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Estudios de historia novohispana

versión impresa ISSN 0185-2523

Estud. hist. novohisp  no.58 México ene./jun. 2018

http://dx.doi.org/iih.24486922e.2018.58.63358 

Reseñas

María Teresa Álvarez Icaza, Indios y misioneros en el noreste de la Sierra Gorda durante la época colonial, Querétaro, Poder Ejecutivo del Estado de Querétaro, Fondo Editorial de Querétaro, 2015.

Antonio Rubial García1 

1 Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México, Ciudad de México, México.

Álvarez Icaza, María Teresa. Indios y misioneros en el noreste de la Sierra Gorda durante la época colonial. Querétaro: Poder Ejecutivo del Estado de Querétaro, Fondo Editorial de Querétaro, 2015.

Situada en las inmediaciones del estado actual de Querétaro, la Sierra Gorda se ha convertido en las últimas décadas en un sitio de interés turístico por sus misiones, las cuales aún conservan sus impresionantes templos con hermosas fachadas de argamasa. Tales edificaciones fueron el principal atractivo que llevó a Monique Gustin a publicar El Barroco en la Sierra Gorda en 1969, primer libro que llamó la atención sobre la región y en el cual se subrayó el valor artístico de dichas obras. Unos años después, en 1976, el padre Lino Gómez Canedo publicó el primer estudio serio sobre la región en la que había iniciado su labor misionera el emblemático fray Junípero Serra. Como miembro de la orden franciscana, este investigador no pudo evitar el tono apologético en su obra, pero tuvo el mérito de haber llamado la atención sobre esta zona y sobre su importancia. Otro religioso, el dominico Esteban Arroyo fue también pionero al señalar en 1987 la participación de su orden en ese enclave misional. Un año antes, Jesús Solís de la Torre habia insistido también en la presencia agustina en la región desde el siglo XVI, la cual se mantuvo hasta el XVIII. Todos estos autores partían de la labor de los misioneros y en mayor o menor medida eran muy elogiosos respecto a la labor realizada por ellos pues, en su mayoría, partían de fuentes retóricas. Ninguna tomaba en cuenta a los indios que eran considerados como bárbaros y receptores pasivos de los beneficios del cristianismo.

A partir de las nuevas perspectivas antropológicas, en este siglo José Antonio Cruz Rangel, Jesús Mendoza Muñoz y Gerardo Lara Cisneros han hecho interesantes aportaciones al conocimiento de este importante enclave desde diferentes perspectivas, sobre todo porque toman en cuenta la realidad humana de la que partían los misioneros. En esta línea está el libro que hoy reseñamos de Teresa Álvarez Icaza, quien ha realizado una interesante síntesis que toma en cuenta tanto los procesos de aculturación que vivieron los indios, pero también considera la organización y el “carisma” de cada orden religiosa que participó en el proceso y la actuación de los otros actores cuyos intereses estaba en juego, el gobierno virreinal, los colonos y los empresarios de Querétaro. La autora resalta además el carácter de la Sierra Gorda como verdadero laboratorio experimental para la colonización de Tamaulipas y Alta California.

La obra inicia con un capítulo sobre el entorno geográfico, los grupos indígenas (pames y jonaces) que lo habitaban y las primeras misiones agustinas y las más tardías de los dominicos. En un segundo capítulo, la autora trata la temprana evangelización franciscana y la llegada de los colegios de Propaganda Fide de Santa Cruz de Querétaro, San Francisco de Pachuca y San Fernando de México. Los tres capítulos siguientes analizan las transformaciones que vivieron los pames, los más asimilados a la misión, y las innovaciones en los diversos niveles de aculturación que afectaron sus actividades agropecuarias, religiosas, sociales y políticas. En el último capitulo (VI) se toca el tema de la colonización civil y de sus problemas con el proyecto misional franciscano hasta la secularización.

A partir de una información cruzada proveniente de fuentes diversas, Álvarez Icaza describe un proceso misional complejo y fascinante en el cual participaban varios intereses económico y políticos, además de los de orden religioso. En el libro se explica cómo, ante el fracaso para reducir por medios pacíficos a los indómitos jonaces, el capitán José de Escandón y los padre apostólicos del colegio de San Fernando decidieron dirigir sus esfuerzos hacia los pames, ya asentados desde hacía mucho en la misión agustina de Jalpan, y que se mostraban más “idóneos” para recibir la fe. Así, en 1743, con el apoyo de los mercaderes santanderinos y con un ejército de 50 hombres y varios religiosos, Escandón entró a la zona nororiental de la Sierra Gorda. Poco después llegaban diez religiosos del colegio de San Fernando y fundaban desde Jalpan otras cuatro misiones que se abrirían en la región, con la subsecuente expulsión de los agustinos. Al mismo tiempo se distribuían tierras entre los soldados que habitarían el presidio de Jalpan y que asegurarían la conservación pacífica de las misiones.

