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Estudios de historia moderna y contemporánea de México

Print version ISSN 0185-2620

Estud. hist. mod. contemp. Mex  n.31 México Jan./Jun. 2006

 

Artículos

Guerra y política contra el cuartelazo. La revolución zapatista durante el régimen de Huerta

War and Politics against the Attack on the Barracks. The zapatista Revolution during the Huerta Regime

Felipe Arturo Ávila Espinosaa 

a Investigador del Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM y profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de esta misma institución. Correo electrónico: <faae@servidor.unam.mx>.

Resumen:

Expone que, ante el golpe de Estado con el que Victoriano Huerta puso fin al maderismo, la actitud de los miembros del movimiento zapatista fue clara: no reconocieron a Huerta y, desde el primer momento, emprendieron una guerra contra lo que consideraban un acto usurpador. Luego de 17 meses de lucha, refiere, los zapatistas fueron capaces de tomar el control de su estado original, Morelos, así como de Guerrero y partes de Puebla y el Estado de México. Sin embargo, en esa etapa se evidenció la debilidad militar del movimiento y su rezago en relación con otras corrientes revolucionarias del norte como el villismo y el constitucionalismo. A pesar de ello, asegura, los planteamientos políticos del zapatismo fueron los más sólidos y radicales y los que expresaron con mayor claridad el contenido social de la revolución.

Palabras clave: zapatismo; huertismo; constitucionalismo; villismo; anarquismo; socialismo; Plan de Ayala; intelectuales zapatistas

Abstract:

The article shows that following the coup d'état with which Victoriano Huerta put an end to maderismo, the attitude of the members of the zapatista movement was quite clear; they refused to recognize Huerta and from the outset, waged a war against the man they regarded as a usurper. After 17 months of fighting, the zapatistas were able to take control of their original state, Morelos, as well as Guerrero, Puebla and the State of Mexico. This period, however, revealed the military weakness of the movement and its backwardness in relation to other revolutionary tendencies in the north, such as villismo and constitucionalismo. Despite this, the political approaches of zapatismo were the most solid and radical and those that most clearly expressed the social contents of the Revolution.

Key words: zapatismo; huertismo; constitutionalismo; villismo; anarchism; socialism; Plan of Ayala; zapatista intellectuals

La postura zapatista ante el cuartelazo

[...] esta superioridad comunica a usted que el gobierno del C. Francisco I. Madero ha terminado con la prisión de éste y del señor José María Pino Suárez [...] quedando el gobierno provisional en manos del general Victoriano Huerta y con un gabinete cuyos miembros han pertenecido a los gobiernos pasados, lo cual en nada satisface a la Revolución del sur, centro y norte de la república.

En tal virtud, teniendo en consideración semejantes acontecimientos, recomiendo a usted se abstenga de entrar en tratados con ninguno absolutamente de los que extraños a la Revolución se presenten a su campamento, pues en todo caso debe usted atenerse a las órdenes e instrucciones que reciba de este Cuartel General, sin ser los referidos actuales acontecimientos motivo para que deje usted de activar sus trabajos militares, pues ahora más que nunca es de alta necesidad que usted hostilice al mal gobierno, no perdiendo oportunidad de batirlo.1

Con estas palabras, que no tienen desperdicio en cuanto a su claridad y contundencia, el jefe de las fuerzas zapatistas definió su postura ante la Decena Trágica, dos días después de que se conociera la detención de Madero y el asalto al poder por Victoriano Huerta, el viejo conocido y enemigo de los rebeldes morelenses.

La toma de partido de Zapata y del Cuartel General suriano ante el golpe de Estado no dejaba lugar a dudas: no reconocían al gobierno de Huerta, el ascenso al poder de éste era ilegítimo y producto de la traición. Los zapatistas continuarían la guerra contra él y buscarían deponerlo. Esta respuesta fue inmediata, en cuanto tuvieron noticias del cuartelazo, y la sostuvieron reiteradamente en los días siguientes, en instrucciones que el Cuartel General transmitió a todos los jefes militares del Ejército Libertador.2

Para consolidar su posición luego de asaltar el poder, el gobierno de Huerta buscó el reconocimiento de varios de los líderes rebeldes que se habían distanciado de Madero. El apoyo más importante que consiguió fue el de Pascual Orozco, el principal dirigente de la insurrección maderista de 1910-1911 en Chihuahua. Huerta buscó, asimismo, atraerse y neutralizar a otros caudillos regionales importantes. Con ese fin, envió comisionados a tratar de establecer negociaciones con varios jefes zapatistas. Zapata y el Cuartel General -que habían experimentado en carne propia la ofensiva del ejército federal al mando de Huerta en el verano de 1911, en la que conocieron la ambición, la falta de escrúpulos y la ferocidad de Huerta- tenían motivos de sobra para desconfiar de sus ofertas. Por ello, no fue extraño que reiteraran su negativa a negociar con un régimen al que calificaban de ilegítimo, que resolvieran continuar en armas contra él y dieran instrucciones a sus subordinados de continuar con sus acciones de guerra.

Los emisarios de Huerta -entre quienes se encontraba el padre de Pascual Orozco, quien quizá quería sacar provecho de que el Plan de Ayala hubiera nombrado a su hijo jefe de la rebelión contra Madero- ofrecieron a los zapatistas cumplir lo que Madero les había negado: la solución al problema agrario y el nombramiento del gobernador de Morelos. Los líderes surianos no se dejaron engañar y su respuesta fue aún más contundente: no sólo no negociarían con el huertismo, sino que los enviados de Huerta fueron apresados, juzgados como enemigos de la Revolución y, meses más tarde, ejecutados. Para dar más resonancia a su postura, los zapatistas decidieron hacer públicas las conferencias y los juicios contra los comisionados huertistas.3

La firmeza de esa posición se explica por la maduración política e ideológica que había logrado el zapatismo. Desde el gobierno interino de León de la Barra entonces había tenido la capacidad de deslindarse del maderismo y convertirse en la corriente revolucionaria que con mayor énfasis exigía la realización de la reforma agraria y que se mantenía en armas para lograrla. El golpe de Estado huertista significaba un obstáculo mayor para conseguir ese objetivo, pues era a todas luces una restauración conservadora y el regreso del hombre fuerte para acabar con la movilización popular originada y no controlada por el maderismo. El régimen militar de Huerta fue percibido inmediatamente por los rebeldes surianos como un enemigo y una amenaza aún mayor, porque la solución castrense por la que habían optado las elites no podía tolerar el desafío de una rebelión como la zapatista, quienes comprendían también que Huerta, como uno de sus más encarnizados enemigos, los combatiría nuevamente a sangre y fuego, como lo había hecho meses atrás. Los pueblos de Morelos tenían fresca en la memoria la guerra de tierra arrasada que había emprendido contra ellos en 1911. No existía, pues, la menor posibilidad de que Zapata y sus principales generales cayeran en el garlito que les ofrecía Huerta.

Sin embargo, hubo algunos jefes zapatistas importantes que sí aceptaron las ofertas de Huerta y que defeccionaron. El más importante de ellos fue el Tuerto Morales, compadre de Zapata y quien, junto con Eufemio Zapata, se había convertido desde 1911 en uno de los principales jefes guerrilleros de Puebla. Su defección fue un duro golpe para los rebeldes en esa entidad. El movimiento suriano tardó varios meses en recuperarse y tuvo que depender todavía más de los jefes morelenses. Asimismo, ocurrieron otras defecciones importantes, como las de José Trinidad Ruiz, Simón Beltrán y la familia Miranda.4 Estas defecciones, además de la ambición personal de quienes se aliaron a Huerta, mostraban también la falta de cohesión y unidad en un sector del movimiento, diferencias y conflictos de liderazgo, y eran un reflejo del cansancio ante la guerra y de la ilusión en que los objetivos del movimiento podían conseguirse reconociendo a Huerta.

