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Revista mexicana de ciencias políticas y sociales

versión impresa ISSN 0185-1918

Rev. mex. cienc. polít. soc vol.67 no.245 Ciudad de México may./ago. 2022  Epub 21-Abr-2023

https://doi.org/10.22201/fcpys.2448492xe.2022.245.76566 

Dossier

Incursiones sociopolíticas de decolonización: miradas críticas sobre espacios y discursos de subalternidad e indigenismo

El colonialismo intelectual como obstáculo comprensivo del capitalismo neoliberal. Por una sociología global de carácter periférico

Intellectual Colonialism as a Comprehensive Obstacle to Neoliberal Capitalism. For a Peripheral Global Sociology

Juan Pablo Venables Brito 

Instituto de Historia y Ciencias Sociales, Universidad Austral de Chile, Chile. Correo electrónico: <jpvenables@uach.cl>.


Resumen

Este artículo analiza los principales problemas que presenta el colonialismo intelectual para la comprensión de fenómenos históricos de carácter global -específicamente el capitalismo en su actual versión neoliberal-, con el fin de dar cuenta de que este obstáculo no atañe sólo a las periferias, sino a las ciencias sociales en general, toda vez que impide una adecuada comprensión y caracterización de dichos fenómenos. Luego de revisar las principales dificultades, en particular en relación con América Latina, el artículo propone las bases para el desarrollo de una sociología global de carácter periférico: 1) poner en entredicho el presupuesto que mecaniza la relación Norte-Sur en un polo creativo y otro repetitivo; 2) descentrar sus supuestos orígenes modernos; 3) relevar el poder de agencia que tienen los distintos actores en la relación -remarcando así su carácter intrínsecamente relacional- y develar las relaciones de poder (colonial) que los enfoques pretendidamente universales esconden. De esta manera, se pretende favorecer una mirada efectivamente global sin negar la situacionalidad de todo conocimiento.

Palabras clave: colonialismo intelectual; capitalismo; neoliberalismo; disyuntiva periférica; sociología global

Abstract

This paper analyzes the main problems that intellectual colonialism presents for the understanding of global historical phenomena -specifically capitalism in its current neoliberal version-, in order to demonstrate that this obstacle does not only concern the peripheries, but social sciences in general, since it prevents an adequate understanding and characterization of these phenomena. After reviewing the main hindrances, particularly in relation to Latin America, the article proposes the bases for the development of a global sociology of a peripheral kind: 1) questioning the assumption that mechanizes the North-South relationship as a creative pole and a repetitive one; 2) decentralizing its supposed modern origins; 3) highlighting the agency that the different actors have in the relationship -thus evincing its intrinsically relational character-and revealing the (colonial) power relations that the allegedly universal approaches hide. In this way, it is intended to favor an effectively global view without denying the situationality of all knowledge.

Keywords: intellectual colonialism; capitalism; neoliberalism; peripheral disjunctive; global sociology

Introducción

La crítica al eurocentrismo del pensamiento latinoamericano y las variadas consecuencias que ésta acarrea para quienes provenimos de esta parte del mundo tiene varios siglos, y ha sido llamada de diversas maneras y trabajada desde distintas corrientes. “Dependencia intelectual” (Beigel, 2016), “colonialidad del saber” (Lander, 2016), “colonialismo intelectual” (Fals, 1970) o simplemente “eurocentrismo” (Dussel, 1994) han sido algunas de las maneras como se la ha nombrado. Una de las aproximaciones más completas a este fenómeno se encuentra en la propuesta de Devés (2012), quien, en un monumental trabajo que aborda la relación que han mantenido las intelectualidades periféricas a nivel mundial con el centro hegemónico desde el siglo XVIII hasta la actualidad, plantea como clave de análisis la disyuntiva periférica, una comprensión dicotómica a través de la cual las intelectualidades periféricas han comprendido su relación intelectual con el centro, ya sea buscando ser-co-mo-el-centro o, en contraposición, ser-nosotros-mismos (Devés, 2012). “Este problema se lo ha planteado la intelectualidad latinoamericana, la africana y la asiática, como también la eslava, la balcánica y la ibérica” (Devés, 2012: 12).

Esta disyuntiva periférica está empíricamente vinculada con la modernidad, la colonización, la globalización y todos los fenómenos sociales, políticos, económicos y culturales de carácter global que han venido ocurriendo durante los últimos 500 años. En este sentido, lo periférico no refiere sólo a una cuestión descriptiva -ontológica o posicional-, sino que le entrega un valor epistémico y teórico, vinculado con la situacionalidad de toda construcción de conocimiento. Otro aspecto interesante que se desprende del planteamiento de Devés tiene relación con la inagotable resistencia que ha suscitado en las intelectualidades periféricas la hegemonía del centro. Como indica Quijano, “la revuelta intelectual contra esa perspectiva y contra ese modo eurocéntrico de producir conocimiento nunca estuvo exactamente ausente, en particular en América Latina” (Quijano, 2007: 287), y nunca lo estará, porque siempre será un espacio de disputa. Como sostiene Hall (2011), la hegemonía no es un estado sino un proceso y, por tanto, requiere una actualización constante: “Es la razón por la cual la historia nunca se cierra sino que mantiene un horizonte abierto hacia el futuro” (Hall, 2011: 27, traducción del autor).

En este contexto, el conocimiento de carácter universal ha sido monopolizado por el centro hegemónico europeo y, más recientemente, el estadounidense. Como se desarrolla en el cuerpo de este artículo y ha sido trabajado desde distintas corrientes -destacándose la crítica poscolonial y decolonial contemporánea-, sólo el conocimiento producido en el centro hegemónico ha sido considerado universal, aun cuando éste no abarque, conozca ni integre la realidad y/o el pensamiento de las zonas periféricas. De ahí que la respuesta de las intelectualidades periféricas haya fluctuado, en general, entre acoplarse a ese supuesto universalismo (ser-como-el-centro) o bien negarlo, buscando la propia identidad en las raíces desautorizadas por ese “pensamiento abismal” (Sousa, 2013), expresado en la variante de ser-nosotros-mismos (Devés, 2012).

Pero la generación de conocimiento universal no es lo único que le ha sido negado a las periferias:1 también su activa participación en los procesos globales mismos, más allá de las figuras de laboratorios, experimentos o espacios utilizados al arbitrio del poder central hegemónico (Venables, 2019). En efecto, en las narraciones y explicaciones de los procesos globales, el centro hegemónico o el Norte Global es el actor, mientras que las periferias son invisibilizadas o, si se les considera, se las entiende configuradas como víctimas pasivas de procesos en los que su intervención se limita al padecimiento. Sin embargo, si entendemos con Quijano (2016) que la modernidad se caracteriza por establecer procesos constitutivos de carácter global que se producen en forma relacional -de hecho, América y Europa se coconstituyen como identidades geoculturales del mundo moderno a fines del siglo XV-, entonces esta figura de comprensión unidireccional se vuelve insuficiente.

