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Diánoia

versão impressa ISSN 0185-2450

Diánoia vol.54 no.62 México Mai. 2009

 

Reseñas bibliográficas

 

Alejandro Tomasini Bassols, Discusiones filosóficas

 

Nydia Lara Zavala

 

Plaza y Valdés, México, 2008, 248 pp.

 

División de Ciencias Sociales y Humanidades. Facultad de Ingeniería–UNAM. nydialz@yahoo.com

 

Discusiones filosóficas es el decimosexto libro que nos obsequia Alejandro Tomasini Bassols. Como gran parte de su obra, este texto tiene el toque polémico característico de un filósofo que, comulgando con la opinión de Wittgenstein, sostiene que el origen de la gran mayoría de los problemas filosóficos no son más que enredos conceptuales.

Tomando este dictum como punto de partida de sus escritos, la obra del doctor Tomasini puede verse, en su conjunto, como un serio intento de darles a sus lectores claridad en torno a problemas que han ocupado a la humanidad por siglos. Su objetivo, por supuesto, es tratar, en la medida de lo posible, de disolver enigmas que surgen principalmente por algunos rasgos engañosos de nuestro lenguaje. Haciendo suya la metodología wittgensteiniana, trabaja temas clásicos de la filosofía desde una nueva plataforma. Con ella se iluminan nuevos espacios, y cuestiones que parecían intratables se esclarecen.

Discusiones filosóficas no se sale de esta tónica; pero, a diferencia de otros libros de Alejandro Tomasini, este texto no sólo no es monotemático, sino que se puede ver como un fascinante calidoscopio de tópicos y autores que él conjuga para mostrarnos, entre otras cosas, que sin polémica no hay avance en filosofía. Nada puede ser más elocuente que lo que él mismo escribe en la presentación de su propio libro: "Si en ciencia es básica la experimentación, en filosofía lo es la polémica (de la palabra griega pólemos, que quería decir lucha'), esto es, el debate. Es a través de la discusión [...] como se abre uno paso en filosofía" (p. 13). Parafraseando a Wittgenstein comenta más adelante: "un filósofo que no quiere discutir es como un boxeador que no quiere ponerse los guantes de box o subirse al cuadrilátero" (p. 13). Haciendo alarde de este espíritu polémico, en Discusiones filosóficas se debaten cuestiones de metafísica, de filosofía de la religión, de estética, de filosofía del lenguaje, de filosofía política, etcétera.

El libro consta de diez ensayos, además de la espléndida presentación que explica los motivos que llevaron al autor a reunir temas tan variados en un solo volumen. Cada uno de los diez ensayos se puede mirar como un cuadro acabado; pero, conforme se van leyendo, se puede apreciar que temas aparentemente inconexos los va entretejiendo el autor para ilustrar cómo se conforma el complejo tapiz de la labor filosófica. En efecto, en este libro encontramos reunidas espléndidas exégesis, buen análisis, atinadas críticas y, al final de cada ensayo, la conclusión que el doctor Tomasini saca de cada temática trabajada.

El libro, me parece, se tiene que leer dos veces y de dos maneras distintas. La primera lectura debe ser, digamos, pasiva; esto es, tratar de captar las exposiciones que se nos dan, las críticas que hace el autor a los diferentes filósofos, las ligas que establece entre ellos y sus conclusiones. Pero la riqueza del libro consiste, en mi opinión, en que cada ensayo es una invitación a "subirnos al ring" y polemizar con lo que el mismo autor nos dice. Creo que ésta es la verdadera riqueza del libro, pues no sólo se trata de una invitación para saber lo que él opina sobre Platón, Aristóteles, San Agustín, Hume, Frege, Carnap, Popper, Marx, Russell, Sartre, Kripke y Wittgenstein, sino de lo que nosotros argumentaríamos a favor o en contra de lo que Alejandro Tomasini sostiene acerca de ellos. Con esto quiero decir que el verdadero objetivo del libro es lograr hacer a su lector partícipe en las discusiones que él plantea. El resultado es un texto que, para filósofos entrenados, se presenta como un reto de argumentación, mientras que, para curiosos de la filosofía, se trata de un entrenamiento, por no decir una verdadera lección, de cómo se hace o debe hacerse filosofía seria.

No es mi papel revisar los argumentos expuestos en los ensayos, pero sí quisiera detenerme un momento en cada uno de ellos para resaltar brevemente los retos que nos plantean.