El cuartelazo puso a prueba la unidad interna del zapatismo y redefinió internamente sus liderazgos. La intransigencia y la dureza con la que Zapata y el Cuartel General castigaron a los que defeccionaron, y su decisión de apresar, enjuiciar y castigar a los enviados de Huerta, fueron una muestra de la intensa discusión interna que se desarrolló en sus filas y la forma en que esa polémica se resolvió, con la victoria de Zapata y de quienes impulsaron una línea dura. Ese episodio sirvió también como marco de una disputa entre los dos asesores civiles más influyentes en el Cuartel General: Otilio Montaño y Manuel Palafox. Montaño, quien era el intelectual más importante del movimiento hasta entonces, tuvo una actitud más abierta y tolerante ante los negociadores huertistas y se oponía a castigarlos, por la imagen negativa que eso les acarrearía ante la opinión pública. En esa polémica, se enfrentó a Manuel Palafox, quien se había incorporado pocos meses antes al movimiento y que, gracias a su habilidad administrativa y política, había ido ganando una creciente influencia en el Cuartel General. Palafox encabezó la línea dura ante los emisarios huertistas, posición con la que se identificó Zapata. Esto le sirvió a Palafox para desplazar a Montaño y convertirse en el asesor con más peso en el cuartel general, instancia de centralización de las decisiones políticas y militares del movimiento a la que Palafox contribuyó a organizar y consolidar.5

Los acontecimientos le dieron la razón a Zapata y a Palafox. Estaba claro que no había negociación posible con el huertismo. Unos y otros contendientes lo tenían claro y por eso en los días que siguieron a la Decena Trágica pronto comenzó una nueva etapa armada en territorio morelense. El régimen de Huerta optó una vez más por la guerra de exterminio, lo que a su vez confirmó y endureció aún más la intransigencia zapatista. Los jefes rebeldes tuvieron la capacidad inmediata de mantener la unidad de sus fuerzas y con ella sostuvieron nuevamente una encarnizada guerra contra el gobierno ilegítimo de Huerta.

La guerra

Con el cuartelazo huertista comenzó una nueva etapa de la guerra que se había vivido en Morelos durante la mayor parte de 1911 y 1912. Después de un breve periodo de reacomodo en el gobierno central, pronto comenzó una nueva y feroz campaña del ejército federal contra los surianos. La Decena Trágica había provocado la salida de Morelos de Felipe Ángeles, el jefe de la campaña federal contra los zapatistas y quien, por ser uno de los jefes del ejército más cercanos a Madero, se había trasladado junto con éste a la ciudad de México para auxiliarlo ante la rebelión de Bernardo Reyes y Félix Díaz. Ángeles había sido apresado. El asesinato de Madero, Pino Suárez y otros connotados dirigentes maderistas, la persecución y exilio de muchos otros y la ocupación de los principales puestos políticos por los allegados de Huerta provocaron la interrupción de la legalidad y por unos días hubo zozobra e incertidumbre políticas. En Morelos, esa coyuntura permitió a los rebeldes surianos ocupar algunas de las plazas más importantes de la entidad y volver a atacar Cuernavaca, en marzo de 1913.6

Sin embargo, el gobierno federal pronto reorganizó sus fuerzas y definió su estrategia contra el zapatismo. Huerta encargó otra vez a Juvencio Robles -el conocido y sanguinario general federal, viejo enemigo también de los zapatistas- que encabezara la cam paña. En pocas semanas el gobierno duplicó el número de efectivos federales en la entidad morelense, que llegaron a 14 000. Robles volvió a desarrollar una guerra sin cuartel, de contrainsurgencia contra el zapatismo. En los dos meses que siguieron al cuartelazo, Robles militarizó el estado de Morelos, se hizo cargo él mismo de la gubernatura y de la jefatura de armas de la entidad, aplicó otra vez la táctica de tierra arrasada, quema de poblados, bombardeos contra la población civil y concentración de ésta en campamentos militares. El resultado fue otra vez el mismo que meses atrás con Madero: los habitantes de los pueblos se refugiaron en las montañas y muchos de ellos engrosaron las filas zapatistas. No obstante, muchos civiles fueron capturados, enrolados en el ejército federal y enviados a combatir en el norte, donde se desarrollaba paralelamente un amplio movimiento de rebelión contra Huerta. En los seis meses que siguieron al cuartelazo, más de cuatro mil morelenses fueron deportados de esa forma.7

En la guerra zapatista contra Huerta se pueden establecer tres etapas. Una primera va desde los días posteriores a la Decena Trágica hasta comienzos de septiembre de 1913. En esta etapa, las tropas federales, superiores en armamento, organización y experiencia, lograron controlar las ciudades más importantes de la entidad morelense y obligaron a los rebeldes a refugiarse en las zonas rurales, en donde éstos volvieron a desarrollar una táctica de guerrillas, con multiplicidad de acciones de desgaste. Los zapatistas controlaron las zonas periféricas, donde no podía perseguirlos el ejército. Éste, por su parte, mantuvo el control de las ciudades mayores y medias, así como de las haciendas. Esta situación se mantuvo aproximadamente seis meses, hasta que el gobierno federal logró neutralizar al zapatismo en Morelos y obligar a la partidas rebeldes a salir de la entidad, pero a un costo muy alto, porque la militarización del estado y la cruenta ofensiva contra la población civil desmantelaron la economía de la región y desestructuraron la vida cotidiana y los vínculos entre los distintos estratos de la población. Muchos pueblos fueron quemados y la población huyó a las montañas. Entre tanto, en el norte, la guerra de los constitucionalistas y villistas contra Huerta había seguido avanzando y dio un vuelco en favor de los revolucionarios, por lo que el régimen tuvo que cambiar a Juvencio Robles y se vio obligado a atender prioritariamente la rebelión norteña. El cambio de Juvencio Robles obedeció a la manifiesta ineficacia de la campaña, que no sólo no había acabado con el movimiento rebelde, sino que había sido incapaz de impedir el reavivamiento y la extensión de la rebelión. Esa decisión modificó el escenario de la guerra en Morelos y definió una nueva etapa, en los meses siguientes, en los que los zapatistas pasaron una vez más a la ofensiva.

En esa primera etapa, el ejército federal, en la medida en que incrementó fuertemente sus efectivos y, con la leva, debilitó las estructuras familiares y comunitarias de la población civil, fue avanzando paulatinamente en establecer su control militar sobre la entidad. Zapata y el Cuartel General, incapaces de defender su posición en su estado originario, se vieron obligados a abandonar Morelos, desplazarse a Guerrero y concentrar sus operaciones en esa entidad, mucho más extensa, con una geografía más agreste y mucho menos comunicada que Morelos.

Así, aunque la balanza del enfrentamiento militar había favorecido en la primera etapa al ejército federal, su táctica de contrainsurgencia no pudo acabar con la rebelión zapatista y, antes al contrario, sólo logró que se enraizara y extendiera más. Sin embargo, el costo que produjo el control militar por el ejército del territorio morelense fue muy alto: es posible que uno de los mayores efectos de la feroz y prolongada ofensiva militar que asoló el estado de Morelos desde agosto de 1911 haya sido la de quebrar la economía comercial de la entidad. Las haciendas no pudieron disponer de la mano de obra que necesitaban, la guerra siguió destruyendo una parte de la infraestructura productiva e interrumpió los circuitos comerciales. Pero quizá el efecto mayor haya sido la devastación de la economía de subsistencia de las comunidades y de muchos de los habitantes de las ciudades medias y pequeñas de la zona, que resintieron brutalmente el impacto de la guerra.

La pequeña entidad morelense ya no fue la misma después de esos años de 1913 y 1914; en este año se pudo conseguir la última zafra importante de la otrora poderosa y rica agroindustria azucarera, la principal actividad productiva regional desde la época colonial. El colapso económico del azúcar y de las haciendas morelenses como consecuencia de la guerra tuvo un doble efecto: por una parte permitió el dominio indisputado del zapatismo en la región y que se afianzara como la fuerza hegemónica. Sin embargo, también tuvo un efecto negativo, en la medida en que la principal actividad productiva de la región no pudo ser aprovechada para fortalecer al movimiento revolucionario que dio muestras cada vez más evidentes de falta de recursos económicos, alimentos y víveres, armas y pertrechos de guerra.

Ante el control militar de las principales ciudades y haciendas morelenses por el ejército, el movimiento rebelde se atrincheró y fortaleció en las zonas periféricas montañosas que rodeaban a la entidad morelense: en los cerros del Ajusco, en la zona fría del suroeste del Estado de México, principalmente en los municipios de Tenango y Tenancingo, en las regiones poblanas colindantes con Morelos, así como en la intrincada geografía montañosa de Guerrero. Estas regiones periféricas, a las que no podían llegar las unidades del ejército federal, se convirtieron otra vez, como en el gobierno maderista, en los bastiones del movimiento, que tuvo la capacidad de resistir, de volver a armar redes de apoyo con la población, de sumar a líderes locales a su movimiento y de fortalecerse en esos lugares.

