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Diánoia

versión impresa ISSN 0185-2450

Diánoia vol.53 no.61 México nov. 2008

 

Discusiones y notas

 

Comentario a la reseña de La frágil frontera de las palabras. Ensayo sobre los (débiles) márgenes entre filosofía y literatura, hecha por Carlos Mendiola Mejía

 

Commentary on the Review of La frágil frontera de las palabras. Ensayo sobre los (débiles) márgenes entre filosofía y literatura, by Carlos Mendiola Mejía

 

Pablo Lazo Briones*

 

*Departamento de Filosofía, Universidad Iberoamericana, pablo.lazo@uia.mx

 

Recibido el 26 de marzo de 2008
Aceptado el 25 de junio de 2008

 

Resumen

Se ofrece aquí un comentario crítico o respuesta a la reseña hecha por Carlos Mendiola del libro de Pablo Lazo La frágil frontera de las palabras. Ensayo sobre los (débiles) márgenes entre filosofía y literatura. En este comentario se enfatizan los objetivos y la tesis que se defienden en esa obra, al tiempo que se advierten las desviaciones de lectura e interpretación en la reseña comentada. De este modo, se hace una réplica argumentada, al modo de un abierto disentimiento, respecto de lo dicho por el reseñador.

Palabras clave: discurso, legitimación, categorial, prescripción.

 

Abstract

A critical commentary or response is offered here to Carlos Mendiola's review of the book La frágil frontera de las palabras. Ensayo sobre los (débiles) márgenes entre filosofía y literatura, by Pablo Lazo. In this commentary, the aims and the thesis defended in the above mentioned text are emphasized, at the time deviations of reading and interpretation in the commented review are realized. Thus, an argued reply is done, as an opened dissension, with regard to what the reviewer had said.

Key words: discours, legitimation, categorial, prescription.

 

De entrada, quiero agradecer a Carlos Mendiola su reseña crítica de mi libro.1 Sólo por trabajos de esta índole es que nuestros intentos por reflexionar alcanzan una resonancia que les da sentido en un círculo de conversación académico más amplio y superamos las endogamias propias de nuestro mundo intelectual, tan dañinas como estorbosas cuando se trata de producir ideas comprensivas, y a la postre transformadoras, de nuestra realidad. Es, pues, gracias a su inserción en un debate que un texto amplía su horizonte y deja atrás su condición cerrada, infértil, autoclausurada, para ejercer una condición propositiva más allá de sus propios márgenes.

Es un principio regularmente aceptado en una teoría de la argumentación sólida el que después de una tesis sostenida se exija la réplica sobre sus puntos débiles y, acto seguido, se vuelva a dar la palabra al autor para construir su contrarréplica. Después de estos momentos esenciales, la argumentación puede abrirse a otros puntos de vista —al campo de su lectura propiamente dicho— de manera fundamentada, entendiendo por fundamentación la serie de recursos argumentales que se han hecho accionar en esta dinámica de manera libre, no sometida a ninguna presión o restricción, de la índole que sea. Agradezco así, en segundo lugar, a la revista Diánoia por brindarme el campo del libre ejercicio de mi derecho al disentimiento —o contrarréplica— respecto de la reseña que generosamente llevó a cabo Carlos Mendiola —o réplica a mi primera argumentación—.

Al decir esto, ya he declarado mi contra–posición frente a la posición crítica de mi reseñador. En adelante intentaré desgranar el argumento de mi disentimiento.

Estoy de acuerdo con Mendiola en que la labor de mi libro puede describirse mediante mi "caracterización de la lectura de libros", que, cuando es interpretativa, no sólo recibe y reproduce significados, sino que, si se deriva de una legitimación auténtica, inventa heurísticamente conexiones y genera otros significados no previstos tanto para el autor como para el lector, es decir, significados de tal riqueza y movilidad que van más allá de la frontera habitual a que estamos acostumbrados entre filosofía y literatura. He aquí, presentada de forma sintética, la tesis esencial del libro.

Disiento abiertamente, sin embargo, con las consecuencias que quiere hacer derivar el reseñador a partir de la exposición de esta tesis, y más aún con los presupuestos que me quiere endilgar para conseguir estas consecuencias. Sucintamente enunciados también, los presupuestos que quiere ver Mendiola en mi libro consisten en afirmar que, para hacer el borroneo (total y sin reservas bajo su interpretación) de la frontera entre filosofía y literatura, consecuentemente con mi caracterización de lectura, yo parto de una valoración que da preeminencia a la unidad de los discursos (de la filosofía y la literatura) por encima de su diferencia, y que de ahí pretendo dar como resultado una consecuencia cuasimoral, una "preceptiva" que dicte cómo es que debe leerse sin atención a ninguna clase de margen estilístico, académico, institucional o de cualquier otra especie, cayendo en una posición que él denomina "idealista" (y, por lo tanto, implícitamente descalificable), ya que no atiende a los textos que de hecho existen con su margen bien puesto, y sólo postula otros que no existen y que yo tendría solamente en la cabeza.

