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Revista mexicana de ciencias políticas y sociales

Print version ISSN 0185-1918

Rev. mex. cienc. polít. soc vol.64 n.236 México May./Aug. 2019

http://dx.doi.org/10.22201/fcpys.2448492xe.2019.236.63489 

Dossier

Observaciones sobre encuentros entre hermenéutica, pragmática y análisis del discurso

Where Hermeneutics, Pragmatics and Discourse Analysis Meet: Some Remarks

Juan Nadal Palazón1 

*Instituto de Investigaciones Filológicas, UNAM, México. Correo electrónico:<palazon@unam.mx>.

Resumen

En este artículo se presenta una revisión de conceptos de las tradiciones de la hermenéutica, la pragmática y el análisis del discurso con el objetivo de mostrar que sus planteamientos pueden ser vistos como complementarios, si bien a menudo se considera que estos ámbitos no son claramente diferenciables e incluso inconexos o irreconciliables. Se muestra que, aunque procedan de distintas corrientes de pensamiento, la hermenéutica, la pragmática y el análisis del discurso en realidad tienen en común el objeto de estudio, la finalidad y el punto de partida, razón por la cual no es extraño que compartan matrices conceptuales, independientemente de sus evidentes diferencias en alcance, precisión y aplicabilidad.

Palabras clave: hermenéutica; pragmática; análisis del discurso; lenguaje; significado

Abstract

This paper presents a review of concepts from the hermeneutic, pragmatic, and discourse analysis traditions, aiming to show that their approaches can be seen as complementary, even though these areas are often presented as not clearly differentiable, and even as unconnected or incompatible. It is shown that, although they come from different trends of thought, hermeneutics, pragmatics and discourse analysis, they actually share the object of study, purpose and starting point which is why, not surprisingly, they share conceptual matrices, regardless of their obvious differences in scope, precision and applicability.

Keywords: hermeneutics; pragmatics; discourse analysis; language, meaning

Introducción

En un texto publicado originalmente en 1972, que lleva por título “Semántica y hermenéutica”, Hans-Georg Gadamer hacía una comparación entre esas dos áreas de conocimiento. Allí enfatizaba las limitaciones interpretativas que tiene la semántica frente a la hermenéutica y mostraba que, de algún modo, “la semántica se trasciende a sí misma y se convierte en algo más”1 (Gadamer, 1976: 86). Como veremos a continuación, muchas de las diferencias que observaba Gadamer -quien además de filósofo era filólogo- lo son también con respecto a la pragmática y al análisis del discurso frente a la semántica, entendida en su acepción más tradicional.

Este trabajo busca mostrar que, aunque con orígenes, enfoques y procesos evolutivos distintos, la hermenéutica, la pragmática y el análisis del discurso comparten el objeto de estudio, la finalidad y el punto de partida, y sus planteamientos pueden ser complementarios, a pesar de que en ocasiones se les presente como no claramente diferenciables y hasta inconexos o irreconciliables. Primero abordaré, brevemente, los vínculos generales entre hermenéutica y semiótica, disciplina esta última que tiene por divisiones la semántica y la pragmática, además de la sintaxis. Después me aproximaré a las relaciones entre hermenéutica y pragmática y, por último, expondré algunos de los nexos más evidentes entre hermenéutica y análisis del discurso. Sin pretender agotar el asunto, revisaré ciertos hitos significativos dentro de la muy amplia producción intelectual que hay sobre dichas temáticas y señalaré diferencias importantes.

Antes de ello, es preciso recordar que el término “hermenéutica” es polisémico. En primer lugar, en su acepción clásica, alimentada notablemente por las retóricas grecolatina y medieval, se refiere a la interpretación -es decir, a la práctica interpretativa- de textos sagrados y profanos. En otros términos, es hermeneutike techne, ars interpretationis o Kunst der Interpretation: arte de la interpretación como transformación, y no teoría como contemplación. “Es, ante todo, a esta dimensión práctica a la que la hermenéutica debe su tradicional prestigio” (Ferraris, 2002: 11), la cual puede percibirse claramente en autores como Friedrich Schleiermacher.

En segundo lugar, sobre todo a partir de Wilhelm Dilthey, la hermenéutica se concibe como el estudio de las reglas y métodos de las disciplinas de la comprensión, el cual puede servir de fundamento para todas las “ciencias del espíritu”. En tercer lugar, desde Friedrich Nietzsche, pero en especial desde Martin Heidegger -para quien la hermenéutica no tiene nada que ver con los textos, sino con la existencia misma del lector o escucha-, la hermenéutica es vista como una filosofía universal de la interpretación; en esta corriente se ubican autores más modernos, como Hans-Georg Gadamer o Paul Ricœur, quienes, sin embargo, han preferido alejarse parcialmente de Heidegger y reanudar el diálogo con las ciencias del espíritu, con lo cual han restablecido las tradiciones de Schleiermacher y Dilthey, aunque sin la idea de este último de una función metodológica como tarea exclusiva y atendiendo en mayor medida a la dimensión lingüística e histórica de la comprensión humana.

La primera concepción es, de acuerdo con Jean Grondin, “la que presupone siempre y discute la hermenéutica más reciente” (Grondin, 2008: 16). Es así como el término “hermenéutica” se ha ampliado de las prácticas interpretativas (hermenéutica utens) a las teorías, métodos y doctrinas de la interpretación (hermenéutica docens), con lo cual “se extiende [por ejemplo] al psicoanálisis y a la semiótica, que ven en los fenómenos observables indicios de un significado más profundo” (Dortier, 2014: 249).

Hermenéutica y semiótica

En cuanto estudio de los signos y de los procesos de interpretación, la semiótica posee, como ha recordado Umberto Eco, vínculos profundos con la hermenéutica, ya que un signo solamente lo es porque alguien lo interpreta como tal (Eco, 1990). Si bien la semiótica contemporánea se ha desarrollado de manera independiente de la hermenéutica, en fechas más recientes se han tratado con nuevo interés los problemas de la interpretación (Eco, 1999, por ejemplo), tal como ha sucedido en la mayoría de las corrientes posestructuralistas (aunque es verdad que la semiótica ha sido una disciplina integradora que se ha visto influida constantemente por movimientos teóricos externos).

Como se sabe, Charles Sanders Peirce introdujo la semiótica a partir de John Locke y le asignó tres ramas (tomadas del trivium clásico): gramática pura, lógica pura y retórica pura (Peirce, 1965). Años después, Charles Morris (1962) cambió los nombres a sintaxis, semántica y pragmática, que es como se conoce actualmente a los tres dominios de la semiótica. De acuerdo con Morris, la sintaxis estudia las relaciones de los signos con otros signos; la semántica trata de sus relaciones con significados u objetos, y la pragmática se interesa por las relaciones de los signos con sus usuarios o hablantes, con su empleo y con sus efectos. La sintaxis se ocupa, pues, de relaciones de coherencia; la semántica, de relaciones de correspondencia y, la pragmática, de relaciones de uso e interpretación (Morris, 1962: 27 ss). Con respecto a los signos lingüísticos en particular, la pragmática -especificada ahora como pragmática lingüística- se encarga de estudiar, dice Geoffrey Leech, el uso y el significado de los enunciados en relación con las situaciones en que se produjeron (Leech, 1983).

