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Estudios de historia moderna y contemporánea de México

versão impressa ISSN 0185-2620

Estud. hist. mod. contemp. Mex  no.32 México Jul./Dez. 2006

 

Artículos

Teoría e historia: los signos de una transformación. Observaciones a propósito del diálogo entre historiadores

Theory and History: The Signs of a Transformation. Observations on the Dialogue between Historians

Fernando Betancourt Martíneza 

a Miembro del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional Autónoma de México, México. Ha impartido clases en la Universidad Iberoamericana, en la Escuela Nacional de Antropología e Historia y en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

Resumen:

El presente artículo aborda las Implicaciones teóricas que se desprenden del diálogo historiográfico bajo delimitación disciplinarla. Tradicionalmente se ha considerado que estas formas dialógicas carecían de interés en el trabajo de clarificación de las bases epistemológicas del saber histórico. El autor busca demostrar que, a diferencia de esta postura, las relaciones intersubjetivas que median en la discusión entre historiadores son fundamentales para entender el orden práctico que lo determina. Para ello introduce el denominado enfoque pragmático que, desde la filosofía de la ciencia contemporánea, se convierte en elemento que tiende a sustituir la anterior discusión epistemológica. Resalta con este enfoque el carácter comunicativo propio de la racionalidad operante en la base disciplinaria y la exigencia de contextualización que se desprende de él. Una forma de enfrentar dicha exigencia se localiza en el concepto de regímenes de historicidad.

Palabras clave: teoría de la historia; epistemología; intersubjetividad; temporalidad; heurística; historicidad; paradigma; pragmática; Thomas S. Kuhn; Jürgen Habermas

Abstract:

This article attempts to deal with the theoretical implications drawn from the historiographical dialog within disciplinary limits. It has traditionally been thought that these dialogic forms lack interest in the work of clarifying the epistemological bases of historical knowledge. The author attempts to show that, on the contrary, the intersubjective relations mediating in the discussions between historians are crucial to understanding the practical order that determines them. To this end, he introduces the so-called pragmatic approach which, from the philosophy of contemporary sciences, becomes an element that tends to replace the previous epistemological discussion. This approach highlights the communicative nature characteristic of the rationality operating in the disciplinary basis and the demand for contextualization drawn from it. One way of dealing with this demand is found in the concept of regimes of historicity.

Key words: theory of history; epistemology; intersubjectivity; temporality; heuristics; historicity; paradigm; pragmatics; Thomas S. Kuhn; Jürgen Habermas

Los eventos académicos en los que los historiadores acostumbran presentar sus trabajos y someterlos a discusión en el ámbito disciplinario ofrecen la oportunidad de formular algunas observaciones sobre la disciplina histórica y sobre los procesos de investigación que le resultan característicos. Tales comentarios no tienen como fin presentar un diagnóstico sobre el estado en que se encuentra el trabajo académico en general, la productividad de las diferentes líneas de investigación ni mucho menos respecto del desempeño profesional de los investigadores. No es un afán descriptivo respecto de los contenidos aportados por la investigación histórica ni de sus tratamientos historiográficos. Antes al contrario, lo que motiva estas líneas responde a un interés personal de quien esto escribe sobre el estatuto del saber histórico y sobre sus marcos disciplinarios generales. En ese sentido, a lo largo de este trabajo expondré algunos rasgos que regularmente tienen lugar en la discusión historiográfica y que resultan importantes para la definición disciplinaria, esto es, suponen fuertes implicaciones teóricas, pero bajo el entendido de que el sustrato teórico ha cambiado sustancialmente en las últimas décadas. De tal modo que los comentarios tienen por fin mostrar, de manera panorámica, las modalidades de esa transformación y los nuevos problemas que pueden ser planteados desde ella.

I

Para empezar, resalta el hecho de que eventos delimitados a comunidades e instituciones particulares permitan esbozar asuntos que tradicionalmente han sido cubiertos bajo el rubro teoría de la historia. En su perspectiva tales asuntos presumen de un carácter tan englobante que difícilmente pueden encontrar acomodo justificado en marco particular alguno; antes al contrario, la generalidad del tratamiento teórico idealmente debía quedar asegurado en cada manifestación particular del conocimiento histórico por la vía de una aplicación de las normas deducidas previamente. Pero el que puedan hacerse notar cuestiones teóricas desde la singularidad de eventos académicos que tienen, como temática primordial, discutir los aportes en cuanto a procesos de investigación histórica, es indicio del desplazamiento que ha sufrido precisamente el denominado trabajo teórico. En efecto, el supuesto que hasta hace poco tiempo alimentaba sus privilegios lo mostraba como un trabajo atenido al análisis de las representaciones historiadoras (escritura de la historia) y de las vías metódicas que aseguraban contenidos de verdad en las expresiones historiográficas.

Un procedimiento analítico respecto de los conocimientos producidos por los historiadores, y dotado de un carácter inmanente tan definido, debía mostrar los marcos generales de validez científica a los que respondían. A su vez, los procedimientos por los cuales se producían esos conocimientos, la lógica de investigación, sólo alcanzaban dignidad metódica a través de la intermediación documental y del uso de técnicas específicas en cuanto a su ubicación, tratamiento e interpretación. La validez de las representaciones del pasado es algo que exige la presencia de un método aséptico, aunque de ninguna manera es reducible sólo a su aplicabilidad. Los procedimientos por los cuales se llega a determinadas interpretaciones sobre el pasado quedan exentos de problematicidad en el momento en el que existen garantías metódicas en cuanto a su limpieza y neutralidad científica.1 De ahí que tradicionalmente los procedimientos metódicos no guarden sino una relación subordinada con los asuntos teóricos de la disciplina histórica.2 Desde esta afirmación resulta necesario hacer una distinción.

La teoría a la que me he referido no resulta análoga al conjunto de teorías particulares, puedo decir, historiográficas, las cuales se encuentran conectadas de manera directa e inmediata con problemas metódicos de investigación. Estas últimas participan de manera determinante en el proceso por el cual los historiadores pueden formular un conjunto particular de enunciados o discursos sobre el pasado (enunciados sintéticos o fácticos), mientras la primera interroga a las condiciones de validez general a las que responden todas las afirmaciones sobre el pasado. Esto explica por qué de manera convencional las teorías particulares se agrupan en el campo de atribuciones de la investigación de hechos, mientras que la teoría de la historia se desprende de tal campo por su labor de fundamentación general. No tiene por fin producir enunciados fácticos sobre el pasado dado que se pregunta por la legitimidad científica de tales enunciados.3

