SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
vol.54 número62Vittorio Hösle, Der philosophische Dialog: Eine Poetik und HermeneutikMarcelo Boeri, Apariencia y realidad en el pensamiento griego: Investigaciones sobre aspectos epistemológicos, éticos y de teoría de la acción en algunas teorías de la Antigüedad índice de autoresíndice de assuntospesquisa de artigos
Home Pagelista alfabética de periódicos  

Serviços Personalizados

Journal

Artigo

Indicadores

Links relacionados

  • Não possue artigos similaresSimilares em SciELO

Compartilhar


Diánoia

versão impressa ISSN 0185-2450

Diánoia vol.54 no.62 México Mai. 2009

 

Reseñas bibliográficas

 

José Alberto Ross, Dios, eternidad y movimiento

 

Héctor Zagal

 

EUNSA, Pamplona, 2007, 247 pp.

 

Facultad de Filosofía. Universidad Panamericana. hzagal@up.edu.mx

 

Dios, eternidad y movimiento es un estudio monográfico sobre el tipo de causalidad del primer motor aristotélico. Ross revisa a profundidad los pasajes clave del Corpus Aristotelicum y analiza la tensión que existe entre ambas obras a la luz de los principales comentadores antiguos y modernos. Aclarar esta disparidad conceptual entre Física VII–VIII y Metafísica XII es necesario para sostener la consistencia de la propuesta aristotélica. Revisemos el itinerario especulativo que se recorre en el libro en pos de este objetivo.

El primer capítulo discute el problema de la eternidad del movimiento. El autor reconstruye la argumentación mediante la cual Aristóteles defiende la tesis de la actualidad del movimiento y la necesidad de que existan objetos que puedan ser movidos por cada tipo de movimiento. A partir de ello, muestra la necesidad de postular un primer movimiento para explicar el origen del cambio y evitar así la regresión al infinito en la cadena causal. La presentación de Ross facilita comprender cuál es el estatus ontológico del motor y lo movido en el mundo natural. En este contexto, resulta atinada la réplica que se hace a la objeción de Filópono sobre la presuposición de las realidades susceptibles de cambio. El autor muestra la improcedencia de la distinción entre movimientos eternos y finitos en Física VIII 1 y la anterioridad únicamente lógica (y no temporal) del movimiento que se postula en dicho pasaje. Por otra parte, la discusión sobre la eternidad del movimiento a partir de la definición del tiempo arroja luz de forma significativa sobre la estrecha relación entre ambas realidades. Ahí se discute por qué la eternidad del movimiento se desprende de la definición del tiempo utilizada en la Física.

El segundo capítulo aborda el tema de la causalidad aristotélica. El propósito de esta sección es destacar ciertos aspectos de la causalidad que ayudan a comprender la doctrina del primer motor. La noción de causalidad es eminentemente analógica. Apelar a una noción unívoca de causalidad, como señala el autor, dificulta entender la forma en que el primer motor actúa sobre los demás entes. El recorrido que transita Ross en este capítulo es el siguiente. En primer lugar, discute sobre la mejor traducción del término griego aitía. Esta cuestión es decisiva ya que Aristóteles no emplea este término en un sentido único. Aitía se refiere, ciertamente, a la ejecución de una acción que produce un efecto distinto. Pero el concepto designa también ciertas realidades —materia, forma y fin— que, si bien son causas, no son agentes productivos. El autor resalta la polisemia del término aitía. Discute con cierto detalle la pertinencia de traducir dicho término como "explicación" y explora los usos de tal palabra en la silogística y la jurídica. Con ello muestra que aitía —además de sus distintas resonancias lingüísticas— tiene correlatos ontológicos que no conviene desatender. El siguiente paso es examinar las cuatro especies de aitía señaladas por Aristóteles. El autor apunta las peculiaridades de las causas de tipo material, formal, eficiente y final, así como sus distintas modalidades ad intra.

Por razones obvias, se pone especial atención en el análisis del poder causal de la naturaleza (physis). Ross invoca Física II 8 para afirmar que la naturaleza de un objeto es una de las causas que actúan con arreglo a fines. La filosofía de la naturaleza (la física de los antiguos) no asume axiomáticamente la teoría de la cuádruple causalidad. Por el contrario, la investigación de los entes naturales es la que da pie a dicha teoría y, en particular, a la explicación teleológica.

A continuación, Ross explora los argumentos aristotélicos en contra del materialismo de Empédocles y Anaxágoras. Dentro del Corpus Aristotelicum, el azar no es una explicación suficiente pare explicar procesos regulares. Los errores en la naturaleza (una cría deforme, por ejemplo) no refutan el carácter teleológico del mundo natural. Estas consideraciones conducen al autor a examinar el papel que desempeñan el azar y la necesidad en el mundo natural. La estrategia del Estagirita consiste en distinguir entre la necesidad absoluta, que proviene de la materia, de la necesidad hipotética, mucho menos rígida. De ahí concluye que el azar no puede dar cuenta de la eternidad del cambio. El azar es, incluso, un epifenómeno de la teleología. Sin suponer una causalidad propia, el azar y la fortuna no podrían ser siquiera postulados. Éste es, en mi opinión, el punto más interesante de todo el estudio.

