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Cuicuilco

versão impressa ISSN 0185-1659

Cuicuilco vol.17 no.48 México jan./jun. 2010

 

Miscelánea

 

Cronotopos de una nación distópica: el nacimiento de la "dependencia" en México durante el Porfiriato tardío

 

Claudio Lomnitz*

  

Universidad de Columbia, Estados Unidos

 

Traducción de Liliana Andrade Llanas

 

Resumen:

Este artículo desarrolla una nueva aproximación a la antropología y la historia de las fronteras internacionales. Propone una tipología y una caracterización fenomenológica de dos clases de cruces de frontera que emergen junto con la nueva relación de dependencia económica y política que se desarrolla entre México y los Estados Unidos en el último cuarto del siglo XIX. Los nuevos cruces de frontera involucran el desarrollo de nuevos "cronotopos", en otras palabras, nuevas y concurrentes matrices espacio–temporales, utilizadas para enmarcar las relaciones entre México y los Estados Unidos. Este artículo analiza la calidad, naturaleza y aristas de estas formas alternativas de historicidad por medio de un estudio de caso detallado de dos textos periodísticos claves: la entrevista de James Creelman al general Porfirio Díaz (1908), y el reportaje y la denuncia de la esclavitud en México de John Kenneth Turner (1910).

 

Abstract:

This paper develops a novel approach to anthropology and history of international borders. It proposes a typology and a phenomenological characterization of two kinds of border crossings that emerged alongside the new relationship of economic and political dependency that developed between México and the United States in the last quarter of the 19th century. The new border crossings involved the development of new 'chronotopes', in other words new and competing spatial–temporal matrices, used to frame the relationship between México and the United States. This paper analyzes the quality, nature and stakes of these alternative forms of historicity by way of a close case study of two pivotal journalistic texts: James Creelman's (1908) interview of General Porfirio Díaz, and John Kenneth Turner's (1910) reportage and exposé of Mexican slavery.

 

Introducción

Este ensayo es un estudio del inicio de la formación de la cultura del nacionalismo dependiente, una forma de conciencia histórica que promueve un realismo pragmático e inmoral (a menudo con un gesto de remordimiento melancólico), y justifica los beneficios privados obtenidos del apesadumbrado presente con un lenguaje de transición evolucionista. Concibo la dependencia como una condición específica que surgió en América Latina, cuando las economías nacionales de esos países se reorientaron a Estados Unidos, y Estados Unidos se convirtió en el guardián de su crédito nacional, un proceso que comenzó a tomar forma en la década de 1870, pero que sólo se convirtió en una realidad palpable a fines de la década de 1890. Exploro la cultura de la dependencia a través de sus "cronotopos", es decir, a través de las formas en las que la nación ha sido imaginada en tiempo y espacio. Específicamente, describo dos figuras irreconciliables que surgieron en este periodo. Una de ellas tomó forma en un nuevo campo de las relaciones internacionales, mientras que la otra fue producto de la emergente organización transnacional de las masas populares. Argumento que estos dos irreconciliables entramados espacio–temporales ("cronotopos") son una característica decisiva de la dependencia como una forma de conciencia histórica.

"Cronotopos" e independencia

El primero en formular el concepto de cronotopo fue Mikhail Bakhtin, para referirse a las matrices espacio–temporales que son la condición de base de todas las narrativas y los actos lingüísticos.1 Estas matrices espacio–temporales son elementos clave de la ideología y, en ellas, una simple imagen puede pervivir icónicamente por un conjunto de conexiones dadas entre tiempo y lugar. El movimiento en el espacio se puede entender como movimiento en el tiempo, y viceversa, razón por la cual un cronotopo es concebido como una matriz.

Las principales transformaciones políticas implican cambios de orientación. Precisan cambiar la situación y el horizonte de expectativas de actores colectivos. Por esta razón, el cambio político está guiado por o dirigido a la invención de nuevos cronotopos. Así, por ejemplo, los líderes conservadores de los movimientos de independencia hispanoamericana, como Agustín de Iturbide en México, utilizaron la imagen de un árbol, o de una familia, para representar la conexión entre España y la Nueva España y justificar la Independencia: la Nueva España era una rama del árbol español, pero había crecido tan robusta que de ella brotó su propio tronco, y de manera natural se formó un árbol nuevo en su propia tierra. Por ello, la nación mexicana era un retoño de la nación española, y su independencia era el desarrollo natural del ciclo de crecimiento. Así como los niños se vuelven independientes de sus padres, México tenía que ser independiente de España.

La implicación de este cronotopo, captado en el desarrollo espacio–temporal de formas de vida como los árboles o las familias, fue tanto revolucionaria como conservadora, ya que justificaba la independencia nacional mientras la enmarcaba como una reafirmación natural del modelo paternalista. Por lo tanto, México podía aspirar a su propio imperio; y sus regiones, su gente, sus sitios sagrados y las plazas de las ciudades se podrían utilizar como un signo metonímico del nuevo imperio mexicano.

Este cronotopo conservador no fue la única orientación disponible para las repúblicas hispanoamericanas en el escenario mundial. Una segunda formulación rechazaba la idea de que las repúblicas eran los hijos adultos de padres amorosos, o los orgullosos retoños de un viejo y majestuoso roble. España no era un padre amoroso: las tierras y los pueblos americanos habían sido saqueados por conquistadores sin compasión, mantenidos voluntariamente en abyecta ignorancia por un clero artificioso y retrógrado, y después explotados sin piedad por avaros comerciantes "extranjeros" (españoles), que no querían sino mantener al pueblo americano en su degradado estado. En esta formulación, los pueblos americanos existieron como naciones antes de la expoliación de España. La Independencia fue un rechazo a la expoliación colonial por parte de personas que tenían esperanza en la nueva era de la razón. Más que actuar ante España como un joven actúa ante sus padres, los pueblos fueron de manera simultánea la prueba del potencial ilustrado de las nuevas repúblicas, y las degradadas, deformes y despojadas víctimas de la usurpación española. Este segundo cronotopo de la liberación nacional, que a la larga encontró sus símbolos en las pirámides y los paisajes virginales, enmarcó la independencia como el gran inicio de un proceso de emancipación que duraría hasta que el último vestigio de la presencia colonial hubiera sido extirpado.

¿Por qué dependencia?

La "dependencia" es un concepto que utilizaron por primera vez los sociólogos latinoamericanos Fernando Henrique Cardoso y Enzo Faletto, como una nueva teoría del imperialismo que subrayaba una larga historia de intercambios desiguales entre los centros manufactureros y las economías extractivas que impusieron en sus colonias. La idea clave de la teoría de la dependencia era que, más que una falta de desarrollo, el "subdesarrollo" era un tipo especial de desarrollo capitalista.2 Como teoría económica, la "dependencia" fue refutada en varios aspectos cruciales.

No intento reavivar la teoría de la dependencia como tal. Más bien, invoco la "dependencia" porque el término designa útilmente un periodo histórico dentro del amplio arco de la historia poscolonial. El término "poscolonial" es demasiado amplio para un análisis de los casi doscientos años de historia de existencia independiente de América Latina. La dependencia, en la acepción en que la utilizo aquí, hace referencia a un periodo en la historia poscolonial, que puede datar aproximadamente de la década de 1890 hasta la reciente desarticulación del "Consenso de Washington", en el que las naciones independientes fueron reorientadas a un nuevo poder imperial (no colonial) cuyo capital generaba un rápido desarrollo intensivo y nuevas modalidades de "subdesarrollo". Tal vez México fue la primera nación en sufrir esta transición.

Nuevos cronotopos de dependencia

Vistas a través de un amplio lente histórico, las formas en las que en México se narra la nación en el tiempo histórico, durante el periodo poscolonial temprano, se pueden describir como un arco que se movió de un horizonte de expectativa utópica durante los primeros días del movimiento nacionalista, a un sentimiento de desesperanza a propósito de la lucha civil y los diferentes "pecados de la nación", sentimiento que alcanza su nadir en los años inmediatamente posteriores a la guerra con Estados Unidos (1848), de ahí a un sentimiento vacilante de nuevas aspiraciones nacionales tras el triunfo sobre los franceses en 1867, y finalmente a una fórmula de desarrollo que implicó un "realismo" progresivo, y con frecuencia egoísta, que formulaba el presente como un perpetuo estado de transformación, como una especie de preludio a la verdadera historia nacional, a la verdadera soberanía nacional.

La última de estas transiciones, desde el sentido de posibilidad que siguió a la Intervención Francesa (1867) y a la legitimación de una dictadura progresiva bajo Porfirio Díaz (c. 1888), se puede resumir en los cronotopos guías del presidente Sebastián Lerdo de Tejada y del presidente Porfirio Díaz, respectivamente. Lerdo, quien había sido exiliado por Díaz en 1876, estuvo en contra de la construcción de ferrocarriles hacia Estados Unidos, acuñando su famoso lema de "Entre la debilidad y la fuerza, el desierto". La utopía de soberanía nacional y autodeterminación que había aparecido de nuevo con el triunfo sobre los franceses fue entendida por Lerdo como demasiado frágil. México era demasiado débil para soportar una ráfaga de inversionistas, colonizadores, cazadores de fortunas, especuladores y dólares estadounidenses. La participación yanqui debía reducirse al mínimo, y no se debían construir líneas directas de transporte masivo.

