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Cuicuilco

versão impressa ISSN 0185-1659

Cuicuilco vol.20 no.56 México Jan./Abr. 2013

 

Debate contemporáneo: antropología y turismo

 

Entrevista con Adriana Velázquez Morlet, delegada del Centro INAH Quintana Roo

 

Ingrid Valencia

 

Adriana Velázquez Morlet estudió arqueología en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Ha realizado trabajos de campo en los estados de Morelos, México, Michoacán y, particularmente, Yucatán y Quintana Roo, fue coordinadora del Proyecto Atlas Arqueológico de Yucatán y directora en campo del Proyecto Arqueológico Kohunlich. Desde 1994 es directora —actualmente delegada— del Centro INAH en Quintana Roo y encargada del Museo Maya de Cancún. Ha publicado más de treinta artículos y dos libros acerca de su trabajo arqueológico en Yucatán y Quintana Roo.

Sus áreas de especial interés son el análisis cerámico y la iconografía de la arqueología maya; en el campo de la protección del patrimonio, ha trabajado desde hace más de diez años en un programa de ordenamiento y manejo de la poligonal de la Zona de Monumentos Arqueológicos de Tulúm-Tancah, Quintana Roo, lo mismo que en la difusión de este tipo de programas.

—¿Cómo fue su encuentro con la arqueología?

Estudié arqueología en la ENAH en los años ochenta. Después de hacer mis primeros trabajos en arqueología en los estados de Morelos y Michoacán, llegué finalmente a la región que me interesaba, la maya, inicialmente a Yucatán, en donde participé en la elaboración del Atlas Arqueológico de Yucatán por invitación de Enrique Nalda; después de haber trabajado varios proyectos en esta región llegué a Quintana Roo, también por invitación de Enrique, para trabajar en el proyecto arqueológico Kohunlich. Sin duda el trabajo que realizamos en Kohunlich fue muy importante, vivimos allí más de dos años y esa experiencia nos permitió conocer las entrañas de la investigación arqueológica, de cómo producirla y cómo encausarla. Los hallazgos que se realizaron en esa temporada en diversos contextos fueron muy importantes para todos los que participamos en ese proyecto.

—¿Cuál fue su experiencia como estudiante de la ENAH?

Era mucho más pequeña de lo que es ahora, actualmente hay espacios que yo no conocía. Por supuesto que ya no se trataba de la primera ENAH, la del Museo Nacional de Antropología, pero sí era una ENAH más sencilla, más llevadera. Hoy veo una Escuela muy compleja con muchos problemas apremiantes y sobre todo, desde luego no es nada nuevo, veo una ENAH muy desvinculada del trabajo que realiza el INAH en el país. En este sentido considero que tienen una enorme tarea, y lo digo como ex alumna, es muy importante para el desarrollo de los futuros antropólogos y arqueólogos que la Escuela se relacione más con el Instituto porque finalmente todos somos parte de una misma institución y afrontamos una realidad común cuyo conocimiento necesariamente es compartido. En los ochenta, nos tocó una época muy interesante, tuvimos maestros maravillosos como Enrique Nalda y Manuel Gándara, quienes eran los líderes de la especialidad en arqueología de la ENAH y contribuyeron a acrecentar nuestro interés por ciertas regiones del país, por hacer un trabajo más reflexivo, más analítico e interpretativo y el cual estamos transmitiendo ahora a las nuevas generaciones. En aquellos años se tomaron decisiones que definieron un poco lo que es actualmente la especialidad de arqueología en la ENAH.

—¿En qué medida se ha modificado el tratamiento de un hallazgo de aquel entonces, en los ochenta, cómo lo es en la actualidad?

La ENAH siempre estaba a la vanguardia, a través de los trabajos de Javier López Camacho —eso es algo de lo que la escuela debe estar muy orgullosa— se han generado trabajos de muy buen nivel y calidad. A partir de esa visión, se han definido nuevos sitios para trabajar con nuevas preguntas, no solamente para construir y reconstruir la historia prehispánica de determinado lugar sino también para vincularnos con las comunidades locales y contribuir en el proceso que se ha discutido en este seminario acerca de cómo establecer una relación más eficiente y más productiva con las comunidades que radican en las zonas arqueológicas o en sus cercanías.

