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Cuicuilco

versión impresa ISSN 0185-1659

Cuicuilco vol.15 no.43 México may./ago. 2008

 

Miscelánea

 

Para una antropología del parásito social

 

Marcos Cueva Perus

 

Instituto de Investigaciones Sociales–Universidad Nacional Autónoma de México

 

Resumen:

La breve investigación que se propone al lector plantea el problema del parasitismo social. Dado que prácticamente no existen trabajos al respecto, el tema se aborda desde una perspectiva interdisciplinaria que incluye la Economía, la Sociología y la Psicología Social, aunque algunos de los autores tratados abren espacio para un esbozo antropológico. El texto se atiene a una rigurosa perspectiva histórica, a partir de la cual se considera que el problema del parasitismo apareció a finales del siglo XIX, hasta volverse frecuente en la actualidad. Dicho lo anterior, es posible llegar a dos consideraciones. En primer lugar, el parásito social ha tomado hoy la forma banalizada del perverso; en segundo lugar, Estados Unidos se ha convertido en el país parasitario por excelencia. Estos dos elementos abren la perspectiva para futuras investigaciones, más amplias, sobre el tema aquí abordado.

Palabras clave: parasitismo, economía, sociología, psicología, perverso, Estados Unidos.

 

Abstract:

This work is a research about social parasitism. There's not a good bibliography on this subject, but it's posible to ask for an antropology of the social parasite using disciplines like Economy, Sociology and Social Psychology, and using too some authors in the border of the antropology. Our work is also an historical one. We can establish that the problem of social parasitism was born at the end of the 19th century, and that now is more or least a general one. Nowadays, the parasite is the perverse. At the same time, USA becomed the land of parasitism. We consider that our work opens a good perspectiva to future research on this subject.

Keywords: parasites, economy, sociology, social psychology, perverse, USA.

 

No hay nada más difícil en las ciencias sociales que encontrar algún texto que aborde el problema del parasitismo. Fuera del trabajo de James Wyatt Marrs [1960], el único libro que busca aproximarse al comportamiento del parásito es Le parasite, de Michel Serres [1980]. Serres recurrió a la termodinámica y a la cibernética, pero también a la literatura (en particular a las fábulas francesas, las de La Fontaine sobre todo, a la crítica a Jean–Jacques Rousseau, a Molière y algunos clásicos de la Antigüedad), de un modo complicado de "traducir". Si la bibliografía sobre el parasitismo es mínima, no es porque el problema no exista, sino porque suele pasar inadvertido y ser por lo mismo más "eficaz".

Para Serres, el parásito toma y no da nada; el huésped da y no recibe nada. El lema del parásito es "siempre tomar y jamás devolver", para lo cual hay que colocarse en la buena posición [Serres, 1980:38]. De acuerdo con el autor, los tiempos actuales se han vuelto con frecuencia los del naufragio de lo nuevo en lo duplicado, de la inteligencia en el goce de lo homogéneo; se interpreta mucho pero se compone poco. La producción se ha vuelto algo escaso, y los parásitos se encargan rápidamente de banalizarla [Serres, 1980:10–11].

La parasitología, que se ocupa de los invertebrados, los moluscos, los insectos o los antrópodos, no puede aplicarse, al decir de los científicos, a la explicación de los fenómenos humanos, ni a los mamíferos en general, que a lo sumo son depredadores. Sin embargo, Serres argumenta que el léxico de base de la ciencia exacta proviene de usos y costumbres arcaicos culturales, que ameritarían acercarse a la antropología. El parásito se aprovecha de la hospitalidad [op. cií.:13] y no hay intercambio: hay abuso ("valor de abuso") antes del uso y robo antes del intercambio mismo. En los organismos biológicos y en los colectivos humanos, el parásito vive del huésped, "por él, con él y en él" [op. cit.:224]. Podría matarlo pero no tiene interés en que muera, porque se nutre de él [op. cit.:224]. Para evitar la hostilidad del huésped, el parásito lo mimetiza, imita ciertas células receptoras [op. cit.:262] y llega a hacerse invisible. El parásito elimina la individuación [op. cit.:272].

Desde el punto de vista de la termodinámica, el parásito es, para Serres, alguien que actúa en el sentido inverso al del trabajo. "La vida entera", todos los organismos vivientes trabajan. Sin el trabajo, la deriva temporal hacia el desorden y la complejidad sería mucho más rápida [op. cit.:117]. Con frecuencia diminuto, el parásito se vuelve invisible con la disimulación [op. cit.:292] y provoca temor: induce quizás a un restablecimiento rápido del "sistema", pero también puede provocar una catástrofe [op. cit.:259].

Desde el punto de vista de la cibernética y la teoría de la información, las observaciones de Serres no son menos interesantes. El parásito tiene el poder porque "ocupa el medio" op. cit.:130] y media las relaciones que "intercepta". Para "interceptar", basta con decir lo que sea con tal de "impedir hablar" [op. cit.:187]. A diferencia del productor, que se interesa por el contenido, el parásito juega a "posicionarse". El que es sencillo e ingenuo y supone que el Otro no hace trampa está condenado a perder [op. cit.:54]. A diferencia del productor interesado en el objeto, el parásito lo hace desaparecer al privilegiar la relación entre los seres humanos [op. cit.:55]. "El discurso sobre el lugar ocupa el espacio" y anula cualquier discurso que designe un objeto [op. cit.:196]. Con el ruido se destruye cualquier significado, que se disipa en la cacofonía y ningún mensaje conserva importancia [op. cit.:262].

