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Diánoia

versão impressa ISSN 0185-2450

Diánoia vol.53 no.60 México Mai. 2008

 

Artículos

 

La Retórica y la Poética de Aristóteles: sus puntos de confluencia

 

Aristotle's Rethoric and Poetics: Their Points of Confluence

 

Graciela Marta Chichi y Viviana Suñol

 

Departamento de Filosofía Universidad Nacional de La Plata, CONICET. gchichi@isis.unlp.edu.ar, vsunyol@yahoo.com

 

Recibido el 24 de marzo de 2006
Aceptado el 31 de agosto de 2007

 

Resumen

La Retórica y la Poética tienen una larga historia cultural y conceptual en común. Aun cuando Aristóteles afirma en ambos tratados la autonomía de sus respectivas disciplinas, también reconoce que éstas comparten un terreno común. Este trabajo pretende mostrar la confluencia externa e interna que unió ambas obras y ambas disciplinas. En la primera sección, documentamos las dos ubicaciones que los antiguos catálogos y presentaciones asignaron a las enseñanzas de Aristóteles en la Retórica y en la Poética. Los análisis de la segunda sección intentan establecer que la interdependencia conceptual de las dos disciplinas acaece en el terreno común de la Finalmente, sostenemos que en el pensamiento y en la elocución —como tentativamente los traducimos— podría estar sugerida la historia que la retórica y la poética han tenido en su desarrollo posterior, en la medida en que fueron mutua y alternativamente absorbidas.

Palabras clave: Aristóteles, catálogos, .

 

Abstract

Rhetoric and Poetics have a long cultural and conceptual history in common. Although Aristotle claims in these treatises the autonomy of their respective disciplines, he also recognizes that they share a common domain. This paper wants to show the external and internal confluence that closely links both works and both disciplines. In the first section, we do some research on the two positions that the ancient catalogues and presentations assign to the teachings of Rhetoric and Poetics. The analyses of the second section intend to establish that the conceptual interdependence of the two disciplines occurs in the joint field of Siávoicc and Finally, we argue that in thought and elocution —as we cautiously translate them— could be suggested the common history that rhetoric and poetic have had in their later development, as they were mutually and alternatively absorbed.

Key words: Aristotle, catalogues, .

 

La Poética y la Retórica son, entre las obras del corpus aristotelicum, las que más directa y persistentemente han influido en el pensamiento moderno (McKeon 1965, p. 201). Ambas tienen una larga historia cultural y conceptual que las ha mantenido estrechamente ligadas: su probable origen siciliano, su cronología relativa (Düring 1957, p. 258, y 1990, p. 256), el hecho de que versiones griegas de ambos textos figuren en el códice Parisinus 1741, entre otras circunstancias. Si bien Aristóteles afirma en ambos tratados la autonomía disciplinaria de la retórica y de la poética, también reconoce, como intentaremos mostrar, los ámbitos en que confluyen. El presente escrito pretende señalar puntos de confluencia que, a nivel externo e interno, mantuvieron ligados a ambos textos y a ambas disciplinas. En la primera sección documentamos cuándo y por qué la Retórica y la Poética aparecieron ubicadas siempre próximas en antiguos catálogos y presentaciones, a fin de dilucidar la manera como fueron entendidas esas famosas enseñanzas. Con los análisis de la segunda sección pretendemos dejar sentado que la interdependencia conceptual de ambas disciplinas podría darse en el terreno común de la y de la . Finalmente, sostenemos que en el pensamiento y en la elocución —como tentativamente pueden traducirse ambas expresiones— estaría prefigurada la historia común de ambas disciplinas, en la medida en que ellas quedaron mutua y alternativamente absorbidas hasta mediados del siglo XX.

 

1. La confluencia historiográfica de la Poética y de la Retórica en antiguos catálogos y presentaciones

1.1. Hitos de su transmisión occidental

La historia de la filosofía aristotélica en la antigüedad es, ante todo y no en un corto trecho, la historia del texto de Aristóteles.1 Estas palabras inspiraron nuestro interés en revisar la cuestión acerca de cómo se transmitieron las enseñanzas de la Retórica y de la Poética. Ambos textos aparecen juntos en el manuscrito griego más antiguo que se conserva, el Parisinus 1741 del siglo X.2 Asimismo, tuvieron su primera edición (editio princeps) en griego en la imprenta veneciana de Aldo Manuzio, en un volumen colectivo referido comúnmente como Rhetores Graeci (1508–1509). Hasta entonces parece no haber habido continuidad de estudios sobre esas enseñanzas: desde mediados del siglo VI hasta fines del XIV no hay evidencia de interés sustancial en la retórica peripatética, sino escasos documentos sobre un interés periférico (Conley 1994, p. 222). De ese periodo habría que mencionar que Avicena (980–1037) y Averroes (1126–1198) produjeron los primeros comentarios a la Poética y a la Retórica, presumiblemente a partir de la versión siríaca. De Bizancio provienen dos comentarios en griego, de distinto valor, a la Retórica, atribuidos al círculo de Ana Comnena.3

A mediados del siglo XII se llevaron a cabo las primeras traducciones al latín de la Poética y de la Retórica. Unas estuvieron a cargo de la escuela de Toledo, partiendo de la versión árabe de Averroes, cuyos comentarios también vertieron al latín. Guillermo de Moerbecke tradujo por primera vez directamente del griego ambos textos. Su traducción de la Retórica integró el estudio sobre filosofía práctica aristotélica, que el famoso helenista incorporó al programa dominico de Tomás de Aquino, mientras que su versión de la Poética fue desconocida hasta el siglo XX.4 Ahora bien, dado que no pocos documentos centrales de la transmisión oriental vinculan la Retórica y la Poética con ciertos textos lógicos que más adelante referiremos, viene al caso recordar que durante la primera mitad del siglo XII comenzaron a circular bajo la denominación de ars nova un grupo de textos que incluye a ambos Analíticos. De ese grupo, el primer texto que por novedad y originalidad despertó el interés de los profesores europeos fue el de las Refutaciones sofísticas, y en seguida el libro VIII de los Tópicos. Al cabo de un siglo comenzaron a estar disponibles todos los escritos lógicos de Aristóteles, en nuevas traducciones pero también en otras largamente olvidadas. Los repertorios de estudio en materia de lógica de las universidades de Oxford y de París ofrecieron el Organon completo junto con una selección de obras de la "vieja lógica". La vetus logica estaba, en cambio, comprometida con textos de Porfirio, cuya autoridad había dejado en el olvido las traducciones de Boecio (siglo V) de los "nuevos" textos que recién circularon en el siglo XII.5 Finalmente, famosas controversias mantenidas durante el siglo XV acerca de los méritos relativos de la filosofía platónica y aristotélica provocaron la difusión de la Retórica. Uno de los debates tuvo como protagonistas a dos griegos bizantinos residentes en Florencia; el otro, dos reconocidos profesores por entonces activos en Padua.6 El contendiente del primero fue Jorge de Trebizonda, el autor de la traducción latina de la Retórica (París 1475–1457) más reeditada, que compitió con la versión medieval de Moerbecke, difundida en la Europa meridional. Precisamente, al comenzar su trabajo de traducción, Trebizonda, todavía en Florencia, discutió la autoridad de Platón en materia retórica que el Cardenal Bessarion había defendido en el Concilio de Florencia (1439–1442). Trebizonda alcanzó reputación por dar a conocer a los lectores occidentales teorías retóricas griegas, y en particular por difundir la Retórica en polémica con las tesis del Fedro, tal como ocurre desde el siglo XX. La correspondencia de Bessarion atestigua que el Parisinus 1741 pudo haber circulado en Italia por aquella época.7 A pesar de la existencia de ediciones, traducciones y comentarios latinos a la Poética desde la primera mitad del siglo XVI, fueron los maestros de Padua quienes mostraron un auténtico interés en la interpretación de ese texto.8 La Poética ofreció material para dirimir dos cuestiones centrales, que por entonces preocupaban a los críticos y eruditos italianos de fines del Cinquecento: aquellos que quisieron ver la continuidad de ella en la concepción horaciana del arte poético, comprometida con usos retóricos y enseñanzas morales; y aquellos que pretendieron nuevas orientaciones para explicar la composición de los géneros literarios clásicos y nuevos, a los que buscaban clasificar a partir de la práctica genérica misma por contraposición a la imitatio de los clásicos.9

1.2. La proximidad de ambos tratados en antiguos catálogos y presentaciones

A continuación pretendemos iluminar los apuntes precedentes acerca de cómo Occidente recuperó los escritos de la Retórica y de la Poética. Atendimos documentos de aquellos que participaron en la historia textual de ambos escritos.10 Seguramente, deberíamos comenzar por interrogarnos sobre el destino de los bienes filosófico–literarios del Perípatos a la muerte de Teofrasto de Ereso (322–284), quien había llegado a obtener los créditos legales para fundar en un dominio privado de Atenas la escuela de Aristóteles, cuya intensa vida y actividad se había desarrollado en los lugares abiertos. Lo primero que resulta del examen de las referencias centrales de ese legado sería la siguiente conclusión general: durante un extenso periodo en la transmisión de los bienes aristotélicos, para ser precisos, desde fines del siglo III a.C en adelante, se compartió la idea de presentar la Retórica y la Poética en una posición muy próxima una de la otra. Los principales documentos antiguos de esa transmisión textual pertenecen a escuelas y a corrientes culturales alejadas geográfica y dialectalmente, pero que, en su gran mayoría, se ubicaron al este del meridiano 19 de longitud oeste.11 Los autores de esos documentos pudieron haber tomado una de dos divisiones en calidad de criterio para aducir la proximidad que subrayamos como primera nota común. En otras palabras, la cercanía relativa que observan nuestros dos escritos en las referencias, que presentaremos inmediatamente, podría haber estado sustentada o bien en la famosa división entre disciplinas teóricas, prácticas y productivas, según la Metafísica (VI 1, 1025b22ss., y XI 7, entre otras páginas),12 o bien en otra célebre división de la filosofía (o del discurso filosófico) en tres áreas; a saber: lógica, física y ética, por tomar una entre distintas secuencias. Respecto de esta segunda división hoy se esgrime que pudo habérsele ocurrido, por meras razones prácticas, a Jenócrates de Calcedonia (siglo IV a.C.), el sucesor de Espeusipo al frente de la Academia.13 En detrimento del rol y de la autoridad que la escuela estoica tiene en esta cuestión, se insiste además en que el trabajo historiográfico de los doxógrafos y de los biógrafos helenistas permitió que la división consolidara su fama.14 Recién cuando Andrónico de Rodas (siglo I a.C.) editó lo que se dio en llamar el corpus aristotelicum, el aristotelismo se apropia, por fin, de ese viejo ordenamiento de materias, debido a Jenócrates. Andrónico planteó la novedad de llamar a la sección preliminar que su catálogo original reservaba para presentar los escritos lógicos aristotélicos.15