El primer ensayo lleva como título "Demiurgo versus Motor Inmóvil: cosmología y metafísica en Platón y Aristóteles". Desde el título llama la atención el hecho de que las dos posturas que el autor discute no sólo sean irreductibles una a la otra, sino prácticamente opuestas entre sí. De hecho, Platón genera un mito para dar cuenta del pasado del mundo, mientras que Aristóteles elabora una compleja teoría metafísica para dar cuenta de su futuro.

Pese a las inmensas diferencias entre estos autores, Tomasini se las arregla para encontrar coincidencias más que interesantes. Así nos dice:

Para empezar, habría que señalar que ambos están convencidos de que el mundo como un todo exige una explicación y que la explicación del mundo no puede ser inmanente al mundo, sino que de uno u otro modo tiene que ser trascendente; en segundo lugar, ambos aceptan que el mundo material es increado y que es eterno. Por consiguiente, tanto Platón como Aristóteles aceptan que Dios, sea como sea que se le imagine o describa, es en el mejor de los casos el movedor o el diseñador del mundo, no su creador. Estrictamente hablando, ni el Demiurgo ni el Motor Inmóvil son "Dios Padre". Por otra parte, para ellos el mundo es infinito en el tiempo (y probablemente en el espacio), pero para ambos una explicación que se extienda al infinito es filosóficamente inadmisible. (p. 42)

Pero en su escrito Tomasini no quiere atender a las coincidencias, sino más bien le interesa discutir las diferencias entre las posiciones de ambos filósofos. Por eso, el reto que él nos deja al final consiste en decidir cuál de estas dos posturas es más convincente: ¿la de Platón o la de Aristóteles?

Él elige a Platón y da buenos argumentos para justificar su postura. Yo me inclino más por Aristóteles, a pesar de que reconozco que la crítica que Tomasini hace del Motor Inmóvil es muy atinada. Por supuesto que éste no es el espacio para dar mis argumentos sobre esta discrepancia. Lo que quiero dejar asentado es que el ensayo no termina cuando uno lo acaba de leer. La discusión se continúa pese a que no quede por escrito y, sin duda, ésa es parte de la riqueza de este libro.

El segundo ensayo lleva como título "San Agustín: ciencia, pseudo–ciencia y religión". A mi gusto, se trata de uno de los mejores textos de la colección. Pese al título, el tema principal no es propiamente una discusión sobre alguna tesis específica de San Agustín. El autor recurre al lenguaje del santo de Hipona fundamentalmente para enmarcar la diferencia entre cuestiones de carácter científico y cuestiones de carácter religioso.

En este escrito lo que se nos dice es que los seres humanos constantemente tendemos a generar preguntas. Algunas de ellas son contestables por la actividad científica, pero hay otras que, aunque revisten la forma de interesantes preguntas, ni son ni pueden ser contestadas por la vía de la investigación científica. De esta clase son muchas de las cuestiones religiosas, las cuales sólo por confusiones conceptuales pueden pasar como genuinas preguntas. Puesto en las palabras del doctor Tomasini, tenemos que:

Los problemas que en este caso se plantean son científicamente irresolubles pero, contrariamente a lo que en un primer acercamiento al tema habría podido pensarse, ello no se debe a que se trate de dificultades intelectuales particularmente difíciles de resolver o de cuestiones para las cuales no se dispone en el momento en que se formulan de los conocimientos, los datos o los instrumentos que para ello se necesitan sino porque, a pesar de las apariencias, los interrogantes en cuestión no apuntan a genuinos problemas, ni factuales ni formales. (p. 47)

Lo que el autor nos quiere ilustrar a través de algunas interrogantes planteadas por San Agustín es que los cuestionamientos del santo son un ejemplo claro de cómo ciertas preguntas que pueden tener todo el sentido del mundo cuando se las ubica en el lenguaje religioso, carecen de él cuando se les interpreta como si fueran cuestiones que le compete a la ciencia resolver. El santo, de hecho, mezcla cuestiones religiosas con cuestiones factuales y esta mezcla ha sido responsable de dar lugar a confusiones no sólo en la ciencia, sino en el mismo seno de la religión y su relación con el conocimiento científico.

