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Estudios de historia moderna y contemporánea de México

versión impresa ISSN 0185-2620

Estud. hist. mod. contemp. Mex  no.32 México jul./dic. 2006

 

Artículos

Una discusión sobre el tamaño del ejército mexicano: 1876-1930

A Discussion of the Size of the Mexican Army: 1876-1930

Mario Ramírez Rancañoa 

a Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México México y profesor de la División de Estudios de Posgrado, de la Facultad de Filosofía y Letras de la misma universidad. Correo electrónico: ramireze@servidor.unam.mx.

Resumen:

Tradicionalmente se habla de que durante el último tercio del siglo XIX y la primera década del XX el poderoso ejército federal fue utilizado para montar una larga dictadura y que el número de sus miembros fue elevado. Al parecer esta tesis es falsa y en realidad el ejército porfirista fue frágil y tuvo un número de soldados inferior al que se le atribuye, como lo prueba el hecho de que al estallar la revolución de 1910 fue incapaz de neutralizarla. A partir de tales supuestos, nuestra intención es verificar hasta qué punto el ejército federal extinguido en 1914 fue gigantesco y numeroso. En forma paralela, nos interesa compararlo en tamaño con el nuevo ejército surgido durante la propia Revolución Mexicana y el existente en la década de los veinte. Una forma de cumplir con nuestros propósitos es detectar cuántos soldados por cada millón de habitantes tuvo México durante el Porfiriato, la Revolución Mexicana y la década de los veinte. En forma adicional verificaremos si, entre 1867 y 1930, el ejército mexicano fue más grande, igual o inferior al de países como Francia, España, Bélgica, Brasil y Argentina.

Palabras clave: Porfirio Díaz; Revolución Mexicana; Porfiriato; ejército federal; El Monitor del Pueblo

Abstract:

It is traditionally said that during the last third of the nineteenth century and the first decade of the twentieth, the powerful federal army was used to establish a lengthy dictatorship while at the same time the number of its members increased enormously. Apparently, this thesis is not true and Díaz's army was actually weak and had fewer soldiers than it is said to have done. This is borne out by the fact that when revolution broke out in 1910, the army was unable to contain it. On the basis of these assumptions, the author attempts to determine the extent to which the federal army, dismantled in 1914, was both vast and numerous. At the same time, he attempts to compare it with the new army created during the Mexican Revolution and the one that existed in the twenties. To this end, the author determines the number of soldiers there were for every million inhabitants during the Porfiriato, the Mexican Revolution and the 1920s. He also checks whether, between 1867 and 1930, the Mexican Army was larger, the same size or smaller than the armies of countries such as France, Spain, Belgium, Brazil and the Argentine.

Key words: Porfirio Díaz; Mexican Revolution; Porfiriato; federal army; El Monitor del Pueblo

El 1 de mayo de 1885, justo en los inicios de la segunda gestión presidencial de Porfirio Díaz, apareció en El Monitor del Pueblo la columna firmada por Juvencio en la que aseguraba que Europa tenía más ejércitos que América, pero en cambio, las naciones del continente americano tenían mayor número de soldados que cualquier ejército de allá. Para el referido Juvencio, México era el prototipo de sus afirmaciones puesto que tenía tres mil soldados por cada millón de habitantes, a pesar de haber dejado atrás las guerras intestinas y toda clase de amenazas externas. En cambio Francia, con la nobleza ampulosa que rodeaba a Bonaparte amenazada de manera permanente por Alemania y en guerra con China y cuya población era superior, únicamente tenía dos mil soldados por cada millón de habitantes. Pero su diatriba no paró ahí. Dijo que el militarismo mexicano había penetrado por todos los poros de la sociedad y como ruin vampiro chupaba su sangre en la presidencia de la república, en los ministerios, en la Cámara de Diputados, en el Senado, en las escuelas nacionales, en los gobiernos de los estados, en las jefaturas políticas. Veinticuatro estados estaban gobernados por generales que obedecían las órdenes fijadas desde el Distrito Federal. En todos los empleos el militarismo reinaba a bayoneta calada y un representante del pueblo ajeno a la milicia no podría ser encontrado ni con una linterna mágica.1 El problema era que en México esta clase de sujetos tenía en sus manos el poder, las leyes, la justicia, e incluso la educación de la juventud. Basado en ello, Juvencio se preguntó: ¿qué porvenir guardaba a México bajo el yugo de esta clase de personas? Como era previsible, su comentario resultó ser sumamente ácido y, al igual que otros emitidos en esos años, contribuyó a forjar una imagen adversa del ejército mexicano.

Un cuarto de siglo más tarde, recién inaugurada la administración maderista, Francisco Bulnes, el iconoclasta porfirista por excelencia, opinaba que para garantizar la libertad y el orden en cualquier país de Europa y América Latina se requería de un soldado para cada 300 habitantes. Traducido a otros términos, ello significaba alrededor de 3 333 soldados por cada millón. Bajo este criterio, al final del México porfirista, con 15 millones de habitantes, se necesitaba un ejército de 50 000 hombres divididos en 30 000 federales y 20 000 de tropas regulares de los estados.2 Su postura la exteriorizó en la propia Cámara de Diputados exigiendo destinar 15 millones de pesos para que Madero aumentara de inmediato el tamaño del ejército federal, y así poder sofocar la creciente agitación registrada tanto en el campo como en la ciudad, a la cual juzgaba que no se le daba la debida importancia. Para apoyar la tesis de fortalecer al ejército mexicano, difundió datos que calzaban con su argumentación. Aportó datos sobre el tamaño de los ejércitos en Francia, España, Portugal, Bélgica, Argentina, Brasil y México.

A diferencia de lo pregonado por Juvencio un cuarto de siglo atrás, en que supuestamente Francia tenía un ejército basado en 2 000 soldados por cada millón de habitantes, para Bulnes en realidad la cifra real era otra y superaba los 15 000. Un simple cálculo aritmético arrojaba un ejército superior en más de siete veces. Por qué una cifra tan elevada. El referido escritor y polemista señalaba que, a juicio del mandatario galo, esta cifra era la adecuada para mantenerse en el poder, no obstante que no era un tirano ni un sujeto impopular. Bulnes advertía que seguramente el gobierno francés sabía que al reducir el ejército de 600 000 hombres a 60 000, una cifra más razonable y acorde con el tamaño de su población, quedaba expuesto a su eventual derrocamiento por parte de los grupos radicales, socialistas y sindicalistas. Y las cosas eran por el estilo en España. Aquí el rey tampoco era una persona impopular, pero al reducir su ejército de 100 000 hombres a sólo 25 000, con lo que se igualaba a la fuerza militar de México, la monarquía y la sociedad españolas quedaban en riesgo de desplomarse como castillo de naipes. Los 25 000 hombres armados no serían suficientes para controlar los movimientos subversivos, y la destrucción del sistema de gobierno estaría a la vuelta de la esquina. En Portugal, un país con 5 millones de habitantes, la casa reinante consideró prudente tener un ejército permanente de 42 000 soldados. Como en otros casos, las bayonetas resultaban indispensables para mantener el orden. No obstante que en Bélgica se jactaban de practicar las más sublimes libertades, su gobierno tenía como firme sostén un ejército de 37 000 hombres, presto a aumentarlo hasta 165 000, para mantener a raya a los agitadores que se desvelaban por seducir a las masas y satisfacer sus ambiciones, caprichos y veleidades. En Argentina, una nación próspera con 6 millones de habitantes, el gobierno necesitaba un ejército de 18 000 soldados, estando en condiciones de elevarlo a 100 000 en caso de emergencia, en un plazo de dos meses. En Brasil, 50 000 hombres estaban siempre atentos para defender el orden. De ellos, 30 000 formaban parte propiamente del ejército federal y 20 000 del de los estados. Para Bulnes era manifiesto que de los siete países señalados, con la excepción de Argentina, México tenía uno de los ejércitos más pequeños. Pero al tomar en cuenta el tamaño de la población, las cosas resultaban peor para México. Como se observa en el cuadro, tenía menos soldados por cada millón de habitantes. En otras palabras: estaba ubicado en el último lugar.

Según Alicia Hernández, los técnicos militares franceses, principales abastecedores de armamento del México porfirista, opinaban que la fórmula correcta para integrar un ejército profesional en cualquier parte del mundo era la de un soldado por cada 100 de habitantes en tiempos de paz, y el triple para un ejército en pie de guerra. Esto es 10 000 soldados por cada millón de habitantes en el primer caso, y 30 000 en el segundo. Bajo este supuesto, para un país como México, de aproximadamente 14 millones de habitantes, en el primer caso se necesitaban 140 000 hombres con las armas en la mano, y en el segundo, 420 000.3 Ya fuera unas cifras o las otras, es claro que dejaban a Díaz convertido en un alma de Dios, en un jefe de Estado pacifista. En años recientes, Alain Rouquié sacó a colación otra fórmula más para integrar un ejército. Expresó que desde 1962, en tiempos de paz, el gobierno de Francia integraba su ejército permanente siguiendo una regla muy simple: el uno por ciento de la población total. A todas luces se trataba de un criterio distinto al sugerido por los otros autores señalados.4 De cualquier forma, al tomar este criterio y calcular el tamaño que teóricamente debió tener el ejército porfirista en vísperas de la revolución mexicana, arroja la cifra de 150 000 efectivos.

Fuentes: La tabla sobre los efectivos del ejército de los distintos países ha sido formada a partir de los datos de la intervención de Francisco Bulnes en la Cámara de Diputados, aparecida en el Diario de los Debates de la Cámara de Diputados, 15 de noviembre de 1911, p. 15-21. La intervención también apareció bajo el título de "Por qué debe el pueblo gastar quince millones de pesos", El Imparcial, 18 de noviembre de 1911. En forma fragmentaria, el texto ha sido reproducido bajo el título de "En pro del incremento de las fuerzas armadas", compilación de Norma de los Ríos, Francisco Bulnes, México, Senado de la República, LIII Legislatura, 1987, p. 160. Los datos sobre la población proceden de distintas fuentes: en concreto, el dato de la población de Francia proviene de J. Bourgeois-Pichat, "The general development of the population of France since the eighteenth century", en D. V. Glass y D. E. C. Eversley, Population in history, London, Edward Arnold Publishers, 1965, p. 499, tabla I; el de España, es de A. Blanes, F. Gil y J. Pérez, "Población y actividad en España: evolución y perspectivas", Colección de estudios e informes, Barcelona, Servicio de Estudios de La Caixa, n. 5, 1966, p. 14; el de Bélgica, en Colin Clark, Population growth and land use, The MacMillan Press, 1977, p. 106, tabla III.14; y el de Brasil ha sido extraído de James W. Wilkie (editor), Statistical abstract of Latin America, Los Angeles, University of California, 1978, v. 19, p. 62. Los cálculos sobre el número de soldados por cada millón de habitantes han sido realizados por nosotros.