Retomando, entonces, los antiguos catálogos y listas disponibles sobre los escritos aristotélicos asignan dos posiciones distintas a nuestros dos tratados, en cuyo caso los responsables de esos ordenamientos ubicaron a éstos en mutua cercanía, atendiendo quizá a una de dos divisiones acerca de los campos temáticos o del carácter de esos escritos. Según lo que denominamos posición A, ambos parecen exponentes de un saber de carácter "productivo", conforme a lo que había popularizado Aristóteles.16 La otra ubicación, posición B, indica que ellos integran la serie de escritos lógicos, ordenados éstos, a su vez, conforme a una secuencia que perduró hasta el siglo XIX, si no más tarde.17 Esta segunda posición llegó a mostrar a la Retórica y a la Poética "después del método", ubicadas como el remate o colofón del Organon en compañía de otros dos escritos dialécticos tradicionalmente subestimados, conforme a lo que se había tenido por modelo en materia científica o argumentativa. En este caso, la secuencia es los Tópicos, las Refutaciones sofísticas, la Retórica y la Poética. Hasta aquí, entonces, dejamos planteada la idea de que el registro y la ubicación de proximidad que mantuvieron ambos títulos en sucesivos ordenamientos privilegiaron dos posiciones sistemáticas claramente identificables, conforme a lo cual parece haber querido destacarse el carácter que ambos tratados merecieron. Veamos ahora de qué documentos estamos hablando.

Revisamos cinco listados de escritos aristotélicos. El documento que nos interesa primero es el catálogo que Diógenes Laercio (siglo III d.C.) transmite en su Vidas de filósofos ilustres (libro y secciones 22–27).18 Sería el más antiguo porque atestiguaría el ordenamiento de biografías helenísticas tempranas. A juicio de los más optimistas, el catálogo de Diógenes Laercio nos hablaría del estado de los bienes del Perípatos a fines del siglo III a.C.; mientras que, según los más cautos, sólo de su disponibilidad en la biblioteca de Alejandría que conoció el famoso biógrafo.19 En segundo lugar viene la lista de Hesiquio de Mileto (siglo VI d.C.), quien parece haberse inspirado en la misma fuente antigua que Diógenes Laercio.20 Luego viene el catálogo redactado por Andrónico de Rodas, del cual consideramos sólo al grupo de títulos identificados bajo el rótulo de corpus aristotelicum. La paginación canónica del corpus se remonta, como se sabe, a la edición de I. Bekker (1831).21 El ordenamiento de Bekker no reflejaría, empero, el catálogo original de Andrónico, que parece dejar recortarse sólo si tenemos a la vista un quinto catálogo antiguo debido a Ptolomeo el Garib (siglo II o IV d.C.).22

Ahora bien, además de estas evidencias aportadas por cinco listados (cuatro antiguos y uno del siglo XIX), tomamos en cuenta documentos provenientes de otras dos líneas de comentaristas de los escritos del Organon que hablan, sin duda, de nuestra cuestión. Una primera línea deriva de autores pertenecientes a la escuela alejandrina fundada por Amonio (siglo VI d.C.). En ella se cultivó un género estilizado de escritura dedicado a estudiar un texto preparatorio de Porfirio llamado que comentaba las Categorías de Aristóteles. El género de los Prolegómena estuvo orientado a enseñar filosofía, y especialmente, la de Aristóteles, a los visitantes de esa escuela (neoplatónica) en la agitada Alejandría de entonces. El maestro solía apoyarse en un resumen de alguna biografía aristotélica, que además contenía un catálogo de sus escritos.23 Otra línea distinta de comentaristas comprometidos con la transmisión de los textos aristotélicos deriva de quienes se abocaron a la tarea de traducir al siriaco y al árabe escritos de conocimiento secular griego. Maestros cristianos oriundos de Siria y de la Mesopotamia difundieron desde el siglo VI en adelante ese legado en la órbita del Islam. Además de la traducción al siriaco de la Poética, que conocieron los árabes en España, se conjetura sobre la existencia de otra traducción, también al siriaco, de la Retórica, cuya fecha despierta hoy polémica entre los orientalistas. Documentos del siglo VIII permiten presumir la existencia de comentarios siriacos, hoy perdidos, a los Tópicos, a las Refutaciones sofísticas, a la Retórica y a la Poética, tal como acostumbraban los maestros alejandrinos (Watt 1994, p. 247). Se cuenta, además, con el hecho de que el Parisinus 1741 haya tenido circulación durante el siglo IX en Bizancio.24 Tres siglos más tarde, se habrían gestado allí los dos comentarios en griego a la Retórica que conservamos. Se sabe, además, que durante el siglo IX floreció en Bagdad el estudio árabe del legado griego secular, lo cual impuso la autoridad de las propias versiones árabes y dejó en el olvido las traducciones siriacas.25 Ahora bien, las coincidencias identificables entre los documentos de los alejandrinos (Amonio, Olimpiodoro y Elías), por un lado, y aquellos de los autores árabes, incluido Alfarabi (870–950) como figura principal, por el otro, descansan en el simple hecho de haber compartido alguna biografía y un resumen del catálogo aristotélico, al parecer vinculable con el listado de Ptolomeo mencionado antes.26 Omitimos puntos de contacto circunstanciales;27 preferimos ocuparnos con algún detalle de las dos posiciones sistemáticas (A y B) que hasta aquí adelantamos como conclusión general.

1.3. Las dos ubicaciones asignadas

Pareciera que desde el helenismo se acuñó la idea de que los tratados y demás materiales relativos a la Retórica y a la Poética respondían al carácter de las disciplinas productivas según la traducción habitual. Se trata de la posición que antes llamamos A. El catálogo de Diógenes Laercio (en adelante, DL) parece reflejar, al criterio de algunos, la orientación del Perípatos ateniense a fines del siglo III a.C. bajo la conducción de Aristón de Kéos en Atenas. Por entonces proliferaron el estudio y los ejercicios sobre materias dialécticas, que la lista de DL atestigua profusamente al comienzo con otros tantos títulos retórico–literarios.28 Tal como muestra el segundo catálogo, de Hesiquio de Mileto,29 la lista de DL transmite títulos de escritos retóricos que incluyen posteriores versiones parciales de la Retórica: una versión en dos libros (DL 78) y otra en uno (DL 79), además del título del actual libro III (DL 87). En este mismo grupo aparece la Poética en dos libros (DL 83). Más adelante la lista menciona títulos de cuestiones poético–retóricas (DL 16–119), otros sobre historia de la literatura (DL 136–138), después de los referidos a vencedores de juegos (DL 130–135), y al final aparecerían constituciones (DL 143). Ahora bien, este grupo de títulos (DL 71–87) viene a continuación de otros conocidos escritos "políticos" (DL 74–75). De acuerdo con esta sucesión, parece poder plantearse la idea de que Diógenes Laercio pudo haber registrado el legado aristotélico atendiendo a la secuencia lógico–dialéctico, práctico y productivo. Cabe hacer notar, además, que estas secciones así identificables figuran antes del escaso registro que la lista ofrece de otros escritos teóricos que vienen después y que sólo consignan materiales naturales. Quienes desalientan esta lectura dicen, en cambio, que se trataría de un inventario viejo e incompleto disponible en la Biblioteca de Alejandría.30

Sobre el catálogo de Andrónico de Rodas se formularon viejas conjeturas, según las cuales en la antigüedad Andrónico habría dado a conocer la obra esotérica de Aristóteles. Más recientes y menos son quienes presumen su disponibilidad en Rodas, Atenas y Alejandría. No obstante, no habría juicio taxativo sobre la cuestión por el hecho de que las evidencias textuales del estoicismo antiguo son incompletas.31 Como sea, hasta la propia lista de DL podría hablar en favor de un incipiente trabajo de edición, previo al de Andrónico, sobre los dos escritos. Pero, como nos interesa identificar el catálogo original de Andrónico, viene al caso considerar, pues, la evidencia disponible sobre Ptolomeo–el Garib, cuya actividad se presume o bien en Alejandría a fines del siglo II d.C., o bien entre los neoplatónicos del siglo IV.32 Con esa figura están relacionados una biografía (perdida) de Aristóteles33 y otro catálogo, cuya versión siriaca deja reconocer, por fin, que tanto Andrónico como Ptolomeo asociaron la Retórica y la Poética con habilidades productivas.34

Ahora bien, la línea de transmisión aportada por los listados de Andrónico, de Ptolomeo y de Bekker nos sugiere dos observaciones que permiten precisar lo dicho antes como primera conclusión general.