Con la expulsión de los zapatistas de Morelos y su atrincheramiento en Guerrero dio comienzo una segunda fase de su lucha contra Huerta, en la cual, luego de resistir, pudieron pasar paulatinamente a la ofensiva. Esta fase duró otros seis meses y culminó con la toma de Chilpancingo por los rebeldes y el control absoluto del estado de Guerrero en marzo de 1914. En la decisión de trasladar el centro de las operaciones a Guerrero se mezclaron dos problemas. Por una parte, no fue una elección libre, originada por una lógica de guerra del Cuartel General suriano, sino que tuvieron que hacerlo obligados por el avance del ejército federal. A esa necesidad, se añadió la destrucción de una parte considerable de la economía morelense, el empobrecimiento de las comunidades que estaban exhaustas para seguir alimentando al ejército suriano.

Ante esa situación, los jefes rebeldes aprovecharon las nuevas condiciones para sacar provecho de ellas y establecerse en la región vecina, que estaba menos castigada por la guerra, les ofrecía refugio y mayores recursos de abastecimiento. Sin embargo, aunque Guerrero era una zona menos castigada que la entidad morelense, estaba lejos de ser una región con abundantes recursos que pudieran ser aprovechados para fortalecer al Ejército Libertador suriano, sobre todo en términos militares, donde se había quedado muy a la zaga de los poderosos ejércitos norteños que sacaron provecho de los recursos naturales de sus regiones, como el petróleo, las minas, el ganado, el algodón y el acceso a la frontera con Estados Unidos y a los puertos.

Para reorganizarse y reanudar la ofensiva, les fue muy útil a los jefes morelenses la alianza con los rebeldes guerrerenses que combatían a Huerta, entre los que destacaban Julián Blanco, Julio Gómez, Pedro Saavedra y Encarnación Díaz. Esa alianza les resultó muy provechosa en el corto plazo. Gracias a ella, sacaron ventaja de la progresiva debilidad del ejército federal que, ante el avance constitucionalista en el norte, se vio obligado a enviar hacia allá a la mitad de sus contingentes que combatían al zapatismo y de las casi nulas vías de comunicación que existían en la entidad guerrerense. Huerta fue perdiendo paulatinamente la guerra en el norte del país y se vio obligado a concentrar ahí al grueso de sus tropas. Los avances del constitucionalismo y del villismo hicieron cada vez más insostenible la situación del gobierno federal. Todo ello influyó favorablemente para que los zapatistas pudieran hacerse del control militar y político de la región guerrerense, seis meses después de que habían establecido ahí su centro de operaciones.8

La acción militar decisiva de esa segunda etapa fue la toma de Chilpancingo, la capital regional que les ofrecía mayores posibilidades, por su ubicación geográfica aislada, por sus deficientes comunicaciones, y por las escasas fuerzas federales encargadas de su defensa. La captura de Chilpancingo por un contingente de 5 000 hombres, en marzo de 1914 representó el cenit de la fuerza zapatista en esa fase de la guerra.9

Sin embargo, esa victoria evidenció también una enorme debilidad militar, porque para conseguirla habían tardado varios meses y, cuando finalmente lo lograron, el régimen de Huerta estaba prácticamente herido de muerte ante las victorias de los revolucionarios norteños. La guarnición federal de Chilpancingo, considerablemente menor a los atacantes, estaba prácticamente aislada y la moral de las tropas federales se había caído.

El control de Guerrero permitió que el zapatismo regresara otra vez a su terruño, y que avanzara inexorablemente hasta hacerse también del control completo de Morelos, en lo que fue la tercera fase militar de su lucha contra el régimen huertista, etapa que va de abril de 1914 hasta la capitulación y salida de Huerta, en julio de ese año. En ese periodo, el Ejército Libertador suriano fue capaz de ocupar todo su estado original, con la excepción de Cuernavaca, plaza a la que pusieron cerco desde mayo de 1914 y que, sin embargo, no pudieron tomar sino hasta que Huerta renunció y las fuerzas federales salieron en desbandada.10 Con el control de Morelos y de Guerrero, los zapatistas consolidaron su dominio en las otras zonas periféricas que estaban bajo su influencia. De este modo, cuando fue derrotada la dictadura huertista -a cuya derrota habían contribuido, aunque las batallas mayores y decisivas se habían desarrollado en el norte-, el zapatismo había conseguido asentarse en la región centro-sur del país, desde la tierra caliente guerrerense hasta los valles centrales poblanos y hacia el sur, hasta el cruce de las sierras madres occidental y oriental. Ésta fue la región que controlaron, finalmente, luego de año y medio de lucha y que les permitió presentarse como fuerza contendiente en la siguiente etapa, definida por la lucha entre las distintas corrientes revolucionarias vencedoras sobre el huertismo para imponer su hegemonía nacional.

Así, en términos militares y recursos económicos, el zapatismo se había rezagado considerablemente en relación con los revolucionarios norteños, que habían podido controlar vastos territorios en los que existían mayores recursos productivos comerciales, como metales, carbón, petróleo, ganado y algodón. Estos recursos fueron aprovechados y puestos al servicio de los ejércitos revolucionarios norteños, que sacaron provecho también de la enorme frontera con los Estados Unidos para vender ahí los productos de las industrias que confiscaron o controlaron y para abastecerse ilimitadamente de armamento y parque. Eso les permitió constituir y financiar ejércitos regulares numerosos, muy bien pertrechados y con una gran movilidad mucho más allá de sus zonas de origen.

El zapatismo no pudo sacar igual provecho de su control militar sobre Guerrero, control que fue muy tardío y en donde, además, influyó que en la entidad no existía la riqueza comercial de otras regiones. El control del puerto de Acapulco, que podía haber sido utilizado como aduana para abastecerse de armas y obtener recursos monetarios para financiar la guerra, no le redituó ninguna ganancia, quizá debido a que no controlaba fuentes importantes de abastecimiento mercantil, a que las haciendas no estaban todavía en sus manos, a que aun controlando el azúcar no tenía mercado para ella y a que no pudo explotar en su beneficio algunos de los recursos mercantiles de la zona, como la plata de las minas de Taxco. Además, otro factor decisivo fue que no existía vía de ferrocarril hasta Acapulco, por lo que el control del puerto no garantizaba una vía eficiente de transporte y comunicación con su base de operaciones. No obstante, fue una victoria militar importante para el zapatismo a nivel regional, que le permitió controlar por primera vez a una entidad completa y utilizarla como pivote para regresar a Morelos y reanudar su ofensiva contra la ciudad de México.

El Ejército Libertador suriano fue incapaz de conquistar las otras grandes ciudades, mucho más importantes del centro-sur del país. No fue capaz de tomar Toluca ni la capital poblana, que eran ciudades estratégicas. Los intentos de organizar un ataque contra la ciudad de México, utilizando como bastión la zona boscosa del Estado de México, fueron una quimera y un rotundo fracaso. No fue capaz, tampoco, de extenderse más allá de lo que ya lo había hecho en 1911-1912. Las expediciones que envió a otras regiones, encabezadas por Cándido Navarro a Guanajuato y Michoacán y por Felipe Neri a Tlaxcala, fracasaron estrepitosamente.11 Incluso, en la conquista de Guerrero fue decisiva la participación de las fuerzas rebeldes de esa entidad, con cuyos líderes el zapatismo había hecho alianza hacia fines de 1913. Todo esto evidenciaba una notoria debilidad militar. El zapatismo no había sido capaz de superar su condición de movimiento guerrillero y la ocupación de Chilpancingo no le permitió dar el salto cualitativo que requería para convertirse en un ejército regular.

La estratégica región de Morelos, por su riqueza cañera y por su vecindad con la ciudad de México había tardado mucho más tiempo en caer que otras ciudades igualmente importantes y estratégicas del norte del país. La notable infraestructura ferroviaria y de caminos y la existencia de una poderosa y organizada clase terrateniente morelense, junto con lo pequeño del territorio, habían sido obstáculos muy difíciles de vencer para el zapatismo, cuya carencia crónica de armamento y parque, su falta de control de recursos comerciales y su estructura organizativa que siguió siendo muy descentralizada, a pesar de los avances de control por parte del Cuartel General, fueron factores que se conjugaron para que el zapatismo tuviera una notable debilidad militar y que esta característica le restara posibilidades de éxito en la siguiente y decisiva etapa de definición de la hegemonía entre las corrientes revolucionarias.

