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Estudios de historia moderna y contemporánea de México

Print version ISSN 0185-2620

Estud. hist. mod. contemp. Mex  n.28 México Jul./Dec. 2004

 

Reseñas

La Revolución Mexicana. Crónicas, documentos, planes y testimonios

Pablo Yankelevicha 

a UNAM, Instituto de Investigaciones Sociales.

La Revolución Mexicana. Crónicas, documentos, planes y testimonios. estudio introductorio, selección y notas de Javier Garciadiego, México: Universidad Nacional Autónoma de México, Coordinación de Humanidades, 2003. 408p. Biblioteca del Estudiante Universitario, 138,


En la ya clásica Biblioteca del Estudiante Universitario, que publica desde hace décadas la Universidad Nacional Autónoma de México, finalmente se ha incluido un volumen dedicado a revisar la historia de la Revolución Mexicana. Javier Garciadiego fue el responsable del diseño de esta obra que, a lo largo de cuatrocientas páginas, propone una mirada de conjunto sobre las causas y el desenvolvimiento del estallido de 1910.

Quizá el mayor acierto del libro radica en que no se trata de una antología de documentos precedida por un texto introductorio, práctica editorial a la estamos más que acostumbrados. Por el contrario, la obra exhibe una precisa articulación entre los 65 documentos reunidos y la introducción. La "nota aclaratoria", con la que iniciamos la lectura, no es una mera expresión de deseos, sino que atiende fielmente aquello que se buscó. Esto es, combinar una variedad de fuentes documentales: las tradicionales leyes y planes, y los menos frecuentes relatos autobiográficos, biografías, epistolarios, crónicas, discursos y testimonios, todo ello enriquecido con la inclusión de cinco mapas, cuyo diseño atiende a la necesidad de plasmar gráficamente algunos de los sucesos y procesos referidos tanto en la introducción como en la antología.

La urdimbre entre las ochenta páginas introductorias, los mapas y la selección de esos 65 documentos muestra una notable eficacia, arrojando como resultado una narración única, coherente, rica en matices, desde donde se puede contrastar y constatar la complejidad de la historia de México en la década revolucionaria por excelencia. En esos documentos pueden ser leídos relatos testimoniales desde, por ejemplo, los acontecimientos de Cananea en 1906, hasta los preliminares de la Batalla de Zacatecas en 1914. Voces tan opuestas como, entre otras, las de Justo Sierra, Trinidad Sánchez Santos y la de Práxedis G. Guerrero; partes de batalla firmados por Álvaro Obregón, junto a un Martín Luis Guzmán relatando la salida de la ciudad de México de Eulalio Gutiérrez, presidente de la Convención en 1915. Todo ello compaginado con la reproducción de los planes, los programas y lo más sobresaliente de la legislación revoluciona ria de la segunda década del pasado siglo.

Cada documento corresponde a una llamada en el cuerpo de la introducción, y así, cada documento hace las veces de una "nota" que aclara, explica, amplía lo afirmado o sugerido en el ensayo introductorio. En síntesis, los textos documentales incrementan la potencia explicativa de ese ensayo, otorgándole precisión descriptiva y analítica, al tiempo que ese texto introductorio contiene las claves para acceder a la antología. Se trata reitero, de un único texto, donde el autor consiguió equilibrar y complementar sus dos partes a los fines, proponer una aproximación histórica del proceso revolucionario.

Las coordenadas de esa aproximación están expuestas en las páginas introductorias, Garciadiego elaboró una síntesis para estudiantes universitarios, un público que quizá se acerque por primera vez a una temática sobre la que desconoce todo o casi todo. El texto no pretende ser otra cosa, pero merece subrayarse que ese único objetivo constituye, por sí mismo, todo un problema. ¿Cómo explicar, en poco menos de un centenar de páginas, un proceso sobre el que tanto se ha estudiado y publicado?

Toda labor de síntesis obliga a privilegiar visiones generales por sobre los detalles de los hechos y sucesos estudiados, y este esfuerzo de selección fue realizado a partir de definir un hilo conductor que claramente es la historia política. Si el recorte fue la política, otras perspectivas quedaron fuera del ángulo de observación del autor. Esas perspectivas consciente y necesariamente no fueron incluidas y si abundamos sobre ello terminaremos pidiendo un texto radicalmente distinto al que se publicó. Lo importante, en realidad, es colocarse en el horizonte analítico del autor y observar qué tan eficaz fue el recorte propuesto para los objetivos planteados.

La introducción avanza cronológicamente, respetando los clásicos recortes temporales, sobre los cuales no puede haber mayor originalidad: las postrimerías del Porfiriato, el maderismo, el golpe de Estado de Huerta, la guerra civil, la derrota del ejército federal, la lucha de facciones, el gobierno de la Convención y finalmente el triunfo del constitucionalismo.

