cultural por excelencia y que es propio del fenómeno religioso estar constituido por diversidad de voces dentro de su unidad doctrinaria y orgánica. Así, la Iglesia católica se manifiesta como un conjunto plural de voces que no se desdice de su unidad sino que la confirma. A partir de esta comprensión se da a la tarea de reconstruir la historia, o mejor dicho, se deja cuestionar por sus propias fuentes. Así, la ACM bien pudo representar la postura hegemónica dentro de la Iglesia, pero de ninguna manera fue la única voz. Esta comprensión tan básica, con parecer algo obvio, es cosa rara en el mundo académico mexicano que, cuando se trata de la Iglesia y la religión parece perder toda serenidad y proporción en el método y en el análisis.

Segundo: María Aspe tiene muy claro que la Iglesia se compone de distintos cuerpos. Esto es que, si bien es cierto que la relevancia de la jerarquía es innegable, también lo es que la Iglesia no se reduce a la jerarquía y que también se hace sentir la voz de los laicos y otros cuerpos eclesiásticos intermedios, como los institutos de vida religiosa, en este caso los jesuitas. Este hecho social nos obliga, en buen análisis sociológico e histórico, a prestar mucha atención a todas las manifestaciones dentro del cuerpo eclesiástico con independencia de la época que estudiemos. En el tiempo que ocupa la investigación de Aspe se puede decir que todas se dejaron sentir con intensidad, lo que no niega los esfuerzos de la jerarquía episcopal y romana por mantener el control y dirigir los esfuerzos. Por atender estas dos realidades descritas —la pluralidad de voces en la diversidad de las organizaciones—, María Aspe nos entrega una obra construida de diálogos, en ocasiones difíciles y ríspidos, a través de los cuales se va configurando un camino para la participación política de los católicos mexicanos. No se debe pasar por alto que esta pluralidad se hizo presente justamente cuando más temor se le tenía a la diversidad en el escenario público: la temía el Estado, la Iglesia jerárquica y también, es necesario decirlo, muchos ciudadanos y fieles laicos.

Tercero: María Aspe comprende que la religión es, primordial y sustancialmente, un fenómeno cultural, que es uno de los pocos fenómenos sociológicos que podemos calificar de "totalizantes", por abarcar toda la experiencia humana, desde la más íntima hasta la más pública. Por lo mismo, pretender contener su fuerza, ya sea el Estado o la misma Iglesia, es como querer ponerle puertas al monte. La participación política de la persona religiosa se puede encauzar, se puede llenar de contenidos doctrinarios y éticos, se puede orientar desde lo íntimo del ser humano, pero no se le puede contener o anular. La investigación de Aspe Armella demuestra que, en lo primero —pretender contenerla—, el Estado y la jerarquía fracasaron, y que lo segundo, su encauzamiento, fue precisamente lo que hicieron los jesuitas en aquellos años.

La investigación de María Aspe es pionera. Casi nada se ha escrito de la ACM. Además, la historiografía y los análisis políticos sobre la época y el tema son escasos y limitados. Tienden a reducir el fenómeno religioso al ámbito de lo político. En parte esto último se explica porque el conflicto dominante en la época fue con el Estado debido a la persecución religiosa, y en parte porque ese fantasma nos ha acompañado desde entonces incrustándose en nuestro imaginario político, eclesial, social, académico e intelectual.

Es necesario tomar en cuenta que estamos ante la primera investigación que se realiza desde el interior de la ACM y sus organizaciones. En otras palabras, valiéndose de documentación de primerísima mano. En este sentido hay que destacar la riqueza de las fuentes consultadas y el excelente tratamiento que se les otorga. Desfila ante nuestros ojos información emanada de los archivos de la ACM, de la revista Christus, del archivo de la presidencia de la Junta Central de la ACM, del Boletín de la Junta Central de la ACM, de los archivos de la ACJM, UCM, JCFM, UFCM, encíclicas papales de Pío XI y XII, cartas pastorales del arzobispado de México, archivos de las organizaciones confederadas de la ACM, sobre todo la de la UNEC, algo del Archivo de la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús, más una exhaustiva revisión de la bibliográfica.

En suma, la obra de Aspe Armella viene a poner el eslabón que hacía falta para tener una visión más o menos completa de la historia de la Iglesia desde la reforma eclesiástica de 1862 hasta la celebración del concilio Vaticano II. El estudio de Aspe Armella se suma, en solución de continuidad, a los que han venido realizando Jorge Adame Goddard, Manuel Ceballos, Jean Meyer y Víctor Gabriel Muro, sin dejar de lado la obra biográfica de Javier Sicilia y el esfuerzo de síntesis de José Miguel Romero de Solís. En virtud de estos estudios ahora tenemos una ruta bien marcada.

No debe sorprender a nadie que, por ser pionera en su género, por su aguda comprensión del fenómeno religioso y por su excelente reconstrucción, la investigación de Aspe nos conduzca casi de manera natural a una serie de retos y cuestionamientos que no podemos pasar por alto y que están esperando a avezados estudiantes de posgrado dispuestos a clavarle el diente a tan apetitoso platillo. Los cuestionamientos y posibles líneas de investigación que se abren son múltiples y entre ellas quisiera destacar tres posibilidades a modo de conclusión.

Primera: además de las muchas y muy interesantes personalidades mencionadas a lo largo del libro, qué otros personajes relevantes hubo en aquella época cuyas biografías nos puedan ayudar a comprenderla de mejor manera. Un posible camino ya lo ha marcado Javier Sicilia con las excelentes biografías que recién ha publicado sobre Concha Armida y Félix de Jesús Rougier, fundadores de distintas instituciones y promotores de una renovación cultural y espiritual en el catolicismo de aquel turbulento México. De igual suerte, hace mucha falta información y análisis sobre aquella generación de obispos, de entre los cuales están los de Veracruz, San Rafael Guízar y Valencia, que constituyen tan sólo un ejemplo distinguido.

Segunda: además de los jesuitas, qué otros institutos de vida religiosa participaron, habida cuenta de que es una época de crecimiento visible en el surgimiento y consolidación de las obras de la Cruz, sonadamente los Misioneros del Espíritu Santo, por no decir de los colegios lasallistas, maristas y de las Hermanas del Verbo Encarnado, cuyo panorama nos ha pintado con gran calidad Valentina Torres Septién.

Tercera: necesitamos adentrarnos en lo que sucedió con la más grande e importante porción de la Iglesia que es el laicado de a pie, ajeno a debates, dimes y diretes políticos; esos de la vida cotidiana que hacen de su relación con Dios algo tan sencillo y simple como salir a trabajar, criar una familia, besar a sus hijos, rezar, ir a misa, invocar y confiar en Cristo, en la Virgen y sus santos. ¿Cómo se vivió la religiosidad ordinaria, cotidiana, la de cada día? ¿Cómo se organizó la pastoral en todos sus aspectos a nivel parroquial y diocesano? Y por cierto ¿qué pasó con la obra misionera? En otras palabras, ¿cómo se desarrolla la cultura católica mexicana en su más amplio sentido? Cabe preguntarnos si la política de contención política promovida por el episcopado logró mejores condiciones para el desarrollo de la pastoral y la religiosidad cotidiana, que tal parece haber sido su objetivo. Por un lado, la fuerza que todavía tiene la religiosidad popular en México parece indicar que así fue, pero no lo podemos saber a ciencia cierta. Por otro lado, la ausencia de una intelectualidad católica en el escenario público en nuestros días parece indicar lo contrario. Aquí hay un gran campo de investigación.

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