La semiótica, señala Mauricio Beuchot, engloba a la hermenéutica “en una parte de la semántica y en todo de la pragmática” (Beuchot, 2014: 307). Ya observó Gadamer que la hermenéutica y la semántica tienen en común el punto de partida -esto es, “la forma lingüística de expresión en que se formula nuestro pensamiento”- y “una perspectiva verdaderamente universal”, pues, añade, “¿acaso hay algo en el fenómeno lingüístico que no sea signo y que no sea un momento del proceso de comprensión?” (Gadamer, 1976: 82).

Hermenéutica y pragmática

Podría decirse que, en principio, la hermenéutica y la pragmática buscan, hasta cierto punto y con diferentes restricciones, lo mismo: la intencionalidad del autor o escritor o hablante. Lo ha advertido Paul Ricœur desde la tradición hermenéutica, al señalar que el propósito de la interpretación no es otro sino el de recuperar la intención del autor de un texto, pues sin intencionalidad no hay sentido ni referencia (Ricœur, 1978: 452 ss.). Desde la pragmática lo ha hecho Paul Grice, para quien el objetivo de esta área es captar no el significado “como tal”, sino el significado del hablante, o speaker’s meaning (Grice, 1977: 17-18). Es por ello que, en palabras de Marcelo Dascal, la pragmática es “una disciplina que se ocupa también del ‘significado’ y cuyos objetivos y alcances parecen ser, a primera vista, mucho más cercanos a la hermenéutica” (Dascal, 1989: 239).

La hermenéutica y la tradición semiótica coinciden incluso en la controversia que genera esta concepción del significado original del autor o hablante como recuperable. En efecto, el debate tanto en la semiótica (Barthes, 1987; Eco, 1992) como en la hermenéutica (Ricœur, 1995; Gadamer, 2013) se ha deslizado, con el tiempo, hacia lo que se conoce como la “muerte” o desaparición del autor, es decir, la idea de que no es sino el lector quien encuentra sentido a un texto, más allá de lo que su autor pudiera haber tenido o no en la mente al producirlo (volveremos a esto último más adelante).

Tradicionalmente, la semántica se ha limitado al estudio del significado literal, o lo que Grice (1975) llamó el “significado proposicional”, determinado en exclusiva por la suma de los componentes lingüísticos explícitos y representado por medio de un sintagma, en un tan hipotético como irreal contexto cero. La hermenéutica y la pragmática van más allá de lo antes mencionado al tomar en cuenta muchos aspectos del significado que por lo general no se incluyen en el ámbito de la semántica (Gadamer, 1976; Dascal, 1989). Es interesante que, como respuesta a este problema, algunos autores, como Oswald Ducrot (1982), reivindiquen desde la lingüística una pragmática integrada a la semántica.

Tanto la hermenéutica como la pragmática se presentan, así, como una trascendencia de la semántica más tradicional. Ambas tratan de los procesos de interpretación de los enunciados en contexto. Asimismo, las dos se ocupan de las condiciones relacionadas con el uso real de la lengua. Ambas pretenden explicar qué participa en la interpretación y comprensión, más allá del hecho de que las palabras, las frases y las oraciones poseen ciertos significados convencionales.

El propio Gadamer, para quien la relación con el contexto es “la esencia misma del habla” (Gadamer, 1976: 88), sostiene que siempre hay “un significado impuesto en el vehículo de expresión, que solamente funciona como un significado detrás del significado y con respecto al cual, de hecho, podría decirse que pierde su significado cuando se eleva al nivel de lo que se expresa en realidad” (Gadamer, 1976: 88). Dicho en términos de Grice, el significado del hablante (“lo que se expresa en realidad”) resulta de un proceso inferencial fundado en los conocimientos que proporciona el contexto de enunciación. El punto de partida, por tanto, es el significado proposicional (el “significado impuesto en el vehículo de expresión”), que se reelabora a partir de los datos contextuales y que de ahí se infiere (“significado detrás del significado” “que pierde su significado”).

Al igual que la hermenéutica, la pragmática está interesada en los significados implicados o implícitos. Casos como los de las implicaturas conversacionales (Grice, 1975) o los actos de habla indirectos (Searle, 1979) se consideran fenómenos pragmáticos paradigmáticos, justamente porque, como diría Gadamer, en ellos hay algo “que no se dice y que, sin embargo, se hace presente al hablar” (Gadamer, 1976: 88). Estos significados solamente pueden descubrirse o suponerse si se atiende tanto al contenido proposicional como al contexto.

Los primeros desarrollos sistemáticos de la pragmática surgieron, de hecho, al comprender que los conceptos y métodos de la semántica eran insuficientes para explicar el significado de los enunciados dependientes del contexto. Un buen ejemplo de ello son los estudios de los deícticos, es decir, de las formas lingüísticas cuyo referente solamente puede ser determinado en relación con el contexto situacional en el acto de enunciación, como sucede con los pronombres personales y los adverbios de lugar y tiempo. Desde el marco conceptual de su teoría hermenéutica, Gadamer llamó “expresiones ocasionales” a estos elementos y definió la “ocasionalidad” como la “dependencia de la situación en la que una expresión es usada” (Gadamer, 1976: 88).

En realidad, como nos recuerda Dascal, la historia de la pragmática es, en gran medida, la del descubrimiento de las múltiples y a veces insospechadas maneras en que el significado depende del contexto (Dascal, 1989: 241-242). Esta disciplina ha venido identificando numerosos factores relevantes para comprender incluso la expresión más simple, como la identificación del hablante y el destinatario, las coordenadas espaciotemporales, el entorno lingüístico inmediato, el género discursivo, el estilo, el registro lingüístico empleado, los conocimientos compartidos y las normas de comunicación de la comunidad, así como las creencias, los deseos y las expectativas del hablante y el destinatario.

Aunque en algunos puntos se refieren a fenómenos del mismo tipo, hermenéutica y pragmática parecen estar motivadas por diferentes cuestiones y, por tanto, producen planteamientos de diferente alcance, precisión y aplicabilidad. Como afirma Beuchot, la diferencia entre ambas proviene del origen. La pragmática surgió de la filosofía analítica, de su corriente lógica y de la vertiente pragmática o pragmatista, y la hermenéutica, de la fenomenología, el historicismo y el existencialismo (Beuchot, 2012: 52).

Esto explica, según Beuchot, tanto las pretensiones objetivistas de la pragmática como el enfoque de tendencia subjetivista y relativista asociado a la hermenéutica. En la pragmática, en general, predomina el ideal de la objetividad, pues se tiene la expectativa o esperanza de recuperar la auténtica intención del hablante, el sentido fundacional que dio origen al enunciado. La hermenéutica, en cambio, da por hecho que interviene en gran medida la subjetividad del intérprete, sobre todo en el caso de la postura asumida por Gadamer y sus seguidores. Esto nos hace entender por qué la pragmática da preponderancia a lo que quiso decir el hablante y la hermenéutica, a lo que de ello capta el intérprete.