Cuadro 1 Tamaño del ejército en países seleccionados alrededor de 1911 

Objetivos

Pero cuál ha sido en realidad el número de soldados que ha tenido México por cada millón de habitantes. Para aclarar esta gran duda resulta necesario considerar dos cuestiones. En principio habría que reconstruir una serie estadística con los datos más confiables y, en segundo lugar, determinar el marco temporal, que para nuestros fines correrá de 1876 hasta 1930, un periodo de más de cinco décadas. Una serie de datos sobre el tamaño del ejército mexicano que cubra el poco más del medio siglo no existe, pero es posible armarla. En la literatura especializada es común encontrar referencias, algunas bastante fragmentarias y otras más o menos continuas, que conjuntadas permiten reconstruirlo. Como la serie es larga y se topa con la revolución mexicana, resulta necesario dividir la información en tres grandes periodos: la porfirista, que para fines convencionales se inicia en el año de 1876 y concluye en 1910; la etapa revolucionaria la cual tendrá como extremos los años de 1911 y el de 1919, y la etapa dominada por lo sonorenses, que va de 1920 hasta 1930. Una vez aclarada la cuestión de los periodos, nos abocaremos a demostrar cuál de los tres periodos resultó ser militarista por excelencia. Con la información disponible, reconstruiremos:

  1. El tamaño global del ejército desde 1876 hasta 1930. Esto es, el número total de efectivos militares a lo largo de poco más de medio siglo. De acuerdo con nuestras intenciones, se tratará de demostrar si efectivamente al inicio del Porfiriato, e incluso en su fase de consolidación, el ejército federal alcanzó un tamaño amenazante o bien declinó. Pero ésta es sólo una parte de nuestros objetivos. Habrá que constatar qué fue lo que sucedió durante la revolución mexicana, y lo que es más, en los años veinte, una etapa dominada por los sonorenses, bastante proclives al militarismo. Con los elementos de juicio disponibles, podremos dilucidar si los ejércitos huertista, carrancista, obregonista y callista fueron más abultados y gigantescos que el porfiriano, o bien, inferiores.

  2. Para evitar espejismos, habrá que determinar si la cantidad de efectivos militares registrados en cada periodo era la adecuada para el tamaño de la población. Debido a ello calcularemos cuántos efectivos por cada millón de habitantes se tuvo en cada uno de los periodos señalados. Los resultados los confrontaremos con los aportados por Juvencio, Francisco Bulnes y los técnicos militares franceses.

  3. En tercer lugar, tocaremos una cuestión que llama la atención derivada de una observación circunstancial. Sucede que en 1882 había 19 generales de División y al final del Porfiriato, concretamente en 1910, únicamente 7. Si bien es cierto que el tamaño total del ejército se redujo, la reducción del número de generales también fue drástica y sugiere una creciente concentración de poder en la cúpula del ejército federal. Pero vistas las cosas desde otro ángulo, ello induce a pensar que, con demasiados soldados a su mando, cada general era una amenaza potencial para el gobierno en turno.

Las fuentes de investigación

Sin duda, las Memorias de la Secretaría de Guerra y Marina contienen la información adecuada para nuestros fines, aunque no siempre se les ubica. En segundo lugar, en 1979 la Secretaría de la Defensa Nacional publicó un libro llamado El Ejército y Fuerza Aérea mexicanos que aporta datos fragmentarios para el Porfiriato y la Revolución Mexicana, y una serie casi completa para la década de 1920 hasta 1930, cuando los sonorenses dominaban la escena política mexicana.5 Para el huertismo y el carrancismo, los informes presidenciales son importantes ya que consignan la información necesaria para cubrir algunas lagunas. El Escalafón general del ejército, una publicación anual de la cual se tienen a nuestro alcance algunos números, tiene el inconveniente de omitir la información sobre los elementos que conformaban la tropa. De cualquier forma la publicación es útil para determinar los altos mandos del ejército federal.6 Un excelente trabajo de investigación realizado por Robert Martin Alexius contiene datos fragmentarios sobre los efectivos militares para varios años del Porfiriato extraídos de las Memorias de la Secretaría de Guerra y Marina. Una selección cuidadosa de los datos procedentes de fuentes secundarias especializadas también contribuyeron a resolver el problema, entre ellos el libro de Luis Garfias Magaña,7 el de Martha Loyo Camacho,8 el de Lawrence Taylor9 y el de José S. Valadés,10 entre otros. Cabe señalar que en ocasiones, para el mismo año existe información distinta, y aquí se han consignado varias con la finalidad de validar o invalidar la tendencia. Se han omitido los datos procedentes de fuentes periodísticas11 y los de franca tendencia política, los cuales distorsionan la realidad.

Un interregno

Pero de acuerdo con los especialistas, ¿cuál ha sido el tamaño del ejército mexicano durante el Porfiriato, la Revolución Mexicana y los años veinte? Una media docena de historiadores han aportado información fragmentaria sobre las cinco décadas citadas, la cual permite un acercamiento al tema. Para Robert Martin Alexius, quien quizá ha realizado la mejor investigación sobre el ejército porfirista, las cifras oficiales oscilaban entre 30 000 y 35 000 efectivos, aunque a su juicio el problema era la grave putrefacción en sus filas que lo convirtió en un tigre de papel. Nóminas fantasmas utilizadas por los jefes y generales para engordar sus cuentas bancarias, deserciones reiteradas y dificultades para el reclutamiento condujeron a que la cifra real del ejército oscilara entre 14 000 y 18 000 hombres. Al igual que otros autores, Robert Martin Alexius advierte que resultaba difícil encontrar evidencia tanto de tales fraudes como del número exacto de hombres en las filas castrenses.12 Alicia Hernández se inscribe en la misma línea y refiere que para el periodo 1876-1914 los efectivos variaban entre los 24 000 y los 30 000 efectivos. Agrega que a su vez, el ejército estaba dividido en dos ramas: la permanente cuya cifra alcanzaba el 37 % y el ejército auxiliar el restante 63 %.13

Al hablar sobre las vísperas de la Revolución Mexicana, el viejo historiador José R. del Castillo coincide con los autores citados en que durante el Porfiriato, "En vez de los 30 000 hombres que deberían ser, conforme al presupuesto que se pagaba, sólo eran 14 000 repartidos en toda la enorme extensión del país", y de todos ellos, al estallar la revolución, 5 000 fueron enviados a Chihuahua a batirse con los rebeldes. Pero dijo algo más grave: que "Los cartuchos de máuser, fabricados en el país no servían".14 Lawrence Taylor opina que el ejército porfirista era relativamente débil aunque suficiente para sofocar las rebeliones locales. Agrega que en 1910, se contaba oficialmente con 29 000 soldados, aunque la cruda realidad era que apenas existía la mitad (14 000), de los cuales 6 000 fueron enviados en noviembre a Chihuahua para liquidar a los grupos levantados en armas. El mismo autor afirma que para contrarrestar la debilidad numérica del ejército, Díaz creó los cuerpos rurales, una fuerza policiaca y profesional, relativamente bien organizada. Los rurales, varios de ellos ex bandidos, eran eficientes en su trabajo y estaban bien pagados. Pero aun sumando estos últimos elementos, la cifra total de las fuerzas armadas porfiristas no llegaba a 30 000 hombres, número demasiado pequeño para hacer frente a una conflagración general.15 Sin precisar su fuente, Antimaco Sax habla de que durante las fiestas del centenario, el ejército federal se componía nominalmente de 22 000 plazas, aunque en realidad sólo se contaba con 18 000, insuficientes para proteger a las poblaciones del inmenso territorio.16 En su Historia militar de México, el general Daniel Gutiérrez Santos dijo que durante el Porfiriato el ejército federal alcanzó un efectivo de 240 000 hombres, cifra que no incluía a los cuerpos rurales por la razón de que dependían de la Secretaría de Gobernación.17 Como se observa, en comparación con las anteriores, la cifra resulta ser desmesurada y al parecer está fuera de la realidad. Edwin Lieuwen, un especialista en los asuntos militares de América Latina, a mediados del siglo XX publicó un libro, quizá el pionero, en el cual afirma que al final de la turbulencia revolucionaria, concretamente en 1920, el ejército mexicano contaba con unos 80 000 hombres, cantidad que, afirma, duplicaba la existente en 1910. Por deducción, se tiene que en vísperas de la revolución, el ejército federal contaba con alrededor de 40 000 personas. El mismo autor refiere que hacia 1930, las cifras se habían reducido de unos 75 000 hasta fijarse en 50 000.18 En resumidas cuentas, para los autores mencionados, el ejército porfirista bordeaba los 30 000 efectivos, casi la mitad de los cuales eran fantasmales.

Los datos

Conscientes de tales zigzagueos y variaciones, al realizar nuestro rastreo se obtuvieron los datos suficientes para detectar los efectivos del ejército mexicano entre 1876 y 1930, un periodo que cubre más de cinco décadas. Los datos son los siguientes:

Fuentes: Para los años 1876, 1877, 1881, 1893, 1895, 1896, 1901, 1902, 1906, además de las siguientes cantidades: 34 881 correspondiente al año de 1886, la de 30 885 del año de 1899, y la de 36 700 perteneciente al año de 1910, los datos provienen de la Secretaría de Guerra y Marina, Memorias de la Secretaría de Guerra y Marina, varios años. A su vez, han sido tomados de Robert Martin Alexius, "El ejército y la política en el México porfirista", en Lief Adleson, Mario Camarena, Cecilia Navarro y Gerardo Necoechea, Sabores y sinsabores de la Revolución Mexicana, México, Secretaría de Educación Pública/Universidad de Guadalajara/Comité Mexicano de Ciencias Sociales, s. a., p. 582-584 y 607.

Para los años 1884, 1905, 1907, más las siguientes cantidades: 29 632 correspondiente al año de 1899, y 25 430 al año de 1910, los datos han sido tomados de Alicia Hernández Chávez, "Origen y ocaso del ejército porfiriano", Historia Mexicana, n. 153, julio-septiembre de 1989, p. 286. Hacia 1884 el dato también aparece en Jesús de León Toral, Miguel A. Sánchez Lamego, Guillermo Mendoza Vallejo, Luis Garfias Magaña y Leopoldo Martínez Caraza, El Ejército y Fuerza Aérea mexicanos, México, Secretaría de la Defensa Nacional, 1979, t. I, p. 315.

El dato de 1880 proviene de la intervención de Francisco Bulnes en la Cámara de Diputados, reproducida íntegramente en el Diario de los Debates de la Cámara de Diputados (15 de noviembre de 1911, p. 15-21). El mismo documento también apareció con el título de "Por qué debe el pueblo gastar quince millones de pesos", El Imparcial, 18 de noviembre de 1911; "En pro del incremento de las fuerzas armadas", compilación de Norma de los Ríos, Francisco Bulnes, México, Senado de la República, LIII Legislatura, 1987, p. 160.