Insistiré en adelante en que estas apreciaciones de Mendiola, si bien parten de la tesis que defiendo originalmente, paulatinamente sufren una desviación tan significativa respecto de ella que dejarán al lector con una idea completamente ajena o equívoca sobre mi libro, es decir, con una idea parcial, reducida a sus motivaciones más generales y, lo que es más grave, éstas desviadas de su verdadera intencionalidad. Y tengo la presunción, que intentaré demostrar aquí, de que el reseñador opera de tal manera debido a su propio presupuesto de perspectiva, es decir, a su propia autoatribuida posición crítica.

Vayamos por partes. Lo que hago principalmente en La frágil frontera de las palabras es una lectura crítica de algunas formas de abuso y reducción del lenguaje, que incluso llegan a su manipulación más cínica, operantes en lo que he denominado filosofía y literatura en sentido estrecho. No intento, como se ve de entrada, descalificar toda forma de filosofía o literatura en sentido más amplio o, pars pro toto, hacer pasar los usos en sentido estrecho que quiero denunciar o desenmascarar, por toda producción filosófica y literaria. Con esta crítica, apunto al mismo tiempo —en una suerte de definición ostensiva— a una actividad del lenguaje que no se atiene a las condiciones (academicistas, escolásticas, institucionales o de manipulación politizada) de los sentidos estrechos de la filosofía y la literatura, y que he llamado, siguiendo esencialmente al postestructuralismo francés, aunque también diversas claves de la hermenéutica contemporánea, escritura. Esta escritura puede describirse como un uso del lenguaje existente de hecho y no, como dice Mendiola, simplemente postulado idealmente, que se caracteriza por su enorme capacidad de referencialidad o dinámica significante más allá de lo que tradicionalmente entendemos por filosofía y literatura en sentido estrecho. Ejemplos de escritura, lo propongo constantemente en el libro, son los textos de Borges, Montaigne, Voltaire, Mallarmé, R. Arenas, J. Cortázar o Kafka, y también los textos de Nietzsche, G. Bachelard, G. Deleuze o el último Foucault, para hablar sólo de algunos casos.

Un comentario hecho de paso por Mendiola sobre el modo de exposición de mi libro aclarará un poco más los motivos de su rechazo. En constantes ocasiones pone en mi boca argumentos de otros (Rorty, Foucault, Gadamer, etc.), sin la aclaración de rigor de que pertenecen a ellos. Pero, al hacer esto, parece que habla de un texto sin investigación de plataforma y lo hace pasar por un texto meramente lírico u ocurrente, cuando que su condición problemática es ser una investigación con todas las cargas formales y técnicas de la academia, y desde ahí (no podría ser desde otro lugar) quiere hablar del borde de las palabras que comienza a desbordarse y de las fronteras que son débiles frente a la fortaleza de un discurso altamente significativo que no pueden contener.

Y éste es justo otro punto que parece no perdonarme C. Mendiola, que transite en el libro "entre la lectura de los más diversos y heterodoxos pensadores", como si fueran los combatientes de una "batalla" que yo me propondría ganar a toda costa: "demoler la zanja (existente siempre de hecho) entre la filosofía y la literatura". La acusación radica en decir que yo, escudado en un velado hibridismo ecléctico, llevo en realidad a un discurso unitario, que él llama prescriptivista, bastante desprendido de la realidad de los textos. Nada más alejado de la estrategia de escritura de La frágil frontera de las palabras. Lo que pongo en juego, y para ello preciso de multiplicidad de voces, es una estrategia (o "gesto deconstructivo", si se quiere hablar con Derrida) disolvente del discurso que se quiere uno, sea la tradicional metafísica objetivante y abstractiva, el metodologismo racionalista del cientifismo moderno o positivista, la aspiración a una sistematización absoluta al modo hegeliano, el discurso político totalitario, o, hablando de una de las formas más ingenuas de este tipo de lenguaje, el manual de indicaciones para ser escritor. Propongo en el libro un recurso heurístico para contrarrestar la demanda de fijación de la mirada que estos discursos imponen: la metáfora de una "mirada estrábica" que permitiera un juego más amplio de producción y recepción de dinámicas significantes. Creo que Mendiola confunde el "puede leerse" la literatura como filosofía, o la filosofía como literatura, de mi propuesta cuando hablo de estos escritores, de estas múltiples voces, con un "debe leerse" de un solo modo cuando se han abolido todas las barreras entre una y otra actividad del lenguaje, deber ya ajeno a mi propuesta. Y es que no es una "batalla" lo que me propongo ganar. Esta palabra introduce una metáfora también ajena al libro, pues, de manera desafortunada, nos hace pensar en una estrategia racional cuasimilitar de defensa y ataque. Soy muy reiterativo en el libro al decir que el discurso que propongo como no categorial, no necesitado de una denominación y una etiqueta de identificación o "nombre de familia",2 pone en juego una actividad enteramente distinta del lenguaje; a saber, la agonística de los discursos, dicho en clave lyotardiana, la pugna sin solución final o última entre ellos, y no la "batalla" en la que ganaría alguien al final. Este tipo de lenguaje agonístico no requiere socorro paternal o estrategia de defensa de sus murallas, porque de hecho no las tiene.

