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Cuicuilco

versión impresa ISSN 0185-1659

Cuicuilco vol.16 no.47 México sept./dic. 2009

 

Dossier

 

Caminando el valle de Toluca: arqueología regional, el legado de William T. Sanders

 

Yoko Sugiura Yamamoto

 

Universidad Nacional Autónoma de México

 

Resumen:

A partir de la década de los sesenta, la arqueología regional comienza a tomar una mayor aceptación entre los mesoamericanistas. En diversas regiones se realizaron reconocimientos de superficie para mapear los sitios arqueológicos con la finalidad de describir patrones de asentamiento prehispánicos, considerados elementos básicos para explicar los procesos de evolución socio–política. En este contexto, la contribución de William T. Sanders ha sido fundamental, a tal grado que bien podría pensarse que sin sus aportaciones no se hubieran desarrollado estudios arqueológicos de este tipo.

Siguiendo el camino trazado por él, y convencida de las grandes ventajas de la arqueología de patrón de asentamiento como herramienta para esclarecer los procesos históricos de la sociedad prehispánica, se realizó un reconocimiento intensivo de superficie en el valle de Toluca. Desde esta perspectiva, el presente trabajo discute algunas problemáticas que inciden en la obtención de resultados óptimos para el reconocimiento de superficie a escala regional. Se presentan, asimismo, los aspectos más relevantes que nos permiten comprender la historia poblacional del valle de Toluca, desde los primeros asentamientos sedentarios, en el Formativo Temprano, hasta después de la conquista de la Triple Alianza en el Posclásico Tardío, en la segunda mitad del siglo xv, poco antes de la conquista española.

Palabras clave: Arqueología regional, recorrido de superficie, patrón de asentamiento, valle de Toluca, William T. Sanders

 

Abstract:

It is during 1960's when the Regional Archaeological Survey started to be accepted in Mesoamerica. Since then, different surface surveys have been conducted, mapping archaeological sites not only of the basin of Mexico, but also of many other regions in order to describe settlement patterns. These data are considered fundamental for the studies of prehispanic history from the point of view of evolutionary theories with strong ecological perspectives. The main objective for the archaeology of settlement pattern is to understand the social and political processes toward complex society. In this context, the influence of William T. Sanders and his regional archaeology has been indisputable. In effect, it is hard to understand the development of this type of archaeology without his contribution.

Being convinced by the great utility of the archaeology of settlement pattern in order to study population history processes, I applied, basically, his field methods and techniques to survey the valley of Toluca. In this article, I discuss some problematic which I considered fundamental for the surface survey I conducted in the Archaeological Project of Toluca Valley. Also, the most relevant aspects resulted from the surface survey in the region are presented. As well, based on the settlement pattern study, the synthetic description of population history which covers from the first sedentary settlement in the Early Formative period more than three millennia till the Mexica Conquest, in the second half of the 14th century, during the Late Postclassic period is presented.

Keywords: Regional archaeology, surface survey, settlement pattern, Toluca valley, William T. Sanders

 

La perspectiva de la arqueología regional y sus implicaciones en el Proyecto Arqueológico del valle de Toluca

Sin duda, México es un país lleno de huellas invaluables de las antiguas culturas que, a lo largo de milenios, florecieron vigorosamente y se marchitaron por causas múltiples. Naturalmente, no todo el territorio mexicano siguió los mismos pasos ni ritmos de crecimiento, pues algunas regiones tuvieron un desarrollo precoz, mientras que otras tardaron más tiempo para alcanzar un florecimiento pleno. También cabe la posibilidad de que nuestro conocimiento acerca de las antiguas culturas depende, en gran medida, de la intensidad investigativa en la arqueología.

En el caso del valle de Toluca (Figura 1), a pesar de su importancia reconocida en la historia del Altiplano Central, los estudios arqueológicos tuvieron un desarrollo discontinuo. Contrario a lo que se supone, la tragedia de esta región se atribuye, en cierta medida, a su cercanía física con el valle de México, donde se han concentrado los esfuerzos de los investigadores. A pesar de las grandes aportaciones hechas por arqueólogos como García Payón [1936, 1974, 1981] en Calixtlahuca, en la década de los treinta del siglo pasado, y posteriormente Piña Chan [1972, 1973, 1975] en Teotenango, durante la primera mitad de la década de los setenta, la mayor parte de la región permaneció desconocida. Precisamente esta falta de datos e información arqueológicos impidió una cabal comprensión histórica de la región, así como esclarecer dudas y preguntas que surgieron a raíz de los trabajos arqueológicos anteriores, situación que precisamente pude presenciar.

Figura 1. Ubicación del valle de Toluca.

En 1975 tuve la oportunidad de estudiar el material cerámico de unos pozos estratigráficos efectuados en Ojo de Agua, localizado al norte del sitio de Teotenango, excavación que se llevó a cabo como parte del proyecto del mismo nombre bajo la dirección de Román Piña Chan. En el transcurso del análisis me percaté de la sorprendente similitud de dichos materiales con la cerámica teotihuacana. De ahí surgió mi interés por esclarecer las posibles causas que dieron como resultado ese fenómeno y así explicar la relación entre Ojo de Agua y Teotihuacan. El material me permitió proponer la siguiente hipótesis:

la gran similitud manifiesta en el material cerámico de Ojo de Agua con la teotihuacana se atribuye directamente al desplazamiento poblacional del valle de México, especialmente de Teotihuacan, al valle de Toluca, más que a las influencias recibidas de la gran urbe o a intercambios comerciales [Sugiura, 1976].