En efecto, son dos niveles claramente diferenciados de discusión teórica: uno ligado a las modalidades operativas de la investigación, deducidas desde paradigmas historiográficos y aplicados en rubros específicos (historia económica, social, de las ideas, etcétera). Los resultados de esta aplicación se prestan a ser falseados metódicamente, mientras el otro nivel consiste en un ejercicio de clarificación de condicionantes cognitivos que no pueden ser falseados metódicamente. En la base de esta disparidad de niveles funciona un presupuesto largamente sostenido por la filosofía de la ciencia y recuperado por la teoría de la historia, la distinción entre enunciados sintéticos y enunciados analíticos. A pesar de que ha sido motivo más de desavenencias que de acuerdos ampliamente aceptados, es posible definir la distinción desde su perspectiva epistemológica. Así, la cualidad sintética de ciertas clases de enunciados se encuentra establecida por su empiricidad, es decir, por su referencia a estados de cosas (lo real); los analíticos, presumiblemente enunciados por la filosofía de la ciencia y por la teoría de la historia, expresan condiciones universales y necesarias a las que se adhieren los enunciados empíricos para ser considerados verdaderos.4

Parece entonces legítimo afirmar que el espacio de atribuciones que de antaño definía a la teoría de la historia radica en su carácter metateórico, siempre y cuando se tome en serio la diferencia de niveles. Pero a contrapelo de lo anterior, lo notable del espacio de deliberación disciplinaria al que se ajustan los historiadores se localiza en lo siguiente: muestra que el argumento que sostiene la superioridad de los tratamientos metateóricos (teoría de la historia) ha perdido plausibilidad, puesto que las cuestiones operativas que permiten producir representaciones sobre el pasado, en otras palabras, la lógica de la investigación histórica, son las que delimitan ahora los problemas teóricos de la disciplina. Habrá que agregar que esta situación no puede ser tomada como un caso aislado dentro de una normatividad ampliamente reconocida y autorizada ya de hecho, normatividad que debe a la filosofía de la ciencia y a sus aplicaciones regionales su fuerza vinculante para cada ciencia en lo particular.

Se trata menos de una excepción a la regla que de una tendencia crítica que ha terminado por cambiar radicalmente la orientación, reconocible desde el siglo XIX, de las formas de pensamiento que han tematizado al conocimiento científico. Transformación que adquirió una denominación precisa, giro pragmático, al calor de un trabajo de desmontaje de los supuestos que alimentaban la pretendida superioridad de la teoría sobre la praxis científica, de la lógica de la ciencia por sobre la lógica de la investigación científica. Mostrando que estos supuestos consistían en afirmaciones no justificadas, finalmente eran afirmaciones tomadas como evidencias a priori, la crítica tendió a establecerse como una modalidad de historización de las ciencias, sobre todo a partir de la obra de Kuhn entre otros. En esta perspectiva, los problemas epistemológicos que no encontraron en realidad solución desde la teoría pura adquirieron una consistencia diferente cuando se observaron los aspectos prácticos involucrados al nivel de las comunidades científicas: es en este nivel donde tales problemáticas epistémicas son resueltas bajo procedimientos diametralmente diferentes a los que reconocía la filosofía de la ciencia tradicional, verbigracia, la objetividad, la neutralidad metódica, el estatuto de verdad de los conocimientos adquiridos o la verificación empírica.

De ahí que si la filosofía de la ciencia ha sobrevivido a la crítica histórica es porque ha desplazado su centro de atención, a saber, de la cualidad intrínseca de las representaciones científicas hacia los procedimientos por los cuales, desde espacios delimitados y en contextos sociales y culturales específicos, se fabrican esas representaciones.5 Por supuesto, su consistencia reflexiva depende de no restringir la fabricación de representaciones al sustrato simplemente metódico. Lo que explica esta reticencia es la consideración de que la lógica de la investigación histórica no se contenta sólo con cuestiones de técnicas de investigación ni de métodos aplicados desde cierta elección previa, sino que abarca todos los compromisos adquiridos y compartidos por un grupo. Y éstos van desde los criterios que permiten formular problemas de investigación, los procedimientos adecuados para resolverlos, hasta la validación intersubjetiva de teorías o de interpretaciones historiográficas particulares.

Los procedimientos de investigación dependen de un medio social, las comunidades de historiadores, las cuales suponen procesos de diferenciación social, pautas de identidad grupal, de adscripción profesional y elementos de formación pedagógica, además de compartir formas comunicativas y procesos de socialización.6

Destaco sólo un rasgo que se desprende de esta perspectiva y que asume que los asuntos teóricos de la historia se localizan en el campo de la práctica historiográfica. Importa al enfoque que descansa en el proceso operativo de investigación las relaciones intersubjetivas, el diálogo y las discusiones que entablan los historiadores, dado que son las que dan consistencia a las realizaciones científicas de las comunidades en su conjunto. Hasta hace poco tiempo la validación intersubjetiva era considerada un estorbo a la validación propiamente científica de las hipótesis y teorías propuestas, en el sentido en que toda comprobación científica debía marginar contenidos de carácter subjetivo.

Pero en la actualidad revela elementos cruciales en tanto que es el vehículo para establecer acuerdos disciplinarios en lo tocante, precisamente, a la formulación de teorías y a la validación de las hipótesis sometidas a procesos de investigación (falseabilidad); su importancia radica en que sin estos acuerdos mediados intersubjetivamente no habría propiamente investigación histórica alguna ni se llegaría a resultados. Estos últimos, digamos que lo que presenta el historiador como interpretación final bajo una forma discursiva y que se sigue del proceso de investigación, pasa necesariamente por una validación igualmente intersubjetiva. No está por demás señalar que los acuerdos mediados intersubjetivamente se cristalizan en paradigmas que orientan la investigación en su conjunto y, en ese sentido, establecen las pautas para que los modelos teóricos puedan ser aplicados empíricamente. Ahora bien, es justamente este cambio general de orientación de los aspectos teóricos de la disciplina lo que se hace evidente cuando se toma en serio al sustrato intersubjetivo que media la discusión historiográfica, siendo este sustrato un elemento reflexivo de importancia pragmática.

II

En eventos que los historiadores llevan a cabo, tales como congresos, seminarios, jornadas académicas, etcétera, digamos que en la forma normal de buena parte del trabajo de investigación, sobresale algo que no ha pasado inadvertido para los nuevos tratamientos teóricos incluso en campos alejados de la historia, las ciencias naturales por ejemplo, y que delimita un conjunto de problemas por abordar: las mediaciones intersubjetivas nos remiten a materializaciones de lenguaje en procesos comunicativos específicos. A pesar de que en esta clase de actividades se exponen temáticas muy diferentes y por lo general con una tónica especializada, historia económica, social, urbana, historia de las ideas, análisis historiográficos, problemáticas de fuentes y bases documentales, discusión sobre aspectos conceptuales, etcétera, no es de ninguna manera anecdótico el hecho de que, desde estas diferencias, los historiadores continuamente prestan una atención reflexiva a la cuestión general del lenguaje.

