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Estudios de historia moderna y contemporánea de México

versión impresa ISSN 0185-2620

Estud. hist. mod. contemp. Mex  no.28 México jul./dic. 2004

 

Reseñas

Silvia M. Arrom y Servando Ortoll (coordinadores), Revuelta en las ciudades. Políticas populares en América Latina

Felipe Castro Gutiérreza 

a UNAM, Instituto de Investigaciones Históricas.

Arrom, Silvia M.; Ortoll, Servando. Revuelta en las ciudades. Políticas populares en América Latina. México: Universidad Autónoma Metropolitana, El Colegio de Sonora, Miguel Ángel Porrúa, 2004. 306p.


La aparición de la edición española de Riots in the cities es particularmente bienvenida. La versión original inglesa (Scholarly Resources, 1996) era difícil de obtener, de modo que sus artículos habían circulado de mano en mano por los tortuosos caminos de la comunicación académica informal.1 Era ciertamente lamentable, porque el volumen es de consulta indispensable para los investigadores y se incluye de forma casi rutinaria entre los "textos de lectura obligatoria" que los profesores entregan a sus alumnos.

El prestigio de este libro responde en buena medida al diseño que le dieron sus editores. Tiene una perspectiva amplia, latinoamericana, que no ha sido precisamente común en nuestras historiografías, encerradas en la búsqueda obsesiva de las raíces y razones de "lo nacional". Además, los tumultos de las primeras grandes concentraciones urbanas de nuestro continente habían estado prácticamente ausentes en los estudios previos sobre los movimientos sociales. Hasta entonces, se había dado atención primordial a las sociedades rurales.

Por otro lado, esta reedición en lengua española abre interrogantes que no pueden ser ignoradas. La versión inglesa recogía varios trabajos publicados anteriormente en distintas revistas académicas a finales de los ochenta y principios de los noventa. El asunto da ciertamente qué pensar, porque en este prolongado periodo no han aparecido muchas obras de interés sobre el tema, como si se hubiera interrumpido la continuidad historiográfica. ¿Será, como dice en su breve pero sugerente "Introducción" Carlos Illades, que la historia social no está "de moda"? Realmente, cabe preguntarse si el gran impulso del que se alimentó la aparición de Riots in the cities se hubiera agotado en sí mismo, y si esta culminación historiográfica no anunciaba el principio de un declive.

La respuesta no es aún segura. La historia social tuvo un momento de consolidación y notable auge en la década de los sesenta, originada en el caso latinoamericano por la influencia del marxismo, de la llamada "escuela de los Anales" y de la antropología social. Autores como Eric Hobsbawn, Eric Wolf, Ángel Palerm y George Rudé fueron ampliamente consultados y discutidos, al tiempo que volvían a leerse los escritos de Luis Chávez Orozco y otros pioneros. El descubrimiento de la historia de las clases populares, de los sindicatos, de los movimientos populares, de los artesanos y de los ciclos de producción trajo consigo una vasta producción intelectual, la aparición de nuevos modelos de explicación y la presentación de hipótesis que aún hoy día siguen siendo material de referencia y polémica.

El visible entusiasmo por esta manera de abordar el pasado y el consiguiente aluvión de publicaciones ocultaron algunos problemas que fueron haciéndose evidentes con el transcurso del tiempo y el surgimiento de otras maneras de estudiar el pasado. La historia de las "mentalidades", la microhistoria italiana y la "historia intelectual" parecieron en un principio derivaciones lógicas de la historia social. Tampoco el cuestionamiento de la idea del progreso, del desarrollo lineal de las sociedades y de la pretensión de encontrar relaciones causales era enteramente incompatible con esta corriente historiográfica.