Dicho planteamiento no se corroboraría sin ubicar Ojo de Agua dentro de un contexto mayor, es decir, el regional. Por desgracia, en aquel entonces no existían datos que comprendieran la totalidad del valle de Toluca, sino los obtenidos básicamente a nivel de sitios y frecuentemente por sondeos estratigráficos que no nos permitían alcanzar una visión integral de la problemática. Esa limitación de no poder ir más allá de una propuesta hipotética me hizo reconocer la necesidad de realizar un proyecto a escala regional, con el fin de obtener datos pertinentes que nos permitieran explicar, de manera plausible, el desarrollo histórico del valle de Toluca y, de esta manera, de Ojo de Agua.

Es ampliamente aceptado que el reconocimiento de superficie a nivel macro tiene una historia tan larga en el quehacer arqueológico, como la de la excavación de un sitio determinado y que, siguiendo a Ruppé [ 1966], son cuatro las razones fundamentales para llevar a cabo la prospección superficial en la arqueología: 1) para conformar un inventario de los sitios, 2) para sustentar la interpretación de los materiales recuperados en excavaciones; 3) para entender la organización de poblaciones prehistóricas y, 4) para conocer interrelaciones entre estas poblaciones y su medio geofísico con el fin de comprender su adaptación.

No obstante, el desarrollo de la arqueología de superficie a nivel macro ha sido pausado, ya que la parte medular del quehacer arqueológico ha sido siempre la excavación, íntimamente relacionada con los estudios de determinados sitios, y se considera que el reconocimiento de superficie no es sino un apoyo preliminar para detectar y definir el lugar de excavación. Dicho señalamiento se deriva de la persistencia en otorgar a la arqueología prospectiva un papel secundario para los estudios arqueológicos verdaderos [Sugiura, 2005c:25].

Ciertamente, en las décadas de los sesenta y setenta, se estaban realizando varios proyectos regionales de superficie, cuyo origen se remonta a los estudios de Steward realizados en los años treinta [1937]. Su pensamiento, que representaba una de las preocupaciones científicas entonces en boga en la antropología americana, influyó de manera determinante en G. Willey y en su Proyecto del Valle de Virú, Perú, cuyo resultado se publicó en Prehistoric Setllement Pattern in the Viru Valley, Peru [Willey, 1953]. La investigación, considerada como la primera en este género, pretendió explicar los procesos adaptativos de las poblaciones en la región mencionada mediante el estudio de patrones de asentamiento.

En cierta medida, la arqueología regional de superficie podría ubicarse dentro de la arqueología espacial, impulsada, fundamentalmente, por la escuela inglesa de Cambridge, representada por Clarke y Hodder [Clarke, 1968; Hodder y Orton, 1976]; no obstante, la verdadera identidad de esta arqueología en América se atribuye a los estudios de patrones de asentamiento que, como he mencionado, se inició a partir del proyecto del Valle de Virú, Perú, cuya influencia marcó el camino posterior de la arqueología americana. En este trabajo, Willey propone por primera vez la definición de patrón de asentamiento:

La manera en que el hombre dispone de sí mismo en el paisaje o medio en que él habita. Se refiere a casas, a sus arreglos y a la naturaleza y disposición de otras estructuras pertenecientes a la vida comunitaria. Estos asentamientos reflejan el ambiente natural, el nivel de tecnología y varias instituciones de interacción social y control que la cultura mantiene. Como los patrones de asentamiento son, a grandes escalas, directamente configurados por las necesidades culturales, ellos pueden ofrecer un punto de partida estratégico para la interpretación funcional de culturas arqueológicas [Willey, op. cit.:1].

Naturalmente, a lo largo de medio siglo desde que se propuso, se han diversificado tanto las perspectivas teóricas como las metas que persigue la arqueología de superficie [Trigger, 1967; Rouse, 1972; Gathercole, 1972; Chang, 1972; Struever, 1968], sin embargo, la definición propuesta originalmente por G. Willey está vigente aún. A pesar de los matices, el estudio de patrón de asentamiento se sustenta implícita o explícitamente en el supuesto de que los elementos conformadores de la organización sociopolítica se reflejan en la forma particular de establecerse en un espacio determinado, si consideramos que los fenómenos arqueológicos se caracterizan por patrones distribucionales y que éstos son consecuencia directa o indirecta de la conducta humana del pasado. De esta manera, es posible acercarse a un tipo específico de organización social mediante el estudio de patrones distribucionales de la cultura material [Sugiura, 2005c:28]. Como expresa atinadamente D. Clarke [Clarke, 1977:18–19], la estructura espacial se asume y enriquece nuestros conocimientos en torno a la forma particular de organizarse una sociedad.

En el caso concreto de México, el trabajo de William Sanders, discípulo de G. Willey, fue decisivo para el desarrollo y la difusión de la arqueología de patrón de asentamiento. Además, cabe señalar que los datos y la información obtenidos por el reconocimiento de superficie eran acordes con el enfoque ecologista–neoevolucionista que, con matices diversas, ha jugado un papel relevante en el pensamiento norteamericano y, por ende, en la arqueología de América. De acuerdo con el lineamiento fundamental del pensamiento ecologista–neoevolucionista, a través de las relaciones sincro–diacrónicas entre los asentamientos y las interacciones entre éstos y su entorno físico, se pretende explicar los procesos que conducen hacia una mayor complejización social.