En dos grandes aspectos se hace notar lo anterior: en cuanto a los tratamientos historiográficos que se ven enfrentados a problemas de carácter semántico y en cuanto a las modalidades de la discusión y el diálogo que se entabla necesariamente en esta clase de eventos. El primer aspecto puede ser identificado como un interés sobre el lenguaje visto al nivel de los objetos de investigación; así, se discuten problemas de carácter filológico, sobre precisión conceptual respecto de teorías interpretativas, sobre variaciones semánticas en los conceptos históricos, sobre la problemática de traducción a que obligan las fuentes, etcétera. Este aspecto sobre el lenguaje acepta su nivelación objetual: resulta importante para la formulación de enunciados sobre el pasado y por eso puede denominársele un interés sobre el lenguaje en cuanto objeto. Rebasando este nivel objetual, el segundo aspecto se deja ver al explicitar al lenguaje usado en términos dialógicos.

Si bien la naturaleza objetual no se refiere al grado de acercamiento a lo real, es decir, a la cualidad representativa del lenguaje, es en el ámbito dialógico donde se muestra una exigencia de reflexividad que pareciera ser ya una característica de la disciplina histórica y en la que se traslucen importantes cuestiones teóricas en el sentido apuntado arriba, es decir, de mediación intersubjetiva. Aunque hay que aclarar que las discusiones sobre los contenidos semánticos de las palabras y los conceptos usados en la investigación histórica, tanto los que se relacionan con el tratamiento de fuentes documentales como los vinculados con la adscripción a marcos conceptuales que permiten perspectivas interpretativas, muestran un alejamiento notable de las posturas objetivistas, pues reconocen que todo contenido semántico depende de los criterios involucrados para hacer resaltar distinciones. Como construcciones dependen de criterios cambiantes y relativos ya que están en relación con un paradigma o paradigmas determinados, pero aun así la instancia última de validación es intersubjetiva.

Recordemos que para el positivismo, incluso en su variación lógica, es decir, como neopositivismo, el único criterio de validación de conceptos y enunciados científicos era su contrastación empírica con lo real representado. Aún más, el acuerdo racional alcanzado por los científicos se hacía depender del análisis de cada investigación particular con el fin de resaltar los modos y los grados de su acercamiento a lo real, finalmente lo que caracterizaría a todo acuerdo racional respecto de los criterios de relevancia y de elección de teorías y métodos en el campo científico. De modo que todo enunciado, para esta postura, puede ser revisado teniendo en cuenta sólo sus pretensiones de verdad sin inmiscuir las instancias intersubjetivas desde donde se emiten.7 A contrapelo de la anterior, la discusión que se desarrolla al nivel de lo que he denominado lenguaje objeto demuestra que la mediación intersubjetiva es crucial en la valoración conceptual y semántica que permite construir enunciados temporales. Esta orientación es ya definitoria de la filosofía de la ciencia contemporánea a raíz, precisamente, de la introducción del enfoque pragmático y del giro lingüístico.8

Por supuesto que el diálogo entre historiadores se encuentra determinado por los paradigmas que vuelven operativa la investigación histórica. No se trata de formas dialógicas que funcionan en marcos difusos o normativos, como en la práctica cotidiana de los mundos de la vida, sino que se especifican siempre desde los compromisos adquiridos (Kuhn los denomina creencias) que son necesariamente compartidos por grupos de investigadores. Es desde estos compromisos, que se especifican paradigmáticamente para permitir expresión empírica, como se decantan criterios de validez que se aplican en la discusión historiográfica. Y en esto se juega algo importante: el historiador no se coloca en actitud objetivante para dar cuenta de lo real pasado, es decir, como observador desinteresado que se dirige a un mundo de cosas susceptibles de descripción, sino que participa comunicativamente como miembro de un grupo en procesos de entendimiento, es decir, adopta la actitud realizativa de todo participante en los procesos comunicativos.9 Lo que se ha ido revelando es que los procesos comunicativos resultan ser de primera importancia para entender el funcionamiento de la disciplina histórica al nivel de sus formas de operación y de su expansión discursiva.

Y esto resulta ser algo totalmente despreciado o esquivado por la anterior filosofía de la ciencia o incluso por la teoría de la historia tradicional. En el nivel dialógico adoptado se introduce, además de lo anteriormente señalado respecto de la problemática semántica, un segundo piso reflexivo que tematiza de manera diferente a los procesos comunicativos. Me refiero al paso que va de la discusión sobre el lenguaje-objeto a la discusión que se plantea como una observación sobre aquellas distinciones que permiten hablar del pasado. Es un nivel en donde el historiador se introduce como un observador crítico de la operación de observación del pasado que él mismo realiza como investigador y por tanto puede ser caracterizado como un nivel autorreferencial. Sólo desde este punto puede revisar las perspectivas que se ofrecen sobre eventos pasados y las explicaciones aportadas precisamente como perspectivas que dependen de elementos que, por lo general, permanecen implícitos. Buena parte del trabajo crítico de los historiadores se produce en este nivel. Si consideramos que los resultados de la investigación están mediados por modelos interpretativos que, por lo general pertenecen a otras ciencias sociales, la crítica se especifica como revisión de los modelos de racionalidad del presente y la especificación de sus límites.10

Es en este punto donde se lleva a cabo la valoración de las interpretaciones, no ya de los enunciados particulares que hablan del pasado, sino de las modalidades de inteligibilidad que se siguen de ellos. El historiador no discute la verdad de las declaraciones individuales que se formulan a partir de la investigación documental, sino la significación aportada por la perspectiva historiográfica que se ofrece, contrastándola con las interpretaciones anteriores con las que compite.11 Para la epistemología tradicional la única forma de validación de hipótesis científicas consistía en comprobarlas empíricamente deduciendo de ellas enunciados individuales. Estos enunciados, llamados de observación, se comprobaban idealmente uno por uno bajo el proceso de falseación. Pero los historiadores no validan los resultados de la investigación de esta manera. Más aún, lo que interesa es la validación de la perspectiva que el historiador ofrece, es decir, de la interpretación, y esta perspectiva no se deduce simplemente del conjunto documental trabajado, sino de su confrontación con modelos siempre en marcos paradigmáticos determinados. Es en la discusión historiográfica donde se revisa la pertinencia de las interpretaciones particulares y el punto de partida de esta labor consiste en su historización.