Esta polarización se da también dentro de la hermenéutica y de la pragmática. A partir de Ricœur, se ha propuesto hablar de hermenéutica romántica y hermenéutica positivista: la primera, que tiene como paradigma principal a Schleiermacher, busca acercarse al texto por medio de una perfecta identificación del intérprete con la intencionalidad del escritor; la segunda cuyo autor arquetípico es Ranke, postula un distanciamiento tal con respecto al texto que, aun cuando presente varios sentidos, se capte el único verdadero (Beuchot, 2014: 300-301). Dentro del ámbito de la pragmática, podemos mencionar la célebre polémica entre Eco, que defiende el sentido literal además del simbólico, y Richard Rorty, quien cree que no se puede hablar de sentido literal, sino únicamente de sentido simbólico (Eco, 1995).

La pragmática, en cualquier caso, cultiva una autoimagen de disciplina cuasi empírica, que busca aplicar principios generales al análisis de episodios comunicativos concretos (aunque haya sido practicada por filósofos, se asocia estrechamente con disciplinas como la lingüística, la psicología y la etnografía de la comunicación). Puesto que ningún intérprete tiene acceso directo al significado del hablante, es obvio que los resultados que propone son siempre un asunto de conjeturas, nunca infalibles, y que, en el mejor de los casos, se revisan a la luz de nuevas evidencias.

La hermenéutica, en cambio, suele percibirse como un área de reflexión menos rigurosa, como un espacio intelectual y cultural donde la verdad importa menos, pues todo es cuestión de interpretaciones. Este giro se presenta en especial desde Nietzsche, con su famoso “no hay hechos, solo interpretaciones” (Nietzsche, 2008: 222), y desde Heidegger, con su distanciamiento de la postura metodológica. Sin embargo, como bien afirma Grondin, tal concepción “se encuentra en las antípodas de lo que siempre ha querido ser la hermenéutica, a saber, una doctrina de la verdad en el dominio de la interpretación” (Grondin, 2008: 15).

Análisis del discurso y pragmática

Más que una verdadera disciplina, el análisis del discurso es un “espacio de problematización” (Charaudeau y Maingueneau, 2005: 35) situado en el punto de cruce de las humanidades, donde convergen corrientes recientes y se renuevan prácticas retóricas, filológicas y hermenéuticas, que constituyen tradiciones mucho más antiguas en el estudio de textos. Algunos autores, como Teun A. Van Dijk, lo definen como el “estudio del uso real del lenguaje por locutores reales en situaciones reales” (Van Dijk, 1985: 1-2). A menudo se le ha caracterizado como “concepto paraguas”, dada su naturaleza abarcadora e integradora (Östman y Virtanen, 1995: 241).

Como se sabe, el término “análisis del discurso” surgió en el seno de la lingüística estadounidense: fue acuñado en 1952 por Zellig Harris, mentor de Noam Chomsky, para aludir a la extensión de los procedimientos distribucionales a unidades transoracionales (Harris, 1952). Con el tiempo, sin embargo, ha venido enriqueciéndose para trascender los asuntos meramente descriptivos de la hoy llamada “gramática textual”. El análisis del discurso se benefició, en una primera etapa, con los desarrollos de la lingüística de la enunciación, particularmente con los de Roman Jakobson y Émile Benveniste.

Una idea fundamental ha sido la del circuito del habla, que retomó Jakobson para analizar las funciones del lenguaje (Jakobson, 1988: 81-91). Allí incorporó los conceptos de emisor, receptor y contexto (además de canal), que se asocian con las condiciones de la enunciación identificadas por Benveniste, es decir, locutor, alocutario y referencia, respectivamente (Benveniste, 2002: 84-85). Estas ideas renovaron los estudios del lenguaje después de que Ferdinand de Saussure -o, mejor dicho, sus alumnos Charles Bally, Albert Sechehaye y Albert Riedlinger, al atribuir al maestro sus propias notas sobre las clases de Saussure- las marginara al separar la lengua del habla2 (aunque, como veremos más adelante, con la publicación de fuentes diferentes del Curso de lingüística general, se ha descubierto que la noción de discurso y sus ideas asociadas en realidad no eran ignoradas por el lingüista ginebrino).

La reflexión en este ámbito surge, pues, como reacción a uno de los postulados que acabó asumiendo, como parte esencial de su fundamento teórico-metodológico, el estructuralismo lingüístico. Fue así como empezó a ponerse de relieve la dimensión dinámica del proceso de enunciación, por medio del cual no solamente se genera un enunciado-texto, sino que se manifiestan el sujeto emisor y su relación con unos interlocutores y con los contenidos que produce. Ya indicaba Paul Ricœur, por cierto, que es obligación de los lingüistas recuperar estas importantes nociones del exilio marginal y precario en el que, en ese ámbito, a menudo se las ha mantenido (Ricœur, 1995).

Debemos advertir, sin embargo, que, tal como ha sucedido con la palabra “hermenéutica”, el término “discurso” se ha vuelto polisémico y, como observa Dominique Maingueneau, pueden identificarse por lo menos seis acepciones distintas: 1) texto, 2) habla saussureana, 3) enunciado, 4) texto en contexto, 5) enunciación y 6) lugar donde se ejerce la creatividad verbal (Maingueneau, 1989: 15-16).

La primera acepción es la que Harris le asignó originalmente: sucesión de oraciones que componen un mensaje (para referirse a su análisis hoy se prefiere emplear las denominaciones gramática textual o lingüística textual). La segunda es la que surge de la dicotomía lengua/habla, establecida por Saussure, y suele emplearse en la lingüística estructuralista. Con la acepción tercera se entiende por discurso un segmento o unidad transoracional emitida entre dos detenciones, o pausas, en la cadena verbal. Con la cuarta, el discurso es concebido como la inclusión de un texto en su contexto, es decir, en sus condiciones de producción y de recepción. La acepción quinta, propuesta por el mismo Benveniste, equipara discurso con enunciación, es decir, el “poner a funcionar la lengua en un acto individual de utilización” (Benveniste, 2002: 83), para lo cual se requieren, como hemos dicho, un locutor, un alocutario y una referencia. Por último, la sexta acepción se refiere al discurso como el lugar de la contextualización imprevisible que confiere nuevos valores a las unidades de la lengua, entendida aquí, en oposición a la concepción anterior, como el conjunto relativamente estable de unidades con efectos de sentido virtuales.

El término genérico “estudios del discurso” o “estudios discursivos” ha surgido como consecuencia de esta proliferación de usos, referidos tanto a cuestiones de forma como de fondo, y tiene la finalidad de abarcar ambos tipos de aproximaciones (Van Dijk, 1998: 17-18). Con ello, la denominación “análisis del discurso” a menudo queda reservada para los estudios del fondo (siempre a partir de la forma). Las acepciones cuarta, quinta y sexta son las que consideran tales asuntos.

Evidentemente, las acepciones quinta y sexta presuponen la cuarta: es imposible abordar las cuestiones de fondo sin estudiar los textos en contexto (restricción asimismo central para la pragmática y la hermenéutica, como ya hemos visto). De hecho, desde la década de 1970, diversos autores (por ejemplo, Widdowson, 1973) conciben discurso como “texto + situación”. No es sino gracias a este vínculo entre texto y contexto, o situación de comunicación, que pueden extraerse interpretaciones sobre el significado que puso en marcha el hablante y, en consecuencia, su intencionalidad, así como lo que se ha denominado el “significado discursivo” -es decir, lo que se logra comunicar al emplear una formulación lingüística en una determinada situación-, el cual, como bien señala Stephen Tyler, se caracteriza como una fuente inagotable de sentidos, pues es dinámico y complejo a la vez, por lo que debe someterse a un proceso de interpretación nada trivial (Tyler, 1978: 7).