Por su implicación en la historia de la arqueología mexicana, cabe la posibilidad de considerar el proyecto de la cuenca de México dirigido por William Sanders como el más reconocido, en el cual participó un gran número de jóvenes arqueólogos estadounidenses. Dicho proyecto marcó un parteaguas en la arqueología mesoamericana e incidió de manera contundente en su curso posterior, ya que abrió nuevas posibilidades y horizontes que nos permitían abordar los procesos tanto sincrónicos como diacrónicos desde una perspectiva más amplia y así obtener una visión más integral. Los términos como arqueología regional, recorrido de superficie y, sobre todo, patrones de asentamiento se manejaban como vocabularios básicos del léxico arqueológico. Los resultados de este tipo de estudios han puesto en plena evidencia que una investigación a escala macro posee una enorme eficacia como herramienta metodológica en la arqueología [Parsons, 1972:128]. Independientemente de si se adhiere puntualmente a esta postura teórica o no y de que el estudio regional de patrones de asentamiento tiene limitaciones en sus planteamientos inherentes a su punto de partida, reconocemos que la arqueología de superficie es un recurso insustituible como primera aproximación a la realidad arqueológica a nivel macro y, sin duda, potencial para ponderar implicaciones sociales, económicas y políticas, así como macroprocesos históricos de las sociedades bajo estudio [Sugiura, 2005c:30].

El lineamiento central del Proyecto Arqueológico del valle de Toluca [Sugiura, 1977, 1979] se inserta, de hecho, dentro de la misma perspectiva trazada, no sólo en términos teóricos, sino también a nivel metodológico–técnico, por el de la cuenca de México, es decir, se estableció a partir de un enfoque explícito que, mediante el análisis de relaciones sincro–diacrónicas entre los asentamientos y de éstos con su medio físico, conlleva al esclarecimiento de los procesos históricos de más de tres milenios de la región mencionada. Asimismo, cabe señalar que, dada la cercanía tanto física como cultural con la vecina cuenca de México, la comparación de los datos del valle de Toluca con los de la cuenca de México es necesaria para obtener una perspectiva más amplia y comprender mejor la historia poblacional.

Retomando lo mencionado anteriormente, podemos concluir lo siguiente: dentro de la diversidad tanto de enfoques teóricos como de escalas analíticas a través de las cuales debe estudiarse la historia de los pueblos antiguos, la escala macro es, no sólo la más adecuada para cumplir con el objetivo de nuestro proyecto, sino también la más relevante, ya que nos permite dar a cada sitio arqueológico una justa dimensión contextual. Además, a diferencia de la arqueología de sitio, que produce una información más acotada, aunque más profunda, el estudio regional facilita una descripción diacrónica y sincrónica desde una escala mayor de análisis y podría considerarse un recurso metodológico–técnico más eficaz en términos de tiempo, costo y resultado, y quizá la única que nos permite obtener una mejor comprensión y más integral de la historia regional, en este caso, del valle de Toluca.

Existe el consenso de que la cantidad de materiales recuperados en campo y la exactitud en el registro de los datos repercute directamente en el grado de confiabilidad de los resultados de la investigación. Naturalmente, los métodos y técnicas específicos para llevar a cabo un estudio regional se definen en relación directa con el objetivo a alcanzar. Uno de los aspectos relevantes en esta etapa de investigación es la elección de las técnicas de recorrido. Al ponderar los pros y contras de la aplicación de técnicas estadísticas de muestreo, algunas de estas fueron desechadas. Tomando en consideración el objetivo del proyecto, el tamaño del área de estudio, sus características geográficas y los recursos disponibles, seguimos básicamente los criterios adoptados por el proyecto de la cuenca de México. Así, optamos por el reconocimiento intensivo de superficie con cobertura "total", con algunas excepciones, lo que nos permite comparar los resultados de ambos estudios.

En cuanto al uso de herramientas como fotografías aéreas y algunas técnicas prospectivas geofísicas, las posibilidades de sus alcances eran muy limitadas hace tres décadas, cuando se inició el proyecto. Si bien es cierto que la fotointerpretación ofrece una fuente vasta de información y economiza el costo y el tiempo de investigación, a diferencia de los países donde existe una larga tradición en este campo, a la fecha, México no cuenta con una sistematización de los criterios de análisis ni con los parámetros para medir factores tanto naturales como culturales que afectan el paisaje. Es por ello que el uso de la fotografía aérea, al igual que en el Proyecto del valle de México, se considera básicamente como una técnica auxiliar o apoyo secundario en el reconocimiento de superficie.

Si bien los métodos y técnicas de reconocimiento del Proyecto arqueológico del valle de Toluca siguieron fundamentalmente lo trazado por el del valle de México, hubo ciertas diferencias en la puesta en práctica de algunos detalles, entre los cuales vale la pena señalar los aspectos relacionados con el cálculo de densidad de los materiales de superficie, que en el Proyecto del valle de México tuvieron una importancia sustancial como indicadores para el cálculo poblacional de cada sitio arqueológico, mientras que en el proyecto del valle de Toluca esta variable no se utilizó con la misma finalidad, sino de manera secundaria [Sugiura, 2005c:51].

En resumidas cuentas, el reconocimiento "intensivo" realizado por el proyecto resultó ser eficaz para obtener no sólo datos más completos del universo regional, sino también los requeridos para conocer los patrones distribucionales de los sitios, parte esencial de nuestro proyecto para comprender el proceso poblacional del valle de Toluca a lo largo de más de tres milenios hasta la conquista española.

Una vez definido el procedimiento en campo, se elaboraron las cédulas que fueron utilizadas por los tres proyectos: las de la cuenca de México, amablemente enviadas por Sanders; las del Proyecto Tula, realizado por G. Mastache y A. M. Crespo, y las del Proyecto Puebla–Tlaxcala, por García Cook. En el proceso de elaboración de dichas cédulas, la influencia de William T. Sanders fue definitiva, y bajo su sugerencia incorporamos aspectos que no están directamente relacionados con la arqueología, por ejemplo, el paisaje moderno, incluyendo obras agrohidráulicas, técnicas de cultivo, sistema de retención de agua, actividades económicas, además de elementos ambientales. La construcción de estas cédulas tuvo una importancia primordial, ya que los datos e información recuperados en campo nos sirvieron de base no sólo para la interpretación de los hallazgos arqueológicos, sino también para la detección de problemáticas que requerían de un estudio propio, lo que permitió trazar las investigaciones posteriores [Sugiura, 1998c; en prensa b].

