SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
vol.51 número207Origen, liderazgo e ideología de los partidos políticos mexiquensesNarrando la inmigración: análisis del tratamiento informativo y evaluación de los efectos de las noticias en España índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Revista

Articulo

Indicadores

Links relacionados

  • No hay artículos similaresSimilares en SciELO

Compartir


Revista mexicana de ciencias políticas y sociales

versión impresa ISSN 0185-1918

Rev. mex. cienc. polít. soc vol.51 no.207 México sep./dic. 2009

 

Cuestiones contemporáneas: Panorama Internacional

 

Hacerse héroe en la batalla democrática por el poder*

 

Jeffrey Charles Alexander**

 

** Universidad de Yale, 38 Hillhouse Avenue, New Haven, CT, 06511.

 

Recibido el 28 de agosto del 2009
Aceptado el 1° de septiembre del 2009

 

Resumen

En este artículo, el autor analiza los complejos mecanismos de los sistemas electorales democráticos en general, basados más en el significado de las interpretaciones discursivas, en las narrativas creadas para el momento (catastrofistas, triunfalistas o salvíficas que aseguren que se puede conectar el presente con el futuro), en la construcción de nuevas temporalidades y, sobre todo, en la creación de la figura de "héroes" (y su respectiva devoción por parte de seguidores incondicionales) que en realidades concretas. Esta hipótesis es aplicada luego al caso de Barack Obama, quien es caracterizado como un héroe que alienta la esperanza y ofrece la salvación. Comprender este perfil, es requisito para todo aquel que desee entender el por qué su meteórico ascenso al poder.

Palabras clave: Barak Obama, el poder en sociedades democráticas, interpretación política, narrativa política, representación simbólica, héroe.

 

Abstract

In this article the author analyzes the complex mechanisms of the democratic electoral systems in general, based more on the meaning of the discursive interpretations, narratives created for the moment (catastrophic, triumphant or messianic that can assure a connection of the present with the future) in the construction of new temporalities and, above all, in the creation of the figure of 'heroes' (and their respective devotion on the part of unconditional followers) instead of concrete realities. This hypothesis is applied to the case of Barack Obama, who is characterized as a hero who offers hope and salvation. To understand this profile, is a requisite for anyone wishing to understand the reason for his meteoric rise to power.

 

La batalla por el poder

En los países democráticos, la batalla por el poder político no es internamente democrática. Las campañas políticas son batallas centralizadas, llevadas por generales, organizadas por capitanes, activadas por soldados de infantería y, de ser posible, disciplinadas en extremo. Lo que hace democrática esa batalla por el poder es simplemente el hecho de que tiene que tener lugar.

Para conquistar el poder en una sociedad democrática, se debe ganar antes el consentimiento formal de los conciudadanos. Son los miembros de la esfera civil -putativamente iguales e inmensamente más cuantiosos que los candidatos al poder- quienes llevan la voz cantante. Lo hacen a través de sus votos. Antiguamente, en sociedades democráticas más simples, los candidatos al poder aparecían directamente frente a los electores y pedían su apoyo. Al hacerse más grandes y complejas las sociedades, y también más incluyentes, este pedido se transformó gradualmente en una extensa campaña. La batalla por el poder es democrática en la medida en que éste se convierte en un privilegio por el cual hay que hacer campaña. Uno les pide a los miembros de la esfera civil ser su representante; sólo si ellos aceptan se pueden entonces tomar las riendas del poder.

En el transcurso de las campañas políticas, los que contienden por el poder están sujetos a un terrible escrutinio. Esto es crucial ya que, una vez obtenido el poder, se logra una importante independencia frente a la sociedad civil. A mediados del siglo pasado, el mejor reportero político de Estados Unidos, Theodore White, hablaba de "la transferencia de poder más impresionante del mundo: el poder de situar y movilizar, el poder de enviar a hombres a matar o a ser muertos, el poder de imponer impuestos y destruir, el poder de crear y la responsabilidad de hacerlo, el poder de guiar y la responsabilidad de curar. Todos estos poderes consignados en las manos de un sólo hombre."1 En la primera democracia, en la Grecia antigua, no había campañas políticas. Los atenienses escogían a sus gobernantes al azar en rotación regular. Esto funcionaba porque el poder no estaba profundamente institucionalizado, no había gobierno ni Estado. En el transcurso de sus vidas, los atenienses no podían prestar servicio por más de tres periodos de un año. Sin un gobierno extenso, no había necesidad de especialización.