(i) El catálogo original de Andrónico debió de presentar una notoria diferencia con la secuencia que luego dejó sentada Bekker a partir del siglo XIX. Para Andrónico venían primero los escritos lógicos, un segundo grupo ético–político y un tercero de escritos naturales, tras los cuales estaban aquellos de "metafísica". En esa secuencia, la Retórica y la Poética aparecían recién después de los escritos ético–políticos, tal como presentaría la lista de Ptolomeo (Düring 1957, pp. 225–226 y 243). Los catálogos de los biógrafos del helenismo (Diógenes Laercio y Hesiquio) ya les asignaban esta ubicación. Conocidos escolásticos y profesores del Renacimiento italiano mantuvieron esta tendencia, cuando reconocieron en la Retórica un texto relativo o asociado a la filosofía práctica. A fines del siglo XX surge la misma idea en los autores de escritos e interpretaciones que propician su rehabilitación.35 En pos de marcar diferencias con el canon de Bekker, resalta además que Andrónico debió dar a conocer la versión de la Retórica en tres libros que conocemos, así como la versión completa de la Poética, que Bekker no registra. Ambas versiones completas ya estaban en el catálogo de Ptolomeo (Düring 1957, p. 225).

(ii) Concentrándonos en el ordenamiento de los escritos lógicos, saltan a la vista nuevas diferencias entre el catálogo original de Andrónico y el de Ptolomeo, por una parte, y lo editado en el siglo XIX, por la otra. Salvando los detalles, resulta que el "Organon de Bekker", por así decir, responde a aquel que habían pensado tanto Amonio de Alejandría como Boecio, quien sistematizó la enseñanza de la lógica.36 Bekker puso casi al final del corpus, después de la Política, la Retórica y la Poética, entre las cuales intercaló la Rhetorica ad Alexandrum que no pertenece a Aristóteles, seguidas todas por la Constitución de Atenas al final de la lista. La secuencia del canon de Bekker es, entonces, escritos lógicos, físicos y luego, como se sabe, la Metafísica, entre las clases o géneros de filosofía teórica. A continuación venían los títulos de los escritos prácticos y por fin aquellos productivos con los dos textos que nos interesan. Pero, ajuicio de los más escépticos, esta lectura sería producto de haber sobreinterpretado lo que habría sido un lugar de apuro en el catálogo de Andrónico o en el de Bekker. Tampoco tendría sentido identificar el estatus de la Poética en alguno de los dos hemisferios (práctico o teórico) que terminó reconociendo la filosofía después de Aristóteles (Wieland 1996, pp. 484–485). Según este parecer, el ordenamiento antiguo no compromete filosofía alguna, porque se trataría antes bien de una de las tantas ubicaciones bibliotecológicas, ordenadas por materias y primariamente por formas literarias.37

En adelante veremos, por fin, qué resulta de comparar las dos últimas listas (de Andrónico y la de Ptolomeo) con las líneas de comentaristas representantes de la segunda posición que antes llamamos B, según la cual la Retórica y la Poética aparecen como integrantes de una serie de escritos lógicos. La comparación viene al caso porque los maestros alejandrinos debieron disponer de resúmenes que remontan a la biografía y al catálogo de Ptolomeo sobre Aristóteles (Düring 1957, p. 469). A continuación destacaremos nuevas observaciones y conclusiones que numeramos correlativamente a las que venimos presentando.

(iii) Desde Andrónico a Amonio de Alejandría se vino discutiendo por dónde comenzar y seguir con el estudio, no sólo en cuestiones de método y de lógica en general, hoy diríamos, sino además por dónde comenzar a estudiar filosofía y a Aristóteles en particular. Algunos propusieron empezar por la lógica, y en ella ir de lo más simple a lo más complejo, tal como propuso Boecio, cuya autoridad didáctica impuso Pedro Hispano en las universidades europeas. Otros propusieron comenzar por la lógica, pero recomendaron seguir o bien con la ética y la retórica, como el catálogo original de Andrónico y Ptolomeo (anticipado en la conclusión particular (i)), o bien seguir con la física, como muestra la versión que Bekker tuvo del listado de Andrónico. Como quiera que fuese, los alejandrinos terminaron reflejando las propias polémicas que mantuvieron con las escuelas de la época (Düring 1957, pp. 447 y 242).

(iv) De acuerdo con esto, los autores alejandrinos son los primeros exponentes de la posición B, quienes ofrecieron una nueva comprensión de nuestros dos escritos incorporados en determinada enseñanza de la lógica. Ellos muestran la particularidad de haber interpretado en clave bivalente, esto es, como verdadero y como falso, nociones metodológicas relevantes tanto de la Retórica como aquellas de la Poética. Por eso llegaron a identificar en esa clave el valor epistémico de la persuasión y de lo creíble, incluyendo lo  central en materia de ficción, y lo  que caracteriza lo propio de la discusión y de la dialéctica aristotélica. Justamente, en virtud de esta reducción, que otra lectura ubicaría en una zona intermedia y/o materialmente comprometida, tanto la escuela de Amonio como la mayoría de los árabes llegaron a identificar y a ponderar en clave bivalente el aporte lógico de nuestros cuatro escritos "post–metódica" (a saber, los Tópicos, las Refutaciones sofísticas, la Retórica y la Poética). Según los alejandrinos, por ejemplo, el estudio de los dos últimos tratados sirve para describir situaciones de error y resultados no conclusivos. El argumento retórico hace valer tanto lo falso como lo verdadero; mientras que el poético, directamente lo falso.38

(v) La tradición sirio–árabe dio muestras de un progresivo desplazamiento de la atención sobre los vapuleados escritos que son el remate del Organon. Los sirios tomaron la retórica aristotélica como parte de un curso superior de la disciplina que servía para dirimir cuestiones de autoridad, también en materia religiosa. La enseñanza de los primeros elementos de la retórica seguía, en cambio, a Hermógenes. Los catálogos árabes atestiguan la conocida ubicación de la Retórica y de la Poética como cierre del grupo lógico que figura al comienzo de la lista.39 En Alfarabi ganó espacio la autoridad y jerarquía de la Poética por encima de la Retórica, en la medida en que para él primaban fines tales como educar a jóvenes o gente poco instruida en materias morales. Por ello le interesaba recurrir a los medios sencillos de la Poética, superiores en eficacia a los retóricos, en virtud de la fácil comprensión que requieren las imágenes y las analogías (en el sentido pleno de su respectiva expresión literaria). Estos recursos despiertan en los oyentes placer o rechazo por una vía directa y no tan razonada como la que demandan los recursos retóricos. Los árabes españoles sostuvieron que el discurso imaginativo (de ficción, para nosotros) es más eficaz a la hora de inculcar o despertar la sensibilidad por los valores.40

(vi) En resumen, la línea alejandrino–sirio–árabe reconoce aportes de nuestros dos escritos más allá de sus campos específicos de estudio al sacar provecho del valor didáctico del error (entendido en términos de falsedad). Entre los alejandrinos, Olimpiodoro dice, por ejemplo, que así como Aristóteles encontró un método acerca de la poesía que había representado Homero, en materia retórica Hermógenes hizo lo propio partiendo de los discursos de Demóstenes.41 Los sirios y los árabes llegaron a justipreciar las lecciones aristotélicas. Los primeros identificaron usos deliberativos de la retórica; los segundos estimaron el valor didáctico de las falsedades literarias, aunque nunca dejaron de ocultarse preocupaciones e intereses propios (Watt 1994, pp. 257–258 y 259–260).

Las opiniones, más o menos cautas, vertidas sobre los distintos catálogos y presentaciones antiguas de los escritos aristotélicos que revisamos hasta aquí enseñan que asignar un significado a nuestros tratados conforme a como se los ordene, presupone poder distinguir cuándo poner enjuego uno de ambos criterios: el filosófico, que resalta su carácter productivo o lógico, o bien el criterio bibliotecológico. No obstante, el modo de registrarlos facilitó la comprensión que se tuvo de ellos en determinada época y orientó su estudio en una dirección más que en otra. Los árabes no lograron desprenderse de la tradicional presentación y atadura lógica, de raigambre alejandrina, cuando bucearon en el contenido de nuestros tratados y privilegiaron los recursos de la Poética sobre los de la Retórica. Durante el medioevo se entendió que los elementos de la Retórica estaban al servicio de la reflexión ética. La rehabilitación de la filosofía práctica durante el último cuarto del siglo XX propició una lectura similar. Pero dejando de lado los intereses que en cada época llevaron a ubicar y a valorar ambos tratados, es indiscutible que la transmisión textual de la Retórica y de la Poética atestigua bien su mutua vinculación. Teniendo en cuenta la proximidad que acabamos de documentar y el hecho de que es ampliamente reconocido que hay una afinidad entre ambas obras, intentaremos a continuación precisar cuáles son los eventuales espacios sistemáticos de contacto.