El dato de 35 002, correspondiente al año de 1886, proviene de Pedro Hinojosa, Memoria, México, 1886, p. 24, citado por José C. Valadés, El porfirismo. Historia de un régimen. Tomo II. El crecimiento I, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1897, p. 62.

El dato de 30 805, correspondiente al año de 1899, proviene de Felipe Berriozábal, Memoria 1900, suplemento, p. 26 a 47, citado por José C. Valadés, El porfirismo. Historia de un régimen. Tomo II. El crecimiento I, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1987, p. 67.

El dato de 1898 ha sido extraído de Bernardo Reyes, "El ejército nacional", en Justo Sierra, México y su evolución social, México, J. Ballescá y Compañía, Sucesor, 1900, t. I, p. 414-415.

El dato de los 29 000 elementos del ejército federal correspondiente al año de 1910 proviene de Lawrence Taylor, La gran aventura en México, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1993, v. I, p. 108; y también se encuentra en Jesús de León Toral, Miguel A. Sánchez Lamego, Guillermo Mendoza Vallejo, Luis Garfias Magaña y Leopoldo Martínez Caraza, El Ejército y Fuerza Aérea mexicanos, México, Secretaría de la Defensa Nacional, 1979, t. I, p. 326.

El dato de los 32 594 elementos corresponde a febrero de 1913, y proviene de "El presidente interino, general Victoriano Huerta, al abrir las sesiones ordinarias del Congreso, el 1 de abril de 1913", Los presidentes de México ante la nación 1821-1966, México, Cámara de Diputados, 1966, v. III, p. 65.

El dato de los 61 000 elementos proviene de Manuel Mondragón, El País, 1 de marzo de 1913, citado por Taylor, La gran aventura en México, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1993, t. II, p. 65.

El dato de los 69 049 elementos, perteneciente al mes de junio de 1913, proviene de la "Sesión del Congreso General celebrada en la Cámara de Diputados del día 16 de septiembre de 1913", en el Diario de los Debates de la Cámara de Senadores, 16 de septiembre de 1913, p. 20, y también apareció en "El general Victoriano Huerta, al abrir las sesiones ordinarias el Congreso, el 16 de septiembre de 1913", en Los presidentes de México ante la nación 1821-1966, v. III, p. 77.

El dato de 1913 de los 91 785 elementos proviene de la fuente anterior.

El dato de los 150 000 elementos pertenece a octubre de 1913, y proviene de la Secretaría de Guerra y Marina, en el Diario Oficial de los Estados Unidos Mexicanos, 27 de octubre de 1913, p. 637, y del Diario de los Debates de la Cámara de Senadores, 13 de diciembre de 1913, p. 27 y 59.

El dato de 200 000 elementos del año de 1913 proviene de Lawrence Taylor, La gran aventura en México, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1993, v. II, p. 66. El dato de los 250 000 elementos corresponde a abril de 1914, y proviene de "El general Victoriano Huerta, al abrir las sesiones ordinarias el Congreso, el 1 de abril de 1914", en Los presidentes de México ante la nación 1821-1966, v. III, p. 106.

El dato de los 28 323 elementos, correspondiente al año de 1914, proviene de Luis Garfias Magaña, "El ejército mexicano de 1913 a 1938", en Jesús de León Toral, Miguel A. Sánchez Lamego, Guillermo Mendoza Vallejo, Luis Garfias Magaña, Leopoldo Martínez Caraza, El Ejército y Fuerza Aérea mexicanos, México, Secretaría de la Defensa Nacional, 1979, t. II, p. 400.

El dato de los 38 600 elementos corresponden a agosto de 1914, y proviene de Miguel S. Ramos, Un soldado. Gral. José Refugio Velasco, México, Oasis, 1960, p.53.

El de 1916 y los siguientes datos: el de los 175 000 elementos del ejército perteneciente al año de 1917, y el de entre 160 000 y 185 000, provienen de Douglas W. Richmond, La lucha nacionalista de Venustiano Carranza 1893-1920, México, Fondo de Cultura Económica, 1986, p. 217.

El dato de los 147 120 efectivos del ejército perteneciente al año de 1917 proviene de "Venustiano Carranza, al abrir las sesiones extraordinarias el Congreso, el 15 de abril de 1917", Los presidentes de México ante la nación 1821-1966, v. III, p. 189. El mismo dato aparece en Luis Garfias Magaña, "El ejército mexicano de 1913 a 1938", en Jesús de León Toral, Miguel A. Sánchez Lamego, Guillermo Mendoza Vallejo, Luis Garfias Magaña, Leopoldo Martínez Caraza, El Ejército y Fuerza Aérea mexicanos, México, Secretaría de la Defensa Nacional, 1979, t. II, p. 430.

El dato de los 133 510 elementos, del año de 1918, proviene de Martha Beatriz Loyo Camacho, Joaquín Amaro y el proceso de institucionalización del ejército mexicano, 1917-1931, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas/Fideicomiso Archivos Plutarco Elías Calles y Fernando Torreblanca/Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana/Fondo de Cultura Económica, 2003, p. 57.

Los datos de 1920 hasta 1930 provienen de Luis Garfias Magaña, "El ejército mexicano de 1913 a 1938", en Jesús de León Toral, Miguel A. Sánchez Lamego, Guillermo Mendoza Vallejo, Luis Garfias Magaña, Leopoldo Martínez Caraza, El ejército y fuerza aérea mexicanos, t. II, México, Secretaría de la Defensa Nacional, 1979, p. 468. El dato del año 1923 también aparece en la página 453 de la misma obra y en el libro de Luis Garfias Magaña, Historia militar de la revolución mexicana, México, Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, 2005, p. 482.

El último dato del cuadro, perteneciente al año de 1930, proviene de la Secretaría de Guerra y Marina, Memoria presentada al H. Congreso de la Unión por el secretario del Ramo General de División Joaquín Amaro, México, Talleres Gráficos de la Nación, 1930, cuadro entre la página 60 y 61.

Cuadro 2 Ejército mexicano 

El Porfiriato

En la primera etapa aquí señalada, la cual alude al último tercio del siglo XIX, las variaciones en el número de efectivos militares son sorprendentes. Partiendo de la República Restaurada, las fuentes disponibles indican que en 1867 el ejército federal tenía 80 000 elementos.19 Francisco Bulnes aporta una cifra distinta para el mismo año. Afirma que al triunfo de la República en 1867, los vencedores contaban con 60 000 soldados de línea y 40 000 guerrilleros, a los que en su mayor parte calificaba de bandidos.20 Transcurrida una década, el tamaño del ejército se redujo a 37 468. El primer año marca el fin del Imperio de Maximiliano, y el segundo, el triunfo de Porfirio Díaz al amparo del Plan de Tuxtepec. No se requiere mayor ciencia para inferir que Benito Juárez y su sucesor Lerdo de Tejada aplicaron una férrea política de reducción del ejército.

A juicio de Bulnes, en 1880 el ejército federal tenía 38 000 hombres, más 20 000 en los estados conocidos como guardias nacionales.21 A partir de 1881, fecha en que el país fue gobernado por Manuel González, hubo 27 507 efectivos militares. En los años siguientes se registraron altibajos cuyas cifras superaban los 30 000 efectivos, o bien eran inferiores a tal cantidad. Hubo ciertos límites de variación tanto hacia arriba como hacia abajo que siempre se respetaron. Hacia las vísperas de la revolución, las cifras son distintas. Según Robert Martin Alexius, en 1910 se alcanzaron los 36 700 elementos, cifra casi equivalente a la existente en 1876. Por su parte Lawrence Taylor habla de 29 000 efectivos, y Alicia Hernández la baja al límite de los 25 430. De cualquier forma, y no obstante los altibajos, a lo largo del tiempo la tendencia fue hacia la disminución, tal como lo sostienen Lawrence Taylor y Alicia Hernández. El primero afirma que, entre 1884 y 1910, el número de efectivos de las fuerzas de seguridad interna se redujo un 30 %.22 Para la segunda, la reducción neta de efectivos del ejército de la federación en el pe riodo 1884-1910 fue del orden del 25 %.23

Una reflexión

Es importante señalar que casi por definición, con el transcurso del tiempo, el ejército de cualquier país del mundo debe aumentar de acuerdo con el crecimiento de su población, pero en México no fue así. En 1884 se estaba a punto de alcanzar los 11 millones de habitantes y en 1910 se superaron los 15 millones, un aumentó del 26.7 %. Lo curioso fue que aquí no hubo un aumento paralelo de las fuerzas del orden. ¿Qué fue lo que sucedió? Bulnes afirma que una vez instalado en la silla presidencial, el héroe del 2 de abril desmanteló al ejército y de paso anuló su capacidad golpista. Verificada la reelección de los gobernadores ultrajando el sacrosanto principio de la no reelección, Díaz les indicó que en vez de gastar el presupuesto en soldaditos, se debía utilizar en el pago puntual de los empleados, instrucción pública y mejoras materiales. El paso siguiente resultó magistral. Sólo el ejército federal debía hacerse cargo de la paz. Bajo esta directriz, los gobernadores fueron obligados a licenciar sus respectivos ejércitos y entregar al gobierno federal su artillería, su armamento, sus municiones y su oficialidad. Así desaparecieron 22 000 hombres que formaban la guardia nacional de los estados, y el ejército federal quedó convertido en el único guardián de las instituciones, sin la artillería moderna ni ametralladoras y con 50 tiros por plaza.24 Como era previsible, Díaz fue secundado por el Congreso de la Unión cuyos integrantes, impregnados de franco jacobinismo, opinaron que "un país de ciudadanos llenos de virtudes como nosotros, civilizados, capaces de gobernarse a sí mismos, iluminados por la fe en la democracia, resistentes a toda prueba de maldad", no necesitaba de bayonetas para gobernarse, y en consecuencia el ejército debía reducirse a 16 000 hombres.25

Efectivamente, al amparo de la paz porfiriana fue tendida una amplia red ferroviaria que articuló los principales centros urbanos, mineros, textiles, agrícolas, ganaderos, petroleros y portuarios, entre otros. Brotaron nuevos grupos sociales y nuevas ideas complicando la escena política y social. Bajo este entendido, se requería un ejército con el número necesario de elementos para proteger y resguardar la naciente estructura económica y social. Pero Díaz operaba con otra lógica. Pensaba que los ferrocarriles le permitirían transportar con rapidez a cualquier parte del país las fuerzas federales suficientes para sojuzgar a los gobernadores de Chihuahua, Sonora, Sinaloa, Durango, Nuevo León, Coahuila y Tamaulipas, lugares a donde anteriormente se tardaba meses en llegar, medida extensiva para apagar cualquier conato huelguístico o revolucionario.26 Pero los cálculos de Díaz estaban totalmente equivocados. En un contexto de efervescencia revolucionaria, con brotes rebeldes simultáneos en varias partes del país, los efectivos militares eran insuficientes, con la agravante de que alrededor del 40 ó 50 % eran inexistentes, cuestión señalada por varios críticos de la dictadura. Pero esto era sólo una parte del problema. Díaz olvidó que durante las guerras de pacificación de los mayas y yaquis, estos últimos se dividían en grupos utilizando la táctica de la guerra de guerrillas. Jamás imaginó que los revolucionarios las imitarían, y al multiplicarse, atacarían los ferrocarriles poniendo en jaque a toda la nación, causando la ruina financiera y social, como a final de cuentas sucedió.

