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Cuicuilco

Print version ISSN 0185-1659

Cuicuilco vol.17 no.49 México July/Dec. 2010

 

Dossier

 

Miseria y exclusión, dependencia y explotación: los yonquis de los años 2000

 

Gabrielle Leflaive

 

Universidad de Castilla–La Mancha

 

Resumen:

Basado en una investigación etnográfica realizada entre 2000 y 2004 en el poblado chabolista de Las Barranquillas (Madrid), el mayor escenario de consumo y venta de heroína y cocaína de España, este artículo describe las condiciones materiales y de salud extremas en las que viven los yonquis de los años 2000. Muestra cómo los aspectos más dañinos del consumo de drogas se encuentran fomentados por el contexto marginal y degradado del poblado, por la dureza de las relaciones sociales a las que les arroja su dependencia económica, y por las tensiones producidas por un estilo de vida que tiende a alimentar la adicción, favoreciendo la escalada en el consumo y el carácter compulsivo de éste.

Palabras clave: Drogas, heroína, drogodependencias, marginación, exclusión social, etnografía de drogas.

 

Abstract:

Based on an ethnographic research carried out between 2000 and 2004 in the marginal shanty–town of "Las Barranquillas" (Madrid) which constitutes Spain's major drug scene where heroin and cocaine are sold and used, this article describes the drastic material and health conditions in which the junkies of the 2000's are living. It shows how the most harmful aspects of drug use are favored by the marginal context and the degradation in the shanty–town, by the harshness of the social relationships in which their economic dependence throws them, and by the tensions produced by a life style that tends to foster addiction, encouraging escalation and compulsive forms of use.

Keywords: Drugs, heroin, drug addiction, marginalization, social exclusion, ethnography of drugs.

 

Introducción

La configuración del "problema de la droga" en España ha cambiado considerablemente en la última década. Tras la ola de heroína de los años ochenta y principios de los noventa, y los consiguientes estragos que produjo entre la juventud (encarcelamiento, marginación social, muertes por sobredosis, contagio de VIH y muertes por SIDA), los datos epidemiológicos actuales tienden a mostrar que ésta ya no es un problema social apremiante: la "crisis de la heroína" parece superada en buena medida. La alarma social —por cierto mucho menos intensa que en las décadas anteriores— y la política de drogas se centran ahora en nuevos frentes: el "botellón" y el consumo abusivo de alcohol por parte de los jóvenes, el tabaquismo y su auge entre jóvenes y mujeres, y en cuanto a las drogas ilícitas, el consumo de cannabis, de éxtasis y sobre todo de cocaína. España es hoy en día el país de Europa con la mayor tasa de consumo de esa droga ilícita, según los datos del Observatorio Europeo de las Drogas.1

Sin embargo, los usuarios de heroína siguen estando en alto riesgo con respecto al SIDA2 y, si bien su número se ha reducido de forma muy significativa, al mismo tiempo sus condiciones de vida, su estado de salud y sus posibilidades de inserción social plena siguen siendo muy precarios; incluso han empeorado para los más marginales.3 La gran diferencia con respecto a hace una década es que la heroína ya no atrae a los jóvenes, o esto ocurre de forma sumamente reducida y oculta. Por un lado, el hecho de que la juventud no esté en contacto con esa droga, eliminada virtualmente de los barrios, de las calles de la ciudad, de los institutos y universidades, suprime uno de los factores de difusión de su consumo: la exposición. Como lo subraya David Courtwright [2001a:6], citando a William Burroughs, "la drogadicción es ante todo una enfermedad de la exposición; al fin y al cabo, los que tienen acceso a la droga acaban enganchándose, y la idea propugnada desde la psiquiatría y la psicología de un tipo de 'personalidad pre–adictiva' encuentra poca evidencia histórica". La importancia de la exposición como factor de inicio en la droga4 queda confirmada por el trabajo etnográfico en el que se basa el presente artículo: en los relatos de su introducción al consumo de heroína, los yonquis5 aluden constantemente a la presencia extendida de la droga en sus barrios, entre los jóvenes de su edad, los hermanos. "Carabanchel,6 en los años ochenta: todos los jóvenes del barrio caían", me cuenta por ejemplo Yolanda, última de una familia de seis hermanos que se engancharon al caballo y cuatro de los cuales murieron de SIDA. Yolanda no se contagió y todavía se pregunta cómo escapó a ese destino. Su historia es típica de otra época, ya pasada.

Por otro lado, los que no han conseguido "salir de la droga" se están incrustando cada vez más en una semimarginalidad, o en la marginalidad absoluta: semimarginalidad para los que están en programas de mantenimiento con metadona7 y/o siguen beneficiándose del apoyo de sus familias, pero cuyas perspectivas de reinsertarse social y laboralmente, de recuperar o alcanzar su completa independencia socioeconómica y recobrar su autonomía personal son reducidas; marginalidad absoluta para un núcleo de yonquis "tirados" que, con la expulsión de la droga de la ciudad, han sido también relegados a los confines de la sociedad y viven en unas circunstancias cada vez más duras, en términos de higiene, salud, condiciones materiales y equilibrio psíquico.

Aquella tendencia se manifiesta en el fenómeno actual de concentración de la venta y el consumo de heroína en unas "tierras de nadie" urbanas de la periferia de las principales ciudades, que constituyen escenarios abiertos, aunque apartados, de droga y marginación. Son los denominados "hiper–mercados de la droga", y el poblado de Las Barranquillas, situado en el distrito de Vallecas de Madrid, constituye probablemente el más importante de ellos en España. Las imágenes y los discursos mediáticos sobre Las Barranquillas y otros escenarios similares, con su tendencia reductora, sensacionalista y catastrofista8 tienden a reforzar la aparente evidencia y simplicidad de la asociación droga (heroína) con degradación y marginación, como si de una consecuencia directa e ineluctable de las propiedades farmacológicas de la heroína se tratara, para unos sujetos cuya voluntad (personalidad) y moralidad deficientes han impedido evitar la heroína o salir de ella, a pesar de la asistencia ofertada por la sociedad. De este modo, se ocultan los factores reales que permiten dar cuenta de las drásticas condiciones en que viven y mueren los yonquis de los años 2000. Paradójicamente se encuentran a la vez invisibilizados —por ser relegados a un espacio aparte, aislado— y mediatizados, pero de una forma deshumanizante, como "zombis" —en el sentido de moribundo y al mismo tiempo de persona incapaz de dirigirse por su propia voluntad— que sólo buscan la próxima dosis, animados por una compulsión misteriosa y autodestructiva. Si esa mediatización y las representaciones sociales hegemónicas sobre "la droga" cumplen la función social de proporcionar un repulsivo (o un chivo expiatorio, para Thomas Szasz [1990] y Antonio Escohotado [1998]) que mantiene a la juventud alejada de la heroína, al mismo tiempo acaba legitimando la situación sanitaria y socioeconómica escandalosamente deteriorada en la que viven varios centenares de personas en Madrid, y en la que muchas más están en riesgo de caer; finalmente obstaculiza la ayuda adaptada y eficaz a las personas drogodependientes, en especial a las más excluidas.

La investigación etnográfica que desarrollé entre 2000 y 2004 en el poblado de Las Barranquillas, cuyo objetivo principal era conocer y entender los estilos de vida9 de las personas que consumen heroína y cocaína en el contexto de ese poblado, permite abordar el análisis de aquellos factores que podemos aglutinar bajo la denominación de "reacción social a la droga". Entiendo por esa expresión el conjunto de prácticas y representaciones que históricamente han cuajado en las leyes, las estrategias policiales, los mercados ilícitos de la droga y sus agentes, la intervención en materia de drogodependencias de las instituciones sociosanitarias y de los organismos privados, las actitudes de las familias y en los contextos laborales, los discursos públicos y de los medios de comunicación, etcétera. De este modo, muchos de los comportamientos de los drogadictos, que desde las representaciones dominantes sobre "la droga" se consideran consecuencias de la adicción a la heroína, adicción que empujaría al sujeto hacia una espiral de inevitable degradación y autodestrucción, pueden entenderse en realidad como estrategias elegidas de forma lógica, racional, para afrontar las condiciones a menudo extremas en las que se desarrolla la vida diaria de las personas "enganchadas" a la droga. La inmersión en los modos de vida cotidianos de los "yonquis" y el hecho de centrar la investigación más en el "cómo" se vive la drogadicción que en el "por qué" permiten cambiar la mirada y, en lugar de ver una extraña compulsión autodestructiva, percibir la lucha por la supervivencia en un contexto que ofrece pocas alternativas.

El presente artículo trata de ilustrar ese cambio de mirada abordando algunos aspectos de la vida de los yonquis en el contexto de Las Barranquillas y señalando, sin pretensión de ser exhaustivo, algunos de los factores que permiten dar cuenta de los comportamientos observados. En primer lugar, procederé a una descripción a grandes rasgos del poblado de Las Barranquillas, como marco general para entender los diversos elementos abordados a continuación. Analizaré cómo los aspectos más "espantosos" del poblado, por ejemplo, la visión de unos yonquis extremadamente sucios y físicamente degradados pinchándose entre muros derrumbados y basura —es decir, "lo intolerable"—, pueden entenderse como "fruto de la intolerancia", para retomar la excelente fórmula de Juan Gamella [1991]. Abordaré a continuación las relaciones económicas que mantienen los yonquis con los comerciantes del mercado ilícito de heroína y cocaína y con el resto de la sociedad, indicando primero cómo la drogodependencia se traduce por una dependencia económica que tiende a perpetuarse porque alimenta la adicción al fomentar la escalada en el consumo y el carácter "compulsivo" de éste. Mostraré después cómo esas relaciones económicas presentan claros rasgos de explotación, no sólo por parte de los comerciantes, sino también por parte de la sociedad "normal".10

 

I. Las Barranquillas: un "Needle Park" fuera de la vista

El poblado chabolista de Las Barranquillas se fue organizando alrededor de la venta de dosis de heroína y cocaína a partir de 1997, si bien empezó en los años noventa como barriada pobre de unas familias gitanas dedicadas a la horticultura y la chatarrería, aprovechando la proximidad de un gran vertedero municipal. Mientras nuevas familias se asentaban justamente para dedicarse al comercio ilícito de drogas, queriendo aprovechar las posibilidades de "privatización" del espacio, los gitanos opuestos al desarrollo de esa actividad en su barrio y al consiguiente deterioro del ambiente lo abandonaban, y la venta de droga llegó a ser la actividad principal de los residentes. El proceso de concentración del mercado callejero de heroína de Madrid culminó tras el desmantelamiento, en el año 2000, de otros dos poblados marginales cercanos donde se vendía esa droga, La Celsa y La Rosilla, y el posterior traslado de los comerciantes a Las Barranquillas. Situado en una zona de descampados y terrenos industriales (un desguace de coches, un gran vertedero municipal hoy en día cerrado, el Centro de Transporte de Madrid) delimitada por la M–40 y la nueva autopista Radial 4, el poblado se encuentra físicamente separado de los espacios residenciales. La ventaja principal de aquella situación, en cuanto al mercado de la droga, es su ubicación fuera de los circuitos de gestión pública de la ciudad, lo que permite a los comerciantes hacerse dueños del espacio y organizarlo y controlarlo en función de sus objetivos comerciales. En 2002, el poblado constaba de unas 300 casetas y chabolas.

