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Estudios de historia moderna y contemporánea de México

versión impresa ISSN 0185-2620

Estud. hist. mod. contemp. Mex  no.31 México ene./jun. 2006

 

Reseñas

Joyce Appleby, Lynn Hunt y Margaret Jacob, La verdad sobre la historia

Alberto del Castillo Troncosoa 

a Instituto de Investigaciones Doctor José María Luis Mora, México.

Appleby, Joyce; Hunt, Lynn; Jacob, Margaret. La verdad sobre la historia. Barcelona: Andrés Bello, 2000.

Los cimientos ideológicos y culturales de un concepto moderno de historia y de una construcción de una visión del mundo racional y objetiva están en profunda crisis desde hace varios años. Dicha crisis comenzó a documentarse con la incorporación de distintos tipos de minorías y las mujeres a la educación y posteriormente con la acción crítica y corrosiva del relativismo y el escepticismo de los llamados filósofos posmodernos en la década de los ochentas del siglo pasado.

Entre 1950 y 1980 se incorporaron masivamente las mujeres y los grupos minoritarios no blancos a la educación superior en los Estados Unidos. De esta manera se derrumbaron los antiguos absolutismos intelectuales por la acción del propio proceso de democratización. En aquel país se produjo en los noventa una gran discusión en torno a los textos escolares. Se les criticó de una manera contundente de eurocéntricos, racistas, sexistas, homofóbicos y se contrató a nuevas brigadas de escritores con un enfoque plural. En este contexto, surgieron algunas preguntas fundamentales que cobran cada vez mayor vigencia. Cuestionamientos tales como ¿debe la historia generar orgullo étnico y autoestima?, ¿debe transmitir algún tipo de verdad objetiva acerca del pasado?, ¿posee cada grupo su versión de la verdad?, o: ¿cualquier historia depende del punto de vista del autor y en ese sentido es tan buena como cualquier otra?, forman parte de los debates y las discusiones actuales, tanto en los Estados Unidos como en Europa y Latinoamérica.

Las autoras del presente libro forman parte del proceso democrático de erosión de las certidumbres que se registró en las décadas mencionadas en Norteamérica. En su lucha cotidiana tanto en el aula como en otros espacios políticos y culturales, se han opuesto tanto a la derecha conservadora, que sostiene entre otras cosas la inexistencia del genocidio nazi, como a la ultraizquierda nihilista, que se opone sistemáticamente a cualquier consenso de objetividad académica. Frente a ambos sectores, han sostenido que es posible defender un cierto concepto de objetividad que tome distancia de las certidumbres derivadas de los absolutismos intelectuales y del relativismo posmoderno que sólo conduce a la fragmentación. En este sentido, el presente libro argumenta que las historias nacionales siguen siendo necesarias, que el avance de un pueblo sólo puede fincarse en la autocrítica y en la búsqueda de una verdad, y que sin esta última esperanza cualquier grupo o comunidad acabarían sumergidos en el más profundo caos.

La estructura del texto contempla tres grandes apartados. En el primero se explican los argumentos a través de los cuales se fue construyendo en Occidente un modelo de ciencia objetiva y racional con pretensiones absolutas a partir del siglo XV, el cual desplazó a los paradigmas anteriores y repercutió de una manera central en la disciplina histórica. En la segunda parte se describen de una manera puntual las distintas críticas esgrimidas contra ese modelo científico racional a partir de las posturas posmodernas que han tenido un peso importante en Europa y los Estados Unidos en las últimas dos décadas, las cuales niegan toda posibilidad de arribar a resultados objetivos. Por último, en la síntesis que representa la tercera parte, las autoras definen su postura política y epistemológica y toman distancia, tanto del modelo absoluto como de sus detractores posmodernos, para establecer una tercera vía que reivindica el carácter objetivo y racional del quehacer histórico sobre bases más modestas que las que predominaron en las décadas anteriores.