Política e ideología

Un aspecto significativo del movimiento zapatista fue que, a diferencia de su debilidad militar, pudo caracterizarse siempre por la claridad y la radicalidad de sus planteamientos políticos e ideológicos. Esa característica constituyó una de sus principales fortalezas y estuvo en la base de la influencia política que tuvo en la etapa armada de la Revolución y aún mucho después. De manera novedosa, los ideólogos y dirigentes zapatistas fueron capaces de profundizar los planteamientos políticos que habían formulado en el Plan de Ayala y subrayar el contenido social de la Revolución, enfatizando que no debía reducirse al aspecto político ni al cambio de gobierno, sino que debía orientarse a realizar reformas económicas, políticas y sociales, en beneficio de los sectores populares excluidos hasta entonces del desarrollo.

En cuanto a la definición general de los problemas sociales, al énfasis en la necesidad de transformarlos mediante una nueva legislación y renovadas instituciones, en la conciencia de que tenían que ir más allá de la Constitución de 1857 entonces vigente y en el señalamiento de que la renovación de poderes tenía que ser hecha por una convención de todos los jefes revolucionarios del país, el zapatismo demostró que era una superación política del maderismo, que había asimilado la experiencia que había limitado a éste, y que la revolución tenía que hacerse gobierno con un nuevo orden jurídico e instituciones apropiadas. En estas cuestiones, mostró también tener más claridad en esos momentos que las corrientes revolucionarias norteñas.

Fue, asimismo, un movimiento que se distinguió por una verdadera obsesión por la palabra escrita, por la propaganda política, por los pronunciamientos públicos. El zapatismo produjo una avalancha de manifiestos, indicativos de su necesidad de hacerse escuchar, de dirigirse continuamente a la nación, a la opinión pública, a los otros sectores, para informarles de sus ideas y propuestas, de sus tomas de partido, buscando justificarse ante ellos y, también, atraerlos a sus filas.

Durante el periodo de su lucha contra Huerta, el zapatismo tuvo varios momentos de definición política e ideológica importantes. En ellos, fijó su postura ante la coyuntura, estableció las directrices para que sus fuerzas la enfrentaran, y se dirigió a la nación para expresar su posición ante la opinión pública. El primer pronunciamiento fue su rechazo al cuartelazo y su decisión de combatirlo. Su justificación partía de calificar al nuevo gobierno como ilegal, producto de la traición. Huerta había usurpado el poder y había violentado la soberanía del pueblo. Éste, para recuperarla, había constituido ejércitos revolucionarios que luchaban para derrocar al gobierno ilegítimo y reestablecer la legalidad. Pero, a diferencia del constitucionalismo -que se concebía a sí mismo como el depositario único de la legalidad y quien debería ocupar el poder una vez derrocada la dictadura huertista-, el zapatismo consideraba que el proceso era más amplio, que involucraba a un ancho espectro de fuerzas revolucionarias del que ellos constituían solamente una parte. Era este movimiento nacional, representado por todos sus jefes, el que debía constituir un nuevo gobierno provisional, el cual debía elegirse con la participación de todas las fuerzas revolucionarias, a través de una convención. Era un salto a la arena nacional.12

Estos pronunciamientos constituían una contribución importante a la discusión política del país. Ponían en la mesa asuntos políticos fundamentales que no habían sido abordados o que habían sido soslayados por las otras corrientes, como la legitimidad de la Revolución, la representación de la soberanía popular en una época revolucionaria, la responsabilidad de las corrientes revolucionarias, la necesidad de su unificación para la formación de un nuevo gobierno y la convocatoria a que se efectuara una Convención de todos sus jefes para constituir el gobierno nacional. Estos señalamientos enriquecían el debate político entre las corrientes e indicaban una posible ruta de convergencia entre ellas.

Pero, además, otra característica que distinguió al zapatismo fue el énfasis con el que defendió el contenido social de la Revolución, su tozudez al atribuir a ésta un sentido de transformación y de reforma a las instituciones en beneficio de los sectores populares mayoritarios y excluidos. En este sentido fue la corriente que logró desarrollar una mayor conciencia de clase. Esta definición ideológica fue un proceso paulatino, que fue avanzando paralelamente con su lucha contra el gobierno usurpador. Así, una vez que había logrado resistir la primera ofensiva huertista, los jefes zapatistas consideraron necesario manifestar a la nación que el Plan de Ayala seguía siendo su eje rector en la nueva etapa y aprovecharon para corregir la contradicción flagrante en la que los acontecimientos los habían colocado al nombrar a Pascual Orozco jefe de la revolución nacional. Ante la traición de Orozco, lo desconocieron como jefe y nombraron en su lugar a Emiliano Zapata.13

Otro momento importante de definición fue en octubre de 1913. Con la incorporación de los intelectuales urbanos que se adhirieron a su movimiento durante el curso de ese año, el zapatismo dio un salto cualitativo en la claridad de sus planteamientos y profundizó sus ideas acerca del contenido social y de reforma de las instituciones que buscaban. Ellos dieron al discurso zapatista más coherencia y fundamentación y lo proyectaron a la escena nacional. El Manifiesto a la nación del 20 de octubre de 1913 es una buena muestra de ello. En él, reiteraron las razones de su ruptura con Madero. Éste había traicionado a la Revolución. Para cumplir con las aspiraciones revolucionarias, habían proclamado el Plan de Ayala y combatido al gobierno maderista. La caída de ese gobierno, mediante el golpe militar, representaba sin embargo una situación peor. El cuartelazo era "el acto más vergonzoso que puede registrarse", "un acto de abominable perversidad" que obligaba a todos a "castigar ese crimen y ajusticiar a los culpables".

Además, los líderes surianos subrayaron el contenido clasista y de transformación social de su movimiento. Su discurso era inédito dentro de las corrientes revolucionarias no sólo por su contenido radical, sino también por el lenguaje, que denotaba influencias del pensamiento y de la terminología socialista y anarquista. Palabras como "burguesía", "proletarios", "explotación" y "capitalistas" comenzaron a aparecer regularmente en sus proclamas. Así, en el documento mencionado expresaron que el burgués robaba el producto de su trabajo a los obreros y peones, despojaba al indio, lo golpeaba e insultaba con la complicidad de los tribunales. Existía una triada explotadora: capitalistas, soldados y gobernantes, que sojuzgaba a "un pueblo esclavo y analfabeto [...] condenado a trabajar sin descanso y a morirse de hambre". Esa situación era "una violación flagrante a las leyes naturales", puesto que la sociedad funcionaba como "una organización económica [...] que venía a ser un asesinato en masa para el pueblo". De esta aberración histórica había surgido la Revolución, como una necesidad que había derrocado a un sistema caduco y represivo.

Sin embargo, Madero defraudó las esperanzas puestas en él, pues "cimentó su gobierno en el mismo sistema vicioso y con los mismos elementos corrompidos con que el caudillo de Tuxtepec durante más de seis lustros, extorsionó a la nación [...]. El desastre y la decepción no se hicieron esperar". De esa experiencia, en la que los zapatistas habían sido actores centrales, los zapatistas habían desprendido una conclusión muy importante y novedosa: no podían esperar la solución a los problemas nacionales que había provocado la Revolución dentro de las instituciones vigentes. Éstas tenían que ser reformadas y corresponder con las aspiraciones revolucionarias del pueblo. El zapatismo se colocaba, así, más allá de la Constitución vigente de 1857, la veía como un marco estrecho que no permitía la solución a los problemas sociales urgentes.14 En sus palabras:

no es posible gobernar al país con este sistema administrativo sin desarrollar una política enteramente contraria a los intereses de las mayorías, y siendo, además, imposible la implantación de los principios por que luchamos, es ocioso decir que la revolución del sur y del centro, al mejorar las condiciones económicas, tiene necesariamente que reformar de antemano las instituciones, sin lo cual, fuerza es repetirlo, le sería imposible llevar a cabo sus promesas.