La forma principal que utilizan los comerciantes para controlar el espacio y protegerse contra la represión policial consiste en emplear a drogadictos para vigilar de forma permanente los movimientos policiacos, lo que se llama "dar el agua". No pueden impedir el acceso de la policía al poblado, pero sí tratan de reducir sus efectos en buena medida. Avisados por sus empleados o "machacas" ante cualquier acercamiento de la policía o amenaza de registro, los comerciantes tienen el tiempo de hacer desaparecer la droga que constituiría la prueba de su delito. La policía, municipal, nacional y secreta, está presente casi a diario en el poblado, pero al no poder inculpar a los traficantes salvo pillándolos in fraganti, la situación habitual es más bien de observación mutua entre comerciantes y agentes, mientras el comercio sigue desarrollándose. En efecto, como en el caso de otros "delitos sin víctima",11 la eficacia de la represión de la venta ilegal de droga se ve globalmente limitada por la ausencia de un denunciante: el usuario de droga es poco susceptible de presentar una demanda contra su proveedor ilícito. La colaboración de los yonquis con los comerciantes para "dar el agua", que los vuelve partícipes en el comercio ilícito, es al mismo tiempo una manifestación de la dependencia económica que caracteriza la relación entre yonquis y comerciantes del poblado, como se verá más adelante. Según los rumores que circulan entre los yonquis del poblado, ciertos comerciantes utilizan como otro recurso para protegerse de la represión la compra de complicidades entre las fuerzas de seguridad, mediante sobornos que sirven no sólo para limitar la persecución directa, sino también para recibir avisos de las posibles acciones de otros agentes no corruptos.12 Sin embargo, no debe por ello pensarse que la policía esté inactiva y que los comerciantes no sufran las consecuencias de la represión. Pagan un precio importante, como lo muestran las estadísticas facilitadas por el Ministerio del Interior (40 registros y 230 personas detenidas, ocho kilos de heroína y siete de cocaína así como 68 básculas de precisión y 33 armas de fuego incautados, entre 2000 y 2002].13 Las irrupciones policiales, las redadas y las detenciones se producen con cierta regularidad, y con el juego de la solidaridad familiar, las ganancias realizadas mediante el comercio de la droga se dedicarán a pagar abogados y fianzas y a compensar las consecuencias de la ausencia de un miembro de la familia en caso de encarcelamiento. Tras una detención, una casa de venta no se queda vacía por mucho tiempo: algún miembro de la familia, u otro candidato a comerciante ilícito dispuesto a pagar un alquiler para tener un despacho de venta en el poblado,14 ocupará el lugar del detenido. El colectivo gitano al que pertenecen mayoritariamente los comerciantes de la droga en el poblado no dispone de muchas alternativas en cuanto a su exitosa inserción en la sociedad y la economía, y no es de extrañar que la venta de la droga se presente para algunos como una salida atractiva, a pesar de las barreras éticas, del estigma (que se traduce a menudo por el rechazo por parte del resto del colectivo gitano, además de alimentar las actitudes racistas de los "payos"), y de los riesgos y costes que esa actividad conlleva —uno de los costes, y no de los menores, es la adicción—. Cuando uno de mis informantes dijo a Lola, la mujer que "despacha" la droga en una de las casas importantes del poblado, que tenía que estar "forrada" con la cantidad que vende a diario, ella le contestó: "No te creas, con tres hombres enganchados en casa (el marido y dos hijos)".

La población de familias gitanas asentadas en Las Barranquillas, de las que buena parte (pero no todas) se dedica al comercio de droga, representa unas 120 unidades familiares, o 600 a 800 personas, según las estimaciones del iris en 2002,15 si se tiene en cuenta la dificultad de evaluar el número de residentes permanentes: algunos solamente tienen un despacho de venta en el poblado y residen en realidad en otro barrio de Madrid. Los servicios públicos básicos de una ciudad —transporte público, limpieza y recogida de basura, red de teléfono, agua y luz, alcantarillado y mantenimiento vial— no alcanzan Las Barranquillas y sus habitantes. El espacio ocupado por el poblado no aparece en los planos de Madrid; las calles (mejor dicho: los caminos de barro llenos de baches) no tienen nombres, las casas de ladrillo y las precarias chabolas carecen de dirección, no hay títulos privados de propiedad. Las viviendas se construyen, adaptan y abandonan por iniciativa privada en función de las necesidades del comercio, la venta que se desarrolla en las casas de los comerciantes. En las más importantes, suele reservarse un espacio separado para la venta y la vida familiar. Aquellas casas de mayor actividad disponen de sistemas de seguridad, como antesalas para controlar los accesos, ventanillas con barrotes de hierro, puertas reforzadas, etcétera. Algunas están organizadas como verdaderos fortines, con hasta cuatro machacas que aseguran en forma permanente la vigilancia y la regulación de los accesos.

A pesar de los esfuerzos de los comerciantes con mayores ingresos por acomodar el interior de sus casas o chabolas (utilizando una mano de obra muy barata: los yonquis) con estufas de leña, sanitarios en algunas, tomas ilegales de corriente y agua, las condiciones de vivienda y de higiene son precarias en el poblado: pequeñas casas de ladrillo o chabolas cubiertas por materiales diversos (chapa ondulada, toldos de plástico, contrachapado), conexiones ilícitas con la red eléctrica hechas sin respecto de las normas de seguridad (lo que provocó varios incendios), deterioro material generalizado del entorno, calles sin asfaltar que son el dominio del polvo y del lodo, de la basura y de las jeringuillas usadas extendidas por todas partes. El espacio público no ofrece ningún abrigo contra el sol en verano, el frío o la lluvia en invierno.

Por muy desagradable, deteriorado e incómodo que sea el lugar, se asiste en el poblado a un continuo trasiego de coches y peatones venidos para "pillar", es decir comprar droga y consumirla in situ. Ese trasiego se produce durante todo el día, con horas punta, por ejemplo, la hora de comer y el final de la tarde, y también durante la noche, donde parece incluso más intenso porque solamente una parte de las casas sigue vendiendo, y la circulación se limita a ciertos espacios. El comercio de la droga es realmente permanente; a cualquier hora y cualquier día del año es posible comprar heroína y cocaína. Las casas de venta se encuentran dispersas en toda la extensión del poblado, y cada cliente acude a una de sus casas habituales, o sigue a uno de los yonquis apostados en la entrada del poblado hasta una casa donde "hay buen género" (buena droga). El yonqui espera obtener una pequeña comisión por parte del comerciante y/o que le invite el cliente a compartir una dosis con él. La transacción de compra en la casa de venta se hace de forma rápida, una vez que el machaca encargado de vigilar las entradas deja pasar al cliente. Pero después los usuarios de Las Barranquillas16 no pueden permanecer cerca de la casa donde compran, y deben desplazarse hacia distintos espacios del poblado donde se les permite quedar para "ponerse" (consumir). Los comerciantes hacen cumplir esas reglas también por los machacas, con el fin de evitar agrupaciones delante de sus casas, lo que llamaría la atención de la policía y dificultaría el control de los accesos.

Los usuarios tienen prisa por un conjunto de razones: quizá sienten ya los síntomas del "mono" (síndrome de abstinencia), o simplemente el ansia por consumir; tienen miedo, este lugar no es agradable, y todo el mundo sabe que aquí las relaciones se rigen mediante la violencia o la amenaza de violencia; al llegar al poblado uno está sometido a un acoso constante de "chuteros" que venden jeringuillas, plata, amoniaco y otro material de consumo; de usuarios que pasan mono y tratan desesperadamente de reunir el dinero para una dosis, pidiendo con súplica en la voz, o intentando vender objetos robados, trankimazines,17 o metadona; de machacas que gritan con sus voces cascadas para atraer a los clientes. Los usuarios que tienen un empleo, una familia, y mantienen secreto su consumo deben pasar el menos tiempo posible en el poblado, pues la necesidad de acudir regularmente los obliga a una gestión tensa del tiempo, de las mentiras y excusas. Los que no tienen ese nivel de inserción, y viven en mayor o menor grado de forma marginal, tienen prisa porque después de ponerse tendrán que volver a "buscarse la vida", es decir, entregarse a las actividades ilícitas (hurto, robo, prostitución, mendicidad) que les permiten costear el consumo de droga, sabiendo que aquellas actividades producen mucha tensión y siempre conllevan un riesgo: el de ser pillado o no sacar nada. La desconfianza es un sentimiento general de los que acuden al poblado: los riesgos de ser atracado, de verse robado de su droga, dinero, coche u otras posesiones, si bien se exageran, son bien reales. Todo el mundo aprende, a veces a su costa, a tomar algunas precauciones básicas, como encerrarse en el coche, no dejar nada visible ni sin vigilancia, y a nunca bajar la guardia. La rapidez es necesaria también para evitar aquellos riesgos. El resultado de todo ello son atascos frecuentes, coches que quieren pasar todos a la vez, maniobrando en completo desorden, a veces en medio de gritos e insultos.

El coche, o un lugar cerrado y protegido del aire, es indispensable para fumar la heroína, la cocaína o la mezcla de ambas drogas en un "chino". El chino es un trozo de papel aluminio ("plata") de unos 10 por 15 o 20 centímetros en el que se dispone la droga en forma base (no soluble), para ser fumada, aspirando su vapor por un tubo en la boca mientras con la llama de un mechero se calienta el chino por debajo para provocar la fusión de la sustancia. La otra forma de consumo dominante en el poblado es la vía inyectada,18 para la heroína, la cocaína o la mezcla de ambas, lo que los usuarios llaman un speedball. Los programas de intercambio de jeringuillas, que acuden a diario al poblado, se apuestan en el principal punto de acceso, distribuyen material de inyección estéril a cambio de material usado, así como varios elementos adicionales que facilitan el consumo de droga en mejores condiciones de higiene. Aportan también otros servicios: consejos de consumo de menos riesgo, orientación hacia recursos de ayuda a los drogodependientes, curas.

Con la situación apartada del poblado, que los transportes públicos no alcanzan, y las ventajas que representa el coche, como lugar de consumo y protección en el contexto físico y social del poblado, se puede entender el éxito de las "cundas" o taxis de la droga, que aseguran el servicio informal e ilícito de transporte de los usuarios desde varios puntos de la ciudad hacia el poblado, y de vuelta, incluyendo en el servicio la posibilidad de consumir dentro del coche. En los puntos de salida de las cundas, situados en la ciudad y conocidos de forma muy general por los usuarios de Las Barranquillas, se juntan tres o cuatro usuarios, para que el "cundero", dueño del coche y chofer, les lleve al poblado. Cada cliente de la cunda paga al cundero un precio de unos tres o cuatro euros; éste consigue, además, pequeñas cantidades de droga gratis que le dan los comerciantes como comisión por traerles clientes. En el poblado, el cundero consume con los clientes en su coche, y luego los deja otra vez en el punto de cundas para repetir la operación. Sin embargo, los cunderos no suelen permitir a las personas que se inyectan hacerlo en su coche. Existe una norma general en el poblado de separación entre inyectores y fumadores —separación que manifiesta al mismo tiempo una jerarquía, el consumo inyectado se sitúa en lo más bajo de la escala de valores, el que molesta a los demás, la forma de consumo peor vista, incluso por los propios usuarios—. Un cundero, incluso si él mismo se inyecta, no dejará a un cliente de cunda pincharse en el coche, y éste tendrá que salir y pincharse a la intemperie. En los dos o tres "fumaderos" del poblado, casetas bien cerradas en las que se aglutinan los usuarios sin coche para fumar al abrigo del aire, nadie quiere ver una aguja. Muchos usuarios no soportan ver a alguien hacerse un pico, y no es raro que el propio inyector exprese una profunda vergüenza por su forma de consumo, que practica escondido, de cuclillas detrás de un muro o un coche. Aquellos cuya vida se desarrolla esencialmente en el poblado acaban perdiendo ese pudor, al estar constantemente entre gente que se inyecta a la vista de los demás. Los "maquinistas", que aportan el servicio de hacer la inyección a los usuarios que no saben hacerlo o tienen problemas para encontrar una vena donde inyectarse con éxito,19 desarrollan otra actitud ante la inyección, más profesional, en la que no entra ni "grima" ni rechazo, de la misma forma que las enfermeras acostumbradas a hacer inyecciones y a ver la sangre en un contexto y con un interés profesional no manifiestan las reacciones emocionales que suelen tener las personas legas.