De acuerdo con Benveniste, el discurso vehicula “lo intentado”, esto es, “lo que el locutor quiere decir” (Benveniste, 2001: 226), y “debe entenderse discurso en su extensión más amplia: como toda enunciación que supone un locutor y un alocutario, y en el primero, la intención de influir en el otro de alguna manera” (Benveniste, 1974: 241-242). Así, para este autor, el locutor quiere decir algo y, al mismo tiempo, pretende influir en el alocutario.

Como anticipábamos más arriba, ya Ferdinand de Saussure tenía presente esta problemática. A pesar de lo que a menudo se infiere por no abordarla en ningún lugar de su Curso de lingüística general, hoy sabemos, gracias a la relativamente reciente publicación de su “Nota sobre el discurso”, que dicho concepto no estaba de ningún modo ausente en su pensamiento. Cuando Saussure dice que “la lengua entra en acción como discurso”, presupone que este último es la puesta en acción de la lengua y, cuando dice que un individuo humano “quiere significar algo” a “otro individuo” “al usar términos que están a nuestra disposición en la lengua”, revela que, para él, el hablante tiene la intención de significar un pensamiento a alguien (nociones de intencionalidad e intersubjetividad) y que esto se lleva a cabo por medio del discurso (Saussure, 2004: 245).

En la actualidad se observa una controversia entre si el análisis del discurso forma parte de la pragmática lingüística, o viceversa. Por ejemplo, Jan Renkema (1999: 36) asevera que el análisis del discurso es una “rama de la pragmática”, mientras que Teun A. Van Dijk (1985: vol. 2) considera que la pragmática es una “dimensión del discurso”.

Aunque la pragmática y el análisis del discurso comparten campos de interés, se enfocan en segmentos de distinta extensión: el análisis del discurso requiere de fragmentos textuales grandes, o preferiblemente los textos completos, ya sean orales o escritos; la pragmática, en cambio, puede trabajar con enunciados muy pequeños y, con frecuencia, aunque no siempre, lo hace con materiales de producción oral, exclusivamente. La hermenéutica, por su parte, trabaja siempre con el holon, o el todo, es decir, el texto completo, casi siempre escrito o grabado en materiales duraderos.

Un buen ejemplo de incorporación de conceptos centrales de la pragmática al análisis del discurso es el de la teoría de los actos de habla. Como bien se sabe, en esta teoría, propuesta en un inicio por John Austin (1962) y desarrollada después por John Searle (1969), se sostiene que un acto de habla es la unidad mínima de la comunicación lingüística y consiste en la acción (social) de emitir una frase u oración en las condiciones apropiadas, es decir, en las condiciones bajo las cuales esa acción será considerada satisfactoria. En las famosas conferencias dictadas en la Universidad de Harvard en 1955 y publicadas póstumamente en el libro How to Do Things with Words, Austin (1962) identifica tres modos en los que se realiza el acto de habla: el acto locutivo o ilocucionario, que es el realizado por el mero hecho de decir algo (el acto de emitir una frase u oración); el acto ilocutivo o ilocucionario, el que se realiza al decir algo (ordenar, prometer, etcétera), y el acto perlocutivo o perlocucionario, el que se lleva a cabo por el hecho de haber dicho algo (los efectos en el interlocutor: convencerlo, asustarlo, etc.).

En análisis del discurso, especialmente en su corriente sociocognitiva, se habla de macroactos de habla en términos de encadenamientos de actos de habla, tal como los textos completos se componen de enunciados consecutivos. De este modo, un “macroacto de habla”, nos dice Teun A. Van Dijk, es “un acto de habla que resulta de la realización de una secuencia de actos de habla linealmente conectados” (Van Dijk, 1998: 72) y para que esto pueda darse, el discurso que los realiza debe ser coherente de forma lineal y ser emitido en condiciones adecuadas. Textos completos de cualquier tipo, añade, pueden estructurarse “de manera más o menos compleja, pero, como un todo, funcionan como un solo acto de habla” (Van Dijk, 1998: 73).

Esto es así porque, a diferencia de la pragmática, el discurso siempre es un asunto de alcance transoracional: su análisis estudia “la organización del lenguaje por encima de la oración o por encima de la cláusula”, dice, por ejemplo, Michael Stubbs (1983: 1) . Además, un análisis pragmático “es más restringido y más abstracto: sólo especifica cómo emisiones de cierta forma y significado pueden ser interpretadas como un determinado acto de habla, sin analizar las condiciones y consecuencias cognoscitivas y socioculturales de esos actos de habla” (Van Dijk, 1998: 59).

Puede decirse, ahora que hemos vuelto a los dominios de la pragmática, y siguiendo a Jef Verschueren (1995), que, si bien no todo análisis pragmático es análisis del discurso, sí todo análisis del discurso es pragmático. Esto se debe a que el discurso es un signo complejo (Castaños, 2016) que incluye un componente pragmático (Charaudeau y Maingueneau, 2005: 457). Como nos recuerda Luisa Puig, el protagonismo actual del análisis del discurso se debe sobre todo al desarrollo de la pragmática, así como al renacimiento de las teorías sobre la enunciación, la aparición de la lingüística textual y la adopción de este concepto en diversas áreas del saber humanístico (Puig, 2009: 15-16).

Si bien para autores como Renkema el análisis del discurso es una rama de la pragmática, en realidad, a la luz de este panorama, es evidente que se trata de algo mucho más amplio. A saber, es un área interdisciplinaria que incorpora no solamente teorías lingüísticas, sino también sociales, filosóficas, antropológicas, psicológicas y de la comunicación. Podemos decir, eso sí, que el análisis del discurso es uno de los ámbitos privilegiados de la aplicación de los modelos pragmáticos.

Es a causa de este componente pragmático que el análisis del discurso está asociado al uso del lenguaje por parte de los hablantes y al vínculo entre texto y contexto (Charaudeau y Maingueneau, 2005: 33); pero también, particularmente, al “estudio de la relación entre lenguaje, sentido y vínculo social”, que es como lo define Patrick Charaudeau (2009: 122).

Si bien la pragmática ha explicado muchos aspectos de la relación entre textos y contextos, resulta insuficiente, sin embargo, cuando es necesario estudiar la dinámica social o problemas sociales tomando en cuenta los cambios en tal dinámica. Por tal motivo, los analistas del discurso se ven en la necesidad de trabajar con estudiosos de otras áreas y enriquecer sus métodos para dar cabida a la reflexión presente en las ciencias sociales en general. Con respecto a su vertiente lingüística, por ejemplo, Beatriz Lavandera describe así la naturaleza interdisciplinaria y transdisciplinaria del análisis del discurso:

El estudio lingüístico del análisis del discurso tiene una gran deuda con el desarrollo de la teoría chomskiana, con la semántica generativa, con la teoría de los actos de habla, con la pragmática filosófica, con las lógicas de modo y las lógicas intencionales, con intentos como la gramática de Montague de reescribir fragmentos de lenguas naturales en un lenguaje lógico desambiguador, con los estudios de inferencia en psicología cognitiva, con los estudios de producción y comprensión del discurso en psicología cognitiva y también con los estudios de inteligencia artificial. Es una consecuencia, además, de las contribuciones de la antropología cultural en cuanto estudia el significado que toman los hechos de habla y el lugar que tiene el habla en las distintas comunidades. Hace uso también de los conceptos y métodos de la llamada etnometodología, que trabajó muy especialmente en el análisis de la conversación; tiene una deuda además con la descripción y explicación de la microinteracción verbal y no verbal en sociología (Lavandera, 1985: 14-15).

