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Revista mexicana de ciencias políticas y sociales

versión impresa ISSN 0185-1918

Rev. mex. cienc. polít. soc vol.51 no.205 México ene./abr. 2009

 

Documentos

 

México ante la crisis: ¿qué hacer para crecer?*

 

José Narro Robles**

 

** Universidad Nacional Autónoma de México, Torre de Rectoría 6to. piso, Ciudad Universitaria México, D.F., 04510.

 

I

Las instituciones públicas de educación superior siempre han estado comprometidas con la vida académica y, a partir de ella, con el desarrollo del país. Por ello conviene reiterar dicho compromiso con la sociedad mexicana, al igual que la disposición para poner a su servicio la capacidad de análisis y de generación de propuestas que en ellas existe.

La crisis económica que vive el mundo entero, cuyas repercusiones en México ya empezaron a manifestarse, no constituye un hecho espontáneo. Las crisis, incluidas las de la economía, son en el fondo el resultado de no haber tomado las decisiones adecuadas en el momento oportuno, o de haber postergado la solución de problemas importantes. Por acción o por omisión pueden generarse grandes problemas.

Por ello, para decidir qué hacer en México ante una crisis que apenas empezamos a experimentar, es necesario que tengamos la mayor claridad posible acerca de sus orígenes. La situación amerita medidas de urgencia, pero ello no debe conducir a la puesta en práctica de acciones que, a la postre, no resuelvan nada, o peor aún, acentúen nuestros problemas de fondo. Lo que resulta inadmisible es que, después de cada crisis, en el país se termine acentuando la desigualdad y se debilite la participación de la sociedad.

En México, la contingencia y la inmediatez con frecuencia se imponen sobre las grandes reformas de fondo que se necesitan. El país experimenta una profunda y lacerante desigualdad, pero no se ejecutan los cambios y los programas sociales que permitan redistribuir de una mejor manera la riqueza; todos sabemos que necesitamos invertir más en educación, mas con frecuencia las urgencias se nos imponen; aceptamos la conveniencia de atender los problemas fundamentales de salud de la población, empero el proyecto se pospone; reconocemos la existencia de niveles elevados de pobreza y de un gran rezago educativo, no obstante poco hacemos para atenderlos. Se podría enumerar una larga lista de problemas importantes y de buenos propósitos para combatirlos que, sin embargo, no logramos concretar.

Es por esto que la situación actual debe aprovecharse para poner en práctica medidas que trasciendan la coyuntura. Para ello, junto con las acciones inmediatas dirigidas a paliar los efectos de la crisis, se requiere impulsar políticas de largo aliento, políticas que ayuden a perfilar el desarrollo de una sociedad más incluyente, con prioridades diferentes a las que ahora se sostienen y en especial con la definición clara del rumbo que se desea seguir.

 

II

La crisis actual no es un problema que pueda resolverse de forma inercial y menos con la aplicación de medidas similares a las que la produjeron. O realizamos cambios profundos o estamos condenados a repetir, tarde que temprano, los mismos problemas. Una de las lecciones derivadas de esta situación es la necesidad de flexibilizar el debate doctrinario. Se requiere romper con dogmas y actuar en consecuencia. Se requiere claridad y sensatez para aceptar que la mano invisible del mercado no es suficiente para la sociedad y que ésta requiere de la mano visible del Estado, como lo ha sostenido el prestigiado economista Carlos Tello.

No es posible que en plena época de la economía del conocimiento, en plena era de la sociedad de la información, los ciudadanos comunes no tengan idea en torno a hechos que los afectan directamente. Es una paradoja que la información no sirva para prever los problemas y que los trabajadores tengan incluso en riesgo una parte de sus fondos de retiro. Resulta inadmisible que quienes administran esos recursos tengan ganancias, mientras fracasan en su misión de administrar el dinero ajeno.

Para el buen desarrollo de una sociedad democrática y armónica, se requiere que el Estado tenga un papel estratégico. Éste no debe ceder su papel histórico, político y social al mercado. Al mismo tiempo, se debe sostener que no se trata de percibir al Estado y al mercado como entidades antagónicas. Se trata de aceptar que sin la acción compensadora del Estado, el mercado no puede regularse por sí solo y menos resolver los problemas, rezagos e injusticias sociales que nos abruman. Se trata, también, de reconocer que el mercado incluso puede llegar a ser un depredador de sí mismo. En el otro lado de la moneda, hay que aceptar igualmente que el Estado no puede tener una intervención tal que acabe ahogando o anulando las iniciativas de la sociedad.

Quizá la respuesta está más allá de la contradicción entre los modelos de mercado y de intervención estatal. Aunque las esferas de la política y de la economía tienen su propia lógica, no pueden ser tratadas como esferas separadas que no interactúan. Entender esa complejidad en movimiento es un reto que requiere de muchas elaboraciones y discusiones, pero en especial, de la actitud para tratar de construir las compatibilidades que México demanda.