Los Estados de hoy son inmensos e intrincados. El comportamiento de quienes ejercen el poder dentro de este vasto aparato es sujeto a las normas morales y sanciones legales del cargo, se reporta en los medios de comunicación y es monitoreado por grupos no gubernamentales. Aunque estos controles indirectos por la sociedad civil son crucialmente importantes, la maquinaria de gobierno sigue estando, en gran medida, oculta, simplemente como un hecho práctico si no por diseño intencional. Es durante la campaña por tomar el poder del Estado, visible públicamente, y a sabiendas de que, aun si triunfan, los candidatos y sus partidos continuarán sujetos al mismo escrutinio una y otra vez, que se encuentra el más importante ejercicio de control civil sobre el Estado.

Los esfuerzos intelectuales por comprender las batallas por el poder han callado la voz de la sociedad civil; los discursos esperanzados sobre valor y convicción, la honestidad y la integridad someten a los candidatos a un escrutinio moral. Reduciendo la democracia a la demografía, los estudiosos de la política se han concentrado sobre los intereses estableciendo groseras correlaciones entre la opinión política y la posición en la jerarquía social. Clase, raza, género, religión, región, edad, etnicidad. Tales compromisos previos, supuestamente estructurales, se dicen determinantes del voto. En realidad, sin embargo, la determinación de los intereses, establecidos por especulación o estadística, nunca ha sido el caso. La demografía no es destino, al menos no en una campaña política. En primer lugar, la posición objetiva de cada uno siempre está sujeta a interpretación. ¿Qué significa, aquí y ahora, ser un trabajador, una mujer, un negro, un sureño? En segundo lugar, lo que pudiera significar tal interés debe estar relacionado, por un proceso sutil y contingente, con uno u otro partido y con los candidatos que se afanan por presentarse como dignos, no de servir servilmente a un grupo demográfico en particular, sino de expresar el discurso idealista y utópico de la sociedad civil. Aun en la sociedad británica del siglo XIX, supuestamente circunscrita por las clases sociales, un tercio de los trabajadores manuales regularmente votaban por el Partido Conservador. Si la posición en la jerarquía social determinara la identificación de partido y el voto, nunca habría alternancia en la batalla por el poder. De hecho, a medida que uno se aleja de los extremos relativamente fijos, las opiniones sobre la representación son fluidas, sujetas a un vaivén continuo. En el actual Estados Unidos, la laxitud del encaje entre demografía y democracia se ha deshilado todavía más. En 1954, los auto-declarados independientes constituían el 22% del electorado; en 2004 este número casi se había multiplicado por dos.2

La porción del electorado con mayor crecimiento son las personas que no tienen una afiliación partidaria fuerte. Estos independientes políticos son ahora tan cuantiosos como aquéllos que se identifican como republicanos y se acercan al número de los demócratas. Aunque están mal representados en el Congreso -donde las reglas de distritación y las prácticas de financiamiento de las campañas refuerzan la hegemonía de los dos partidos- los votantes independientes constituyen el voto decisivo en casi todas las elecciones competitivas, incluida la campaña presidencial.3

Es precisamente porque los candidatos no pueden contar con que su interés o su partido les entreguen el poder que deben contender para ganarlo. Para ello, se ven obligados a enredarse en un proceso de representación diabólicamente complejo. Deben convencer no sólo a los votantes cercanos sino también, y principalmente, a aquéllos que se encuentran lejos. En vez de interacciones directas, los votantes que arbitran la batalla por el poder solamente tienen a su disposición representaciones de los candidatos y no a los candidatos mismos. Proyectadas a través de un amplio espacio, esas representaciones son, además, sujetas a un proceso de reportaje de una desorientación exquisita.

Por todas esas razones, la batalla por el poder se hace teatral. Los candidatos se esfuerzan por presentar actuaciones convincentes de competencia cívica a auditorios-ciudadanos distantes, no sólo geográficamente sino también emocional y moralmente. Es el éxito de esas actuaciones cívicas el que determina cómo distribuyen sus valiosos votos los blancos, negros, judíos, católicos y mujeres. Las opiniones de estos supuestos grupos demográficos varían sustancialmente en respuesta al tono, a la metáfora, a la narrativa, al escenario y a la interpretación que los políticos utilicen durante el periodo de campaña.4 No se trata de esta ideología o de aquélla -por ejemplo, el interés de la izquierda por la economía contra el de la derecha por la tradición- ni de este periodo histórico o de aquél -de la guerra cultural de los 60 a la gran recesión contemporánea.5 El significado siempre es importante. La estructura social y el contexto histórico son importantes, sin duda. A final de cuentas, sin embargo, es la atribución de significado la que determina quién va a ejercer el poder en una sociedad democrática.