Por ese motivo no respetarían a ningún gobierno que no reconociera previamente la justicia de su lucha. Y, reflejando la influencia del pensamiento anarquista que era el paradigma ideológico de varios de los intelectuales urbanos que se habían incorporado a sus filas, expresaron por primera vez su rechazo a las elecciones:

puede haber elecciones cuántas veces se quiera, pueden asaltar, como Huerta, otros hombres la silla presidencial, valiéndose de la fuerza armada o de la farsa electoral [...] no arriaremos nuestra bandera ni cejaremos un instante en la lucha hasta que, victoriosos, podamos garantizar con nuestra propia cabeza el advenimiento de una era de paz que tenga por base la justicia y como consecuencia la libertad económica.

Su compromiso era dar pan a los desheredados y una patria libre. De igual modo, expresaron una posición sumamente original y precursora en la historia ideológica de la Revolución Mexicana y de la etapa posterior, al identificar la necesidad de que no fuera la lógica militar la que prevaleciera, sino que era prioritario incorporar a los civiles a la Revolución: "no es preciso que todos luchemos en el campo de batalla, no es necesario que todos aportemos un contingente de sangre a la contienda, no es fuerza que todos hagamos sacrificios iguales en la Revolución; lo indispensable es que todos nos irgamos resueltos a defender el interés común y a rescatar la parte de soberanía que se nos arrebata".15

Los ideólogos zapatistas convirtieron sus manifiestos y proclamas en una tribuna para denunciar al régimen y al sistema social y para llamar a la unión de los desposeídos. El movimiento demostró que tenía una obsesión por la palabra escrita, por hacerse escuchar y romper el silencio en que los pueblos y comunidades habían estado por largo tiempo. El discurso que esgrimieron los ideólogos era un discurso de combate, incendiario, con un contenido y una forma que tenían ecos magonistas. No en balde varios de los nuevos e influyentes asesores civiles provenían de esa corriente. Esos nuevos tribunos aprovecharon la identificación, la coincidencia y la libertad y confianza que encontraron en el zapatismo para hacer oír su voz.

En los primeros días de 1914 la victoria de los revolucionarios sobre Huerta era previsible y sólo parecía cuestión de tiempo para consumarse. El movimiento suriano había consolidado su presencia local y extendía su dominio sobre la mayor parte de Guerrero. En esas condiciones, por primera vez, los jefes zapatistas consideraron que existían condiciones para llevar a cabo la reforma agraria que proclamaba el Plan de Ayala y proceder a confiscar y repartir los terrenos de los enemigos de la Revolución. Con ese propósito, el Cuartel General emitió unas instrucciones en las que establecían que debía procederse a efectuar la repartición y el fraccionamiento de las propiedades producto del despojo a pueblos y particulares que tuvieran sus títulos correspondientes. Para los pueblos e individuos que tuvieran necesidad de tierras, se debía hacer un reparto equitativo y justo. El proceso debía ser aprobado por el Cuartel General suriano, que tenía la facultad de emitir un título de propiedad a los beneficiarios. Éstos procedimientos serían luego legalizados por el gobierno emanado de la Revolución.16

Estas instrucciones eran significativas, porque indicaban el papel central del Cuartel General suriano no solamente en la conducción de los asuntos militares y políticos, sino también en la instrumentación de las reformas sociales que consideraban necesarias y, particularmente, del reparto agrario. El papel que se asignaba el Cuartel General era el de un poder paralelo a las estructuras institucionales y refleja la actitud no sólo de los intelectuales del movimiento, sino sobre todo de los jefes militares campesinos ante el poder político y las instituciones formales. Es revelador que el movimiento suriano, una vez que tuvo el dominio de los estados de Guerrero y Morelos, en la primavera de 1914, no haya ocupado las estructuras del poder estatal para efectuar medidas en beneficio de la población marginada, tal y como lo establecían en sus numerosas proclamas y manifiestos. Los jefes zapatistas no querían hacerse cargo ellos mismos de ocupar el poder político formal y conservaban el poder de decisión en sus manos, en las estructuras políticas y militares que habían creado.

La confiscación de las propiedades de los enemigos de la Revolución y el reparto agrario pudieron comenzar a materializarse hasta después del triunfo sobre Huerta, pero para llevarlo a cabo no necesitaron ocupar las estructuras estatales, sino que fue un proceso descentralizado y coordinado -no sin dificultades- por el Cuartel General y por los principales jefes campesinos de cada región. La toma de Chilpancingo permitió que los jefes del Ejército Libertador de Guerrero eligieran a Jesús Salgado gobernador de la entidad, en el primer proceso de elección de autoridades que se hacía siguiendo el Plan de Ayala. Pero ni en esa ocasión ni cuando controlaron Morelos usaron a las instituciones estatales para ejecutar medidas semejantes a las que los villistas y constitucionalistas habían comenzado a hacer desde antes, en 1913, en los estados norteños bajo su dominio.

Poco después, a mediados de junio de 1914, tenían la certeza de que la victoria sobre Huerta era inminente y próxima. Confiaban en que pronto podrían atacar la ciudad de México y habían estado haciendo preparativos en ese sentido, que, no obstante, nunca pudieron cristalizar. Con ese objetivo, emitieron un Manifiesto a los habitantes de la ciudad de México en el que, además de anunciar un ataque que no se concretó, quisieron expresar a la población urbana los motivos de su lucha. Su movimiento, dijeron, al igual que el de sus hermanos del norte no tenía otro objetivo que realizar las reformas económicas y sociales que acabaran con la injusticia prevaleciente, con un sistema social en el que unos cuantos ricos vivían sin trabajar en la mayor opulencia mientras los pobres vivían en condiciones de miseria, como bestias de carga "parias en su propio país y esclavos de sus propios conciudadanos".

Los intelectuales zapatistas, con un discurso emotivo que tenía reminiscencias magonistas, expresaron de manera cada vez más enfática el contenido social y económico de la Revolución. Era un movimiento que representaba al pueblo pobre, a los marginados; era la rebelión de los de abajo, como bien lo había reflejado la prensa de la época. Lejos estaba la ideología maderista inicial, que confiaba en que los cambios políticos serían suficientes para mejorar las condiciones de vida de las mayorías. "El país no estará en paz nunca [...], mientras la tierra no sea distribuida entre los que saben y quieren cultivarla [...], mientras no se den garantías al trabajador y no se mejore la retribución del trabajo." Y, por primera vez, hicieron la invitación a la población citadina, especialmente a los trabajadores, a que se unieran a ese gran "combate de los que nada tienen contra los que todo lo acaparan".17 Era un pronunciamiento que intentaba establecer una alianza con la población urbana y un llamado a los marginados a unirse para transformar el sistema social.

En julio de 1914 Huerta se vio obligado a renunciar. Después de año y medio de lucha, las puertas de la ciudad de México estaban al alcance de los revolucionarios. Ante ese nuevo panorama, los jefes zapatistas consideraron necesario subrayar en qué consistía para ellos el verdadero triunfo de la Revolución. Éste no podía reducirse al simple cambio de gobernantes. Los surianos no podían aceptar la legitimidad del presidente provisional, Francisco Carvajal, impuesto por Huerta antes de dejar el poder. El titular del poder ejecutivo tenía que ser elegido por los jefes revolucionarios, en una junta de todos ellos, como lo establecía el Plan de Ayala. El triunfo significaba mejorar las condiciones económicas de la gran mayoría de la población mexicana, de los oprimidos. Por ello, ratificaron la validez de todos los principios de ese plan, y propusieron que debían incorporarse al rango constitucional los relativos a la cuestión agraria. El Plan de Ayala era para el zapatismo un complemento del Plan de San Luis; por consiguiente, todos los preceptos establecidos por este último debían también ser cumplidos por el nuevo gobierno emanado de la Revolución.18

Los restos del huertismo negociaron con el constitucionalismo la capitulación del gobierno, la disolución del ejército federal, y la entrega de la ciudad de México a las tropas de Carranza. Era, cuatro años después del estallido revolucionario, el fin del Antiguo Régimen. Sin embargo, en ese pacto tanto el villismo como el zapatismo fueron excluidos. Ante esa exclusión, los jefes surianos reclamaron su derecho a tomar parte en la definición del nuevo rumbo del país y fijaron su postura ante el constitucionalismo: la Revolución no tenía por fin satisfacer los intereses de un individuo -en alusión implícita a Carranza- ni a un grupo o partido. Buscaba, ante todo, dar pan y tierra a los desheredados y no podría llevarse a cabo si no se excluía y castigaba a los enemigos, a los que se debían confiscar sus propiedades y restituir a los individuos y comunidades despojadas sus tierras y repartir los bienes confiscados entre los que las necesitaran. Sin romper todavía con el constitucionalismo, definieron sus condiciones: sólo el reconocimiento y aceptación de los principios del Plan de Ayala asegurarían la verdadera victoria revolucionaria. Se cerraba así el periodo de lucha contra Huerta.