Aparte de los vecinos gitanos, el otro grupo de residentes del poblado está formado por los yonquis "tirados", es decir, aquellas personas marginales, sin techo, apartadas del resto de la sociedad, que han acabado viviendo de forma permanente en Las Barranquillas. Representan el escalón más bajo del mundo social del poblado, quienes soportan las peores condiciones materiales y de salud, viviendo en la indigencia casi absoluta y sufriendo el desprecio de los demás, en particular de los comerciantes. Su apariencia física denota la dureza de sus condiciones de vida: delgadez extrema, bocas en muy mal estado, suciedad, ropa muy gastada y a menudo insuficiente, calzado inadecuado, marcas, heridas y costras en la piel, signos de debilidad y agotamiento... La mayoría son hombres, con una larga historia de consumo de drogas y de exclusión social. Hay también mujeres, que, además de las condiciones de vida en la marginación, sufren dos elementos agravantes para ellas. En primer lugar, su vulnerabilidad mayor que la de los hombres con respecto a la violencia física —la amenaza, la intimidación y la violencia física se utilizan como recursos para la regulación de las relaciones sociales en el poblado en mayor medida que en otros contextos sociales de la sociedad "normal"—.20 En segundo lugar, el desprecio adicional que se manifiesta hacia ellas: hay en efecto una representación ampliamente compartida de la mujer yonqui como habiendo caído "más bajo" que el yonqui varón.21 Es difícil estimar la población de yonquis que reside en Las Barranquillas debido a su inestabilidad. Puede representar unas 200 a 300 personas en un momento determinado. Las personas desaparecen del poblado por varias razones: son detenidas y encarceladas, se esconden (si están en busca y captura, por ejemplo) o mueren, o ingresan en un centro de tratamiento, en una comunidad terapéutica o en el hospital. Otros yonquis las sustituyen, pasando la mayoría del tiempo en el poblado, porque al fin y al cabo allí es donde pueden resolver el problema inmediato que tienen: conseguir droga. La forma más sencilla de hacerlo, cuando faltan fuerzas y recursos para dedicarse a alguna otra actividad, es trabajar en el propio poblado como machaca para los comerciantes y recibir cada cuatro horas la "toma" (dosis de heroína o de mezcla), que constituirá la única remuneración. Me llevaría demasiado lejos en el marco del presente artículo adentrarme en el análisis de las trayectorias por las que han pasado las personas que viven en el poblado. Sin embargo, adelantaré que se puede descubrir en cada caso una serie de circunstancias tales que, en un principio, el residir en el poblado y desarrollar allí su forma de "buscarse la vida" se presentaba claramente como una alternativa viable, frente a otras (como salir de la droga) que en realidad se revelaban imposibles a corto plazo, por falta de apoyo y de recursos materiales y sociales. En todo caso, los yonquis que viven en Las Barranquillas trabajan para los comerciantes, o se hacen "chuteros", es decir vendedores de "chutas" (jeringuillas): con sus bolsas blancas de plástico, deambulan en el poblado para vender material de consumo a los usuarios que vienen a pillar y a consumir. Además de jeringuillas estériles, venden amoniaco —necesario para la transformación de la cocaína en base apta para fumar—, plata, pipas, ácido cítrico, etc. Obtienen el material de los programas de intercambio de jeringuillas, a cambio de jeringuillas usadas que recogen del suelo, y su actividad se desarrolla sobre todo en los horarios no cubiertos por dichos programas, de noche en particular. Gracias a ellos, a cualquier hora y cualquier día del año, los usuarios de Las Barranquillas tienen acceso a material de inyección y consumo higiénico. Algunos chuteros hacen también de "maquinistas", proponiendo a los usuarios el servicio de inyectarlos, a cambio de una dosis de droga o de un poco de dinero. Muchos residentes también se "buscan la vida" fuera del poblado, acudiendo a la ciudad para pedir en la calle, vender servicios sexuales, robar, y volviendo al poblado hasta que se haya agotado el dinero y la droga, y que sea necesario volver a buscarse la vida. Los más indigentes y débiles físicamente pueden verse reducidos a pedir los restos de droga que los usuarios dejan en el "bote" donde han preparado la dosis, de ahí su denominación de "boteros".

A partir del año 2000–2001, dos recursos de la Agencia Anti Droga de Madrid fueron abiertos en Las Barranquillas. El primero fue el Dispositivo Asistencial de Venopunción, comúnmente llamado "Narcosala", donde los usuarios pueden utilizar una de las diez cabinas individuales para inyectarse en mejores condiciones de higiene, beneficiándose de la asistencia de un equipo médico: curas, consejos y ayuda médica, material de consumo, orientación hacia recursos para drogodependientes...

A pesar de algunos límites que este servicio presenta desde el punto de vista de los usuarios, como la prohibición de fumar tabaco, de entrar dos o más personas en una cabina, de recibir asistencia para la realización de la inyección, la ubicación a unos 800 metros del centro del poblado, su uso entre los inyectores ha ido consolidándose sobre todo a partir de principios de 2001 cuando amplió sus horarios a las 24 horas, ya que la actividad de consumo de drogas es importante de noche. Éste y otros programas de "reducción de daños", como los intercambios de jeringuillas, han contribuido de forma significativa a contener algunas de las consecuencias más drásticas del consumo de drogas ilegales en aquel contexto marginal y precario: sobredosis, nuevas infecciones de VIH y hepatitis, abscesos y otras enfermedades. El segundo recurso abierto en Las Barranquillas fue el Albergue de Emergencia, situado al lado de la Narcosala, que ofrece camas, comidas, duchas y ropero para los yonquis sin hogar. Este recurso mejoró sensiblemente sus condiciones materiales de vida, pero al mismo tiempo contribuyó sin duda a volver a muchos sin techos más sedentarios en el poblado, reforzando su separación y aislamiento con respecto al resto de la sociedad.

Para retomar el nombre atribuido al parque Platzspitz de Zurich que funcionó como "escenario abierto" de la droga ("Offene Drogenszene") en el corazón de esa ciudad entre 1987 y 1991, Las Barranquillas merecería el apodo de "Needle Park cuartomundista". En efecto, como en el Platzspitz, en ese lugar donde se concentran los comerciantes, los yonquis más excluidos, las organizaciones evangelistas que tratan de reclutarlos para sus comunidades terapéuticas, los pequeños nichos profesionales que han florecido alrededor de la droga (chuteros, cunderos, maquinistas) y los recursos de reducción del daño, se puede ver un concentrado de lo peor de la drogadicción, como si de una "escena" de teatro se tratara. Esa denominación permite subrayar, en un contexto aun más drástico que en aquel parque, la dureza y la miseria de la vida de los yonquis marginados de Madrid. Sin embargo, el uso de la imagen de "Needle Park" tiende a poner de relieve solamente los aspectos más espectaculares y repulsivos de ese "escenario abierto", como fue el caso con la excesiva mediatización del Platzspitz:22 jeringuillas usadas en el suelo, personas sucias y degradadas pinchándose abiertamente, suciedad y deterioro, delincuencia y violencia. Tiende a dejar oculto el hecho de que muchos de los usuarios que acuden diariamente al poblado siguen gozando de cierto grado de integración social y de independencia económica, lo que demuestra, en contra de las ideas recibidas, que el consumo de drogas puede compatibilizarse, por lo menos durante cierto tiempo y en determinadas condiciones, con la inserción social y las responsabilidades que conlleva. Ello no implica necesariamente abogar por una política de distribución libre de todas las drogas, pero sí muestra que la marginación y la delincuencia son más el resultado del estigma que sufren los usuarios de drogas, y de la línea represiva de las políticas, que de los efectos de la propia sustancia que consumen; también revela lo contradictorio de algunas actitudes adoptadas en las intervenciones sociosanitarias que consisten, en un intento de normalización de su modo de vida, en exigir de los usuarios que gozan de cierta integración social que adopten una identidad de yonqui y renuncien a su (limitada) autonomía socioeconómica para beneficiarse de una asistencia. Detrás de la imagen de "Needle Park", es necesario percatarse de la variedad de formas de consumo y de maneras de vivir la dependencia a la droga. Otro efecto es el de ocultar el papel importante y la eficacia real de los recursos de reducción de daños, que tienden a considerarse como una vergonzosa concesión a lo "inaceptable", tolerada únicamente a condición de mantenerse "fuera de la vista" y de preservar el aislamiento de aquel submundo marginal con respecto a la sociedad "normal", y no como una medicina de urgencia, imprescindible y todavía insuficiente. La ecuación droga=marginación=delincuencia, presentada como una evidencia ineludible de la drogadicción, ciega la opinión pública y las instancias de poder sobre una realidad que muchas experiencias en diversos países (Holanda, Gran Bretaña, Alemania, Suiza), algunas ya antiguas, han demostrado ampliamente: con una verdadera voluntad política, la dedicación suficiente de recursos económicos y humanos y la coordinación entre distintas áreas de intervención (medicina, distribución farmacéutica, agencias de intervención en drogodependencias, policía, asociaciones de vecinos y sociedad civil, entre otras) es posible mejorar notablemente la salud de los drogodependientes y reducir los efectos de la marginación social,23 lo que a su vez abre nuevas posibilidades para que se orienten hacia la abstinencia —que muchos desean, pero su vulnerabilidad y la lógica de su vida en la marginación les impiden alcanzarla—. Finalmente, impide ver que el fenómeno de Las Barranquillas no es el resultado de una excesiva "tolerancia" al que cabría poner fin mediante más medios de represión, como parte de la opinión pública tiende a pensar,24 sino, al contrario, la consecuencia de una duradera política de represión y de exclusión de los usuarios de droga.

 

II. Lo intolerable, fruto de la intolerancia

Juan Gamella [1991] utilizó esa fórmula acerca del consumo endovenoso de heroína: mostró cómo, históricamente, aquella técnica se fue adoptando en los contextos callejeros de consumo como resultado de la represión, con unas consecuencias muy nefastas para la salud de los usuarios. En efecto, frente al cierre de todos los accesos legales a una fuente de opiáceos,25 la inyección tenía la ventaja de maximizar el efecto de una droga de muy baja calidad obtenida a "precio de oro" en el mercado negro. El drástico contraste entre las condiciones en las que se usaba esa técnica para el consumo callejero, sin posibilidad de respetar los requisitos de asepsia, y para un consumo devenido "compulsivo" debido a las dificultades de conseguir la droga y consumirla bajo la prohibición, y los contextos médicos y de clase media–alta en los que la técnica de la inyección se había desarrollado, explica las amplias consecuencias negativas para la salud del consumo intravenoso (sepsis, infecciones por virus, abscesos, sobredosis). La aguja en la calle, fuera de su sitio (el hospital, el consultorio médico) llegó a simbolizar lo incomprensible de la drogadicción, sus aspectos más aberrantes. El segundo nivel de represión, impidiendo el acceso a jeringuillas estériles, dio pie a la extensión de la práctica de compartir jeringuillas, desembocando en la grave —y perfectamente evitable26— epidemia de SIDA entre inyectores de drogas.