En el tercer capítulo, el autor plantea una primera reconstrucción de la doctrina del motor inmóvil. La discusión se centra en los libros VII y VIII de la Física. La lectura de Ross de tales pasajes enfatiza de nueva cuenta la imposibilidad de una regresión infinita en la cadena causal. Ahí apunta que los argumentos de VII 1 y VIII 5 no son reductibles entre sí. El primero rechaza la posibilidad de que un movimiento infinito tenga lugar en un tiempo finito. El segundo muestra que en las series causales infinitas no hay un agente principal que dé cuenta del movimiento de lo movido. Esta distinción es valiosa, pues no todos los comentadores le prestan la atención suficiente.

Una vez asentadas la eternidad del movimiento y la existencia de un primer motor, Ross señala cuáles habrían de ser los atributos de este último. Por lo pronto, se descarta que el primer motor mueva por accidente, pues de ser así podría dejar de mover. De igual forma, rechaza que el primer motor tenga magnitud, pues de tenerla sería infinita y, como Aristóteles demuestra, las magnitudes materiales infinitas y en acto no existen. Una magnitud finita también resultaría problemática: algo finito no puede mover por un tiempo infinito. A partir de estas tesis, se explica por qué forzosamente el primer motor tendría que ser inmaterial. El autor muestra cómo el primer motor sería preponderantemente causa del movimiento de la primera esfera celeste y, de forma indirecta, sería causa del comportamiento de las otras esferas y de los cambios de generación y corrupción en el mundo sublunar. Quizá en este capítulo se encuentra el quid del libro: ¿qué tipo de causa es ésta que se ejerce de manera indirecta?

Ross reconoce que, a pesar de la consistencia de la propuesta aristotélica sobre las condiciones de posibilidad de la relación causal entre el primer motor y el mundo, queda sin resolverse de manera satisfactoria la cuestión de cómo mueve de facto el primer motor a los otros cuerpos. En ese contexto, el autor revisa la polémica sobre si Aristóteles atribuyó una localización al primer motor, un tema controversial a todas luces, ya que el primer motor es una realidad de índole inmaterial. Si bien Ross ensaya varias interpretaciones para abogar por una lectura débil de esos pasajes, su interés particular no es resolver esa controversia, sino discernir si la causalidad que Aristóteles le atribuye en la Física es de índole eficiente. La importancia de revisar la localización del primer motor estriba, precisamente, en señalar el siguiente punto: si Aristóteles le atribuyera una causalidad final al primer motor sería irrelevante hablar de su supuesta ubicación. A favor de esta postura, Ross encuentra sustento en los mismos ejemplos que utiliza Aristóteles a lo largo de los libros VII y VIII. Todo esto se añade al hecho de que el argumento de VII 1 supone el contacto entre el motor y lo movido. El autor aprecia la dificultad de dar cuenta con este planteamiento de la relación de causalidad entre el primer motor y lo movido, pues ¿cómo se podría explicar que el primer motor no es afectado por el mismo movimiento que produce? En otras palabras, a partir de la descripción de Aristóteles, sólo queda claro que existe una afinidad entre el primer motor y la primera esfera pero no se puede concluir nada más.

El cuarto capítulo del libro es una reconstrucción de la teoría aristotélica del primer motor basado en Metafísica XII. A partir de este libro, Ross expone las discrepancias entre las dos formulaciones de la doctrina del primer motor. Este esfuerzo exegético no se propone abogar en favor de esta última formulación en detrimento de la doctrina de la Física. Ross intenta mostrar la continuidad en ambos planteamientos. Aristóteles intentó resolver en la Metafísica varias dificultades que se le habían presentado en la Física. Mediante una detallada revisión de las características que en la Metafísica se le atribuyen al primer motor —entidad separada, energeía, primer objeto de deseo e intelección—, Ross sostiene la postura de que éste mueve como lo deseable y lo inteligible, sin ser el motor mismo movido. Al caracterizar la sustancia de esta entidad como actividad perfecta, Ross discute la actividad del pensamiento que versa sobre sí mismo como característica del primer motor. A partir de ello examina la relación entre el primer motor y el primer cielo y describe la actividad del primero como algo amable o deseable para el alma del segundo, lo cual da pie a una imitación que consiste en una traslación circular y eterna. De la propia naturaleza de la actividad del primer motor infiere que el movimiento más perfecto sería de naturaleza circular.

Ross juzga con suficientes motivos que esta interpretación tradicional del primer motor aristotélico es la más consistente y explicativa. No obstante, revisa minuciosamente las objeciones que dicha interpretación ha recibido y examina el estado de la discusión entre los expertos. El autor destaca fuertes críticas tales como que en Metafísica XII Aristóteles jamás habla de imitación en su estudio del primer motor. Revisa, además, la acusación según la cual esta interpretación atribuye al primer motor el estatus de ideal que imitar para el primer cielo, que no necesariamente debería existir. Otras objeciones contra la lectura defendida por el autor, como él mismo señala, es introducir una causalidad ejemplar —considerada como ilegítima dentro de la ortodoxia de la filosofía aristotélica— y multiplicar los objetos de deseo en el texto examinado. Se alude también al carácter supuestamente cuestionable de la imitación circular y a los pasajes que parecerían atribuirle una causalidad eficiente al primer motor.