Este artículo tiene como objetivo dar cuenta cómo esa figura heurística que sigue dominando en las ciencias sociales contemporáneas limita nuestra comprensión de procesos de alcance global como el capitalismo y, en particular, su variante contemporánea neoliberal. En consecuencia, revalorar el papel de las periferias en la generación de conocimiento no cumple una función meramente reivindicativa o de justicia académica, ni puede restringirse a que las periferias se conozcan a sí mismas o den cuenta de su realidad para “sumarla” a un panorama global. Este artículo argumenta, apoyándose fuertemente en los planteamientos de Costa, Domingues, Devés y Bhambra, entre otros, que la condición de posibilidad para una sociología global es explicar los fenómenos globales descentradamente, esto es, multidireccionalmente y considerando el papel de las periferias de manera radical. Esta sociología global, huelga decirlo, no niega la situacionalidad de todo conocimiento; de ahí el apelativo de “carácter periférico”. Como sostiene Domingues, “siempre hablamos desde algún lugar” (2009: 26). Ahora bien, esto, como se desarrolla en el artículo, no impide la existencia de una ciencia social global, pero sí impone la necesidad de considerar la mayor cantidad de experiencias posibles a través de una práctica de descentramiento (Costa, 2019). En una frase, este artículo pretende escribir desde la periferia y no sólo sobre ella.

Este trabajo comienza con una descripción de los enfoques conceptuales y teóricos que se erigen como condición de posibilidad para pensar lo global descentradamente, en clave poscolonial, periférica y transnacional. Luego, desarrolla los principales dilemas que han limitado el posicionamiento de las ciencias sociales latinoamericanas en la geopolítica global del conocimiento. En un tercer momento, aborda la larga e inacabada discusión sobre la modernidad, dando cuenta cómo su desarrollo, pese al innegable avance que representan las propuestas de múltiples modernidades y modernidades entrelazadas, no ha decantado en una concepción radicalmente descentrada y relacional, como la que aquí se propone. En un cuarto punto, analiza los principales obstáculos para la globalización de las ciencias sociales en términos epistémicos, teórico-conceptuales, metodológicos e institucionales, para luego proponer una salida a través de una sociología global de carácter periférico, cuyos principios básicos también se describen. El esquema centro-periferia es el último punto por destacar en la tríada teórico-conceptual. Se especifica qué tipo de acercamiento se requiere, poniendo en tensión al nacionalismo metodológico. Finalmente, se cierra el artículo con las conclusiones que recogen los principales aspectos desarrollados.

Pensar lo global descentradamente. La clave poscolonial, periférica y transnacional

Como se planteó en la introducción, el papel de las periferias ha sido continuamente invisibilizado en la comprensión global de fenómenos de alcance mundial como la modernidad, el capitalismo y el neoliberalismo A modo de ejemplo, las ciencias sociales y humanas han reducido la participación de Chile en el desarrollo neoliberal de los últimos 50 años a la de laboratorio o experimento de Estados Unidos, de Friedman y/o de la Universidad de Chicago, debido a su condición de país periférico (Brown, 2016; Barder, 2013; Harvey, 2007; Klein, 2007). Las consecuencias políticas y teóricas de esa reducción fueron abordadas en un artículo anterior (Venables, 2019), pero lo que interesa señalar es que esta noción que entiende a Chile como un laboratorio periférico al servicio de los intereses del centro no se sustenta en evidencia empírica, sino más bien corresponde a una ficción epistémica -y por tanto teórica y conceptual- que deja en evidencia el colonialismo intelectual aún imperante en humanidades y ciencias sociales.

En efecto, si el concepto geopolítica del conocimiento ha sido utilizado principalmente para denunciar que el conocimiento indígena y local de la periferia latinoamericana ha sido desechado ex ante por la matriz científica occidental (Sousa, 2013; Mignolo, 2016), aquí se plantea que, por regla general, toda contribución latinoamericana ha sido desechada ex ante por ser periférica, lo que invisibiliza la constitución compleja y en red de los procesos globales actuales, y que se expresaría en este caso -y para seguir con el ejemplo- en la utilización de la figura de “laboratorio neoliberal” para comprender y referirse al papel que le habría cabido a la periferia -y a Chile en particular- en su desarrollo. Este artículo, por el contrario, sostiene que para comprender fenómenos sociales de alcance global es necesario abandonar esa lectura eurocéntrica y unidireccional y adoptar enfoques teóricos alternativos y en clave transnacional que favorezcan una mirada crítica respecto del colonialismo intelectual y, al mismo tiempo, permitan análisis relacionales que rescaten lo global y lo local en forma simultánea. Tres son los enfoques teóricos generales que, al menos para el caso del análisis del desarrollo global del capitalismo neoliberal, parecen adecuados. El primero responde a la Sociología y la Historia transnacional (Costa, 2006b, 2015; Haupt y Kocka, 2009), que propone una mirada global, discontinua y heterárquica de los fenómenos sociales, poniendo en tensión al nacionalismo metodológico (Chernilo, 2011) y favoreciendo el estudio de la circulación de las ideas (Devés, 2004, 2013, 2016). El segundo es un enfoque cercano a los estudios poscoloniales y decoloniales, en particular a su mirada crítica y descentrada en relación con el eurocentrismo y la modernidad (Spivak, 2010; Costa y Boatcă, 2010; Costa, 2006b, 2019; Lander, 2016; Wallerstein, 2007; Sousa, 2013), con especial énfasis en producir conocimiento sociológico periférico/global que apunte hacia una “sociología global” (Bhambra, 2007, 2013, 2014, 2015; Costa, 2015; Dussel, 2016). El tercero tiene relación con el uso epistémico y conceptual del esquema centro-periferia (Prebisch, 1949; Boatcă, 2006; Wallerstein, 2006; Costa, 2019) como matriz de análisis y caracterización de las relaciones transnacionales, rescatando su carácter posicional y no ontológico (Quijano, 1990; Costa, 2019), y cuyo énfasis está en la vinculación entre lo local y lo global (Cardoso y Faletto, 1973; Costa, 2006b; Chernilo, 2007, 2011).

Estos tres enfoques se vinculan entre sí y forman una especie de marco teórico de referencia anterior a cualquier análisis empírico. De esta manera, se vuelve posible avanzar en la tarea propuesta por Costa, que busca dar un paso más allá de la crítica puramente epistémica, tantas veces cuestionada en su versión poscolonial/decolonial (Beigel, 2016; Gibert, 2017), avanzando hacia “producir conocimiento sociológico que no se limite sólo a las sociedades ‘no occidentales’, y que a la vez sea válido para diferentes sociedades” (Costa, 2015: 1, traducción del autor).

Producción y circulación de conocimiento hegemónico

A las ciencias sociales latinoamericanas les ha costado históricamente posicionarse en la geopolítica global de producción de conocimiento, especialmente en relación con la producción de teoría. Siguiendo a Costa (2019), esto puede explicarse por tres dilemas que están vinculados con su propia historia. El primero tiene relación con que las ciencias sociales nacen a fines del siglo XIX y principios del XX, en un contexto en el cual las teorías de la evolución y de la raza habían tenido un éxito de difusión importante en el continente, cuya consecuencia más patente fue la separación del mundo entre lo moderno-europeo-occidental y las periferias no modernas (o incluso premodernas). Dada su condición de territorio “salvaje” no moderno, el subcontinente latinoamericano fue considerado como material de estudio de la etnología y no de la historia. Esto implicó que, por definición, la producción misma del conocimiento quedara fuera de América Latina, y por lo tanto las primeras reflexiones en ciencias sociales fueron de carácter normativo y desconectadas de la realidad local.