Sin embargo, en la década de los noventa se hizo notoria la ruptura de la unidad del objeto histórico, las ambigüedades de los métodos cuantitativos y las limitaciones de la misma narrativa historiográfica. Las nuevas tendencias "posmodernas" adoptaron la lingüística y la teoría literaria, pusieron en cuestión la posibilidad de reconstruir el pretérito, se interesaron más por la memoria de los hechos que por los hechos "en sí" y adoptaron una narrativa que se acercaba más a la retórica que al viejo estilo demostrativo, "cuasi científico". Los historiadores sociales, con sus cuidadosos cuadros, la acumulación de notas con minuciosas referencias a archivos y números de folio, la búsqueda de causalidades (o de "precondiciones") y la idea implícita de que sus obras tenían relevancia para el conjunto de la sociedad, parecieron repentinamente anticuados. Para las nuevas generaciones probablemente no resultaban tan diferentes a los denostados positivistas de los albores del siglo XX con los que, a fin de cuentas, compartían el método y el interés por los "grandes temas". No se trata, ciertamente, de que hayan desaparecido los autores de historia social (de hecho, en México tenemos varios excelentes libros recientes, en particular sobre historia urbana y etnohistoria). Pero, claramente, no ocupan la vanguardia del desarrollo historiográfico, en poco han variado desde los modelos y argumentos de hace dos o tres décadas y, en conjunto, se encuentran más bien a la defensiva.

Con las ventajas que da la distancia, pueden verse aparecer y desaparecer en Revueltas en las ciudades las derivaciones particulares de los puntos polémicos a que me he referido, como corrientes subterráneas que atraviesan sus diferentes artículos.

La serpiente en el paraíso de la historia social ha sido siempre la explicación estructural, a la cual todos sus practicantes se han acercado con actitudes que van desde la fascinación a la flamígera condena. Efectivamente, la presente generación de historiadores sociales se formó en los años en que sus profesores discutían con enjundia la aplicabilidad del feudalismo en América, el modo de producción asiático y la importancia de las "fuerzas productivas" en la historia. Es cierto que hoy día resulta démodé citar a Carlos Marx, pero la famosa frase de La ideología alemana ("en la producción social de su vida, los hombres entran en determinadas relaciones necesarias e independientes de sus voluntades, relaciones de producción") sigue estando presente en el trasfondo de toda explicación, ya sea como desafío o bien a la manera de un incómodo recordatorio.

Este volumen abarca estudios que van desde la "rebelión de los barrios" de Quito en 1765 hasta los tumultos antiamericanos de Guadalajara en 1910. La elección no es casual y parece razonable. Los diferentes autores dan la razón a Charles Tilly, quien hace ya mucho tiempo señaló que los dos grandes procesos que han provocado las rebeliones populares modernas han sido la centralización del Estado y la difusión de la economía de mercado, todo lo cual a veces se menciona actualmente como "procesos de modernización". El problema está en vincular estas situaciones "estructurales" con las demandas particulares de cada movimiento, porque con frecuencia los tumultos respondieron a asuntos en apariencia menores: la introducción de un monopolio gubernamental del aguardiente, el cobro adicional de un "vintem" o moneda pequeña en los tranvías de Río, la indignación por un artículo periodístico que denostaba a los artesanos en Bogotá.

Silvia Arrom propone que la relación entre factores materiales y movimientos de protesta no fue directa, sino que pasó por la mediación de ciertas creencias propias de la "política callejera". Estas ideas giraban en torno a distintas versiones de un pacto social, un acuerdo tácito entre las comunidades y el gobierno (o incluso entre ricos y pobres) donde se aceptaba la inequidad pero también se establecían ciertos límites para la conducta que podía considerarse como "aceptable" y "justa". Por esta razón, los tumultuarios creían y decían tener cierto derecho a apedrear edificios, saquear tiendas y enfrentarse con las fuerzas policiales. Desde su punto de vista, los subversivos no eran ellos, sino los gobernantes que dejaban de respetar el orden tradicional de las cosas. Esto nos aleja notoriamente de los procesos "estructurales" y nos acerca a la consideración de la cultura (en el sentido amplio del término) como un ámbito propio y autónomo. Si esto así fue, tendríamos que las tendencias estructurales no importarían en sí mismas sino en la medida en que afectaban, directa o indirectamente, la delicada telaraña de sobreentendidos, acuerdos y normas implícitas que mantenían la paz social, o bien cuando perturbaban creencias muy arraigadas, como las actitudes ante la muerte, el derecho a disponer del propio cuerpo o a vivir como buenamente le parecía a la población, sin intromisión de instancias gubernamentales. Como quiera que sea, parecería que la mayor parte de los casos estudiados muestra serias conmociones de los regímenes políticos, pero difícilmente podría hablarse de crisis del orden social.