 

2. La confluencia conceptual de la Poética y de la Retórica

2.1. Los usos de y en la Poética

En esta sección determinaremos el espacio conceptual en el que, según el propio Aristóteles, convergen la retórica y la poética. A nuestro entender, y delimitan ese terreno común. En la Poética ambos términos aparecen por primera vez en el capítulo 6, en el contexto de la definición de la tragedia y de sus partes constitutivas. En primer lugar, Aristóteles se ocupa de la elocución "puesto que los actuantes realizan la  será parte de ella de manera necesaria primero el adorno del espectáculo y después la música y la , que son los medios a través de los cuales aquélla se realiza".42 Según esta formulación inicial, la es la combinación o reunión de los versos. Se trata de un elemento análogo a la trama así como ésta es la estructuración de las acciones, la es la organización de las palabras.43 Independientemente de si refiere o no al verso lírico,44 la parece en principio excluir a la prosa, en la medida en que ésta no formaba parte de la tragedia.45 A continuación, el filósofo introduce los componentes prácticos de la tragedia: el pensamiento y el carácter son las causas naturales de la acción (trágica).46 El pensamiento es definido como aquella parte de la tragedia en la que los hablantes dan a conocer algo, o bien declaran su opinión.47 A través de este componente trágico, Aristóteles refiere a las afirmaciones y a las máximas prácticas que expresan los personajes en sus intervenciones.48 En la triple clasificación de las seis partes que necesariamente componen toda tragedia, esto es, según con cuáles medios, cómo y qué objetos se imita (1450a9–10), el pensamiento —junto con la trama y el carácter— corresponde a uno de los tres objetos de la imitación trágica, mientras que la elocución corresponde a uno de los dos medios intervinientes (el otro es la música). Hasta terminar el capítulo 6, Aristóteles analiza cada una de estas partes desde una perspectiva jerárquica. Luego de considerar la preeminencia de la trama (1449b15), subraya el carácter secundario de las restantes partes y ofrece como prueba de este carácter subsidiario el hecho de que los principiantes son capaces de elaborar elocuciones y caracteres exactos antes que la organización de las acciones, tal como hacen todos los primeros poetas (1450a35–38).49 En esta clasificación, el pensamiento ocupa el tercer lugar luego de la trama y del carácter, y es definido como la capacidad de decir las cosas que conciernen (al asunto) y las que se ajustan (1450b5).50 Según Aristóteles, se trata de una tarea que en los discursos es propia de la política y de la retórica. Cuando afirma que los antiguos poetas hacían que los personajes discurrieran de manera política mientras que los contemporáneos lo hacen de manera retórica (b6–7), Aristóteles da cuenta del cambio de dirección que se estaba operando en la producción trágica de su época. El pensamiento como elemento trágico no pertenece al ámbito propio de la poética, sino al de la retórica, y como tal, está presente en aquellos discursos que involucran juicios de existencia o que de manera general dan a conocer algo (1450b11–12).51 Al respecto cabe recordar que Aristóteles prescribe al orador actuante en los pleitos ocuparse únicamente de los juicios de existencia (Ret. 1354a26–28 y b13–15). La elocución ocupa el cuarto lugar de la jerarquía trágica y es la expresión por medio del lenguaje (Poet. 1450b14) que tiene la misma potencia en verso que en prosa.52 Esto último revela que la elocución se aplica también a otros géneros literarios.

Luego de haberse ocupado de las dos partes principales de la tragedia; i.e., la trama y el carácter, Aristóteles se dedica en el capítulo 19 al estudio de la y la . A pesar de que ordene así los términossólo dedica al pensamiento una consideración inicial, mientras que consagra a la elocución la segunda parte de ese capítulo (1456 b8–19) y los tres siguientes. En cuanto al pensamiento, Aristóteles remite para su estudio a sus escritos sobre retórica, ya que se trata de un asunto "más propio de aquel método" (1456 a35).53 Independientemente de la cuestionabilidad de las referencias cruzadas como evidencia concluyente,54 y de que no es posible establecer si ese texto alude a la versión definitiva de la Retórica o sólo a sus dos primeros libros, lo cierto es que el pensamiento es un elemento retórico que interviene en la composición trágica. A continuación presentamos el pasaje:

Existen conforme al pensamiento cuantas cosas —efectos—55 es necesario que sean dispuestas por el discurso cuyas partes son el demostrar, el refutar y el disponer a la emoción (tal como a la compasión, al temor o a la ira y a cuantas son semejantes a éstas), y seguidamente el amplificar y el disminuir.56 Es evidente que también en los hechos es preciso hacer uso de las mismas formas, cuando sea preciso disponer a lo piadoso, a lo temible, a lo grande o a lo verosímil. Y en verdad difieren en esto, en el hecho de que es preciso que unas/éstas aparezcan sin enseñanza, mientras que otras/aquéllas son dispuestas en el discurso por el orador y devienen a lo largo del mismo. ¿Cuál sería pues la tarea del orador si (los efectos) requeridos aparecieran pero no por el discurso? (1456a35–b8).57

La interpretación de este pasaje plantea varias dificultades; a saber, cuáles son los dos planos que aquí se diferencian, si al comienzo Aristóteles define al pensamiento mediante algunos o todos los recursos de la retórica, y por último a qué enseñanza se refiere. La interpretación más aceptada sobre el alcance referencial del (1456a5) y que nosotros seguimos, admite que Aristóteles opone la retórica al drama. Las cosas relativas al pensamiento aparecen actuadas en la tragedia, mientras que en la oratoria son explicadas por el discurso. Else sostiene que el (b5) refieren a (b2) y a (b3) respectivamente, y que Aristóteles estaría diferenciando cómo se provocan esas emociones (efectos) en la oratoria y en la tragedia. Lo patético y lo temible son provocados en el espectador no por el discurso, sino por la actuación trágica. Sin embargo, Else admite situaciones dramáticas en las que el personaje, al defender su caso, como Medea ante Jasón, se encuentra en las mismas condiciones que el orador ante la asamblea pública debiendo reunir, probar, refutar, aumentar o disminuir con arte sus argumentos. La espontaneidad de las primeras emociones se opone al carácter deliberado de las situaciones argumentativas (i.e. oratorias).58 Según esta interpretación, Aristóteles estaría discutiendo la tendencia general de los escritores de drama retórico (Alcidamas y Teodoctetes), quienes pretendían que comunicar emociones fuera el fin de la tragedia como lo era para la retórica.59 A nuestro juicio, Aristóteles entiende por "pensamiento" el modo en que en la tragedia se comunican las emociones y los argumentos retóricos que intervienen en las distintas situaciones dramáticas. Esta oposición entre retórica y drama, generalmente admitida en este pasaje de la Poética, abona la idea de que para provocar emociones no se necesita argumentar.

Respecto de la el capítulo 19 presenta un estudio de sus figuras cuyo conocimiento es propio del actor y del que las domina: "p.ej. saber qué es una orden, qué una súplica y una explicación, una amenaza, una pregunta y una respuesta, etc." (1456b10–12).60 El conocimiento o ignorancia de estas cosas no es competencia de la poética, sino de otra disciplina; por ejemplo, la censura que Protágoras le hace a Homero, quien cree estar expresando una súplica cuando en realidad ordena (1456 b15). Las figuras de la elocución involucran, como vemos, los aspectos performativos de la representación; esto es, la manera en que el actor (o el orador) expresa esa orden, esa súplica, etc.61 Empero, resulta difícil establecer si el conocimiento de dichas formas corresponde al poeta, al rapsoda o incluso al gramático.62 En el De Interpretatione (4, 17a3–6) Aristóteles establece que la súplica y "otras partes del discurso" son competencia de la retórica y de la poética.

Resulta complejo determinar la relación que guardan la y la como partes de la tragedia. Según Else, el ordenamiento de los términos (1456a34) es un indicio sutil pero significativo de su relación, en la medida en que ambos tienen que ver con el discurso. Como vimos a propósito del pasaje del capítulo 19, la más comprensiva y abarcadora, es la composición lingüística del diálogo, mientras que la , más limitada y menos específicamente poética, es el manejo de, cualquiera que sea la argumentación, puntos de vista generales involucrados en el diálogo o la expresión de emociones. Por su parte, Lucas señala que éste es el ordenamiento usual de los términos porque la es inseparable de la esto es, del en que se expresa.63 Halliwell asegura que el pensamiento como categoría codifica la potente influencia que ejercieron en la tragedia desde un período temprano las formas discursivas públicas y formales.64 El carácter secundario del pensamiento es, para Halliwell, corolario del interés dominante en la acción. El pensamiento se hace presente sólo en ciertos pasajes; por ejemplo, el discurso de Creón en el Edipo Rey, lo cual revela también el alto grado de independencia poética de cada uno de los elementos trágicos y que se hace particularmente evidente en el tratamiento sobre la Dicha independencia permite que cualquiera de los elementos se torne prominente en un momento de la obra, pero que esté ausente en otros (Halliwell 1987, p. 157). Ahora bien, si el orden usual de los términos, esto es, denota la dependencia del pensamiento respecto de la elocución, a nuestro entender no queda claro entonces por qué Aristóteles le confiere al pensamiento el tercer lugar de su jerarquía, mientras que a la elocución sólo el cuarto. Entendemos que la preeminencia jerárquica del pensamiento respecto de la elocución responde, por un lado, al hecho de que el primero está más vinculado a la acción como uno de sus determinantes causales, mientras que la elocución está más ligada al espectáculo y, por otro, al hecho de que Aristóteles prioriza en la Poética los objetos de la imitación trágica sobre los medios y el modo de llevarlos a escena.

2.2. Los usos de en la Retórica

El libro III de la Retórica65 —usualmente identificado con el (DL 87)— se organiza en dos grandes secciones; como se sabe, la primera (caps. 1–12) dedicada al estudio de la y de sus virtudes, y la segunda (caps. 13–18) consagrada a las partes del discurso.66 Aristóteles asegura que no basta con saber lo que hay que decir, sino que también es necesario decirlo como se debe (1403b15–17).67 La permite disponer los asuntos en el discurso. Dado que la manera de decir no es accesoria,68 Aristóteles se ocupa también de los aspectos performativos de la oratoria; esto es, tono, armonía y ritmo, los cuales —a diferencia de la espontaneidad de la representación teatral— son susceptibles de arte (1404a15–16). Las maneras de pronunciación del discurso, ya sea épico, teatral o retórico, forman parte del estudio de la A pesar del énfasis inicial, Aristóteles muestra prudencia sobre este asunto al afirmar que todo aquello que queda fuera de la demostración es superfluo y que los recursos lexicales son necesarios a causa de la corrupción del auditorio, ya que dichos recursos son mera apariencia y se dirigen al oyente (a11). En una probable alusión a Isócrates, afirma que hay discursos escritos más potentes por la elocución que por el pensamiento (1404a18–19).69 De este modo, Aristóteles hace explícita su visión despectiva de la y en especial de la poética, que es la forma primigenia de la elocución (1404a20–28). Si bien el interés del libro III se centra en la elocución y en la representación oratoria, Aristóteles emplea un marco más amplio de referencia, ya que frecuentemente apela a ejemplos pertenecientes a la poesía, a la épica y a la filosofía.