Para mí es una enorme ventaja ser arqueóloga ya que me permite conocer a detalle los sitios. Por ejemplo, el componente arqueológico representa el noventa por cierto de la actividad que realiza el Instituto en Quintana Roo, el otro son proyectos de antropología e historia que tienden a crecer pero en este momento todavía son los menos. Como decía, tener esta formación ha sido de enorme utilidad para saber cómo manejar el patrimonio arqueológico, lo cual es uno de los retos fundamentales del trabajo en nuestro Centro INAH, el trabajo de gestión de patrimonio cultural no sólo consiste en abrir los sitios al público sino manejarlo de una manera científica, sustentable y eficiente, buscando una relación respetuosa y en lo posible beneficiosa con las comunidades vecinas. Asimismo, mi trabajo como arqueóloga me ha permitido identificar los eventuales riesgos que puede tener el patrimonio arqueológico en función de obras, de nuevos desarrollos o de visitas turísticas y me ha permitido tener la visión de diseñar los mecanismos que puedan ayudar para no poner en riesgo el patrimonio que está a nuestra responsabilidad.

—¿Cómo fue la creación y consolidación del Centro INAH Quintana Roo?

El Centro se forma en 1974 cuando se crea el estado de Quintana Roo, anteriormente funcionaba como una delegación del Centro Regional del Sureste que durante mucho tiempo estuvo en Mérida y concentraba todo el trabajo antropológico y arqueológico realizado en la península de Yucatán. El crecimiento de los estados, y la propia dinámica interna de cada uno, obligó a crear los centros en Quintana Roo y en Campeche. En esa época era un centro muy pequeño que siempre ha tenido dos sedes, una en Cancún y otra Chetumal. Se trata de un centro relativamente reciente —como lo es el estado—, en una región en donde las cosas han sucedido muy rápido, con un crecimiento muy acelerado, baste decir que Playa del Carmen y Tulúm tienen los índices de crecimiento más altos de América Latina y eso ha obligado a que el Centro INAH crezca al mismo ritmo. En 1995 tenía una computadora y un vehículo, hoy tenemos más de 25 vehículos y todo el personal de nuestras oficinas tiene equipos de cómputo. El CINAH Quintana Roo está conformado por cerca de 120 trabajadores en el estado, entre investigadores, trabajadores atm, apoyo a confianza y personal de estructura, que llevan a cabo más de veinticinco proyectos de investigación y mantenimiento a lo largo del estado.

—Con respecto a los proyectos que desarrolla la ENAH, ¿cuáles están vinculados con el Centro INAH Quintana Roo?

No sé si hay muchos proyectos de la ENAH con otros centros del INAH pero yo estoy muy satisfecha y orgullosa de los que hemos formulado con la especialidad de arqueología de la escuela, a través del proyecto "Prácticas de prospección arqueológica en el sur de Quintana Roo" con el profesor Javier López Camacho, es un proyecto que ya tiene más de quince años y que ha dado muy buenos resultados. Hay varios estudiantes que se han titulado con trabajos relacionados con esta investigación. Otro proyecto más reciente es "Etnografía de las comunidades aledañas a las zonas arqueológicas del sur de Quintana Roo", que tendrá unos cinco o seis años de realizarse con la participación de Paloma Escalante y Allan Ortega.

—Actualmente, ¿qué injerencia tiene el INAH con respecto a la inversión privada y a las políticas de desarrollo en el estado?