Es necesario insistir, por último, en la gran variedad de teorías y perspectivas teórico-metodológicas consideradas parte del análisis del discurso. Como afirma Dominique Maingueneau, “existen analistas del discurso que apuntan más a lo sociológico, otros a lo lingüístico, otros a lo psicológico. A estas divisiones hay que agregar las divergencias entre las múltiples corrientes” (Maingueneau, 2003: 17). El resultado es un universo grande y complejo, que se articula e interconecta de maneras diferentes según los objetivos, las necesidades y las particularidades de cada caso, pero siempre con la intención de estudiar el uso real del lenguaje en un nivel superior a la oración y en situaciones sociales específicas.

Análisis del discurso y hermenéutica

La hermenéutica es, de acuerdo con Dilthey, la actividad central de todas las ciencias humanas y sociales; por ello se habla, por ejemplo, de hermenéutica del derecho, de la religión, del mito, del símbolo, de la cultura y, por supuesto, del discurso. En su ensayo “Orígenes de la hermenéutica”, Dilthey concibe la labor interpretativa (comprensión y explicación) como la actividad central de las “ciencias del espíritu”, pues es el proceso mediante el cual conocemos la “vida psíquica” a partir de su manifestación en signos sensibles (Dilthey, 1944). Pensada así, como actividad transdisciplinaria, la hermenéutica tendría como misión descubrir los significados, es decir, interpretar palabras, textos, gestos, discursos y, en general, el comportamiento humano, así como cualquier manifestación suya, conservando su singularidad en el contexto del que forma parte. Desde esta perspectiva, el análisis del discurso es, evidentemente, un tipo de hermenéutica.

A tal punto coinciden la hermenéutica y el análisis del discurso que Allan Bell considera más apropiado nombrar a este último “interpretación del discurso”. Como parte de su razonamiento, juzga irrelevante un análisis textual -estructural, sistémico, funcional o de cualquier otro tipo- que no proceda más allá, es decir, que no supere el nivel sintáctico o, a lo sumo, sintáctico-semántico (Bell, 2011: 520).

Aunque, como hemos dicho, no todas las teorías del discurso enfatizan de la misma manera en el lenguaje, los analistas necesitan usar una gramática de base “para poder analizar los textos, obtener credibilidad, y hacer generalizaciones con base empírica” (Bolívar, 2007: 33). Las interpretaciones que se proponen se erigen normalmente sobre una descripción de las formas lingüísticas. Desde cierto punto de vista, puede verse como un análisis semiótico, pues, según sean los objetivos del caso, puede incorporar la descripción sintáctica, semántica y pragmática, cada una de ellas con sus propias unidades de análisis. Desde el ámbito tradicional de la hermenéutica, Ricœur ha propuesto estudiar el semantismo del discurso en tres niveles de aprehensión y de tratamiento: el de los enunciados, el de los actos de habla y el de las intenciones (Ricœur, 2005: 23-24).

Desde luego, dada su filiación semiolingüística, es aplicable a algunas escuelas del análisis del discurso mucho de lo que hemos dicho sobre los orígenes de la pragmática y sus pretensiones de objetividad. Es por ello que no sorprenden del todo ciertos apelativos que se han arrogado determinadas corrientes del análisis del discurso, tales como la llamada “hermenéutica objetiva”, que incorpora explícitamente conceptos de las teorías de Hans-Georg Gadamer, Sigmund Freud, Max Horkheimer y Theodor Adorno para analizar lo que proclaman como “el significado objetivo de los textos interaccionales y el significado latente de las interacciones” (Oevermann et al., 1979: 381).

Numerosas tesis de la hermenéutica filosófica pueden compararse con diversos planteamientos del análisis del discurso y viceversa. Recordemos, por ejemplo, el conocido concepto de la “fusión de horizontes” -o “encuentro de horizontes”-, que para Gadamer es imprescindible en toda interpretación exitosa. En tal proceso, el intérprete se aproxima a la perspectiva del texto y lo comprende a partir su propio bagaje cultural, social, económico e histórico. Allí intervienen dos factores cruciales: la conciencia de la historia efectual y la tradición. La conciencia de la historia efectual es la fuerza activa de la tradición que opera sobre quienes pertenecen a dicha tradición y que los condiciona inevitablemente. Además, es la interpretación del hermeneuta, quien conoce la evolución histórica, a diferencia del autor del texto (por ejemplo, ¿quién de los actores sabía que con la toma de la Bastilla iniciaba una revolución?). La tradición es la historia dentro de la que estamos inmersos, la cual nos constituye y a la cual constituimos por medio de un proceso dialéctico, continuo y dinámico (Gadamer, 1992).

Además del evidente factor de determinación situacional que incide en la comprensión -concepto fundamental para el análisis del discurso-, en este planteamiento se aprecia, como hemos dicho, el carácter constitutivo de la perspectiva del intérprete en el proceso. Tal idea es, asimismo, muy importante en el marco del análisis del discurso. Dentro de este ámbito, Van Dijk llama a ello el histórica y culturalmente variable “marco de conocimientos” del analista o intérprete (Van Dijk, 1998: 39-42). En esta dirección, Henry Widdowson, por ejemplo, ha asegurado que los análisis críticos del discurso están en realidad motivados por la perspectiva particular del intérprete (Widdowson, 1995: 169). Como bien ha señalado Norman Fairclough, la diversidad de interpretaciones es, de hecho, un supuesto central del marco teórico-metodológico, y “mientras algunos analistas pueden interpretar textos sin sobresaltos, coincidiendo con las posturas allí contenidas, otras lecturas pueden ser resistentes” (Fairclough, 1996: 50).