El zapatismo había crecido política e ideológicamente en ese año y medio y se había convertido en uno de los contendientes por la hegemonía del proceso revolucionario. De las tres corrientes triunfadoras sobre el huertismo era la que había avanzado más en definir una postura ideológica radical, revolucionaria. Fue el movimiento que tuvo una comprensión más completa del carácter popular de la Revolución y de la necesidad de hacer reformas sociales a partir de un gobierno elegido por los propios jefes sublevados. Comenzó a plantear problemas novedosos sobre la revolución social, sobre la naturaleza y el ejercicio del poder y tenía una propuesta incluyente y democrática para elegir al gobierno revolucionario. Sin embargo, habían aflorado también sus limitaciones. La propuesta zapatista no había logrado desarrollar una posición sólida -más allá de las denuncias generales-, ante la problemática de los otros sectores populares. Hacía honor a la percepción que se había formado en torno a su movimiento como esencialmente agrario; no pudo comprender cabalmente la problemática de las clases urbanas ni de otras regiones ni formular alternativas que los incorporaran. Por lo tanto, fue incapaz de establecer alianzas políticas con otros sectores y de trascender la región original en la que había asentado sus raíces. Esas características y trayectoria fueron definitivas para sellar su suerte en la siguiente etapa de la Revolución, la de los intentos por unificar a las distintas corrientes y definir la hegemonía entre ellas.

Los intelectuales

El movimiento zapatista, desde fechas muy tempranas, en la medida en que se fue convirtiendo en un fenómeno político que trascendió el ámbito local y se convirtió en noticia frecuente en la opinión pública nacional, atrajo a varios intelectuales urbanos de la ciudad de México y de otras ciudades del centro del país. Las razones de esa atracción fueron múltiples. En primer lugar, por identificación con su lucha, por la legitimidad con la que eran percibidas sus demandas y por la congruencia e intransigencia que le habían merecido autoridad y admiración en un sector de la intelectualidad urbana radicalizada. En la vorágine revolucionaria, los rebeldes surianos fueron los que con mayor fuerza subrayaron el carácter agrario de la Revolución, la necesidad de hacer reformas sociales, y no se contentaron con los simples cambios políticos que ofrecía el maderismo. Sus planteamientos ganaron autoridad, además, porque provenían de un movimiento que era el único que había logrado permanecer armado y que estaba en rebelión por el cumplimiento de esas reformas sociales. La guerra zapatista y su capacidad de resistir, a pesar de las cruentas campañas de exterminio emprendidas en contra de ellos -guerra que tenía lugar a poca distancia de la capital del país y a la que la prensa daba gran cobertura-, crearon una aureola de legitimidad y de reconocimiento a la justicia que le asistía en un sector de la intelectualidad urbana del centro del país y fue ganando apoyo paulatino.

En la primera fase del movimiento zapatista, en 1911, la tarea de expresar por escrito las ideas y Plan de Ayala. Sin embargo, en la medida en que el movimiento fue creciendo, la necesidad de establecer vínculos con otros sectores y regiones y trascender la problemática local lo llevó a buscar incorporar intelectuales externos que realizaran esas tareas. La conciencia de esta necesidad y la afinidad y atracción que ejerció en algunos intelectuales urbanos radicalizados convergieron durante el interinato de León de la Barra y en el gobierno de Madero. Un grupo de éstos coincidió con los rebeldes morelenses en que la Revolución debía realizar reformas sociales. Sus divergencias con Madero fueron cada vez mayores ante la negativa de éste a dar cumplimiento a esas demandas por lo que se distanciaron progresivamente del líder y buscaron otras alternativas políticas.

Otros no habían sido atraídos por la revolución maderista pero sí por el movimiento suriano y se incorporaron a éste en 1911 y 1912. Los más destacados de ellos en esa etapa fueron Abraham Martínez, los hermanos Gildardo y Rodolfo Magaña, Juana B. Gutiérrez de Mendoza, Dolores Jiménez y Muro, Enrique Villa, Manuel Palafox y Jenaro Amezcua, quienes se encargaron de tareas de apoyo, vinculación con otros sectores y propaganda principalmente en la ciudad de México, así como tareas de organización y asesoría con algunos de los jefes militares zapatistas. Algunos de ellos, como Abraham Martínez, se convirtieron en voceros del movimiento hacia el exterior.19Sin embargo, las redes de apoyo urbano, que no tenían experiencia organizativa en el trabajo clandestino, fueron rápidamente detectadas por la policía maderista y neutralizadas; sus miembros más importantes fueron apresados y la mayor parte de esa incipiente red urbana se perdió. El apoyo del movimiento laboral y de las clases medias citadinas al zapatismo no pudo crecer, además, porque la violencia de masas que lo caracterizó y sus ataques continuos a los trenes militares y civiles que pasaban por su territorio provocaron el rechazo de la población citadina y le enajenaron una mayor incorporación de simpatizantes.

Sin embargo, después del cuartelazo, con la militarización de la sociedad que impuso Huerta, los canales de participación política legal quedaron completamente cancelados para la oposición. Las corrientes e individuos que se atrevían de disentir fueron tenazmente perseguidos. Muchos fueron encarcelados y perseguidos y, los más comprometidos, buscaron incorporarse a los movimientos armados que estaban desafiando al huertismo en diferentes regiones del país. Para algunos de estos intelectuales radicalizados, el zapatismo fue un receptáculo natural.

De este modo, en 1913, el zapatismo se enriqueció con la incorporación de una camada importante de intelectuales urbanos, muchos de los cuales militaban en corrientes políticas vinculadas al movimiento laboral citadino. Entre los más importantes de este grupo destacaron el periodista Paulino Martínez -quien había estado cerca del grupo maderista en los comienzos de la insurrección y había tenido contacto con grupos agrarios de Morelos en la etapa final del Porfiriato-, así como el abogado y también periodista Antonio Díaz Soto y Gama -destacado miembro de los grupos liberales desde comienzos del siglo XX y quien, en las páginas del Diario del Hogar, había sido uno de los más convencidos y ardientes defensores de la causa agraria zapatista durante el gobierno de Madero.

También se incorporaron al zapatismo otros destacados intelectuales, como el abogado Manuel Mendoza López -jalisciense vinculado con círculos obreros radicales y quien se distinguió en el zapatismo por sus conocimientos sobre el mundo del trabajo y la legislación laboral-, así como Rafael Pérez Taylor y Luis Méndez -asesores cercanos a la Casa del Obrero Mundial, una de las organizaciones laborales más importantes en la ciudad de México durante el maderismo, con una ideología cercana al anarcosindicalismo-. También lo hicieron Santiago Orozco y Enrique Bonilla -este último periodista del Diario del Hogar.

Además de este núcleo vinculado a los grupos laborales y al periodismo opositor, llegaron profesionistas y jóvenes estudiantes que pronto se ganaron un lugar destacado dentro del movimiento, como el ingeniero Ángel Barrios, el doctor Alfonso Cuarón y los estudiantes de medicina Gustavo Baz y Rafael Cal y Mayor. Aunque se había incorporado un poco antes, quien más destacó dentro de este grupo de intelectuales externos, gracias a su habilidad y a su capacidad organizativa, fue Manuel Palafox -quien había comenzado estudios de ingeniería en Puebla, tenía conocimientos administrativos y se dedicaba a negocios personales siendo prácticamente desconocido hasta entonces-. Palafox se convirtió en el principal responsable de la reorganización y centralización del Cuartel General zapatista.20

Este grupo de intelectuales urbanos -los "muchachos de la ciudad" como les llama Samuel Brunk- hizo una contribución fundamental al elaborar un discurso político más articulado y con mayor fundamentación. Fueron ellos los encargados de asesorar directamente a los jefes militares campesinos, de redactar sus cartas y documentos, de formular los planes políticos y de escribir los manifiestos y proclamas que caracterizaron al zapatismo desde entonces. Con estos intelectuales el movimiento rebelde dio un salto cualitativo y se dirigió a la nación a través de un discurso en el que se expresaba una ideología radical, democrática, con elementos de liberalismo clásico, socialismo cristiano y anarcosindicalismo. Sobre todo, lograron articular y dar cohesión a un lenguaje cuyo contenido central era el carácter agrario de la revolución zapatista y la necesidad de hacer una transformación social.