Identificamos tres momentos, a nuestro juicio, relevantes para entender el significado de en el libro III (1–12):70

a) En los capítulos que van del 2 al 6 se describen las virtudes de la retórica; a saber, la claridad el evitar la esterilidad la corrección idiomática y la solemnidad Estamos de acuerdo con Halliwell en cuanto a la inextricabilidad del efecto lingüístico respecto de la significación semántica o expresiva de la elección lingüística en estos capítulos (Halliwell 1993, p. 63). Pero cabe señalar también que las estrategias generales propuestas para el logro de estas virtudes tienen un carácter eminentemente lingüístico, porque conciernen al empleo de un vocabulario sencillo, usual, claro y gramaticalmente correcto, que se ajusta a los recursos limitados de la prosa del orador. Como en la Poética, es la disposición de las mejores palabras en el mejor lugar.71 Por esta razón, incluimos aquí los capítulos 8 y 9 dedicados al estudio del ritmo y a la construcción de frases.

b) En el capítulo 7 del libro III, Aristóteles afirma que la será adecuada en el caso de que sea expresiva de las emociones y del carácter y se corresponda con los asuntos subyacentes (1408a10–11).72 La adecuación de la requiere observar tres planos de correspondencia; a saber, el emocional, el relativo al carácter (del orador) y el enunciativo referido a los hechos (Racionero 1990, p. 513, n. 112). Esta última forma de adecuación se logra cuando la manera de decir atiende al asunto del que se habla, de modo tal que la elección del vocabulario se corresponde con ello, ya que "hay analogía siempre que no se hable de manera grosera acerca de cosas importantes, ni de manera venerable sobre cosas sin valor, ni se agregue adorno a una palabra simple" (1408a11–14).73 La inadecuación discursiva de la es propia de la comedia, donde es posible hablar de una "higuera sagrada". Por otra parte, se ejemplifica la correspondencia que debe guardar la respecto de las emociones que se quieren comunicar: la es expresiva, si el orador se irrita cuando se siente ultrajado, o si se enoja y teme incluso hablar ante cuestiones impías y vergonzosas, o bien si habla de manera agradable cuando se trata de un elogio, humildemente ante un asunto relativo a la compasión, y de igual manera, para las demás emociones (1408a16–19).74 Esta correspondencia de las emociones con la torna persuasiva a ésta,75 aun cuando involucre un razonamiento erróneo por parte del oyente, quien acepta falsamente la recíproca convertibilidad entre el antecedente y el consecuente (Refutaciones sofísticas 167b1–20). Para el auditorio, el orador habla de manera verdadera, porque ante tales circunstancias las emociones de los oyentes son las mismas y, por esta razón, cree que el asunto en cuestión es como el orador lo describe. Esta analogía parece ser de carácter meramente lingüístico en la medida en que "el lenguaje empleado es de manera usual el signo de la emoción representada" (Cope 1877, ad Ret. III, 7, 4.). No obstante, se trata también de una correspondencia performativa, ya que el tono y los gestos del orador posibilitan esta suerte de empatía emocional entre éste y el auditorio.76 Aristóteles se refiere a la correspondencia que debe guardar la oratoria con el carácter del hablante. La misma exposición a través de signos que se exhiben en el lenguaje, en el tono y en los gestos expresan el carácter del que habla, cuando la apropiada acompaña a cada género y manera de ser 77 Por "género" el filósofo entiende la adecuación a la edad y al sexo y a la procedencia o nacionalidad; por "modo de ser", aquello por lo cual uno es de cierta clase en su vida: "siempre que el orador diga las palabras apropiadas al modo de ser, producirá el carácter, pues el rústico y el instruido no dirían las mismas cosas ni en la misma forma" (1408a30–32).78 Observamos, entonces, que las tres formas de adecuación que demanda la oratoria refieren a la dimensión significativa y apelativa del discurso. Se pone de manifiesto que estas reglas de adecuación son prescripciones para engañar y capturar al auditorio 79 cuando Aristóteles recomienda ocultar el arte de su empleo y también evitar usarlas de manera simultánea.80

c) En los capítulos 10 y 11 del libro III, Aristóteles se ocupa de las expresiones elegantes y de las que tienen buena reputación y señala que además de la disposición natural y del ejercicio, las mismas también pueden ser objeto del estudio de la retórica. El principio del que parte es el impulso humano de aprender y el placer concomitante a él: "El aprender fácilmente es por naturaleza placentero para todos" (1410b10).81 Aristóteles vincula este impulso ingénito a la cualidad cognitiva del lenguaje al asegurar que los nombres significan algo, de modo que aquellos que para nosotros producen aprendizaje resultan placenteros. En tal sentido, subraya el alcance didáctico de la metáfora y derivadamente de los símiles entre los recursos lexicales: cuando el poeta llama "paja" a la vejez produce aprendizaje y conocimiento a través del género, pues ambas han perdido la flor. Desde un punto de vista formal, la estructura de las metáforas produce mayor placer cognitivo que las imágenes o símiles poéticos, puesto que aquéllas son más breves que éstos y además dicen que una cosa es otra El espíritu busca la clase de aprendizaje y conocimiento que la metáfora provee, ya que comporta un acto de reconocimiento de semejanzas entre cosas disímiles, el cual permite aprehender rápidamente sus aspectos comunes.82 En definitiva, la elegancia lexical está dada por la sencillez del aprendizaje.

Con respecto a las escasas apariciones de en la Retórica, cabe señalar que este término suele ser empleado en el sentido de pensamiento o propósito, (p.ej., Ret. I 1374b13, 1377b6). No obstante, hay pasajes en los que es contrapuesta a como contenido y forma del discurso, en cuanto materias diferenciadas del estudio retórico. En el pasaje final del libro II que sirve de enlace con el III, Aristóteles señala que los ejemplos, entimemas y máximas conciernen al estudio de la  mientras que la y la composición serán objeto del siguiente libro. Según Racionero, la distinción sirve aquí para discriminar el objeto de los libros I y II respecto del III, puesto que compromete la unidad de su proyecto retórico (Racionero 1990, p. 469, n. 463). En este sentido, la correspondería al estudio de los argumentos, esto es, de sus fuentes y sus modos de refutación, mientras que la se ocuparía de los modos de enunciación y de organización del discurso.83 Aristóteles apela al binomio en otras dos ocasiones: en primer lugar, cuando sostiene que algunos discursos escritos son más persuasivos (potentes) por causa de la elocución que por aquello que quieren expresar y en segundo lugar, al discurrir sobre la elegancia retórica (Ret. III 10) (Racionero 1990, p. 533, n. 184). En relación con esta última cuestión, asegura que los entimemas que son estimados conforme al contenido de lo dicho (1410b27) son aquellos en los que el oyente comprende simultáneamente el argumento del orador.84 Además, agrega que desde el punto de vista de la elocución, las expresiones son elegantes por el uso de antítesis y de metáforas, especialmente de aquellas que ponen a la vista su contenido 85 Si bien es cierto que tras esta perspectiva dual subyace la distinción entre forma y contenido del discurso, creemos que ésta no debe entenderse como una oposición entre un contenido significativo y una forma accesoria, en la medida en que Aristóteles propone un tratamiento análogo del razonamiento retórico y de la elocución, y fundamentalmente en virtud de que tanto el pensamiento como la elocución comportan aprendizaje y (re) conocimiento (de semejanzas).86 Por lo general, los intérpretes sostienen que Aristóteles hace una separación virtualmente completa entre lo que se dice y cómo se lo dice; esto es, entre el pensamiento y el estilo. Por su parte, Halliwell señala que existe una simbiosis funcional y, por ende, sólo puede haber una distinción analítica entre el asunto y el entramado lingüístico del discurso.87 A nuestro juicio, el contenido de lo que se afirma y la manera en que se lo afirma están mutuamente determinados.

En apoyo de lo dicho destacamos que, en las últimas décadas del siglo V a.C., la tragedia comenzó a tomar un rumbo "antitrágico" a través del cual se rechazaba la seriedad del drama clásico y se prestaba atención a la técnica dramática, a la elegancia y al refinamiento de estilo. Las tragedias clásicas fueron reemplazadas por las tragedias retóricas. La elaboración verbal y la elegancia estilística fueron favorecidas en detrimento de la severidad y la pureza del estilo clásico, puesto que la finalidad de esta nueva forma trágica era excitar y deleitar a la audiencia. Este cambio de dirección en la producción trágica posclásica parece estar determinado por cierto desarrollo del arte retórico y por el movimiento sofístico (Xanthakis–Karamanos 1980, p. 60). Tanto la Retórica como la Poética (en particular, Ret. 1404a29–35 y Poet. 1450b7–8) atestiguan que Aristóteles no permaneció ajeno al giro retórico de la producción trágica de su tiempo y probablemente estos cambios determinaron, en alguna medida, la confluencia de ambas disciplinas en su reflexión.