Del mismo modo que lo hizo el autor para esa práctica de consumo, es posible recuperar la dimensión histórica del fenómeno de Las Barranquillas y señalar los contextos socioeconómicos que condujeron a su existencia, con sus características escandalosamente "cuartomundistas". Es posible mostrar que la dureza de las condiciones de vida de las personas que residen allí y la dureza de las relaciones sociales que se dan en el poblado son el resultado de la evolución histórica del mercado callejero de heroína en Madrid —evolución que he podido reconstituir a partir de los numerosos relatos recogidos en mi trabajo de campo, que cubren los últimos 20 años desde principios de los años ochenta. La heroína es el hilo conductor de aquella historia, aunque no sea la única droga consumida y vendida en Las Barranquillas. La cocaína tiene hoy en día tanta importancia como el "caballo" en aquel mercado, pero su clientela siempre tiene o ha tenido una relación con la heroína, incluso si ya no la consume. En cambio, la cocaína se distribuye ampliamente en otros mercados ilícitos (bares, discotecas, fiestas y after–hours, camellos independientes), cuya clientela presenta unos perfiles distintos, y sin ningún contacto con la heroína.

A partir de la extensión o "masificación" del consumo de heroína a principios de los años ochenta, la historia del mercado ilícito de la heroína en Madrid se desarrolla en tres etapas principales. La primera, que cubre más o menos la década referida, se caracterizaba por el consumo y la venta de "barrio". La procedencia de la heroína era principalmente el Oriente Próximo, y la distribución estaba en manos de traficantes turcos e iraníes, que delegaban la venta al por menor a "camellos" de los barrios. Muchos usuarios de heroína se dedicaron, en aquella fase, a vender droga en la calle para costear su consumo. La forma casi exclusiva de consumo era la inyección intravenosa, aunque aspirar la heroína se practicaba entre los consumidores con mayores recursos económicos. El caballo lo vendían camellos locales en todos los barrios, tanto céntricos como periféricos: el Barrio del Pilar y la Vaguada, Carabanchel, Vallecas, Dos de Mayo/Malasaña.

En la segunda fase que cubre más o menos los años noventa, la venta se concentró poco a poco en un cierto número de poblados de chabolas o de realojo de la periferia de Madrid: el comercio intermediario y al por menor pasaba cada vez más a manos de comerciantes gitanos que lo organizaban desde aquellos poblados marginales,27 mientras la venta y el consumo local en los barrios se hacían menos visibles. La alarma social había subido a su punto álgido, lo que permitió la introducción de la Ley Corcuera y un consenso generalizado para reprimir duramente la venta de droga —represión que afectaba en realidad mucho más al consumidor que a los grandes traficantes— mediante varios mecanismos. En primer lugar, una lectura represiva de la ley penal permitía condenar a los consumidores por "tráfico" (delito contra la salud pública sancionado con condenas importantes) en casos de venta a muy pequeña escala, o incluso de tenencia de pequeñas cantidades. Por otra parte, la Ley Corcuera abría la posibilidad de reprimir el consumo mediante multas importantes y la confiscación de la droga de los consumidores, lo que aumentaba considerablemente las dificultades que experimentaban para conseguir droga y evitar sufrir el síndrome de abstinencia. Finalmente, hasta bien entrados en la segunda mitad de los años noventa, la oferta de asistencia a los drogodependientes estaba dominada por las comunidades terapéuticas de organizaciones confesionales (evangelistas, Iglesia de Cientología, el Patriarca) y algunas "terapias" privadas para pacientes de alto nivel económico. La posibilidad de conseguir en forma legal un opiáceo de sustitución, como en los actuales programas de mantenimiento con metadona, era casi inexistente. Al mismo tiempo, los usuarios de heroína, arrojados muy jóvenes a una vida marginal llena de tensiones (debidas a las dificultades para conseguir la droga y consumirla) y de vulnerabilidad económica y social (producto de la represión), con escasos estudios y limitadas perspectivas laborales, si conseguían desintoxicarse, difícilmente podían dar el paso de empezar una nueva vida de plena inserción social. Las "recaídas" sólo podían ser frecuentes.

La represión había golpeado duramente el comercio callejero de caballo. Los pequeños camellos estaban en la cárcel, enfermos o muertos; algunos habían conseguido dejar la droga. Los traficantes que la importaban desde Oriente Próximo (Afganistán llegó a ser el primer productor de opio) encontraron entre la población gitana algunos candidatos —a quienes la crisis económica y la competición de los sectores payos precarizados y de los inmigrantes que empezaban a llegar dejaban sin alternativas— para tomar el relevo de este comercio. Tenían la ventaja de poder organizarlo en los poblados marginales donde estaba asentada la población gitana, lo que les proporcionaba mejores condiciones para limitar la represión policial con respecto a lo que ocurría en las calles de la ciudad, donde la policía trabajaba activamente para eliminar los principales focos de droga y mantener los barrios "limpios". A principios de los años noventa, empezó a llegar heroína procedente de África subsahariana, también poco refinada, y se desarrolló un mercado callejero en el centro de la ciudad (Gran Vía, Plaza de España) a manos de camellos africanos. La represión fue dura y aquel comercio desapareció en poco tiempo; los camellos fueron detenidos y a muchos se les expulsó de España. A mediados de la misma década, era ya casi imposible comprar heroína en las calles de Madrid. El monopolio del comercio callejero estaba en manos de unos comerciantes de etnia gitana, asentados en distintos poblados de la periferia de Madrid. El sistema informal de las cundas funcionaba desde todos los barrios residenciales y algunos puntos del centro de Madrid; los usuarios de heroína de la ciudad se abastecían exclusivamente en los poblados, con excepción de pequeños sistemas locales de redistribución, muy limitados. A lo largo de los años noventa, fueron más de 20 poblados distintos donde un comercio importante de droga se desarrollaba. Uno de los más grandes fue sin duda el de "Avenida de Guadalajara", en particular la parte del poblado designada como "Las Bañeras". Pero aquellos fueron también los años de las grandes operaciones de urbanización, y muchos de los poblados marginales acabaron desmantelados, en el marco de los proyectos de construcción de barrios residenciales nuevos, de vías de comunicación. Los últimos poblados con importante comercio de droga se ubicaban casi todos en el distrito de Vallecas: La Celsa, La Rosilla, Las Barranquillas, que empezó a conformarse como lugar de venta de droga en 1997. Otro poblado situado en el norte de Madrid, llamado Pitis, aún existe como actual punto de venta de heroína y cocaína, pero está siendo desmantelado y pronto desaparecerá.

Los gitanos que decidieron dedicarse al comercio de droga no tuvieron dificultades para constituir un monopolio de la pequeña distribución, eliminando de hecho toda posibilidad de competencia por parte de camellos "payos" también consumidores, como los que había en los años ochenta. En primer lugar, los territorios donde se desarrollaba el comercio, es decir, los poblados, eran, como lo subrayé para Las Barranquillas, mucho más fáciles de controlar para los fines del comercio. En los años noventa, los comerciantes empezaron a emplear "machacas" para la vigilancia y como mano de obra casi gratuita, aprovechando su dependencia a la droga y su extrema vulnerabilidad, producto de la política de represión y de la ausencia de una política paralela de asistencia a las personas dependientes de la heroína. Otra ventaja que tenían los gitanos era la posibilidad de utilizar la estructura familiar para organizar el comercio. En la mayoría de los casos, y sigue siendo así en Las Barranquillas, son las mujeres las que "despachan la droga" desde sus propias casas, lo que permite asegurar una disponibilidad casi permanente para el comercio, que se compagina con la vida familiar y hogareña, mientras los hombres se dedican a negociar y organizar el abastecimiento, la vigilancia, la seguridad. Las mujeres tienen la ventaja adicional de no tocar la droga: muy pocas consumen, y en su caso el hecho de vender no suele implicar el riesgo de acabar enganchándose, lo que limitaría los beneficios del comercio. La solidaridad familiar representó también una ventaja significativa, a la hora de proseguir con el comercio a pesar de las acciones policiales y sus consecuencias (incautaciones, detenciones y encarcelamientos).

La tercera etapa de la historia del mercado de heroína en Madrid empieza poco antes del año 2000, cuando Las Barranquillas se configura como centro importante de heroína, y empieza a desarrollarse allí el fenómeno masivo de consumo in situ, al mismo tiempo que se crea una población creciente de yonquis marginados que viven en el poblado. Si bien el fenómeno de la presencia de algunos "yonquis tirados" residiendo en los poblados en unas condiciones límites de supervivencia ya había empezado en La Celsa y La Rosilla (también en menor medida en Pitis), con el cierre de aquellos poblados y la consiguiente concentración del mercado en Las Barranquillas, tomó allí proporciones mayores y más drásticas. Ello se debe a varios factores. En primer lugar, la concentración del mercado y el casi monopolio que se tradujo en un número elevado de puestos de venta y de comerciantes, creó una demanda mucho más importante de machacas y de yonquis para trabajos ocasionales (de construcción y reforma de casas o chabolas, de mantenimiento, limpieza). Al mismo tiempo, el número elevado de clientes28 que acuden a diario para surtirse en Las Barranquillas creaba una demanda mayor de material y servicios relacionados con el consumo, abriendo más oportunidades para "buscarse la vida" alrededor del comercio y sus actividades conexas. El espacio del poblado, rodeado de descampados, dejaba muchas posibilidades de extensión, además de un sinfín de rincones, muros y casas derrumbados para los yonquis sin techo y sin recursos donde cobijarse y esconderse, pero que al mismo tiempo permanecían cerca de la fuente de droga. Por otra parte, el factor tiempo actuaba, sin duda, aumentando las dificultades de reinserción para los yonquis con largas trayectorias de drogodependencia, de vida en la marginalidad, de actividades ilícitas, de repetidos intentos de "salida de la droga" seguidos por recaídas. Para ellos, la desafiliación29 se hacía más irreversible, año tras año, y no debe sorprender que un número creciente acabara en el poblado como machaca, chutero o botero.

Otro factor importante, que también constituye un rasgo distintivo de Las Barranquillas y de la tercera etapa del comercio ilícito de heroína en Madrid, es el desarrollo del consumo en el propio poblado, fenómeno que apareció en 1997–1998. De nuevo, es el espacio y su relación con el resto del ámbito urbano lo que permitió ese desarrollo: las actividades que no eran de comercio de droga habían casi desaparecido del poblado, y no existían riesgos de quejas por parte de vecinos o transeúntes. En la etapa anterior, el consumo in situ no era posible:

Antes de Las Barranquillas, se iba a distintos poblados de alrededor de Madrid. Pero el ir a pillar era difícil; había muchos riesgos. Cuando llegabas al poblado, no sabías si te iban a dejar entrar o no, si estaba la policía, si te iba a parar, a quitarte la droga. Era entrar, pillar y pirarse. Nada de quedarse en el poblado para ponerse. Eso de fumar en los coches es un fenómeno reciente [testimonio de un usuario habitual de Las Barranquillas, con más de 20 años de consumo de caballo].

¿A qué se debió ese cambio? El factor principal ha sido claramente la represión selectiva practicada por la policía, animando a los consumidores a permanecer en el poblado para consumir, con el objetivo de eliminar la droga y su consumo del resto del espacio urbano, mientras se concentra en Las Barranquillas donde permanece invisible y no molesta al resto de los ciudadanos. Muchos usuarios cuentan cómo la policía les quitaba la droga si los pillaba consumiendo en otros lugares, pero dejó de hacerlo en Las Barranquillas:

Porque ahora con Las Barranquillas se tolera. La policía no molesta a la gente por venir a pillar y consumir droga. Lo único que hace es controlar la documentación y ocuparse de otros temas: la búsqueda de delincuentes que están en busca y captura, las redadas de traficantes. Pero el consumo y la gente que se pone son tolerados.