Los primeros actores del proceso descrito, según Álvarez Icaza, fueron los colegios franciscanos de Propaganda Fide de México y Pachuca, los cuales habían iniciado sus misiones en ese emplazamiento a pesar de la oposición de los irreducibles jonaces que desde el siglo XVI habían dado muchos problemas para establecer misiones en la zona. Los colegios no estaban solos y fungían como el brazo religioso de importantes intereses económicos. El de Pachuca tenía la ayuda del poderoso empresario y minero Pedro Romero de Terreros; el colegio de San Fernando, en cambio, recibió el apoyo de un personaje que comenzaba a descollar como el gran pacificador de la zona, el santanderino José de Escandón, quien como capitán encargado para su pacificación había iniciado exitosas campañas contra los jonaces y asentaba un presidio en Vizarrón.

Para Álvarez Icaza, Escandón y su aliado el marqués de Altamira veían en la Sierra Gorda una zona de pastizales que les daban la posibilidad de alimentar miles de ovejas cuya lana sería materia prima para los obrajes de Querétaro, el mayor productor de textiles del virreinato. El libro muestra con gran claridad que dichos intereses se acomodaban a la perfección con los de los fernandinos, quienes consideraban que esta primera experiencia misional de su instituto les abriría las puertas de la impenetrable Tamaulipas. La Corona, el tercer actor del proyecto, lo apoyaba incondicionalmente pues abriría una nueva ruta hacia las minas de Nuevo León la cual conectaría Cadereyta y Cerralvo y una salida hacia la Huasteca desde Querétaro. Además, el nuevo establecimiento permitiría terminar de una vez por todas con un foco de rebeliones y restablecer la tan necesaria paz en los caminos.

En el libro se considera como un cuarto actor de este proyecto de formación de las misiones a los españoles, mestizos y mulatos y a los indios otomíes y mexicanos. Para ellos se introdujeron yuntas de bueyes, rebaños de ovejas y cabras y maíz para sembrar. A los últimos actores, los indios pames, la autora les dedica muchas páginas, nos muestra las dificultades que tuvieron para asimilarse al nuevo sistema, su constante ausencia de la misión, pues iban a recolectar y a cazar a los montes, y su negativa a ser concentrados en los poblados, por lo cual los religiosos enviaron a los soldados a quemar las casas de los cerros para obligarlos a bajar a la misión. Ésta sólo podía sostenerse con la mano de obra indígena y sólo así su conversión se haría efectiva.

En diez años las misiones se habían convertido en importantes centros productivos que poseían yuntas de bueyes, ganado y tierras de labranza, incluso en Conca se estableció un trapiche y se sembró caña de azúcar. Con sus productos podían abastecer a los indios asentados en ellas, aunque no habían logrado que de manera individual tuvieran sementeras o animales propios. Con el excedente que vendían en los mercados regionales los frailes pudieron echar a andar la construcción de cinco soberbios templos con sus conventos anexos concluidos en la década de 1760 a 1770. Sin embargo, el problema eran los colonos que comenzaron a entrar en conflicto con los misioneros. Con todo, se pudo lograr un equilibrio, aunque no si tensiones, entre los intereses de los misioneros y los de los seglares.

El libro insiste en señalar que junto con los intereses económicos los frailes consideraban que esa estabilidad material debía ir acompañada de un perfeccionamiento espiritual. El catecismo se daba todos los días por medio de intérpretes nahuas que hablaban pame y, aunque algunos religiosos también comenzaron a aprender esa lengua, el castellano fue utilizado a menudo también como instrumento de catequización, sobre todo en la administración de los sacramentos del bautismo y el matrimonio que comenzaron a aplicarse regularmente. Un problema fue la escasez de ministros por lo que tuvieron que llegar refuerzos de Querétaro y Zacatecas y en 1749 un importante contingente de 13 religiosos encabezados por fray Junípero Serra. Este fraile aprendió pame y con ayuda de sus colaboradores nahuas tradujo doctrinas y oraciones, con lo cual se pudo comenzar a administrar la confesión; incluso se hizo un Manual en pame para ayudar a los religiosos, aunque no se publicó.

Con la llegada de fray Junípero, la Sierra Gorda se insertó en el aparato festivo y litúrgico del barroco. Él introdujo la música y el teatro, las procesiones de Semana Santa y del Corpus Christi, la práctica del Via crucis y las flagelaciones públicas, a las que fueron tan afectos los franciscanos apostólicos, los cultos marianos y los santos de la orden, además de un exhaustivo uso de la imagen en las fachadas de los templos misionales. Todo ello nos habla de un proyecto evangelizador que sin duda podía compararse con la edad dorada del siglo XVI, salvo por una excepción, la total ausencia de cofradías indígenas. En todo el territorio de Sierra Gorda sólo funcionaba una hermandad del Santo Entierro en Jalpan, muy posiblemente para los pobladores no pames y que había sido erigida en 1698, es decir en la época agustina.