El segundo dilema se explica porque la institucionalización de las ciencias sociales -la sociología y la ciencia política particularmente- se presenta en la posguerra, período en el cual la Teoría de la modernización domina casi sin contrapesos. En consecuencia, su propósito no era entender el comportamiento social de su propia realidad, sino “estimar la distancia que separaba los estilos de vida tradicional a nivel local del estilo universal y moderno de las sociedades industriales” (Costa, 2019: 4-5, traducción del autor). En esta misma línea, Gibert sostiene que “el gran problema del pensamiento latinoamericano es que antes de mirar la realidad nos hemos nublado los ojos con categorías y teorías impertinentes” (Gibert, 2017: 39).

El tercer dilema, por su parte, se vincula con la especialización y la fragmentación que experimentan las ciencias sociales. En dicho proceso, sus subdisciplinas adoptaron acríticamente las premisas metodológicas de la Teoría de la modernización, que sostenían que occidente constituía el modelo para la transformación de todas las sociedades del mundo.

La propuesta teórica de este artículo suma un cuarto dilema a este esquema de Costa (2019), cuyo origen es histórico pero que presenta una actualidad innegable: el colonialismo intelectual. Efectivamente, se entiende a Occidente o al centro hegemónico como el único capaz de generar conocimiento global, o, como lo señala Sousa Santos (2013), se ve al conocimiento abismal moderno (occidental) como el único legitimado para generar experiencias globales. Esto implica, por un lado, que las intelectualidades periféricas no tienen otra tarea que comprenderse a sí mismas y a su realidad local. Por otro lado, implica también que dichos análisis deben hacerse tomando como base parámetros conceptuales definidos por el centro y, por tanto, sus alternativas se reducen a la copia mimética y defectuosa, o bien a estrategias de resistencia siempre infructuosas.

En los cuatro dilemas propuestos, el problema de la modernidad y la vinculación de América Latina con ella resulta central. Esto va más allá de la evidente relación que se establece con la teoría de la modernización: se erige como axioma de todo el pensamiento latinoamericano y, principalmente, de aquel que se ocupa del desarrollo del capitalismo.

La larga e inacabada discusión sobre la modernidad y su vinculación con el capitalismo neoliberal

Las discusiones acerca de la modernidad tienen larga data dentro de la filosofía y las ciencias sociales. Si bien las últimas cuatro o cinco décadas diversos cuestionamientos han puesto en entredicho su relevancia y centralidad conceptual y teórica, lo cierto es que la modernidad se reedita constantemente (Costa, Domingues, Knöbl y Da Silva, 2006). A juicio de Martuccelli (2017), esta imposibilidad de abandonar la modernidad como objeto de estudio y perspectiva de análisis se explica -al menos desde la sociología- por dos razones principales: por un lado, porque la sociología es la “hija pródiga de la modernidad”, en tanto nace con ella y está llamada “genéticamente” a intentar comprenderla; por otro, porque, como se indicó, incluso las tradiciones críticas -como las poscoloniales, decoloniales y otras- la tienen como punto de referencia estructural de sus planteamientos, sea para cuestionarla o para rechazarla.

La versión más canónica de la modernidad comienza a forjarse durante el siglo XVIII en Europa y encuentra su cénit en el panorama intelectual mundial de la primera mitad del siglo XX. Siguiendo a Larraín (2005), esta versión entiende la modernidad de dos modos conexos: 1) vinculada con la variable tiempo, es decir, como una determinada época histórica que a la vez intenta abandonar el pasado para regir sus destinos en función del futuro; 2) relacionada con la variable espacial-geográfica, es decir, entiende la modernidad como un movimiento nacido y desarrollado en un lugar determinado, por lo que sus características principales estarían ligadas a parámetros culturales europeos, pero cuya proyección sería global (Weber, 1979).

Esta segunda perspectiva de modernidad es la que caló con mayor fuerza en América Latina, siendo asumida por la teoría de la modernización en las décadas de 1940 y 1950. En efecto, esta teoría concibe el proceso de modernización como una necesidad histórica y universal, como inevitable expansión de la razón. En ese contexto, Latinoamérica se encontraba en el momento de transición desde una sociedad tradicional a otra moderna, tal como lo habrían experimentado Europa y Estados Unidos durante el siglo XIX. En discusión y contraposición con la teoría de la modernización surge en los 60 la teoría de la dependencia, cuyo punto de partida es la crítica al supuesto universalista y unívoco de la modernización y a su eventual determinismo, que entiende el subdesarrollo como la etapa previa del desarrollo.

Ambas teorías constituyen los principales esquemas planteadas durante el siglo XX para comprender la relación que se establece entre los países centrales y la periferia latinoamericana (Kay, 1991). Mientras la teoría de la modernización fija su análisis en determinar los factores culturales, políticos, económicos y sociales que explican el desfase de Latinoamérica en su defectuosa incorporación a la modernidad (Germani, 1969; Prebisch, 1949; Medina, 1965), la teoría de la dependencia pone el foco en las relaciones de dependencia estructural del capitalismo periférico latinoamericano en relación con los centros hegemónicos de poder mundial (Cardoso y Faletto, 1973; Gunder, 1987; Marini, 2010).

Aun cuando no es posible encontrar un cuerpo de conocimiento unívoco al interior de cada una de ellas -las diferencias entre reformistas y marxistas al interior de la teoría de la dependencia son un claro ejemplo-, ambas teorías tienen como objetivo principal explicar el rol periférico y satelital que ocupa América Latina en relación con el centro. En este sentido, ambas alternativas serían pensamiento periférico propiamente tal, utilizando la concepción de Devés (2012), en tanto “son incomprensibles sin la referencia al ‘centro’, sea como afán de imitación o de diferenciación” (Devés, 2013: 43). Ahora bien, sin perjuicio de dichas diferencias y tomando la frase que Gunder Frank (1987) aplicara al desarrollo y al subdesarrollo, parece posible sostener que en su comprensión de la modernidad ambas serían “dos caras de una misma moneda”: mientras en una cara se comprende a Latinoamérica como una aplicación trunca e incompleta de una modernidad definida a priori y en otro lugar, en la otra se la concibe como una víctima pasiva y alienada del capitalismo moderno, sin mayor influencia sobre estos poderes exógenos. Las consecuencias en ambos casos son las mismas: el papel de Latinoamérica en la historia mundial queda limitado y relegado al estudio de sus fenómenos locales, ya sea como mímesis o bien como prácticas de resistencia sobre cuestiones decididas fuera de sus fronteras.

Pese a su eventual “superación”, lo cierto es que la vigencia de ambas teorías sigue siendo importante. En efecto, independientemente de la gran cantidad de investigaciones y enfoques teóricos que han intentado desacreditarla, “las investigaciones basadas en las teorías de la modernización todavía juegan un rol prominente en las políticas de desarrollo contemporáneas, al igual que en muchas instituciones académicas de América Latina” (Costa, 2019: 10, traducción del autor). Asimismo, muchas de las teorizaciones más recientes acerca de la modernidad tienen como basamento original la propuesta epistémica de los dependentistas marxistas respecto de la interdependencia existente entre el desarrollo y el subdesarrollo, mostrando que América Latina no se habría “integrado” a la modernidad con la Revolución industrial, sino que formaría parte de ésta desde el colonialismo. Más aun, la vertiente marxista muestra que las estructuras de dependencia responden a patrones globales, y por tanto no pueden ser combatidas a nivel nacional, como proponía el estructuralismo más reformista de la Teoría de la dependencia (Costa, 2019).