Pero el problema grave con estas confusiones es que no sólo se desvirtúa el sentido y la función del pensamiento religioso, sino que cuando fortuitamente se mezclan con el pensamiento científico acaban dando lugar a pseudopreguntas que a lo único que pueden llegar es a la gestación de una pseudociencia.

El autor, armado con herramientas wittgensteinianas, logra trazar los criterios que pueden ayudarnos a deslindar a la ciencia de la religión, es decir, reconocer la diferencia entre genuinos problemas factuales de los pseudoproblemas factuales, como son los religiosos. El resultado es un excelente y original artículo sobre filosofía de la ciencia.

Pero debo mencionar que el objetivo de este texto no es ponderar a la ciencia sobre el pensamiento religioso, sino, como nos los dice el mismo autor, su objetivo es "dotar a esto último de su verdadero rostro, recuperarlo" (p. 47). No me toca a mí juzgar si logra o no darle su verdadero lugar al lenguaje religioso: lo que sí puedo decir es que nadie puede quedar igual ante la ciencia y la religión después de leer este escrito.

Con una perspectiva muy diferente encontramos en esta colección otro artículo relacionado con la filosofía de la ciencia que lleva como título "La intolerancia semántica de Rudolf Carnap". En este ensayo, Alejandro Tomasini trabaja lo que él denomina la teoría de los "marcos lingüísticos" elaborada por Carnap. El objetivo de dicha teoría es poder demostrar que las afirmaciones metafísicas son meros sinsentidos. Para ello Carnap hace una distinción entre preguntas internas y preguntas externas a los marcos lingüísticos. Lo que sostiene es que las preguntas que se hacen acerca de la existencia de algo (un objeto, un número, un estado mental, etc.) sólo se pueden responder en el interior de un marco lingüístico. Pero si uno pregunta si clases de objetos, números, estados mentales, etc., son reales (i.e., fuera de su marco lingüístico), o bien se hace metafísica e invariablemente se llega a sinsentidos, o bien lo que se quiere saber es si ciertas formas lingüísticas son legítimas o no (p. 113).

El objetivo del ensayo de Tomasini consiste en revisar el Principio de Tolerancia de Carnap que enuncia: "Seamos cautelosos al hacer apreciaciones y críticos al examinarlas, pero tolerantes en permitir formas lingüísticas" (citado por Tomasini, p. 113). Según Tomasini:

Lo que se nos está diciendo es que debemos ser rigurosos para determinar la existencia (o inclusive la no existencia) de entidades dentro de marcos lingüísticos, pero la aceptación o rechazo de estos últimos no es algo que pueda ser decidido a priori. La inquietud que de inmediato nos asalta es entonces la siguiente: asumiendo que podemos dotar de sentido a la expresión "marco lingüístico metafísico": ¿por qué es Carnap tan intolerante con el discurso metafísico y por qué entonces él lo elimina a priori? (p. 113)

La discusión de Tomasini versa sobre si es posible, como propone Carnap, considerar la cuestión sobre la realidad un sinsentido y si realmente se puede eliminar el discurso metafísico a priori. La respuesta del autor es que no es posible; pero, para llegar a este resultado, se recorre un largo y tortuoso camino. A mi gusto, éste es uno de los artículos del libro más difíciles de seguir, no sé si por un problema de la temática misma o porque el orden elegido no es el más acertado, pero dejaré que el lector juzgue eso por su cuenta.

En el libro también aparecen dos ensayos que discuten cuestiones relacionadas con la estética. Éstos son: "David Hume y la teoría del gusto" y "Mitología filosófica: Sartre y la obra de arte".

Lo que hay que resaltar de estos dos escritos es que Tomasini primero presenta el pensamiento estético de Hume y de Sartre de una manera exacta, objetiva y concisa, para después analizar con detalle las consecuencias de sus respectivas posturas. Aunque Hume sale mucho mejor librado que Sartre, los dos textos son una devastadora crítica tanto de la teoría empirista del gusto de Hume como de la ontología sartreana de la obra de arte.

El autor sostiene que hay muchas cosas salvables de la teoría del gusto de Hume si se enmarcan en el lugar adecuado, pero utiliza a Sartre para mostrar las bondades del método de análisis gramatical y ejemplificar cómo se pueden generar en filosofía aberraciones ontológicas por el simple hecho de no atender correctamente el funcionamiento del lenguaje natural.