Carlos Mendiola parece ignorar, o pasar por alto, una de las tesis centrales de mi libro: no quiero abolir absolutamente el margen entre filosofía y literatura, y desechar de un solo movimiento, de un plumazo, largas e importantes tradiciones de pensamiento. Esto sería una ingenuidad o un exceso de autoconfianza, de soberbia. Más bien de lo que hablo es de advertir los usos de los márgenes cuando éstos tienen sentido hacia dentro de un cometido institucional, de lectura tradicional o de recorte epistémico. En todos estos casos la frontera entre discursos no puede sino sostenerse. Pero quiero apuntar, con Foucault y Derrida, pero también con R. Barthes y Gadamer, que existe de hecho un uso del lenguaje más libre o amplio, en el que estos márgenes pierden su sentido. Este uso, dado que nunca es una (auto)imposición cuasikantiana ni una receta de pasos que cubrir, cumple una función orientativa, nunca prescriptiva. Más que una prescripción, lo que el libro quiere dibujar apenas es una invitación. Una seducción y una invitación, o bien, una invitación seductora.

Insisto, no pretendo defender la unidad de los modos en que hemos hecho (y teorizado sobre) la filosofía y la literatura, sino mostrar, ostensiblemente incluso, una actividad del lenguaje ya existente —y no sólo idealmente postulada— que ya no pone atención a la distinción ni en la pretendida unidad, sino en los modos siempre nuevos de lectura y escritura que ya no están bajo ninguna categorización de ese género.

Hablando de la acusación que me hace Mendiola sobre el hecho de que yo estaría partiendo de una valoración para borrar la distinción entre discursos, el problema no puede consistir en "partir de una valoración", dado que no existe humanamente la posibilidad de no hacerlo, es decir, de dejar fuera la parte subjetiva de los juicios que hacemos sobre cualquier cosa. El problema radicaría, en todo caso, en partir de una "prevaloración" no criticada, de una preconcepción o precomprensión no revisada críticamente. Es cierto que en el libro se pregunta, de la mano del análisis sartreano sobre la literatura, qué es lo que se exige de mí como lector, y que ello parece llevar a la argumentación hacia un tipo de evaluación prescriptivista. Es cierto, como dice Mendiola, que esta pregunta deja al lector en posición de elegir entre una forma de lectura pasiva, alienada y sujeta a los cánones institucionales y escolares que dejan a la escritura petrificada, arrinconada en un mero gesto de reconocimiento vacío, y una lectura activa, en la que se (re) construye el significado del texto, y a la hora de leer se hace escritura, como propone G. Deleuze. Esta actividad se describe, obviamente, como mejor en todo sentido que la primera. Pero no por ello hace derivar una normativa de elaboración y recepción de los discursos, pues no da direcciones de manual, ni (im)pone cánones ya establecidos y asumidos, ni dicta una serie de pasos técnicos que seguir; es decir, no es una prescriptiva en ninguna de sus formas. Se detiene en la invitación y, digámoslo así, sólo le pide al lector que por su propia cuenta (sin preceptiva) lleve a cabo una "interpretación fronética" de lo leído, una interpretación que ponga en juego su capacidad de ponderación prudencial para alejarse o acercarse a un tipo u otro de actividad escritural.