 

Primeros grupos sedentarios en el valle de Toluca

Los resultados de cuatro temporadas de reconocimiento sistemático de superficie, que cubrió la mayor parte del valle de Toluca, apuntan a que la historia humana en esta región tiene una profundidad temporal que rebasa los tres milenios, desde el Formativo temprano, hace alrededor de 1200 aC, hasta la conquista española en el siglo XVI (Cuadro 1), y a que su desarrollo tiene un estrecho vínculo con el del valle de México.

La región del alto Lerma se destaca por la gran riqueza ambiental [Quezada, 1972], no sólo por su alta productividad agrícola, sino también por la gran variedad de recursos acuáticos y forestales, así como por algunas materias primas de necesidad como piedra pómex, tezontle, basalto, andesita y arena [Piña Chán, 1975; Sugiura, 2005b, 2005c]. No obstante, el reconocimiento de dicha riqueza, el desarrollo social en este valle tuvo un ritmo más pausado comparado con otras regiones del Altiplano Central, como la poblana–tlaxcalteca y la morelense, incluso la vecina cuenca de México. Ciertamente, no tenemos evidencias concluyentes que indiquen la llegada de grupos cazadores y recolectores que vivían persiguiendo a los grandes animales del Pleistoceno, salvo algunos restos paleontológicos en varias localidades del valle de Toluca sin asociación directa con artefactos que reforzarían la presencia de los grupos transhumantes, como los casos de la ex Hacienda de Atenco, municipio de Santa Cruz Atizapán; la cabecera municipal de San Mateo Atenco y la cañada a la altura del poblado San Miguel Yuxtepec, por mencionar algunas. También es posible conjeturar que las huellas de aquellos cazadores y recolectores, aunque existieran, quedaron sepultadas bajo una capa gruesa de suelo depositado a lo largo de milenios.

Los datos arqueológicos disponibles hoy, indican que los colonizadores más antiguos de la región se remontan, por lo menos, al Formativo Temprano (aproximadamente 1500 aC) y que ya vivían una vida sedentaria, formando unas cuantas aldeas pequeñas y dispersas en la parte baja de la planicie y en terrenos cercanos al río Lerma y algunos afluentes. Todas ellas mantenían una relación de reciprocidad y de equidad, tendencia que se fue perdiendo conforme aparecieron señales de diferenciación al interior de la sociedad.

En el Formativo Medio, los asentamientos se distribuían principalmente en la parte central del valle, alrededor de la Sierrita de Toluca, donde ahora se encuentra la capital del estado. Curiosamente, la mayoría se fundó sobre lomas y laderas suaves arriba de la cota de 2650 msnm. Prefirieron asentarse en terrenos aparentemente poco prometedores, pues se encontraban alejados tanto de la zona lacustre como de la boscosa. No obstante, vale la pena observar que, para aquellos agricultores que todavía disponían de un nivel tecnológico elemental, era más provechoso cultivar en zonas de pendiente suave, cuya condición topográfica contrarresta el riesgo meteorológico, como el efecto de las heladas.

Con el paso del tiempo se fue incrementando paulatinamente el número de aldeas, y con ello se fueron colonizando nuevas zonas dentro del valle, como la parte nororiental por donde se comunica el valle de Toluca con la cuenca de México, y la planicie baja central, alrededor del actual pueblo de Metepec.

Estos colonizadores ya tenían pleno conocimiento para fabricar utensilios con barro, además de los artefactos de piedra y los elaborados con materia orgánica como tule, maguey y madera. Las formas y colores, así como técnicas y estilo de decoración de la cerámica, manifiestan una gran similitud con las de la cuenca de México. Si imaginamos que los primeros pobladores del valle de Toluca provinieron precisamente de esa región vecina donde ya existía un desarrollo social más avanzado, no sería difícil conjeturar que los recién arribados trajeron consigo la tradición alfarera del valle de México. Así, podría decirse que desde las primeras manifestaciones de la cerámica, el valle de Toluca ya formaba parte de la esfera cultural de la vecina cuenca de México.

Para entonces, la agricultura ya se había difundido en muchas partes de Mesoamérica. Con el paso de tiempo, su importancia se fue incrementando paulatinamente, no obstante todavía no tenemos una idea clara de hasta qué grado el cultivo tenía una importancia fundamental para la vida de aquella población asentada en un valle frío como el de Toluca. Quizá es erróneo equiparar la fundación de un asentamiento permanente con una economía productiva como la agrícola. Probablemente, el lugar que ocupaban las actividades de apropiación como la caza, la recolección y la pesca en la vida de aquellos pobladores era mucho más preponderante que lo supuesto por los arqueólogos. Quizá, también podemos imaginar que la decisión de asentarse en esta zona elevada obedecía más bien a su relación perceptiva con el paisaje circundante, con el que se ha establecido una convivencia dinámica y sedimentada a lo largo del tiempo.