De tal modo que puede decirse que los procesos comunicativos, el diálogo entre historiadores, adquieren la consistencia y la función de una observación de segundo orden.12 En este sentido, discutiendo sobre las interpretaciones que otros historiadores han presentado, es decir, formulando observaciones de segundo orden, tematiza tales interpretaciones como eventos comunicativos. Un efecto de recursividad se desprende de esta tematización. El proceso de validación de las interpretaciones historiadoras inhibe la posibilidad de llegar a un cierre en la discusión y el diálogo historiográfico, puesto que la operación de investigación requiere de la reproducción de los paradigmas (a menos que se trate de su sustitución) y es la continuación de la discusión historiográfica la que permite la reproducción paradigmática. De ahí que el objetivo que persigan las interpretaciones no pueda ser alcanzar un status definitivo, terminal, sino alentar, desde la discusión historiográfica, nuevas interpretaciones, esto es, fomentar la recursividad al interior de las comunidades de historiadores.13

Aún existe algo más en este tipo de tratamiento teórico de la historia si se acepta lo teórico como una forma que permite dar cuenta de la base disciplinaria, es decir, como una descripción reflexiva de lo que hacemos los historiadores. Ello se relaciona con la actitud realizativa ya mencionada que los historiadores adoptan en la discusión historiográfica. Tal actitud supone la introducción de elementos por los cuales se validan las emisiones lingüísticas y se logra con ello entendimiento entre los participantes del diálogo. Pero estos elementos no son de diferente naturaleza de los medios que para alcanzar entendimiento y acuerdos tienen cabida en otros espacios de la vida social. Lo que permite englobar tanto a los procesos que se desarrollan en los subsistemas científicos, al que pertenece la historia, así como a los espacios de la praxis social cotidiana, es su carácter comunicativo. El grado de especialización al que llegan los vocabularios científicos y la forma argumentativa que adquiere la discusión en su seno no obsta para bloquear su vinculación. Igual que las emisiones lingüísticas que se producen en los mundos de la vida y que aportan patrones interpretativos para que los sujetos sociales postulen comprensión de su entorno y definición de su situación, las emisiones científicas gozan de los mismos atributos así como de análogas exigencias de validación aunque más articuladas y formalizadas.

La racionalidad procedimental que caracteriza al trabajo científico encuentra expresión determinante en la racionalidad del diálogo, en el entendimiento alcanzado de manera intersubjetiva y en la revisión argumentativa de la validez de las emisiones lingüísticas.14 Actualmente, desde distintas perspectivas y posiciones, se subraya que no sólo existe vinculación entre el ámbito del trabajo científico y la práctica precientífica propia de los mundos de la vida, sino que incluso debe ser reconocido el hecho de que los patrones interpretativos que los sujetos sociales introducen en su praxis cotidiana condicionan las formas de entendimiento e interpretación que se producen en las esferas científicas. El saber aportado en los espacios sociales alimenta y posibilita al saber científico altamente diferenciado y formalizado, cosa más notoria en el caso de las ciencias sociales y humanas, cuyos objetos de investigación se encuentran ya preinterpretados como objetos simbólicamente estructurados de la vida social. Esto explica la situación especial que guarda la ciencia de la historia y que comparte con otras ciencias humanas y sociales, a saber, el trabajo interpretativo se produce desde una doble hermenéutica .15

En esa situación, tanto los objetos de conocimiento como los procesos metódicos que buscan explicitarlos se encuentran ya cargados de un simbolismo preestructurado propio de los procesos de entendimiento que, de manera intuitiva, tienen lugar en el mundo de la racionalidad práctica. Dicho de otra manera, las relaciones intersubjetivas que median toda posibilidad de entendimiento entre los historiadores, sujetos que comparten compromisos disciplinarios, deben su fuerza vinculante para el grupo sólo porque el umbral teórico alcanzado reproduce las condiciones generales de entendimiento que funcionan socialmente por debajo de todo umbral teórico. Un ejemplo de esta afirmación se relaciona con el concepto de acción social, concepto crucial para la sociología, la antropología y por supuesto la historia. Los tratamientos teóricos y metodológicos que permiten comprender la acción coordinada de los sujetos sociales encuentran su justificación en la comprensión de la acción que circula en términos de la práctica cotidiana, donde los sujetos establecen estándares de interpretación de sus propias acciones.

Indudablemente la historia se encuentra en una posición diferente dado que tiene que explicitar la acción en el pasado; pero incluso aquí la comprensión que logra el historiador depende de los recursos que adquiere como participante en la vida social y en la práctica precientífica. Pero esto es algo que ya había sido mencionado insistentemente por la tradición de la hermenéutica moderna. En Dilthey mismo se produce el reconocimiento de este estatuto especial de las denominadas ciencias del espíritu. Tratando de transparentar la especificidad metódica de estas ciencias tomando en cuenta la naturaleza de sus objetos, introduce el concepto de trasfondo histórico para señalar cómo la comprensión de sus ámbitos objetuales se desprende del entendimiento logrado en la vida misma del espíritu humano y sus productos. Sólo se pueden comprender eventos pasados, según Dilthey, porque el historiador participa, de manera precientífica, de la misma experiencia histórica que constituye a sus objetos.16 Explico lo anterior desde la postura que este autor sustentó en cuanto a la naturaleza del campo objetual de las denominadas ciencias del espíritu.

Así, una de las diferencias fundamentales que presentaban respecto de las ciencias naturales se localizaba en el tipo de relación que el sujeto cognoscente establecía con los objetos a estudiar. A diferencia de la experiencia natural, los objetos de las ciencias históricas se constituían desde la misma experiencia histórica que determinaba el status del sujeto. Mientras en las ciencias naturales existía una discontinuidad básica entre sujeto y objeto de la cual dependía incluso el tipo de aprehensión cognitiva, las ciencias del espíritu, al dirigirse a la esfera de los fenómenos culturales, estaban capacitadas para captar su naturaleza sólo porque guardaban continuidad con el mismo trasfondo cultural que constituía a sus objetos. De ahí que Dilthey determine que el acceso a estos fenómenos debía ser igualmente diferente: ellos se abren desde adentro a una comprensión que tiene su origen en los ámbitos precientíficos de la vida social y cultural compartida. En otras palabras, los patrones interpretativos que circulan en la praxis cotidiana de los mundos de la vida alimentan a las formas interpretativas que buscan clarificar aspectos de la experiencia histórica. En términos contemporáneos, el contexto comunicativo y la comunidad de experimentación de los investigadores tienen su condición en un aprendizaje cultural (precientífico) articulado en lenguajes ordinarios.

III

Regresando a la línea argumental, resulta posible delimitar los dos niveles en que funciona esta equiparación del trabajo del historiador con los mundos de la vida en que participa como todo sujeto social. Primero, en la delimitación de sus objetos de estudio. Tales objetos no emergen exclusivamente merced al trabajo teórico de los historiadores, sino que se desprenden de una identificación preteórica, digamos que de carácter heurístico, y que se realiza en la esfera de la experiencia histórica cotidiana en la que él participa como sujeto actuante. Segundo, en las modalidades dialógicas que se desarrollan en la vida disciplinaria, pero que son el resultado de las modalidades que adquiere, de manera previa, en la racionalidad comunicativa de la praxis social. Ambos niveles se conectan si introducimos el concepto de heurística. Convencionalmente este concepto ha servido para delimitar dos esferas del trabajo científico diferenciadas sólo por su ubicación en el proceso de investigación.