La primera parte constituye un ágil recuento de los pormenores del proceso de construcción de un modelo "heroico" de ciencia, entendido como una búsqueda de leyes y legitimado como verdad construida en el siglo XVIII. Dicho proceso formaría parte de un modelo de ciencia que se forjó en las batallas cotidianas contra la tradición, el clero y el Estado monárquico. Sus héroes se llaman Copérnico, Kepler, Galileo, Descartes y sobre todo, Isaac Newton. Como es bien sabido, este último postuló la ley de gravedad, estudió las leyes del movimiento e inercia de los cuerpos en la Tierra y estableció ecuaciones y demostraciones geométricas y matemáticas, ofreciendo explicaciones en torno a la posición de los planetas y su circulación alrededor del sol. La publicación de sus Principia, en 1687, marcó así el nacimiento de la ciencia moderna. Las explicaciones del matemático resultaban todavía muy oscuras para la mayoría de la población, pero la labor de difusión los hizo digeribles para una segunda generación, y a mediados del XVIII se convirtieron en un nuevo dogma. Con ellos, la ciencia proporcionó un nuevo parámetro para entender el universo. Las nuevas ideas fueron propagadas por Galileo, Francis Bacon y René Descartes un siglo y medio antes de la revolución industrial. Esta nueva visión de la ciencia tuvo un carácter práctico, que apoyó el florecimiento de la industria en Inglaterra y le dio un prestigio cada vez mayor en Occidente, pues venía aparejado de un progreso material evidente. Como parte de esta visión del mundo, la naturaleza era femenina y había que conquistarla. De esta manera, se creó la imagen de un modelo científico heroico, supuestamente capaz de llegar a verdades absolutas, con un método neutral e imparcial, que se podía aplicar en cualquier lado. En este contexto, la figura del investigador científico masculino, objetivo y neutral, miembro de la república de las letras y alejado del poder, representó un poderoso mito que perduró hasta 1950, cuando la amenaza nuclear hace que se cuestione la supuesta neutralidad de la ciencia.

En esta línea de pensamiento, los historiadores interpretaron el desarrollo del tiempo como una larga y penosa secuencia lineal hacia el progreso, suponiendo una visión única, racional y secular del tiempo, aplicable a todos los pueblos en las diferentes fases de su historia. Una noción de tiempo uniforme e independiente, predecible y controlable, resultado de la visión de Newton. Esta versión moderna del tiempo, secular, acumulativa, uniforme y lineal, se trató de aplicar a todos los pueblos en los siglos XVIII y XIX. La era del imperialismo lo aplicó con crudeza al mundo colonial. De esta manera, la noción de progreso sustituyó a la de salvación y le dio un sentido teleológico al devenir histórico. La Ilustración racional generó su respuesta inmediata y radical: el romanticismo, que propuso el predominio de las emociones y la subjetividad y la idea de que cada pueblo y cada periodo histórico tenían su razón de ser, y resultaba imposible medirlos con la misma vara de la razón. Se buscó entonces la necesidad de una identidad en lo popular y así surgió el nacionalismo. Se inventó una tradición, de acuerdo con la cual habría una línea directa de genealogía histórica entre las naciones europeas y los pueblos originarios de cada territorio.

Este esquema aporta una reflexión interesante en el caso norteamericano. Las colonias carecían de uniformidad lingüista, religiosa y étnica, por lo que una vez obtenida la independencia tuvieron que inventar aquello que los europeos habían heredado: un repertorio de símbolos, esto es, una tradición nacionalista. En 1789, el triunfo de la Revolución Francesa permitió una reinterpretación de la revolución norteamericana. Se trata de un parteaguas en la historia de Occidente, representado por la lucha del pueblo contra la aristocracia y el Antiguo Régimen, el triunfo de los ciudadanos y la modernidad. Visto desde esta perspectiva, el peso de la unión norteamericana estaba, no en el pasado, sino en su aspiración de futuro, y los Estados Unidos representaban el primer acto de un drama de liberación, cuyo segundo acto quedaba escenificado por la Revolución Francesa. Las autoras documentan de qué manera en Estados Unidos se crearon rápidamente las bases de una comunidad moderna, con referencias públicas, tales como la prensa, las novelas y las asociaciones civiles. La historiografía norteamericana en el siglo XIX fue construyendo un imaginario nacionalista y revolucionario de la independencia como mito fundacional de la nueva nación, escamoteando todas las ideas que pudieran haber contribuido a oscurecer el mito inmaculado de la nueva democracia: los intereses materiales de terratenientes y caciques políticos, las diferencias religiosas entre los diversos grupos, el esclavismo y el despojo de las comunidades indias.