Ahora bien, Garciadiego demuestra que México no estaba predestinado a vivir un estallido revolucionario como el de 1910; esto es que, de no producirse la confluencia de una serie de factores, circunstancias y coyunturas, las tres décadas porfirianas hubieran tenido otra resolución; y, por otro lado, argumenta que la crisis que desembocó en la Revolución fue de carácter eminentemente político. El autor recorre y explica las fracturas en el interior de la elite porfiriana y la incapacidad del régimen y de quien lo presidía, para procesar las diferencias abriendo los cauces a una nueva legitimidad. Las discordias acerca del rumbo que debía tomar el país esta ban instaladas desde antes que Madero hiciera su entrada en el escenario nacional, y sobre esos conflictos preexistentes se sumó la acción corrosiva de las crisis económicas, de los estallidos sociales y del propio antirreeleccionismo.

Garciadiego dibuja una cartografía de los grupos y las facciones políticas en la primera década del siglo XX, y desde ahí da seguimiento a algunos personajes emblemáticos de la Revolución, demostrando que las prácticas políticas previas fundaron acciones y pusieron los límites a ciertas propuestas revolucionarias. En concreto, resulta iluminador cómo remarca las diferencias y coincidencias entre el reyismo y el antirreeleccionismo maderista, para luego buscar sus huellas en la conducta política de líderes de alcance nacional o regional, básicamente en las filas del maderismo triunfante y más tarde en el constitucionalismo.

La Revolución estalla entonces por una sobrecarga de reclamos políticos que el Antiguo Régimen ya no puede contener. La lucha armada aparece como el último recurso, y no precisamente como el más deseado por el maderismo. El ejercicio de los derechos ciudadanos es la bandera de este último, sin que haya más que someras referencias a la "cuestión social". Sin embargo, la guerra contra el ejército federal destrabó mecanismos de participación donde las demandas populares encontraron canales de expresión. Garciadiego sostiene que sólo, y cuando la política de oposición asumió la forma de rebelión armada, se abrieron las compuertas de la participación popular, convirtiendo a la Revolución en un proceso "multirregional y multiclasista". Fue en ese momento cuando se desbordaron las limitadas demandas de las clases medias urbanas y el reclamo social se hizo presente en un país convulsionado por la guerra.

Si la dimensión política constituye el eje rector de la propuesta, el hecho militar se recupera como parte consustancial de esa dimensión. Más allá de lo "anecdótico" de campañas militares y batallas, que por cierto aparecen claramente reseñadas, lo verdaderamente significativo es el rescate de una esfera descuidada en la propia historiografía política de la Revolución, esto es, entender que las facciones, ya sean zapatistas, villistas o constitucionalistas, se expresaban políticamente a través de las armas. La naturaleza de las demandas, el surgimiento y la consolidación de liderazgos, así como los mecanismos que asumía la representación política estuvieron signados por la lógica de la guerra. Esto es lo que presenta Garciadiego, traduciéndolo en una herramienta analítica que dota de inteligibilidad a ese mosaico de líderes, caudillos, planes y programas que respondían a realidades regionales y locales muy específicas.

Se ha dicho que, a diferencia de otras revoluciones en el siglo XX, la originalidad de la mexicana fue que primero se hizo y luego se pensó. La imagen es exagerada, pero no hay duda de que la Revolución fue pensada al calor de la guerra. Esa flexibilidad para ampliar el arco de alianzas, sobre la base de profundizar o radicalizar bases programáticas, encontró su mejor exponente en el carrancismo que a la postre se alzó con el triunfo que, sin embargo, no fue definitivo a juzgar por los sucesos de Tlaxcalantongo en 1920. Garciadiego cierra su ensayo en este año, no sin antes explicar, por un lado, la dinámica que hizo posible que el carrancismo superara miradas locales o regionales, para terminar desplegando un proyecto a escala nacional; y por otro lado expone los límites políticos de ese proyecto, producto de una Revolución que terminó entronizando a aquellos que la hicieron en los campos de batalla. Los señores de la guerra se creyeron con el derecho de encabezar un nuevo régimen, y así lo hicieron para, desde entonces, comenzar a tejer un nuevo soporte institucional, fundado en una legitimidad de raíz obrera y campesina, que cambiaría de una vez y para siempre el rostro de México.

Para concluir, La Revolución Mexicana. Crónicas, documentos, planes y testimonios cumple el objetivo que su autor se propuso, haciendo evidente que es fruto de un trabajo de selección de fuentes y de una reflexión cimentada en un conocimiento profundo del periodo y de su historiografía, y así este libro viene a llenar un vacío editorial en relación con obras breves y generales que apuntalen las tareas de enseñanza de la historia a nivel universitario.

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