La relación de estos intelectuales con los jefes campesinos y con las comunidades fue compleja. Zapata mismo y varios de los generales más connotados del Ejército Libertador, provenientes de los sectores rurales medios y bajos, eran conscientes de la necesidad de contar con gente instruida, que contribuyera a darle mayor claridad ideológica a su movimiento. En su correspondencia se aprecia esta necesidad y el valor que le daban a la función de sus asesores intelectuales. Los líderes campesinos, así como la gente común de las localidades, tenían en alta estima a quienes sabían leer y escribir. Había admiración por la educación y casi una veneración por la palabra escrita. Los jefes esperaban que estos muchachos fuereños les ayudaran en las tareas intelectuales que ellos no podían hacer y que eran necesarias. Así pues, pusieron empeño en buscar y conseguir ese tipo de ayuda y, cuando llegaban letrados a incorporarse, a menudo los jefes militares se disputaban quedarse con esos asesores y tenerlos como secretarios.21

Pero también había reservas y desconfianza de los jefes campesinos y de la gente común ante estos jóvenes fuereños, impulsivos, arrogantes y doctrinarios, representantes de un mundo y de unos valores que no eran los suyos. Los jóvenes citadinos tuvieron que ganarse poco a poco la confianza de sus jefes y de la población civil, con sus acciones y compromiso, con valor. Así obtuvieron un lugar y un reconocimiento que, sin embargo, estuvo siempre a prueba. Aunque su función adquirió un papel importante dentro del movimiento, nunca contaron con la confianza absoluta ni incondicional de los líderes naturales zapatistas. Sin embargo, ante los temas nacionales, la relación con el exterior y la diplomacia, Zapata y los jefes surianos confiaban por lo regular en los puntos de vista de sus asesores civiles y delegaban en ellos esas tareas.22 Pero, en contraste, los jefes de hombres, los detentadores del poder militar y político siguieron siendo los líderes campesinos.

El discurso político zapatista se transformó durante el huertismo. Si bien Otilio Montaño conservó una fuerte influencia en el Cuartel General y su estilo discursivo florido y su ideología liberal tradicional siguieron manifestándose en algunas de las proclamas del periodo de la lucha contra Huerta, poco a poco fue siendo desplazado por gente más preparada y con mayor visión. Las posiciones políticas de Montaño en varias ocasiones ya no coincidieron con los puntos de vista de Zapata. En los manifiestos y documentos públicos zapatistas elaborados desde mediados de 1913 se expresa una visión más amplia y fundamentada de algunos de los problemas nacionales. En términos generales, era un discurso liberal, radical, justiciero, de denuncia del sistema social, con ideas cercanas al socialismo y al anarcosindicalismo.

¿Representaba este discurso de los intelectuales a los campesinos zapatistas? Desde luego, es posible advertir que la ideología que expresaban esos textos no era compartida totalmente por los jefes campesinos ni menos aún por la gente común de las zonas en las que tuvo influencia ese movimiento. Sin embargo, con todas las mediaciones y reservas de este tipo de documentos y, más en general, de la relación de los intelectuales orgánicos con los movimientos sociales de los que forman parte, es indudable también que los intelectuales zapatistas eran representativos del movimiento que los produjo y que se expresaba a través de ellos y que fueron precisamente esas ideas, y no otras, las que pudieron ganarse su lugar como manifestación externa de los motivos y los fines del zapatismo.

Para sustentar su representatividad se puede sostener, por una parte, que las formulaciones que salieron de su pluma no eran ideas que les fueran impuestas a líderes campesinos y a gente del mundo rural incapaces de comprender y compartir esos planteamientos. Las referencias a la injusticia social, al sistema opresivo, a la identidad de clase entre el gobierno, el ejército y los ricos, que se volvieron temas recurrentes en los manifiestos del Ejército Libertador, no eran ajenos a la lucha zapatista, a su visión del mundo y su aspiración de mejora. Por otro lado, los secretarios debían expresar las razones, los motivos y los ideales de la lucha zapatista; ésa era su función. No tenían manos libres para publicar lo que quisieran con el nombre de sus jefes; había mecanismos establecidos para generar y suscribir las posturas públicas. Los escritos eran leídos, aprobados y firmados por Zapata y los demás jefes campesinos y, cuando no estaban de acuerdo con las ideas y con el contenido expresados, los textos tenían que corregirse o eran rechazados.23

Pero, además, el contenido fundamental de los escritos salía del mismo movimiento. Los secretarios urbanos tenían que desprender sus ideas y encontrar las formulaciones que expresaran mejor el contenido de la lucha zapatista; no la podían sustituir ni desvirtuar. Por eso, la mayoría de los textos de esa etapa seguían reflejando, ante todo, la lucha agraria, porque ésa era la preocupación y la aspiración fundamental del movimiento, aunque la enmarcaran en un contexto más amplio y la extendieran a una denuncia del sistema social y a un intento de conseguir aliarse con otros sectores populares.

Es verdad que el lenguaje de los textos no corresponde al habla ni a las formas de pensar de los jefes campesinos y de las comunidades. Son -y no podían ser de otra manera- expresiones de un lenguaje urbano, intelectual, porque tales eran la formación, la filiación, los valores y la tradición de quienes los redactaban.

En ocasiones la retórica era rebuscada y farragosa, conceptual, que contrastaba con el lenguaje directo y sencillo del habla campesina. Pero no puede sostenerse que lo que expresaban los documentos redactados por los secretarios estaba al margen del movimiento. Éste los hacía suyos y los aprobaba en la práctica. Los jefes y soldados surianos los entendían y aplicaban a su manera, como un referente básico de los fines de su lucha. De ese modo, con sus peculiaridades, el zapatismo produjo lo que sucede en todos los movimientos sociales importantes que destacan: a un grupo de intelectuales, internos o externos, los cuales, en la división social del trabajo que se establece, se especializan en elaborar, sistematizar y difundir una ideología que, en términos gruesos, representa la identidad y la práctica de ese movimiento.

Sin embargo, en las formulaciones políticas y programáticas del movimiento suriano durante su lucha contra Huerta apareció ya un problema que adquirió mayor dimensión después y que fue una de sus principales limitaciones para extenderse e incorporar a otros sectores. Ese problema fue que el discurso político de los ideólogos zapatistas se quedaba en un nivel de denuncia general del sistema de opresión, pero no ofrecía alternativas ni propuestas que concretaran sus objetivos y que representaran una opción viable y atractiva para clases y grupos externos al mundo agrario.

El movimiento suriano fue incapaz de atraer a otros sectores y tanto los jefes zapatistas como sus intelectuales urbanos no pudieron establecer vínculos con los grupos populares de la ciudad de México ni con los revolucionarios villistas. La condena moral de las injusticias sociales prevalecientes y la propuesta de reformas en beneficio de la población pobre, para superar su abstracción, tenía que haberse traducido en medidas concretas de apoyo a esos sectores, en políticas públicas impulsadas desde las instituciones del Estado y en consignas y tareas que pudieran ser una alternativa para todos los sectores externos al mundo rural de Morelos y los alrededores. Esto no ocurrió durante su lucha contra Huerta y tampoco lo pudieron resolver en el momento decisivo posterior en que pudieron ocupar, junto con la División del Norte, la ciudad de México para instalar el gobierno de la Convención de Aguascalientes a fines de 1914.