A partir del Formativo medio, y salvo un pequeño episodio durante el siguiente periodo, el Formativo tardío, cuando la región experimentó un virtual abandono, el valle de Toluca manifestó un crecimiento poblacional sostenido. Aunque fue relativamente corto, este proceso inverso que se registró también en otras regiones del Altiplano Central, inclusive en el propio valle de México, marcó una etapa de particular importancia en la larga historia del valle de Toluca. Fue durante este tiempo cuando la región del Alto Lerma experimentó el primer y único momento de desajuste que provocó el súbito y radical descenso en el número de sitios. Esto coincidió con otras tendencias en el patrón de asentamiento, como la reducción del tamaño de éstos y el abandono de zonas colonizadas en tiempos anteriores [González de la Vara, 1998a, 1998b; Sugiura, 1998a]. Se asentaron, preferentemente, en lugares cercanos a barrancas profundas o en cimas angostas con topografía accidentada, en la parte norte y nororiental del valle. Así, a diferencia del Formativo medio, cuando se manifiesta un desarrollo cultural y social sostenido, el proceso de involución se extendió en todos los aspectos de la sociedad en la región del Alto Lerma hacia fines del Formativo. Naturalmente, ese panorama desolador se manifiesta, también, por una cultura arqueológica empobrecida.

Así quedó frenado temporalmente el camino hacia una mayor complejidad social, que en otras regiones circunvecinas propició la fundación de centros regionales con estructuras públicas monumentales. El valle de Toluca, virtualmente deshabitado, permanecería durante varios cientos de años como una región marginal y ajena a dicho desarrollo.

Quizá nunca conoceremos las causas que nos expliquen de manera cabal y convincente el proceso de esta aparente involución. Seguramente fueron múltiples, pero pudieron estar estrechamente vinculadas con el surgimiento de centros en la cuenca de México como Cuicuilco y, poco después, Teotihuacan.

El proceso de repoblación del valle tuvo que esperar hasta que en la vecina cuenca de México se consolidó el poder político de Teotihuacan. Fue durante la fase Atizapan (200–400 dC) cuando se percibe una clara tendencia en la llegada de flujos poblacionales que portaban el legado cultural de aquella gran urbe mesoamericana. El valle de Toluca se incorpora de nuevo a la esfera cultural de la vecina cuenca, pero concretamente de la teotihuacana [Sugiura, 2005b].

Es muy probable que este movimiento poblacional fuera dirigido desde Teotihuacan y que una de las razones para incorporar al valle de Toluca fue la necesidad, cada día mayor, de asegurar el abasto de diversos productos para la enorme población urbana [Sugiura, en prensa a]. Asimismo, no es difícil imaginar que los supuestos habitantes que abandonaron la región del Alto Lerma durante el Formativo Tardío y Terminal, mantuvieran no sólo en la memoria colectiva, sino también en las prácticas, nexos sociales con la región de origen aún después de varios siglos. Si así fuera el caso, la cercanía social entre ambas poblaciones debería haber facilitado dicha tarea.

 

Teotihuacan y el valle de Toluca: relación de dominio

En todo caso, la inserción de los pueblos del valle de Toluca a los códigos teotihuacanos fue notable. Desde los utensilios más básicos como la cerámica y la lítica, fundamentales para la dimensión cotidiana, hasta las representaciones simbólicas, expresan la pertenencia al mismo mundo ideológico (cosmovisión, religión y ritos) creado y profesado por los teotihuacanos. Llegaban también los objetos supuestamente controlados por Teotihuacan como, por ejemplo, obsidiana verde de la sierra de Pachuca [Kabata, 2009], figurilla de piedra verde proveniente de la región poblana y cerámica Anaranjado Delgado. Quizá algunos de éstos funcionaban como objetos para dar legitimidad a sus poseedores.

Probablemente la política de Teotihuacan hacia el valle de Toluca estaba dirigida a la obtención de algunos productos básicos y diversos recursos naturales, necesarios para mantener la enorme población y el aparato político de la gran metrópoli. Quizá, la marcada predilección a asentarse en la parte fértil del valle en la primera etapa de recolonización y a lo largo del Clásico obedece precisamente a la necesidad de extraer productos agrícolas. Aunado a lo anterior, es importante recordar que el valle de Toluca es una región estratégicamente ubicada por donde se conectaba el valle de México con las regiones de tierra caliente y de occidente, sobre todo la michoacana.

Durante los subsiguientes siglos, el incremento del número de sitios fue paulatino, pero sostenido. Naturalmente, el ritmo de crecimiento a lo largo del Clásico no ha sido homogéneo, pues el proceso de decline teotihuacano provocó cambios inusitados tanto en el número como en el patrón de distribución de los sitios del Alto Lerma. Su número se duplicó en la fase Tilapa, cuando Teotihuacan se encontraba en la última fase, Metepec, antes de perder su supremacía como estado hegemónico [González de la Vara, 1999; Sugiura, 1998a].

No obstante, dicha tendencia poblacional no se originó durante esta última etapa de la gran urbe, ya que desde antes; es decir, aún durante la fase Xolalpan, el desplazamiento poblacional desde la vecina cuenca de México hacia el valle de Toluca se fue incrementando con un ritmo cada vez más acelerado. Si consideramos que el valle de Toluca funcionaba como la periferia de la parte nuclear del sistema teotihuacano, no sería erróneo conjeturar que el Estado mismo intensificó su política de dominio hacia el fértil valle de Toluca con el fin de extraer los productos requeridos para seguir manteniendo su estatus quo. A diferencia de otras regiones circunvecinas al valle de México como la poblana–tlaxcalteca y la morelense, que estaban adquiriendo cada vez mayor fuerza propia dentro del Altiplano Central, el desarrollo del valle de Toluca como granero que tuvo una importancia fundamental para la supervivencia del Estado teotihuacano estuvo directamente vinculado con el crecimiento y el decline de esta gran urbe. Así, la tendencia de crecimiento acentuado en el número de sitios pertenecientes la fase Azcapotzaltongo fue resultado de la política manejada desde Teotihuacan mismo para alcanzar su objetivo [Sugiura, en prensa A].