La famosa formulación en dirección opuesta de Díaz fue "Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos". En ese momento, este cronotopo tenía un matiz diferente al de hoy. La referencia a la "distancia de Dios" de México, sintetizaba con nitidez una crítica a la inicial utopía liberal: México estaba lejos de Dios, porque los mexicanos estaban lejos de ser ciudadanos virtuosos. En 1876, esto era muy obvio porque después de la derrota de los franceses y del Partido Conservador Mexicano en 1867, los liberales triunfantes no dejaban de pelear entre sí. El nuevo consenso era que los mexicanos aún carecían de las cualidades necesarias para alcanzar los elevados ideales de la democracia liberal. Por esta razón, Díaz consideraba que el poder de Estados Unidos era la realidad insípida contra la que México tenía que luchar. Más que insistir en una utopía republicana inalcanzable, cuyo único garante era el desierto mexicano, el verdadero patriotismo necesitaba la manipulación pragmática de las relaciones internacionales: abrir a México a la inversión de capital estadounidense, pero usando la paz y el progreso para transformar a la ciudadanía; compensando las concesiones a Estados Unidos con las concesiones a los poderes europeos para evitar la subsunción de la nación en una nueva relación colonial. Ésa es la lógica de la dependencia; de hecho el Porfiriato fue la época en la que la cronotopia de la dependencia se hizo una realidad.3

La dictadura de Díaz marcó un cambio radical en la relación entre México y Estados Unidos. Las inversiones estadounidenses en minería, carreteras y agricultura aumentaron rápidamente.4 Junto con estas inversiones, en Estados Unidos se llevaron a cabo extensas campañas de publicidad para México. Estas campañas por lo general consistían en remodelar la historia de México y de su relación con Estados Unidos. Del lado de Estados Unidos, estuvieron orquestadas durante los primeros días por el diplomático mexicano Matías Romero, quien, junto con importantes inversionistas de Nueva York, Filadelfia y otras ciudades, ofreció innumerables banquetes que funcionaron como ocasiones útiles para hacer publicidad a la nueva imagen de México, y para hacer negocios.

En estas ocasiones, Romero y los grandes inversionistas del periodo trabajaron juntos para contar la historia de México bajo una nueva luz. Así, por ejemplo, en el banquete de inversionistas de la ciudad de Nueva York (1891) que se tituló "Una noche mexicana", Walter Logan pronunció un largo discurso contando la historia mexicana con una nueva y favorable luz: "¿En verdad [Díaz] será nuestro Washington, inmensamente grande en tiempos de guerra, pero incluso más grande en la paz? ¿Será, al igual que Washington, tan capaz para construir como lo fue para destruir? El destino de México pendía de la solución a esta pregunta... Más que cualquier ser humano, se puede decir que este hombre es el Creador de una Nación".5

¿Por qué Díaz, un hombre que asumió el poder cincuenta y cinco años después de la Independencia y nueve años después de la derrota de los franceses, fue llamado "el Padre de la nación"? Porque, para 1891, el gobierno de Díaz había puesto condiciones para una profunda reorientación de la economía y la sociedad mexicanas. Bajo el mando de Díaz la nación había pasado de ser una democracia sumamente inestable, económicamente estancanda e internacionalmente aislada, a la paz, al crédito internacional y al crecimiento económico bajo una dictadura progresista.

Matías Romero escribió, circuló y refinó las nuevas versiones de la historia nacional, defendiendo a México de sus detractores, proporcionando información estadística, histórica, económica, legal y política sobre México al público estadounidense, y ayudando a explicar cómo, por ejemplo, los bajos salarios de México se contrarrestaban por la baja productividad y los altos costos de transportación, y por lo tanto no representaban una amenaza para la mano de obra estadounidense; o por qué la condición del peón en el sur de México no era lo mismo que la esclavitud, etcétera.6

México se convirtió en una arena de despliegue para capitalistas, diplomáticos, intelectuales y periodistas estadounidenses, con demostraciones coreografiadas de orden público, hospitalidad, potencial financiero y deleite humano. Esto aunado a la inversión de México en su imagen internacional a través de la participación en asuntos internacionales, congresos científicos internacionales y publicaciones. En resumen, un elaborado sistema de comunicación con y a través del público estadounidense, y su contraparte económica, Wall Street, se estableció a finales del Porfiriato. 7

Sin embargo, la imagen internacional de México que se había manejado con tanta cautela enfrentó un reto persistente, aunque al principio parecía inofensivo, el reto de su frontera con Estados Unidos, un espacio de comercio acentuado y, a menudo, desestabilizante. En las postrimerías de la década de 1880, e impulsado por el final de las guerras apaches y la construcción de la línea del ferrocarril que unía a México con Estados Unidos en El Paso/Ciudad Juárez, florecieron un conjunto de representaciones mucho más descontrolado y menos fácil de manejar. Estos fueron los primeros años de una intensificada inmigración de trabajadores a Estados Unidos.8 En los campos de Texas y en las minas de Arizona, los mexicanos se convirtieron en "una raza," más que en una nacionalidad. Este hecho en sí representó un desarrollo inquietante para la imagen nacional, incluso si sólo afectaba directamente a una minoría de mexicanos. Además, las ciudades fronterizas se volvieron sitios culturales relevantes para México: los opositores políticos de Díaz podían publicar ahí sus opiniones, mientras mantenían las conexiones políticas a ambos lados de la frontera.9 Para la década de 1890, los periódicos eran prósperos en español y en inglés en la frontera, y había una dinámica escena política, mientras la gente se desplazaba entre México y Estados Unidos y aprovechaba las condiciones en un país para intervenir en el otro.

Esta nueva modalidad de transnacionalismo tuvo efectos productivos, pero también desestabilizadores. Cada nación tenía sus propios "regímenes de valor", no sólo por sus diferentes monedas (respaldadas por los estándares de oro y plata), sino también por el contrastante valor relativo del trabajo, los artículos de consumo, las herramientas mecánicas, etcétera. Como resultado de estas diferencias, el comercio en la frontera podía tener efectos casi mágicos: los estadounidenses comunes, por ejemplo, se volvieron miembros de una casta cuasi–aristocrática, atendida por sirvientes, y acogida por la élite local.

El movimiento fronterizo también tuvo el efecto de convertir a los inmigrantes mexicanos en miembros de una "raza" segregada y discriminada y, como tales, pudieron convertirse en verdaderos campeones de su nacionalidad. Así, por ejemplo, Catarino Garza, un periodista que había emigrado al sur de Texas en 1877, defendió a la raza mexicana contra las calumnias de la prensa texana en los siguientes términos: "Los mexicanos nos consideramos más puros de sangre que los estadounidenses, ya que en nuestro país sólo hay una mezcla de españoles e indígenas, y ellos [los estadounidenses] en general son descendientes de aventureros irlandeses, mendigos polacos, suizos, prusianos, rusos, y sobre todo de africanos mugrientos".10 Los mexicanos, sostenía Garza, tenían una sangre más pura, tradiciones más nobles y mejores modales que los estadounidenses, y sin embargo, se les trataba como una masa irreflexiva y se les usaba como carne de cañón electoral, acarreados desde la frontera con Texas a cambio de alcohol para que votaran en elecciones fraudulentas. "A México se le juzga mal debido a los inmigrantes de este país", sostenía.11

La auto–imagen de Garza como defensor de la raza fue utilizada por éste de forma regular en su práctica periodística, en el reto a duelo a los anglos ofensivos y en la galantería hacia las mujeres estadounidenses, quienes aseguraba, "aman por conveniencia, es tan fácil amarlas, como es fácil olvidarlas y abandonarlas".12 Las crecientes presiones para "defender la raza", sólo hicieron más grande la tentación de cambiar las cosas en México, y finalmente llevaron a Garza a extremos desesperados (o megalomaniacos), como insultar el honor del general del ejército mexicano Bernardo Reyes, y liderar una rebelión para derrocar al presidente Díaz en el sur de Texas. Fue su movimiento en la frontera lo que animó a estos inmigrantes mexicanos, a estos "libres fronterizos"; ellos habían desmitificado a los "anglos" falsamente superiores y se convirtieron en representantes de las cualidades más viriles de su raza.

Otro ejemplo de la disonancia cultural y la inestabilidad productiva ocasionada por el nuevo transnacionalismo es el caso de Teresa Urrea, la llamada Santa de Cabora, una curandera virginal convertida en líder mesiánica religiosa, que fue enarbolada como icono de sublevación en una serie de revueltas en Sonora, entre los mayo y los yaqui, y en Chihuahua, en Tomochic en 1893. La Santa de Cabora había sido comparada con otros líderes milenarios de América Latina durante este periodo, en especial con Antonio Conselheiro de Canudos, al noreste de Brasil, quien fue martirizado por el ejército brasileño. Sin embargo, la situación fronteriza lleva la historia de Teresa Urrea en una dirección totalmente distinta.

