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Cuicuilco

versión impresa ISSN 0185-1659

Cuicuilco vol.16 no.45 México ene./abr. 2009

 

Reseña

 

José Andrés García Méndez, Chiapas: La Babel religiosa o cuando la presión sociopolítica y religiosa opacó al efecto chichonal

 

Hilario Topete Lara

 

242 páginas. MC Editores

 

Escuela Nacional de Antropología e Historia ENAH–INAH

 

Hace unos meses MC Editores culminó la impresión del libro Chiapas para Cristo. Diversidad doctrinal y cambio político en el campo religioso chiapaneco, de José Andrés García Méndez,1 en 242 páginas, y para cuya impresión se utilizaron tipos de las familias Caslon Old Face y Franklin Gothic Medium. El autor, para posibilitar una mejor comprensión y amenidad, incluyó dos mapas, media decena de recuadros de texto con fondos grises y un anexo. La obra, apoyada en más de trescientos autores consultados, y un notable trabajo de campo, se anuncia con un fugaz prefacio que contrasta con una moderada introducción indispensable para comprender el resto de la obra.

Este producto de investigación sale a la luz justo cuando Chiapas y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) aún —y para cierto sector de interesados en temas sociales— conformaban, en el "imaginario colectivo", cierta unidad indisoluble. La obra se asoma a la literatura antropológica cuando los temas de la religión y la religiosidad parecía que dejaban de pesar en la arena política chiapaneca para ceder el paso a temas más espectaculares como Marcos (El Subcomandante), La Otra Campaña o la "aplanadora priísta" en las elecciones intermedias de 2009. Nos llega como llamada de atención ante el olvido de un tema —la religión— que ha sido opacado por otro más: la organización para el ceremonial, ese entramado normativo diseñado para mantener en buen estado de salud la religiosidad popular; esto, cuando no se ha colocado el acento en el aspecto más llamativo del ceremonial (la fiesta) y la institución que lo hace posible (el sistema de cargos, el sistema de fiestas, el sistema de varas, las mayordomías, etc.); y nos llega no sólo como un abordamiento de la religión, sino como un estudio sociorreligioso en el que los proyectos políticos y el fin último de la labor evangelizadora no tienen vida independiente.

El texto deviene refrescante. Ayuda a recordar, con Turner, Berger y Bordieu de la mano —entre otros—, que la religión alberga una serie de signos, símbolos y discursos comunes compartidos por un determinado grupo social y por medio de los cuales éste da sentido a su vida, a la preteridad, a la presentidad y a la futuridad, a la finitud de su existencia. Asimismo nos recuerda que los discursos religiosos son también sustrato de prácticas comunes irresistibles que se desenvuelven en campos donde se dirimen diferencias, y se ponen en juego, aún sin propósito explícito, proyectos sociopolíticos e individuales; y es refrescante porque, luego de la emergencia del EZLN, Chiapas llamó la atención de tirios y troyanos, curiosos e investigadores para arremolinarse en torno de la historia del movimiento armado, en sus planteamientos políticos, en sus declaraciones, en sus proyectos, en sus reclamos, y esta espectacularidad había puesto un cierto velo al tema religioso y a sus vínculos con la política.

Chiapas para Cristo, título que evoca el grito de guerra, la utopía de los presbiterianos reformadores que, en 1926, a media administración callista, ingresaron a Chiapas guiados por John Kemper. Era el suyo un sueño que, hasta el momento, más nos parece cristalizado en jirones de Chiapas para Cristo, jirones para los partidos políticos, jirones para los no cristianos, jirones para los caciques, jirones para los laicos, jirones con máculas de uno y otro tipo... jirones aquí, allá, acullá, de un Chiapas que se desgrana y lucha por sobrevivir a los jaloneos de diversas religiones, partidos políticos e intereses económicos; de un Chiapas fragmentado dentro de una geopolítica que lo fuerza inútilmente a la unidad.