Relacionado con la creación de fantasmas filosóficos, nos encontramos con el ensayo que lleva como título "El enigma del enigma de Kripke". Dos cosas se quieren ponderar en él: la primera es que, estrictamente hablando, no hay una cosa tal como problemas filosóficos. Lo que hay son enredos conceptuales. La segunda es que si alguien piensa que tiene ante sí un genuino problema filosófico, lo menos que se puede esperar de la persona que lo enuncia es que lo haga con claridad. Puesto en el lenguaje de Tomasini: "un enigma filosófico no puede ser algo que no llame la atención, algo que de alguna manera no se comprenda o no se capte de inmediato, algo que nos haga titubear respecto a si efectivamente hay o no un obstáculo de comprensión". (p. 188)

El artículo de Kripke que se discute en este trabajo se llama "A Puzzle about Belief", donde Kripke sostiene que ha encontrado un genuino problema filosófico imposible de disolver. Tomasini analiza el supuesto puzzle para mostrarnos que no sólo no reúne los requisitos que se requieren para plantear un enigma filosófico, sino que Kripke tiene confusiones desde el título. Lo que demuestra Tomasini es que el supuesto puzzle del que no habla Kripke, aunque parece remitirnos a un asunto de filosofía de la mente, en realidad se disuelve con una dosis de filosofía de lenguaje. Este trabajo de Tomasini es extraordinariamente claro e ilustra perfectamente cómo con la herramienta adecuada un supuesto enigma se desvanece en el aire cuando se entiende de dónde surge el enredo lingüístico.

Otro cuento de fantasmas filosóficos lo encontramos en el artículo que lleva como título "Karl Popper y el marxismo: somera revisión de un gran fraude intelectual". La diferencia con los otros es que aquí el fantasma no es un enredo conceptual, sino el engendro marxista deliberadamente creado por Karl Popper para utilizarlo como su objeto de crítica para la construcción de su obra La sociedad abierta y sus enemigos.

Tomasini concentra su artillería en cuatro puntos desarrollados en esta obra de Popper, a saber:

a)   el historicismo marxista,

b)  la teoría de las clases,

c)  la "profesía" del advenimiento del socialismo,

d)   el mal empleo y/o las deficiencias en algunas teorías económicas concretas, como las teorías del valor, de la explotación, de las crisis y el desempleo (p. 129).

De manera clara y concisa, Tomasini nos resume lo que dice Popper sobre cada uno de estos puntos, para después discutirlos. Haciendo alarde de un profundo conocimiento de la obra de Marx, Tomasini debate prácticamente todo lo que dice Popper para mostrarnos exactamente en qué consistió el fraude intelectual de La sociedad abierta y sus enemigos y por qué una obra tan falsa como un billete de tres pesos tuvo la acogida que se le dio en su momento. Este ensayo de Tomasini sin duda alguna es el más polémico de toda la colección que se nos regala en Discusiones filosóficas. Lo disfruté muchísimo y estoy segura de que otros lectores también lo harán.

En profundo contraste con este ensayo, nos encontramos con "La evolución de la noción de materia en el pensamiento de Russell", donde el autor parece querernos dar un descanso intelectual al presentarnos de manera exegética las tribulaciones que enfrentó Bertrand Russell para ofrecer una definición de "materia" capaz de reconciliar el concepto derivado del sentido común con su versión científica.

El valor de este trabajo consiste en que revela la honestidad intelectual de Russell para tratar de hacer coherente su idea de que nosotros no percibimos la realidad externa y, sin embargo, la física puede objetivamente decirnos cómo es la realidad externa. El problema, como bien lo señala Tomasini, es epistemológico, ya que, así planteado el asunto, no parece haber una manera de justificar el acceso a la realidad externa.

Lo que se nos narra en este trabajo es cómo Russell, sin renunciar nunca a la idea de que lo único que percibimos son nuestros propios sense–data, trata a toda costa de construir una teoría que pueda poner en contacto nuestros datos empíricos con el mundo que su propia epistemología deja cancelado. Aunque la historia termina en un fracaso, no deja de ser interesante enterarse de los esfuerzos de Russell por resolver esta cuestión. Creo, además, que el artículo puede verse como una buena lección filosófica para todos aquellos que aún insisten en conservar epistemologías de corte cartesiano, como es el caso del conjunto de disciplinas que se reúnen bajo el nombre de "ciencias cognitivas".