Por supuesto que entre el personal político porfirista hubo mentes lúcidas que comprendieron el peligro que corría el sistema político mexicano con semejante ejército y sugirieron un drástico correctivo. Uno de ellos fue Bernardo Reyes, quien advirtió que las 26 000 personas repartidas por toda la república en 1898 eran insuficientes para vigilar y proteger un México que por entonces tenía 13 607 000 habitantes. En un libro dirigido por Justo Sierra, destinado a celebrar la grandeza del México porfirista, se propuso un ejército en pie de guerra, para lo cual la artillería y la infantería debían ser aumentadas en un 33 % y la caballería, en un 25 %, con lo cual se alcanzaban 34 000 elementos. Pero luego Reyes hizo un agregado francamente renovador. Habló de la necesidad de crear una primera reserva integrada por los 3 200 hombres de los cuerpos rurales de caballería, dependiente de la Secretaría de Gobernación, los gendarmes fiscales y los resguardos de las fronteras, hasta sumar otros 26 000 hombres, y una segunda reserva organizada en cada estado de la república, a imagen y semejanza de la vieja Guardia Nacional, cuyo número de efectivos alcanzara los 100 000. Al considerar estas últimas cantidades, en realidad Reyes contemplaba un ejército federal de 160 000 soldados.27

Al momento en que hizo su propuesta, nadie le puso atención, pero un par de años más tarde, la cosa cambió. Una vez que se hizo cargo de la Secretaría de Guerra y Marina (1900-1902), Bernardo Reyes puso en práctica sus planes de crear la Segunda Reserva. La iniciativa tuvo acogida entre los jóvenes que anhelaban hacer carrera política y, al toparse con las puertas cerradas, optaron por hacer méritos alistándose en la Segunda Reserva. Domingo a domingo los reservistas recibían instrucción militar, ejecutaban simulacros de guerra y pronunciaban discursos patrióticos acompañados de bandas de música. El 16 de septiembre de 1902 unos 6 000 reservistas desfilaron ante el presidente Díaz durante la celebración de la independencia, y sólo les faltaban las armas para convertirse en una fuerza efectiva. Se estima que a finales de 1902 había 210 unidades de reservistas en toda la república, cuya cifra alcanzaba las 30 433 personas. Se dice que un corresponsal extranjero informó que bajo la conducción de Bernardo Reyes, el ejército mexicano se había convertido en una máquina prodigiosa y perfecta.28 Como a los científicos les espantó la militarización del país, la popularidad de Reyes, y temieron que utilizara al ejército para abrirse paso e instalarse en la silla presidencial, conspiraron en su contra y fue retirado del gabinete. Al poco tiempo, mediante un decreto, Díaz borró de un plumazo la famosa Segunda Reserva.29

Hasta cierto punto, Bulnes se inscribe en la misma línea. Afirmaba que, para evitar un gran desastre social, en 1910 era necesario disponer de 100 000 hombres armados para cuidar los 20 000 km de vías férreas en todo el país. En vista de ello, resultaban risibles los 25 000 soldados regulares e irregulares. Todo esto sin contar con que había que proteger las ciudades más importantes, los puertos, los puntos fronterizos, los centros fabriles, mineros, petroleros, ganaderos, y combatir a los yaquis y los mayas.30 Como se infiere, hubo personajes que sugirieron que el ejército debía ser más abultado. De no ser así: los dirigentes revolucionarios barrerían con el sistema político. Al destruir puentes y vías férreas, volar túneles, terraplenes, viaductos y asaltar trenes, pondrían en peligro de muerte el gobierno de Díaz, el de Madero y el de cualquier otro.

La Revolución Mexicana

Al finalizar la primera década del Siglo XX, entre las clases populares se hizo evidente que la riqueza pregonada por el gobierno a los cuatro vientos no les llenaba al estómago. Con gran astucia, los agitadores de la más variada ralea entendieron que había llegado la hora de las reivindicaciones y de la venganza. Inspirados en la lectura de la encíclica Rerum novarum, en los textos de los pensadores comunistas, anarquistas y magonistas, entre otros, le echaron leña a la hoguera. A su vez, los de abajo pusieron oídos a toda suerte de prédicas revolucionarias entre ellas las de Madero, aunque la bandera de la no reelección y el sufragio universal les resultaban banales, no así las promesas de curarlos de los agravios sufridos y mejorarles sus condiciones de vida. En este contexto, los gobernadores

se encontraron sin ejército, sin guardias nacionales, sin armamento, sin espíritu militar en su gobierno, sin virilidad, sin ánimo de combatir, excepto en tres o cuatro estados, gobernados por políticos que supieron cumplir con su deber, sin que pudieran hacer mucho, porque la dictadura, para suprimir probabilidades de pronunciamientos, había quitado a los estados las armas mortíferas y hasta los clavos.31

Y todo por la torpeza política de Díaz de dejar sin protección una población de 15 millones, lo cual sabían perfectamente bien los dirigentes de los levantados en armas.

No obstante el ridículo sufrido por el ejército federal, lo sorprendente fue que al triunfar Madero ni él ni su séquito de colaboradores entendieron la lección. No entendieron que para restaurar el orden se requería de una fuerza armada suficiente, tal como sucedía en cualquier país europeo, y por supuesto en el resto de los países latinoamericanos. Y aquí Bulnes nuevamente se preguntaba: por qué la negativa de proteger una nación con 15 millones de habitantes, garantizarles una paz social plena, y por ende, reputarse de ser una nación digna ante sí misma y ante el extranjero, con 50 000 hombres divididos en 30 000 federales y 20 000 de tropas regulares de los estados. A su juicio, resultaba una utopía, cuando no una estupidez, insistir en que los 20 000 federales y 4 000 hombres de policía, provistos de mal armamento, y sin educación militar, podían controlar la anarquía que brotaba por todas partes amenazando devorar al Estado y a la sociedad. Pero Bulnes no fue escuchado y se topó con que el Apóstol de la Democracia pregonaba que, "Habiendo dado libertad al pueblo", no necesitaba "del apoyo de las bayonetas".

Bajo ese principio, intentaba demostrar que México se podía gobernar con arengas como si fuera un país sajón.32 Pero hubo algo más peligroso. En vísperas de que Madero se sentara en la silla presidencial, la prensa anunció que independientemente de las muertes registradas en campaña y las continuas deserciones, 6 000 elementos de tropa se habían dado de baja del ejército federal.33 De ser cierto ello, la institución armada quedó hecha añicos. Lo más grave fue que en el ejército resucitaron las viejas ambiciones golpistas, a la par que el descontento y el virus revolucionario se intensificó por todas partes. Al final de cuentas, tanto los militares como los rebeldes coincidieron en que su meta principal era derrocar a Madero, como efectivamente sucedió.

No se dispone de información sobre el tamaño del ejército federal para el maderismo, pero sí para el huertismo. Nos referimos al periodo que corre de febrero de 1913 a julio de 1914, en que alcanzó cifras sin precedentes. Al iniciar su gestión Victoriano Huerta, Manuel Mondragón, secretario de Guerra y Marina, declaró que el ejército federal tenía un total de 61 000 hombres, cifra que incluía a todas las unidades de tropa regular e irregular.34 La cifra resulta sorprendente porque aparentemente Madero se desatendió del ejército. Si se acepta la versión de Mondragón, había que indagar en qué momento el ejército creció. Como las dudas saltan, muy bien pudo tratarse de una declaración propagandística con la intención de amedrentar a los grupos rebeldes que se negaban a reconocer al gobierno de Huerta. Sea lo que fuera, la necesidad de lanzar expediciones contra los rebeldes de Sonora y Chihuahua, así como contra los zapatistas de Morelos, motivó a Huerta a decretar el 1o. de abril un aumento del ejército a 80 000 hombres.35 Como de cualquier forma la rebelión se extendió como mancha de aceite, Huerta militarizó las gubernaturas, la burocracia y parte de los planteles educativos, sin lograr los resultados apetecidos. En la última semana de octubre de 1913, Huerta decretó otro aumento del ejército de 80 000 a 150 000 hombres.36 A principios de 1914, el presidente ordenó otro más, de 150 000 a 200 000 hombres,37 y en abril a 250 000 efectivos.38 Cuando menos en el papel, el ejército huertista superó en algo así como ocho o diez veces el tamaño del porfirista.

Pero eso no fue todo. Tal como se ha señalado, en los inicios del Porfiriato alrededor de 22 000 hombres formaban la Guardia Nacional de los estados. Al ser desintegrada, sólo quedó como único guardián de las instituciones el ejército federal. Como se ha advertido, durante su gestión al frente de la Secretaría de Guerra y Marina, Bernardo Reyes creó la Segunda Reserva, que hasta cierto punto dio lugar a un ejército paralelo.39 Por temor de que su figura se agigantara con miras a la sucesión presidencial, sus rivales lo cuestionaron y su plan resultó fallido. Pero en forma sorpresiva, en septiembre de 1913, Victoriano Huerta hablaba de que, además de los 84 985 elementos que formaban el ejército federal, contaba con un número importante de fuerzas adicionales que dependían de la Secretaría de Gobernación. Hablaba de 10 000 policías rurales, 4 000 gendarmes o policías urbanos, y más de 16 200 hombres de las fuerzas regionales de los estados, que en conjunto arrojaban un total de 115185 hombres. En marzo de 1914 reiteró que, además de un ejército de un cuarto de millón de personas, tenía a la mano 31 regimientos de rurales dependientes de la Secretaría de Gobernación con un personal de 12 400 hombres, más 31 000 hombres de las milicias regionales de Infantería y Caballería. En total: 293 400 personas para brindar protección a los habitantes de las distintas entidades federativas. Cabe resaltar que en el primer caso hablaba de 16 200 hombres de las fuerzas regionales de los estados, y en el segundo, de 31 000 hombres de las milicias regionales. A nuestro juicio, se trataba de fuerzas equivalentes a la vieja guardia nacional resucitadas por Huerta, que a la postre de nada le sirvieron.