Dada su increíble popularidad, y su cercanía con la frontera, el gobierno de Díaz decidió que era mejor exiliar a Teresa que hacer de ella una mártir. Así, Teresa se fue al lado estadounidense de Nogales, donde fue recibida por la comunidad local de comerciantes como "la Juana de Arco mexicana". Contrario a su experiencia en México, donde había sido perseguida por la ley, Nogales le ofreció a Teresa todas las facilidades para que se estableciera ahí, por el comercio que se produciría a causa de la muchedumbre que ella atraía y curaba. De Nogales, la Santa de Cabora se mudó a Tucson, Douglas, y posteriormente a California. Desde esos lugares, Teresa ocasionalmente dirigía de nuevo su atención a asuntos mexicanos, condenando las políticas de Porfirio Díaz contra los yaqui, por ejemplo. Pero su vida se transformó por completo. En Cabora, Urrea recibía peregrinaciones de los indígenas mayo y yaqui, y de mexicanos del interior. Su imagen estaba impresa en escapularios y era levantada en las rebeliones del pueblo. Su vida en Estados Unidos era redituable. Tenía un agente que le pagaba $10,000 por hacer una gira nacional con exposiciones de sus "curas milagrosas".13 El cruce de la frontera había transformado a una milenaria religiosa carismática en un insólito espectáculo.

Tanto el caso de Garza como el de Urrea son, cada uno a su manera, ejemplos de las transformaciones culturales que occurrían en la frontera Estados Unidos–México alrededor de la década de 1890. Mientras el gobierno mexicano y los intereses comerciales estadounidenses trabajaban para estabilizar la imagen de México como una especie peculiar de "república hermana", las nuevas zonas fronterizas estaban generando nuevos movimientos sociales y formas culturales.

Dos cruces fronterizos

México había encontrado una nueva fórmula para estar en el mundo que fue concertada internacionalmente a los niveles más altos del gobierno, la ciencia y los negocios. Estimulada por importaciones masivas de capitales y mercados de exportación en auge para los productos mexicanos, la nueva estrategia de desarrollo también generó una versión de base menos controlada del internacionalismo, a la que hemos estado llamando transnacionalismo, que acompañaba el movimiento de personas entre los dos países. Estas dos modalidades de internacionalismo —el del gobierno que promovía las relaciones internacionales y el transnacionalismo de base— generaron cronotopos contrastantes para México.

Para entender por qué fue así, resulta útil mirar los diferentes tipos de experiencias de cruce de frontera que se dieron con estas modalidades contrastantes, y después examinar el tipo de productos del conocimiento que provenía de ellas. Comienzo ofreciendo dos imágenes de cruce de fronteras como casos ideales–típicos (más que representativos estadísticamente).

En 1891, el antropólogo noruego Carl Lumholtz cruzó la frontera de Estados Unidos–México cerca de Bisbee, Arizona, en su camino a la Sierra Madre encabezando una expedición geográfica. Antes de cruzar la frontera de Arizona–Sonora, Lumholtz fue a Washington DC, donde "el difunto Mr. James G. Blaine, entonces secretario de Estado, hizo todo lo que estaba en su poder para facilitar mi camino en México, evidenciando incluso un gran interés personal en mis planes".14

Armado del apoyo político del secretario de Estado de Estados Unidos, y del apoyo financiero del Museo Estadounidense de Historia Natural y de algunos de los capitanes neoyorquinos más destacados de las finanzas y la industria —incluyendo a Andrew Carnegie, Pierpont Morgan, Augustus Schermerhorn y George Vanderbilt, entre otros— Lumholtz viajó a la Ciudad de México, donde "fui recibido con suma cortesía por el presidente, el general Porfirio Díaz, quien me dio una audiencia de una hora en el Palacio Nacional, y también por varios miembros de su gabinete, cuya apreciación de la importancia y el valor científico de mi propuesta fue verdaderamente gratificante".15 Estimulado por cartas de presentación del presidente, varios ministros y gobernadores, Lumholtz regresó a Estados Unidos, terminó de preparar su expedición y partió.

Sus objetivos combinaban registrar las formas de vida de un pueblo primitivo y abrir una región que había estado fuera del alcance de los inversionistas mexicanos y estadounidenses debido a las guerras apaches, que habían terminado sólo unos años antes. Así Lumholtz escribió que:

Los pueblos primitivos se están volviendo escasos en el mundo. En el continente americano aún existen algunos en su estado original. Si son estudiados antes de que, también, hayan perdido su individualidad o hayan sido aplastados por la civilización, se puede arrojar mucha luz no sólo sobre los primeros pueblos de este país sino sobre los primeros capítulos de la historia de la humanidad.16

 

Lumholtz fue atraído en particular por los tarahumaras porque se había reportado que eran hombres de las cavernas, como los extintos y misteriosos anasazi de Nuevo México. Sin embargo, la investigación de Lumholtz estaba diseñada para ser tanto un monumento como un epitafio para estos pueblos primitivos, ya que la expedición, con su equipo de científicos —incluyendo un botánico, un geólogo y un cartógrafo— tenía el propósito de abrir la Sierra Madre a la explotación económica. De este modo:

Los vastos y majestuosos bosques vírgenes y la riqueza mineral de las montañas no seguirá siendo por mucho tiempo propiedad exclusiva de mis oscuros amigos; pero espero haberles prestado un servicio al establecer este modesto monumento, y que el hombre civilizado pueda ser mejor por saber de ellos.17

El proyecto de Lumholtz fue una producción claramente internacional, característica de las nuevas condiciones de dependencia. Descansaba de manera simultánea en los intereses de los inversionistas neoyorquinos, y de las autoridades estadounidenses y mexicanas. Es verdad que su sensibilidad "orientalista" llevó a formas de exotización y apropiación no reconocidas que generalmente se asocian con el colonialismo. Sin embargo, estas representaciones y prácticas también fueron adoptadas por las autoridades mexicanas y por el público educado de México. La obra de Lumholtz es, en otras palabras, una especie de ciencia "orientalista" que está en armonía con una forma poscolonial de dependencia, más que con el colonialismo per se.

La Sierra Tarahumara apenas se había abierto a las aventuras mexicanas o extranjeras; había sido el escondite favorito de los guerreros apaches hasta su derrota final a mediados de la década de 1880. Los rasgos feroces de los apaches fueron apropiados simbólicamente por los "colonos" mexicanos que habían "pacificado" esta frontera. "A los ojos de los colonizadores", escribe Ana Alonso, "los apaches se convirtieron en el epítome de una masculinidad indomada construida como la base 'natural' del poder y la autoridad".18 Pero Lumholtz participó en esta apropiación de los extintos apaches a su propia, y muy diferente, manera.

Cuando partió por primera vez en su expedición, Lumholtz tenía 30 hombres con él, incluyendo estadounidenses revoltosos y racistas, mexicanos, indígenas. Después de algunos meses, decidió despojarse de su séquito y conservar sólo a su perro, "Apache", a quien dedicó algunas líneas conmovedoras:

Apache venía de San Francisco. Me lo obsequió un joven amigo, y aunque en su infancia se había aventurado solo, en una caja se unió a mi expedición en Bisbee, hace seis veranos. Por parte de su madre venía de una de las mejores familias caninas de Estados Unidos, y a lo largo de mis viajes en México había sido mi constante y eficiente aide–de–camp.....Lo enterramos, como a un indio valiente, con sus pertenencias, su collar y su cadena, sus bandejas y su lecho.19

Más que por su propia masculinidad, los apaches, el mismo pueblo que había mantenido a viajeros como Lumholtz fuera del alcance de la Sierra Madre hasta 1890, ahora estaban movidos por el espíritu de la raza pura, y fueron la compañía más leal y servicial de Lumholtz. Tanto los apaches como los tarahumaras representaban el pasado en el presente, los primeros como un espíritu indomable, los segundos como la confirmación viviente de la verdad de un pasado que estaba tomando forma en los museos y los libros de texto, gracias a los esfuerzos de aquellos como Lumholtz y sus leales apaches.

Ahora veamos un cruce fronterizo diferente, que ocurrió a finales del periodo que estamos examinando, en 1914, en la frontera de Texas–Chihuahua.

Bohemio de Greenwich Village, periodista, graduado en Harvard y socialista, John Reed llegó a la polvosa ciudad de Presidio, Texas, para cruzar a Ojinaga, y cubrir la Revolución en el sur. Su periódico socialista no le pudo conseguir una carta de presentación ante el presidente Huerta, quien de cualquier forma estaba siendo derrocado del poder en ese mismo momento. Este viaje no incluyó largas conversaciones con los inversionistas de Nueva York ni con el Departamento de Estado. En lugar de eso, Reed hizo sus contactos en un bar en Presidio, Texas, en una escena que describió con habilidad en un memorable y minúsculo bosquejo:

En todo momento del día y la noche, una multitud de soldados [mexicanos] federales desarmados del otro lado del río se apiñaban en la tienda y en el billar. Entre ellos circulaban personas morenas y ominosas con un aire importante, agentes secretos de los rebeldes y los federales. Alrededor en la maleza acampaban cientos de refugiados desamparados, y en la noche no podías doblar la esquina sin tropezar con un complot o una contratreta. Había guardias de patrullas texanos, patrulleros de Estados Unidos y agentes de corporaciones estadounidenses tratando de obtener instrucciones secretas para sus empleados en el interior.20

Reed buscó acercarse al general Mercado, a quien estaban derrotando las fuerzas de Pancho Villa. "Quería entrevistar al general Mercado; pero uno de los periódicos había publicado algo desagradable para el general Salazar, y había prohibido reporteros en la ciudad. Le envié una solicitud cortés al general Mercado. La nota fue interceptada por el general Orozco, quien envió la siguiente respuesta: estimado y honorable señor: si pone un pie en Ojinaga, lo llevaré contra un muro y con mis propias manos tendré el gran placer de disparar a su espalda".21 No era precisamente el trato de alfombra roja que Lumholtz había recibido de las autoridades mexicanas. No obstante, Reed cruzó vadeando el Río Grande, entrevistó al hombre que buscaba, se unió al ejército rebelde, cabalgó con Pancho Villa y escribió una de las reseñas más convincentes del proceso revolucionario.