A diferencia de lo observado hasta entonces, los sucesos ocurridos posteriormente tienen otra característica. Al reducirse el poder político–económico durante la última fase Metepec y encontrarse en plena descomposición, la fuerza política del Estado teotihuacano se había debilitado. A la par del proceso desintegratorio cada vez más acelerado, el número de población que abandonó la ciudad fue creciendo y el valle de Toluca recibió parte importante de dicha población. Naturalmente, intervinieron múltiples factores que propiciaron la llegada de migrantes, entre los cuales, como hemos apuntado anteriormente, destacan la posición estratégica de la región del Alto Lerma, la gran riqueza agrícola y de otros recursos naturales, pero también el estrecho vínculo social que mantenía Teotihuacan con dicha región. De esta manera, el panorama que iba a consolidarse en el siguiente periodo Epiclásico ya se estaba gestando durante la fase Tilapa como resultado del embate de procesos trasformadores radicales que terminaron con la hegemonía teotihuacana [Sugiura, 1996, 2005b, 2005c].

 

Procesos hacia la complejidad social en el valle de Toluca

El efecto colateral del crecimiento demográfico que debe esperarse en condiciones normales al interior de la región del Alto Lerma y de los flujos de población provenientes de otras regiones, en este caso, del vecino valle de México, se manifiesta en cambios tanto en la forma de disponer los asentamientos, como en una tendencia definida hacia la complejidad social [Sugiura, 1998a].

El lento desarrollo social que caracterizó al valle de Toluca, hasta la primera mitad del Clásico, presenta un cambio significativo. En la segunda mitad del Clásico, aparecen unos sitios con estructuras públicas que funcionaban como centros regionales. El nuevo contexto rompe el panorama, vigente hasta entonces, de una región un tanto marginal. La jerarquía de los asentamientos ya no se diferencia únicamente por la extensión de superficie ocupada, sino también por el grado de complejidad funcional de los sitios en términos del número de estructuras públicas, como algunos centros rectores o administrativos ubicados en puntos estratégicos, entre los cuales podemos mencionar el de Santa Cruz Azcapotzaltongo en Toluca [Gónzalez de la Vara, 1998, 1999], La Campana–Tepozoco en Santa Cruz Atizapan [Sugiura, 2009], incluso Ojo de Agua en Tenango [Vargas et al., 1978, 1980; Sugiura, 1981] y Dorantes en Ocoyoacac. No obstante, cabe recalcar que el Alto Lerma, como región, siguió manteniendo su carácter rural. El patrón de asentamiento exhibe una manifiesta persistencia por asentarse en la parte baja de la planicie. Si bien es cierto que la zona ribereña a lo largo de los ríos y afluentes principales ya había comenzado a poblarse durante el Formativo medio, la densidad de los asentamientos en dicha zona aumenta notablemente durante la segunda mitad del Clásico, tendencia que continuó en la fase Tilapa. Además, vale la pena mencionar que el cambio climático propició la intensificación de la colonización de algunas partes pantanosas al interior de las tres ciénegas (Chignahuapan, Chimaliapan y Chiconahuapan) del Alto Lerma [Sugiura, 2005c; Caballero et al., 2002; Lozano et al., 2009].

El suroeste del valle de Toluca, caracterizado por un suelo fértil y bien drenado de laderas bajas de pendientes suaves del Nevado de Toluca y el volcán de San Andrés, siguió funcionando como foco gravitacional de la región, albergando cada vez mayor número de asentamientos, en su mayoría aldeas de tamaño variable.

Todo parece indicar que en los pueblos de aquel tiempo ya se habían desarrollado diferentes formas de adaptarse de acuerdo con las condiciones ambientales específicas [Sugiura y Mc Lung, 1990]. Así, algunos se dedicaban principalmente a la explotación de recursos acuáticos, en tanto que otros a cultivar los productos agrícolas o a explotar los recursos forestales. En cuanto a los productos alóctonos, algunas redes de intercambio estaban controladas por Teotihuacan a través de sus enclaves en el valle de Toluca, mientras que otros, que entraban desde tierra caliente hacia el sur del valle de Toluca y del Occidente, además de ser canalizados a los centros locales dentro de la región, fueron enviados hacia Teotihuacan.

La influencia de la urbe en los pueblos del Alto Lerma no se limitaba sólo a los ámbitos político y económico, sino que también influyó en su vida cultural, la cual se insertó en los cánones implantados por aquella ciudad de los dioses. Las manifestaciones culturales, desde las más elementales hasta las más abstractas y simbólicas, presentan rasgos que nos recuerdan poderosamente a Teotihuacan, como se observa en la tradición cerámica, incluyendo las figurillas, en cuyas características formales, estilísticas y técnicas de manufactura se distinguían los códigos establecidos en aquella ciudad. Las representaciones simbólicas como las de Tlaloc y elementos tales como caracoles, conchas, estrellas de Venus, volutas, entre otras, exhiben una gran similitud con las empleadas comúnmente por los teotihuacanos (Figura 2) [Sugiura y Silis, 2009]. Sin duda, la cosmovisión, las prácticas rituales, las festividades, las costumbres funerarias y las que se celebran en la vida cotidiana pertenecían básicamente al mundo teotihuacano. El mismo fenómeno aparece también en el estilo y técnica arquitectónicos, como ocurre en el sitio de Santa Cruz Atizapán, donde la estructura pública más temprana presenta una planta rectangular dispuesta sobre un basamento con muro vertical de piedras. Se empleaban almenas muy similares a las teotihuacanas para adornar alguna parte de éstas [Covarrubias, 2003, 2009].

Figura 2. Figurillas y elementos decorativos que muestran influencia teotihucana.