Efectivamente, la ópera prima de José Andrés García Méndez rompe con los prejuicios, generalidades y vaguedades con los que se suele caracterizar a Chiapas desde décadas atrás: Uno, se opone frontalmente al estereotipo de su indigenidad católica que —según los creadores de esa imagen y epígonos— puede verse, olerse, oírse en todos y cada uno de los rincones de la Entidad dos, enfrenta la idea de un Estado priísta, engañado, atenaceado y dividido por el Instituto Lingüístico de Verano (ILV), cuya expulsión fuese solicitada al gobierno de México por el CEAS a iniciativa de Guillermo Bonfil Batalla, Jorge o Félix–Báez, Gilberto López y Rivas y Salomón Nahmad, en 1979, y por economía de espacio; tres, se deshace del juicio esclerotizado que nos evoca a un Chiapas olvidado de la mano de Dios y requerido para la Cruz de Jesús.

García Méndez no es —ni con mucho— un neófito en el tema. Anteriormente nos había proporcionado un adelanto en La búsqueda del reino en la tierra. La acción del Instituto Lingüístico de Verano, artículo en el cual, contra el juicio —endilgado al ILV— satanizante que lo responsabilizaba de implementar una política religiosa secesonista, desintegradora, intolerante, causante de una guerra fraticida intra e interétnica, proponía un acercamiento al doble rostro de esa institución que, de ser académica, se vio involucrada en un proyecto político–religioso presbiteriano. En esta ocasión, el autor incursiona en el tejido de múltiples relaciones y conflictos de las diversas iglesias cristianas y no cristianas, históricas y no históricas para arrojar luz sobre la complejidad de los conflictos sociorreligiosos que perviven en ese Estado del sureste mexicano.

Chiapas es un mosaico plurirreligioso, realidad muy distante de la idea de una entidad federativa abrumadoramente católica. El signo de la variedad de credos aparece por doquier, aún al investigador novel; más aún: el pasmo ante la diversidad se potencia al viajar hacia el interior de las propias instituciones religiosas, y ese poliedro que es el campo religioso, nada ajeno a la política, sólo puede ser entendido a la luz de procesos históricos y entre–cruzamientos socioculturales de envergadura internacional, nacional, estatal, regional y local. "Ofrecer una visión panorámica de esta compleja diversidad es el objetivo" (p. 18) del libro, podemos leer en los inicios de la Introducción. Objetivo alcanzado, sin duda. En aras de ese panoramismo, García Méndez emprende un ejercicio de gran envergadura: saltar por encima de los estudios de comunidad/ localidad/ etnia (Cancian, Burnstein, Medina, Villa Rojas, Falla, J. Nash, Guiteras, Cámara, y Aramoni, entre muchos más) para abarcar la religión y la religiosidad a nivel de entidad federativa a través de una aproximación a todas las regiones que la componen; romper con la sincronía para comprender y explicar el proceso que lleva al estado actual de conflictos político–religiosos (siempre pasados por el tamiz de la política); y, para no alargar las enunciaciones, considerar en el contexto hasta las religiones con menor número de adeptos. Nada fácil, pero la obra demuestra que tampoco es imposible.

El esfuerzo es formidable. El autor se ve obligado a emprender el reto de colocarse al frente de una empresa histórica y manejar el tiempo y la circunstancia, el contexto, el proceso, con gran entusiasmo, con ambición, con determinación, más que con una escuela o una teoría histórica en la mano. El texto, empero, refleja el reconocimiento —aunque nunca lo confiesa García Méndez— de una larga duración que atraviesa prácticamente todo el siglo XX, desde los estertores del siglo XIX, siglo cuando, en las alforjas (desde allende las fronteras nacionales) de los finqueros explotadores de maderas y de café, llegaban las biblias no católicas a tierras chiapanecas. En una tierra olvidada —quizá menospreciada, imposible saberlo— por la iglesia católica, pero profundamente religiosa y con formas de eso que Pedro Carrasco llamó catolicismo popular, el trabajo evangelizador habría de quedar —al menos parcialmente— en manos de quienes en la selva, en la montaña y en los valles encontraban su forma de vivir, de incrementar su capital, y de quienes en calidad de pastores avizoraban el territorio chiapaneco como tierra fértil para nuevas alternativas religiosas.