Como ya fue explicado en un trabajo anterior,6 para contender por el poder en una sociedad democrática, y para que la interpretación política tenga éxito, uno debe convertirse en una representación colectiva; no sólo en un símbolo de la esfera cívica sino también, en alguna medida, de otras extra-cívicas que generan valores no democráticos, a menudo primordiales, que invaden las verdaderas esferas cívicas y crean componendas con sus aspiraciones democráticas. Para transformarse en una representación colectiva en la batalla por el poder, uno debe no solamente conseguir ese estatus simbólico con sus partidarios cercanos y miembros de su partido, sino también proyectar esa estatura simbólica a través de la esfera cívica y más allá de ella, sobre un área mucho mayor. Las batallas por el poder proyectan significados y estilos a auditorios de ciudadanos que se explayan de cerca a lejos y que están fragmentados en todas las formas demográficas habituales. Ganar el poder depende de crear interpretaciones que logren superar esas grandes divisiones.

Llegar a ser una representación cívica es asunto de codificación binaria. También lo es el negociar con los valores y las instituciones que hacen frontera con la esfera cívica, dándole energía y amenazándola al mismo tiempo. La representación simbólica, sin embargo, también se construye de otras formas: de la codificación a la narrativa, de la necesidad de asociar a los actores sociales con binarias y fronteras a la necesidad de contar historias sobre ellos. Las historias hacen que los actores sociales parezcan más y menos importantes -y sus interpretaciones más y menos convincentes- situando sus luchas en el tiempo, dirimiendo sus conflictos y sus ambiciones en el transcurso del tiempo histórico en desarrollo.

 

La creación del héroe político: el caso Obama

"Las campañas son siempre: '¿cuál es la narrativa de la contienda?'," observó Eric Adelstein, un consultor político de Illinois, explicando al New York Times por qué Barack Obama había perdido en su primer intento por entrar al escenario nacional, en el otoño de 2000, cuando enfrentó a Bobby Lee Rush, representante en el Congreso de largo tiempo, en una carrera electoral en Chicago.7 Los candidatos y sus consejeros se esfuerzan por definir sus historias y los periodistas desarrollan sus propias narrativas sobre las carreras políticas de los candidatos al tiempo que evalúan el éxito de éstos en contar las suyas.

Las historias políticas tratan de héroes. Fue porque Barack Obama no pudo ser tal en la comunidad negra del sur de Chicago que perdió esa carrera al Congreso. Bobby Rush había sido militante en el SNCC (Student Nonviolent Coordinating Committee -Comité Coordinador Estudiantil No Violento) y líder del partido local de las Panteras Negras. Había luchado por un pueblo oprimido y vulnerable contra la estructura del poder blanco y seguía siendo un héroe para la comunidad afroamericana de la zona sur de Chicago. Cuando la derrota de Obama se narra desde el punto de vista del presente, sin embargo, se puede transformar en una bendición disfrazada. Se puede crear una nueva narrativa, más amplia. Si Obama hubiera ganado en 2000, según el mismo Adelstein, hubiera seguido siendo una figura común, "un miembro afroamericano del Congreso", en lugar de la figura política "trascendental" en la que se está convirtiendo hoy en día. Sólo perdiendo podía Barack Obama convertirse en un héroe en el escenario histórico mayor.

Los héroes se alzan por encima de la vida política ordinaria y las narrativas que se despliegan a su alrededor permiten comprender cómo han podido hacerlo. Las historias de héroes crean significado al mirar hacia el pasado desde el presente y al proyectar el tercer acto de la trama hacia el futuro, a una misma vez. En el pasado, los héroes fueron puestos a prueba y sufrieron, usualmente en nombre de algo mayor que ellos mismos. En el presente, sin embargo, su sufrimiento, y su causa, están siendo redimidos. Al contrario de una cosa material, el personaje de héroe se mueve menos por una causa eficiente que por el telos, el objetivo que es el fin de su historia. La vida de un héroe tiene propósito. Es este propósito el que define el arco de la vida del héroe, un arco que se extiende desde el pasado hasta el futuro a través del presente, arco que, al tiempo que lo transporta, convierte la causa mayor por la que lucha de una desesperanza anterior a una redención presente y de ahí a una gloria futura. Las personas que se convierten en héroes están predestinadas a atravesar ese arcoíris. Ése es el tema de la trama de su historia.

Actualmente Bobby Rush está sirviendo su noveno mandato como miembro del Congreso por el sur de Chicago (iniciado el 3 de enero de 1993). Necesita dar sentido (poder contar una historia con significado) al hecho de que antiguamente se enfrentó y derrotó al mismo hombre que hoy ofrece salvación histórica al pueblo afroamericano. Rush consigue esa coherencia creando su propia narrativa sobre Obama como héroe predestinado. Obama tenía que sufrir y ser derrotado, sin lo cual él, y la comunidad negra estadounidense y tal vez también Estados Unidos, no podrían ser redimidos hoy. El Times narra la historia de la campaña de 2000 y el dilema que Rush enfrenta en una forma que subraya el trayecto de un héroe.