Como todo hombre de armas formado en las aulas del Colegio Militar, es posible que Huerta estuviera estado enterado de las directrices de los técnicos de la guerra franceses que pregonaban que, en caso de guerra, lo correcto era disponer no de uno, sino de tres soldados por cada cien habitantes. Aunque suene escandaloso, bajo tales premisas, es probable que comulgara con la idea de tener un ejército de alrededor de 420 000 soldados. A nuestro juicio, el ejército huertista jamás alcanzó ni ésta ni el cuarto de millón de soldados por la sencilla razón de que resultó imposible reclutarlos, y los que fueron enrolados se convirtieron en una pesadilla para los altos mandos huertistas, ya que en la primera oportunidad desertaban con las armas y caballos en su poder. Bajo este entendido, resulta ba contraproducente cualquier cantidad de efectivos que Huerta contemplara. La tropa difícilmente guardó fidelidad al ejército federal, y en cambio fue seducida por las prédicas de los dirigentes revolucionarios que les prometieron su anhelada redención social, el derecho al robo y a la rapiña al final de cada combate. No tiene sentido especular sobre los efectivos con que contaba el ejército revolucionario, cuya cifra pudo ser mayor o menor a la del ejército federal. Lo que sí es cierto es que durante el primer semestre de 1914 el país quedó militarizado y bajo el imperio de dos ejércitos que se disputaban el poder.

A mediados de julio de 1914, Huerta abandonó el poder y salió del país junto con la mayor parte del personal político que le fue adicto. Temerosos de caer en las manos de los constitucionalistas, los militares que formaban su círculo íntimo también se exiliaron. En agosto de 1914, el presidente de la república, Francisco S. Carvajal, y su secretario de Guerra y Marina, José Refugio Velasco, ordenaron al general Eduardo Camargo que hiciera un estudio sobre la viabilidad de defender la capital de la república con el ejército federal. En caso de que los resultados fueran positivos, Carvajal planea ba hacer frente a los constitucionalistas, y si no era así, claudicar. Una comisión técnica hizo un estudio detallado que contemplaba el reconocimiento del terreno y de los lugares en los que se podían ubicar las columnas defensoras, pero el informe final resultó francamente desalentador. Sucede que apenas se contaba con 38 600 hombres, una cantidad distante del cuarto de millón de soldados con que Huerta planeó defender su régimen. Otra fuente arrojaba una cantidad inferior la cual rayaba en los 28 323 elementos. Sea lo que fuera, resulta sorprendente que como por arte de magia el ejército federal se redujera a cifras que oscilaban entre los 38 600 y los 28 323 que, como se recuerda, imperaron durante el Porfiriato. Por supuesto que las suspicacias inducen a sospechar que en realidad se trataba de los mismos elementos que formaron parte del ejército porfirista, cuya lealtad al régimen en turno era a toda prueba. Pero aquí viene nuevamente la pregunta. Existió o no el ejército gigan tesco planeado por Huerta. Si la respuesta es positiva, ¿qué fue lo que sucedió con el resto de los efectivos militares cuya cifra pudo ser el doble, el triple, el cuádruple, por decir algo?. La respuesta es simple: tan pronto como llegó, se fue. Una explicación adicional indica que una vez que los americanos invadieron el puerto de Veracruz, el ejército federal se empezó a desmoronar, y se aceleró con la renuncia de Huerta a la presidencia de la república. La estampida ocurrió particularmente entre la tropa reclutada contra su voluntad, que era la mayoría, y que, como se ha señalado, de inmediato engrosó las filas de los revolucionarios. Si la respuesta es negativa, habría que aceptar que a pesar de los esfuerzos gubernamentales, el ejército federal jamás creció. Tan pronto como fueron reclutados, los elementos adicionales desertaron. Como los resultados fueron catastróficos, después de un periodo de vida que alcanzó cerca de tres cuartos de siglo, el ejército federal fue disuelto, lo cual ocurrió en agosto de 1914.

El carrancismo

En sustitución del ejército federal apareció el revolucionario gestado al concluir la Decena Trágica, en febrero de 1913. Su promotor fue Venustiano Carranza secundado por Álvaro Obregón, Francisco Villa, Pablo González y otros. Una vez disuelto el ejército federal, un número importante de sus integrantes se dividió. Unos se fueron con Carranza y Obregón, otros con Villa y Zapata, y otros con el mejor postor. Después de otra serie de luchas sangrientas entre el ejército carrancista, conducido por Álvaro Obregón, y el convencionista, encabezado por Francisco Villa, en el segundo semestre de 1915, el primer jefe se erigió como el caudillo triunfador, y su ejército se convirtió en el fiel guardián de las instituciones. Según Douglas W. Richmond, en 1916, el ejército carrancista contaba con 50 000 oficiales y 200 000 soldados, la misma cantidad con la que soñó Huerta. El autor citado señala que, como el costo para mantenerlo resultaba brutal, Carranza ordenó reducirlo hasta el límite de 145 000 efectivos divididos en 20 000 oficiales y 125 000 soldados. Como los planes no prosperaron, en 1917 el ejército tenía 175 000, una cifra superior a la esperada. En abril de 1918, los informes diplomáticos de los Estados Unidos rebelaban un aumento repentino del ejército, aunque se advertía que ello podría ser falso y tratarse de la vieja tradición de inflar las nóminas para desviar los salarios hacia las cuentas bancarias de los nuevos generales. De acuerdo con la tradición porfirista, las cifras oficiales se inflaban entre un 35 y un 40 %. Según este razonamiento, los 185 000 soldados dispersos en territorio nacional, más los 60 000 en la capital, que sumaban 245 000 efectivos, en realidad indicaban una fuerza real de no más de 160 000.40 Sea lo que fuera, las cifras alcanzadas por el ejército carrancista son similares a las del huertista y superiores a las del porfirista. Claro que con Carranza y Huerta se vivía una guerra civil y con Díaz una etapa de relativa paz social. En todo caso, durante el carrancismo, el ejército alcanzó un tamaño jamás conocido, no obstante que con motivo de la guerra la población total no creció, más bien se redujo.

La década de los veinte

Durante la década de los veinte, bajo el imperio de los sonorenses, con Alvar Obregón y Plutarco Elías Calles en la presidencia de la república, secundados en breves periodos de tiempo por Emilio Portes Gil y Pascual Ortiz Rubio, hubo esfuerzos desesperados por reducir el tamaño del ejército, como en los viejos tiempos, y volver a la austeridad practicada durante el Porfiriato, sin grandes resultados. Rebeliones reiteradas cuyos artífices fueron los mismos militares obligaron a tales gobiernos a mantener un ejército cuyo volumen duplicaba o triplicaba al porfirista. Salvo el año de 1921 es que se superaron los 120 000 efectivos, en el resto de la década las cifras variaron entre los 53 000 y 83 000 elementos. Queda en el aire si las cifras aportadas por las fuentes oficiales durante la rebelión delahuertista de 1923, el conflicto cristero de 1926 y 1929, y el levantamiento escobarista de 1929 son reales o los efectivos militares fueron superiores. Como es sabido, en 1923 estalló la rebelión delahuertista que desgajó al ejército y puso en serios aprietos al gobierno de Obregón. Según las cifras oficiales, en tal año el ejército contaba con 70 818 personas y oficialmente defeccionaron 25 000, lo que significaba el 35.3 %.41

Entre 1926 y 1929 estalló la rebelión cristera y según los reportes oficiales no fue necesario aumentar los efectivos militares para sofocarla a pesar de que se extendió por Michoacán, Colima, Guanajuato, Querétaro, Estado de México, Morelos, el Distrito Federal, Puebla, Guerrero, Oaxaca, Aguascalientes, Zacatecas, Durango y San Luis Potosí. Una explicación adicional contempla la utilización de campesinos en calidad de refuerzos, los cuales una vez resuelto el problema fueron enviados a su casa mediante la promesa de acelerar el reparto agrario. En 1929 el ejército contaba con 73 567 efectivos, pero con motivo de otra más de tantas rebeliones, ahora bajo la conducción del general Gonzalo Escobar, defeccionaron 13 902 personas. Se trataba del 18.9 % del ejército nacional, una cantidad inferior a la registrada durante la rebelión delahuertista.42

Cualquiera que sea la verdad, los datos oficiales indican que en los años veinte, bajo la égida de los sonorenses, el ejército resultó ser el doble y aun el triple del de Porfirio Díaz. En otras palabras, los triunfadores de la lucha armada resultaron ser más militaristas que Porfirio Díaz. Por otro lado, si se toman como punto de referencia las sugerencias de los técnicos franceses, ocurre que se tuvo un ejército con la mitad de los efectivos recomendados para un periodo de paz y, por ende, ajeno a las turbulencias revolucionarias.

El perfil del ejército: la distribución por grados

Al aumentar el tamaño del ejército federal durante la revolución mexicana, por lógica su estructura piramidal experimentó grandes cambios. No era lo mismo un ejército porfirista de 30 000 efectivos que otro de un cuarto de millón proyectado para 1914, o bien de 147120 existentes en 1917, e incluso de 120 490 en 1921. La alteración tuvo que ser drástica tanto en la cúpula como en los mandos medios y en la base. En principio se hizo necesario aumentar el número de generales de División bajo cuya responsabilidad se distribuyó al ejército por todo el territorio nacional. Además de distribuir los efectivos del ejército, a los divisionarios les tocó resolver tareas no menos importantes como la administración de los recursos financieros, la dirección de las operaciones en el campo de batalla y, en caso de una contingencia mayor, buscar la forma de elevar los efectivos totales. Pero movilizar contingentes armados que superaban varias veces el tamaño del ejército porfirista, implicaba que los divisionarios se apoyaran en un número mayor de los generales de Brigada y brigadieres. La tarea de estos últimos no era otra que organizar y dirigir los batallones, los regimientos y las compañías. Sus labores no terminaban ahí. Además de distribuir los recursos financieros, era necesario proveerse del armamento adecuado, de los medios de transporte para movilizar grandes contingentes de soldados, calcular la cantidad de los uniformes, el alojamiento y la alimentación. Todo esto sin olvidar labores tales como la capacitación e impartición de reglas disciplinarias básicas entre las huestes recién reclutadas. El engranaje militar no terminaba ahí. Los encargados de transmitir y ejecutar las órdenes superiores eran los jefes y los oficiales cuyo número por lógica también aumentó como bola de nieve. Todo ello para cumplir con la misión básica del ejército la cual consistía en liquidar al adversario, proteger a la población y al aparato productivo.