Esa estrategia de reagrupamiento de todo lo "intolerable" en ese mismo espacio apartado y fuera de la vista podía incluso ser formulada claramente por los agentes. Varios consumidores de heroína me han contado que cuando los pillaba consumiendo en un coche en la ciudad o en otro poblado, Pitis, por ejemplo, la policía les animaba abiertamente a irse a Las Barranquillas. Los usuarios encuentran por supuesto un beneficio importante en esa situación, lo que puede llevarles a adherirse a esa política de segregación: "Evita que los yonquis estén en las calles, en los barrios, dejando chutas, y es mejor debido a la intolerancia de la gente de los barrios. Aquí no molesta", afirma una usuaria regular del poblado. Muchos usuarios, incluso entre los socialmente integrados, adoptaron la costumbre de permanecer en el poblado para consumir, a pesar de lo "espantoso" que les resultaba, en un principio, aquel contexto, y de sus inconvenientes (acoso, estallidos regulares de peleas e intercambios violentos, robos frecuentes, suciedad, carencia de sombra, de baños públicos). Que Las Barranquillas se presente como un remanso de paz y tranquilidad para los drogadictos da la medida de la represión de que han sido víctimas. Y la historia que esbocé permite entender que lo que se ve en Las Barranquillas no se debe a la supuesta degradación moral y a la pérdida de valores y de dignidad de los drogadictos, sino a las estrategias policiales, a la lógica comercial del mercado ilícito, a las respuestas asistenciales (más bien, al retraso en la puesta en marcha de respuestas), a la estructura social más amplia (situación de los gitanos), a la política urbanística.

El aspecto quizá más "intolerable" del poblado se puede resumir en la visión de unos yonquis escuálidos, muy sucios, pinchándose a la intemperie a la vista de todos, aparentemente sin pudor ni vergüenza. Al llegar al poblado, se les puede ver sentados o de cuclillas en la "pequeña montaña", el talud de tierra que bordea el muro de un desguace de coches, o en grupos cerca de los muros y entre las casas derrumbadas. La suciedad y la falta de higiene son abrumadoras. Pero en este caso también se trata de "entender" y no solamente ver. La suciedad, la delgadez extrema, se deben a la indigencia y a la vida en la marginalidad, agravada por las condiciones propias del poblado. A pesar de la presencia de recursos como el Albergue, con duchas y ropero, es imposible vivir en el poblado sin estar constantemente sucio. El agotamiento y la debilidad física —consecuencias del mono, de diversas enfermedades e infecciones, y sobre todo de la subalimentación crónica— conducen a cuidarse cada vez menos. El uso de los recursos del Albergue se encuentra muy limitado por la lógica de la vida cotidiana, donde "buscarse la vida" es la prioridad. Por ello, los chuteros prefieren estar deambulando en el poblado para reunir unas pocas monedas durante las horas de mayor actividad, en lugar de respetar el horario de la cena. Si no lo hacen, ¿quién les ayudará a quitarse el mono a la mañana siguiente? El hecho de ver a la gente pincharse abiertamente es, por otra parte, la consecuencia de las normas de consumo y de ocupación del espacio que comenté anteriormente, y no se debe a un gusto especial por lo escabroso ni a una indiferencia o falta de pudor. La presencia de la Narcosala permitió reducir el fenómeno, dejando a las personas que se o inyectan hacerlo en condiciones mucho mejores de higiene y salud, preservando de cierta forma su intimidad. Pero además de varias limitaciones ya señaladas, paradójicamente, algunos no quieren acudir a la Narcosala por la vergüenza que les produce ser observados por el personal médico. La falta de confianza que caracteriza las relaciones entre los recursos y sus destinatarios y que a veces estalla en conflictos abiertos, resueltos mediante medidas represivas, como la expulsión— constituye un obstáculo más. En cuanto a la suciedad, está claro que se debe más a la carencia de servicios públicos que a la degradación moral de los residentes: basta con imaginar en qué estado se encontrarían las calles de nuestros barrios "bien" tras una semana sin recogida de basura ni limpieza pública. El contraste entre la suciedad del espacio público y la pulcritud del interior de las casas de los comerciantes muestra claramente que esas condiciones no son buscadas ni deseadas.

Como ya señalé, el hecho de que el comercio ilícito de heroína y cocaína hubiera acabado en manos de comerciantes gitanos puede entenderse teniendo en cuenta la situación socioeconómica muy desfavorable del colectivo gitano dentro de la sociedad española. La venta de drogas ilícitas es, además, una actividad que "cautiva": es difícil dejarla porque, si bien representa aparentemente unos ingresos mucho más importantes que otras actividades laborales ordinarias (que para el colectivo gitano serán siempre de bajo nivel), también conlleva costes importantes, tanto materiales como sociales. La presión económica hace necesario seguir con el comercio para poder compensar aquellos costes, sabiendo, además, que a menudo no se trata de sostener a un individuo, sino a una familia. Para ilustrar el tipo de relación entre el comercio de la droga y la situación de los gitanos en la sociedad, el ejemplo de Benito,30 un hombre gitano que conocí en Las Barranquillas, muestra la fuerza de los factores socioeconómicos que actúan dificultando el abandono de aquella actividad delictiva. Benito buscaba una solución para salir del poblado y dejar de vender droga. Ya había dado un paso: el año anterior, encontró un empleo como vigilante en una empresa y, con su esposa Juanita, se fue del poblado para "vivir una vida normal de trabajador", como él me explicó. Pero había vuelto al poblado y reanudado la venta de droga. No le habían renovado su contrato en la empresa, a pesar de estar satisfechos con su trabajo. En efecto, era necesario para tal renovación presentar el graduado escolar, que Benito no tenía y no podía sacar a corto plazo. No quería vivir en el poblado ni volver a "esa vida de vender droga", que él y su esposa no consideraban "digna". Benito era analfabeto, pero, como me lo confirmaron varios testigos, no carecía de voluntad. Previamente a su salida de Las Barranquillas un año antes, había empezado a aprender a leer y escribir, solo. No vacilaba en parar a los usuarios que conocía para que le indicaran cómo se leía o escribía tal palabra, sentado en el patio, con sus libros y cuadernos. La trabajadora social del programa iris conocía bien su situación, y tampoco, según me dijo, podía aportar ninguna ayuda concreta a Benito. Benito sigue vendiendo droga en el poblado.

 

III. Dependencia farmacológica, dependencia económica

Los precios de la heroína y la cocaína en Las Barranquillas se han estabilizado en los últimos años en alrededor de cinco euros la micra —la micra es la décima parte de un gramo, y constituye la unidad básica de distribución en el poblado—. El nivel de consumo de los usuarios puede ser sumamente variable (de un usuario a otro, y para una misma persona según distintas épocas), pero, en general, el consumo diario de una persona enganchada se sitúa entre unas micras y un gramo de heroína, con una cantidad variable de cocaína. Ello representa un importe diario de 20 o 30 euros hasta 60, 80 o más, teniendo en cuenta los costes anexos: precio de la cunda o de la gasolina para acudir al poblado, material de consumo y otros servicios. El consumo de cocaína suele ser más irregular que el de la heroína y, en un número no desdeñable de casos, la cocaína representa el gasto principal, en particular entre los pacientes de programas de metadona que siguen acudiendo al poblado. Es, además, un consumo menos controlable que el de la heroína: "Con la cocaína no hay techo", dicen a menudo los que la consumen.

"Cuando estás enganchado a la heroína —me explicó un usuario—, tomas heroína para sentirte normal. El estado no normal es cuando no has tomado, y sientes que lo necesitas. Luego cuando te pones, te sientes normal". Muchos usuarios confirman esa descripción que trastorna la visión que tiene la gente "normal" sobre la droga como productora de una alteración que impide funcionar: una vez enganchado, es imprescindible consumir para poder funcionar correctamente y cumplir las exigencias mínimas de la vida cotidiana. Es el hecho de no poder consumir el que acarrea problemas. El mono de heroína es un estado globalmente molesto, que dificulta las actividades cotidianas, produce sufrimiento físico, independientemente del hecho de que se exagere a menudo como estrategia para pedir dinero o droga, y resulta visible: dolores musculares y de riñones, fiebre y signos similares a los de un catarro o gripe, lagrimeo, debilidad física. De acuerdo con las representaciones sumamente negativas de la heroína, y el estigma que sufren sus consumidores, el problema principal de los usuarios, una vez que se saben enganchados, es ocultar su condición, lo que implica evitar pasar mono a toda costa —en primer lugar para poder seguir cumpliendo con las actividades normales, y en segundo lugar para no atraer la atención y que su consumo acabe descubierto—. Ello muestra que consumir heroína no es necesariamente entregarse a un hedonismo o querer escapar de la realidad. Por supuesto, la solución aparentemente evidente, antes de encontrarse en una escalada de consecuencias negativas producidas por el consumo, sería desengancharse. Pero ello presenta varias dificultades, y los programas destinados a ayudar a los drogodependientes no siempre permiten superarlas.31 El hecho de seguir consumiendo droga en lugar de intentar desengancharse no debe interpretarse necesariamente como signo de cobardía, hedonismo, u otro tipo de debilidad moral. De hecho, muchos yonquis no carecen de valor y se han desenganchado en más de una ocasión, solos y "a pelo", es decir, sin ayuda de ninguna medicación. Unos se han mantenido alejados de la droga, y quizá nunca hayan aparecido en ninguna estadística. Por otra parte, debe subrayarse la dimensión cognitiva de la dependencia, tanto a la heroína como a otras sustancias: la persona sabe que los signos que siente se acabarán enseguida tomando la sustancia —por ello pasar mono recuerda de cierto modo la tortura mental: "me tiré días dándome cabezazos contra la pared", es como otro usuario resume uno de sus monos superados "a pelo"—. Recordar la dimensión cognitiva de la drogodependencia permite quitarle parte de su misterio y carácter incomprensible, acercándola a las dependencias mucho más familiares de la gente "normal" (al café, al tabaco, al alcohol).

Sin embargo, el usuario de heroína y de cocaína, una vez enganchado, se enfrenta con una situación muy diferente a la de los consumidores de café, tabaco, alcohol y otras sustancias disponibles. Tiene que abastecerse y costear su consumo, y ambas cosas le arrojan casi automáticamente a unas actividades cotidianas particulares, que forman un ciclo repetido a diario: buscarse la vida, ir a pillar, ponerse. El precio de la droga obliga rápidamente a los usuarios a buscar fuentes de dinero inmediato, en general delictivas, pues los importes que indiqué pueden difícilmente sacarse del presupuesto normal de una familia o de un trabajador, salvo entre miembros de clase alta con ingresos importantes, o para las personas que no están realmente enganchadas y consiguen mantener un consumo esporádico o muy bajo. Los contactos con otros usuarios de droga en escenarios como Las Barranquillas permiten informarse e iniciarse en actividades ilícitas para costear el consumo. Sin embargo, dedicarse a las formas ilícitas de obtener dinero inmediato, como el hurto, el robo, la mendicidad, la prostitución, implica tensiones, riesgos, dificultades, además de presentar siempre un aspecto aleatorio: no está garantizado el dinero necesario para "resolver el problema del día", como lo expresa un usuario que mantiene, desde hace 15 años cuando se enganchó, un empleo fijo; ha conseguido preservar el secreto de su consumo, y se busca la vida fuera del trabajo, para sacar los 60 euros diarios que le supone su enganche. Describe la tensión que le produce este modo de vida: "Está muy calculado, todo muy tenso, muy tenso. Tengo que hacerlo todo con hora, corriendo. Y si veo que no tengo el problema resuelto, me entra una angustia... no te puedes imaginar la angustia que paso a veces". Explica que el primer chino del día le es imprescindible para poder "estar bien, normal, e ir al trabajo". "Yo, o fumo cuando me levanto, o no puedo hacer nada, no soy nadie". Ello permite entender mejor algo paradójico: el hecho de abandonar los esfuerzos por mantener una vida normalizada e integrada y empezar a vivir en la marginalidad puede presentarse como una solución deseable, un alivio: ya no es necesario organizar una "doble vida", mentir, ocultar e inventar excusas, buscarse la vida con las tensiones y dificultades que conlleva, y al mismo tiempo seguir asumiendo las responsabilidades ordinarias.