El contexto de descubrimiento es aquel que aprecia un papel positivo de los valores propios del científico en la formulación de problemas de investigación. Por otro lado, el contexto de justificación vendría a asegurar que los resultados que aporta la ciencia se encuentren respaldados por criterios estrictos de evaluación que inhiban cualquier factor valorativo o subjetivo. El contexto de justificación debía aportar un estándar de evaluación fijo que, al codificarse, mostrara cómo cada teoría o hipótesis particular puede ser comprobada empíricamente, sin interferencia de las prácticas científicas o de la creatividad del investigador.17 Por tanto, la heurística se encontraba circunscrita sólo al plano de la formulación de problemas de investigación, bajo el entendido de que si la creatividad o los valores sociales tienen aquí alguna función, su tamiz de irracionalidad debía ser objeto de contención mediante la aplicación de los estándares de evaluación estrictos. No está por demás mencionar que dentro de las cualidades heurísticas destaca la interpetación, a la que podía acudir el científico siempre y cuando no se la extrapolara hacia los resultados, ya que los altos contenidos de subjetividad que acarreaba introducían opacidad en el proceso de justificación formal.

Por la vía de una expansión de la heurística hacia el contexto de justificación se demuestra ahora que los procesos de evaluación de teorías e hipótesis científicas no pueden estar exentos de los compromisos previos a la investigación, de los consensos y disensos que se producen en las comunidades de investigadores, puesto que los lenguajes científicos están orientados por paradigmas. El concepto de heurística supone que la racionalidad por la cual se formulan problemas no puede depender de reglas lógicas o de algoritmos aplicados a las normas de validación, ya que se relaciona, más bien, con habilidades prácticas e interacciones comunicativas desarrolladas en la comunidad de especialistas. Pero el momento originario de tales habilidades y formas de interacción no se localiza en el seno de esas comunidades, sino en el contexto social y cultural en el que está situada, a tal grado que en la actualidad se habla ya incluso de una racionalidad analógica vinculada con el concepto de heurística o también de una fuerza persuasiva que delimita a las ciencias humanas como espacios retóricos donde se evalúan razonamientos y juicios bajo criterios argumentativos, lo que se hace evidente en el diálogo que entablan historiadores que comparten paradigmas.

En suma, la condición de posibilidad del saber histórico no está en la estructura cognitiva, la conciencia racional como había definido Kant, ni en las reglas lógicas que orientan y valoran los conocimientos adquiridos en términos metódicos como se empeñara en demostrar el positivismo, sino en un saber de fondo, contextual; es un horizonte no tematizado desde el cual las tareas interpretativas que intervienen a lo largo de la lógica de investigación histórica y el diálogo argumentativo a partir del cual se evalúan los procesos metódicos y sus resultados, alcanzan legitimidad. Desde el siglo XIX la pregunta por las condiciones de posibilidad del conocimiento en general, independientemente del tipo de disciplina de que se trataba, encontraba respuesta desde dos polos opuestos: la deliberación kantiana en cuanto al fundamento subjetivo del conocimiento, por un lado, y la apuesta positivista que hacía recaer tal fundamento en la condición dada de lo real, por el otro. Ya sea asegurando que el status trascendental del sujeto era garantía para la explicación del mundo de la experiencia, ya contestando que el campo objetual y su acceso metódico permitían una base de total fiabilidad cognitiva, ambas posturas aceptaban que no podía existir fundamento del conocimiento alguno en la esfera social. No hace mucho tiempo estas dos respuestas seguían marcando la pauta para la deliberación filosófica y encontraban expresión en la denominada teoría de la historia.

La superación de este tipo de discusión se muestra como efecto de la transformación, agudizada en el último tercio del siglo XX, de la epistemología misma; tal proceso puede ser condensado en el siguiente razonamiento: es en el trasfondo cultural y social donde radica la condición de posibilidad de todo conocimiento posible, y no en la ambigua tensión entre un polo trascendental y un sustrato empírico. Por tanto, si el trasfondo de saber implícito, el contexto, adquiere relevancia en el orden teórico, indudablemente se presenta la tarea de aclarar las relaciones que guarda la historia con los mundos de la vida. Su importancia viene dada porque los historiadores extraen de estos mundos de la vida, en palabras de Habermas,

no sólo patrones de interpretación cuya común aceptación se da por descontada (el saber de fondo de que se nutren los contenidos proposicionales), sino también patrones de interacción normativamente fiables (las solidaridades tácitamente presupuestas en que se apoyan los actos ilocucionarios) y las competencias adquiridas en el proceso de socialización (el trasfondo de las intenciones del hablante).18

Es dable, por tanto, formular la cuestión bajo la siguiente interrogación: ¿cómo aclarar ese trasfondo implícito que permanece no tematizado y hasta cierto punto incuestionado? No cabe duda de que, si existe un gesto de historiador característico, éste no es otro que el que se expresa en la exigencia de contextualización. Pero tampoco es motivo de duda que el contexto se resuelva sólo necesariamente llenándolo de aspectos informativos, lo que rodea a un evento, y cuyo único criterio las más de las veces parece ser el de la contemporaneidad. Se encuentran involucrados en esta interrogación los alcances mismos del trabajo teórico y aluden a una complejidad creciente que, paralelamente, se hace notar en la evolución de la sociología contemporánea que ha aspirado secularmente a conformar una teoría de la sociedad.19 Resulta paradójico que, refiriéndose a lo social para determinar los contextos que delimitan a la investigación histórica, la producción de resultados y la función general de la disciplina, esa referencia (lo social) permanezca sin contenido como una mención que no precisa sus alcances.

Si desde los trabajos críticos de la escuela de Frankfurt, hasta los desarrollos hermenéuticos sobre la temporalidad, pasando desde luego por los quiebres que la filosofía analítica ha sufrido desde el giro lingüístico, parece claro que, si se habla de fundamento de conocimiento, tal problemática no resulta en más elaboraciones epistemológicas sino en resolver los condicionantes sociales de la producción cognitiva, entonces la interrogación revela su urgencia. Debo aclarar que lo anterior es sólo un aspecto de un conjunto más vasto que puede ser definido como el territorio en el que encuentran cabida las preocupaciones teóricas sobre la historia. Habría que agregar otros elementos que han ido exigiendo igualmente atención minuciosa. Por ejemplo, la escritura de la historia. Si los discursos historiográficos están siendo motivo de análisis, éstos no se han restringido sólo a los términos de lo narrativo, sustituyendo sólo un canon por otro. Más bien, la cuestión consiste en cómo pensar la relación literatura y sistema conceptual, bajo registros diferentes a aquel que legitimó su oposición.