Ha habido un enorme esfuerzo por parte de todos los que trabajamos en el INAH Quintana Roo por posicionar al INAH en el mapa estatal de la toma de decisiones, estoy hablando de la inclusión de una norma que proteja el patrimonio cultural en los Programas de Ordenamiento Ecológico Locales, algo que hemos logrado con mucho esfuerzo. Esto ha sido un gran avance porque el crecimiento de las ciudades, como te he comentado, es tan grande en Quintana Roo que representa un riesgo muy serio en la protección del patrimonio arqueológico y paleontológico. Por otro lado, también el crecimiento mismo del Centro INAH y sus proyectos de investigación han ubicado las actividades del Instituto en un ámbito muy destacado en las actividades del estado, así como lo es la construcción del nuevo museo en Cancún, el cual nos ubica como un referente en el espacio cultural de la región.

—¿Qué tipo de financiamiento obtuvo el Museo Maya de Cancún y qué significa este espacio para la localidad?

Es un museo hecho fundamentalmente con recursos del Instituto y una pequeña aportación del gobierno del estado con un costo total de casi doscientos millones de pesos. Ha tenido mucho éxito, sobre todo porque entre la población local son poquísimos los que han ido a un museo, ahora están visitándolo de manera muy entusiasta, hemos tenido más de diez mil visitantes en un par de semanas.

—¿Qué ofrece el Museo Maya frente a otros museos?

Ofrece una visión renovada de la historia prehispánica de los mayas con piezas excepcionales que nunca se habían expuesto, con una interpretación que puede encontrarse en muy pocos lugares y, adicionalmente, incluye la visita a la zona arqueológica San Miguelito que es un sitio del Posclásico tardío relacionado con el sitio arqueológico El Rey. El Museo posiciona a la arqueología del estado con nuevas líneas de investigación, ya no simplemente en el ejercicio de reconstrucción de pirámides o exploración de tumbas reales, sino en la investigación del modo de vida de la gente, sobre todo del Posclásico, al conocer sus dinámicas poblacionales y su importancia en el contexto regional.

—¿Considera que la creación del Museo da pautas para corregir ciertas políticas públicas?, y, dado el caso, ¿cuáles serían?

Yo creo que va a ser relevante porque va a generar una difusión mucho más efectiva de la importancia arqueológica del estado y eso va a obligar a que las políticas, en un principio estatales, de desarrollo de núcleos poblaciones y de construcción de nuevos proyectos, tomen en cuenta la arqueología para su planeación y conservación, algo que, muy lentamente, pero se está empezando a hacer, y yo creo que el Museo ayudará a que esto se consolide. Además, va a ser una herramienta muy importante para que los maestros, y quienes tienen que ver con los programas escolares, puedan mostrar a los niños y jóvenes información acerca de la historia prehispánica del estado y contribuir a fortalecer las muchas identidades locales de las que está conformado Quintana Roo.

—¿Qué papel juegan los medios de comunicación en el estado de Quintana Roo? ¿Qué tanto refuerzan, o no, las expectativas del turismo?

La prensa local tiene una perspectiva muy distinta a la nacional en cuanto a cómo manejar la información con las instituciones, por ejemplo. Ha sido un poco difícil para el Instituto construir una buena relación, la tenemos con algunos que han contribuido a difundir los resultados de nuestro trabajo y han ayudado a informar la necesidad de proteger el patrimonio arqueológico, lo cual es algo muy importante. Estamos tomando lo mejor de ellos, desde luego falta mucho por construir en esta relación, que si bien ha sido una relación difícil, creo que vamos por buen camino.

—Con respecto a la derrama económica en este rubro, ¿qué beneficios obtienen las comunidades?

El flujo turístico de las zonas arqueológicas de Quintana Roo genera una notable derrama económica, la cual se podría incrementar ya que del total de los visitantes al estado, quizá un treinta por ciento asiste a las zonas arqueológicas con diferentes intereses, habría que mejorar esas expectativas, pero en términos económicos es un elemento fundamental para la economía del estado porque, por ejemplo, la comunidad de Tulúm vive, en su totalidad, de la zona arqueológica, de prestar servicios directos o indirectos a la zona arqueológica, lo mismo que la comunidad de Cobá y en ese sentido, a nivel socioeconómico, representa un factor muy sobresaliente; el estado recibe cerca de un millón trescientos mil visitantes al año, esta cifra se incrementa cada vez entre un cinco y diez por cierto, dependiendo del lugar, lo cual representa un ingreso de más o menos de ochenta millones de pesos para el INAH con el que se financian no solamente investigaciones arqueológicas en el estado sino también de otros estados del país, esto es algo muy relevante para nosotros. Mientras más se conozca el trabajo que realiza el Instituto mayor será el impacto que tenga la derrama económica y, como se mencionó en este seminario, aunque todavía falta mucho por hacer, creo que, en alguna medida, sí se ha contribuido en mejorar la calidad de vida de algunas comunidades.