Todo ese dinero obtenido pasando miedo, tensiones, con extrema concentración y sangre fría para evitar los riesgos de ser pillado, desaparece en manos de los comerciantes. La dependencia de los yonquis a su droga se traduce en una dependencia económica hacia los únicos proveedores de la droga, y bajo las condiciones que ellos imponen. Los comerciantes se hacen ricos a costa de los yonquis, repiten estos últimos con bastante frecuencia, a veces con cierto racismo alimentado por el hecho de que la dualidad yonqui/traficante es al mismo tiempo una dualidad gitano/payo, con una inversión respecto a las relaciones sociales habituales entre los dos colectivos: aquí los dueños, que mandan y gritan órdenes, que imponen las reglas del juego, que expresan desprecio, son los gitanos. Los que mejoran sus condiciones de vida son los comerciantes gitanos, mientras que los que se encuentran cada vez más pobres son los yonquis payos. "La heroína te arruina" dice un refrán de yonqui. A pesar de las exageraciones sobre las supuestas fortunas de los comerciantes que muchos yonquis añaden en sus discursos para legitimar su odio y racismo, la dependencia económica es bien real. Los yonquis que roban objetos con la idea de venderlos a los gitanos a cambio de droga descubren que en ese mercado el sistema de cálculo del valor es particular: "Cual sea la cosa que traigas, te dan una micra. Sea una consola de juegos vídeo, o un paquete de pañales, te dan una micra, y encima no siempre aceptan".

La marginalidad a la que muchos yonquis acaban arrojados por su dependencia económica crea un conjunto de condiciones que dificultan la mesura o el control del consumo de droga, fomentando formas que podemos llamar "compulsivas". Las tensiones y angustias, los monos sufridos, la desesperación, la vergüenza, la frustración y otros sentimientos negativos conducen a un consumo mayor y a la introducción de otras sustancias en la dieta psicoactiva cotidiana (las benzodiazepinas, la cocaína en mayores dosis, el alcohol). Alimentan un deseo de estar "pedo" para poder "aguantar". El agotamiento físico es también otro factor que conduce a consumir más droga, cocaína en particular. Ese agotamiento es una consecuencia del ritmo de vida, de la falta de sueño y de descanso, de la subalimentación, de la tensión nerviosa. La vida en la calle o en el poblado, sin techo ni lugar seguro para conservar sus posesiones, la inseguridad del entorno que imposibilita ahorrar, acumular, conservar —la probabilidad de ser robado en el medio marginal del poblado es bastante alta—, obliga a organizar un ciclo cada vez más corto de buscarse la vida, pillar, ponerse, volver a buscarse la vida.

La vida de los cunderos constituye un buen caso para ilustrar los fenómenos de dependencia económica y de escalada. Hacer cundas se presenta como una forma atractiva de buscarse la vida cuando uno está enganchado y dispone de un coche. En efecto, no exige aprender ninguna técnica especial ni tener contactos en los medios delictivos (peristas a quien vender mercancía robada, por ejemplo). La demanda es permanente, y proponer este servicio constituye una forma segura de conseguir dinero y droga: las ganancias son inmediatas y se acumula la actividad que produce el ingreso con el desplazamiento hacia el poblado para pillar. Sin embargo, como otros "nichos profesionales" creados alrededor del mercado de la droga, este tipo de actividad, al desarrollarse totalmente en relación con el submundo del poblado, obliga a estar constantemente expuesto a la droga y en presencia de otros consumidores, y acaba favoreciendo que la mayor parte de los recursos se gasten en droga. Se incurre, además, en riesgos importantes. Hacer cundas cae bajo dos prohibiciones adicionales, además de las relativas a la tenencia de droga: la de taxi ilícito, que se sanciona con penas de prisión, y la de incitación al consumo, considerada delito contra la salud pública como el tráfico. Muchos cunderos han acabado en la cárcel con penas de varios años. Los coches de los cunderos suelen estar sucios y en muy mal estado debido a los viajes frecuentes al poblado, a la sobrecarga del coche —cuantos más clientes se cogen por viaje, más dinero se gana, y los clientes ejercen presión para que se les lleve, incluso si tienen que apretarse—, a la costumbre de conducir rápido en los baches del poblado y a la falta de recursos dedicados al mantenimiento. Son entonces bastante reconocibles, y la policía los para con frecuencia. Si, por falta de pruebas, la policía no puede inculpar al cundero por taxi ilícito o incitación al consumo, intenta confiscar el vehículo alegando la falta de algún documento. He visto en más de una ocasión a cunderos acabar "tirados" en el poblado tras la pérdida de su coche. El cundero, por la lógica de su vida diaria, difícilmente ahorrará dinero para pagar los gastos de mantenimiento, y dejar su coche en un taller supone quedarse sin medio para subsistir. La vida del cundero conlleva asimismo varias fuentes de tensión: la amenaza de la represión policial, como he indicado, los riesgos de ser atracado y desposeído del coche, las estrategias necesarias para conseguir que los clientes paguen (muchos, también sometidos a fuertes presiones económicas, intentan no hacerlo), los problemas con los comerciantes que se disputan los clientes traídos por los cunderos. Muchos cunderos explican que el hacer cundas les incita a consumir más. "Antes estaba enganchado, pero desde que hago cundas, estoy enganchadísimo", cuentan. Con cada cunda, el cundero consume con los clientes: tiene droga (la comisión de los comerciantes), dinero (el precio de la cunda pagado por los clientes), y resulta imposible no consumir cuando todos los ocupantes del coche están poniéndose. Su vida está centrada en el poblado y, finalmente, acabará gastando allí todo el dinero que gana. Un cundero explica la escalada y el agotamiento que produce esa actividad.

Al principio hacía cundas durante el día. Luego empecé poco a poco a tener problemas. A veces problemas con el coche, o simplemente había gastado demasiado dinero y no tenía nada para llevar a casa. Es que las cundas te incitan a consumir más, te quedas en el coche fumando, y al final tienes que hacer más cundas. Por eso empecé a hacer cundas de noche. Volvía a casa, cenaba con la familia, y a las dos o tres de la madrugada salía otra vez a hacer cundas. Me tiraba dos o tres noches sin dormir, tampoco recuperaba durante el día, y me sentía cada vez más cansado, un cansancio que se iba acumulando. Cuando dejaba de hacer cundas, me quedaba tirado en la cama casi 24 horas; decía que estaba enfermo. Y cuando me levantaba, estaba agotado y malo, de mono. Tenía que volver, no tenía más remedio. Y otra vez a hacer cundas. Y así fue como me quedé dormido, un día, en el poblado. No podía arrancar el coche en el momento de salir, los clientes se fueron, me quedé allí en el coche. Me dormí y me robaron las llaves del coche y mis papeles. Te digo, estaba agotado, no podía más, ni con mi alma. Luego no podía salir del poblado y dejar mi coche, me hubieran quitado todo, las cubiertas, piezas del motor, yo qué sé. Así que me quedé, dando el agua de noche para una gitana que vendía al lado. Me daba la dosis de mezcla cada cuatro horas, pero durante el día nada. Me quedaba en el coche, medio muerto. Al cabo de cuatro días, terminé totalmente chupado y agotado. No comía, no podía moverme. Menos mal, al cuarto día vino un amigo, que me debía dinero, me ayudó a sacar el coche. Lo dejamos al lado, en el CTM, pero ya no podía hacer cundas. No tenía dinero para llevar el coche al taller. Así fue como perdí el coche.

Se produce un círculo vicioso en el que fumar más cocaína permite aguantar el ritmo, pero crea más necesidad de dinero y obliga a hacer más cundas. El agotamiento y el consumo excesivo favorecen los accidentes, frecuentes entre los cunderos, que provocan la pérdida de su único bien y medio de sustento, o incluso la muerte. Las condiciones diarias favorecen que el aspecto del cundero sea cada vez más degradado, más sucio. No es raro que un cundero acabe evitando su casa para huir de la mirada asustada de la familia, de las preguntas, y termine viviendo en su vehículo.

Que la adicción a una sustancia engendre una dependencia económica constituye un fenómeno tan antiguo como la modernidad, que va pareja con el fantástico desarrollo de la producción y comercio globales de sustancias psicoactivas a partir del siglo XVII (en primer lugar, las actualmente legales: tabaco, alcohol, café y té). Como lo subraya Courtwright [2001b:91], "hace tiempo que los mercaderes, capitalistas y elites políticas que las fiscalizan aprecian que las drogas son productos atractivos y fuentes muy lucrativas de ingresos".32 Escenas típicas como

fumadores buscando de madrugada un estanco abierto; alcohólicos temblando de frío, esperando la apertura del bar; obreros medio dormidos buscando las monedas para comprar el indispensable café de la mañana, se volvieron tópicos de la vida urbana industrial.

Las sustancias psicoactivas productoras de tolerancia y dependencia son candidatos ideales para transformarse en mercancías globales: al opuesto de los bienes durables, son consumidas muy rápidamente y su consumo debe ser repetido por los que dependen de ellas, sabiendo, incluso, que ese consumo tiende a aumentar debido al fenómeno de la tolerancia, es decir la necesidad que surge, cuando el consumo regular se ha prolongado durante cierto tiempo, de cantidades mayores para conseguir un efecto equivalente. La dependencia económica de los trabajadores chinos en Estados Unidos en la segunda parte del siglo XIX con respecto a los mercaderes–prestamistas con los que se habían endeudado para pagar su pasaje en barco se encontraba reforzada por la costumbre de fumar opio, de la que se aprovechaban ampliamente los mismos prestamistas que eran al mismo tiempo los dueños de los fumaderos (opium dens). El dinero duramente ganado en un sistema opresivo de empleo se gastaba en los fumaderos donde los trabajadores (hombres solteros) intentaban escapar de la miseria y las tensiones psicológicas de los workcamps; ello alimentaba la deuda y volvía cada vez más lejana la perspectiva de retorno al país de origen; a su vez provocaba más tensión y frustración, y un mayor deseo de compensar la ansiedad gracias a las virtudes apaciguadoras del opio, volviendo imposible el salir de la relación de dependencia económica. Que el trabajador chino emigrado tuviera a menudo la costumbre de fumar opio no se debe a ninguna configuración especial de su personalidad, moralidad o cultura, sino a la masiva introducción del opio producido en sus colonias por parte de los ingleses, impuesta ilegalmente y por la fuerza,33 que transformó China en el país con la mayor tasa de adicción a opiáceos durante el siglo XIX. Dependencia económica y dependencia farmacológica son las dos facetas de un fenómeno común al conjunto de sustancias creadoras de hábito (la mayoría de las sustancias psicoactivas) bajo el capitalismo global, sean legales o no; la dependencia económica adopta, además, un cariz dramático cuando se trata de una sustancia prohibida, cara, adulterada e imposible de obtener salvo a través del contacto con un submundo marginal y delictivo.