Esta discusión nos conduce inevitablemente a lo que podríamos llamar "la cuestión del gran modelo", aquel que, con permiso de J. R. Tolkien, podríamos decir que tiene escrito sobre sí en letras de fuego algo que dice "Un modelo para gobernarlos a todos, un modelo para encontrarlos, un modelo para atraerlos y atarlos en las tinieblas". Porque, en verdad, la historia social comparte con algunos de sus elementos formativos (la antropología social, el marxismo) el interés por los modelos generales. El caso más notorio en este volumen es la "Conclusión" de Charles Tilly (que, de hecho, podría considerarse como un artículo independiente). Tilly presenta un diagrama (p. 291) donde en teoría podrían ubicarse los distintos movimientos populares. Tiene dos grandes variables: la espontaneidad de la acción popular (desde la reacción inmediata ante estímulos concretos hasta la acción racional calculada) y el proceso social (desde la tensión social ante factores específicos hasta la lucha continua). El modelo es en sí interesante porque representa una variación (y corrección) de propuestas previas de este autor. Su utilidad concreta es asunto que aún resta dilucidarse, pero puede decirse sin demasiado riesgo que los historiadores sociales no se han precipitado a utilizarlo -a diferencia de lo que ha ocurrido con otras propuestas de Tilly, como la clasificación de los movimientos sociales en competitivos, reactivos y proactivos.

La tercera gran cuestión es la que podríamos llamar la tentación realista (en el sentido medieval y escolástico del término). En efecto, la historia social se caracteriza por dedicarse al estudio de grandes conjuntos humanos, como 'los artesanos", "los indígenas" "los hacendados", o incluso de entidades conceptuales, como "la clase dirigente". Esto es inevitable, dado que de otra manera simplemente no podríamos describir realidades complejas; incluso un género como el biográfico, que se ocupa de una sola persona, sería imposible sin recurrir a estos términos genéricos. Sin embargo, ¿son estos conceptos simples convenciones literarias o bien existe la idea subyacente de que son algo más que la simple suma de sus componentes individuales? ¿Podemos explicar el comportamiento, las creencias o las protestas de una persona concreta diciendo que se trata de un campesino, o de un desempleado? En estos casos, nos acercamos a un modelo circular de explicación, donde las conclusiones son una reformulación de las premisas. Marx sin duda observó el problema cuando distinguió las clases "en sí" de las clases "para sí", pero esta separación resulta frecuentemente ambigua y resbaladiza.

De hecho, los tumultos urbanos hispanoamericanos aquí estudiados no se comprenden adecuadamente si se reducen a una cuestión de clases sociales. En muchos casos se ha reconocido la instigación de elites descontentas, que trataban de enardecer al pueblo para promover sus ambiciones particulares. Sin embargo, los sucesos no pueden explicarse simplemente en términos de "manipulación" sino que bien pueden describirse como alianzas tácitas, donde cada parte conocía lo que podía esperar. En todo esto parece haber un trasfondo de relaciones clientelares que constituían los verdaderos núcleos de acción política de las ciudades, atravesando desde arriba hasta abajo de la sociedad. Lamentablemente, conocemos poco y mal estas situaciones, en buena medida porque hemos prestado atención prioritaria a los "grandes acontecimientos": las revoluciones, las huelgas y las movilizaciones multitudinarias. Sin duda éstos fueron sucesos de la mayor trascendencia y de vastas repercusiones, pero su espectacularidad ha dejado en la penumbra a las formas encubiertas de resistencia y los tumultos episódicos que constituían el escenario cotidiano de los forcejeos y las negociaciones entre grupos sociales. En este sentido, Revueltas en las ciudades... abrió el camino para el estudio de movimientos urbanos que, como dice Silvia Arrom, eran bastante conocidos pero poco estudiados.