Tanto Lumholtz como Reed escribieron libros importantes, pero mientras la obra de Lumholtz se tradujo al español de inmediato y dejó una profunda huella en la etnología mexicana, la de Reed pasó prácticamente desapercibida hasta la década de 1960, a pesar de la increíble fama que más tarde ganó Reed por su cobertura de la Revolución rusa. Esta diferencia está relacionada a los factores sociales que hicieron tan diferentes sus cruces fronterizos.

Ahora estamos listos para una inspección de los cronotopos contrastantes generados por las relaciones internacionales y transnacionales. Para esto estudio dos obras bien conocidas: la entrevista Creelman–Díaz (1908) para el nuevo internacionalismo, y México bárbaro (1910) de John Kenneth Turner para el nuevo transnacionalismo.

Inversiones internacionales en un cronotopo de dependencia: la entrevista Creelman

En marzo de 1908, la Pearson's Magazine de Nueva York publicó una entrevista ricamente ilustrada del presidente Porfirio Díaz. En esa entrevista, el envejecido dictador anunciaba que México finalmente estaba listo para la democracia, que él daría la bienvenida e incluso apoyaría la formación de un partido opositor, y que estaba ansioso de retirarse a la vida privada al final de este periodo.

Aunque Díaz negaba constantemente su interés en prolongar su presidencia en los anteriores periodos pre–electorales, nunca antes había apoyado la formación de un partido de la oposición, ni se había referido tan claramente a su presidencia como un puente ya terminado hacia la vida democrática. Una versión abreviada de la entrevista Creelman se tradujo de inmediato al español y se reprodujo en todo el país. Después de la entrevista Creelman, los políticos mexicanos se abrieron a una feroz competencia electoral. Ya no se encontraba el sello de Díaz sobre la política nacional. Desde entonces los historiadores se han referido a la entrevista como la conclusión simbólica de la dictadura.

La entrevista Creelman generalmente ha sido estudiada por sus efectos en la vida política mexicana, con especial atención a las constantes y múltiples alusiones a la entrevista como una protección para la nueva oposición política a Díaz. Sin embargo, más allá de los análisis de los efectos políticos de la declaración de Díaz de tolerancia y apoyo a la oposición, es sorprendente que el contenido de la entrevista ha recibido poca atención.22

¿Cuáles fueron las consecuencias de dar este conjunto clave de pronunciamientos a un medio estadunidense, en lugar de a uno mexicano? ¿Cuál fue el mecanismo histórico y cultural que Creelman utilizó para contextualizar los pronunciamientos sensacionalistas de Díaz? Un análisis de esta publicación proporciona un mejor entendimiento de la opinión pública mexicana como un mecanismo formado internacionalmente.

Una característica asombrosa e inexplorada de la entrevista Creelman es su discreto racismo, en especial la forma en la que se utiliza el racismo para justificar la dictadura. Creelman abre su texto con una imagen noble y melancólica que anuncia su justificación a la exaltación de Díaz:

Desde las alturas del Castillo de Chapultepec el presidente Díaz miraba hacia la venerable capital de su país, que se extendía en la vasta llanura, con un anillo de montañas a su alrededor, y yo, que había cruzado casi cuatro mil millas desde Nueva York para ver al señor y héroe del México moderno —el inescrutable líder en cuyas venas corre la sangre de los antiguos mixtecas junto con la de los españoles invasores— miraba la forma delgada y erguida, la imponente cabeza de soldado, el semblante fuerte, pero sensible, con un interés que va más allá de lo que las palabras pueden expresar.

Creelman convierte este asombroso cronotopo —un nuevo encuentro entre México y Estados Unidos en el Castillo de Chapultepec, que no es más el encuentro de dos naciones en guerra— para hacer homenaje al gran líder que rescató a su país de las manos de los invasores europeos y de su eterna gravitación hacia la indolencia y la revolución. El héroe por lo tanto requería un retrato:

Una frente alta y amplia que va hacia un cabello cano y crespo y sobresalientes, los profundos ojos de color café oscuro que buscan tu alma, se suavizan en una bondad inexpresable y luego lanzan una mirada rápida —ojos imponentes, ojos amenazantes, ojos amorosos, confiados, divertidos— una nariz recta, poderosa, ancha y algo rolliza, cuyos orificios nasales curvos se levantan y dilatan con cada emoción; enormes mandíbulas viriles que van desde las grandes orejas planas y finas, pegadas a la cabeza, a la tremenda barbilla cuadrada de luchador; una boca grande, firme, enmarcada por un bigote blanco; un cuello regordete, corto, musculoso; hombros anchos, pecho ancho; un porte curiosamente tenso y rígido que da gran distinción a una personalidad que insinúa un poder y una dignidad singulares —este es Porfirio Díaz a sus setenta y ocho años, como lo vi hace unas semanas..."23

Esta descripción detallada está escrita en el idioma cifrado de la fisonomía, una pseudociencia que era popular en Francia, Alemania, Inglaterra y Estados Unidos, y también en América Latina, y ampliamente utilizada por escritores y periodistas para introducir a los lectores a las características raciales y las cualidades preponderantes de una personalidad.

Le mostré la descripción de Creelman a una historiadora de fisonomía, la doctora Sharrona Pearl, quien no dudó en ofrecer su interpretación: la mezcla de sangre es la dimensión clave de la descripción, y se muestra de una forma principalmente positiva. La mayoría de las características que toma Creelman para remarcar el poder y la fuerza también podrían ser leídas por el público como primitivas —a la vez como un avance positivo sobre los degenerados españoles, y como una potencial señal de las limitaciones intelectuales. La frente indica inteligencia, así como los ojos de Díaz; el hecho de que sean profundos podría ser una señal de falta de rigidez y tal vez algo de irresponsabilidad, así como algunas limitaciones en su habilidad para leer. La nariz es una "nariz griega", lo cual es excelente, pero también tiene características de la "nariz chata", lo cual de alguna manera mitiga la virtud heroica de Díaz, al igual que el carácter furtivo de los ojos y los notables orificios nasales que se mencionan en otras secciones de la entrevista. En resumen, Díaz es valiente, refinado, impulsivo, inteligente, pero, de alguna forma, brutal.24

Todas estas cualidades, que condujeron a Creelman a una auténtica adoración del héroe, también marcaron a Díaz como el líder de su pueblo, es decir, como el líder natural de un pueblo inferior, concepto que se desarrolló en la fisonomía estadunidense de mediados del siglo XIX, y que empleaban con frecuencia periodistas como Creelman, y de hecho, también los novelistas del periodo en ambos lados de la frontera. El desarrollo de la fisonomía gracias a corresponsales internacionales de la prensa amarillista merece atención, porque proporciona una pista a la manera en la que la máquinaria publicitaria pro–Díaz estaba manejando y desarrollando una especie de "ética de la temporalidad" en Estados Unidos.

La fisonomía se popularizó principalmente para ayudar a los urbanistas a manejar las relaciones interpersonales en el nuevo entorno de la ciudad industrial del siglo XIX.25 Sin embargo, también servía para estimar y justificar las relaciones de raza de una manera más amplia. Así, por ejemplo, Samuel Wells, un médico estadounidense cuyo manual de frenología y fisonomía aún estaba en circulación en los tiempos de Creelman, sostenía que "los órganos especiales en los que destaca el cerebro caucásico, y lo que lo distingue de aquéllos de razas menos avanzadas, son la alegría, la idealidad y la acuciosidad, siendo los órganos de estas facultades casi invariablemente pequeños en tribus salvajes y bárbaras."26

De manera más específica, la colonización europea de Estados Unidos de alguna forma fue un resultado natural del mayor desarrollo en el cerebro europeo de la región de las inclinaciones del "grupo egoísta". A su vez, la esclavitud, la dominación colonial y la explotación de clase de la raza negra también encontró un apoyo similar en esta popular "ciencia".