En Discusiones filosóficas aparecen dos ensayos donde el protagonista de la discusión es el Tractatus Logico–Philosophicus de Ludwig Wittgenstein. Éstos son: "Frege y el Tractatus" y "Descubriendo el sinsentido: lecturas absurdas y sensatas del Tractatus". Aunque las temáticas son muy diferentes, yo los veo como trabajos complementarios. De hecho, Tomasini menciona parte de la discusión del primero para esclarecer algunas cosas que quiere defender en el segundo.

En "Frege y el Tractatus" se argumenta que Dummett, al igual que otros pensadores, ha querido sostener no sólo que la influencia de Frege fue decisiva para el desarrollo de la filosofía de Wittgenstein, sino que los aciertos de éste último deben de verse a la luz de las consideraciones de Frege.

Con la espada desenvainada, lo que el autor demuestra es que, si bien es cierto que los dos pensadores compartían intereses comunes, no es menos cierto que, si se revisan con cuidado todos los comentarios que hace Wittgenstein de Frege en el Tractatus, con lo que nos topamos es que, en general, Wittgenstein hace críticas demoledoras a importantísimas tesis de Frege, por lo que lecturas como las de Michael Dummett simple y llanamente no se sostienen.

Pero el bocado grande lo encontramos en "Descubriendo el sinsentido: lecturas absurdas y sensatas del Tractatus". Este artículo centra la discusión en el punto 6.54 del Tractatus, donde Wittgenstein afirma lo siguiente: "Mis proposiciones son elucidatorias de este modo: quien me comprende termina por reconocer que son sinsentidos, si las usa para, a través de ellas, salir de ellas. (Por así decirlo, tiene que tirar la escalera después de haber subido por ella)." El autor nos comenta que hay varias corrientes interpretativas que han tratado de descifrar esta desconcertante cita. Unos sostienen que Wittgenstein de alguna manera se las arregló para poder decir algo sobre lo que su propia doctrina aseguraba que era indecible y que por eso nos pide tirar la escalera. El problema con esta lectura es que se acaba por acusar a Wittgenstein de contradictorio. Otros, más aguerridos, sostienen que lo que Wittgenstein quería que se entendiera es que todo el libro no era más que un conjunto de sinsentidos; pero, como comenta Tomasini, si éste fuera el caso, "¿qué valor podría tener el libro?" (p. 212).

Parte de lo que discute Tomasini en su artículo es que ninguna de estas lecturas puede ser correcta, y lo que intenta hacer es encontrar una forma novedosa para, digámoslo así, salvar el Tractatus. En una primera lectura uno llega a creer que lo logra, aunque con un costo.

Ese costo no es otro que la teoría pictórica que Wittgenstein defiende en el Tractatus. Tomasini nos dice al respecto:

Si nosotros consideramos que la teoría en cuestión es falsa, entonces podemos entender por qué Wittgenstein está en un problema, pero también por qué lo que él sostiene en su libro es perfectamente comprensible. En otras palabras, el diagnóstico del final del Tractatus es equivocado, porque la teoría del lenguaje allí defendida y en la cual dicho diagnóstico se funda es falsa. De ahí que alguien pueda verse en un problema o en una paradoja, insoluble quizá, sólo si acepta in toto la Teoría Pictórica. De otra manera, el conflicto sencillamente no surge o es totalmente artificial. (p. 214)

La pregunta que quizá queda pendiente de respuesta es si encontrar una forma externa de leer el Tractatus equivale a salvarlo, o si lo único que se logra es hacer coherente lo que dice 6.54. Lo que yo puedo decir es que el artículo me pareció muy bueno, pero me deja la sensación de estar frente a uno de esos fabulosos y desconcertantes cuadros de Hescher.

Con esta última reflexión termino el breve recorrido por los diez ensayos que componen Discusiones filosóficas. Espero haber logrado plasmar algo de la riqueza que este texto encierra no sólo para filósofos profesionales, sino para el público en general. Como lo mencioné anteriormente, con esta pequeña obra se aprenden cosas nuevas, se discuten temas conocidos y se sugieren preguntas interesantes para iniciar investigaciones por cuenta propia. El libro, además, es ameno y está muy bien escrito. Pero lo más importante es que, quien lo lea, se podrá dar cuenta de que hacer o aprender filosofía puede ser tan placentero como tener un agradable diálogo con personajes extraordinarios.

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