La calificación de mi trabajo como "idealista" (y, por lo tanto, implícitamente descalificable), parte, como había comenzado a decir antes, de un primer posicionamiento asumido por Mendiola sin demostración argumental. Este posicionamiento puede describirse como un autootorgarse el título de "juez de la razón" —en el viejo uso humeano–kantiano que exige someter al "tribunal de la razón" toda tesis que pretenda legitimidad—. En este posicionamiento, el juez evitaría explicar su propio lugar de evaluación como uno de los múltiples discursos posibles, y asumiría estar hablando en nombre del único discurso legítimo, sostenido sobre el fiel de la balanza mismo, para poder decir que "de hecho existen fronteras entre discursos", y que lo que yo hago es una simple pretensión prescriptiva e idealista de su borroneo. Ahora bien, este posicionamiento es el que se devela abiertamente artificial en la lectura de mi libro. Es justamente el carácter prescriptivo, que hace posible la función de juez que se arroga mi reseñador, lo que se viene abajo si pensamos en la multiplicidad de discursos que de hecho existen y, al mismo tiempo, aplicando el argumento de retorsión sin violencia, se desvela la idealidad de la posición que asume (él sí) en su crítica.

Así las cosas, no es raro que le parezca enigmática una cita central de Foucault en mi libro (p. 225) que cuestiona la "moral de un estado civil" al escribir, pues para el juez que cuida lo que debe y no debe hacerse en un estado civil o institucional, para quien siente como su compromiso inevitable dar un veredicto de lo leído, y volver a poner las cosas en su lugar, es impensable el acto de escribir como un "perder el rostro" en lo escrito.

Cuando Mendiola, de manera sugerente aunque inexacta, me compara con el Caballero Inexistente de Italo Calvino, y dice que me limito a "funcionar abstractamente" (no poniendo atención a lo que de hecho existe como modo de operación (auto)limitante de los discursos), creo que no percibe que es justamente lo contrario lo que se propone en el libro: las significaciones de los discursos se despliegan en su concreción y vitalidad más agudas (y a veces más insoportables, dicho en clave nietzscheana) justo cuando se ha hecho la crítica de un uso artificial del lenguaje, el llevado a cabo por las "escrituras policiales" que rechaza Roland Barthes, o por las "ficciones lógico–metafísicas" que denuncia Nietzsche, o por las palabras como el "extra–ser" señalado por Deleuze como "seco fantasma sin espesor", figuras aprovechadas en mi libro como recursos argumentales críticos, y pasadas por alto sin el menor comentario por mi reseñador.

Para terminar mi comentario de contrarréplica, quisiera señalar una última consecuencia que en la lectura de Mendiola parece inevitable: la moralización de la propuesta de mi libro. Partiendo de una valoración prescriptivista e idealista, dice al final de su reseña, lo que yo pretendería es indicar cómo "las cosas podrían ser mejores si dejamos de suponer la frontera" entre discursos. Pero yo nunca sostengo que el borrar las fronteras discursivas nos haga mejores en este sentido moralista. Parto en esa parte del libro de un argumento de R. Rorty (pp. 159 y s.) que sostiene algo parecido, para después cobrar distancia crítica respecto de él y, señalando una contradicción performativa en la que cae el filósofo norteamericano, defiendo una postura propia: la metaforización posible de todo lenguaje más allá o más acá de su función moralizante.

En resumen, no sostengo que sea mejor mantener la unidad de los discursos que su distinción, sino apunto a una praxis lingüística que no atiende ni a la unión ni a la distinción de lo que hemos llamado —siempre en sentido estrecho— filosofía y literatura. Mi propuesta se sostiene en una valoración, por supuesto, pero ésta no es una prevaloración acrítica e idealista que derivaría en una prescriptiva, sino se configura como una invitación que puede aceptarse o no (nunca toma la forma de un deber ser), una invitación a constatar y tomar postura propia frente a esa praxis lingüística anormal, seductora, desprovista de márgenes precisos y categorizaciones rígidas. Permítaseme cerrar con las últimas líneas del libro a la manera de una reiterada invitación a su lectura:

Sostenerse en la insinuación y en el placer del puro acercamiento, del roce y no del agarre. Presentarse en un endeble y bello umbral, no en un monasterio y menos en un palacio imperial. Sabiduría del Stoa, felicidad de lo efímero que se asume como tal: indicar, no elegir; coquetear no al uno sino a los muchos; nunca finalizar, nunca dar por cerrado o anular erigiendo. Por una vez, no erigir un sistema de lenguaje, sino demorarse en pasear alrededor de las palabras ya vigentes y construir otras tantas en donde el capricho de invención sea la constante. (p. 264)

 

Notas

1 Pablo Lazo, La frágil frontera de las palabras. Ensayo sobre los (débiles) márgenes entre filosofía y literatura, Siglo XXI/Universidad Iberoamericana, México, 2006.         [ Links ] Todas las citas proceden de este libro y sólo se consignará el capítulo o las páginas correspondientes. La reseña de Mendiola aparece en este mismo volumen, pp. 197–201.

2 Cfr. el capítulo III. Diánoia, vol. LIII, no. 61 (noviembre 2008).

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