La caída

En su libro La audacia de la esperanza,8 el Sr. Obama escribió: "Antes de la mitad de la campaña, sentía en los huesos que iba a perder. Cada mañana a partir de ese momento me despertaba con un vago sentimiento de pavor, sabiendo que tendría que pasarme todo el día sonriendo y estrechando manos, pretendiendo que todo iba de acuerdo a lo planeado".

La educación de élite del Sr. Obama y sus lazos con la clase dirigente blanca liberal también se convirtieron también en todo un tema. El Sr. Rush le dijo al [diario afroamericano] The Chicago Reader, "Asistió a Harvard y se convirtió en un tonto educado. A nosotros no nos impresionan esas gentes con esos diplomas de élite de la costa este."

El Sr. Rush y sus partidarios le culparon de haber pasado por alto las experiencias que habían distinguido más directamente a la generación previa de negros. "Barack es una persona que ha leído sobre las protestas por los derechos civiles y cree que por ello sabe todo sobre aquéllas", le dijo el Sr. Rush a The Reader.

El Sr. Obama era visto como un intelectual, "no es uno de los nuestros, no es del 'barrio'", dijo Jerry Morrison, un consultor de la campaña de Rush. En retrospectiva, no falta quien diga que la magnitud de su derrota refleja el fracaso de Obama de no haber podido conectarse con los votantes de la clase trabajadora negra. [El juez Abner] Mikva dijo, "Esto fue indicativo que él [Obama] no había dejado su huella en la comunidad afroamericana y no tenía en particular un estilo que resonara en ella."9

En 2000, las actuaciones del candidato Obama no tuvieron eco porque no pudo ser un héroe para la comunidad afroamericana. Fue humillado y derrotado. Pero a esta caída le siguió un ascenso.

El candidato madura

[...] El Sr. Mikva recuerda haberle comentado del consejo dado a John F. Kennedy por el cardenal Richard Cushing: "El cardenal le dijo, 'Jack, tienes que aprender a hablar más irlandés y menos Harvard.' Creo que le conté esa anécdota a Barack. Es claro que aprendió a hablar más Chicago y menos Harvard en las campañas subsecuentes" [...]

En marzo de 2004, el Sr. Obama ganó la elección primaria demócrata para el Senado de Estados Unidos con casi el 53% de los votos, acumulando enormes totales en distritos en los que había perdido ante Rush en 2000 (el Sr. Rush, aún irritado por el reto de Obama, apoyó a un candidato blanco en esa carrera [...]) [...]

Hoy día, el Sr. Rush, ministro bautista practicante en su octavo mandato en el Congreso, que apoya al Sr. Obama en su candidatura presidencial, parece todavía estar rumiando sobre el fenómeno Obama con agravio y asombro [...]

"Para lo que está haciendo ahora, él no tuvo que marchar contra la brutalidad policíaca," dijo el Sr. Rush evocando sus propios recuerdos. "Él no necesitó manifestarse contra la baja calidad de la carne [que se vendía] en los abarrotes de ínfima categoría. Él no padeció esta clase de cosas porque obviamente su público estaba a un nivel social muy diferente."

El Sr. Rush tiene una explicación para la emergencia del Sr. Obama como una estrella política cuatro años después de los días tenebrosos de 2000. [Obama] venció a un grupo de multimillonarios, algunos con más experiencia y mejor conocidos, y se benefició de escándalos domésticos fortuitos que apartaron a dos opositores y lo dejaron enfrentando a un republicano generalmente considerado incapaz de ganar.

"Yo caracterizaría la carrera por el Senado como una carrera en la que Obama fue, digámoslo así, bendecido y altamente favorecido," dijo el Sr. Rush riéndose. "Eso no es de rutina. Algo más está aconteciendo."

¿Qué estaba sugiriendo el Sr. Rush con esta afirmación?

"Creo que la elección de Obama al Senado fue ordenada por dictado divino," dijo al fallar todas las demás explicaciones. "Soy predicador y pastor; yo sé que ése era el plan de Dios. Obama tiene cualidades tan especiales que creo que está siendo utilizado para algún propósito. Realmente lo creo."10