Así, las esmeradas descripciones de Creelman de la estructura craneal de Díaz y su conducta general —las cuales abundan en la entrevista— son un retrato simultáneo del héroe y de su raza. Un ejemplo extraño de esto se puede encontrar en otro popular manual de fisonomía estadounidense: Comparative Physiognomy (1852) de James Redfield, el cual todavía era relevante para la escritura no técnica; dice que la clase más alta de líderes se asemeja a los leones —Redfield cita a John Jacob Astor y al gobernador de Nueva York y constructor del canal de Erie, DeWitt Clinton, como ejemplos. Como pueblo, los alemanes son como leones. Existen, sin embargo, otros tipos de líderes que se parecen más a los gatos. Es interesante que el conquistador español, Hernán Cortés, se cuente entre ellos: "En la siguiente página está un retrato de Cortés, y se ve que semeja un puma. Un imponente felino está a punto de atacar a los ratones cuyos retratos están esculpidos en los monumentos de Centroamérica, y están representado ¡a los 'niños aztecas'!"27

De hecho, en este libro y debido a numerosas exhibiciones internacionales de dos niños con malformaciones —Máximo y Bartola— quienes se presumía eran descendientes puros de los aztecas, —el doctor Redfield identifica la fisonomía azteca con la de los ratones.28 Además, Redfield afirmaba que existía una afinidad natural entre las víctimas y los verdugos. Por lo tanto, "La gente que se parece a los búhos es atraída por los aztecas, y encuentran en ellos una gratiicación de sus gustos y un campo amplio para el ejercicio de su afecto y su apego. Lo mismo es verdad sobre aquellos que se parecen a los gatos. En el gato, las cualidades del ratón son asimiladas, y no puede sino amar aquello que la complace, y que corresponde a la alegría, el refinamiento, la astucia y tantas otras cosas, en su naturaleza".29 Si trasladamos esta lógica racial hacia Creelman, descubrimos un doble movimiento en su retrato psicofántico de Díaz. Por un lado, Díaz era "la primera figura del continente americano", "un hombre asombroso", y "no existe una figura más romántica o heróica en el mundo". Por otro lado, existía la sugerencia de que la grandeza de Díaz era coyuntural, un efímero artefacto histórico, más que un precursor de, por así decirlo, una nueva raza dominante. La grandeza de Díaz fue el producto del encuentro de un líder voluntarioso y un pueblo degradado. La elevación exitosa de ese pueblo degradado fue un tributo conveniente para Díaz en sus años crepusculares.

Esta lectura se puede extraer con facilidad de la entrevista de Creelman, pero se encuentra de modo más contundente en la biografía de Díaz escrita por Creelman dos años después, en 1910, en un espíritu mucho más apologético, haciéndole frente a la severa crítica que el gobierno de Díaz enfrentaba en ese momento, tanto en México como en Estados Unidos. Ahí Creelman fue más franco sobre el problema racial en México, y sobre el papel que Díaz jugó en él.

El país que Díaz heredó tenía un serio defecto de nacimiento: "En el tosco intento de poner en práctica las perfeccionadas instituciones de la civilización anglosajona con los descendientes de las oscuras razas que habitaban México antes del descubrimiento de América por Colón, los políticos mexicanos de 1824 sometieron los principios de un gobierno democrático a una prueba extremadamente dura". Díaz, en este contexto, "llegó al poder tras una juventud de pobreza y oscuridad por las necesidades de su dividido y desmoralizado país; y es tanto una verdadera creación de la debilidad de su pueblo como el México tranquilo y progresista de hoy es en gran medida el producto de su fuerza y su sentido común".30

La entrevista de Creelman a Díaz, contrario a la posterior biografía de Díaz, fue escrita en un momento de relativo optimismo respecto a México, y se quería traducida y publicada en español, así que este marco histórico se desarrolló de forma más sutil, favoreciendo los elogios melancólicos por sobre las críticas directas a la raza mexicana. De esta manera, la grandeza de Díaz, y la grandeza del México que él representaba habían alcanzado el clímax, y ahora el general estaba renunciando con gusto y abriéndole paso a la nueva era estadounidense:

Es algo significativo transitar por los locos juegos de acumulación de dinero en Wall Street y en la misma semana estar en Chapultepec, rodeado de una grandeza y una belleza casi irreal, al lado de quien se dice ha transformado una república en una autocracia sólo por la compulsion de valentía y carácter, y escucharlo hablar de la democracia como la esperanza de la humanidad.31

En este tenor melancólico, el retrato que Creelman hace de Díaz no es diferente a su anterior publicación de una entrevista que le realizó al gran jefe sioux Toro Sentado:

Ahí estaba —la personalidad más poderosa de un pueblo agonizante cuyas fogatas ardían en Estados Unidos antes de que Salomón construyera el templo en Jerusalén— la encarnación de un indígena estadounidense, con cuchillo, tomahawk y pipa, cara a cara con un joven escritor de un periódico de Nueva York, contando la simple historia de su acorralada raza.32

De hecho, al leer la entrevista de Creelman en un tono racial, la pregunta de por qué Díaz eligió dar a ese periodista una entrevista tan importante se vuelve cada vez más intrigante, y también muy reveladora. Tengo que decir de manera categórica que no estamos completamente seguros de por qué Díaz decidió hacer estas revelaciones trascendentales a Creelman, y a Pearson's Magazine. Al momento de la entrevista, y en lo sucesivo, los motivos de Díaz fueron objeto de especulación. Muy pocos miembros del círculo más cercano de Díaz parecían haber estado al tanto de su decisión al respecto. Así, el ministro de finanzas José Yves Limantour recordaba que "Los miembros del gabinete —incluyéndome— y todas las personas que eran cercanas al Presidente, excepto su secretario privado, ignoraban la entrevista, y todos estábamos igual de sorprendidos cuando la leímos en los periódicos".33

El economista porfirista Toribio Ezequiel Obregón sugirió que como consecuencia de la crisis de 1907, el gobierno de Díaz deseaba calmar los nervios de los inversionistas estadounidenses respecto a la estabilidad de México a largo plazo, y que esto explicaba por qué Díaz dio esta entrevista a un periodista extranjero, dirigida a un público extranjero, subestimando sus efectos tanto internos como externos.34 Las memorias de Limantour sugieren por otro lado, que el ex ministro de Finanzas afirma no haber tenido conocimiento de la entrevista. De hecho, Limantour reflexionó sobre las motivaciones de Díaz para dar esta entrevista y concluyó que, aunque era probable que el traductor y/o Creelman exageraran las respuestas de Díaz y causaran un daño inmerecido, la única explicación para la entrevista en sí era el debilitamiento de las capacidades mentales de Díaz, originadas por la senilidad.35

Basando sus conclusiones en material de los archivos del Departamento de Estado, a los cuales no tenían acceso los contemporáneos de Díaz, el historiador William Schell ha determinado que los altos funcionarios estadounidenses impusieron a Díaz la entrevista de Creelman: el embajador David Thompson, el secretario de Estado Elihu Root —quien había hecho una visita a la Ciudad de México justamente antes de la entrevista—, y el mismo presidente Roosevelt, con la intermediación de su candidato para la sucesión presidencial en México, el gobernador de Chihuahua, Enrique Creel. El propósito de Roosevelt era obtener una declaración contra la reelección de parte de Díaz, como parte de su difícil negociación con el dictador sobre política internacional. Roosevelt quería que México interviniera en —y probablemente que absorbiera— Centroamérica, para estabilizar la región y hacerla segura para el proyecto del Canal de Panamá. Díaz, sin embargo, había resistido sistemáticamente la intervención. No obstante, necesitaba negociar con Roosevelt, porque Díaz necesitaba su apoyo para negociar con la agitación magonista en la frontera. Sin embargo, el "plan" de Roosevelt fracasó, en la medida en que la reelección ocurrió a pesar de la entrevista Creelman, la inestabilidad en México no se pudo evitar, y ni Díaz ni México contribuyeron al poder de Estados Unidos en Centroamérica.36

Sin embargo todavía no conocemos los cálculos de Díaz al respecto. Está claro que no desaprobó por completo el trabajo de Creelman en la entrevista, ya que más tarde autorizó que el periodista se convirtiera en su biógrafo. De hecho, las preguntas que planteamos a este evento como historiadores culturales son un poco diferentes a las del historiador diplomático o político: ¿por qué Díaz dio una entrevista clave, y después autorizó una biografía, a un periodista que había cubierto cada empeño imperial de la era con un racismo consistentemente chauvinista? Es verdad, Creelman era un renombrado periodista, que había entrevistado a los monarcas europeos; pero su desdén por las razas tropicales era tan claro como su interés en los grandes hombres. Creelman había estado en Cuba, en Haití, en las Filipinas; cubrió la invasión japonesa de Manchuria; había entrevistado a Toro Sentado; había publicado una apasionada defensa del papel de la "prensa amarillista" en la guerra hispano–estadounidense, declarando con aprobación, refiriéndose a Hearst, Pulitzer y el resto de ellos, que "el editor moderno rara vez está satisfecho a menos que sienta que está haciendo historia al mismo tiempo que la está escribiendo".37 ¿Por qué preferir a este hombre, que tenía antecedentes de una importante trayectoria, sobre cualquiera de los periodistas mexicanos disponibles que eran accesibles a Díaz?, ¿por qué, de hecho, más tarde Díaz le encomendó especialmente la escritura de una biografía y una defensa hecha y derecha?

Existen razones políticas que ayudan a explicar la elección de Díaz: un periodista estadounidense con una inclinación más izquierdista con certeza se habría mostrado renuente a producir ese tipo de retrato psicofántico que Creelman llevó a cabo. Pero hay más que eso: a principios de la década de1900, la dictadura de Díaz tenía su propia dependencia a la narrativa racista reproducida por Creelman. La degradación de la nación mexicana, y el reconocimiento y la admiración del extranjero a Díaz como un espécimen humano y a sus logros históricos, le proporcionaron a Díaz el entramado que necesitaba para mantener a flote un escenario de una transición democrática controlada ante el público.

De esta manera, las representaciones humillantes de la raza mexicana como aquellas que ofreció Creelman, permitieron que la opinión estadounidense y la mexicana se unieran al coro de alabanza al dictador y afirmaran que el país entero no merecía nada mejor, mientras ofrecía un melancólico lenguaje de transición como un mecanismo para legitimar la desenfrenada alimentación capitalista que promovía la dictadura. En este contexto, las sutilezas del racismo estadounidense pudieron ser utilizadas con provecho como un fundamento internacionalmente inteligible, y empleadas para atenuar las corrientes utópicas tanto en la opinión estadounidense como en la mexicana.