Retomando lo dicho sobre el uso de ambos términos en la Poética, destacamos que mediante el pensamiento Aristóteles refiere a situaciones dramáticas en que los personajes emplean recursos argumentativos propios de la retórica, a través de cuyos efectos pretenden influir en el auditorio. Mediante la elocución alude a la organización lingüística del discurso, sea en verso sea en prosa, y a las figuras elocucionales que intervienen en la representación trágica y que incumben al actor. La Poética define el pensamiento y la elocución como partes independientes y mutuamente distinguibles de la tragedia, aun cuando considera al primero como un elemento propiamente retórico que interviene en la composición trágica. En la Retórica hemos identificado diversos sentidos de que reflejan una progresiva ampliación de su significado. Cuando Aristóteles describe las virtudes de la elocución oratoria, reaparece el sentido lingüístico constatado en la Poética. Por su parte, el estudio de la retórica debe ajustarse a un registro usual de habla.88 Este estudio incluye la manera de hablar o pronunciar el discurso, lo que obliga a considerar los gestos del orador además de su lenguaje. Asimismo, la retórica debe observar tres planos de correspondencia para producir una elocución adecuada a las emociones que se quieren comunicar, al carácter del orador y al asunto en cuestión. El valor didáctico de la metáfora —en cuanto que es el recurso elocucional más estimado por Aristóteles en ambos tratados— revela la cualidad cognoscitiva de la .89 En la Retórica, la aparece por lo general ligada con y a propósito de la , y particularmente nombra aquello que cae bajo la competencia de la técnica retórica: ejemplos, máximas, entimemas, en una palabra, los recursos argumentativos que ella estudia y compone mediante el discurso. La virtud de la elegancia, que se aplica tanto a l a como a la , consiste en la elección de aquellos argumentos retóricos y recursos estilísticos que incitan rápido entendimiento y aprendizaje en el auditorio. Algunos pasajes de la Retórica (II 26; III 1 y 10) sugieren que ambas capacidades reflejan la estructura de la obra en tres libros, conforme a lo cual la sería el fondo y la la forma de la persuasión. Aunque en esta distinción aristotélica subyace una visión despectiva y formalista de la , no nos parece plausible desvincular la manera de expresar un pensamiento de su posibilidad de ser aprendido. Por razón de este carácter intrínsecamente cognoscitivo —que se manifiesta de manera eminente en el (fácil) aprendizaje que provee la metáfora—90 la elocución retórica no tiene un valor meramente ornamental. Ahora bien, si la se identifica con las estrategias mismas de persuasión (Ret. I y II) y la reconoce a la poética como su forma originaria (1404a25–6), aun cuando pueda ser objeto del estudio retórico (Ret. III), quizá no sea aventurado afirmar que la dupla representa la confluencia misma de la retórica y la poética.

Frente a quienes podrían argüir que poco tienen que ver el pensamiento y la elocución como partes de la tragedia con el pensamiento y la elocución retóricas, señalamos que en ambos tratados Aristóteles atribuye el pensamiento al ámbito de la argumentación retórica, que más allá de las diferencias que existen entre la elocución retórica y las distintas variedades genéricas de la elocución poética, la es en general la disposición lingüística de las palabras, lo cual demanda diversas formas de adecuación: ética, emocional, enunciativa y performativa. En la medida en que el orador/actor logra expresarse adecuadamente, el auditorio capta el sentido.91 En conclusión, sostenemos que en el pensamiento y en la elocución confluyen la Retórica y la Poética y sus disciplinas respectivas, y que en ese ámbito común es precisamente donde ambas delimitan su mutua independencia. Por otra parte, nos parece elocuente que esta confluencia conceptual haya tenido como correlato externo la proximidad disciplinaria y textual constatada a lo largo de su historia, tal como muestra la primera parte del presente trabajo. Como es bien sabido, desde la antigüedad latina la poética perdió su campo específico de estudio debido a que primó el interés de persuadir al auditorio, propio de la retórica.92 Desde entonces, ésta se redujo al estudio de las figuras estilísticas.93

 

AGRADECIMIENTOS

El presente trabajo muestra algunos resultados obtenidos en el marco del proyecto trianual de investigación: "La Poética y la Retórica de Aristóteles. Entre la filosofía y la literatura", dirigido por G.M. Chichi, acreditado y financiado hasta el año 2006 en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata bajo el código 11H 376, acreditado en el Programa de Incentivos del PEN, Argentina. Si bien las investigaciones de la primera parte fueron realizadas por G.M. Chichi (CONICET, UNLP) y las correspondientes a la segunda parte por V. Suñol (CONICET, UNLP), la redacción y la discusión de los temas y lecturas expuestos fueron hechas en colaboración. Las autoras agradecen las observaciones y sugerencias recibidas de los árbitros anónimos de Diánoia.

 

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NOTAS

1 "Die Geschichte der aristotelischen Philosophie in der Antike ist zunächst und zu einem nicht geringen Teil die Geschichte des Aristotelestextes", Gigon 1968, p. 143.

2 Recientemente, Conley (1994, p. 217) y Watt (1994, p. 260) con sus referencias. Mientras que otros trabajos modernos de edición de la Retórica relativizan el valor de este códice como criterio dominante de lectura (Racionero describe la cuestión, cfr. 1990, pp. 140–145), tanto los editores de la Poética como los especialistas en la recepción bizantina de la retórica siguen acreditando la importancia del manuscrito que destacamos.

3 Watt 1994, p. 257, y Conley 1994, pp. 238–240, respectivamente.

4 Bréhier 1949, pp. 260–262, 297–298; García Yebra 1992, p. 24.

5 La vetus logica incluía las traducciones de Mario Victorino y los manuales de M. Capella, Casiodoro y de Isidoro. Sobre la cuestión, véanse Minio–Paluello 1955, p. 109; Überweg–Prächter 1960, p. 147, nova logica y 145; Kneale–Kneale 1980, pp. 177–179, 211–213, ars nova, y Bréhier 1949, p. 261, entre los imprescindibles. En el siglo XII Pedro Hispano llamó por vez primera "lógica" a un ámbito con pretensiones metafilosóficas, inspirado en la vieja traducción que Boecio hizo del famoso segundo capítulo de los Tópicos, donde Aristóteles habla de la fuerza interrogadora de la dialéctica. Überweg y Prächter (1960, p. 146) discriminan qué conoció P. Abelardo, y afirman que Thierry de Chartres fue quien presentó en su ámbito los Analíticos, los Tópicos y las Refutaciones sofísticas, después que estas últimas fueron traducidas por alguien llamado Jacobo de Venecia.

6 Green 1994, p. 322. Además de documentar las posiciones del debate florentino, por el cual ganó contexto el interés medieval latino en esos textos griegos (1994, pp. 323–333), Green refiere también la discusión sostenida en Padua por J. Zabarella y A. Riccoboni sobre la especificidad de las "partes de la lógica" llamadas dialéctica, poética y retórica (pp. 338–339).

7 "By far the oldest of our MSS. is A, which is now assigned on paleographical grounds to the end of the tenth century. We do not know when or in what circumstances it arrived in Italy. [Perhaps not before the second quarter of the fifteenth century.] The first reference to it is contained in a letter of Bessarion's to an unnamed correspondent which can be dated between 1457 and 1468" [De lejos, el más antiguo de nuestros manuscritos es el A, que ahora, por fundamentos paleográficos, se considera que data del siglo X. No se sabe cuándo ni en qué circunstancias llegó a Italia. [Tal vez no antes del segundo cuarto del siglo XV.] La primera referencia a él se encuentra en una carta de Bessarion a un destinatario anónimo que puede ser datada entre 1457 y 1468] (Lobel 1933, p. 6, n. 1).

8 A. Riccoboni publicó su traducción en 1584, que Bekker incorporó en su edición (García Yebra 1992, p. 20).

9 Javitch 1999, pp. 53, 55, 57,62, 65.

10 Hemos partido de Moraux (1951) y de Düring (1957), quienes debatieron sobre los catálogos y listas antiguas de los bienes aristotélicos. López Farjeat (2005, p. 277, n. 8), quien admite apoyarse en R. Walzer (1962), roza nuestras cuestiones en su estudio sobre el papel de la poética en Alfarabi.

11 Este meridiano deslindaba por el oeste y por el este el mundo antiguo en el Mediterráneo (Scarre 1995, pp. 26, 46, 122, 131–132, 134–135; y De Ste. Croix 1988, p. 20).

12 También en los Tópicos VI, 145a16 ss.

13 Jenócrates (fragmento 1, Heinze) y Aristóteles (Top. I, 105b19–25) atestiguan, entre los primeros, esta división. Flashar (2004, p. 36) consigna la evidencia completa. Su conjetura es que se trataba de un bien común en la Academia usado para clasificar temas de discusión, al que luego Aristóteles ganó y fundamentó en el terreno de las ciencias. Así entendida la cuestión sobre el origen académico de esta división, cabe considerarse que, cuando los maestros estoicos vuelven a la división de Jenócrates como criterio para identificar áreas (Long y Sedley 1989: sección 26), los estoicos pretenden entrar en polémica con la (otra) famosa división aristotélica. Moraux (1951, pp. 174–177) vuelve a Zeller, cuando se pregunta si tiene sentido técnico para Aristóteles. Es sabido que los comentadores helenísticos discutieron el estatus que los antiguos habían concedido a la lógica, como o como de la ciencia.

14 Runia 1989, pp. 26–27. El Epítome de Ario Dídimo ilustra subdivisiones; p.ej., la secuencia: física, meteorología, psicología y fisiología.

15 Düring 1990, p. 79, y Flashar 2004, p. 220. Tarán (1981, p. 740) desestima que Andrónico hubiese tomado en serio la presente división.

16 Wieland 1996, pp. 481–482. La opinión general es que el rótulo de habla de los diálogos (Moraux 1951, p. 173, n. 102). Flashar expone la cuestión (2004, § 10.2).