En la medida en que nosotros socialicemos el conocimiento de nuestros investigadores habrá herramientas más efectivas para que nuestros vecinos de las zonas arqueológicas, los habitantes de las comunidades aledañas, hagan suyo este patrimonio y nos ayuden a conservarlo, de tal forma que ellos mismos tengan las herramientas para desarrollar las actividades económicas que resulten redituables para ellos y sus familias. Yo creo que entre más información tengan con respecto a la historia prehispánica y el manejo de la zona arqueológica van a contar con más elementos para su propio desarrollo. Por supuesto que para este proyecto en el que participan Paloma Escalante y Allan Ortega es muy importante que conozcamos cuál es la percepción de las comunidades locales en nuestro trabajo, pues tiene que ser un ciclo de apoyo mutuo y de constante reflexión acerca de las expectativas que se tengan para el futuro.

—En relación con la protección del patrimonio arqueológico y, en especial, el subacuático, ¿qué acciones se han tomado últimamente, quiénes respaldan estas políticas en el marco de la legislación cultural?

Tenemos que ahondar más en esta materia, aunque ya se está trabajando en un reglamento de cenotes para los municipios de Solidaridad y Tulúm que incluye, por supuesto, como elemento fundamental, la conservación del patrimonio arqueológico y natural, estamos haciendo un catálogo de esos sitios con la Subdirección de Arqueología Subacuática del INAH y hemos aportado información muy valiosa, sobre todo la que se refiere a la ocupación más antigua del país, del Pleistoceno, y ya contamos con información de ocho depósitos mortuorios que se hicieron en estas cuevas cuando estuvieron secas.

—¿Cuántas zonas arqueológicas tienen registradas?

El estado tiene cerca de cincuenta mil kilómetros cuadrados y en este espacio tenemos más de mil setecientas zonas arqueológicas conocidas, de las cuales hay diferentes niveles de información. De algunas sabemos sólo en donde están, de otras tenemos un registro mínimo y otras más están ampliamente documentadas, de todas ellas, trece ya están abiertas al público y estamos trabajando en otras cuatro (Ichkabal, Chakanbakán, Xcalacoco y Rovirosa) desde hace varios años, posiblemente en un futuro próximo existan las condiciones para abrirlas al público.

¿Cuáles son los retos que, como arqueóloga y delegada del Centro INAH Quintana Roo, percibe en la actualidad?

Yo creo que vincularnos mejor con las comunidades, y lograr que en el o marco legal se incluya la necesidad de preservar el patrimonio arqueológico, así como actualmente existe el marco legal para proteger el patrimonio natural. Tenemos también el reto de saber socializar la información que se obtiene de los proyectos arqueológicos, hacerla llegar al público, vincularla con las poblaciones actuales y crear las condiciones para que los nuevos arqueólogos y antropólogos lleguen con un bagaje y unas herramientas que les permitan realizar proyectos mucho más sólidos y a largo plazo.

Hace falta que los estudiantes de la ENAH se interesen más en la arqueología y la historia de Quintana Roo, yo creo que hay mucho por hacer en este sentido, hay mucho que rescatar con respecto a las tradiciones y condiciones actuales, hay varios proyectos de antropología social en el estado pero hace falta aglutinarlos y crear líneas de investigación más sólidas, estaremos muy satisfechos si logramos que los estudiantes de la ENAH se acerquen a Quintana Roo para realizar nuevos proyectos.

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