Ross responde sistemáticamente a cada una de estas objeciones, atendiendo tanto a la coherencia de las mismas como a las contrapropuestas sugeridas por los comentaristas. En primer lugar, el autor sostiene que, si bien Aristóteles no afirma explícitamente en la Metafísica XII que el primer cielo "imite" al primer motor, no deja de ser cierto que en otros pasajes del Corpus este tipo de explicación es considerado legítimo. Ross cita De Anima II 4 y De Generatione et corruptione II 4 para sostener que se puede establecer una relación teleológica entre dos realidades en términos de imitación. Aplicado esto a la relación entre lo inmaterial y lo material, se explicaría por qué el movimiento circular del primer cielo se da en virtud de una semejanza con la actividad perfecta del primer motor. Ross sostiene, además, que la doble atribución de deseos al primer cielo es improcedente. En realidad, lo que la interpretación tradicional sugiere es que Aristóteles se refiere a dos planos de la teleología presentes en todos los procesos de la naturaleza: la causalidad externa e interna. El autor advierte que una noción del primer motor como mero ideal es insostenible. Si así fuera, éste podría dejar de mover si el alma del primer cielo lo dejase de contemplar.

Asimismo, señala que la objeción de Teofrasto a favor de otras formas de imitación no está dirigida contra la interpretación tradicional del texto, sino en contra de la propia teoría aristotélica.

Finalmente, Ross apunta que las propuestas alternativas de los críticos no son fieles a la misma doctrina aristotélica. Con relación a la interpretación según la cual el primer motor sería una causa eficiente remota, Ross advierte que "los modos causales son divisiones que se dan dentro de una misma especie de causa, de manera que no se puede articular una serie causal con principios explicativos de distinta especie y, después, introducir un criterio de anterioridad o posterioridad". De forma análoga, la postura según la cual el primer motor se identifica con el alma del primer cielo se muestra problemática, toda vez que tanto en Física VIII como en Metafísica VII Aristóteles señala que el primer motor es separado y sin mezcla. Tal interpretación, según nos dice Ross, tampoco podría garantizar la eternidad del movimiento, ya que, en última instancia, se le atribuiría cierto movimiento accidental al primer motor. La identificación del primer motor con las formas sustanciales es también improcedente. Según la caracterización aristotélica, el primer motor sólo es responsable del movimiento circular del primer cielo, no de la generación y la corrupción del mundo sublunar. Esta identificación sería conflictiva de cara a la explicación aristotélica de por qué la totalidad de almas no puede dar razón del movimiento continuo y eterno.

En las conclusiones, el autor pondera la relación entre los dos tipos de causalidad atribuidos al primer motor: la eficiente y la final. Ross, de nueva cuenta, señala las afinidades argumentativas de las dos exposiciones del Estagirita y sostiene que varios elementos de la filosofía natural de Aristóteles se siguen tomando como válidos en la Metafísica. Sin embargo, queda claro también que atribuirle una causa eficiente al primer motor es sumamente problemático. El autor ensaya una posible compaginación de ambas causalidades en el primer motor, tal como lo sugiere Aristóteles en distintos pasajes de su obra; por ejemplo, Física II 7 y De anima II 4. Se advierte, con acierto, que si bien en esos casos la causalidad eficiente y la final son compatibles, ambas terminan por explicar distintos órdenes de realidades, lo cual no ocurre con el primer motor. No hay que perder de vista que el primer motor sirve para explicar la eternidad del movimiento. De ahí, dice Ross, que la explicación de la doctrina del primer motor presente en la Metafísica es la más acabada. Ello no significa que implique un rechazo taxativo a la Física, de la cual asume importantes tesis.

En resumen, se trata de un libro que con gran lucidez revisa la argumentación de Aristóteles en torno a temas medulares de su filosofía. El autor se apoya de manera notable en los comentaristas antiguos y modernos y toma una postura sólida y fundamentada dentro de la discusión. Por supuesto, como Ross mismo reconoce, es ilógico examinar estas cuestiones con la intención de validar en su totalidad un sistema cosmológico incompatible con los adelantos de la ciencia. Sin embargo, es igualmente improcedente descalificar las propuestas aristotélicas como algo completamente caduco. La discusión de Aristóteles en torno a la causalidad, por mencionar sólo un tema, es uno de los temas que aún puede arrojar luz de manera importante sobre las investigaciones de filosofía de la ciencia y de la naturaleza. Me parece que una de las virtudes tácitas del libro de Ross es contribuir a delinear un marco apropiado para valorar la vigencia filosófica de la postura aristotélica de cara a nuestra comprensión metafísica y natural del mundo.

Se trata, en definitiva, de un texto valioso que contribuye a consolidar los estudios de filosofía antigua en español.

Creative Commons License Todo o conteúdo deste periódico, exceto onde está identificado, está licenciado sob uma Licença Creative Commons