De hecho, la escuela discursista de la teoría de la recepción literaria surge directamente de la hermenéutica y de la fenomenología, y trata de las relaciones entre el texto, el lector y la interpretación. Esta escuela -cuyas figuras principales son Hans Robet Jauss, Wolfang Iser y Harald Heinrich- incorpora conceptos como el de fusión de horizontes en casi los mismos términos en que fueron propuestos por Gadamer (en realidad, Jauss fue alumno de este último). Sostiene, entre otras cosas, que la interpretación depende del horizonte de expectativas que tiene el lector y que la lectura es similar a la escenificación de un libreto, donde el lector es a la vez espectador y actor, además de personaje que experimenta los cambios en la historia que vehicula el relato. El lector ejecuta la trama como si se tratara de una partitura, desempeñando así un papel activo en el proceso.3

Otro aspecto crucial en la teoría de Gadamer es la concepción del proceso interpretativo como esencialmente circular. Dicha noción, retomada de Heidegger y conocida como “círculo hermenéutico” (uno de ellos), apunta a que antes de interpretar ya se presupone lo que se va a interpretar. Tal “círculo” es en realidad como una espiral de comprensiones sucesivas que se logran gracias a la “fusión de horizontes”, que no neutraliza los prejuicios del intérprete -procedentes de la “tradición”- ni ignora la perspectiva del texto. Este proceso de aprehensión nunca termina cabalmente y se encuentra determinado por el movimiento anticipatorio de la precomprensión y por las preguntas que el intérprete se formule desde ahí, así como por las respuestas que encuentre en su acercamiento al texto, para, después de una reconstrucción, volver a empezar (Gadamer, 1992). Esta circularidad, la naturaleza constitutiva del prejuicio y el carácter provisional e inconcluso de toda interpretación están presentes también, aunque en otros términos, en varias corrientes modernas del análisis del discurso. Baste recordar las palabras de Van Dijk: “En cualquier sentido práctico, no hay tal cosa como un análisis del discurso ‘completo’” (Van Dijk, 2001: 99).

Según Gadamer y Ricœur, la base de este proceso de entendimiento cognoscitivo e ideológico es el diálogo, el cual, además, sostiene la dinámica comunicativa del habla y define la actualización del discurso escrito. Categoría nodal en la hermenéutica, el diálogo aquí no es solamente, claro está, el intercambio verbal en voz alta de dos o más interlocutores colocados frente a frente, sino que se extiende a la reciprocidad (Ricœur, 1995: 32-33) o actitud dispuesta a “dejarse decir algo” (Gadamer, 1992: 335), en la cual el intérprete, apartándose de sí mismo, se interna receptivamente en las maneras de sentir y pensar la alteridad. Nacida del diálogo, la comprensión implica, afirma Gadamer, entenderse en la cosa y aceptar la opinión del otro como tal, lo que contempla un acuerdo lingüístico sobre lo que dice el otro (el texto o el interlocutor) y sus orientaciones.

El diálogo, así concebido, supone la estructura de la pregunta y su dialéctica con las respuestas, como acabamos de decir. La experiencia interpretativa lleva tal dialéctica tan lejos como se esté dispuesto en la “conversación hermenéutica” (Gadamer, 1992: 466), que ocurre entre dos interlocutores cara a cara o entre dos individuos coetáneos que conversan por escrito, o bien en el caso del “ser para el texto” diferido (Gadamer, 1992: 699). Es por ello que suele decirse que el lector o intérprete “dialoga” con el autor o su obra.

En su desarrollo, el diálogo con los textos escritos, o “inscripciones”, implica -recordemos- la precomprensión o los prejuicios de quien interpreta. A partir de ello, de su afianzamiento, así como de sus transformaciones resultantes de la recepción, el sujeto formula hipótesis o conjeturas sobre los textos en cuestión y los jerarquiza, partiendo del enfoque holista, el cual supone que las partes condicionan el todo y éste se halla condicionado por las partes, círculo hermenéutico montado en la “anticipación de la perfección” (Gadamer, 1992: 363).

Después de ello, aún como parte del proceso dialógico, el intérprete regresa a la inscripción o texto para verificar si sus conjeturas se sostienen o no. De esto depende el criterio para calificar si media un acuerdo o encuentro entre un texto y sus interpretaciones, o si éstas son inadecuadas o impertinentes. Las hay acertadas y desacertadas, es decir, lecturas persuasivas y no persuasivas. Si bien el conocimiento de lo humano está atrapado en las intrincadas redes del lenguaje, esto no significa, pues, que se halle destinado a la absoluta relatividad.

Desde la tradición semiótica, ha dicho Umberto Eco, por cierto, que la irracionalidad interpretativa, que da origen a lo que él denomina “sobreinterpretaciones”, tiene como antónimo la moderateness, o moderación, que se mantiene dentro del modo o mesura, es decir, del respeto al texto (Eco, 1995), posición esta que coincide con la de diversos filósofos de la hermenéutica, como Mauricio Beuchot, en su propuesta de la “hermenéutica analógica”. Según esta última, las interpretaciones adecuadas son las moderadas o analógicas, que se sitúan en un punto medio entre las sobre interpretaciones, o “interpretaciones equívocas” y las repeticiones cuasiliterales, o “unívocas” (Beuchot, 2015).

Los conceptos de diálogo y de dialogismo son importantes también en algunas corrientes de análisis del discurso, especialmente en la que inauguró Mijaíl Bajtín, a menudo considerado uno de los precursores y uno de los hitos más significativos de la evolución histórica de la noción moderna de discurso (Puig, 2009: 24-37, por ejemplo). Al igual que Benveniste y Jakobson, Bajtín propuso una manera de estudiar el lenguaje que superara las deficiencias de una lingüística empeñada en restringir su objeto a las relaciones entre los elementos dentro del sistema de la lengua, sin considerar lo que sucede en las relaciones entre los enunciados y la realidad o entre los enunciados y el sujeto hablante (Bajtín, 1985).

De acuerdo con Bajtín (1985: 294-323) , la lingüística se ocupa exclusivamente del componente material de la comunicación discursiva, pero no de la comunicación discursiva misma y, con respecto a la necesidad de estudio de esto último, dicho autor se expresó a favor de inaugurar una disciplina dentro de las ciencias humanas, formada en las “zonas limítrofes” entre la lingüística, la antropología filosófica y los estudios literarios, que se denominaría translingüística (en realidad, este término procede de la traducción al francés que hizo Tzvetan Todorov (1981) al texto de Bajtín, quien llamó metalingüística a la disciplina que proponía). En opinión de Oswald Ducrot y Jean-Marie Schaeffer, la translingüística “constituye en realidad una teoría sobre los discursos” y “anticipa en buena medida la pragmática actual” (Ducrot y Schaeffer, 1998: 178).

La translingüística de Bajtín se ocuparía del “estudio de los aspectos de la vida de las palabras” (Bajtín, 1986: 253), enfoque que no excluye los aspectos abordados por la lingüística tradicional y que enfatiza en lo que los lingüistas situados en ella han descuidado, lo cual, como ya hemos dicho, resulta de insoslayable importancia para el análisis del discurso. Dominio de la translingüística, el dialogismo es, desde esta perspectiva, una de las propiedades de los sistemas de signos generados y empleados en medios socialmente organizados.

Si bien existen, en el gran universo de corrientes y escuelas de análisis del discurso, perspectivas teórico-metodológicas muy especializadas en el estudio de la conversación cara a cara (por ejemplo, Sacks, Schegloff y Jefferson, 1974), los términos “diálogo” y “dialogismo” no siempre se reservan a ello y, al igual que en la tradición hermenéutica, se hacen extensivos a ámbitos mucho más amplios y complejos. Tal es el caso, evidentemente, de Bajtín y sus seguidores. De acuerdo con Bajtín y con Valentín Voloshinov -se cree que los textos de este último en realidad son de Bajtín-, el dialogismo consiste en la propiedad que tiene cualquier enunciado de remitir, por un lado, a toda la cadena de enunciados precedentes sobre el mismo objeto y, por otro, de anticipar en sus procedimientos las posibles réplicas que se prevén en los destinatarios (Bajtín, 1985; Voloshinov, 1992).