17 En Über die Reihenfolge der Bücher des Aristotelischen Organons, Berlín 1833–1835, Christian Brandis se ocupó de la cronología de los textos del Organon, en cuyo caso cuestionó el criterio de comenzar a estudiarlos por las Categorías, tal como habían impuesto los maestros neoplatónicos.

18 Consideramos la edición de Warmington (1972, pp. 464–473). Moraux (1951, pp. 22–27) numeró los títulos del catálogo de Diógenes Laercio en su estudio. También Düring se ocupa de él (1957, pp. 29–56 y 57–79: comments).

19 Moraux identifica el catálogo de Aristón (1951, pp. 240–245) y Düring (1957, pp. 67–68), más escéptico, el inventario alejandrino de Hermipo.

20 El catálogo de Hesiquio aparece en Düring (1957, pp. 83–89 y 89–93: comments).

21 "[U]n ordine che, nelle sue linee di forza, risale, come sembra, addirittura all'edizione di Andronico" [un orden que, en sus líneas fundamentales, se remonta, al parecer, directamente a la edición de Andrónico] (Reale 1980, p. 319). Allí mismo vemos el ordenamiento de Bekker (Ibid., pp. 319–321).

22 Este quinto catálogo está en Düring (1957, pp. 221–224), quien también ofrece el de Andrónico (pp. 224–231, 246).

23 Düring 1957, pp. 112 y 444–450, donde documenta las introducciones neoplatónicas al estudio de Aristóteles.

24 Conley (1994, p. 228) habla del contenido del Parisinus 1741, y Watt (1994, p. 260) acerca de cómo entender la inclusión en él de la Retórica aristotélica.

25 Düring 1957, p. 189, cuando refiere a Walzer 1938.

26 Düring 1957, pp. 112–113, 189, 194, 450, y Watt 1994, p. 256. Estos estudios escaparon al examen de López Farjeat (2005). Chroust (1973, pp. 6, 9–10, 71) menciona la influencia de Ptolomeo en las biografías latinas y sirio–árabes. Watt (1994, p. 257) presume un Organon sirio en extensión comparable al alejandrino.

27 Tarán (1974, pp. 534, 536) documenta que Simplicio estuvo en Persia, mientras que Düring (1957, p. 450) destaca que los árabes imitaron los comentarios de Simplicio.

28 Kennedy (1994, p. 4) guarda reservas sobre la pertinencia histórica de esta distinción.

29 Por Düring (1957, pp. 83–89) sabemos que Hesiquio ubicaba, de forma parecida a la de Diógenes, distintos escritos sobre retórica y sobre poética. Por ejemplo, unos en la primera sección después de los dialécticos y otros más adelante entre materiales literarios; a saber: los títulos así llamados H (por la Lista de Hesiquio) Nr. 71–79 y H 104–109 y H 145–147). Lo más interesante es que Hesiquio registra las versiones completas de ambos tratados (cfr. H 72 y H 75); y también títulos de escritos sobre materias naturales, después de los naturales y biológicas en sentido amplio (cfr. H148–158). Bajo estos títulos habría que identificar algunos de los escritos que luego se llamaron acroamáticos, que recién difundió la lista de Andrónico (según la leyenda, después de un largo silencio). Para Düring (1957, pp 91–92), una fuente común explicaría la semejanza de la lista de Hesiquio con la de DL; mientras que el hecho de que Hesiquio mostrara la novedad de algunos "tratados" ubicados en un orden distinto del de Andrónico, haría pensar que esa sección del catálogo de Hesiquio no es auténtica, sino el inventario de un bibliotecario alejandrino. Entre los "escritos escolares" de la lista de Hesiquio figura un título "acerca de la retórica" (H 153) que no consigna libros. Lord (1986) propone otra hipótesis sobre estos catálogos a la luz de la lista de Teofrasto que trasmite Diógenes Laercio (Vidas de filósofos ilustres, V 42–51).

30 Düring (1957, p. 68) contra Moraux (1951, pp. 172, 177, 237–247). La opinión posterior de Düring (1990, pp. 70–71) recorta el tema. La tercera opción es que haya sido un listado accesorio del propio Aristóteles (Flashar 2004, § 10.1).

31 La historia de Estrabón está en Düring 1990, pp. 77–82. Ajuicio de Tarán, la lista de Andrónico criticaba otros ordenamientos; los filósofos helenísticos (Panesio y Posidonio) supieron de los tratados aristotélicos, por lo cual el autor desestima que durante esos siglos se hubiese perdido u olvidado (1981, pp. 725–726, 729, 735).

32 Según la hipótesis de Düring (Chroust 1973, I, 9, 270, n. 90).

33 Chroust 1973, I, 9 y 271, n. 103, y si Ptolomeo conoció la biografía de Andrónico (ibid., n. 106).

34 Admitido por Watt (1994, p. 257).

35 Entre los representativos están Sprute (1982, pp. 36, 41) y Höffe (1996, pp. 63 y 58).

36 El orden original de Andrónico y Ptolomeo presentaba las Categorías, el De Interpretatione (sólo Ptolomeo) antes que los Tópicos, y luego venían los Analíticos Primeros, los Analíticos Segundos y las Refutaciones sofísticas (Düring 1957, pp. 224 y 225). La costumbre decimonónica que Brandis criticó consistía en ubicar los Tópicos en la penúltima posición.

37 Düring 1957, p. 447. Para no complicar la cuestión, omitimos decir que las posiciones y las divisiones descritas sobre el presunto legado peripatético admiten clasificaciones superiores. Los catálogos parten de una división en tres: (materias) particulares, intermedias y universales. Las universales se dividen en dos: en y éstas a su vez en Elías propuso algo semejante, cfr. Eliae in Porfirii Isagogen et Aristotelis Categorias Commentaria, en Commentaria in Aristotelem Graeca (= CAG) vol. XVIII, 1, ed. A. Busse, Berlín, 1900, página 113, líneas 20–35. El debate es si estas nociones clasificatorias tienen significado en el contexto de la enseñanza neoplatónica–alejandrina (Tarán 1981, p. 737), o si responden al criterio retórico que remonta a Hermágoras de Temnos, siglo III a.C. (Schütrumpf 1989, pp. 188–189; 1991, p. 104).

38 Una nota de Amonio dice que Aristóteles, como un sabio médico antiguo, cura mediante dosis de veneno (Düring 1957, p. 447). Moraux (1951, pp. 179–180) consigna las citas relevantes de los comentarios alejandrinos.

39 Düring (1957, p. 194) muestra el catálogo de Kitab Al Fihrist.

40 López Farjeat 2004, pp. 5, 6, 9, 15, 18; 2005, pp. 291, n. 29, 297, 302–303.

41 Conley (1994, p. 258) cita el texto editado en CAG XII.1 (Berlín 1902) 18.7–10. Hermógenes de Tarso, del siglo II d.C., fue el maestro griego de retórica más importante durante el Imperio Romano, cuyos escritos aparecían con los aristotélicos en el Parisinus 1741. Hermógenes representó el canon de retórica entre los sirios (Conley 1994, pp. 217 y 241).

43 Teniendo en cuenta la polisemia general del término (expresión, acción de hablar, manera de hablar o, simplemente, palabras) y sus diversos usos en la Poética, traducimos como "elocución" para acentuar su referencia al modo de elegir y de distribuir las palabras en el discurso. Por su parte, los usos de refieren a la facultad y al acto de pensar (Liddell y Scott 1940, ad locum; Bonitz 1961, 186a–b). Intentaremos mostrar que en la Poética y en ciertos pasajes de la Retórica este término refiere a la argumentación propiamente retórica.

44 Lucas 1978, 99 ad 34.

45 Como veremos, en Poet. 1450b14 hay un sentido más amplio de

46 Lucas (1978, 100 ad 38) señala que la distinción entre pensamiento y carácter en la Poética se corresponde con la diferenciación entre virtudes éticas y dianoéticas: "On a man's depends his power to asses a situation, on his , his reactions to it" [De la de un hombre depende su capacidad para evaluar una situación; de su sus reacciones a ella].

48 Según Ret., II 21 (1394a21), la "máxima" es una aseveración o afirmación general que verifica el parecer del orador respecto de un caso particular y ella ejerce sobre el auditorio la autoridad de la sabiduría comúnmente aceptada. La misma tiene un valor eminentemente dialéctico; en especial, en el campo de la oratoria político deliberativa (Racionero 1990, p. 409, n. 251).

49 Aristóteles asegura que aun en el caso en que alguno estableciera de manera sucesiva discursos que expresan el carácter con elocuciones y con pensamientos bien elaborados, ése no realizará la tarea propia de la tragedia. Por el contrario, cumplirá mejor quien sea capaz de construir la trama pero emplee esos recursos de manera inferior.

54 Lucas 1978, p. 195 ad 56 a35 y xiv, n. 1.

55 Al igual que Else (1957, p. 564) y Halliwell (1987, p. 97), pensamos que el refiere a los efectos producidos por los distintos recursos argumentativos.

58 Si bien la es un elemento retórico en la tragedia, no es para Else (1957, p. 562) idéntica a la de la retórica per se, porque la tragedia, a diferencia de la oratoria, tiene otros recursos no meramente discursivos. Los tres modos de persuasión de Ret. I, 2 (1356a1 ss.) están presentes en la tragedia: pasión y demostración caen bajo la categoría de pensamiento, pero el carácter es una categoría independiente.

59 Else (1957, pp. 565–566) asegura que este pasaje define de manera más precisa que Poet. 6 lo que en la tragedia pertenece al dominio de la retórica. Por entonces dominaba una línea retórica de la tragedia manipulada por oradores profesionales cuya finalidad era despertar emociones.