Igualmente resulta necesario aclarar los aspectos metódicos, sobre todo cuando ha pasado ya el tiempo en el que el método histórico documental por antonomasia definía toda la cuestión en cuanto a su aplicación. Si a lo largo del siglo XX la historia ha visto en la diversificación metódica uno de sus atributos más preciados, ¿de qué manera definir la unidad disciplinaria en una situación de dispersión metódica? En este punto la noción paradigma promete profundidad analítica. Pero, ¿cómo abordar la condición paradigmática en relación con las teorías historiográficas? Y éstos son sólo dos ejemplos. Ahora bien, una manera de ir trabajando el problema de la contextualización se presenta bajo el concepto regímenes de historicidad. A continuación voy a introducir de forma muy general el marco problemático que señala ese concepto, asumiendo de antemano que se trata de una labor por hacer que requiere incluso una formulación más desarrollada y un trabajo de investigación sistemático. De tal manera que lo que sigue es prácticamente una hipótesis de trabajo.

El saber de fondo al que he aludido arriba adquiere funcionalidad por el hecho de encontrarse delimitado por la totalidad de las interpretaciones que son presupuestas por los participantes,20 de ahí que sintetice elementos de la experiencia temporal o histórica. En ello se revela una situación de gran importancia para la historia. La función heurística es crucial para la disciplina en el sentido en que permite la interacción de esas experiencias temporales sintetizadas con las elaboraciones teóricas y metodológicas que orientan la investigación. Por tanto, en la especificación de paradigmas historiográficos se localiza una vinculación con los mundos de la experiencia histórica que, actuando como trasfondo a toda investigación particular, permite su tematización por parte de la disciplina.21 El proceso va del fondo opaco del vivir a las experiencias mediadas lingüísticamente, hasta alcanzar formas de inteligibilidad aportadas por el saber histórico. Es en este marco donde la relación pasado, presente, futuro se torna susceptible de expresión comunicativa por medio de soportes semánticos, objeto de interpretación y de tratamiento reflexivo.

Se puede hablar de una derivación analógica de estos contenidos lexicalizados de una cultura, que expresan la experiencia temporal, hacia los campos semánticos de la ciencia histórica. Sin esa interacción los historiadores se encontrarían imposibilitados de delimitar, del fondo temporal, aquello que es propiamente histórico. Si entendemos la historicidad como una construcción de los sistemas culturales, es decir, como una comprensión determinada de las relaciones pasado, presente, futuro,22 entonces resulta determinante la forma en la que la historia, como saber contextualizado, la recupera en su orden práctico. Es de esta forma como el trasfondo de la práctica historiográfica, la historicidad bajo la significación ya precisada, adquiere el rasgo de un componente metahistórico. El sentido de este componente, desde luego, es diferente al introducido por Hayden White en su ya famoso trabajo. Si White lo utilizó para distinguir las representaciones narrativas de los historiadores del espacio anterior que las posibilita, bien puede decirse que el trasfondo pertenece a esa instancia a partir de la cual se genera toda representación histórica posible.

Pero se trata de una estructura profunda de carácter tropológico y que como tal se presenta invariable al documentar los elementos básicos de la conciencia histórica.23 Es en este punto donde la significación diverge. Metahistoria señala a esa instancia previa a las representaciones históricas, no sólo a las que se deben a un trabajo profesional, sino incluso a las que circulan en el cuerpo social. Es el espacio que permite configurar (y la configuración ya alude a un cierto nivel, como mostró Paul Ricoeur) los elementos que pertenecen a la historicidad precisamente como tales. Una forma de precomprensión de la experiencia temporal que, más que ser una estructura transhistórica, es un complejo compartido social y culturalmente que posibilita la expresión lingüística de aspectos de la historicidad. Es decir, define a la significación de las relaciones pasado, presente y futuro, donde tal significación no puede ser estructura profunda e invariable puesto que es una producción social.

Por tanto, la vinculación entre la disciplina con los órdenes sociales del tiempo, digamos, los modos de tratamiento específico de la historicidad con el régimen de temporalidad del sistema social, resulta ser uno de los problemas teóricos más acuciantes. Existe ya una serie de estudios que, desde diversas perspectivas y herramientas conceptuales, intenta abordar el estatuto de la ciencia histórica a partir de su dependencia con los órdenes del tiempo, o también denominados regímenes de historicidad. Bajo el entendido de que la historia moderna que se presentó desde el siglo xix como una ciencia empírica de los acontecimientos fue expresión de un cambio radical en el orden del tiempo, es decir, en las maneras por la cuales las sociedades modernas significaron la relación pasado, presente, futuro,24 lo que requiere ser abordado de manera puntual y casi descriptiva es cómo adquieren viabilidad los diferentes soportes disciplinarios a partir del proceso de interacción descrito. Y en esto se encuentran involucrados los medios por los cuales se definen los objetos de estudio, los sistemas conceptuales que permiten su tratamiento y desde los que se deducen hipótesis, así como el conjunto metódico que interviene como proceso de falseabilidad, hasta los patrones interpretativos que, desde los paradigmas historiográficos, posibilitan el trabajo de fuentes.

Pero también debe ser incluida en este rubro la determinación de la función social del saber histórico, cosa que necesita de formulaciones muy diferentes dadas las nuevas condiciones teóricas y prácticas que he intentado mostrar. En suma y para terminar, la pertinencia del cambio de orientación en los tratamientos teóricos y que encuentra expresión en cada ámbito de discusión historiográfica, puede ser resumido así: su justificación se encuentra determinada por la necesidad de establecer la condición presente de toda representación histórica. Esta última afirmación concuerda con algo que ya había sido señalado, insistentemente, por Michel de Certeau.

En historiografía, las dos causas, la del objeto y la del tiempo, están efectivamente ligadas, y sin duda la objetivación del pasado, desde hace tres siglos, hizo del tiempo lo impensado de una disciplina que no cesa de utilizarlo como instrumento taxonómico. En la epistemología nacida con las Luces, la diferencia entre el sujeto de saber y su objeto funda aquello que separa del presente el pasado. En el interior de una actualidad social estratificada, la historiografía definía como "pasado" (como un conjunto de alteridades y de "resistencias" a comprender o a rechazar) a lo que no pertenecía al poder (político, social, científico) de producir un presente. Dicho de otra manera, es "pasado" el objeto del que un aparato de producción se distingue para transformarlo.25

Este retorno del tiempo en el lugar mismo del saber, y no tanto en el lugar del campo objetual que se dan los historiadores, es precisamente lo que ha sido esquivado por la modalidad epistemológica que sustentó a la teoría de la historia. Encontró autoridad cuando definió la naturaleza del saber histórico como una ciencia del pasado y, por tanto, circunscribió sus atribuciones sólo a los conocimientos producidos sobre realidades anteriores. Pero ahora lo que motiva a la reflexión son las circunstancias actuales que determinan toda referencia pretérita. Desde este ascenso de la actualidad como aquello que da qué pensar, la ciencia histórica se revela como una ciencia del presente con todo derecho.