 

III

La crisis actual es estructural, pero está agravada por la existencia de un pensamiento dogmático. Es necesario reconocer que no es exclusivamente una crisis de liquidez y que, en su lógica financiera, es resultado de una pésima administración de riesgos. Es una crisis provocada, en su origen, tanto por la avaricia de los especuladores y la falta de prudencia de los financieros internacionales, como por la mala regulación monetaria y financiera. Pero también es producto de un planteamiento agotado, de un sistema que no responde a las necesidades de las mayorías. Por ello, una recuperación económica basada sólo en la expansión del gasto público es insuficiente. Además de él, deben considerarse otros aspectos.

En este sentido, no puede obviarse que en la actualidad México es uno de los países que tienen una desigualdad más acentuada. Al respecto, conviene recordar que según los datos oficiales, el uno por ciento más acomodado de los hogares mexicanos concentra el 9.2 % del ingreso total nacional, en tanto que, en el otro extremo, el uno por ciento de los hogares más pobres sólo obtiene el 0.07 % de dicho ingreso, esto significa 130 veces menos.

Ante la situación originada por la crisis, es innegable que se requieren poner en práctica urgentemente acciones gubernamentales para impedir una recesión generalizada en el sector productivo, así como establecer prioridades y reglas claras que ayuden a paliar los efectos negativos entre los más necesitados. Debe apoyarse a los jóvenes, a los trabajadores, a los campesinos, a los pequeños y medianos empresarios, al igual que a los sectores populares. Deben protegerse los empleos, la planta productiva y, simultáneamente, asegurar el funcionamiento correcto de las grandes instituciones públicas que otras generaciones nos legaron.

Es necesario instrumentar programas de empleo emergente, masivo, tanto para aquellos que pierden su trabajo como para quienes se deben incorporar al mercado laboral; resulta indispensable incrementar las becas destinadas a jóvenes que están en las universidades y que difícilmente podrán obtener un empleo en los momentos actuales; de manera similar, se requiere ampliar los programas públicos de salud para que se mantenga la cobertura a quienes pierdan la protección formal de la seguridad social.

Si bien éstas y otras medidas serán probablemente adoptadas, hay que insistir, sin embargo, en que las acciones para superar los problemas deben estar enmarcadas en perspectivas más amplias, como perfilar nuevos esquemas para el desarrollo del país que permitan avanzar en la solución de problemas ancestrales; contar con una política pública industrial que favorezca la generación de riqueza; fortalecer nuestro mercado interno y pugnar, enérgicamente, por que la época de las aperturas comerciales indiscriminadas no se repita ya más. Tal vez lo más importante sea comprender que el bienestar social tiene que constituirse en el centro de la política económica que, de ninguna manera, debe ser visto como un asunto marginal. El fin último de la economía debe ser la mejoría de los niveles de vida de la población y no el control de las variables macroeconómicas.

Además del rescate económico, el país requiere una gran redención social que permita atacar directamente el grave problema de la desigualdad. ¿Por qué no, por ejemplo, se emprenden proyectos de gran magnitud como el de alfabetizar a los casi seis millones de mexicanos que no saben leer y escribir? Recuperar a estos mexicanos cuesta mucho menos que otros rescates realizados. Además, con una acción de esta naturaleza, se resolvería una vergüenza nacional y se fomentaría el empleo y el servicio social.

En el mismo sentido, el programa de apoyo a la infraestructura debería contemplar también el mantenimiento y remozamiento de todos los centros de salud y escuelas públicas ubicadas en las zonas más deprimidas, así como la construcción de caminos rurales. Acciones de esa naturaleza permitirían incrementar el empleo en esas áreas del país y, de esa forma, paliar la pobreza y activar la economía regional.

Se hace necesaria una inversión pública sin precedente en educación superior y en salud que mejore significativamente la cobertura y la calidad de las mismas. Estos elementos son dos de los igualadores sociales más efectivos para reducir las disparidades existentes y para incrementar la calidad y la cantidad de participantes en la vida pública y económica. Permitir que aumente el número de jóvenes sin un sitio en la educación superior y sin una oportunidad de trabajo, no sólo es perpetuar un error histórico, sino que pone al país en riesgo, y en uno muy grande.

De igual forma, resulta imperativo colocar a la ciencia y a la tecnología entre las prioridades del país. El conocimiento científico y la innovación tecnológica son factores esenciales para el desarrollo de una nación. El gobierno y el sector privado deben reconfirmar esta prioridad y dedicar más recursos para que nuestro país avance en estas áreas. La ciencia debe tener un lugar preponderante en nuestro futuro.