Pero junto con esa visión idílica de una evangelización sin problemas, Álvarez Icaza insiste en que, al igual que en Mesoamérica, éste proceso de conversión no podía llevarse a cabo sólo por esos medios benévolos; la resis-tencia a la asimilación incondicional era constante, por lo cual se hizo necesario implementar castigos para quienes faltaban sin justificación a las celebraciones dominicales y prohibiciones como no permitir la salida de la misión a quien no tuviera la cédula de haber oído misa. Esos controles eran ejercidos a través del nombramiento de oficiales de república y gobernadores indígenas cercanos a los religiosos. Cuando fray Junípero Serra salió de la Sierra Gorda en 1758 se mostraba muy optimista. Un ídolo le había sido entregado voluntariamente y él había destruido un santuario indígena. Sin embargo, en Tancoyol, zona con pocos recursos, el cura decía que sus fieles todavía tenían al sol como dios y el uso de plantas alucinógenas y de prácticas mágicas no había sido erradicado.

A diferencia de las visiones apologéticas que los historiadores religiosos del siglo XX expusieron en sus libros, Álvarez Icaza señala que, a causa de los rígidos controles de los fernandinos y de sus campañas persecutorias muchos indios optaron por abandonar las misiones y trabajar en las haciendas de los colonos; otros huyeron a las misiones agustinas donde los controles eran menos rígidos, sobre todo a Xilitla; otros, por último, se fueron a la custodias del Río Verde y de Tampico o a las misiones que tenía el colegio de Pachuca, al otro lado del río Moctezuma.

En su época de auge, en 1760, las misiones de Sierra Gorda habían logrado reunir poco más de 4000 pames, pero el contacto comercial y la intensa comu-nicación con el exterior trajo consigo el otro gran problema de la colonización, las epidemias. La mortandad y las huidas redujeron en diez años la población a la mitad, proceso que se aceleró cuando las misiones fueron secularizadas en 1770. Este proceso, al cual la autora ha dedicado otros trabajos, es descrito de manera magistral. Con la desaparición de los misioneros, que constituían un dique para los abusos de los colonos, los indios perdieron sus tierras y muchos huyeron hacia otras regiones. Además, los dos curas párrocos que se pusieron en Jalpan y Landa fueron insuficientes para atender las cinco misiones y se pusieron del lado de los explotadores, con lo que el experimento de secularizar las misiones no logró los resultados esperados. Los pocos pames que se man-tuvieron en la zona terminaron por asimilarse a la abundante población hispano mestiza que ya era mayoritaria.

En el libro que reseñamos se ve claramente cómo, a mediados del siglo XVIII, la “exitosa” misión de la Sierra Gorda había dado tanto prestigio a sus dos “héroes” epónimos, que a ambos les fueron encargadas dos empresas que serían de alguna manera las hijas de este experimento misional. A fray Junípero Serra, se le envió a la Alta California para fundar unas misiones que impedirían el avance de los rusos ya asentados en Alaska. A José de Escandón, la corona le encargo la conquista del Nuevo Santander iniciada alrededor de 1746 entre los irreductibles indios de Tamaulipas, empresa que se realizó con el apoyo de su socio el marqués de Altamira. Para su evangelización Escandón llamó de nuevo a los fernandinos, pero desde tiempo atrás éstos ya no querían tratos con el capitán y pretextaron no tener personal suficiente, por lo que el proyecto fue adjudicado a los del colegio de Zacatecas. Pero de hecho, la experiencia de la Sierra Gorda no sólo había distanciado a los fernandinos con Escandón, también había mostrado la necesidad de dar una mayor participación a la población civil en el proceso y de limitar el poder de los religiosos. Estos no sólo impedían con sus controles e injerencias el libre manejo de la mano de obra indígena, eran una carga económica para la Corona que gastaba enormes cantidades de recursos en su sostenimiento.

El libro de Álvarez Icaza, además de sintetizar una extensa bibliografía y materiales de archivo, es sin duda uno de los aportes más brillantes al tema de las misiones y de los múltiples intereses y situaciones que generaron en Nueva España.

Bibliografía

María Teresa Álvarez Icaza, Indios y misioneros en el noreste de la Sierra Gorda durante la época colonial, Querétaro, Poder Ejecutivo del Estado de Querétaro/ Fondo Editorial de Querétaro, 2015. [ Links ]

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