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Estudios de historia moderna y contemporánea de México

versión impresa ISSN 0185-2620

Estud. hist. mod. contemp. Mex  no.37 México ene./jun. 2009

 

Reseñas bibliográficas

 

James D. Cockroft y Raúl Jiménez Lescas, Michoacanos e irlandeses en la guerra antiimperialista de 1846–1848

 

Eduardo Mújica López*

 

Morelia, Gobierno del Estado de Michoacán de Ocampo, Secretaría de Desarrollo Social, 2006, 114 p.

 

* Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora

 

La guerra entre México y los Estados Unidos genera, en ciclos de diez años, coincidentes con el aniversario de la misma, publicaciones de toda índole, recordando el mayor trauma sufrido por los mexicanos, y la constitución casi total —en términos geográficos— de los modernos Estados Unidos. Fue una guerra que quebró los sueños de una república a la vez que confirmó los de la otra. Es acaso una materia demasiado trabajada en México, en la que, sin embargo, aún existen lagunas importantes para entenderla en sus partes, y muchas más para entenderla como una totalidad. Es aquí donde se inscribe el esfuerzo de James D. Cockcroft y de Raúl Jiménez Lescas, pues su propuesta es explicar cómo dos grupos de personas con un origen geográfico distinto tuvieron una participación activa en el conflicto, siendo justamente ese origen distinto lo que los caracterizó.

Hacer este tipo de trabajos, si bien no es algo nuevo, estriba en entender a las fuerzas armadas como un conjunto heterogéneo, donde las partes son importantes en sí mismas, más que sólo un agregado numérico. Así es posible verlo en los trabajos de Pedro Herrera Leyva con Diario de lo ocurrido a las milicias del Nuevo Reino de León; José Rojas con El coronel Antonio Vivanco y las milicias de las fronteras de Colotlán, o Artemio Benavides con Sociedad, milicia y política en Nuevo León, siglos XVIII y XIX. ¿Qué es lo que se puede encontrar en estos trabajos? El recuento de características individuales de las milicias, y la forma en que éstas interactuaron con su medio, en especial en cuestiones políticas. Se ha dejado de lado su eficacia frente al enemigo, en gran medida por la poca importancia de los enemigos existentes o por la ausencia de éstos, a pesar de lo cual sientan los precedentes para escribir historia militar.

Bajo este supuesto podríamos hacer una crítica exhaustiva de Michoacanos e irlandeses en la guerra antiimperialista, sin embargo hay que agregar, en desdoro de la obra, que forma parte de una colección dedicada al público de la tercera edad, a un público que carece de un amplio bagaje histórico y que en este texto tendría que hallar una manera de fortalecer su conciencia ciudadana.

El texto que analizamos se halla dividido en dos grandes secciones, la primera interesada en abordar el caso de las fuerzas michoacanas durante la guerra, a cargo de Jiménez Lescas, y la segunda elaborada por Cockcroft, quien procura justificar la deserción y auxilio de los hijos de la Isla Esmeralda en México. Como en muchos otros textos escritos a dos manos, se aprecia un fuerte contraste, tanto en la forma que cada uno de los autores emplea para abordar su tema como en los distintos problemas que pretenden tratar.

Por su lado, Jiménez realiza cuatro monografías que exponen lo que para los michoacanos significó esta guerra. En primer lugar, retrata la gestión y los discursos del gobernador Melchor Ocampo respecto del inicio de las hostilidades, para lo que recurre a sus Obras completas, sin embargo se extrañan textos como el de Narciso Bassols y Batalla, Así se quebró Ocampo, o el de Ramón Sánchez Reyna, Melchor Ocampo: el hombre y la institución. En segundo lugar, aborda la formación de cuatro batallones, en particular los Activos de Michoacán y Matamoros, así como la participación de éstos en la campaña del valle de México, relatados a partir de las notas del Alférez Isidro Alemán y citas de las obras de José María Roa Bárcena y Guillermo Prieto. En tercero, habla del retiro de las tropas de la capital, los sinsabores de la derrota y las dificultades para que los batallones michoacanos pudieran regresar a su estado. Por último, se trata de asuntos relacionados con la intendencia de las tropas: su abastecimiento de armas, alimentos y uniformes y de los esfuerzos hechos para suministrarlo por parte de la sociedad moreliana.

En contraparte, Cockcroft se dedica a narrar las desventuras y penas del capitán John Riley, quizá el desertor irlandés más famoso, quien se volviera el comandante del Batallón de San Patricio. Se narra con profusión de hechos, bastante famosos en la historiografía de los irlandeses en México, tales como el caso del soldado que recibió dos marcas en la cara al ser detenido por sus ex jefes estadounidenses, y el del propio Riley, víctima de la misma infamia. Es un texto plenamente dedicado a la divulgación histórica, lo que el lector más especializado puede lamentar, extrañando las referencias académicas.

Ambos textos, que separados pudieran parecer suficientes, al hallarse insertos en el mismo volumen, lucen incompletos e inarticulados. Existe una pléyade de diferencias entre ambos, siendo quizá la mayor la forma en que se escribieron los textos. Mientras Jiménez ofrece un marco crítico abundante, en Cockcroft las omite por completo. En contraparte, las monografías del primero aparecen como pequeños ensayos, algunas veces dramáticos, otras un mero listado de citas textuales, mientras que el segundo desarrolla una narración entretenida, pero sólida, si bien breve en extensión.

Los mayores problemas que se pueden señalar a Jiménez son la notoria precariedad de las fuentes consultadas; el mal uso de su marco crítico: mencionar autores y texto que deja de reproducir en las fuentes del final; y redundar en cuestiones cronológicas, haciendo cansada la lectura de cada parte pues deja en el lector la sensación de estar ante un déjà–vu. En cuanto a Cockcroft, su mayor error es el empleo abusivo de conceptos anacrónicos y tal vez lo más serio sea su utilización del término "imperialista" para una guerra que no lo fue, si recordamos que el imperialismo como tal no busca obtener territorios, sino poseer zonas de influencia.

No todo es negativo en la obra, el mero hecho de que exista nos permite observar la necesidad de llenar un espacio desestimado por los escritores académicos, la divulgación. Y en particular el que esté dedicado a las personas de la llamada "tercera edad" constituye un fuerte campanazo a la vez que un reclamo justificado por el olvido en que el gremio de historiadores las ha tenido.

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