A nivel mundial, desde la década del 80 y empujada por la globalización, surge una nueva ola de reflexiones en torno a la modernidad que se erige críticamente frente a la versión canónica. En función de lo que interesa destacar acá y guardando las diferencias entre ellas, es posible clasificar estos aportes en dos grupos (Costa, 2018): 1) los que reeditan la versión de una sola modernidad agregándole nuevas etapas y 2) aquellos que postulan la existencia de múltiples tipos de modernidad simultáneamente.

El primer grupo, que reedita la idea de una sola modernidad, se explica como respuesta a la fuerza alcanzada por la propuesta posmoderna (Lyotard, 2000) dentro de las ciencias sociales y humanidades de los países centrales en el contexto del “triunfo” de la economía de mercado y de la democracia post noventas (Costa, 2019). Destacan acá las propuestas de modernidad tardía de Giddens (1990), la sociedad del riesgo y el cosmopolitismo de Beck, Giddens y Lash (1994), la diferenciación funcional mundial de Luhmann (1998) y la ciudadanía mundial de Habermas (2000) en tanto esfuerzos por retomar la senda de una ciencia social universal. No obstante, y pese a sus motivaciones e intenciones conceptuales, estas propuestas han encontrado dificultades al momento de superar los problemas de la versión canónica de la modernidad antes explicada. Así, por ejemplo, las propuestas de una segunda modernidad en Beck o de una modernidad reflexiva en Giddens, mantienen intacto el problema espacial vinculado con la matriz eurocéntrica de la modernidad, toda vez que la primera modernidad (netamente europea desde sus lecturas) sería requisito para la segunda (Larraín, 2005). Más aun, Alexander (1995) da cuenta de cómo los axiomas básicos de la teoría de la modernización son recuperados y reactualizados por estas teorías que califica de neomodernas. Aun cuando buscan romper con la limitación espacial de las sociedades nacionales pensando la modernización en términos de transformaciones globales, carecen del conocimiento empírico necesario acerca de sociedades no occidentales y desconocen el pensamiento sociológico generado en dichas periferias, lo que implica una incapacidad metodológica de concebir diferencias o “no equivalencias”, cuestión que, en definitiva, las vuelve ciegas a las nuevas dinámicas globales (Costa, 2018). En pocas palabras, hipostasian los elementos característicos de la realidad nacional de sociedades centrales a toda sociedad en general, asumiendo que lo occidental es universal per se, preservando, de esta manera, los elementos centrales de la teoría de la modernización.

El segundo grupo -reunido bajo la idea de múltiples modernidades simultáneas- tiene raíces más diversas y se erige sobre fuertes cuestionamientos a los supuestos hegemónicos y homogeneizadores que terminan por confundir modernidad con occidentalización. Al interior de este soporte conceptual se encuentran distintas vertientes, destacándose la figura de “modernidades múltiples” (Wagner, 1994; Eisenstadt, 2000; Domingues, 2005, 2009) y “modernidades entrelazadas” -o entramadas- (Arnason, 2003; Terborn, 2003; Randeria, 2007). Mientras la propuesta de modernidades múltiples busca relevar los distintos caminos posibles y características propias de cada región en su desarrollo hacia una modernidad global, la concepción de modernidades entrelazadas busca salvar el problema de infinitas modernidades desconectadas bajo la idea de entrelazamientos no lineales entre ellas, haciendo alusión al espacio, los procesos y los efectos cuyo resultado combinado es “un fascinante conjunto de modernidades híbridas” (Terborn, 2003: 302, traducción del autor).

Pese al reconocimiento que este tipo de acercamiento hace de las particularidades de cada región, así como también del carácter no lineal de la modernidad, no logra desprenderse del todo de la matriz eurocéntrica, toda vez que no concibe la modernidad como fenómeno intrínsecamente descentrado y/o policéntrico. De esta manera, aun cuando reconoce la simultaneidad e interrelación existentes, la dinámica del sistema global termina recayendo invariablemente en occidente, lo que implica una subestimación de las interdependencias globales que se explica principalmente porque no logra concebir un origen de la modernidad que no sea exclusivamente europeo (Costa, 2019).

Así, “se supone erróneamente que la modernidad, en sus articulaciones concretas, reproduce un designio a priori, y en consecuencia se sugiere una perspectiva según la cual ésta estaría aguardando en algún lugar en las nubes para ser bajada a la tierra” (Domingues, 2009: 11). Siguiendo esta línea y parafraseando a Marx, Domingues sostiene que se produce un fetichismo de la modernidad, esto es, “su cosificación como una entidad supuestamente homogénea y universalmente ya dada, que existiría como tal en Occidente (en Europa y en América del Norte) y se realizaría imperfectamente en América Latina” (Domingues, 2009: 228). En efecto, bajo esta lógica, tanto el capitalismo como la modernidad aparecen como fenómenos netamente europeos y autogenerados que luego habrían sido difundidos al resto del mundo (Coronil, 2016; Mignolo, 2016). Esto constituye, a juicio de Quijano (2016), no sólo una europeización y una pretensión etnocéntrica, sino también provinciana.

En contraposición con esos dos aportes, acá se propone entender que “la modernidad capitalista aparece como el resultado desde sus inicios de transacciones transcontinentales cuyo carácter verdaderamente global sólo comenzó con la conquista y colonización de las Américas” (Coronil, 2016: 111). Por lo tanto, siguiendo a Domingues, no se trata de

que la modernidad estuviera simplemente “allá” y, entonces, fue trasplantada al subcontinente. Por el contrario, prosperó simultáneamente en Occidente y en América Latina […] El imaginario moderno es tan latinoamericano y periférico como occidental y arraigado en el centro. (Domingues, 2009: 22)

En la misma línea se encuentra Quijano (2016) cuando sostiene que América y Europa se produjeron histórica y mutuamente como las dos primeras identidades geoculturales del mundo moderno.

Además de destacar el carácter transnacional y múltiple de la modernidad, interesa también relevar la colonialidad y la violencia que la modernidad “esconde” (Bhambra, 2007, 2014; Lander, 2016). En efecto, “la ‘modernidad’ es una narrativa europea que tiene una cara oculta y más oscura, la colonialidad. En otras palabras, la colonialidad es constitutiva de la modernidad: sin colonialidad no hay modernidad” (Mignolo, 2010: 40). Esta es, de hecho, una de las principales críticas que Mignolo hace a la teoría del sistema-mundo de Wallerstein, toda vez que entendería el colonialismo desde el propio imaginario occidental del autor y, por tanto, no consideraría la modernidad como “el imaginario conflictivo que surge con y desde la diferencia colonial” (Mignolo, 2016: 75).

En consecuencia, y pese a que “el debate macrosociológico acerca del carácter de la modernidad contemporánea continúa inconcluso” (Costa, Domingues, Knöbl y Da Silva, 2006: 4, traducción del autor), lo más importante de resaltar acá tiene que ver con la relación que funda y permite el desarrollo de la modernidad y, junto con ella, del capitalismo. Por lo tanto, cualquier investigación que busque comprender el desarrollo del sistema capitalista a nivel global se debe inclinar, en la línea de lo planteado por Costa, “hacia un enfoque relacional radical, que considera no sólo las diferentes regiones del mundo, sino también las estructuras sociales internas y los estilos de vida considerados ‘tradicionales’, ‘modernos’ y ‘reflexivos’ como parte de una red de relaciones total que conforma la modernidad global y sus asimetrías de poder” (2019: 17-18, traducción del autor). Tanto la modernidad como el capitalismo deben entenderse espacial y temporalmente descentrados, esto es, atisbando que su origen no se encuentra en América, Europa, Asia o África, sino en las relaciones de poder colonial y poscolonial entre Europa y el resto del mundo. Sólo desde esa premisa se entiende que, como señala Domingues, “somos modernos, pero modernos desde una posición específica en el mundo” (Rivera, Domingues, Escobar y Leff, 2016: 5).