60 Entre los elementos básicos de la elocución (Poet. 20–21) figuran los fundamentos de la gramática clasificados conforme a un criterio de significación creciente partiendo de las categorías fonéticas primarias; esto es, letra, sílaba, conjunción y artículo, y luego nombre, verbo, caso y enunciación (ibid., cap. 20). El capítulo 21 está dedicado al nombre o palabra y a sus distintas formas ; a saber: usual, extraño, metáfora, adorno, inventado, alargado o abreviado, o bien, alterado. Para Halliwell (1987, p. 160), estas formas suponen distintos registros de habla. La excelencia en la elocución —tratada en Poet. 22— reside en la claridad y en el hecho de no ser baja para alcanzarla es preciso combinar vocabulario estandarizado, que aporta claridad, con palabras exóticas que aportan dignidad y transforman lo vulgar. Los alargamientos, apócopes y alteraciones de los vocablos también contribuyen a la excelencia, puesto que combinan ambas virtudes lexicales. Asimismo, la mesura es propia de todas las partes de la elocución. Sobre la significación de estos capítulos hay lecturas muy diversas. Else (1957, p. 567) desecha el análisis de Poet. 20–22 por tres razones; a saber: por su alto grado de tecnicismo, porque tienen que ser incluidos en el contexto del estudio de la gramática en Grecia y, finalmente, porque tienen muy escasa conexión con la teoría de la poesía. Para Halliwell (1999, p. 98, n. a), estos capítulos carecen de contenido estilístico y se trata más bien de un bosquejo de categorías gramático–lingüísticas que nada tienen que ver con el interés de Aristóteles, centrado en la estructuración de las acciones. A su juicio (1987, p. 157), hay razones para pensar que parte de este material fue compuesto tempranamente y es probable incluso que originalmente estuviera separado.

61 Lucas (1978, p. 197 ad 56b8–19) traduce "manner of speaking"; Halliwell (1999, p. 97), "the art of delivery" y también "the art of rhetorical delivery" (1987, p. 53).

62 Lucas (1978, p. 197 ad 56b15) señala la importancia de este comentario para la historia de la lingüística. Los sofistas (especialmente Protágoras) habrían fundado la gramática en el contexto de la controversia La inadecuación del tono de voz del suplicante es, para Lucas, atribuible al rapsoda antes que al poeta; esto es, a Homero.

63 Lucas (1978, p. 195 ad 56a34) identifica

64 Halliwel (1987, p. 155) asegura que es erróneo entender la categoría de pensamiento como una parte personal de la vida interior del hombre. El discurso de Creón en el Edipo Rey o el de Orestes en Ifigenia en Táuride ejemplifican el modo casi forense de argumentación que era usual en la tragedia griega de entonces.

65 No es éste el lugar para extendernos acerca de la famosa discusión sobre la unidad del tratado. Desarrollamos en notas algunas de las respuestas de Racionero (1990, p. 92), para quien fueron las implicaciones del —surgido de las obligaciones docentes de Aristóteles—, las que lo llevaron a comprender las nsuficiencias de una primera versión orientada a "lugares" y a elaborar un proyecto retórico unificado, el cual supone una concepción diferente sobre el lenguaje. Según Racionero, la no formaba parte del plan original de la Retórica.

66 Estos aspectos responden al programa de Ret. I 2, que amplía la primera versión que presentaba las partes del discurso como ajenas al arte retórico, p.ej. 1354a15 y b15–20 (Racionero 1990, p. 483, n. 13).

68 Racionero (1990, pp. 86 y 484, n. 18) documenta un paulatino desplazamiento en la noción de de Ret. III. Primeramente, cuando Aristóteles asegura que los nombres son imitaciones, asume la noción platónica, lo cual supone una concepción eminentemente designativa del lenguaje. Luego, al introducir la no varía el carácter denotativo, sino el de su connotación, puesto que remite al plano subjetivo del orador y del oyente. Esta ampliación del campo de la implica entender el lenguaje como  esto es, como mediación sígnica de los estados del alma. Según Halliwell (1993), en Ret. III es posible encontrar el tratamiento más continuo del lenguaje en el corpus. Si bien en primer lugar, se destaca su función esencialmente denotativa, el reconocimiento de medios más potentes de persuasión (esto es, carácter y pasiones) supone un modelo más amplio de lenguaje que el autor denomina "expresivo".

70 Para Racionero (1990, p. 479, n. 4), y su expresión latina elocutio significan tanto "expresión" (lingüística) como "estilo", ya que no discrimina un nivel léxico referido a cualidades connotadas al margen de la expresión.

75 Dado que el género de los participios empleados no concuerda con el femenino de suponemos que los mismos refieren a esto es, al orador.

76 "People always sympathize with the expression of emotion, and the audience, knowing what it is to be angry themselves, and perceiving by reference to their own experience the appropriateness of language, tone, and gestures, to the expression of the passion, draw from this the fallacious inference that the speaker must be in earnest, as they were when they were similarly affected, and therefore that the facts that he states must be true: arguing from the truth of the delineation to the truth of the fact stated" [Las personas simpatizan siempre con la expresión de emociones, y los oyentes, sabiendo ellos mismos lo que es estar enfadados y percibiendo por referencia a su propia experiencia lo apropiado del lenguaje, del tono y los gestos para expresar esa pasión, elaboran a partir de esto la inferencia falaz de que quien habla en verdad debe estar sintiéndola, tal como ellos cuando están afectados de forma similar, y por consiguiente que los hechos que afirma deben ser verdaderos: concluyen que son verdaderos los hechos que afirma a partir de lo verdadero del delinamiento de esos hechos] (Cope 1877, adRet. III 7, 3).

77 Cope (1877, ad Ret. III 1, 3) asegura que la actuación incluye, además de la declamación, el manejo de la voz y de los gestos corporales.

78

79 "The greatest care and pains are always requisite to give the speech an artless, natural, and unstudied character: the rule ars est celare artem is of the utmost importance in effecting the end and object of speech, persuasion and conviction" [Se requieren siempre los mayores cuidados y esfuerzo para dar al discurso un carácter natural, falto de malicia y no afectado: la regla de que el arte consiste en ocultar el arte es de la mayor importancia para alcanzar el fin y el objeto del discurso, la persuasión y la convicción] (Cope 1877, ad Ret. III 7, 9; las cursivas son nuestras).

80 Para Halliwell (1993, p. 63), la transmisión del carácter y la emoción es un proceso de expresividad estilística, y el hecho que Aristóteles no prescriba cómo lograrlo se debe a que las elecciones estilísticas no pueden sustentarse en meras palabras desligadas de la propia elección del orador. A lo sumo, estas palabras y no otras añaden énfasis o fuerza a la significación ética o emocional de las palabras del orador, pero en ningún caso pueden ser semánticamente neutrales. El argumento de Ret. III 1–12 muestra, según Halliwell (1993, p. 59), que Aristóteles no adopta de ningún modo una distinción radical entre sentido y estilo.

82 La debe ajustarse a cada uno de los géneros oratorios tanto como a su carácter escrito o hablado, y el criterio que más se ajusta a ella es el "término medio". La elocución judicial es más rigurosa que la deliberativa, porque aquélla sólo considera lo atinente al asunto, mientras que ésta se aproxima más a la representación teatral. La oratoria epidíctica se ajusta mejor a la prosa escrita. Cfr. Ret. III 12.

83 Para Racionero (1990, p. 478, n. 1), la expresión "por lo que concierne a la inteligencia" —que es empleada por primera vez en Ret. II 26— remite a las pruebas por persuasión según pone de manifiesto Poet. 19.

84

(Ret. 1410b21–28)

85 Sobre el complejo pasaje que se extiende desde 1410b28–36: Cope 1877, ad Ret. III 10, 5–6; Freese 1926, ad Ret. III 10 5; Racionero 1990, p. 533, n. 186 y 539, n. 212.

86(Ret. 1410b20–21)

87 Halliwell (1993, pp. 53–54) reconoce tres empleos principales de que son facetas de un mismo fenómeno compuesto; a saber: 1) el empleo primario referido al lenguaje ordinario 2) el aspecto formal discernible por un conjunto de categorías lingüísticas y 3) el empleo propiamente estilístico o cualitativo relacionado con las diversas connotaciones sociales, culturales de registro o bien de género literario

88 Halliwell (1993, p. 56) asegura que la preeminencia de un registro usual del habla presupone que la distinción estilística es asunto de mera ornamentación, lo cual tiene una implicación negativa para la poesía, donde el sentido parece ser sacrificado a favor de un efecto verbal vacío.

89 También en la Poética, 1459a4–8, Aristóteles destaca la primacía de la metáfora entre los recursos elocucionales poéticos, subraya su carácter ingénito y sugiere su valor cognitivo.

90 Para Halliwell (1993, p. 68) la metáfora, paradigma de la elección lexical, pone de manifiesto la ambivalencia de Aristóteles respecto de la . En la Retórica ella tendría un poder casi filosófico que permite observar las conexiones, mientras que en los Tópicos es una fuente de oscuridad. La ambigüedad platónica hacia la poesía, que conjugaba la condena a la poesía con la devoción por el refinamiento artístico determinó, según el autor, esta ambivalencia aristotélica.

91 Seguimos a Halliwell (1993) en varios aspectos relativos a la relación entre pensamiento y elocución. No obstante, sus análisis se limitan al libro III de la Retórica (caps. 1–12) y sólo subsidiariamente a la Poética.

92 Ducrot y Todorov 2003, p. 100 y López Eire 2002, p. 259.

93 Ricoeur (1977, pp. 15–16) habla de la muerte de la retórica cuando ésta fue eliminada de los planes de estudio de los colegios a mediados del siglo XIX.

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