En la teoría bajtiniana sobre la intertextualidad y la intersubjetividad, el enunciado se define a partir de su uso comunicativo, es decir, de su carácter social, pues está delimitado por el cambio de sujeto discursivo, o hablante, y se produce en un contexto específico, aspecto este último tan importante que, como nos recuerda Tzvetan Todorov, para Bajtín la situación de habla entra en el enunciado como un constituyente necesario de su estructura semántica (Todorov, 1981: 67). Orientado por el tema del que se habla, la intención del hablante y el género discursivo (Todorov, 1981: 84), un enunciado, en esta teoría, bien puede ser un texto completo, que, como hemos dicho, termina siempre con el cambio de sujeto discursivo:

Todo enunciado, desde una breve réplica del diálogo cotidiano hasta una novela grande o un tratado científico, posee, por así decirlo, un principio absoluto y un final absoluto; antes del comienzo están los enunciados de otros, después del final están los enunciados respuestas de otros (o siquiera una comprensión silenciosa y activa del otro, o, finalmente, una acción respuesta basada en tal tipo de comprensión). Un hablante termina su enunciado para ceder la palabra al otro o para dar lugar a su comprensión activa como respuesta (Bajtín, 1985: 260).

Así, según el pensamiento bajtiniano, “por más monológico que sea un enunciado (por ejemplo, una obra científica o filosófica), por más que se concentre en su objeto” (Bajtín, 1985: 282), nunca deja de tener matices de diálogo y la cadena dialógica jamás se interrumpe, aunque las respuestas puedan diferirse largamente. Al igual que la réplica en una conversación, toda obra, “está orientada hacia la respuesta de otro (de otros), hacia su respuesta comprensiva” (Bajtín, 1985: 265), es decir, hacia su interpretación y eventual reacción, verbal o no, como réplica.

Es por tal naturaleza dialógica de la comunicación oral o escrita que Paul Ricœur, quien tenía especial habilidad para enlazar acertadamente tradiciones varias, añade a la ya referida tríada de los actos de habla de Austin (locutivo, ilocutivo, perlocutivo) un “acto interlocutivo o alocutivo” que entraña el discurso: el hablante se dirige a un “destinatario del lenguaje” (Ricœur, 1996: 22), que en la inscripción diferida (discurso escrito) acaban siendo todos los que sepan leer. El intérprete del discurso es, visto así, un destinatario que produce algún tipo de respuesta en este cauce dialógico de comunicación ininterrumpida.

La interpretación se produce gracias a esta relación dialógica entre lector o intérprete o analista, y obra. Es así como se produce la “fusión de horizontes”: la mejor interpretación, sostiene Gadamer, está en el cruce que, partiendo del horizonte propio, se adentra en el extraño y regresa habiendo ampliado el horizonte de donde partió (Gadamer, 1992: 375 y 378). Dado que cada persona tiene su propio horizonte y éste se va modificando con el tiempo, las interpretaciones de un texto son potencialmente inagotables.

Conclusión

Tanto el análisis del discurso como la pragmática y la hermenéutica parten del lenguaje, es decir, del “uso real del lenguaje por hablantes reales en situaciones reales” (Van Dijk, 1985: 1-2). Esto es así porque, como bien observa Gadamer, “la interpretación lingüística es la forma de la interpretación en general” (Gadamer, 1992: 478) y “no en vano la verdadera problemática de la comprensión y el intento de dominarla por arte -el tema de la hermenéutica- pertenece tradicionalmente al ámbito de la gramática y de la retórica” (Gadamer, 1992: 462). En realidad, sucede que existe una “unidad interna de la filología” con la hermenéutica (Gadamer, 1992: 414).

De manera más general, la hermenéutica, la pragmática y el análisis del discurso parten también del reconocimiento de la condición simbólica humana, en el entendido de que el lenguaje es, además de un código lingüístico, una práctica social que nos permite construir realidades y a nosotros mismos. Así pues, tanto la hermenéutica como la pragmática y el análisis del discurso se ocupan de la relación de los intérpretes con los tejidos simbólicos que manifiestan significados y sentidos.

Si se busca lograr lo anterior, resulta evidente que en ninguna de dichas áreas es posible abstenerse de tomar en cuenta las condiciones, la situación o el contexto en que se generó un producto verbal, a diferencia de la lingüística tradicional, en especial en su corriente estructuralista, que por no ocuparse del “habla” se ve imposibilitada de superar los asuntos del mero significado proposicional o literal. Desde sus inicios en la filosofía del lenguaje como parte de la semiótica, la pragmática se ha ocupado de diversos problemas relacionados con lo que se comunica al emitir un enunciado en una situación determinada, más allá de lo que “dice” el conjunto de palabras que forman una frase u oración, en un tan hipotético como irreal contexto cero. El análisis del discurso ha ampliado aún más que la pragmática su objeto, no únicamente al extenderlo a productos multioracionales e incluso textos enteros, sino al considerar también toda la dinámica social en que se producen, razón por la cual supone un abordaje interdisciplinario. La hermenéutica tampoco puede trabajar sin considerar la historicidad, la “colocación histórico-epocal” (Vattimo, 1985: 69) de los hechos, de los discursos y de la comprensión, que siempre se lleva a cabo desde una demarcación histórica, desde un “horizonte”.

La hermenéutica, la pragmática y el análisis del discurso interpretan textos y para ello parten del lenguaje y del reconocimiento de la condición simbólica humana. Puesto que comparten objeto de estudio, finalidad y punto de partida, no es extraño que posean matrices conceptuales comunes; después de todo, los problemas que enfrentan son los mismos. Las diferencias son el resultado de las tradiciones y corrientes de pensamiento que les han dado origen y son básicamente un asunto de enfoque y terminología.

Si bien la hermenéutica, la pragmática y el análisis del discurso se enfocan en el uso real del lenguaje en situaciones comunicativas específicas, lo hacen con diferentes matices en cuanto al objetivo: mientras que la hermenéutica da preponderancia al significado que capta el intérprete del texto, por encima del significado que tenía el hablante en su intención, la pragmática y algunas escuelas del análisis del discurso, aunque no todas, dan más peso al significado del hablante o el autor y a menudo buscan alcanzar su intención significativa, es decir, lo que intentaba significar el hablante en su acto verbal.

En virtud de ello, cabe precisar que, según algunas posiciones de la hermenéutica filosófica, en las inscripciones o textos escritos que describen un mundo, las referencias que tuvo en mente el autor, que a su vez escribió con ciertas intenciones y que con frecuencia captaron algunos de sus destinatarios originales, han desaparecido. Afirmaba Ricœur en sus últimas obras, por ejemplo, que con el tiempo los discursos quedan vacíos de particularidades egocéntricas, aun cuando serán reconocidos como actos de habla, porque portan comunicabilidad y porque existen medios para su contextualización y para confrontarlos con otros textos contemporáneos, antecesores y posteriores (Ricœur, 1995: 32). Lo noético, o el contenido expresado como lenguaje, porta la intención de comunicabilidad y la expectativa de reconocimiento, que en una inscripción trasciende el acto psíquico que lo engendró (Ricœur, 1995: 33). De ahí la idea gadameriana de que “toda interpretación posterior -incluso la interpretación dada por el propio autor- se ordena hacia el texto y no, por ejemplo, en el sentido de que el autor quiera refrescar un oscuro recuerdo de algo que él hubiera deseado decir” (Gadamer, 2013: 171).