Lo expuesto obliga a determinar, cuál fue el perfil de la distribución por grados en el ejército mexicano. En principio, como toda estructura jerárquica, no debe extrañarse que sea completamente piramidal. En la cúpula se ubican los generales en todas sus variantes, e inmediatamente debajo de ellos los jefes y oficiales. Entre los generales se perciben los de División, de Brigada y brigadieres, aunque por un breve periodo, durante el huertismo, hubo generales de Ejército y de Cuerpo de Ejército. El rubro de los jefes contempla a los coroneles, los tenientes coroneles y los mayores, mientras que los oficiales incluyen a los capitanes primeros, capitanes segundos, tenientes y subtenientes. Lo que se advierte más abajo de todos ellos es la tropa, una masa gigantesca que en todo tiempo y espacio conforma la carne de cañón. Con la finalidad de apreciar mejor el peso que tiene cada una de tales categorías, la información es presentada tanto en términos absolutos como relativos (véase cuadro 3).

a Incluye generales de Brigada y brigadieres.

b Incluye generales de División, de Brigada y brigadieres.

c Mayo de 1914.

d Agosto de 1914.

FUENTES: Los datos de 1884-1910 han sido extraídos de Alicia Hernández Chávez, "Origen y ocaso del ejército porfiriano", Historia Mexicana, n. 153, julio-septiembre de 1989, p. 286. Para el año de 1914 se tomó en cuenta la cifra máxima de efectivos militares anunciada por Victoriano Huerta. Las cifras sobre los altos mandos se formaron con base en un rastreo realizado en el Diario de los Debates de la Cámara de Senadores, entre 1911 y mayo de 1914. Cabe señalar que en el rubro de generales de División se agregaron los generales de Cuerpo de Ejército y de Ejército. Para agosto de 1914, 1917, y el periodo 1920-1930, los datos son de Luis Garfias Magaña, "El ejército mexicano de 1913 a 1938", en Jesús de León Toral, Miguel A. Sánchez Lamego, Guillermo Mendoza Vallejo, Luis Garfias Magaña, Leopoldo Martínez Caraza, El Ejército y Fuerza Aérea mexicanos, México, Secretaría de la Defensa Nacional, 1979, t. ii, p. 400, 430 y 468.

Cuadro 3 Ejército mexicano 

Fuentes: Véase el cuadro anterior.

Cuadro 4 Ejército mexicano (Porcentajes) 

Cabe señalar que, a lo largo del tiempo, en términos relativos la estructura jerárquica se mantuvo inalterable. Un rasgo que llama la atención es el relativo a que, en 1923, la proporción de los generales se acercó al uno por ciento. Como el resto de las cifras porcentuales son bastante similares, no tiene sentido realizar observaciones puntuales por periodos. Así, al considerar el periodo 1884-1930, el promedio de los generales significa el 0.4 %, los jefes el 2.9, los oficiales el 9.8 y la tropa el 86.8 %.43

El número de soldados por cada millón de habitantes

Hasta aquí, lo que se ha analizado es la cantidad de efectivos militares que tuvo el ejército mexicano a lo largo de más de cinco décadas. Se han observado las variaciones sufridas a lo largo del tiempo y su estructura piramidal. Pero los datos expuestos no dicen gran cosa respecto de si se trataba de un ejército grande o pequeño, adecuado o inadecuado para proteger tanto a la población como a la estructura económica y social del país. La única forma de descubrirlo es tomar en cuenta la cantidad de soldados por cada millón de habitantes. Como se ha visto, para un Juvencio escandalizado, en 1885 México tenía 3 000 soldados por cada millón; Bulnes opinaba que tal cantidad era insuficiente y que se debía aumentar ligeramente, a unos 3 300, en tanto que para los técnicos de guerra franceses la cifra era realmente baja y lo correcto debía ser 10 000 por cada millón. Juvencio se refería a una realidad, a la del México de 1884 y posiblemente 1885; Bulnes, al México de 1911, y para los franceses se trataba de una regla invariable. Tal como se ha asentado, para Bulnes, desde el inicio de su gestión, Díaz desmanteló al ejército federal y lo inutilizó para cumplir con su sagrada misión de proteger la estructura económica y social generada a lo largo de tres décadas. Número insuficiente de efectivos militares, corrupción, nóminas ficticias, deserciones reiteradas y armamento anticuado lo convirtieron en un tigre de papel.

Como se ha señalado, ya fuera por iniciativa propia o por recomendaciones de su gabinete, al poco tiempo de instalarse en la silla presidencial, Díaz procedió a reducir la maléfica cifra de 3 000 soldados por cada millón de habitantes registrados en 1884 y 1885, hasta dejarla al límite de los 2 286 en promedio a lo largo de su administración. En otras palabras: redujo alrededor de un tercio el número de soldados por cada millón de habitantes. Al final de cuentas, con ellos no pudo impedir que la revolución estallara. Quizá las cosas hubieran sido distintas de haberse adoptado la fórmula propuesta por Bernardo Reyes, con sus famosas Primera y Segunda Reserva, que contemplaban alrededor de 12113 soldados por cada millón de habitantes. A la caída de Díaz, vino el interregno de medio año de Francisco León de la Barra, con un país a la expectativa del ascenso de Francisco I. Madero a la presidencia de la república.

Por razones que no viene al caso repetir, una vez que Madero asumió las riendas del país, se desató la agitación social tornándose incontenible. Además de la negociación, uno de los mecanismos por excelencia para contenerla, se tornó indispensable el uso de la fuerza legítima vía la entrada en escena de las fuerzas armadas. Por su tamaño, formación, preparación y armamento, el ejército resultó inútil con la agravante de que una parte de sus altos mandos conspiraron en su contra. A escasos quince meses de estancia en el poder, Madero fue derrocado. Desde el inicio de su mandato, Huerta montó un ejército teóricamente adecuado para proteger la población urbana y rural, los centros urbanos, los centros fabriles y mineros, los puertos, las fronteras, las vías férreas y, lo más importante, sofocar al movimiento constitucionalista encabezado por Venustiano Carranza, que como mancha de aceite se extendió en varias partes del país, sin olvidar al zapatista. Como se ha visto, Victoriano Huerta elevó los efectivos militares hasta cantidades insospechables que se dijo que alcanzaron los 80 000, 150 000, 200 000, y en abril de 1914, en los momentos de mayor desesperación, el cuarto de millón de soldados. Al hacer los respectivos cálculos, ocurre que entre 1913 y 1914, concretamente diecisiete meses, hubo respectivamente desde 5 200 soldados por cada millón de habitantes, cantidad que casi de inmediato se aumentó a 9 759, seguido por 13 512, y finalmente, hubo 16 890 soldados por cada millón de habitantes.

Tal como la historia lo registra, ello de nada sirvió, Huerta perdió la partida y el ejército federal fue disuelto. Con el ejército revolucionario bajo su tutela, a Carranza le tocaba pacificar al país liquidando a sus adversarios encabezados por Villa y Zapata. A nuestro juicio, tenía un ejército con los efectivos suficientes tanto para limpiar al país de rebeldes como para proteger a la población urbana y rural, los centros urbanos, los centros fabriles y mineros, los puertos, las fronteras y las vías férreas, y consolidarse. Con logros positivos, Carranza estuvo en condiciones de demostrar ante la comunidad internacional, particularmente los Estados Unidos, que había resultado el ganador en la lucha interna, y que era una persona confiable con la cual se podía negociar. Para su fortuna, hubo factores que jugaron en su favor. Mientras que el nuevo ejército se abocaba a pacificar por completo el país, las compañías extranjeras se protegían a sí mismas con mercenarios como Manuel Peláez. Otros empresarios extranjeros se beneficiaban con las directrices marcadas por Carranza respecto de no tocar sus propiedades porque se corría el riesgo de provocar una intervención armada. A su vez, los hacendados que lograron recuperar sus haciendas utilizaron guardias armadas para protegerse.

Con base en la experiencia de la suerte sufrida por Díaz, y de alguna forma imitando a Huerta, una vez sentado en la silla presidencial, Carranza montó un ejército que le permitió navegar exitosamente en aguas turbulentas y embravecidas. Como se recuerda, según algunas fuentes, la nómina militar alcanzó en 1916 los 250 000 efectivos; en 1917, 175 000, y en 1918 la cifra se elevó a 185 000. Por supuesto las cifras superaban entre seis y ocho veces al satanizado ejército porfirista. Vistas las cosas desde otro ángulo, ello implica que en 1916 hubo 17366 soldados por cada millón de habitantes, en 1917 alrededor de 12 326 y en 1918 los 13 214. Mas una vez que se percató de que había ganado la partida a sus enemigos, buscó seguir los pasos de sus antecesores en el poder: Juárez, Lerdo de Tejada y Porfirio Díaz, reduciendo el ejército a un tamaño menor. La razón fundamental radicaba en la gravitación excesiva del ejército en el presupuesto federal.

Nota: Para 1885, el dato de 3 000 soldados por cada millón de habitantes ha sido tomado de Juvencio. Al disponer del dato de la población total, se calculó la cifra de efectivos del ejército.

Fuentes: Para el total de efectivos del ejército, las fuentes aparecen consignadas en el cuadro 1.

Para los años 1885 y 1893, los datos de población han sido obtenidos de las Estadísticas históricas de México, México, Instituto Nacional de Estadísticas, Geografía e Informática, t. I, p. 13.

Los datos de población de 1895 hasta 1910 y de 1921 hasta 1930 han sido extraídos de Julio Durán Ochoa, La población, México, Fondo de Cultura Económica, 1955, cuadro 76, p. 189. La serie de datos de población difundidos por Durán Ochoa tanto para el Porfiriato como para el periodo de 1921 a 1930 son más completos que los de las Estadísticas históricas.

Para los años 1912-1913, 1918 y 1920, los datos de población han sido extraídos de James W. Wilkie, La revolución mexicana: gasto federal y cambio social, México, Fondo de Cultura Económica, 1978, cuadro I-9, p. 57.

Para los años de 1913 y 1914, los datos de población provienen de James W. Wilkie, Statistical abstract of Latin America, Los Angeles, University of California, Latin American Center Publication, 1978, p. 67.

Para los años 1884, 1916 y 1917, la población ha sido calculada por nosotros.

Cuadro 5 Número de efectivos militares por cada millón de habitantes 

En los años veinte, ante la necesidad de demostrar ante propios y extraños que estaban capacitados para mantener las cosas en orden, los sonorenses buscaron reactivar la marcha de la economía trastocada por la revolución armada. Al igual que Carranza, ello implicaba garantizar a los empresarios nacionales y extranjeros las condiciones óptimas para la inversión. Pero ahora tenían ante sí otros problemas que resolver como era dar paso a la formación de partidos políticos, sindicatos, alentar el derecho al voto, buscar el cumplimiento de los artículos 27 y 123 constitucionales, pero sobre todo, lograr el reconocimiento diplomático de los Estados Unidos, cuestión en la que Huerta fracasó. La única novedad fue que en el ejército persistieron las ambiciones de poder. Según los datos consignados, para el año de 1920 se calculaba que había 7000 soldados por cada millón de habitantes, y al año siguiente se superaron los 8 400. Fueron los años más críticos. De ahí en adelante, los esfuerzos gubernamentales lograron reducir el tamaño del ejército hasta límites más razonables. Por ejemplo, para el año de 1924 la cifra se ubicó en los 5 500 soldados por cada millón de habitantes, y en 1926 hubo 3 400 soldados. Pero tal como se ha advertido, las cifras despiertan suspicacias ya que varios caudillos encabezaron frecuentes rebeliones contra el orden establecido, y para nulificarlas, el gobierno dispuso de un número elevado tanto de hombres como de armas. Un ejército reducido en manos del gobierno sólo les deparaba una derrota como sucedió con Díaz y Madero.