A principios de junio de 2008, en un largo perfil, el reportero del Times Michael Powell explicó la efectividad del senador de Illinois en términos de identificación: Obama "tiene el don de hacer que las personas se vean en él." Claro, es precisamente tal identificación la que permite la representación colectiva, cuando la interpretación del candidato se hace tan poderosa que permite la fusión con el auditorio. Cuando Powell explica las fuentes de la identificación evoca las cualidades milagrosas, incluso escalofriantes, de un héroe y su relación con la temporalidad. "Obama es una figura política proteica," sugiere Powell, "que inspira devoción en partidarios que lo ven como un líder transformativo." Es "como si hubiera una cualidad de 'Barack el político inmaculado' en su ascensión." Empleando términos alusivos que evocan la profecía, Powell escribe que Obama "sólo ha necesitado de 11 años para hacer el trayecto de senador estatal a ser el primer nominado presunto que mantiene cautivados a millares de personas".11 Este periodista político moderno y deliberadamente crítico, echa mano de una narrativa que evoca las cualidades sobrenaturales que se asocian más de cerca con la vida religiosa pre-moderna. La esperanza de la trascendencia continúa siendo un tema recurrente vívido y potente en el mundo secular. La vida de un héroe transformativo está profundamente anclada en toda sociedad humana. Es precisamente debido a la seriedad y al carácter fatídico de los asuntos en juego que las narrativas de héroes aparecen tan fácilmente en las campañas políticas. En un reporte del Times sobre la publicación de revistas de monitos dedicadas a los candidatos Obama y McCain, el tono levemente irónico apenas oculta el reconocimiento de que el riesgo envuelto en la batalla sugiere un paralelo entre el género del superhéroe y las campañas presidenciales actuales.

Las revistas de monitos están llenas de historias sobre protagonistas que triunfan ante probabilidades imposibles en su lucha por la verdad, la justicia y el modo de vida americano. ¿Qué mejor lugar para hacer la crónica de los senadores John McCain y Barack Obama y de sus campañas por la Casa Blanca? Cada uno representa a su candidato mirando hacia el cielo. Cada quien tiene un trazo de color alrededor de su cuerpo: rojo para el Sr. McCain, azul para el Sr. Obama.

Las luchas por el gran poder político se narran en términos de crisis y salvación. Los personajes pueden convertirse en héroes únicamente si superan grandes dificultades, si conquistan lo que parecen ser retos insuperables. De acuerdo a aquellos que aspiran a ser presidente, los estadounidenses se enfrentan a un momento único en su historia. Existen peligros y oportunidades sin precedentes; una crisis histórico-mundial a nivel nacional e internacional amenaza con descarrilar la triunfal historia mítica de Norteamérica. Estados Unidos ha caído en dificultades. El sueño americano está hecho girones. La nación se ha caído de la colina. Le amenaza un colapso nacional, el momento presente es precario y está atribulado de una importancia terrible. Degradada y contaminada -no en poca medida por el presidente saliente y su administración- la nación necesita ser purificada. Para ello se necesita un héroe. Sólo un hombre puede salvar el día. Si es derrotado, habrá un apocalipsis; si vence, sobrevendrá la salvación y la transformación. Solamente si se resuelve esta "crisis de nuestros tiempos" se podrán hacer héroes. En juego está no sólo la supervivencia, sino la trascendencia y el renacimiento.

Para devenir en héroe, uno debe establecer una necesidad grande y urgente. Se crea un quicio en la historia y el candidato se inserta en esa apertura. Los héroes se construyen metiendo con calzador a un actor político dentro del tiempo histórico-mundial. Se trata de narrar el tiempo, de construir una nueva temporalidad, que es radicalmente discontinua, y de otorgar al quiebre inminente un significado inmenso. De manera proporcionalmente contraria, el opositor del héroe es tan peligroso que su elección hundiría a la nación en el apocalipsis. En vez de trascender el presente inquietante, la historia se echaría en reversa. Si el antihéroe resultara electo, el arco progresivo de la colectividad se quebraría y ya no se podría avanzar hacia el futuro. Al enfrentarse al milenio durante la campaña por la reelección de Bill Clinton y Al Gore en 1996, el Partido Democrático les prometió a los votantes "un puente al siglo XXI ".

El pasado es anti-cívico y obscuro; el futuro bueno y radiante. John F. Kennedy anunció memorablemente en su discurso inaugural de 1960 que "un nuevo día alborea," evocando la proeza de los héroes olímpicos con su proclamación de que "se ha pasado la antorcha a una nueva generación."13 Medio siglo más tarde, Barack Obama atrae el mismo tipo de línea roja y evocadora entre el pasado mancillado y el futuro dorado. Se presenta como una fuerza que media entre la luz y la sombra. Va a purificar el proyecto estadounidense, halándolo del pasado al futuro, al sol brillante de un nuevo día. El presente es un quicio. "Éste es nuestro tiempo, éste es nuestro momento," suele declarar el candidato Obama, no solamente en su discurso tras las elecciones primarias del 4 de junio de 2008,14 sino una y otra vez. En otra de sus importantes arengas, Obama insistía en que su opositor, John McCain, sólo se encontraba en el presente nominalmente, que su verdadero apego era hacia el pasado. "El Sr. Obama dijo nuevamente que una presidencia de McCain sería una continuación del presidente Bush," reporta el Times. "Ya hemos estado ahí," declara Obama, asegurando a su auditorio que "no vamos a regresar." Según el Times, "el Sr. Obama postuló la opción entre él y el Sr. McCain como una opción fundamental entre el futuro y el pasado," y el diario describió este marco como "el terreno en el cual espera llevar su campaña." El presente se hace decisivo porque se encuentra entre el pasado mancillado y el futuro transformado. "Ésta es la elección que enfrentamos ahora," explica Obama a su auditorio, "una elección entre más de lo mismo... o el cambio." No es un asunto de tópicos ni de ideología, sino de temporalidad. Los electores deben elegir al candidato que pueda conectar al presente con el futuro. En vez de "un argumento entre izquierda o derecha," sugiere Obama, "es hora de intentar algo nuevo." Al modo de ver del candidato demócrata, McCain cree que la nación de alguna manera ya está en el futuro. "Él dice que hemos logrado un gran progreso en nuestra economía en estos últimos ocho años." Si McCain tiene razón, entonces el contraste entre los candidatos republicano y demócrata se ha perdido. No hay quicio. El presente aparece exactamente como el pasado. La diferencia desaparece. No se puede construir significado.15