No obstante, conforme se acelera el proceso desintegrador y se aproxima el ocaso de Teotihuacan, aparecen algunos signos en la cultura material que sugieren cierto distanciamiento o deslinde de los habitantes del Alto Lerma con respecto al legado teotihuacano, como las modificaciones sutiles observadas en ciertos motivos decorativos en la cerámica. Si bien éstas se ejecutan dentro del marco teotihuacano, podría interpretarse que los habitantes del Alto Lerma trataban de enaltecer los elementos que reforzarían su identidad [Zepeda, 2009].

La desintegración del sistema teotihuacano repercutió en el desarrollo político, económico y social, además del cultural, de los pueblos que formaban parte del mismo sistema. Sin duda, los sucesos que marcaron el fin del mundo clásico representaron uno de los momentos más críticos en la historia mesoamericana. En el caso del valle de Toluca, el desenlace no afectó negativamente, sino, aparentemente, al contrario, pues el desplazamiento poblacional provocado por este acontecimiento propició la llegada de inmigrantes al fértil valle del Alto Lerma en busca de una vida futura más prometedora. El fin del dominio teotihuacano trajo un nuevo camino al valle de Toluca durante el subsiguiente periodo, el Epiclásico, pues alcanzó cierta consolidación en su largo proceso identitario y, además, su primer esplendor en la historia regional. El número de asentamientos se incrementó a más del doble del tiempo anterior, lo que indicaría una densidad mucho mayor de asentamientos epiclásicos comparada con la del valle de México. Por su parte, las evidencias arqueológicas apuntan claramente que no existió discontinuidad en el patrón de asentamientos clásicos y epiclásicos, fenómeno que contrasta con lo observado en otras regiones del Altiplano Central. Las primeras oleadas de inmigrantes llegaron a asentarse en los lugares ya habitados desde tiempos anteriores [Sugiura, 1993, 1996, 1998a, 2005c], y a partir de estos asentamientos bases, se expandieron primero hacia los lugares aledaños, cubriendo así la parte baja del valle. La porción suroeste, donde se ha registrado la mayor densidad de asentamientos desde épocas anteriores, fue la primera en saturarse [Sugiura, 2005a].

Algunos centros administrativos fundados hacia finales del Clásico siguieron creciendo. Con el paso del tiempo, comienzan a fundarse nuevos asentamientos de diversas jerarquías en la parte alta o la cima de las lomas y cerros, algunos de los cuales, como Teotenango y Techuchulco en los municipios de Tenango y Joquicingo respectivamente, y la Iglesia Vieja en la Colonia Alvaro Obregón al noroeste del valle, fueron cuidadosamente seleccionados por su topografía accidentada y su acceso difícil. Una clara diferenciación en los niveles jerárquicos entre los sitios parece indicar una situación política más complicada o conflictiva entre los grupos, la cual favoreció el factor defensivo como una importante variable para definir la localidad de estos centros. Por un lado, la tendencia preponderante en los patrones de asentamiento durante el Epiclásico se caracteriza por una serie de centros administrativos que controlan un número considerable de población asentada en sitios de menor jerarquía. Las relaciones entre ellos parecen mantener cierta equidad. Por otro lado, ciertas zonas, sobre todo la de laderas suaves nororientales del Nevado de Toluca, incluyendo el extremo sur, y el centro occidental del valle, comienzan a mostrar incipientes síntomas de saturación, sin que ello implicara la consolidación de relaciones desiguales entre los distintos grupos de sitios, como sucedió durante el Posclásico [Sugiura, 2005a].

 

El Epiclásico a través de la cerámica Coyotlatelco

El crecimiento inusitado que se observa en el patrón de asentamiento epiclásico se manifiesta, también, en el florecimiento cultural. El valle de Toluca se caracteriza por la presencia de la cerámica conocida como Coyotlatelco (Figura 3), que se reconoce por el color cremoso de sus vasijas frecuentemente decoradas en rojo, formas como cajetes semiesféricos con o sin base anular, cajetes curvo–divergentes con o sin soportes trípodes, sahumadores calados con mango, cazuelas y comales con borde levantado, así como por su estilo decorativo. Predomina la decoración pintada en rojo con motivos que varían desde una simple banda hasta elementos compuestos, aunque existen también la incisión y el sellado [Sugiura, 2006, en prensa a].

Todavía no existe una opinión consensuada acerca del origen o los orígenes del Coyotlatelco, pero este fenómeno se expande, en muy poco tiempo, en gran parte del Altiplano Central, donde el valle de Toluca destaca por su amplia presencia de este material. Su calidad y variedad parecen sugerir que esta región constituyera, junto con el occidente del valle de México, la parte nuclear de la esfera coyotlatelco [Sugiura, 2006].

Con respecto a la continuidad o discontinuidad entre el Clásico y el Epiclásico, a diferencia de otras regiones, el valle de Toluca no expresa de manera tan radical el cambio propiciado por el ocaso de Teotihuacan, sino cierta continuidad, la cual se manifiesta por una fase transicional corta pero de gran importancia, la fase Tejalpa (600/650–650/700 dC). La coexistencia de rasgos tanto teotihuacanos como coyotlatelcos en la cerámica no sólo caracteriza esta fase transicional, sino también evidencia que los cambios entre el Clásico teotihuacano y el Epiclásico no son tan abruptos ni radicales [Sugiura, 1996, 2006].

Figura 3. Cerámica Coyotlatelco de la región del valle de Toluca.