El número de soldados por general

De acuerdo con Douglas Richmond, allá por el año de 1917 en México hubo un general por cada 600 soldados.44 Como no se dispone de un parámetro universal, resulta difícil determinar si se trataba de una cantidad elevada, media o baja en el contexto mexicano o latinoamericano. De cualquier forma, el sentido común indica varias cosas: que un general al frente de un número elevado de efectivos militares le brindaba cierto poder y capacidad de maniobra para amenazar al gobierno en turno. A la inversa, un general con pocos soldados a su mando a nadie preocupaba y hasta cierto punto resultaba inofensivo. Vistas las cosas en retrospectiva, durante el Porfiriato hubo un año, el de 1899, en el cual la cifra rondaba en los 500 soldados por general. Pero en términos generales, durante este periodo las cosas no fueron así. Un simple cálculo aritmético de lo ocurrido a lo largo de este periodo, refleja que en promedio hubo 352 soldados por general, poco más de la mitad de la cifra apuntada por Richmond. De acuerdo con los datos aquí manejados, en 1917 hubo 709 soldados por cada general, una cantidad superior a la citada por Richmond. Dejando de lado otros años turbulentos de la Revolución Mexicana, en los años veinte, la situación fue radicalmente distinta: sucede que a lo largo del decenio hubo en promedio 200 soldados por general. La cifra resulta sorpresiva ya que significaba apenas un tercio de la apuntada por Richmond.

Entonces qué fue lo que pasó. Como se ha señalado, durante la Revolución Mexicana los generales tuvieron en promedio una cantidad elevada de soldados bajo su tutela, y de ahí que resultaran toda una amenaza para cualquier política gubernamental pacificadora. Pero las cosas se tornan inexplicables entre el Porfiriato y la época de los sonorenses. Los generales porfiristas tuvieron casi el doble de los efectivos a su mando (352) que los sonorenses (200). De ahí que aparentemente los generales porfiristas resultaran potencialmente más peligrosos que los sonorenses, lo cual no fue así. El número reducido de huestes bajo su mando en los años veinte no fue obstáculo para que las ambiciones de poder de los generales se desbocaran y anhelaran sentarse en la silla presidencial. Fue una década de levantamientos y rebeliones aplacadas con sangre y fuego por sus mismos correligionarios.

El perfil en la cúpula del generalato

Como se ha adelantado, entre los generales ubicados en la cúpula del ejército mexicano existen notables diferencias, distintas gradaciones de poder y de mando. En una palabra: una estructura piramidal. A lo largo del tiempo ha habido generales de División, de Brigada y brigadieres, y en los estertores del huertismo, generales de Ejército y generales de Cuerpo de Ejército. Una vez disuelto el ejército federal en agosto de 1914, los dos últimos grados quedaron abolidos. Como los generales de División constituyen la cima, resulta importante determinar su importancia absoluta y relativa frente a los de brigada y brigadieres, sus inmediatos inferiores. Los datos son los siguientes.

Fuentes: Cuadros 2 y 3. Para los años 1884, 1896, 1899 y 1905, véase Alicia Hernández Chávez, "Origen y ocaso del ejército porfiriano", Historia Mexicana, n. 153, p. 286.

Para 1911 y 1912, véase Secretaría de Estado y del Despacho de Guerra y Marina, Escalafón general del ejército. Cerrado hasta 30 de septiembre de 1911, México, Secretaría de Guerra y Marina, 1911, y Secretaría de Estado y del Despacho de Guerra y Marina, Escalafón general del ejército. Cerrado hasta 30 de junio de 1912, México, Secretaría de Guerra y Marina, 1912.

Para el año de 1914, las fuentes son dos: la suma de 247 y su desglose proviene de un recuento realizado en el Diario de los Debates de la Cámara de Senadores, entre 1911 y mayo de 1914. Cabe señalar que al rubro de generales de División se le agregaron los generales de Cuerpo de Ejército y de Ejército. La segunda cifra de 1914 se tomó de Luis Garfias Magaña, "El ejército mexicano de 1913 a 1938", en Jesús de León Toral, Miguel A. Sánchez Lamego, Guillermo Mendoza Vallejo, Luis Garfias Magaña, Leopoldo Martínez Caraza, El Ejército y Fuerza Aérea mexicanos, México, Secretaría de la Defensa Nacional, 1979, t. II, p. 400. Para 1918 y 1919 los datos provienen de "Don Venustiano Carranza, al abrir las sesiones ordinarias del Congreso, el 1 de septiembre de 1918", en Los presidentes de México ante la nación 1821-1966, México, Cámara de Diputados, 1966, v. III, p. 267-268 y 338.

Para los años 1917 y el periodo de 1920 a 1930, véase Luis Garfias Magaña, "El ejército mexicano de 1913 a 1938", en Jesús de León Toral, Miguel A. Sánchez Lamego, Guillermo Mendoza Vallejo, Luis Garfias Magaña, Leopoldo Martínez Caraza, El Ejército y Fuerza Aérea mexicanos, México, Secretaría de la Defensa Nacional, 1979, t. II, p. 430 y 468.

Cuadro 6 Número de soldados por cada general 

En 1882, con Manuel González en la presidencia de la república, hubo 19 generales de División, pero en los años siguientes las cosas cambiaron rápidamente. Dos años más tarde sólo había 10 y en los estertores del Porfiriato la cifra cayó por debajo de la decena. Al considerar el periodo completo, de 1884 a 1910, se tiene que en promedio los generales de División representaron el 10.1 %. Casi el 90 % restante estuvo integrado por los generales de Brigada y brigadieres. En plena revolución el cuadro de cosas se alteró. A escasos dos mes de que Huerta abandonara el poder, el número de generales de División alcanzó la cifra récord de 48, la cual no se había visto ni se vería en los años siguientes. En términos relativos significaban el 19.4 %. Al agregar los 3 generales de Ejército y los 4 generales de Cuerpo de Ejército, que en forma transitoria ocuparon la cúspide del ejército federal, la cifra se elevó a 55. Y aquí viene lo notable: la última cantidad significaba el 22.3 % del total. Fue entonces que las cosas estuvieron un poco más equilibradas. Pero a diferencia de lo sucedido durante el Porfiriato, para no hablar de la Revolución, en los años veinte el peso de los divisionarios se redujo notablemente al 6.7 % en promedio. El resto lo constituían los generales de Brigada y brigadieres. Para tener una idea del peso tanto de uno como de otro, se calcula que por cada general de Brigada hubo dos brigadieres.

Fuentes: Para los años 1882, 1903, 1906 y 1910, los datos han sido tabulados de la Secretaría de Guerra y Marina, Escalafón general del ejército que comprende a los cc. generales, jefes y oficiales del mismo y de los de marina nacional de guerra con expresión en todos los empleos y grados que han obtenido desde su ingreso al ejército hasta la fecha 31 de diciembre de 1882, México, Imprenta y Litografía de Ireneo Paz, 1884; Secretaría de Estado y del Despacho de Guerra y Marina, Escalafón general del ejército. Cerrado hasta 30 de junio de 1903, México, Tipografía del Departamento de Estado Mayor, 1904; Secretaría de Estado y del Despacho de Guerra y Marina, Escalafón general del ejército. Cerrado hasta 30 de junio de 1906, México, Talleres del Departamento de Estado Mayor, 1906; Secretaría de Estado y del Despacho de Guerra y Marina, Escalafón general del ejército. Cerrado hasta 30 de junio de 1910, México, Secretaría de Guerra y Marina, 1910.

Cuadro 7 La cúpula del ejército: generales y sus variantes 

Reflexiones finales

En sus investigaciones sobre el Porfiriato, al aludir al ejército federal, la mayoría de los especialistas escogen el camino de omitir las cifras. Con su postura, parecen darle la razón a Francisco Bulnes, quien en una ocasión dijo que en realidad nadie sabía cuál era el total de efectivos del ejército porque el gobierno ocultaba la información para que el público no se enterara.45 Pero lo cierto es que siempre ha existido la información, aunque bastante desperdigada. Justamente con la intención de cubrir esta laguna nos propusimos armar una serie de datos, lo más confiable posible, para un periodo que va de 1876 a 1930. Una vez logrado lo anterior, se estuvo en condiciones de aclarar si durante tales años, el ejército mexicano fue grande para una población como la mexicana, o bien tuvo un tamaño razonable. El mecanismo utilizado para responder a esta interrogante fue muy simple: calcular el número de soldados por cada millón de habitantes. Cuestiones adicionales, como la estructura jerárquica y piramidal y el peso de los mandos medios y altos, contribuyeron a aclarar la naturaleza del ejército mexicano. No se quiso abordar la cuestión del presupuesto destinado para su sostenimiento, ya que de alguna forma ha sido abordado por otros analistas sociales.

Finalmente cabe señalar que el ejército porfirista ha sido satanizado, calificándolo de asesino, corrupto y represor, cuestiones en las que habrá que profundizar. Por el contrario, se ha afirmado que el ejército nacido de la Revolución es distinto. Pero no obstante que se ha predicado que este ejército es un producto genuino de la revolución, el indicado para apoyar la redención de los obreros y campesinos, la literatura disponible empieza a reflejar que rápidamente hizo suyas muchas de las viejas prácticas del ejército porfirista, y que incluso las perfeccionó. H. W. Tobler afirma que en la década de los veinte, además de corromperse, literalmente hizo de lado las aspiraciones de sus hermanos de clase, los campesinos, y por unos centavos se convirtió en el brazo armado de los terratenientes. Todo esto sin considerar los negocios emprendidos por los altos mandos del ejército, tales como la apropiación de casas, minas, haciendas, ganado.46

Fuentes consultadas

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1"Boletín del Monitor", El Monitor del Pueblo, 1 de mayo de 1885, p. 1-2. En plan de sorna Juvencio agregó que en México no había una carrera tan degradada como la militar, preferida por la gente poco afecta al trabajo. Más adelante dijo que los cuarteles estaban atestados de individuos viciosos, ociosos, sanguinarios, toscos, carentes de ilustración, sin educación, afectos al juego de la baraja, a la embriaguez y al libertinaje.