Fuentes Consultadas

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1Este precepto tuvo justificación incluso para aquella discusión que ponderaba la necesidad de delimitar la singularidad del conocimiento histórico desde la concreción de un método propio, por supuesto, alejado de los procedimientos metódicos que caracterizarían a las ciencias nomológicas. Esta última discusión terminó por elevar a la famosa contraposición entre las ciencias naturales y las denominadas ciencias del espíritu, como el único marco legítimo por el cual podía discurrir. Para una revisión desde la filosofía del denominado dualismo metódico, véase Jürgen Habermas, La lógica de las ciencias sociales, traducción Manuel Jiménez Redondo, Madrid, Tecnos, 1990, p. 81-135.

2Cfr. Jórn Rüsen, "Origen y tarea de la teoría de la historia", en Debates recientes en la teoría de la historiografía alemana, coordinación de Silvia Pappe, traducción de Kermit McPherson, México, Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco, 2000, p. 37-82.

3Carlos Mendiola presentó una distinción entre investigación histórica, historiografía y teoría de la historia que resulta conveniente citar dado que es una distinción de carácter epistemológico. La investigación cubre el espacio práctico a partir del cual se formulan enunciados sobre el pasado, la historiografía establece el marco histórico de su verificación al tiempo que la teoría de la historia delimita el fundamento formal que sostiene, desde el presente, toda posibilidad de enunciación justificada sobre el pasado. Carlos Mendiola Mejía, "Distinción y relación entre la teoría de la historia, la historiografía y la historia", Historia y Grafía, México, Universidad Iberoamericana, año 3, n. 6, 1996, p. 173 y s. Desde luego, esta forma de diferenciación fue establecida desde el siglo XIX y desde un ideal de historia que en el panorama de la última mitad del siglo XX ha tendido a ser desalojado, afectando con ello los términos de la distinción. Efecto de lo anterior, y que ha sido motivo de una discusión intensa, se muestra en la expansión de atribuciones de la historiografía que no se contenta ya sólo con los procesos de verificación de enunciados temporales, sino que desarrolla cuestiones teóricas de fundamentación. Véase el trabajo de Rüsen citado en la nota anterior.

4Ibidem, p. 174. Para un examen más amplio de la forma por la cual la teoría de la historia recuperó la distinción sintética/analítica, véase F. R. Ankersmit, Historia y tropología. Ascenso y caída de la metáfora, traducción de Ricardo Martín Rubio Ruiz, México, Fondo de Cultura Económica, 2004 (Colección Breviarios). En particular, el capítulo II intitulado "El dilema de la filosofía de la historia anglosajona contemporánea", p. 91-150. Cabe hacer notar que Ankersmit, siguiendo la argumentación presentada por Richard Rorty, ejerce una crítica profunda a la oposición sintética/analítica, postura compartida por la filosofía contemporánea de la ciencia.

5Thomas S. Kuhn señaló que el peligro de anacronismo de la filosofía de la ciencia le es consustancial, a tal punto que en su visión retrospectiva la valoración de la ciencia en el pasado depende absolutamente de los criterios que definen, para nosotros, lo que es la ciencia en el presente. En su época de estudiante, Kuhn se sorprendió al leer a Aristóteles y darse cuenta de que no sabía nada de mecánica y era un físico terriblemente malo. Para el joven Kuhn esto se debía a serias inconsistencias en cuanto a la observación y comprensión del movimiento físico. Por tanto, o bien era una forma de pensamiento precientífico que mezclaba metafísica con mitología o simplemente estaba dominado por errores que sólo posteriormente, a partir de Newton, se corregirían. Al contextualizar históricamente la física aristotélica ambas posturas desaparecen cuando se echa en mientes que toda observación de la naturaleza está mediada por el tipo de distinciones que el observador introduce y que tienen que ver con su contexto cultural y social. De ahí al concepto de paradigma sólo hay un paso. Thomas S. Kuhn, ¿ Qué son las revoluciones científicas y otros ensayos ?, introducción de Antonio Beltrán, traducción de José Romo Feito, Barcelona, Paidós, 1996 (Colección Pensamiento Contemporáneo), p. 61-62.

6Esta perspectiva no oculta su filo sociológico: "Una comunidad científica se compone, desde este punto de vista, de los profesionales de una especialidad científica. Unidos por elementos comunes y por educación y noviciado, se ven a sí mismos, y los demás así los ven, como los responsables de la lucha por la consecución de un conjunto de objetivos compartidos, entre los que figura la formación de sus sucesores. Tales comunidades se caracterizan por la comunicación, casi completa dentro del grupo, y por la unanimidad relativa al juicio grupal en asuntos profesionales". Thomas S. Kuhn, La tensión esencial, traducción de Roberto Helier, México, Fondo de Cultura Económica, 1982, p. 319. Más adelante, en este mismo texto, Kuhn hace sobresalir un elemento explicativo de la cohesión del grupo: el hecho de que comparten un paradigma o un conjunto de paradigmas, es decir, criterios unificados de relevancia para formular problemas de investigación y formas metódicas reconocidas por el grupo para resolverlos. Ibidem, p. 330-331.

7Fernando Jesús Betancourt Martínez, El retorno de la metáfora en la ciencia histórica contemporánea, tesis de doctorado en Historia, México, Escuela Nacional de Antropología e Historia, 2005, p. 107.

8Entiendo por giro lingüístico aquella postura para la que resulta crucial analizar los sistemas de mediación a partir de los cuales se generan representaciones o conocimientos sobre lo real. Para esta dimensión discursiva todo enunciado que hable de lo real es una construcción cuyos criterios se mantienen implícitos. Precisamente, el análisis consiste en desvelar esos criterios latentes que determinan las construcciones discursivas de las ciencias. Hay aquí un rechazo a reducir el problema a esa añeja noción de verdad entendida como representación o correspondencia directa entre enunciado y realidad. Pero no se limitan los alcances de los sistemas de mediación sólo a la dimensión discursiva, sino que el giro lingüístico supone abordar las formas complejas de su articulación con espacios y prácticas sociales.

9"El análisis de la 'percepción' de emisiones o manifestaciones simbólicas permite ver en qué se distinguen la comprensión de un sentido y la percepción de objetos físicos. La primera exige entablar una relación intersubjetiva con el sujeto que ha producido la emisión o manifestación [...]. Quien en el papel de primera persona observa algo en el mundo o hace un enunciado acerca de algo en el mundo adopta una actitud objetivante. Quien, por el contrario, participa en una comunicación y en el papel de primera persona (ego) entabla una relación intersubjetiva con una segunda persona (alter), que, a su vez, en tanto que alter ego, se relaciona con ego como una segunda persona, adopta no una actitud objetivante, sino, como diríamos hoy, una actitud realizativa." Jürgen Habermas, Teoría de la acción comunicativa, L versión castellana de Manuel Jiménez Redondo, México, Taurus, 2002, p. 159.