Desde los primeros días de su aparición sobre el escenario político estadounidense, Barack Obama presentó un personaje situado al filo del quicio de la historia. En aquellos días, les prometió a sus auditorios que si su candidatura fuera aceptada, él jugaría un papel transformador en cuanto a darle la vuelta a las páginas de la historia se refiere. A contracorriente, y también desde el inicio, los opositores de Obama, los críticos de sus actuaciones políticas, insistieron en la apariencia engañosa de su personaje y en la naturaleza estratégica de su trama. Sin embargo, no pudieron negar, a pesar de todo, que para importantes segmentos del auditorio-ciudadanía la historia de Obama tenía un poder dramático y que el personaje demostraba una integridad notable.

En la revista New Yorker, Ryan Lizza "reveló" la cualidad maquiavélica de los "años de Chicago" de Obama, un período que cubre desde su llegada en 1991 tras sus estudios de derecho, hasta su elección al Senado de los E.E.U.U. en 2004. El artículo,16 notorio casi de inmediato, inspiró a los comentaristas a buscar símiles relativos al estilo Al Capone de la "política de Chicago" y metáforas de Obama como "Fast Eddie".17 Lizza entendía la amenaza que su artículo representaba para Obama-el-héroe. Aunque Lizza introduce su historia haciendo hincapié en "un reconocimiento entre sus partidarios que los superhéroes no se convierten en presidente; eso lo hacen los políticos," es significativo que sus revelaciones sobre la política de pelea callejera de Obama aparecen precisamente al mismo tiempo que el Times reporta la aparición de "revistas de monitos de candidatos" de superhéroes. En efecto, al describir el ascenso de Obama en la política de Chicago, la prosa del New Yorker no puede encubrir cómo, a pesar del pragmatismo de sus acciones, la deslumbrante historia del héroe se le ha pegado inseparablemente a Obama durante toda su carrera política. "El ascenso de Obama a menudo parece no haber requerido ningún esfuerzo," reconoce Lizza, describiendo cómo su "impresionantemente rápido ascenso político" y la "transición sideral de Hyde Park, a legislador y a candidato presidencial" creó una "tropa de trabajadores de campaña fogosos" que estaban "apasionados" y "enloquecidos". De hecho, la historia de Lizza enmarca los orígenes de la carrera política de Obama, su campaña en 1995 por el escaño del Senado de Illinois como el punto de partida de un arco narrativo de la oscuridad hacia la luz. Escribiendo sobre cómo Obama "fue capaz de cautivar la imaginación de algunos jóvenes afroamericanos que estaban frustrados con sus líderes locales," Lizza cita a un miembro del personal de esa época sobre esa primera campaña, diciendo: "Tiene que entender que era 1995. Era el año después de que los republicanos tomaran control del Congreso y en Illinois las tres ramas del gobierno también estaban bajo control republicano. Entonces era un momento muy obscuro. Yo estaba en busca de participar en algo que tuviera algún significado".18

Fue en ese contexto de declive y debilidad, explica Lizza, que el 19 de septiembre de 1995, en un Ramada Inn frente al lago en Chicago, Barack Obama, de treinta y cinco años, anunció: "Quiero inspirar un renuevo de la moralidad en la política." Una política bien conocida, Alice Palmer, que presentaba al neófito aspirante, tejió una narrativa que conectaba la candidatura de Obama en el presente con el antiguo pasado heroico de los demócratas en Chicago y con el futuro destino glorioso del Partido. Fue "en esta misma sala", declaró ella, que "Harold Washington anunció su candidatura a la alcaldía." Washington había sido el primer alcalde afroamericano de Chicago. Llorado y adulado, había muerto a poco tiempo de su reelección a un segundo mandato en 1987. Conectando al joven candidato con el discurso positivo de la sociedad civil, la veterana política anunció que "Barack Obama lleva la tradición de independencia de este distrito," presagiando que "su candidatura es el relevo de la antorcha."19

Doce años más tarde, cuando Obama anunció su campaña por un puesto mucho mayor, el quicio de la historia aún se estaba formando a su alrededor. En las últimas semanas de la campaña presidencial, el conservador Weekly Standard presentó esta retrospectiva del anuncio de Obama construyendo un marco interpretativo para comprender por qué el candidato demócrata estaba entonces al borde de ganar esa batalla.