Voy a cerrar mis comentarios refiriéndome a la cuarta de estas interrogantes: las implicaciones morales presentes en la historia social. Como dijo la Duquesa a Alicia en el País de las Maravillas: "todo tiene una moraleja, si sabes cómo buscarla". Los historiadores en general no hacen literatura de denuncia (una posibilidad que sí es aceptable , por ejemplo, entre los antropólogos), y sus relatos tienden a mantener cierta distancia entre objeto y sujeto. Sin embargo, la historia social es difícilmente imparcial. Ciertamente, resulta difícil serlo cuando hay una desigualdad tan evidente entre señores y campesinos, o una diferencia tan notoria entre los rebeldes armados con palos y piedras frente a fuerzas policiales mejor entrenadas y armadas. De aquí que los relatos tiendan a adscribirse frecuentemente al género épico, y es casi natural el tránsito hacia una narración que gira sobre variantes del paraíso perdido amenazado por las fuerzas más o menos siniestras de la modernización occidental.

Quizá no sea del todo justo criticar a Hobsbawm y Rudé por su insistencia en los "honestos tenderos" y los "laboriosos artesanos" que veía participar en las agitaciones populares europeas, pero no cabe duda de que la realidad de las conmociones populares no siempre puede ser cooptada fácilmente en términos de la lucha del bien en contra del mal. Dejando de lado el hecho de que las sociedades "tradicionales" que defendían los rebeldes no eran precisamente igualitarias ni tolerantes, hay otras situaciones que deben considerarse con cuidado. Estudios como el de Bloch y Ortoll ("Viva México, mueran los yanquis. Los motines de 1910 en Guadalajara"), sobre los tumultos antinorteamericanos en Guadalajara en 1910, muestran la ambigüedad de la dinámica entre víctimas y victimarios. En último término, los integrantes de la colonia americana no habían co metido más falta que ser prósperos, difundir sus propias creencias religiosas y, a lo sumo, mostrar cierta arrogancia. Resulta imposible dejar de simpatizar con las aterrorizadas mujeres que administraban los colegios americanos de niñas, que presenciaron cómo las multitudes enfurecidas asaltaban sus establecimientos. También, a la distancia pueden comprenderse las razones de los tumultos en contra de la aplicación obligatoria de la vacuna contra la viruela (Jeffrey D. Needell, "La revolta contra vacina de 1904: la revuelta en contra de la 'modernización' en Río de Janeiro, durante la belle époque") o de la creación de cementerios fuera de las iglesias (Juan José Reis, "Muerte al cementario. Reforma funeraria y rebelión en Salvador, Brasil, 1836"), pero no cabe duda de que partían de supuestos falsos, y que la implantación de la medicina y del urbanismo modernos derivó en un mejoramiento de la condición de las "clases populares".

Como podrá apreciarse, ésta muy necesaria edición en lengua española de Revuelta en las ciudades abre numerosas interrogantes e invita a varias polémicas. No es seguro, sin embargo, que sean recogidas por las próximas generaciones de historiadores. ¿Tiene futuro la historia social o irá siendo arrinconada a una especialidad cada vez más esotérica, practicada por historiadores "de cierta edad'? Es difícil decirlo en este momento. La historia de esta forma de hacer historia todavía requiere de más tiempo para narrar su evolución... o bien su metamorfosis en algo distinto.

Bibliogtafía

Teresa Meade , Journal of Latin American Studies, v. 29, octubre 1997. [ Links ]

David Parker, en H-LATAM, abril 1996, en <http://www.h-net.org/reviews/showrev.cgi?path=12438851404574>. [ Links ]

1Existen interesantes reseñas sobre la primera edición de esta obra. Véanse Teresa Meade, Journal of Latin American Studies, v. 29, octubre 1997, y David Parker, en H-LATAM, abril 1996, en <http://www.h-net.org/reviews/showrev.cgi?path=12438851404574>.

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