Como anticipábamos al principio de este trabajo, se presenta también dentro de la tradición semiolingüística la controversia relativa a si se puede recuperar o no el significado del hablante. Aunque es frecuente, según decíamos, que en la pragmática y en algunas corrientes del análisis del discurso se tenga la pretensión de recuperarlo, semiólogos como Umberto Eco y Roland Barthes se oponen a tal idea. Eco asegura que toda obra está “abierta”, pues el lector, de manera activa, le encuentra sentido a partir de la relación interpretativa personal que establece con la inscripción original (Eco, 1992). Barthes, otro destacado semiólogo y analista de diversos tipos de discursos, coincide en que cada lector da al texto una interpretación posible, lo “reescribe”, de modo tal que el autor, metafóricamente, “muere”; esta idea de la “muerte del autor” se sostiene también en la concepción de que todo texto es, en realidad, una “reescritura”, una suerte de entretejido de citas de diversas culturas (Barthes, 1987: 65-72), de manera muy similar a lo que sostiene, por otro lado, la teoría polifónica de Bajtín.

La hermenéutica, en especial a partir del siglo xx con el desarrollo de su vertiente docens, se asocia con problemáticas eminentemente filosóficas sobre la interpretación en abstracto. Aunque la pragmática fue concebida en un inicio por filósofos, sus desarrollos recientes están desprovistos de ese componente, lo mismo que el análisis del discurso. La hermenéutica filosófica y la pragmática son comparables, eso sí, en que la pragmática busca la universalidad y la hermenéutica filosófica con frecuencia se preocupa por una especie de elucidación kantiana apriorística de las condiciones de toda la experiencia, y no se abstiene de hacer planteamientos ontológicos.

La herencia positivista o analítica de la pragmática y de las escuelas de tradición semiolingüística del análisis del discurso nos hace comprender el interés o espíritu objetivista que anima muchos de sus planteamientos, frente al énfasis subjetivista de la hermenéutica, procedente de su origen en la fenomenología, el historicismo y el existencialismo. De cualquier manera, hoy se observa una tendencia en las disciplinas de la interpretación a reconocer el inevitable sesgo de quien interpreta el habla, sin por ello negar, como hizo Nietzsche, que los hechos existen. Por ello es común, hoy en día, concebir dichas disciplinas como la mediación de perspectivas móviles entre el texto en cuestión, su significado literal y sus potencialmente inagotables interpretaciones diferidas.

El análisis del discurso es un área de problematización en la que se inscriben diversas escuelas o corrientes con perspectivas teórico-metodológicas relativamente variadas. De modo similar a la concepción diltheiana de la hermenéutica, el análisis del discurso es una actividad transdisciplinaria, pero, además es una actividad interdisciplinaria, pues en él convergen saberes de diversas disciplinas, entre ellas la lingüística, la pragmática y en general la semiótica, aunque también la sociología, la antropología, la psicología y la etnometodología. Como bien observa Van Dijk, el estudio del discurso explica las relaciones entre el uso del lenguaje, la cognición (la comunicación de creencias) y la interacción en sus contextos socioculturales (Van Dijk, 2000).

La convergencia depende de la escuela o corriente del análisis del discurso de que se trate -en su conjunto conforman un universo bastante amplio-, así como del problema de investigación particular. Es necesario insistir en que no todas las escuelas o corrientes del análisis del discurso son influidas de la misma manera por la semiótica, la lingüística y la pragmática. Si bien muchas escuelas, como las de las teorías de la enunciación, la argumentación y la pertinencia, tienen un marcado influjo de esa tradición, otras, como la de la teoría de la recepción literaria, abrevan más directamente de la hermenéutica filosófica de Gadamer.

Las discusiones de índole epistémica o político-institucional hacen que la hermenéutica, la pragmática y el análisis del discurso aparezcan, en ocasiones, como territorios no claramente diferenciables o, incluso, como ámbitos inconexos o irreconciliables. Como hemos visto, estas áreas o perspectivas teórico-metodológicas tienen, sin embargo, mucho más en común que lo que una mirada superficial haría suponer. La correspondencia entre conceptos de distinto grado de profundidad y trascendencia sugiere que las tesis respectivas pueden verse, en principio, como complementarias y no necesariamente como contrapuestas o excluyentes entre sí. Según parece, pueden articularse diversos planteamientos de la hermenéutica, la pragmática y el análisis del discurso en aras de un enriquecimiento mutuo que mejore en alcance, precisión y aplicabilidad las interpretaciones de lo que Gadamer llamó “la construcción lingüística del mundo” (Gadamer, 1976: 13).

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Sobre el autor

1Juan Nadal Palazón es doctor en Filología por la Universidad de Salamanca (España), así como maestro en Lingüística Hispánica y licenciado en Ciencias de la Comunicación por la UNAM. Se desempeña como investigador de tiempo completo en el Instituto de Investigaciones Filológicas de esta misma casa de estudios, donde coordina actualmente el Seminario de Hermenéutica. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores; vicepresidente de la Asociación Mexicana de Retórica (AMR) y socio de la Asociación Internacional de Hispanistas (AIH), la Asociación Latinoamericana de Estudios del Discurso (ALED), la Asociación de Lingüística y Filología de América Latina (ALFAL) y la Asociación Mexicana de Investigadores de la Comunicación (AMIC). Ganador de las medallas Gabino Barreda y Alfonso Caso (ambas por la UNAM) y del primer lugar del Premio Nacional del Consejo Nacional para la Enseñanza y la Investigación de las Ciencias de la Comunicación (CONEICC). Su línea de investigación principal es el análisis del discurso periodístico. Algunas de sus publicaciones más recientes son: Discurso ajeno en titulares periodísticos: un nuevo modelo de análisis (2018), “Nominalización deverbal y déficit informativo en los titulares periodísticos” (Interpretatio. Revista de Hermenéutica, 2016), “Rasgos formales de los titulares periodísticos: notas sobre diez diarios del ámbito hispánico” (Acta Poética, 2012).

1 Salvo que se indique otra cosa en las referencias bibliográficas, las traducciones al español son mías.

2Como se recordará, la lengua, objeto de la lingüística, sería la parte social, esencial y convencionalmente determina- da del lenguaje, y el habla, la “ejecución” o “realización” individual y contingente de la lengua” (Saussure, 1973). Vistas así, la lengua es un sistema de valores virtuales, estables y regulares, mientras que el habla es de hecho un concepto residual, en el que se incluye lo que no tiene cabida en la “lengua” (es por esta razón que la lingüística estructural de “inspiración saussureana” no se ocupa del habla). De este modo, la realidad -el habla- se borra, se presenta como una especie de sombra y se favorecen las reglas (que, como es obvio, no pueden inferirse sino a partir de las hablas).

3Una buena selección de textos de los autores reconocidos en esta teoría puede encontrarse en Rall (2001).

Recibido: 23 de Febrero de 2018; Aprobado: 27 de Febrero de 2019

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