Cuando Barack Obama anunció su candidatura a la Presidencia en Springfield, Illinois, el 10 de febrero de 2007, prometió cambiar la práctica de la política estadounidense. "Esta campaña debe ser la ocasión, el vehículo, de sus esperanzas y de sus sueños. Van a ser necesarios su tiempo, su energía y sus consejos para empujarnos hacia adelante cuando estemos haciendo lo correcto y para decirnos cuando no lo hagamos." Obama le dijo a la multitud en ese frío día que estaba contendiendo: "no sólo para llenar el puesto, sino para unirme a ustedes para transformar la nación." Le preocupaba en especial la manera en que los políticos hacían campaña. Denunciaba "la pequeñez de nuestra política" y "la evasión crónica de la toma de decisiones difíciles" y a los políticos que ganan "apuntando puntos políticos baratos." Todo esto, dijo, había llevado a los electores a apartarse con "desilusión y frustración." "El tiempo de esa política se acabó," dijo Obama.20

Dos meses antes, en julio de 2008, Maureen Dowd observó el discurso del candidato Obama ante un auditorio de 200,000 en la Columna de la Victoria de Berlín. Lo llamó "un momento de pasión trascendental," describiendo cómo los alemanes habían bautizado a Obama de "Redentor y Salvador" y cómo, según los alemanes, el presidente francés Nicolas Sarkozy "también estaba Obamizado, como llamaban los alemanes a ese efecto hipnótico.21

Un año antes, la reportera del Times Janny Scott había entrevistado al director de la campaña al Congreso de Obama en 2000, Dan Shomon, quien le dijo que había sido un momento decisivo en el progreso del peregrino. Debido a la derrota devastadora de Obama entonces, el aspirante político afroamericano había progresado de ser un "pensativo y ferviente estudioso de las políticas/abogado de derechos civiles/experto en derecho constitucional a ser el Barack Obama político, el inspirador, el orador."22 Otro viejo amigo y antiguo senador estatal, Denny Jacobs, le dijo a Scott que fue debido a ese temprano descalabro que Obama había pasado de una concentración terrenal en asuntos contemporáneos y concretos, a una política de trascendencia, de aspiración, de utopía y de esperanza:

[Obama] se topó con el hecho de que en vez de hacer campaña sobre todos los temas, entre comillas, [debía alentar] la esperanza [que] es en realidad la clave. No sólo la comunidad negra, sino también las personas menos privilegiadas están buscando esa esperanza. Tú no tienes por qué hablar del cuidado de la salud, más bien tienes que hablar de "la promesa" del cuidado de la salud. La esperanza es una palabra muy inclusiva. Creo que [Obama] es muy bueno vendiendo este concepto.23

Todos esos antiguos camaradas de Obama, así como los que reportaron sus observaciones, entendían que él se presentaba como un héroe que prometía la salvación. Estaban errados, sin embargo, al pensar que no era más que una interpretación, o solamente algo aprendido recientemente. Estaba ahí desde el inicio, tan real para Obama y sus auditorios-ciudadanos como cualquier verdad ficticia o espiritual puede serlo. El personaje de Obama siempre había prometido muy en grande. Parado en el quicio de la historia, el personaje inspiraba a sus auditorios a creer que ellos y su nación podían ser resucitados, que lo mundano podía ser trascendido, que, como lo prometía tan elocuentemente en sus discursos, "es hora, América, de que volvamos a creer."

 

Hemerografía

Alexander, Jeffrey Charles, The Civil Sphere, Oxford, Oxford University Press, 2006.         [ Links ]

Broder, David S., "Why the Center Still Holds," en The Washington Post, 12 de abril de 2009, p. A17.         [ Links ]

Brooks, David, "The Two Obamas", en The New York Times, 20 de junio del 2008.         [ Links ]

Lizza, Ryan, "Making it. How Chicago Shaped Obama", en The New Yorker, 21 de julio de 2008.         [ Links ]

Maureen Dowd , "Stalking, Sniffing, Swooning", en The New York Times, 27 de julio del 2008.         [ Links ]

Powell, Michael "Barack Obama: Calm in the Swirl of History", en The New York Times, 4 de junio de 2008, p. A1.         [ Links ]