Obstáculos para la globalización de las ciencias sociales y sus posibles respuestas

La dificultad de concebir dinámicas globales no eurocéntricas tiene dos consecuencias principales en términos de producción de conocimiento: 1) genera una distorsión en la circulación y el intercambio de conocimiento en ciencias sociales, enfatizando únicamente lo generado en el centro como propiamente global (Boatcă, 2006; Sousa, 2013), y 2) esconde las asimetrías de poder existentes en la producción misma del conocimiento. Siguiendo a Costa (2018), ambas consecuencias se explican por cuatro tipos de déficits distintos pero relacionados: epistémicos, teórico-conceptuales, metodológicos e institucionales. Veámoslo con detenimiento.

En primer lugar, se encuentran los déficits epistémicos, que se subdividen, a su vez, en cuatro variantes:

  1. En relación con la división original con que fueron concebidas las disciplinas dentro de las ciencias sociales, toda vez que la sociología y la ciencia política se ocuparían de la modernidad, mientras que la antropología y la etnografía lo harían de la no modernidad (Patel, 2006; Bhambra, 2013). En consecuencia, la división que explica lo que sería moderno no se sostiene conceptualmente sino geográfica e ideológicamente, siendo el centro lo moderno y las periferias lo no moderno.

  2. Vinculada con lo que Coronil (1996) llama “occidentalismo”, entendido como la idealización de Europa y las sociedades occidentales como entidades homogéneas.

  3. Una suerte de variante de la anterior, pues se explica por el endogenismo, que sería una especie de ceguera crónica de las ciencias sociales centrales para concebir la interdependencia transnacional y transregional.

  4. Referida a la concepción teleológica de la historia moderna, que se basa en el uso de conceptos indefectiblemente cargados como modernización, desarrollo, diferenciación funcional, secularización e individualización (Dussel, 1994).

Los déficits teóricos y conceptuales también pueden subdividirse para favorecer una mejor comprensión:

  1. Se deriva de la construcción circular y dicotómica de categorías para distinguir entre sociedades tradicionales y modernas. Ya sea bajo la idea de “Orientalismo” (Said, 2002) o de “Occidente y el resto” -the West and the Rest- (Hall, 1992), se construyen esencialismos ficticios que entregan cargas valorativas antagónicas, concibiendo lo moderno como moralmente superior, eficiente, meritocrático y secular, y lo tradicional como su opuesto.

  2. Proviene de la extrapolación de la hegemonía tecnológica, material y militar que ostentan los países centrales sobre las periferias -que es real e innegable- como si fuera una superioridad ontológica y moral. Así, se confunde el universalismo en abstracto con la hegemonía concreta que occidente tiene en el mundo (Patel, 2015).

  3. Derivado de las consecuencias teóricas y conceptuales que este déficit acarrea: “las instituciones, estructuras sociales y subjetividades fundadas desde ‘ser el Resto’ son definidas como formas previas (no desarrolladas, o no todavía) o bien como copias distorsionadas de modelos occidentales” (Costa, 2018: 5, traducción del autor).

Por su parte, los déficits metodológicos se expresan de tres modos:

  1. En relación con el nacionalismo metodológico. “El nacionalismo metodológico aparece cuando el estado-nación se trata como la representación natural y necesaria de la sociedad moderna […] (Así) el estado‐nación y la sociedad moderna se vuelven indistinguibles, tanto en términos conceptuales como históricos” (Chernilo, 2011: 160-161).

  2. Referido a la ceguera con que trabajan las metodologías comparadas en relación con las interrelaciones existentes (Bhambra, 2014).

  3. Vinculado con la ausencia para capturar e interpretar desarrollos locales/nacionales no occidentales en sus propios términos (Costa, 2015).

Es posible observar también déficits a nivel institucional que tienen que ver con tres aspectos:

  1. La dependencia, el sesgo Norte-Sur y la división colonial del trabajo (Keim, 2014; Quijano, 2016) traen como consecuencia que se entienda que el Norte Global produce teorías y métodos que luego serían “consumidos” por las periferias.

  2. Referido a las asimetrías materiales que enfrentan los campos de investigación periféricos en términos de infraestructura para la investigación, salarios, librerías y publicaciones, entre otros, que favorecen un sistema de reconocimiento científico sesgado (Keim, 2014).

  3. Relacionado con una trampa institucional: la definición de criterios de calidad de las publicaciones por parte de pares revisores que establecen “cárteles de citación” (Keim, 2014; Collyer, 2018).

Los déficits epistémicos, teórico-conceptuales, metodológicos e institucionales recién descritos dan cuenta de las desigualdades en la producción global de conocimiento académico desde la plataforma hegemónica constituida por los países centrales. Resulta interesante, entonces, reflexionar acerca del impacto que tienen estos obstáculos en la producción y circulación del conocimiento para los científicos sociales latinoamericanos en específico. Al respecto, Costa señala que, producto de esta desigualdad estructural, los sociólogos latinoamericanos “se veían y todavía se ven a sí mismos (en su mayoría) como recipientes de teorías producidas en Europa y Estados Unidos” (2019: 1, traducción del autor). En consecuencia, no se trata simplemente de “rescatar” la voz de las ciencias sociales periféricas, toda vez que éstas serían tan eurocéntricas como las del centro (Gibert, 2017; Beigel, 2016; Costa, 2015). Se trata, más bien -al menos en un primer momento- de mostrar estos sesgos e intentar explicarlos.

En este contexto, resulta interesante hacer una breve revisión de las principales respuestas e intentos por superar estos déficits que obstaculizan la consecución de una globalización de las ciencias sociales. Algunos autores/as plantean que es imposible entender las sociedades por medio de teorías que son paradójicas en sí mismas. Por lo tanto, sería necesario superar la teoría y entender las sociedades por sus dinámicas y complejidades a través de la indagación de las experiencias sociales -y no intentando capturar sus estructuras-, las cuales sólo podrían ser descritas a través de relatos y no por la ciencia (Bhabha, 1994). Otras respuestas han ido en la línea de “descubrir” las sociologías del Sur Global, como fundamento central para alcanzar ciencias sociales realmente globales (Collyer, 2018). Otros autores y autoras, por su parte, han propuesto radicalizar la apertura de la creación de conocimiento, favoreciendo que quienes son “objeto” de estudio sean también creadores de ese conocimiento, generando una cooperación activa entre científicos sociales, movimientos sociales y población afectada, lo que derivaría en la práctica de una “sociología socialmente relevante” (Keim, 2014; Collyer, 2018).