 

IV. Adicción y explotación

La manera usual de definir el papel del yonqui en la sociedad y la economía puede resumirse con la imagen del parásito. No produce, no aporta, no contribuye, y además vive a costa de la sociedad. Efectúa una función de recursos desviando parte de la riqueza de la sociedad para alimentar un sector ilegal de la economía, y produciendo elevados ingresos cobrados por criminales y delincuentes. Aquella representación, que tiene evidentemente una función ideológica útil, legitimando la represión y la exclusión, es correcta solamente en apariencia. La realidad que oculta el aparente parasitismo de los yonquis es que se trata de un colectivo explotado en diversos grados y de diversas maneras, algunas directas, otras indirectas; de esas formas de explotación no se benefician solamente los agentes del mercado ilegal, sino también otros sectores sociales, no necesariamente marginales.

La forma más directa que adopta la explotación es la del trabajo en condiciones de casi esclavitud para los comerciantes del poblado, en la posición de "machaca". Una vez que haya dejado todos sus recursos en el mercado de la droga y, probablemente, contraído deudas, y que la reacción social le haya avocado a vivir en la marginalidad, no resulta extraño que un yonqui acepte un empleo en semejantes condiciones de explotación. En efecto, el acuerdo con el comerciante que lo emplea para la vigilancia, la captación de clientes, la regulación de los accesos y de la circulación de clientes y coches, consiste en recibir una dosis de droga cada tres o cuatro horas. Con ello, y por muy bajo que sea considerado el rol de machaca —"es lo último que hay", se repite a menudo—, tiene resuelto su problema más apremiante: conseguir droga para quitarse el mono. "Yo sabía que me hacía falta conseguir mi dosis, y en aquel momento eran dos cosas: o la conseguía allí en el poblado de machaca, o salía a robar, y como no me ha gustado nunca robar, pues decidí de machaca". Los comerciantes no remuneran nunca a los machacas en dinero, lo que los mantiene en la más absoluta dependencia; asimismo, los yonquis del poblado que realizan trabajos puntuales y ocasionales para los comerciantes (limpiar escombros, lavar un coche, hacer una pequeña obra de albañilería, buscar y cortar leña) se pagan con una dosis. "No salía del poblado. Y además no sabía si estaba la peseta o el escudo, o... No tenía ni un duro nunca, no podía salir a una cabina a llamar. Además que tampoco me dejaban. No tenía dinero, nada", cuenta un machaca.

El machaca empleado de manera estable por una casa recibe usualmente un poco de alimento: sobras de la comida familiar de la casa que lo emplea, o quizá media barra de pan y algo para hacer un bocadillo. Debe obedecer al comerciante y ejecutar también tareas domésticas (limpiar el patio, cortar leña) a petición de su jefe. Cortarle la fuente de droga y usar la fuerza física son los recursos principales utilizados para obtener la docilidad de los machacas. "Te pisan el orgullo, y no te quedan cojones para nada, porque allí los cojones te los cortan pronto, y tienes que obedecer al gitano en todo lo que te diga, si no pues...". La inferioridad del machaca es patente, pues el comerciante encontrará fácilmente a otro para reemplazar al que no se somete; hay una rotación importante y un permanente ejército de mano de obra barata, dispuesta, debido a su vulnerabilidad y necesidad, a sufrir la misma explotación. El machaca no puede reclamar tiempo para descansar ni para lavarse o cuidarse:

Si, por ejemplo, le pides permiso para ir a ducharte o... a cambiarte de ropa, ellos te dicen que no, que no te puedes quitar de allí... (de la puerta, para vigilar). Y ves a los machacas y mucha gente del poblado que van llenos de mierda, pero no es que no quieran lavarse, sino porque los gitanos te lo impiden.

Las casas que suspenden la venta de droga durante la noche suelen exigir de los machacas que duerman en el espacio reservado a la venta, o en un rincón del patio, para vigilar la casa durante la noche —la presencia de droga, dinero y armas atrae, y es necesario protegerse contra las eventuales tentativas de robo —. En este caso, el machaca duerme en el suelo, sobre unos cartones, y nunca en el espacio donde vive el comerciante y su familia. Las normas de separación espacial que imponen los comerciantes son muy estrictas.

Como señalé en la primera parte, los machacas son partícipes en el comercio ilegal y pueden sufrir la represión policial como los comerciantes. Paloma recuerda con dolor un mono de 48 horas que pasó en el calabozo de la comisaría con la mujer comerciante para la que trabajaba, después de que la policía hubiera hecho una redada y detenido a las dos. Las soltaron gracias a una fianza pagada por la familia de la comerciante, y por suerte no las condenaron. Cuando la policía parece estar a punto de entrar en una casa, el comerciante pide a menudo al machaca que desaparezca con el paquete de droga y se esconda hasta que haya pasado la alarma. También se pide a los machacas de mayor confianza hacer "portes", es decir, transportar cantidades importantes de droga o de dinero entre casas de Las Barranquillas (el comercio al por mayor se hace también en el poblado).

Con esa rápida descripción de los aspectos más duros de las relaciones de los comerciantes con sus machacas, queda claro que la expresión "casi esclavitud" no representa ninguna exageración. Como intenté mostrar, que pueda existir y perdurar tal sistema de explotación que consume a las personas es el resultado bastante lógico de la doble historia de la forma en que se ha tratado el problema de la droga y de cómo se han desarrollado las relaciones entre gitanos y payos en la sociedad española. Los yonquis, perseguidos, abandonados a su suerte sin recursos asistenciales, desprovistos de posibilidades de acceder legalmente a una fuente de droga, excluidos de la sociedad y apartados espacialmente, acabaron sometidos a una relación dura con los comerciantes de la droga de la que dependen. Los comerciantes, miembros de un colectivo al que se han negado posibilidades reales de existencia social y económica a lo largo de la historia, son también víctimas de la exclusión y la persecución, y han perfeccionado su sistema de subsistencia aprovechando las posibilidades inmediatas que se presentaban. El sistema que consiguen organizar y controlar,34 aunque pagando costes importantes, es un sistema regido por la regla pura del beneficio económico; es el mismo sistema que rige el conjunto de la sociedad, pero que en la sociedad "normal" se halla matizado, contenido, disfrazado, limitado, por derechos, leyes, instituciones, sistemas de solidaridad y protección, —aunque cada vez menos, con la hegemonía creciente del neoliberalismo —, mientras que en el poblado la ley que rige es "la ley del más fuerte". El mercado de la droga es "mercado puro": un sistema donde aparece en su pura esencia la naturaleza del mercado capitalista. Bajo la apariencia de responder a las supuestas necesidades de los individuos, canaliza toda su riqueza, les produce daños físicos y psíquicos y los reduce a la máxima explotabilidad. Que los comerciantes, bajo la presión de las dificultades socioeconómicas que sufren por haber nacido en un colectivo desfavorecido, se aprovechen de aquella explotabilidad, no debe sorprender tanto. El lector podrá preguntarse, en efecto, qué es lo que la sociedad ha invertido para que la vida en el poblado de Las Barranquillas no constituya, para nadie, una opción atractiva.

Una de las actividades a las que recurren frecuentemente los yonquis para costear su consumo de droga es la "mecha", es decir, el robo ante el descuido en las tiendas y supermercados. Pero para que la mecha sea una actividad viable a la que los yonquis puedan recurrir, es necesario que haya una salida comercial y que puedan transformar los productos robados en metálico para pagar la droga. Vender los productos directamente a los comerciantes, como indiqué, es una solución a utilizar solamente como último recurso, pues el intercambio resulta desfavorable. Y existen salidas mejores. Durante mi trabajo de campo, iba de sorpresa en sorpresa cuando empecé a descubrir los sistemas comerciales ilícitos que existen y que se benefician de la extrema necesidad de los yonquis. Aparte de los peristas que viven de la compraventa de los objetos que roban, muchos bares, cafeterías y tiendas les compran botellas de alcohol, tabaco, y otros productos alimenticios caros a mitad del precio comercial normal. Que resulte provechoso queda ejemplificado por el relato de un ex drogadicto, que ya en los años 80 practicaba la mecha, especializándose en las botellas de alcohol, que vendía en bares y pubs. Confirma que los compradores conocían perfectamente el origen de los productos:

Claro, no daba factura ni nada, y la gente no es tonta, ni mucho menos. Pero todo el mundo te lo quitaba de las manos. Y era muy gracioso, porque había gente que me decía: "Tráeme tres cajas de JB, dos de Beefeater"35 o lo que sea; me pedían cajas como si fuera distribuidor. Y claro, no iba en cajas, iba todo suelto. Pero a lo mejor, una botella que valía 1700 o 1800 pesetas, la vendía por mil.

Los yonquis son también conscientes de que toda una "industria" se ha montado alrededor del problema de la droga y que un sector entero de la sociedad está viviendo de su existencia: desde las instancias de represión, de gobierno y de gestión pública, hasta los centros y programas de ayuda a los drogodependientes, pasando por los estudios, encuestas, estadísticas, publicaciones. Un yonqui tirado de Las Barranquillas me cuenta lo siguiente acerca del Albergue de ese poblado:

Nos sirven bocadillos, y cuando hay un plato, no puedes repetir. No preparan comida suficiente, y cuando nos quejamos, nos dicen: "No os quejéis, si no, cerramos el Albergue". Pero no pueden cerrar, todo el personal se quedaría sin trabajo. Y son por lo menos 30 trabajando allí, se ganan la vida gracias a nosotros.

Al invertir de forma aparentemente ilógica —y poco agradecida— la relación de dependencia entre los yonquis tirados y los recursos que les ayudan a sobrevivir, este discurso contiene sin embargo un punto justo: son miles de puestos de trabajo y de salidas profesionales que existen gracias a la miseria de los yonquis. En el caso del sector privado, podemos hablar de un amplio negocio que genera beneficios directos. Las comunidades terapéuticas de toda índole utilizan a los yonquis como mano de obra gratuita —con la justificación de que están en "terapia" y que el trabajo es un elemento central de su tratamiento—, lo que les permite reducir los costes a prácticamente cero. Hasta la construcción de las propias casas donde se alojan las comunidades puede haberse realizado de manera gratuita por los yonquis, como era el caso en la lucrativa y muy poderosa organización "El Patriarca" por la que pasaron miles de yonquis españoles en los años ochenta y principios de los noventa. Lucien Engelmajer, su fundador, está todavía escondiéndose de la policía francesa que lo persigue por fraude y malversación. Mientras tanto se ha constituido una fortuna enorme, beneficiándose de ayudas estatales, que los gobiernos vacilaban en quitarle a pesar de que múltiples informes y denuncias revelaban la explotación descarada que ocultaba la supuesta "reinserción social" de los yonquis en sus centros. En efecto, el fundador amenazaba con soltar a la calle a los miles de yonquis de los numerosos centros diseminados por varios países, y los gobiernos daban marcha atrás. La codicia del uno y la hipocresía de los otros se conjugaron para que el lucrativo negocio pudiera seguir durante largos años.36 Además de la explotación de los yonquis y del dinero de los gobiernos, las organizaciones, confesionales o no, gozan de otra fuente de dinero casi cautiva: las familias, desesperadas por su impotencia ante los estragos de la droga y dispuestas al mayor sacrificio económico. En los años noventa, el organismo Narcocón pedía a las familias importes del orden de 300 000 pesetas (unos 1800 euros) por mes para la estancia de sus hijos en sus centros.