En Chiapas, la penetración de presbiterianos, evangelistas y pentecostales, fue lenta, silenciosa, imperceptibe, asimétrica en su impacto aunque en algunas localidades con más firmeza y mejor definido rumbo de la misión social de la religión. Pero como toda religión se reviste de grandes dosis de intolerancia, muchas religiones en un mismo sitio pueden producir muchas dosis de intolerancia próximas entre sí, sobre todo allí donde las prácticas religiosas y la misma religión son el parapeto de intereses políticos, personales o de grupo; la entidad estudiada es un ejemplo. Con esta perspectiva no es extraño que de la mano de Chiapas para Cristo, los sistemas de cargos, las mayordomías, aparezcan ante los antropólogos románticos con un rostro poco estudiado, el de herramienta poderosa y útil para realizar "ajustes de cuentas", como de ello fueron ejemplo múltiples expulsiones ocurridas en territorio chiapaneco en nombre de cierta "pureza —o defensa— de la fe", de la "verdadera" religión, que, dicho sea de paso, ha obligado a relocalizaciones mayores que las operadas por la erupción del Chichonal. El libro puede leerse como una magnífica lección de análisis político, porque mediante el desmenuzamiento que de las circunstancias realiza el autor, no son infrecuentes los encuentros de religiones y prácticas religiosas con cacicazgos, maridajes con partidos políticos, alianzas con terratenientes, ganaderos e instituciones (ILV incluido), y no todas con el mismo signo; es difícil, con el arsenal de datos dispuestos, caer en maniqueísmos: aquí —en la obra—, no todos son creyentes buenos ni todos son malos. Empero, son algunos practicantes del catolicismo popular el "balam" con más pintas en la piel, según nos revela un pertinente recorrido histórico que expresa, quizá, una de las tres únicas debilidades del texto: el manejo del tiempo, ese talón de Aquiles de los antropólogos que estamos poco familiarizados con la historia (una segunda debilidad es que algunos pasajes o argumentos se ofrecen sin la profundidad y amplitud necesarias para comprender las deducciones que nos presenta el autor;2 y, la tercera es atribuible a un corrector de estilo que pudo haber realizado mejor su trabajo).

La estrecha relación entre las religiones presentes, la actividad económica y política son la columna vertebral de la exposición y el análisis. En efecto, nos dice el autor, "la estrategia del asentamiento evangelizador responde a las tendencias centralizadoras de la política y la economía regionales, de tal manera que el número de los feligreses y templos aes mayor en aquellos municipios que son el centro regional y en aquellos que presentan altos conflictos políticos [y] que reciben grandes corrientes de inmigrantes" (p. 125). No en balde, allí donde la oposición a formas caciquiles (entremezcladas con formas de organización para el catolicismo popular y justificándose en éstas) tuvo notables brotes en las tres últimas décadas del siglo XX —y entre esos brotes—, los no católicos jugaron un papel importante como rebeldes, encarcelados y/ o desplazados; no en balde, la mirada superficial de los acontecimientos podía sugerir que lo que ocurría en Chiapas era una cadena de conflictos religiosos que nada tenían que ver con prácticas políticas o terratenientiles. García Méndez corre el telón y nos presenta nuevos escenarios, nuevos actores, renglones de un guión al que pocas veces se le prestó atención. A la luz del libro se emprende, con el autor, una lectura alterna.