Sin embargo, el aporte de estas alternativas al ejercicio de superación de los obstáculos para la globalización del conocimiento en ciencias sociales también presenta algunos problemas. En el primer caso, la negación expresa del conocimiento científico termina por ver a toda la ciencia como una máquina de legitimación de las estructuras de poder existentes, autoexcluyéndose del debate por reformar las ciencias sociales, pues critica a la ciencia como un todo (Costa, 2015). Es lo que se desprende de visiones como la del economista Enrique Leff, quien sostiene que “el conocimiento científico y las ciencias sociales han sido un dispositivo de poder y un medio de subyugación de los modos ‘tradicionales’ de ser de los pueblos” (Rivera, Domingues, Escobar y Leff, 2016: 12).

En cuanto a la propuesta de “descubrir” las sociologías del Sur, el peligro más latente tiene que ver con lo que Spivak (2003) llamó la “nostalgia de los orígenes”, operación epistémica que esencializa, cristaliza e idealiza un sujeto -en este caso un espacio de producción de conocimientos- por considerarlo “no contaminado”. A mi juicio, este riesgo ronda a buena parte de las teorías decoloniales y poscoloniales. Por su parte, la dificultad asociada a la propuesta de poner en práctica una “sociología socialmente relevante” a través de la cooperación en la generación de conocimiento tiene que ver con aquellas situaciones en que no es tan claro para quién, cuándo ni cómo se produce la relevancia social (Costa, 2018).

Ante dichas dificultades, este artículo propone inscribir las investigaciones sobre el capitalismo dentro de una línea de trabajo que produzca conocimiento sociológico periférico -pero de carácter global- desde una plataforma epistémica, teórica y conceptual que puede llamarse “sociología global” (Bhambra, 2007, 2013, 2014, 2015; Costa, 2015, 2018, 2019). Este enfoque propone como axioma de base que todo conocimiento es siempre socialmente situado. Por lo tanto, todo esfuerzo por generar conocimiento universal termina siendo un intento por esconder su lugar de enunciación y, por ende, su origen (Costa, 2018). Éste sería el objetivo central de Chakrabarty (2008) cuando propone “provincializar a Europa”, pues se trataría de verlo como un lugar de enunciación situado a la par de los otros. Siguiendo esta idea, Costa (2018) propone que se puede “provincializar a la sociología”, renunciando activa y conscientemente a la generación de conocimiento universal y alcanzando la objetividad a través de lo que Weber (1997) planteó hace más de un siglo: declarar de antemano la posición del investigador y ubicar, al mismo tiempo, cuál es su “sitio” dentro de la red de producción de conocimiento. Esto no debe confundirse con una invitación al relativismo, sino más bien lo contrario: es una posibilidad cierta de trabajar en favor de una sociología global que considere y releve al que históricamente ha sido considerado como el otro a través de lo que Bhambra (2014) llama “sociologías conectadas” O, como sostiene Dussel para el caso latinoamericano, “no se trata ya de ‘localizar’ a América Latina. Ahora se trata de ‘situar’ a todas las culturas que inevitablemente se enfrentan hoy en todos los niveles de la vida cotidiana” (2016: 57). En consecuencia, si la sociología global es posible, debe serlo expresando el máximo de culturas y realidades posibles, no sólo visiones parciales y provincianas como la occidental. De acá se desprende la importancia de escribir desde la periferia -en tanto plataforma situacional- y no solamente sobre ella, expresando un reclamo epistemológico en contra de la visión que pretende teorizar sobre el capitalismo global prescindiendo de las regiones periféricas del sistema-mundo (Boatcă, 2006) o entendiéndolas como víctimas pasivas -laboratorios- al servicio del centro.

Por último, esta propuesta de sociología global no sólo se refiere a una reconstrucción del presente, sino también del pasado. De ahí la importancia de rescatar la “colonialidad del poder” (Quijano, 2016) o lo “global colonial” (Bhambra, 2015).

Sólo mediante el reconocimiento de la significancia de lo “global colonial” en la constitución de la sociología […] podemos entender y abordar el presente poscolonial y decolonial que sería el terreno de una “sociología global” propiamente crítica. (Bhambra, 2015: 9)

De esta manera, cualquier transformación de la sociología requiere una reconstrucción “hacia atrás”, acerca de cómo se ha comprendido la modernidad y el capitalismo, al mismo tiempo que “hacia adelante”, en cuanto cómo esta nueva reconstrucción permitiría entender los problemas presentes y futuros de manera diferente (Bhambra, 2013). Así, se vuelve factible decolonizar la disciplina en su conjunto, a modo de poder desarrollar efectivamente una sociología global.

Principios básicos para una sociología global de carácter periférico

La sociología global no hace referencia a una nueva corriente o paradigma dentro de la sociología del conocimiento o de la teoría social en general. Tampoco se trata de una cuestión homogénea ni unívoca. Se trata, más bien, de distintos acercamientos de carácter crítico para abordar los problemas derivados del colonialismo intelectual -destacándose los aportes poscoloniales y/o decoloniales, aunque no exclusivamente- y que comparten ciertas cuestiones centrales como poner en entredicho el presupuesto que mecaniza la relación Norte-Sur en un polo creativo y otro repetitivo, descentrar los supuestos orígenes modernos, relevar el poder de agencia que tienen los distintos actores en la relación -remarcando así su carácter intrínsecamente relacional- y develar las relaciones de poder (colonial) que los enfoques pretendidamente universales esconden. Los trabajos de Devés (2004, 2008, 2012, 2013, 2016, 2017), Domingues (2005, 2009), Wallerstein (2006, 2007), Beigel (2013, 2016) y Gibert (2017) son buenos ejemplos de acercamientos no poscoloniales ni decoloniales y que comparten esos aspectos centrales.

Lo que resulta interesante no es tanto el nombre sino más bien el contenido de la propuesta, y sobre todo el rendimiento epistémico, teórico, conceptual y metodológico que de ella pueda obtenerse, a modo de “revelar la conexión entre las relaciones globales de poder establecidas en el contexto de la expansión colonial europea y las relaciones inequitativas históricas y actuales en los niveles local, nacional e internacional” (Costa y Boatcă, 2010: 338). De esta manera, lo que define el objetivo central de una sociología global de carácter periférico es la crítica a lo que Hall (1992) llamó el binomio West-Rest, deconstruyendo los esencialismos imperantes (Spivak, 2003) y relevando las asimetrías estructurales de poder cuyo origen están en la colonialidad (Quijano, 2016). Como señala Bhambra (2013), la naturaleza globalizada del mundo actual ha obligado a la sociología a reconocer el valor epistemológico y la agencia del mundo más allá de occidente.

No se trata, entonces, de alejarse de una ciencia entendida como una máquina de legitimación de las estructuras de poder existentes y sus jerarquías. Tampoco de buscar formas de conocimiento subalterno no colonizado, entendidas como pensamiento abismal (Sousa, 2013) o fronterizo (Mignolo, 2016) de carácter esencialista. La sociología global que aquí se propone no pretende rechazar la ciencia de plano, sino intenta reconfigurarla desde dentro. Este proceso implica la deconstrucción de estructuras y de categorías hegemónicas a través de describir las relaciones entre el centro occidental y las periferias del Sur Global. En este proceso deconstructivo se vuelve posible observar que la mayor parte de estas categorías y conceptos hegemónicos son constructos imaginarios que no tienen valor empírico inmediato en tanto resabio del colonialismo intelectual, tal como sucede con el uso de la noción de “laboratorio neoliberal” para comprender el papel de las periferias en el capitalismo contemporáneo. Esta radicalización muestra que la racionalidad, las ciencias, los derechos humanos, la modernidad, el capitalismo y el neoliberalismo -entre otros- no son características propias ni excluyentes de las culturas europeas. “Más bien, son elementos de una historia global en la que occidente ha conquistado el monopolio sobre (su) definición […] paradójicamente, con la directa participación de la parte no occidental del mundo” (Costa, 2015: 8, traducción del autor).