 

Conclusión

Detrás del aparente éxito de la política de drogas en detener la "epidemia" de heroína que tantos estragos produjo, el fenómeno de Las Barranquillas revela las consecuencias que tuvo, para el grupo residual actual de yonquis marginados, el esfuerzo de expulsión de la heroína de los barrios de la ciudad. La muerte, la desnutrición, las infecciones, la debilidad y el agotamiento, la depresión y otras perturbaciones psíquicas no son consecuencias ineluctables de la drogadicción, sino que mantienen más relación con la exclusión, la represión y la explotación. Muchos de los aspectos del estilo de vida de los yonquis marginados y de los usuarios que todavía gozan de cierto grado de inserción social son reflejos de su dependencia económica y de las condiciones en las que tienen que desarrollar sus estrategias cotidianas para vivir su dependencia a la droga, condiciones que se han vuelto cada vez más duras con la emergencia del fenómeno de Las Barranquillas.

 

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Notas

1 Presentados por la Ministra de Sanidad ante la Comisión mixta Congreso–Senado sobre drogas el 14 de septiembre de 2004 —v. El País, 15/08/04: "España es el país con más consumo de cocaína de la UE".

2 En 2002, la proporción de nuevos casos de SIDA atribuibles al consumo de drogas superaba todavía la mitad de todos los casos en España, lo que representa la cifra más alta de Europa tras Portugal (1270 nuevos casos, 52,1% del total de los nuevos casos en España), y Madrid es la comunidad más afectada (unos 50 casos por millón de habitantes) [OESD, Informe núm. 6, noviembre de 2003].

3 V., por ejemplo, el estudio reciente de la Consejería de Sanidad de la C.A. de Madrid que "muestra un alto índice de marginalidad" entre los consumidores de drogas (heroína y cocaína, esencialmente) entrevistados (302 personas) y revela la persistencia de "prácticas de riesgo" frente al contagio del VIH y de las hepatitis, tanto por vía intravenosa (al compartir material de inyección o de preparación) como sexual (El País, 19/06/2004).

4 La exposición no constituye, evidentemente, el único factor de introducción al consumo de heroína, pero sí una condición importante. En efecto, en ausencia de la droga en su entorno habitual, y sin contacto con otros consumidores, es mucho menos probable que un joven pruebe y aprenda a consumir heroína. Sin embargo la exposición no explica por qué determinadas personas o grupos se convierten en yonquis, y el análisis de los procesos de drogodependencia debe tener en cuenta múltiples y complejos factores socioculturales.

5 La palabra "yonqui" es la que los propios usuarios de heroína emplean a menudo, con la de "drogadicto", para designarse a sí mismos o a las personas "enganchadas a la droga"; el uso del término en el presente artículo no tiene connotación ofensiva ninguna.

6 Barrio popular situado en el sur de Madrid.

7 La metadona es una opiáceo sintético utilizado como sustituto de la heroína en los centros de ayuda a los drogodependientes (CAD), en los llamados "programas de mantenimiento", destinados a las personas que han fracasado en los programas "libres de drogas" orientados hacia la abstinencia. Aquellos programas empezaron a ser organizados en España a principios de los años 90, dentro de la política llamada de "reducción de daños".

8 Se pueden encontrar formulaciones como "Ernesto, un somnámbulo de 18 años..." (El País, 20/12/1999, en el artículo "Más narcos, menos salas") o "un ejército de moribundos" (El País, C. Valenciana, 17/08/2003, en el artículo "Un cementerio en el Parque de Cabecera"), etcétera. Desde la televisión, los reportajes sensacionalistas no escasean, hasta con cámara oculta, como en el programa de Investigación tv presentado en noviembre de 2001, en Telemadrid.

9 En el sentido propuesto por Eduardo Menéndez: reconociendo que las capacidades reales de elección y de modificación de los comportamientos que afectan la salud de los sujetos dependen en buena medida de su grupo sociocultural de pertenencia, es decir, de las condiciones materiales, políticas y culturales que emergen a través de las relaciones con los otros sectores sociales. Menéndez denuncia la reducción del concepto de estilo de vida, desde la medicina y en particular la epidemiología, a una versión atomista, individual y voluntarista, que acaba colocando "la responsabilidad de su enfermedad en el paciente" y "constituye una variante de culpabilización de la víctima" [Menéndez, 1998:56].

10 La "gente normal" para los usuarios del poblado es la gente "que no está enganchada a la droga" (es decir, no a una droga ilícita y cuyo consumo está fuertemente reprimido y mal visto, como la heroína). La sociedad "normal" es la sociedad fuera de Las Barranquillas.

11 La categoría de crímenes sin víctima fue acuñada por Edwin M. Schur para designar "the willing exchange, among adults, of strongly demanded but socially disapproved and legally proscribed goods or services" [Schur, 1965:169], es decir, el intercambio voluntario, entre adultos, de bienes o servicios ampliamente demandados pero socialmente desaprobados y legalmente proscritos —traducción mía—. El carácter inaplicable ("unenforceable") de las leyes que penalizan aquellas conductas procede de la carencia de un demandante y de la consiguiente dificultad para conseguir pruebas, así como de la baja visibilidad de esas conductas, ligada a su carácter voluntario y al hecho de poder desarrollarse en privado. En efecto, se trata de transacciones de intercambio con falta aparente de daño, como en el caso de la homosexualidad, el aborto o el consumo de heroína (la homosexualidad queda incluida por ser legalmente prohibida en Estados Unidos en la época en la que escribe Schur). Otras consecuencias se desprenden de aquellas características, como la invitación a la corrupción policial, la creación de "desviaciones secundarias" (fomentadas por la reacción social al delito sin víctima), la desmoralización, y la tendencia para los individuos implicados a desarrollar una auto–imagen de desviado ("deviant self–image") [1965:169–179].

12 La existencia de tales prácticas es plausible: la corrupción policial y judicial relativa al mercado ilícito de la droga es notoria. V. por ejemplo el apéndice de la "Historia elemental de las Drogas" de Antonio Escohotado [1996].

13 El País, 23 /06/2003, artículo "Interior admite que en la región existen 23 'híper' de la droga". Las cifras de acción policial en Las Barranquillas para el año 1999 son: 36 redadas, 143 detenidos, siete kilos de droga incautados (El País, 16/04/2000, artículo "El hipermercado de la droga más grande de España cuadruplica su clientela").

14 El alquiler de una casa de venta puede alcanzar unos 3000 euros al mes, según los rumores que circulan en el poblado.

15 IRIS: Instituto de Realojo e Inserción Social, de la Comunidad de Madrid. La población actual está en clara disminución, desde la puesta en marcha de un plan de desmantelamiento del poblado a mediados de 2004: las casas y chabolas son derrumbadas por máquinas en cuanto queden desocupadas, con el fin de que no vuelvan a ser habitadas. Pero la actividad comercial prosigue, aunque con una mayor concentración.

16 Utilizo la expresión "usuarios de Las Barranquillas" para designar el conjunto de personas que acuden al poblado a comprar droga, cual sea su frecuencia y forma de consumo. No todos se autodefinen como yonquis.

17 Medicamento de la familia de las benzodiazepinas, recetado como tranquilizante y apreciado por algunos yonquis marginales como alternativa barata a la heroína —se vende en el mercado callejero a un euro el comprimido de dosificación alta.

18 El consumo esnifado, tanto de heroína como de cocaína, no se practica en el poblado. Aspirar la heroína ha desaparecido casi por completo en Madrid, y aspirar la cocaína es el modo usual de consumo en otros contextos, integrados y no marginales como el de Las Barranquillas (en privado, en bares, discotecas, after–hours, fiestas).

19 Sin "perder el pico": en lugar de inyectarse en la vena, hacer una inyección subcutánea que no tendrá el mismo efecto e incluso será dolorosa, o pillar por error una "vena de fuego", es decir, una arteria, lo que produce un dolor fuerte con sensación de quemadura.

20 El uso mayor de aquellos recursos (amenaza, violencia, etcétera) en el poblado se debe a la imposibilidad de recurrir a los mecanismos habituales de regulación de las relaciones sociales, en un contexto "fuera de la ley". "Aquí rige la ley del más fuerte", una fórmula típica de los usuarios y residentes para describir su percepción del funcionamiento del poblado.

21 Por ejemplo, Carmen Meneses [2001:1–2] afirma, hablando del consumo de heroína entre las mujeres, que "éstas son presentadas, tanto en los estudios como en los medios de comunicación social, como personas transgresoras y marginales, más patológicas que los varones, asociadas a la realización de la prostitución, y al abandono de sus responsabilidades como madre".

22 Annie Mino [1996:109], médico suizo, cuenta que sólo para 1989, 20 equipos de televisión hicieron reportajes del Plaztspitz.

23 El libro de Annie Mino [1996], citado anteriormente, propone un esbozo de los logros conseguidos en distintos contextos y países, y cuenta la experiencia suiza de reducción de daños. V. también O'hare, Newcombe et al. [1995], Cattacin, Lucas y Vetter [1995], y Stengers y Ralet [1991].

24 La pregunta más frecuente del público tras la difusión de imágenes realizadas con cámara oculta en Las Barranquillas y otros "hipermercados de la droga" de España en una emisión de Telemadrid era la de saber por qué la policía "permitía" que se desarrollara el comercio de la droga en aquellos lugares.

25 Debido a la interpretación represiva del "Harrison Act" (que entró en vigor en 1915 en Estados Unidos) acerca del mantenimiento de las personas dependientes a los opiáceos. Los médicos fueron perseguidos y encarcelados por recetar opiáceos a sus pacientes dependientes, las clínicas que ofrecían tratamientos de mantenimiento fueron cerradas (Escohotado, 1998; Courtwright, 2001a].

26 Permitiendo el acceso fácil a un material de inyección estéril, en lugar de especular sobre la supuesta "cultura" de compartir jeringuillas o la supuesta indiferencia de los usuarios de drogas hacia los riesgos y la prevención.

27 V. San Roman [1997] para un análisis de los factores socioeconómicos que, en el origen de la elección del comercio de droga, algunos gitanos utilizaron como medio de sustento.

28 Cuatro mil "adictos" acuden a diario a Las Barranquillas, y son 13 mil los que se abastecen en ese mercado, según un informe policial de 2001. Es difícil hacerse una idea de la fiabilidad de tales evaluaciones, al desconocer los métodos empleados.

29 El concepto de desafiliación fue acuñado por Robert Castel [1991], para designar la marginalidad profunda, caracterizada por una doble ruptura: ausencia de trabajo y de medios de vida, y aislamiento relacional.

30 Los nombres mencionados en el presente artículo son ficticios.

31 No dispongo del espacio suficiente en el presente artículo para desarrollar este punto. Basta con mencionar que los recursos tienden a mantener a los pacientes en circuitos separados con respecto a la sociedad normal, en lugar de favorecer su inserción social mediante el empleo, la independencia económica, la integración en redes sociales normalizadas, etc. Paradójicamente, para aquellos que no viven en la marginalidad, acudir a los recursos puede representar en sí mismo un factor de marginación (salir de una condición oculta y verse atribuida la etiqueta estigmatizadora de yonqui), lo que explica que no estén siempre dispuestos a utilizarlos.

32 Traducción mía.

33 Los ingleses salieron victoriosos de las dos "guerras del opio" de 1839–'1842 y 1856–1858, y pudieron legalizar completamente la exportación de su opio indio a China [Escohotado, 1998]. James Matheson, un mercader privado, llegó a ser, gracias al comercio del opio con China, el segundo propietario más rico de Gran Bretaña [Courtwright, 2001b].

34 Hasta que las máquinas terminen de derrumbar el poblado de Las Barranquillas, proceso que está ya en curso.

35 Marcas de alcohol.

36 V. la página www.prevensectes.com/patriarc.htm