Conclusiones

El zapatismo que logró controlar la zona centro-sur del país luego de 17 meses de guerra contra la dictadura huertista era muy diferente al movimiento que se había rebelado contra Madero en 1911. Sus fuerzas se habían extendido más allá de Morelos y había establecido sus dominios desde la tierra caliente guerrerense hasta el valle de Puebla. Había derrotado al ejército federal y nombrado al gobernador de Guerrero, según el procedimiento establecido en el Plan de Ayala. Había comenzado a expulsar y confiscar las propiedades de los hacendados azucareros de la región y procederían a hacer la redistribución agraria más importante de la década revolucionaria. Había madurado ideológicamente, con la incorporación de intelectuales provenientes de las ciudades, quienes habían formulado un discurso más fundamentado, así como un programa que tenía aspiraciones nacionales. Era, junto con el villismo y el constitucionalismo, una de las tres principales corrientes revolucionarias nacionales que contenderían en la siguiente etapa por la hegemonía nacional.

En esos meses construyeron un movimiento regional con características singulares: por una parte, evidenciaron una marcada debilidad militar que retardó el control del territorio en el que habían surgido y arraigado. Esa debilidad impidió que pudieran extenderse más allá de las fronteras alcanzadas desde principios de 1912. Fracasó en los intentos de incorporar a otras regiones como Michoacán, Guanajuato y Tlaxcala. No pudo convertirse en un ejército regular, siguió siendo una organización de bandas guerrilleras regionales aglutinadas en torno a fuertes liderazgos locales con una gran descentralización y autonomía.

Otro rasgo original fue que, a diferencia de los movimientos revolucionarios norteños, el zapatismo no actuaba con una lógica mercantil plena. Los jefes surianos no controlaron los recursos productivos de su región para convertirlos en mercancías al servicio de la guerra. No confiscaron -en esa etapa- las haciendas y bienes de las clases acomodadas ni tomaron en sus manos la infraestructura productiva y las comunicaciones con una lógica de explotación mercantil, sino que su postura fue una mezcla entre obtener de esos recursos de las clases acomodadas el financiamiento del Ejército Libertador y resolver también las necesidades de los pueblos y comunidades, lo que a menudo se convertía en una fuerte tensión y, aún, contraposición.

Además, el zapatismo tuvo también un comportamiento político distinto, porque sus líderes no ocupaban directamente las estructuras del poder estatal como tales, ante las cuales muchos de ellos tenían recelos y las percibían como perniciosas per se. Sin embargo, alentaban la sustitución de los distintos niveles de autoridad mediante procesos de democracia más o menos directa, cambios apoyados y sostenidos por los jefes campesinos. En relación con los gobernadores, propusieron y aplicaron en Guerrero y Morelos que fueran elegidos mediante convenciones de los jefes militares. No obstante, lo que los distinguió de los revolucionarios norteños fue que las autoridades regionales principales eran solamente un poder formal. El poder real lo ejercían Zapata y sus principales jefes militares, que mantenían una estructura de poder paralelo: el Cuartel General suriano. Esta estructura siguió conservando en sus manos las decisiones políticas, militares, administrativas y de justicia. Incluso, meses más tarde, cuando comenzó la reforma agraria, fue el Cuartel General la instancia clave para ejecutar la distribución de la propiedad y para resolver las disputas por límites que surgieron entre las comunidades beneficiadas.

Fuentes consultadas

Fuentes primarias

Archivo General de la Nación, Fondo Genovevo de la O. Bibliografía

Bibliografía

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WOMACK, John, Zapata y la Revolución Mexicana 7a. edición, México, Siglo XXI, 1984. [ Links ]

1Emiliano Zapata a los jefes del Ejército Libertador, 23 de febrero de 1913, Archivo General de la Nación, Fondo Genovevo de la O (en adelante AGO), 17:2:3.

2Véase Zapata a Genovevo de la O, 31 de marzo de 1913, AGO, 17:3:15.

3El Cuartel General suriano estableció un tribunal revolucionario para enjuiciar tanto a los enviados de Huerta como a los ex zapatistas que se habían puesto al servicio de Huerta y que fueron apresados. Los líderes rebeldes le dieron gran importancia a tales procesos y los hicieron públicos, como un medio de propaganda y para ratificar que su deslinde con el huertismo era total. Simón Beltrán y Simón Morales, ex zapatistas, fueron condenados y ejecutados a fines de marzo de 1913; Pascual Orozco padre y quienes lo habían acompañado en su encomienda fueron ejecutados hasta agosto de ese mismo año, poco antes de que la columna federal de Juvencio Robles tomara Huautla, población en la que se había establecido el cuartel general rebelde. Véase Actas de las conferencias celebradas el 30 de marzo y el 4 de abril de 1913 entre los comisionados de paz de Huerta y el Cuartel General, en Gildardo Magaña, Emiliano Zapata y el agrarismo en México, 5 v., México, Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, 1985, t. III, p. 121-142 y 145-149. Montaño a Zapata, 12 de abril de 1913, AGO, 13:3:4-5. Samuel Brunk, Emiliano Zapata: revolution and betrayal, Albuquerque, University of New Mexico, 1995, p. 84-87; Francisco Pineda, El zapatismo y el discurso de la guerra, tesis doctoral, México, Escuela Nacional de Antropología e Historia, 2002, p. 190-192.

4John Womack, Zapata y la Revolución Mexicana, México, Siglo XXI, 1984, p. 158.

5S. Brunk, op. cit., p. 89-90.

6Ibidem, p. 82.

7J. Womack, op. cit., p. 164-167, 170.

8S. Brunk, op. cit., p. 97-102; F. Pineda, op. cit., p. 261-265, 282, 286-288.

9S. Brunk, op. cit., p. 101-102.

10Ibidem, p. 104-105.

11F. Pineda, op. cit., p. 218-219.

12En esta misma lógica, Zapata rechazó el ofrecimiento de los enviados huertistas para que nombrara gobernador en la entidad morelense. La única instancia que debía hacerlo era la junta de los principales jefes revolucionarios de Morelos. Véanse Zapata a Simón Beltrán, 1 de marzo de 1913, AGO, 17:2:5; Zapata a Huerta, 11 de abril de 1912, en G. Magaña, op. cit., t. III, p. 153-157.

13Adiciones al Plan de Ayala, 30 de mayo de 1913, en Manuel González Ramírez, Planes políticos y otros documentos, México, Fondo de Cultura Económica, 1954, t. I, p. 84-85.

14Esta posición, sin embargo, no significó que el zapatismo rompiera definitivamente con la Constitución vigente, pues la siguió reivindicando todavía en múltiples ocasiones. A partir de entonces, se advierte una tensión interna en su discurso sobre este asunto nodal, que apareció también en las discusiones dentro de la Convención revolucionaria y en la legislación zapatista de 1916 y 1917.

15Manifiesto a la nación, 20 de octubre de 1913, en Laura Espejel et al., Emiliano Zapata. Antología, México, Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, 1988, p. 152-157. Las cursivas son mías.

16Instrucciones para establecer la repartición de terrenos pertenecientes a los enemigos de la Revolución, 11 de febrero de 1914, ibidem, p. 181-182.

17Manifiesto a los habitantes de la ciudad de México, 24 de junio de 1914, ibidem, p. 196-198.

18Acta de Ratificación del Plan de Ayala, 19 de julio de 1914, ibidem, p. 214-216.

19S. Brunk, op. cit., p. 37-40.

20Ibidem, p. 90-91 y, de este mismo autor, "Zapata and the city boys: in search of a piece of Revolution", Hispanic American Historical Review, v. 73, n. 1, 1993, p. 33-65, p. 43-44.

21S. Brunk, Emiliano Zapata: revolution and betrayal, p. 91-92; F. Pineda, op. cit., p. 211-212.

22S. Brunk, "Zapata and the city boys: in search of a piece of Revolution", Hispanic American Historical Review, v. 73, n. 1, 1993, p. 33-65, p. 41-43.

23Otilio Montaño, cuando todavía conservaba un papel central como el intelectual más importante del zapatismo, al no coincidir con la postura de Zapata ante las pláticas con los comisionados huertistas, fue desautorizado de publicar comunicados que no reflejaban la línea del Cuartel General. Véase Zapata a Montaño, 5 de abril de 1913, en G. Magaña, op. cit., t. III, p. 172-173.

Felipe Arturo Ávila Espinosa, sociólogo e historiador mexicano, es egresado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México y de El Colegio de México. Es investigador del Instituto de Investigaciones Históricas de la misma universidad y profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de esta misma institución. Entre sus publicaciones están El pensamiento económico, político y social de la Convención de Aguascalientes, Los orígenes del zapatismo y Entre el Porfiriato y la Revolución. El gobierno interino de León de la Barra .

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