10"En cambio, la práctica historiográfica contemporánea ya no tiene como tarea dotar de sentido a la vida humana por medio de grandes relatos. A partir de la década de los sesenta, ella trabaja poniendo a prueba las formas de racionalidad elaboradas en el presente (los modelos), al confrontarlas con eventos sociales para los cuales no estaban hechas. Y las pone a prueba al tratar de explicar, por medio de ellos, los eventos del pasado. Se puede afirmar que la historia es un laboratorio en donde se muestran los límites de nuestra racionalidad." Alfonso Mendiola, "La inestabilidad de lo real en la ciencia de la historia: ¿argumentativa y/o narrativa?", Historia y Grafía, México, Universidad Iberoamericana, año 12, n. 24, 2005, p. 112.

11La discusión entre historiadores que comparten paradigmas es la fuente de los criterios a partir de los cuales se validan interpretaciones historiográficas. Ankersmit expresa esto de otra manera: "Por tanto, la historiografía no conoce criterios interesantes y generalmente aplicables para distinguir entre interpretaciones satisfactorias e insatisfactorias [...]. Fuera de estos conjuntos [se refiere a las narraciones históricas] no hay criterios interesantes, generales o específicos, para una certidumbre y una validez interpretativa. Es obvio que yo haya repetido aquí, desde una perspectiva diferente, el rechazo rortyano ya conocido del fundacionalismo epistemológico. La historiografía es en sí la fuente de sus propias certidumbres interpretativas y no el resultado de la aplicación de algún conjunto previamente dado de tales certidumbres". F. R. Ankersmit, op. cit., p. 146-147.

12Cfr. Alfonso Mendiola, "El giro historiográfico: la observación de observaciones del pasado", Historia y Grafía, México, Universidad Iberoamericana, año 8, n. 15, 2000, p. 181-208.

13Fernando Jesús Betancourt Martínez, op. cit., p. 354.

14Lo arriba expresado no es más que el correlato de lo que Habermas ha trabajado bajo el concepto de racionalidad y acción comunicativa. En sus propias palabras: "Sólo el concepto de acción comunicativa presupone el lenguaje como un medio de entendimiento sin más abreviaturas, en que hablantes y oyentes se refieren, desde el horizonte preinterpretado que su mundo de la vida representa, simultáneamente a algo en el mundo objetivo, en el mundo social y en el mundo subjetivo, para negociar definiciones de la situación que puedan ser compartidas por todos. Este concepto interpretativo de lenguaje es el que subyace a las distintas tentativas de pragmática formal". Jürgen Habermas, Teoría de la acción comunicativa, L, p. 137-138.

15Anthony Giddens, New rules of sociological method. A positive critique of interpretative sociologies, New York, Basic Books, 1976, p. 158.

16"En el seno de las ciencias positivas del espíritu no se sintió en un principio necesidad de establecer las relaciones de esas teorías particulares entre sí y con el contexto más amplio de la realidad histórico-social, cuyos aspectos parciales consideraba por separado cada una de ellas [...]. Así, pues, las ciencias auténticas y acabadas se destacan individualmente y con ligeros vínculos recíprocos sobre el amplio trasfondo de ese gran hecho que es la realidad histórico-social." Wilhelm Dilthey, Crítica de la razón histórica, edición de Hans-Ulrich Lessing, traducción y prólogo de Carlos Moya Espí, Barcelona, Península, 1986, p. 70.

17Ana Rosa Pérez Ransanz, "Heurística y racionalidad en la ciencia", en El concepto de heurística en las ciencias y las humanidades, coordinación de Ambrosio Velasco Gómez, México, Universidad Nacional Autónoma de México/Siglo XXI, 2000, p. 33.

18Jürgen Habermas, El discurso filosófico de la modernidad, versión castellana de Manuel Jiménez Redondo, Madrid, Taurus, 1989, p. 372. Más adelante, en el mismo texto (p. 373), escribió: "Empero, en cuanto entendemos al saber como algo comunicativamente mediado, la racionalidad encuentra su medida en la facultad que participantes en la interacción capaces de dar razón de sus actos tienen de orientarse por pretensiones de validez enderezadas a ser intersubjetivamente reconocidas".

19Cfr. Niklas Luhmann, Sistemas sociales. Lineamientos para una teoría general, traducción de Silvia Pappe y Brunhilde Erker, México, Universidad Iberoamericana/Alianza Editorial, 1991 (Colección Alianza Universidad).

20Jürgen Habermas, Teoría de la acción comunicativa, I, p. 31.

21Fernando Jesús Betancourt Martínez, op. cit., p. 260.

22"Se podría decir que la historicidad es el nivel en el cual cada sistema cultural se relaciona con el pasado de manera propia. La forma específica del sistema cultural de tratar el pasado es lo que llamamos 'historia'. Ahora, cuando digo 'historia' presupongo que en el contexto de historicidad hay una infinidad potencial de culturas históricas particulares, y la Historia (H mayúscula) sería solamente una de las múltiples realizaciones histórica y culturalmente específicas de la historia." Hans Ulrich Gumbrecht, "Sobre la desintegración de la 'historia' y la vida del pasado", Historia y Grafía, México, Universidad Iberoamericana, año 11, n. 21, 2003, p. 60.

23Hayden White, Metahistoria. La imaginación histórica en la Europa del siglo XIX, traducción de Stella Mastrangelo, México, Fondo de Cultura Económica, 1992 (Colección Obras de Historia), p. 40.

24Es una discusión alimentada desde el trabajo de Koselleck sobre las semánticas de los tiempos históricos. Indudablemente su visión de una creciente distancia entre el horizonte de experiencia y el horizonte de expectativas abrió las puertas para el desarrollo no sólo del concepto regímenes de historicidad, sino de la necesidad de analizar la disolución contemporánea del marco de historicidad, marco que dio origen al saber histórico moderno. Se ha presumido que el cambio consiste en la sustitución de un orden temporal futurocéntrio por otro de tipo presentista, donde la expansión de un presente de simultaneidades origina transformaciones en la ciencia histórica que están por aclararse. Véase al respecto el trabajo de Gumbrecht citado arriba y también el siguiente texto: Francois Hartog, "Órdenes del tiempo, regímenes de historicidad", Historia y Grafía, México, Universidad Iberoamericana, año 11, n. 21, 2003, p. 73-102.

25Michel de Certeau, Historia y psicoanálisis, traducción de Alfonso Mendiola, México, Universidad Iberoamericana, 1995 (Colección El Oficio de la Historia), p. 70.

Fernando Betancourt Martínez Mexicano, doctor en Historia por la Escuela Nacional de Antropología e Historia, es miembro del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha impartido clases en la Universidad Iberoamericana, en la Escuela Nacional de Antropología e Historia y en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Sus trabajos se han centrado en historiografía y teoría de la historia. Su libro, recientemente publicado por el Instituto de Investigaciones Históricas, es Historia y lenguaje. El dispositivo analítico de Michel Foucault.

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