2En la sesión del 15 de noviembre de 1911 de la Cámara de Diputados, presidida por el diputado José de Jesús Anaya, se inserta una intervención bastante larga apoyando la iniciativa de destinar 15 millones de pesos para fortalecer al ejército federal. Por razones desconocidas, nadie aparece como responsable del discurso. Véase el Diario de los Debates de la Cámara de Diputados, 15 de noviembre de 1911, p. 15-21. Días más tarde, la prensa reprodujo el discurso con el siguiente encabezado "Por qué debe el pueblo gastar quince millones de pesos. Notable discurso del señor Francisco Bulnes en la Cámara", El Imparcial, 18 de noviembre de 1911. Posteriormente, el discurso atribuido también a Bulnes apareció en forma fragmentaria con el título de "En pro del incremento de las fuerzas armadas", compilación de Norma de los Ríos, Francisco Bulnes, México, Senado de la República/LIII Legislatura, 1987, p. 159-160. Por el tono y el estilo de Bulnes, es obvio que se trata de un texto suyo. Por lo demás, en su libro El verdadero Díaz y la Revolución, México, Contenido, 1992, se hallan repetidas varias de las mismas ideas y datos. Como corolario, se debe señalar que, gracias a su discurso, la iniciativa fue aprobada por mayoría de 135 votos contra 2.

3El trabajo de referencia es el de Noix, "Armée et marine", en Le Mexique au début du siécle, 2 v., Paris, Príncipe Bonaparte, 1902, citado por Alicia Hernández, "Origen y ocaso del ejército porfiriano", Historia Mexicana, n. 153, julio-septiembre de 1989, p. 257-296.

4Alain Rouquié, Poder militar y sociedad política en la Argentina, II. 1943-1973, Buenos Aires, Emecé, 1982, p. 305.

5Jesús de León Toral, Miguel A. Sánchez Lamego, Guillermo Mendoza Vallejo, Luis Garfias Magaña y Leopoldo Martínez Caraza, El Ejército y Fuerza Aérea mexicanos, México, Secretaría de la Defensa Nacional, 1979, v. I y II.

6Secretaría de Guerra y Marina, Escalafón general del ejército que comprende a los cc. generales, jefes y oficiales del mismo y los de marina nacional de guerra con expresión en todos los empleos y grados que han obtenido desde su ingreso al ejército hasta la fecha 31 de diciembre de 1882, México, Imprenta y Litografía de Ireneo Paz, 1884; Secretaría de Guerra y Marina, "Relación del personal que forman el ejército, armada nacional, y fuerzas rurales de la federación", julio de 1895, en el Archivo General de la Nación, leg. 493; Secretaría de Estado y del Despacho de Guerra y Marina, Escalafón general del ejército. Cerrado hasta 30 de junio de 1903, México, Tipografía del Departamento de Estado Mayor, 1904; Secretaría de Estado y del Despacho de Guerra y Marina, Escalafón general del ejército. Cerrado hasta 30 de junio de 1906, México, Talleres del Departamento de Estado Mayor, 1906; Secretaría de Estado y del Despacho de Guerra y Marina, Escalafón general del ejército. Cerrado hasta 30 de junio de 1910, México, Secretaría de Guerra y Marina, 1910; Secretaría de Estado y del Despacho de Guerra y Marina, Escalafón general del ejército. Cerrado hasta 30 de septiembre de 1911, México, Secretaría de Guerra y Marina, 1911; Secretaría de Estado y del Despacho de Guerra y Marina, Escalafón general del ejército. Cerrado hasta 30 de junio de 1912, México, Secretaría de Guerra y Marina, 1912; Secretaría de Estado y del Despacho de Guerra y Marina, Escalafón general del ejército, México, Secretaría de Guerra y Marina, 1913-1914.

7Luis Garfias Magaña, Historia militar de la Revolución Mexicana, México, Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, 2005.

8Martha Beatriz Loyo Camacho, Joaquín Amaro y el proceso de institucionalización del ejército mexicano, 1917-1931, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas/Fideicomiso Archivos Plutarco Elías Calles y Fernando Torreblanca/Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana/Fondo de Cultura Económica, 2003.

9Lawrence Taylor, La gran aventura en México, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1993, v. I y II.

10José C. Valadés, El porfirismo. Historia de un régimen. Tomo II. El crecimiento I, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1876.

11Por ejemplo, el Diario del Hogar, del 7 de marzo de 1888, hablaba de que había 40 000 soldados regados por toda la república.

12Robert Martin Alexius, "El ejército y la política en el México porfirista", en Lief Adleson, Mario Camarena, Cecilia Navarro y Gerardo Necoechea, Sabores y sinsabores de la Revolución Mexicana, México, Secretaría de Educación Pública/Universidad de Guadalajara/ Consejo Mexicano de Ciencias Sociales, s. a., p. 585.

13Alicia Hernández, "Origen y ocaso del ejército porfiriano", op. cit., p. 262.

14Antimaco Sax, Los mexicanos en el destierro, San Antonio (Texas), 1916, p. 35

15Lawrence Taylor, La gran aventura en México, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1993, v. I, p. 108-109. Santiago Portilla, en su libro Una sociedad en armas. Insurrección antirreeleccionista en México 1910-1911, México, El Colegio de México, 1995, p. 398, cita los mismos 29 000 elementos.

16José R. del Castillo, Revolución social de México. Primera etapa. La caída del general Díaz, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1985, p. 268.

17Daniel Gutiérrez Santos, Historia militar de México 1876-1914, México, Ateneo, 1955, p. 21

18Edwin Lieuwen, Armas y política en América Latina, Buenos Aires, Sur, 1960, p. 138 y 141.

19Alicia Hernández Chávez, "Origen y ocaso del ejército porfiriano", op. cit., n. 153, julio-septiembre de 1989, p. 267n. El dato también aparece en Luis González, "El liberalismo triunfante", en Historia general de México, 2 v., México, El Colegio de México, 1976, p. 901.

20Intervención de Francisco Bulnes, Diario de los Debates de la Cámara de Diputados, 15 de noviembre de 1911, p. 15-21. También consultar "En pro del incremento de las fuerzas armadas", op. cit. , p. 160.

21Loc. cit.

22Lawrence Taylor, La gran aventura en México, op. cit., v. 1, p. 108.

23Alicia Hernández, "Origen y ocaso del ejército porfiriano", op. cit., p. 285.

24Francisco Bulnes, El verdadero Díaz y la Revolución, op. cit., p. 36-37 y 292-293.

25Intervención de Francisco Bulnes, en Diario de los Debates de la Cámara de Diputados, 15 de noviembre de 1911, p. 15-21, y "En pro del incremento de las fuerzas armadas", op. cit., p. 160.

26Francisco Bulnes, El verdadero Díaz y la Revolución, op. cit., p. 293.

27Bernardo Reyes, "El ejército nacional", en Justo Sierra, México y su evolución social, México, J. Ballescá y Compañía, Sucesor, 1900, t. I, p. 414-415.

28E. V. Niemeyer, Jr., El general Bernardo Reyes, Monterrey, Gobierno del Estado de Nuevo León/Universidad Autónoma de Nuevo León, Centro de Estudios Humanísticos, 1966, p. 103-104.

29Ibidem, p. 104-105 y 109.

30Francisco Bulnes, El verdadero Díaz y la Revolución, op. cit., p. 294.

31Intervención de Francisco Bulnes, en Diario de los Debates de la Cámara de Diputados, 15 de noviembre de 1911, p. 15-21, y Francisco Bulnes, "Por qué debe el pueblo gastar quince millones de pesos", op. cit., p. 158 y 162.

32Loc. cit.

33"El ejército y la retirada de los diez mil", El Imparcial, 1 de noviembre de 1911.

34El País, 1 de marzo de 1913.

35"El presidente interino, Gral. Victoriano Huerta, al abrir las sesiones ordinarias el Congreso, el 1 de abril de 1913", en Los presidentes de México ante la nación 1821-1966, México, Cámara de Diputados, 1966, v. III, p. 66.

36En octubre de 1913, "Secretaría de Guerra y Marina", en Diario Oficial de los Estados Unidos Mexicanos, 27 de octubre de 1913, p. 637, y Diario de los Debates de la Cámara de Senadores, 13 de diciembre de 1913, p. 27 y 59.

37Lawrence Taylor, La gran aventura en México, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1993, v. II, p. 66.

38"El presidente interino, Gral. Victoriano Huerta, al abrir las sesiones ordinarias el Congreso, el 1 de abril de 1914", en Los presidentes de México ante la nación 1821-1966, México, Cámara de Diputados, 1966, v. III, p. 106.

39E. V. Niemeyer, Jr., op. cit., p. 104.

40Douglas W. Richmond, La lucha nacionalista de Venustiano Carranza 1893-1920, México, Fondo de Cultura Económica, 1986, p. 217.

41Luis Garfias Magaña, "El ejército mexicano de 1913 a 1938", en Jesús de León Toral, Miguel A. Sánchez Lamego, Guillermo Mendoza Vallejo, Luis Garfias Magaña y Leopoldo Martínez Caraza, El Ejército y Fuerza Aérea mexicanos, México, Secretaría de la Defensa Nacional, 1979, t. II, p. 453.

42Luis Garfias Magaña, "El ejército mexicano de 1913 a 1938", op. cit., p. 468. Los cálculos se hicieron con datos del cuadro de la página mencionada.

43Naturalmente que el perfil piramidal es universal y aparece entre los ejércitos de cualquier país, como es el caso del estadounidense y el argentino. Al tomar en cuenta exclusivamente los datos sobre los generales, jefes y oficiales de estos ejércitos, con exclusión de la tropa, se tiene que para el periodo 1919-1920, en los Estados Unidos los generales significaban el 0.4 %, en tanto que para Argentina era casi el triple. Concretamente el 1.1 %. En el México de 1920, los generales representaban el 1.3 % del total. En los tres casos, el segundo lugar lo ocupaban los jefes y finalmente los oficiales. Con los jefes existía una enorme variación. En México representaban el 14.8 %, en tanto que en Argentina eran el 29.2 %. Finalmente, en los tres casos, los oficiales superaban las dos terceras partes. Los cálculos están basados en datos del cuadro 7, del libro de Alain Rouquié, op. cit., p. 313.

44Douglas W. Richmond, op. cit., p. 217.

45Francisco Bulnes, El verdadero Díaz y la Revolución, op. cit., p. 295.

46H. W. Tobler, "Las paradojas del ejército revolucionario: su papel social en la reforma agraria mexicana 1920-1935", Historia Mexicana, n. 134, octubre-diciembre de 1984, p. 213-237.

Mario Ramírez Rancaño Mexicano, doctor en Sociología por la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París, Francia, es investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México y profesor de la División de Estudios de Posgrado, de la Facultad de Filosofía y Letras de la misma universidad. Pertenece al Sistema Nacional de Investigadores. Sus últimas publicaciones son La reacción mexicana y su exilio durante la revolución de 1910, "La república castrense de Victoriano Huerta" (Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, 30, julio-diciembre de 2005) y El patriarca Pérez. La Iglesia Católica Apostólica Mexicana.

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