En contraste con la idea común de que la Iglesia católica había tomado siempre la "opción por los pobres", en las localidades con más alta marginalidad es donde existe una mayor presencia de protestantes, nos demuestra con estadísticas el autor. Más certera es la idea —nos dice por doquier— de una Iglesia católica que abandonó a sus feligreses y muchos de ellos se apoderaron del culto, lo transformaron con su propio sistema de creencias y se las ingeniaron para reproducirlo creando, al paso del tiempo, ingeniosas formas de organización para el ceremonial (ocasionalmente entreveradas y a veces perversamente entreveradas con formas de gobierno local). Más precisa es la idea de que la política evangelizadora emanada del aggiornamento propuesto por Juan XXIII desde la apertura del Concilio Vaticano II iniciado en octubre de 1962 (ese celebérrimo llamado a instaurar una manera nueva de celebrar la liturgia considerando la circunstancia de los fieles, una "puesta al día" que incluyera el acercamiento a las iglesias cristianas; ese grito desesperado para "renovarse o morir" por falta de seguidores), llegó a destiempo a Chiapas. La Iglesia católica había perdido terreno y feligreses, y su recuperación sólo podía hacerse a costa de grandes esfuerzos y riesgos. La Teología de la Liberación y la opción por los pobres fueron dos nuevas apuestas de una fracción vanguardista de la Iglesia católica para recuperar fieles, pero fueron, también, elementos que se sumaron a la arena de conflicto que eran prácticamente cada una de las regiones de esa entidad federativa.

El tema de los conversos atraviesa toda la obra. Conversos perseguidos, conversos que de perseguidos pasaron a ser perseguidores (caso chamula, por ejemplo), conversos desplazados, conversos —sobre todo presbiterianos— que se dieron a la tarea, como lo propone su proyecto sociorreligioso, de construir el reino de la felicidad en la tierra, bendecir las acciones sociales que propenden a la justicia aquí y ahora, no en fincar la esperanza en una gloria que llegará después de la muerte de todos, es decir, conversos que, contra la opinión poco informada, no son apolíticos todos. La Biblia, ese documento otrora inaccesible a los católicos y familiar a los no católicos, contiene un mensaje uniforme, pero lo que no puede serlo es la lectura que de ella se hace; lo que establece la diferencia es el contexto, la práctica sociorreligiosa del creyente y la circunstancia sociopolítica del interpretante. Por eso puede afirmarse, siguiendo al autor, que ni todos los católicos son simpatizantes del EZLN, pero tampoco que todos son opositores al mismo; que ni todos los presbiterianos simpatizaron con el levantamiento armado de la alborada de 1994, pero tampoco todos se opusieron a él, y así sucesivamente. Y a propósito del EZLN, quien se acerque al texto buscando vínculos entre religiosos (de cualquier credo) y no religiosos y esa organización sufrirá una severa decepción porque no es el objetivo del libro. Podrá llegar a entender, en cambio, que la realidad chiapaneca es más compleja que la presentada en algunos de los paupérrimos cuadros que hemos visto, en blanco y negro, de buenos y malos con el gafete de una u otra religión.

Por todo lo anterior, Chiapas para Cristo. Diversidad doctrinal y cambio político en el campo religioso chiapaneco, está condenada a ser obligada referencia para quienes se aproximen a los temas de religiosidad popular, religión y formas de organización para el ceremonial en territorio chiapaneco.

 

Notas

1 José Andrés García Méndez es actualmente (2009) profesor de Investigación Científica y Docencia adscrito a la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH)

2 A guisa de ejemplo y por su notoriedad, el episodio de Pajarito (passim), no es lo suficientemente explícito para el peso que le confiere el autor en diversos apartados. Otro más es el de los motivos específicos que esgrimieron los perpetradores de las detenciones en el paraje El Pozo, en marzo de 1992 (p. 158). En ambos casos, el lector puede realizar las inferencias apoyándose en el contexto, pero fácilmente podría equivocarse.