Tampoco se trata de invertir los papeles ni de “poner a la sociología eurocéntrica de cabeza”, cayendo en lo que Said (2002) llamó occidentalismo o que Wallerstein (2007) llama eurocentrismo antieurocéntrico. Esto es, no se trata de convertir a las periferias en centro y a los centros en periferia, sino de comprender el carácter procesual y en red de un fenómeno de alcance mundial como el neoliberalismo, relevando las capacidades de agencia de los distintos actores. En otras palabras, “pensar desde las periferias no consiste en saber cómo encaramarse a la cima del poder para oprimir a las que vayan quedando debajo sino en negar toda periferalidad, así simplemente, como si fuera posible hacerlo” (Devés, 2013: 47).

Retomando el ejemplo que proyecta a Chile como laboratorio neoliberal al servicio de los intereses del centro -dada su condición periférica- y la imposibilidad de comprensión global que una concepción de este tipo cobija, aquí no se postula que la manera correcta sería comprender a este país como el precursor exclusivo del neoliberalismo. Esto sería seguir trabajando con el mismo marco teórico y epistemológico que pretende criticarse. Por el contrario, la apuesta por una sociología global de carácter periférico se sostiene sobre la noción de que toda teoría política, económica y social tiene raíces en red que entrelazan ideas, textos, hechos históricos, compromisos políticos, personales y de clase, que dan cuenta de una cierta “idea que ronda en el aire” cuyo origen es transnacional y relacional y, por tanto, en ningún caso atribuible a una sola persona ni a un solo lugar, como suelen hacer las ciencias sociales al otorgar a Friedman y a la Escuela de Chicago el origen “puro” del neoliberalismo.2 Comprender los procesos globales de ese modo da pie a múltiples errores de interpretación que, por un lado, dificultan enormemente la posibilidad de combatirlos, toda vez que “el pasado y sus formas sociológicas de desconocimiento […] continúan limitando nuestra capacidad de imaginar futuros diferentes” (Bhambra, 2014: 3). Por otro lado, cristalizan y petrifican fenómenos sociales que son siempre y por definición procesuales. En este sentido, el capitalismo neoliberal no tiene una forma fija ni a priori, sino es lo que “va siendo históricamente” (Venables y Chamorro, 2020).

En consecuencia, es la sociología global bajo las características aquí descritas la que permitiría el reconocimiento de la periferia como actor relevante dentro de procesos globales como la modernidad, la globalización, el capitalismo y su variante contemporánea neoliberal. El propósito, por tanto, “no es ni homogeneizar, ni […] menos aún elevar a la periferia mediante un mandato semántico, sino el deshacer las taxonomías imperiales que fetichizan a Europa como el portador exclusivo de la modernidad y borra la constitución transcultural de los centros imperiales y las periferias colonizadas” (Coronil, 2016: 40). Se debe afirmar con Domingues, entonces, la necesidad de “develar los mecanismos que producen la dependencia como modo de enfrentarla, en lugar de simplemente afirmar continuidades coloniales o de cualquier otra naturaleza, que impulsan un discurso sin ser capaces de explicar cómo, de hecho, se procesa esta subalternidad” (Rivera, Domingues, Escobar y Leff, 2016: 5). O, como se señaló anteriormente, un imponderable de la sociología global de carácter periférico es ir más allá de la crítica epistémica poscolonial y hacer sociología empírica en estos términos.

El esquema centro-periferia y la tensión del nacionalismo metodológico

El último aspecto a relevar en relación con la construcción epistémica y teórica de una sociología global que combata el colonialismo intelectual tiene relación con revalorar el esquema centro-periferia. Como se indicó, los desequilibrios de poder al interior de la modernidad han moldeado un devenir social en el cual -histórica y actualmente- las periferias tienen menos posibilidades de influir en la evolución de los países centrales de la que estos tienen sobre los periféricos (Domingues, 2009). Esta dinámica que expresa los desequilibrios de poder entre Occidente y el “Resto” encuentra su mejor expresión y representación a través del esquema centro-periferia, no en tanto atribución de precedencia ontológica ni cronológica sino más bien como una cuestión posicional (Quijano,1990; Costa, 2019). Esto es, no se trata de que el centro y la periferia se definan por su contenido, sino que siempre lo hacen en función de la relación que establecen y que los vincula.

Estas asimetrías de poder tienen un correlato directo en el campo específico de la producción de conocimiento realizada por las distintas regiones del globo. La denuncia crítica a este fenómeno ha sido estudiada bajo el concepto de “geopolítica del conocimiento”, tanto desde los enfoques poscoloniales (Patel, 2015; Collyer, 2018) como desde los decoloniales (Dussel, 2016; Mignolo, 2016). Sin perjuicio de la utilidad de esta propuesta, la utilización del esquema centro-periferia para describir estas asimetrías como lo hace Keim (2011) genera un mejor rendimiento para una sociología global, pues considera como centrales cuestiones vinculadas con la hegemonía y acciones de antihegemonía desplegadas, lo que la vuelve “analíticamente más precisa que la metáfora militar de geopolítica del conocimiento” (Costa, 2019: 3). Asimismo, el carácter eminentemente relacional del esquema centro-periferia hace lo propio con las diferencias de poder. En efecto, en la línea de lo expresado por Cardoso y Faletto (1973) a fines de los 60 bajo el marco de la Teoría de la dependencia, es posible sostener que “es la combinación específica de impulsos internos y de factores externos la que ha definido los caminos peculiares que cada uno [de los países de América Latina] ha tomado, además del elemento particular de las diferencias de poder” (Domingues, 2009: 12). En consecuencia, esta articulación entre las dinámicas locales y globales se expresa, en última instancia, en una suerte de tensión inherente entre las dimensiones local y transnacional. Esto se sustenta en la importancia e inevitabilidad de considerar lo global y lo local como polos necesariamente conectados y no como opuestos:

Hoy en día, no parece posible concebir lo particular fuera de lo universal ni lo universal con abstracción de lo particular; estamos condenados a pensar lo universal y lo particular como los dos lados de una misma distinción. (Chernilo, 2011: 134-135)

Pero más allá de la abstracción, este presupuesto teórico y conceptual tiene implicancias directas en la manera como se comprenden ciertos fenómenos actuales ligados al desarrollo del capitalismo neoliberal, como la migración, la reterritorialización industrial o la división internacional del trabajo, cuyo trasfondo son las redes transnacionales del poder (Coronil, 2016). En efecto, como describe Coronil, “la desterritorialización de ‘Europa’ o el Occidente, ha conllevado su reterritorialización menos visible en la figura esquiva del mundo, la cual esconde las socialmente concentradas pero más geográficamente difusas redes transnacionales financieras y políticas que integran a las élites metropolitanas y periféricas” (2016: 121). Esto implica la necesidad de estudiar élites que son locales y globales en forma simultánea, cuya organización financiera y política en red hace difícil catalogarlas como periféricas o centrales, independientemente que su origen o emplazamiento esté ubicado en un país periférico.