Naturalmente, el Coyotlatelco denota nuevas formas y estilos decorativos, sin embargo, no se puede negar que en él, la pervivencia de códigos teotihuacanos, sobre todo en los materiales relacionados con el mundo ideológico, es notable, como en los motivos decorativos en adornos de incensarios y braseros, estrechamente vinculados con la cosmovisión y los ritos, los cuales continúan básicamente lo establecido por Teotihuacan [Sugiura y Silis, op. cit.]. Las figurillas con representaciones simbólicas muestran, también, la gran similitud con las fabricadas en aquella ciudad.

 

Gestación y consolidación de los grupos étnicos en el valle de toluca

Hacia 900 dC, aparece, en el valle de Toluca, otro complejo cerámico conocido como Matlatzinca, nombre tomado del grupo étnico–lingüístico que controló políticamente la región hasta mediados del siglo xv. A lo largo de esta última etapa de desarrollo prehispánico, el Posclásico, el número de los sitios siguió incrementándose considerablemente. Se colonizan nuevas zonas que hasta entonces no habían sido habitadas por las condiciones ambientales poco favorables para la vida humana como la porción noroeste del valle, donde se fundaron, principalmente, asentamientos dispersos de baja categoría. Asimismo, se incrementa el número de sitios en lugares de difícil acceso y en la zona boscosa con topografía agreste.

Desde la perspectiva de que el factor demográfico es una variable importante para detectar los procesos sociales, el crecimiento en el número de sitios se vincula con la creciente tendencia demográfica que se traduce en procesos sociales como la gestación y consolidación de grupos étnicos. Si bien es cierto que la conformación étnica implica un proceso complejo, podemos destacar que el control de la riqueza ambiental juega un papel importante en el mismo [Hodder, 1979; Sugiura, 2005a]. En el caso concreto del valle de Toluca, la fértil porción suroeste jugó un papel importante en la gestación de los grupos étnicos matlaztinca, otomí y mazahua, que caracterizaron la configuración político–social durante el Posclásico, proceso resultante de relaciones desiguales entre los grupos poblacionales asentados en diferentes zonas ecológicas que ya se venían desencadenando desde finales del Epiclásico.

Una vez iniciado el proceso se aceleró la consolidación de grupos, como la población que se asentó en el suroeste del valle identificada como matlatzinca, que se convirtió pronto en el grupo hegemónico de la región. En cambio, el grupo que fue orillado hacia la zona de menor calidad ambiental, como la serrana en la parte oriental o el centro de la planicie, fue consolidándose como el otomí. Quizá, el mismo destino les esperaba a los que habitaban hacia el norte, zona colindante al valle de Ixtlahuaca y el oeste hacia el valle de Bravo que, con el tiempo, se conocería como el mazahua. Así, frente al grupo cada vez más poderoso que monopolizó los suelos fértiles del valle, fueron consolidando sus identidades, por un lado, ante el mundo exterior y, por el otro, hacia el interior de su propio grupo [Sugiura, 1991, 1998b, 2005a].

La pertenencia a un grupo determinado se expresa, entre otros factores, a través de su cultura material, pensamiento, cosmovisión, modo de vida y su forma de interactuar con otros grupos de la región. Ciertamente, debemos evitar las interpretaciones mecánicas que consideran a los materiales culturales como equivalente de identidad étnica; no obstante, la cultura material es, sin duda, una variable poderosa para expresar su pertenencia a un grupo determinado. Entre diversos materiales arqueológicos, la cerámica, además de poseer otras cualidades, es sensible a los cambios políticos, sociales y culturales, y también constituye un elemento relevante para escudriñar esa parte nuclear que es la identidad de grupo.

Hace más de seis décadas García Payón definió la cerámica matlatzinca como un complejo caracterizado por formas específicas como cajetes curvo–convergentes con / sin soportes trípodes, cajetes o molcajetes trípodes, cántaros y ollas [García Payón, 1936]. Este complejo se distingue, además, por la ausencia de comales y cazuelas, así como figurillas de barro. También muestra un estilo decorativo particular que se ejecuta con un engobe rojo sobre el fondo pulido del color natural del barro, aunque en la etapa tardía, posterior a la conquista mexica, los matlatzincas adoptan ciertos rasgos del grupo hegemónico, como la policromía negro y blanco sobre el fondo rojo. El caso del complejo cerámico denominado Matlatzinca, cuya distribución se acentúa más en el sur, suroeste y centro occidental del valle de Toluca, coincide con el área identificada como asentamientos matlatzincas en los documentos históricos. En el este y el sur de la región se distribuye otro complejo cerámico con características más elementales y burdas, conformado por tan sólo cuatro formas cerámicas sin decoración, que son cajetes con o sin boca restringida, ollas y comales. Quizá, la única técnica de decoración consiste en la aplicación de un engobe muy diluido de color rojizo en algunas vasijas y comales. La presencia de dicho g rupo cerámico coincide con la zona donde se encuentra el otomí desde tiempo atrás hasta el presente [Pérez Rocha, 1982; Sugiura, 1998a, 2005a]. El norte y noroeste del valle de Toluca se distinguen por la presencia de otro complejo cerámico, el cual parece tener más relación con el del valle de Ixtlahuaca o de la zona de Temascalcingo y Acambay, zona que coincide con la presencia del grupo mazahua–otomí. Dicho complejo se distingue por la decoración con motivos geométricos bícromos en rojo sobre crema y por la policromía en colores naranja salmonado, blanco cremoso y rojo claro. Entre las formas se encuentran cajetes curvo–convergentes sin soportes, cajetes con soportes trípodes cónicos, semiesféricos o con pared divergente trípode, ollas y cántaros con asas, así como pipas [Sugiura 1998a, 2005a].

Así, en tiempos posteriores al 900 dC, con la conformación multiétnica, el valle de Toluca entra en una nueva etapa histórica.

 

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