En la segunda parte las autoras elaboran un repaso convincente de los planteamientos de la filosofía posmoderna. El antecedente básico de este tema se produjo en los sesenta, cuando la historia social mostró a los héroes científicos en su contexto social, lo que desplazó la idea de nación por la de naciones multiculturales y subvirtió sin remedio la idea ingenua del concepto de individuo. En este contexto surgieron los críticos posmodernos que atacaron los cimientos epistemológicos de la ciencia, demolieron el concepto de objetividad y la noción de una estabilidad del lenguaje. Lo anterior ha resultado muy enriquecedor y sugerente para el avance autocrítico de la disciplina histórica, pero llevado al extremo podría ser contraproducente y contribuir a un efecto paralizador, con implicaciones de carácter conservador, muy distintas a la naturaleza original de las críticas de los autores de este tipo de posturas. En efecto, al rechazar la posibilidad de un sujeto en la historia, los posmodernos niegan también la posibilidad de introducir cambios. Todos los hechos quedan así reducidos a una simple manipulación del poder. El pensamiento de personajes como Derrida y Foucault integran el núcleo central de esta visión que ha tenido una gran influencia en los Estados Unidos. Ambos autores han negado a la historia la capacidad de representar la realidad de una manera objetiva y postulan la necesidad de deconstruir la noción de individuo. Cuestionan la racionalidad, la objetividad y la capacidad de conocer, para lo cual utilizan una mezcla de crítica literaria y filosofía. De acuerdo con sus planteamientos, la verdad no existe, es sólo una estrategia discursiva. Por su parte, el lenguaje representa una barrera insuperable ante la verdad y el hombre está atrapado en el lenguaje. Estos autores rechazan cualquier tipo de fijación en la realidad y sostienen que no existe ninguna distancia entre el sujeto que conoce y la realidad. Esta última es hija del lenguaje, nunca es accesible de manera directa, y aparece siempre velada por la trama de las palabras. La noción de autor es una creación de la modernidad y va a desaparecer, es sólo un artefacto cultural, junto con la idea de hombre. La construcción literaria desplaza los intentos de relacionar obra con contexto exterior. Lo único importante es comprender cómo construye el autor su texto y de qué manera le otorga una ilusión de autenticidad y verosimilitud. En la versión posmoderna, el historiador no captura el pasado, sino que lo inventa, como el novelista.

En la tercera parte, las autoras nos dan a conocer su postura frente al verticalismo del proceso científico lineal predominante en Occidente en los últimos siglos y también frente a la crítica radical de los posmodernistas, en lo que constituye la aportación más importante de este libro. Las investigadoras consideran que el ser humano es susceptible de reconocerse en un relato coherente del pasado y necesita explicaciones parciales y objetivas de cómo ha operado ese pasado. También requiere avanzar hacia una comunidad multicultural y cada vez más democrática, en la que se discutan todo tipo de diferencias. Se trata de una opción no sólo estética, sino epistemológica y política. La analogía textual del posmodernismo es interesante y puede enriquecer los análisis históricos. Una de las mayores virtudes de este texto consiste en el hecho de que las tres investigadoras lo toman en serio y discuten sus argumentos. Sin embargo, este tipo de posturas llevadas al exceso, desplazarían el análisis por un determinismo lingüístico conservador que paraliza y le crea la ilusión, sobre todo a los jóvenes, de estar "de regreso" en un mundo en el que todavía ni siquiera se han arriesgado a intentar transformar. La crítica posmoderna mezcla dos argumentos: de acuerdo con el primero, los textos ocultan tanto como expresan, no se deben leer sólo intenciones del autor, sino que se pueden deconstruir, para señalar posibles contradicciones y lagunas. En lo que toca al segundo, la diversidad de lecturas de un texto es muestra de la inestabilidad del lenguaje y anula toda posibilidad de objetividad. El primer argumento ha enriquecido la crítica histórica, mientras que el segundo la ha empobrecido notablemente.

Al reclamar un regreso a la narrativa, los posmodernos olvidan que los historiadores nunca se han alejado de ella. En efecto, la estructura gramatical es un artificio lingüístico, pero las palabras resultan del contacto con el mundo. Los relatos históricos son parciales e imperfectos. El historiador reconstruye el pasado mediante huellas documentales, en un contexto muy complejo, que implica atender los intereses del presente y el contexto del pasado. Los historiadores construyen indicios y explicaciones parciales del pasado en un contexto relativo e incierto, y presentan sus análisis a otros historiadores para discutir y comparar interpretaciones. La deconstrucción de un texto para exponer su incapacidad de representar un pasado inmóvil sólo puede lograrse después de una reconstrucción previa. De esta manera, la noción de objetividad no tiene que ver con experimentación neutral fuera de un contexto cultural.

Cada generación construye su propio léxico, las palabras cambian de significado de acuerdo con el código cultural en el que están inmersas. La labor del historiador consiste en reconstruir el piso que las hace legibles e inteligibles y sacar conclusiones de este proceso desde su distancia crítica del presente. En síntesis y como nos recuerda el escritor Milan Kundera, la lucha del pueblo contra el poder es la lucha de la memoria frente al olvido. Los planteamientos de Joyce Appleby, Lynn Hunt y Margaret Jacob nos permiten revisar el punto de vista de una historia social crítica en este fin de milenio y poder reivindicar un futuro para la historia.

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