Se produce, entonces, lo que Coronil denomina “dialéctica entre localización y globalización”:

De la misma manera como los fenómenos locales no se pueden comprender fuera de las condiciones globales en las que se desarrollan, los fenómenos globales no se pueden comprender sin explicar las fuerzas locales que los sustentan […] Al descentralizar las epistemologías de Occidente y al reconocer otras alternativas de vida, producirá no sólo imágenes más complejas del mundo, sino modos de conocimiento que permitan una mejor comprensión y representación de la vida misma. (Coronil, 2016: 124-125)

En este contexto, se vuelve útil la consideración del concepto agencia transnacional, entendido como una red específica de comunicación (o una red de redes), de intercambio de conocimiento e información, sin territorio ni temporalidad definida, y que se ha visto reforzada con el desarrollo de las TIC. La agencia transnacional contempla a actores, estructuras de acción y discursos, y las asimetrías de poder preexistentes forman parte de la agencia transnacional. En este sentido, “el contexto de la agencia transnacional coexiste y está articulada con los espacios nacionales” (Costa, 2006a: 47, traducción del autor). Por último, una consecuencia inevitable de la utilización del esquema centro-periferia y de la comprensión de la vinculación e inseparabilidad de lo local y lo global -dialéctica entre localización y globalización (Coronil, 2016)-, es que pone en tensión y discusión al nacionalismo metodológico. Éste, como se mencionó, aparece cuando se considera a los estados nacionales como la representación por antonomasia y cuasi natural de la sociedad moderna (Chernilo, 2011). De esta manera, la sociedad estatal-nacional se vuelve un supuesto axiomático y omniabarcante desde el cual explicar la modernidad y el desarrollo del capitalismo.

Desarrollos más recientes en la línea de lo que acá se ha venido presentando, como la teoría de sistema-mundo de Wallerstein (2006, 2007), han permitido plantear -bajo el paraguas conceptual de la crítica al nacionalismo metodológico- la necesidad no sólo de “reconciliar” lo local y lo global, sino también otros conceptos que en apariencia son opuestos, pero que en la práctica estarían imbricados, como lo estático con lo dinámico y lo sincrónico con lo diacrónico. Un razonamiento de esta naturaleza permitiría comprender que “la unidad de análisis no es ya el Estado-Nación, sino el sistema-mundo” (López-Segrera, 2016: 196), y al mismo tiempo, favorecería que se lleven a cabo análisis transdisciplinarios entre historia, antropología, economía, ciencias políticas y sociología.

Conclusiones

La resistencia al colonialismo intelectual ha estado siempre presente al interior de la intelectualidad latinoamericana, por lo que su desarrollo hegemónico los últimos tres siglos (Devés, 2012) no ha estado exento de disputas. Las respuestas a este problema se han expresado a través de lo que Devés (2012) llama la disyuntiva periférica -ser-como-el-centro o ser-nosotros-mismos- y se han encontrado con dificultades de distinto tipo. La principal dificultad vinculada con el colonialismo intelectual analizada en este artículo es la comprensión de fenómenos globales a través de la extrapolación de la realidad del centro hegemónico como si éste fuese universal, negando, al mismo tiempo, la participación de las periferias en dichos procesos globales o relegándolas a la categoría de laboratorios o experimentos manejados por el centro.

Basándose en los trabajos de Costa (2006a, 2006b, 2015, 2018, 2019), Bhambra (2007, 2013, 2014 y 2015), Domingues (2005, 2009 y 2016) y Devés (2004, 2002, 2013 y 2016), entre otros, este artículo propone una salida distinta: desarrollar una sociología global de carácter periférico cuyos ejes principales sean comprender lo global desde un carácter descentrado y relacional radical y relevar el rol de las periferias en los procesos de carácter global como el capitalismo neoliberal, buscando revertir su condena a “quedar fuera de la historia”. Esta propuesta, como se dijo, no niega la situacionalidad propia de toda producción de conocimiento (de ahí el concepto de sociología global de carácter periférico), toda vez que entiende lo global como la configuración en red de procesos históricos complejos que vinculan lo local con lo global en ambas direcciones.

Esta reformulación epistémica y teórica tiene relevancia para la reflexión macrosociológica de alcance global y, por tanto, no pretende dictar prohibiciones ni orientaciones normativas para escalas analíticas meso o micro, donde algunos de los enfoques aquí escrutados pueden resultar útiles y acertados. En otras palabras, las distintas escalas cuentan con una autonomía relativa que les permite grados de flexibilidad sin contradecirse. En ese contexto, la propuesta descansa en la superación de la idea unidireccional y colonial de que las periferias somos copias truncas y atrasadas del Norte (ser-como-el-centro), pero también en la necesidad de salir del particularismo esencialista que reivindica los aspectos latinoamericanos “no contaminados” (ser-nosotros-mismos). Latinoamérica -como cualquier espacio cultural, histórico y geográfico- presenta una serie de particularidades propias innegables y que deben resaltarse con la intención de comprender fenómenos globales. Pero, como bien señala Domingues, para que nuestras ciencias sociales puedan arrojarse más allá de sus temas propios y particulares, lo primero es avanzar en términos teóricos:

Hay que producir conceptos de alcance universal, reconstruyendo aquellos que ya existen o creando otros, nuevos, que sirvan a nuestras cuestiones de cuño empírico, pero que también se apliquen, aunque esto incluya cambios, a otras regiones del mundo, en un diálogo planetario. (Rivera, Domingues, Escobar y Leff, 2016: 6)

Sólo así -siguiendo con Domingues- será posible “producir teorías más completas para nuestros propósitos específicos y, por otra, salir de la subalternidad, sin perdernos en el romanticismo de la acentuación absoluta de la particularidad” (Rivera, Domingues, Escobar y Leff, 2016: 6).

En concreto, se vuelve imperioso reconstruir conceptos que expresen fenómenos globales, como el del capitalismo neoliberal aquí revisado, como vía concreta para la superación de la subalternidad académica, en este caso expresada como colonialismo intelectual. Para ello, la propuesta de una sociología global de carácter periférico aparece como plausible y abordable, de modo que escribir desde la periferia no implique la obligación de hacerlo (sólo) sobre ella. Además, la sociología global acá propuesta retoma y reinterpreta el pasado y trata de transformar a las ciencias sociales desde dentro, de modo de abrir nuestra capacidad de imaginar futuros posibles más allá de la disyuntiva periférica.

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1 Para el caso de las poquísimas excepciones de pensamiento latinoamericano que han traspasado las fronteras del Norte hegemónico, ver Segato, 2013.

2Al respecto, resulta muy ilustrativo lo señalado por Canguilhem (2005) a propósito de la teoría de la evolución, en tanto habría sido una suerte de “idea en latencia” entre distintas disciplinas y autores contemporáneos a Darwin.

Recibido: 03 de Agosto de 2020; Aprobado: 17 de Julio de 2021

Sobre el autor. Juan Pablo Venables. es doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Chile. Sus líneas de investigación son: el neoliberalismo, la sociología de la educación y la sociología de las élites. Entre sus publicaciones más recientes se encuentran: “Victimización y victimismo. O la negación del agenciamiento” (2021) en Cristóbal Balbontín y Laura Rodríguez, Historia, Trauma, Memoria. Santiago de Chile: Libros del amanecer; (con Claudia Chamorro) “Haciendo neoliberalismo sobre la marcha. Creación y resignificación de ideas educativas en la dictadura chilena” (2020) Estudios Pedagógicos, 46(2).

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