 

IV

La inestabilidad actual no sólo es económica, también es una crisis de valores que afecta de manera diferente a los ciudadanos. Para salir de ella, se debe retomar el ritmo de crecimiento que perdimos hace más de cinco lustros, además de trabajar en el fortalecimiento del sistema de valores laicos. Para conseguirlo, se requiere un acuerdo social amplio y no sólo un arreglo económico; un acuerdo con visión de largo aliento que cuente con el compromiso de todos los sectores y actores de la política, de la economía, de la educación, de la ciencia, del desarrollo tecnológico y también de la cultura. Este acuerdo debe constituirse en un programa de Estado y no sólo gubernamental o partidista.

Nuestro país requiere de unidad al igual que de la aportación de todos sus ciudadanos, especialmente de los más capaces, para proponer acciones que permitan superar las grandes carencias que afectan a la población.

Lograr un acuerdo social con la unidad que la nación demanda, es posible. A nadie sirve apostar a la división. Ayuda el hecho de que hoy tenemos una democracia más consolidada, mayores libertades, un sistema plural de partidos políticos, un mayor equilibrio entre los poderes de la República y una mayor participación de los ciudadanos. Hay que aprovechar estos avances para plantear soluciones de fondo a nuestros problemas.

Es necesario crear las condiciones y realizar las acciones pertinentes para devolver la esperanza a los mexicanos. Tenemos que replantear el rumbo del país y definir un nuevo proyecto para la nación. No podemos seguir a la zaga de otras economías que, con menos recursos que la nuestra, han tenido grandes éxitos al definir sus prioridades y su futuro. Necesitamos replantear con seriedad los esquemas del desarrollo e identificar nichos de oportunidad, así como las fortalezas económicas y sociales que nos acompañan y, sobre todo, hacer a un lado lo que no ha funcionado. Tenemos imperativos éticos y fácticos, realidades sociales y económicas que asumir. Lo único que no debemos hacer es seguir igual.

Sabemos que frente al desafío no hay soluciones fáciles, únicas ni espontáneas. También sabemos que no se deben ocultar la extensión y gravedad de los problemas que nos afectan. Necesitamos aceptarlos, examinarlos y ventilarlos. Debemos alcanzar acuerdos que permitan atenderlos. El asunto no depende de un estado de ánimo.

No se trata de optar, en la disputa, entre los entusiastas o los catastrofistas. La materia tiene que ver con la responsabilidad y la objetividad, con la ética y el manejo de la verdad.

Es el momento, especialmente ante las incertidumbres actuales, de atrevernos a imaginar un México mejor. Es la ocasión de diseñar estrategias de largo aliento para que el país tenga un cambio estructural. Es el tiempo de ingeniar un cambio de rumbo realista, de resolver los viejos problemas y de enfrentar los nuevos desafíos.

 

V

Al discutir qué hacer, es pertinente reconocer que toda crisis es también una oportunidad, una ocasión para ver hacia adelante y también para extraer lo positivo del pasado, para conseguir que en la nueva etapa de crecimiento lo hagamos en las mejores condiciones posibles.

La crisis no debe ser divisa política de nadie, y menos aún en este año electoral. Es, por otra parte, un problema de todos cuya atención requiere de la participación y el acuerdo de la mayoría. Debemos conseguir que la salida de este trance devenga en coyuntura para avanzar hacia una sociedad más incluyente y que los beneficios de la gran inversión, que necesariamente se va a dar, se extiendan al mayor número de personas posibles, en especial a los más necesitados.

A todos nos conviene que las dificultades se superen. Ello sólo será posible si los sectores con más recursos comprenden que la acción del Estado debe buscar que toda la población sea beneficiada e incorporada. La pregunta de qué hacer para salir de la crisis puede tener muchas respuestas, pero la que conviene al país, es la de mejorar la participación de todos los ciudadanos en la economía y la política de México. En eso consiste nuestro desafío, es imperativo que construyamos los acuerdos requeridos. Nuestra gran nación ya se lo merece.

 

Nota

* Documento basado en el menaje leído en el foro celebrado en la Cámara de Diputados el 29 de enero de 2009. El autor agradece la colaboración de quieres aportaron ideas, información y argumentos para la elaboración de este escrito.

 

Información sobre el autor

José Ramón Narro Robles. Médico cirujano. Egresado de la Facultad de Medicina de la UNAM de donde es profesor titular "C" definitivo de tiempo completo. Realizó sus estudios de posgrado en la Universidad de Birmingham, Gran Bretaña, en el campo de la medicina comunitaria. Cuenta con amplio reconocimiento por su ejercicio profesional en los ámbitos académico y público. En el primero, se ha destacado como secretario general de la UNAM, coordinador general de la Reforma Universitaria y director, en dos períodos, de la Facultad de Medicina. En el segundo, como secretario general del Instituto Mexicano del Seguro Social, presidente de la Fundación Cambio XXI y del Instituto Nacional de Ecología. Ha sido ponente en más de 450 foros del país y el extranjero. Es autor y coautor de cerca de 200 artículos científicos y de divulgación, principalmente en las áreas de educación, salud pública y administración de servicios de salud. Actualmente funge como rector de la Máxima Casa de Estudios. rectoria@unam.mx.

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