Scott, Janny, "The Long Run: In 2000, a Streetwise Veteran Schooled a Bold Young Obama", en The New York Times, 9 de septiembre de 2007.         [ Links ]

The New York Times, 7 de julio de 2008, p. A14.         [ Links ]

Wall Street Journal , 13 de septiembre del 2004.         [ Links ]

----------, 7 de octubre del 2004.         [ Links ]

----------, 17 de octubre de 2004.         [ Links ]

----------, 20 de octubre del 2004.         [ Links ]

Weekly Standard, 29 de septiembre de 2008.         [ Links ]

White, Theodore Harold , The Making of the President 1960, Nueva York, Atheneum House, 1961.         [ Links ]

 

Notas

* Este artículo fue originalmente presentado como ponencia el 23 de abril de 2009 en la Universidad de Maryland.

1 Theodore Harold White, The Making of the President 1960, Nueva York, Atheneum House, 1961, p. 3.

2 Wall Street Journal (WSJ), ediciones del domingo 17 y miércoles 20 de octubre del 2004.

3 David S. Broder, "Why the Center Still Holds,"en The Washington Post, edición del domingo 12 de abril de 2009, A17.

4 WSJ, edición del jueves 7 de octubre del 2004.

5 Ibid., lunes 13 de septiembre.

6 Jeffrey Charles Alexander, The Civil Sphere, Oxford, Oxford University Press, 2006.

7 Janny Scott, "The Long Run: In 2000, a Streetwise Veteran Schooled a Bold Young Obama", en The New York Times, edición del lunes 9 de septiembre de 2007.

8 Barack Obama, The Audacity of Hope: Thoughts on Reclaiming the American Dream, Nueva York, Crown, 2006. N.E.

9 J. Scott, op. cit.

10 Idem.

11 Michael Powell, "Barack Obama: Calm in the Swirl of History", en The New York Times, edición del miércoles 4 de junio de 2008, p. A1.

12 Caricatura publicada en The New York Times, edición del lunes 7 de julio de 2008, p. A14.

13 El discurso inaugural, pronunciado el viernes 20 de enero de 1961, puede ser consultado o escuchado in extensis en http://www.americanrhetoric.com/speeches/jfkinaugural.htm N.E.

14 Este discurso, intitulado "For a More Perfect Union", puede ser consultado in extensis en http://www.huffingtonpost.com/2008/03/18/obama-race-speech-read-th_n_92077.html N.E.

15 Para ejemplificar mejor la disputa ideológico-política etre Obama y McCain, vid. el discurso que el primero pronunció en la Convención Demócrata de Denver, Colorado, el 28 de agosto del 2008, en http://www.scribd.com/doc/7754587/Barack-Obama-Discurso-en-Denver N.E.

16 Ryan Lizza, "Making it. How Chicago Shaped Obama", en The New Yorker, edición del lunes 21 de julio de 2008, en http://www.newyorker.com/reporting/2008/07/21/080721fa_fact_lizza N.E.

17 Vid. David Brooks, "The Two Obamas", en The New York Times, edición del viernes 20 de junio del 2008, en http://www.nytimes.com/2008/06/20/opinion/20brooks.html N.E.

18 R. Lizza, op. cit.

19 Idem.

20 Weekly Standard, edición del lunes 29 de septiembre de 2008.

21 Maureen Dowd , "Stalking, Sniffing, Swooning", en The New York Times, edición del sábado 27 de julio del 2008. La transcripción del discurso de Obama en Berlín, así como el audio, pueden consultarse en http://www.huffingtonpost.com/2008/07/24/obama-in-berlin-video-of_n_114771.html N.E.

22 J. Scott, op. cit.

23 Idem.

 

Información sobre el autor

Jeffrey Charles Alexander. Sociólogo. Doctor en sociología por la Universidad de California en Berkeley. Es uno de los más destacados sociólogos culturales contemporáneos y uno de los principales exponentes de la corriente neofuncionalista. Ha sido profesor visitante en diversas universidades de América, Europa y Asia. Es actualmente profesor de la Universidad de Yale, donde es titular de la cátedra de sociología Lilian Chavenson Saden y codirector del Centro de Sociología Cultural; es, además, profesor emérito de la Universidad de California en Los Angeles. Es autor de numerosos libros, capítulos en libros y artículos especializados. Entre sus últimas obras destacan: The New Social Theory Reader (2008) (en coautoría con Steven Seidman); A Contemporary Introduction to Sociology: Culture and Society in Transition (2008) (en coautoría con Kenneth Thompson); The Civil Sphere (2006) y Social Performance: Symbolic Action, Cultural Pragmatics, and Ritual (2006) (en coautoría con Bernhard Giesen y Jason Mast). jeffrey.alexander@yale.edu.

Creative Commons License Todo el contenido de esta revista, excepto dónde está identificado, está bajo una Licencia Creative Commons