De hecho, el cronotopo de la dependencia que propone Creelman —una raza subdesarrollada que podía ser llevada al borde de la vida democrática por el puro deseo político— era de tal actualidad durante la dictadura, que pertenecía incluso al sentido común de la oposición.

Así, a pesar de su manifiesto desdén hacia Creelman, cuya obra había dejado a un lado el grito de ayuda de Díaz, "desfigurado por la literatura impertinente y vulgar del periodismo yanqui", Luis Cabrera estuvo de acuerdo con la estimación de Creelman sobre la conexión entre la grandeza de Díaz y la inferioridad de la raza mexicana, aunque sólo fuera para obtener una conclusion muy diferente: "Sintiéndose débil y cansado, el dictador vio por primera vez su obra con la perspicacia que trae consigo la proximidad de la muerte, y con la claridad de visión que se tiene desde grandes altitudes. Y entendió que como fue una obra que se fundó sobre la debilidad de nuestra raza por el deseo de un solo hombre, era frágil y poco sólido (deleznable)...". La diferencia entre Cabrera y Creelman no estaba en el cronotopo guía, sino en las implicaciones políticas, ya que mientras Creelman iba directo a la adoración del héroe, Cabrera imaginaba un Díaz que se encontraba ante la muerte, aterrado por el estado degradado en el que estaba dejando a su pueblo. La entrevista, de acuerdo con esta reveladora interpretación, era un grito de ayuda para el pueblo mexicano: "Y el dictador sentía una gran angustia, como si se resbalara al borde de un profundo abismo, y dejara escapar ese grito de ayuda [la entrevista Creelman], que no era sino un llamado desesperado para que el pueblo mexicano salvara su obra en ruinas, porque el pueblo era el único que podía salvarla..."38

En la víspera de la Revolución mexicana, la opinión pública de los mexicanos ya se había conjugado con la opinión estadounidense de una manera profunda y sutil, llevando a figuras políticas a confiar así sea tácitamente en el chauvinismo racista de los imperialistas estadounidenses del momento como un cronotopo factible con el cual enmarcar el delicado proceso político de la nación.

John Kenneth Turner y el auge y los límites del tiempo transnacional

Las relaciones internacionales expresadas en el lenguaje del racismo científico o en el idioma popular de la fisonomía, justificaron la dictadura de Díaz y moderaron sus duras realidades enmarcándolas con un lenguaje decoroso. El progreso, para un país racialmente inferior como México, significaba adquirir el equipo necesario para sentarse a la mesa con las naciones progresistas desarrolladas. Era, en otras palabras, un pre–requisito evolucionista para el verdadero progresismo del mundo desarrollado.

Pero mientras las relaciones internacionales en la política, en la comunidad científica y en la prensa tendían a respaldar al Estado mexicano, un nuevo campo de relaciones transnacionales socavaba la estructura dominante de México, en el mismo momento en el que el dictador buscaba apoyo en el prestigio de la opinión estadounidense. Si los cruces fronterizos o como aquellos de Lumholtz y Creelman servían para certificar la distopia mexicana —"lejos de Dios y cerca de Estados Unidos"— y para justificar al régimen como una solución estricta pero benigna de ésta, la consolidación de la frontera Estados Unidos–México ofrecía condiciones para la formación de una historicidad alternativa para México.

El mejor ejemplo de este proceso es probablemente la obra de John Kenneth Turner. No es fortuito que Turner enmarcara su reportaje —primero impreso como un conjunto de artículos best–seller sobre la esclavitud en México en The American Magazine, y después compilados y ampliados en el libro México Bárbaro (1910)— como respuesta al panegírico de Creelman, y de manera más general, a la forma en la que la maquinaria de Díaz y sus aliados estadounidenses mediaron la cobertura de los asuntos mexicanos en Estados Unidos.

Si la entrevista de Creelman involucraba una voluminosa red de conexiones en la cúspide del sistema político mexicano y estadounidense, el reporte de Turner se basaba en un conjunto igualmente impresionante de conexiones entre los disidentes de cada nación.

John Kenneth Turner decidió ir a México gracias a su relación con los líderes radicales de la oposición en México, en el Partido Liberal Mexicano, incluyendo a Ricardo Flores Magón, todos prisioneros en la cárcel del condado de Los Ángeles en ese momento. La reunión no fue casual. La consolidación de la frontera Estados Unidos–México significó que los principales capitalistas estadounidenses —los Guggenheim, Rockefeller, Otis, Hearst, Stillman— operaran ahora en ambos lados de la frontera. También implicó que los trabajadores mexicanos, y los soldadores, los comerciantes y los ingenieros estadounidenses, estuvieran trabajando a ambos lados de la frontera. Los disidentes de México en Estados Unidos conocieron el mismo tipo de acoso que enfrentaban los wobblies y otros anarquistas estadounidenses, en particular en los años posteriores al asesinato del presidente William McKinley, en 1901 a manos del joven anarquista Leon Gzolgosz; combinado con el endurecido racismo en contra de los mexicanos que se había desarrollado en el suroeste.39

A pesar de estas dificultades, Estados Unidos siguió siendo un punto crucial de reunión para los grupos de la oposición en México. De hecho, es posible que el liderazgo del Partido Liberal Mexicano, que había sido fundado en 1902, evitara la creación de un partido anarquista incluso cuando progresivamente se volvieron radicales, y en lugar de eso retuvieron sus credenciales "liberales", no sólo por la popular resonancia del liberalismo en México, sino también porque el anarquismo era un crimen en Estados Unidos, y los anarquistas estaban explícitamente prohibidos por inmigración.40

Según su relato, Turner sintió el impulso de ir a México por la insistencia de los disidentes en la existencia continuada de la esclavitud acasillada. Su reportaje era al mismo tiempo una notable interpretación de las nuevas posibilidades que trajo consigo el nuevo transnacionalismo, y un encuadre radical del momento nacional mexicano. También es un estudio de caso del éxito limitado (aunque no irrelevante) de la diseminación de una nueva temporalidad en la frontera que implicaba sincronizar el tiempo mexicano y el estadounidense.

Lazos transnacionales empleados para desestabilizar los acuerdos internacionales

La intervención de Turner fue "transnacional" al menos en tres sentidos: primero, el proyecto se había forjado en la solidaridad dentro de un movimiento sindical internacionalista que cobraba sentido ahora que los mineros y los ferrocarrileros mexicanos y estadounidenses eran empleados de las mismas compañías, operando a ambos lados de la frontera, y ahora que enfrentaban el antagonismo de la misma maquinaria publicitaria en ambos países.41 De hecho, el esfuerzo de Turner para revelar las condiciones mexicanas fue una batalla tanto contra Díaz como contra los magnates de los medios de comunicación, políticos y capitalistas estadounidenses. En segundo lugar, el reportaje de Turner se basaba de manera crucial en la guía del socialista mexicano Lázaro Gutiérrez de Lara, quien acompañó a Turner a través de sus viajes. En tercer lugar, como la entrevista de Creelman, la hazaña periodística de Turner habría sido imposible de lograr para un periodista mexicano: Turner sólo ganó el acceso y la confianza de los propietarios de esclavos y los capataces mexicanos porque era capaz de hacerse pasar por un inversionista estadounidense.

Este doble estatus como forastero privilegiado y como colaborador de los privilegiados —debido a su familiaridad oposicional— permitió a Turner desfamiliarizar el marco dentro del cual México estaba rutinariamente apareciendo ante el público estadounidense, convirtiendo imágenes estándar de periodismo de viaje en una denuncia de la esclavitud mexicana y de la condición de los peones que resonaba con las luchas sociales actuales y recientes de Estados Unidos. Más que proyectar a los mexicanos siendo radicalmente Otros, o como miembros subdesarrollados de una raza "oscura", Turner ponía énfasis en las similitudes entre las condiciones mexicanas y las condiciones recientes en Estados Unidos, en particular la esclavitud, y las condiciones del peón en los estados sureños contemporáneos, como Florida.42 En el entramado de Turner, más que elevar al pueblo mexicano, Díaz era el punto central en un sistema diseñado para mantenerlo subordinado.

Uno de los movimientos más sutiles —y radicales— de Turner fue su uso de imágenes estándar de periodismo de viaje como piezas de evidencia que encajaban perfectamente en una nueva narrativa, exhibiendo de esa manera su anterior naturaleza distorsionada. Así, por ejemplo, una imagen de una mujer indígena frente a un cactus —en ese momento había docenas de postales con fotos como ésta— tiene el título de "Madre esclava y su hijo. También planta de henequén", siendo el cactus aquí el cultivo comercial alrededor del cual se construyó la esclavitud yucateca.43

De manera similar, los mozos indígenas cargando madera o cestos —una imagen típica en la literatura de viaje de todo el siglo XIX — se exhibían como peones acasillados.

Más que como un lugar exótico, Turner pinta a México como un caso extremo de los familiares horrores de la tiranía, del poder de las empresas y monopolios, de la condición de los peones, de la brutal represión anti–sindicatos, y, en especial, de la esclavitud latifundista —todos temas clave en la historia de la libertad estadounidense—. Así, por ejemplo, en su conmovedora historia sobre la esclavitud, deportación y exterminio de los indígenas yaqui, Turner se detiene a aclarar que "así como los mayas de Yucatán, ellos son indígenas y sin embargo, no son indígenas. En Estados Unidos no los llamaríamos indígenas, ya que son obreros. Hasta donde podemos trazar su historia, nunca han sido bárbaros. Habían sido un pueblo agrícola."44

En cuanto a las cualidades y características de la raza mexicana, Turner reflexiona que "los yaquis son indígenas, no son blancos, sin embargo, cuando uno conversa con ellos en un lenguaje mutuamente comprendido, uno queda impactado con las semejanzas de los procesos mentales de blancos y morenos. Hace mucho tiempo me convencí de que los yaqui y yo somos más parecidos en la mente que en el color. Me convencí, también, de que los lazos familiares de los yaqui significan tanto para los yaqui como los lazos familiares de los estadounidenses significan para los estadounidenses".45

A través del compromiso con la separación forzada de esposos y esposas y de padres e hijos, a través de discusiones detalladas y ampliamente documentadas sobre castigo corporal y violación, Turner repasa para México los temas clave del abolicionismo estadounidense, razón por la cual sus textos, y más tarde su libro —que vendió más de un millón de copias— fueron comparados en contenido e impacto a La cabaña del tío Tom.46

James Creelman se había referido a Porfirio Díaz como "el Padre de la nación", cuyos defectos personales eran en todo caso un reflejo de los fracasos de su pueblo: "él es una verdadera creación de la debilidad de su pueblo así como el México pacífico y progresista de hoy es en gran medida el producto de su fuerza y su sentido común".47 Los rigores de la dictadura trajeron consigo la mejor medicina para un pueblo que efectivamente no era capaz de acceder a la democracia sino sólo parcial y muy lentamente:

Cuando México se lanzó a gritar formas anglosajonas de democracia, desafió su propia historia y sus tradiciones, ignoró los instintos de la sangre que corría por sus venas, olvidó los templos y palacios destruidos y la civilización extinta de sus pueblos prehistóricos —volviéndose un día de emoción heróica a instituciones posibles sólo en las naciones con la más alta capacidad política— y aquellos que habían sufrido juntos en nombre de la república tanto tiempo oprimida fueron arrastrados de nuevo hacia la guerra, sin estar conscientes, tal vez, de que la cuestión real era si un principio político o un método político, verdadero o posible en un lugar, es verdadero o posible en cualquier lugar, o si la raza o el clima o el tiempo, o los tres juntos, deben determinar si una nación debería ser gobernada temporal o permanentemente de abajo hacia arriba o de arriba hacia abajo".48

Turner volvió a este tipo de argumento: "La esclavitud y la condición de los peones en México, la pobreza y el analfabetismo, el abatimiento general del pueblo, se deben, en mi humilde opinión, a la organización financiera y política que gobierna hoy en día a este país —en una palabra, a lo que puedo llamar el 'sistema' del general Porfirio Díaz".49 En su egoísta apoyo a la dictadura, los intereses estadounidenses apoyaban en el extranjero un sistema que ya habían erradicado internamente. Al colaborar con el aparato represivo de Díaz, "Estados Unidos se había convertido en una dictadura militar tan siniestra e irresponsable como la de Díaz".50 Díaz, el círculo de colonos y dueños de esclavos del sur, la banda de jefes políticos y oficiales corruptos, y los magnates estadounidenses que los apoyaban eran, todos ellos, una especie de reencarnación infernal de las castas propietarias de esclavos del sur de Estados Unidos, infernal porque eran más crueles: "Una y otra vez he comparado en mi mente la condición de los esclavos de Yucatán con lo que he leído sobre los esclavos de nuestros estados sureños antes de la Guerra Civil. Y el resultado siempre ha estado a favor de los negros".51

Para denunciar "el sistema de Díaz", Turner se benefició de todo el arsenal de técnicas periodísticas que se habían utilizado en Estados Unidos, y por ello en su obra resuena no sólo la de Harriett Beecher Stowe y otros abolicionistas, sino también, y con mucha fuerza, la obra de los muckrakers. De este modo, Turner es el primero —y hasta donde sé, el único— reportero que llegó a aplicar la técnica desarrollada por Jacob Riis en How the Other Half Lives (1889), para exponer las condiciones de vida de los albergues y los mesones mexicanos con fotos nocturnas, tomadas con la ayuda del reflector.52

Resulta interesante cómo esta estrategia de denuncia social, que era completamente nueva en México, no se tomó y sigue sin tomarse en cuenta en la exégesis mexicana de la obra de Turner. El efecto de la combinación del reportaje inspirado en el abolicionismo y las técnicas documentales más poderosas del muckraker, potenciado por la colaboración de Turner con los liberales mexicanos —que estaban representados en su obra como patriotas que luchaban por la libertad, más que como anarquistas— fue comprendido poderosamente por el público estadounidense.

Sin embargo, esto no fue necesariamente el caso de su contraparte mexicana. Así, en 1912, después de que Porfirio Díaz había sido exiliado, Turner tuvo el honor de una entrevista con el presidente Francisco I. Madero en el Castillo de Chapultepec, el mismo sitio donde Creelman había entrevistado a Díaz cuatro años antes. Madero le dijo a Turner que México Bárbaro había contribuido enormemente a su causa, porque permitió al pueblo estadounidense entender que él efectivamente estaba luchando por la libertad.53 No ayudó, sin embargo, al pueblo mexicano a llevar a cabo un debate abierto sobre la esclavitud en México y sus condiciones sociales.

El libro de Turner no se publicó en español sino hasta 1955, cuarenta y siete años después de la publicación inicial de los artículos de Turner. Esa primera edición mexicana, nos recuerda Eugenia Meyer, estaba prologada por Daniel Cosío Villegas, el decano de los historiadores modernos de México de la época y todavía el historiador más respetado del Porfiriato, quien no sólo descartó el valor de México Bárbaro como un retrato fiel de las condiciones mexicanas, sino que puso en duda la existencia misma del propio John Kenneth Turner, especulando que el texto probablemente había sido escrito por un liberal mexicano (anónimo), y concluyendo que "no tiene ningún valor como documento científico", pero que pudo haber sido leído provechosamente por sus contemporáneos, más bien como un panfleto político particularmente efectivo.54 Pero la "propaganda" de Turner aparentemente no fue tan efectiva en México. ¿Por qué?

Aunque los mexicanos tenían su propia crítica a las condiciones de los peones, y los revolucionarios se ocupaban de la mayoría de las condiciones de las que Turner hablaba, había una pequeña tentativa por minar las similitudes y la sincronía entre México y Estados Unidos. La fría recepción de Cosío Villegas de Turner es sintomática de esto, en particular su renuencia a aceptar el hecho de que México Bárbaro podía haber sido escrito por un estadounidense. El libro de John Reed, también, fue languideciendo sin traducción al español por cincuenta años, y cuando se publicó en español en 1954, prácticamente pasó desapercibido hasta finales de la década de 1960. Por ese motivo, el escritor ex–villista Renato Leduc escribió sobre su sorpresa cuando descubrió, echando un vistazo en una librería de segunda mano, que "Johnny, Juanito, el sonriente gringo de nariz respingada de Chihuahua, no era otro que el famoso John Reed, el heróico cronista de la Revolución de Octubre".55

La lentitud para traducir, la renuencia a aceptar, discutir y circular estos productos fronterizos, incluso cuando apoyaban las ideas de la Revolución mexicana, es un testimonio del hecho de que las tensiones entre los dos cronotopos que hemos explorado permanecen en el mismo lugar. Después de la Revolución, el tiempo nacional se enmarcó en formas que todavía se basan más en el cronotopo de Creelman que en el de Turner. El tiempo nacional fue enmarcado en formas que todavía vacilaban en aceptar la contemporaneidad de México con Estados Unidos.

 

Notas

* Una versión anterior de este ensayo se presentó en el Davis Seminar en Princeton, agradezco a sus miembros sus comentarios. Mauricio Tenorio, Carlos Bravo, Friedrich Katz y Alan Wells me recomendaron material muy útil. Estoy en deuda con Sharrona Pearl por su asesoría sobre fisonomía. Aplica el común descargo de responsabilidad.

1 "Forms of Time and the Chronotope in the Novel", en The Dialogic Imagination: Four Essays by M.M.Bakhtin, traducido por Caryl Emerson y Michael Holquist, Austin, University of Texas Press, 1981.         [ Links ]

2 Dependency and Development in Latin America, trad. Marjory Mattingly Urquidi, Berke–Oley, University of California Press, 1979.         [ Links ]

3 El esquema impulsó un lenguaje creíble, y sin embargo siempre desafiante, de perpetua transición, que se convirtió en objeto de crítica y elaboración bien entrado el siglo XX. El ejemplo paradigmático es Samuel Ramos, quien introdujo una especie de freudismo en la filosofía mexicana en su obra sobre el carácter nacional de 1930, arguyendo que los mexicanos sufrían de un complejo de inferioridad colectivo. La implicación era que este complejo, que encontraba su sujeto ideal típico en el pelado de la clase urbana baja, era principalmente una mentalidad, y por lo tanto era curable. Un horizonte terapéutico para curar a los mexicanos de su distancia de Dios se había abierto con el estado revolucionario. Samuel Ramos, Perfil del hombre y la cultura en México, Ciudad de México, P. Robredo, 1938 (1931). Para una crítica brillante a las teorías mexicanas del interminable tránsito al pleno desarrollo, v. Roger Bartra, La jaula de la melancolía, Ciudad de México, Grijalbo, 1987.         [ Links ]

4 John Mason Hart, Revolutionary México: The Coming and Process of the Mexican Revolution, Berkeley, University of California Press, 1987, pp. 129–162;         [ Links ] Empire and Revolution: The Americans in México Since the Civil War, Berkeley, University of California Press, 2002; Daniel Nugent, (Ed.), Rural Revolt in México: US Intervention and the Domain of Subaltern Politics, Durham, Duke University Press, 1998;         [ Links ] William Schell, Integral Outsiders: The American Colony in México City, 1876–1911, Wilmington, Del., SR Books, 2001.         [ Links ]

5 Matías Romero, Artículos sobre México publicados en los Estados Unidos de América, México, Oficina Impresora de Estampillas, 1892, pp. 168–70.         [ Links ]

6 V., para una admirable recopilación, Matías Romero, Mexico and the United States: A Study of the Subjects Affecting their Political, Commercial, and Social Relations, made with a view to their Promotion, Nueva York, G.P. Putnam's sons, 1898.         [ Links ]

7 V., Mauricio Tenorio, Mexico at the Worlds Fairs; William Schell, Integral Outsiders...; Justo Sierra, Mexico, Its Social Evolution, 3 vols., Barcelona, Ballescá editores, 1900.

8 Para una perspectiva general, v. John Mason Hart (Ed.), Border Crossings: Mexican and Mexican–American Workers, Wilmington, Del., SR Books, 1998.         [ Links ]

9 V., por ejemplo, sobre San Antonio, Daniel Arreola, "The Mexican American Cultural Capital", Geographical Review 77(1): 17–34.         [ Links ]

10 Citado en Elliott Young, Catarino Garza's Revolution on the Texas–Mexico Border, Durham, Duke University Press, 2004, p. 50.         [ Links ]

11 Ibid, pp. 31–33.

12 Ibid, p. 46.

13 Paul Vanderwood, The Power of God Against the Guns of Government: Religious Upheaval in Mexico at the Turn of the Nineteenth Century, Stanford, Stanford University Press, 1998, p. 304.         [ Links ]

14 Lumholtz, Carl 1987 (1902) Unknown Mexico: Explorations in the Sierra Madre and Other Regions, 1890–1898. New York: Dover Publications, vol.1, p. VIII.         [ Links ]

15 Ibid., pp. VIII–IX.

16 Ibid., p. XVI.

17 Ibid., pp. XVI –II.

18 Thread of Blood: Colonialism, Revolution, and Gender on Mexico's Northern Frontier, Tucson, University of Arizona Press, 1997, p. 71.         [ Links ]

19 Ibid., vol. 2, pp. 78–81.

20 Insurgent Mexico, p. 32.

21 Insurgent México, New York, International Publishers, 1969 (1914), pp. 29–30.

22 Las principales piezas de la entrevista, Eduardo Blanquel —Setenta años de la entrevista Díaz–Creelman—, Vuelta 2(17), abril 1978, pp. 28–33; y William Schell Jr. Integral Outsiders: The American Colony in Mexico City, 1876–1911, Wilmington, DE, SR Books, 2001, capítulo 6.         [ Links ]

23 James Creelman, "President Diaz, Hero of the Americas", Pearson's Magazine, vol. XIXX, 1 no. 3, March 1908, pp. 231–232.         [ Links ]

24 Sharrona Pearl, comunicación escrita, febrero 4, 2007.

25 Richard Gray, About Face: German Physiognomic Thought from Lavatier to Auschwitz, Detroit, Wayne State University, 2004;         [ Links ] Sharrona Pearl, As Plain as the Nose On Your Face: Physiognomy in 19th Century England, Ph.D. Dissertation, History of Science, Harvard University, 2005.         [ Links ]

26 Samuel R. Wells, How to Read Character: A New Illustrated hand–Book of Phrenology and Physiognomy for Students and Examiners, Nueva York, Fowler and Wells Co., Publishers, J 1894 (1869), p. VII.         [ Links ]

27 Comparative Physiognomy or Resemblances Between Men and Animals. Nueva York, Redfield, Clinton Hall, pp. 31–32.         [ Links ]

28 Para una explicación detallada de la lúgubre historia de Máximo and Bartola, ver Juan Comas, Dos microcéfalos aztecas: leyenda, historia y antropología, México, UNAM, 1968; y Nigel Rothfels, "Aztecs, Aborigines, and Ape–People: Science and Freaks in Germany, 1850–1900", en Freakery: Cultural Spectacles of the Extraordinary Body, de Rosemary Thomson, Nueva York, NYU Press, 1996. Bartola y Máximo fueron exhibidos por primera vez en el Barnum Circus, e hicieron giras de manera continua, principalmente en Europa por lo menos hasta 1901. Se desconoce la fecha de su muerte. Aunque su estatus como aztecas fue rápidamente cuestionado por algunos científicos, la fama de los Niños Aztecas y su influencia en la opinión pública fueron profundas, extendidas y duraderas, y fueron vistas y debatidas no sólo por un público muy amplio, sino también por los monarcas de Gran Bretaña y de Prusia, así como por destacados científicos europeos y estadounidenses en 1900. La imagen de Máximo en el libro de Redfield es una copia de un dibujo que se publicó en el American Journal of Medical Sciences (vol. 25, 1851, p. 290).

29 Ibid, p. 67.

30 James Creelman, Diaz, Master of Mexico, Nueva York, D. Appleton and Company, 1911,         [ Links ] p.v.

31 Op.cit, pp. 232–234.

32 James Creelman, The Wanderings and Adventures of a Special Correspondent, Boston, Lothrop Publishing Company, 1901, p. 295.         [ Links ]

33 1965 (1921) Apuntes sobre mi vida pública, México, Porrúa, p. 154.

34 El epílogo de la conferencia Creelman sería la entrevista Díaz–Taft, El Antirreeleccionista, septiembre 23, 1909.

35 Op.cit, pp. 154–156.

36 Integral Outsiders, capítulo 6.

37 The Wanderings... p. 358.

38 "El grito de Chapultepec," en Obras Completas, vol. 2, 1974 (1909), p. 28.

39 Dirk Raat, Revoltosos: Mexico's Rebels in the United States, 1903–1920, College Station, Texas A & M Press, 1981;         [ Links ] James Sandos, Rebellion in the Borderlands: Anarchism and the Plan de San Diego, 1904–1923, Norman, U of Oklahoma Press, 1992.         [ Links ] Neil Foley, White Scourge: Mexicans, Blacks and Whites in Texas Cotton Culture, Berkeley, University of California Press, 1997;         [ Links ] Arnoldo de León, They Called them Greasers: Anglo Attitudes Toward Mexicans in Texas, 1821–1900, Austin, University of Texas Press, 1983.         [ Links ]

40 Turner describe el uso de la ley de inmigración de las autoridades estadounidenses incluyendo la cláusula anti–anarquista, como un ardid para colaborar estrecha y directamente con la maquinaria represiva de Díaz, op. cit., pp. 272–279.

41 La huelga en la mina de cobre de Cananea (1906) ofreció la ocasión para un acercamiento entre los gobiernos de Díaz y Roosevelt; México accedió a las políticas centroamericanas de Roosevelt a cambio del apoyo estadunidense para custodiar a los magonistas en Estados Unidos, y de compartir inteligencia sobre las actividades en la frontera. [Schell, 2001:Cap. 6].

42 La campaña contra las condiciones de los peones en el sur todavía estaba fresca en el debate público estadounidense en el momento en el que Turner escribía.V. Pete [Daniel, 1972].

43 Para historias generales sobre la fotografía mexicana, v. Olivier Debroise, Mexican Suite: A History of Photography in Mexico, Austin, University of Texas Press, 2001;         [ Links ] Estela Treviño, 160 años de fotografía en México, México, Conaculta/Cenart/Océano, 2005,         [ Links ] y Emma Cecilia García Krinsky (Ed.), Imaginarios y fotografía en México: 1839–1970, Barcelona, Lunweg, 2005.         [ Links ]

44 John Kenneth Turner, Barbarous México, Chicago, Charles H. Kerr & Co, 1914 (1910), p. 38.         [ Links ]

45 Ibid., p. 61.

46 V. Eugenia Meyer, John Kenneth Turner, periodista de México, México, Era, p.13.         [ Links ]

47 Diaz, Master of Mexico, Nueva York: D. Appleton and Company, 1911, p.v.

48 Ibid., pp. 3–4.

49 Op. cit, p. 110.

50 Ibid., Prefacio a la tercera edición (1911).

51 Ibid., p. 35.

52 Alberto del Castillo Troncoso, La historia de la fotografía en México, en Rosa Casanova et. al. (Eds.), Imaginarios y fotografía en México, Barcelona, Lunwerg, 2005, pp. 71–72.         [ Links ]

53 Correspondencia de J. K. Turner, 1912, citada en E. Meyer, p. 55.

54 Citado en Meyer, pp. 49–50.

55 "Preface to the New Edition," en John Reed, Insurgent Mexico, p. 17.