Para esbozar una antropología del parásito hay que hacer un rodeo por distintas disciplinas y periodos históricos. Este trabajo de investigación tiene un carácter interdisciplinario, que abarca la economía, la antropología, la sociología y la psicología social. Hemos buscado en nuestro texto abundar en el tema hasta llegar, en las conclusiones, a una caracterización general del parásito, pero también a sugerir que Estados Unidos es hoy un país con fuertes rasgos parasitarios.

 

Viejos parásitos

Con la fisiocracia francesa, el trabajo (agrícola) comenzó a considerarse como el creador de la riqueza. Resulta interesante que los fisiócratas (1750–1775), que dieron a conocer sus estudios en 1758, hayan considerado la esfera material de la sociedad como un organismo viviente, y la riqueza como la circulación de la sangre en el mismo [Latouche, 2005: 15]. Lo que Quesnay llamaba "la clase estéril", formada por "los ciudadanos que se ocupan en servicios y trabajos no agrícolas" [Quesnay, 1985:29], recibía y no daba nada a cambio, pero no fue objeto de algún juicio particular por parte del autor. No se criticaba aún lo superfluo, aunque se empezó a mirar con recelo la ociosidad [Latouche, 2005:179]. Para la clase estéril, de algún modo mantenida por la clase productiva y la de los propietarios, lo que recibía se agotaba en gastos de puro consumo sin reposición [Quesnay, 1985:30]. El consumo ya estaba identificado con cierta forma de esterilidad, el "lujo de decoración", que contrastaba con el "fausto de subsistencia" de los propietarios ricos [op. cit.:37], conminados a evitar la ostentación y los gastos superfluos [op. cit.:39]. Una observación de Quesnay sugiere implícitamente que el origen de la riqueza debía ser visible: al referirse al dinero, anotó que "esta riqueza no se obtiene a cambio de nada, sino que a quien la compra le cuesta tanto como vale" [op. cit.:47].

Pierre–Samuel Dupont de Nemours se preocupó por el bienestar de la sociedad, en la cual no podían caber las grandes desigualdades y la injusticia. El soberano no podía, mediante impuestos excesivos, ahorcar la actividad productiva y el excedente que generaba (el producto neto), y no debía por ende comportarse de modo caprichoso y arbitrario. Los hombres que vivían "en estado primitivo" tenían derechos y deberes recíprocos [Dupont de Nemours, 1985:67], y de ello coligió el autor que "no hay derechos sin deberes, ni deberes sin derechos" [op. cit.:67].

Después de la fisiocracia, el estudio de la economía se estancó en Francia. La Revolución Francesa, por medio de Jean–Paul Marat (Las cadenas de la esclavitud, 1774), acabó lanzándose contra la clase ociosa y "los adversarios de la frugalidad espartana" [Latouche, 2005:181]. Rousseau asoció a su vez el lujo a la ostentación, ya que "no se goza del lujo más que mostrándolo" [op. cit.:184]. A la nobleza no le quedó más que morigerar sus ambiciones y llevar un modo de vida austero. El lujo era una pasión desmesurada. La burguesía naciente, ligada a la industria, prefería cierta abstinencia, la austeridad de las costumbres y la moral del trabajo [op. cit.:187].

Con Adam Smith, los defensores de lo que se llama hoy "neoliberalismo" seguramente han cometido una injusticia. El economista escocés afirmó que el mercado estaba regulado por una "mano invisible" (una Providencia más o menos laica), que terminaba por armonizar los intereses particulares y egoístas de los miembros de una sociedad. Sin embargo, en la única obra clásica de economía que dejó [Smith, 1981], el escocés fustigó a quienes vivían de manera improductiva. El trabajo que produce valor es productivo, y el que no, improductivo [op. cit.:299]. No faltó la oposición a la aristocracia, al soberano y a los funcionarios, ministros de justicia y miembros del ejército y la marina mantenidos con una parte del producto anual generada por otros [op. cit.:300]. La lista incluía a profesiones honorables y útiles (jurisconsultos, médicos, clérigos), pero también a las consideradas "frívolas", de "bufones, músicos, cantantes, bailarines..." [op. cit.:300]. Las virtudes morales que debían acompañar al trabajo productivo y a la acumulación de capital eran "la sobriedad y la parsimonia", opuestas a la "prodigalidad y la disipación" [op. cit.:305]. El pródigo estaba destinado a malograrlo todo, al no ceñir sus gastos a los límites de su ingreso, y al afectar de este modo al capital [op. cit.:307]. "Si la prodigalidad de unos no se compensara con la sobriedad de otros" —escribió—, "el daño público sería irreparable, porque la conducta del pródigo que mantiene al ocioso con el pan del individuo trabajador y útil, no sólo arruina al pródigo, sino que empobrece al país" [op. cit.:30].

Pese a lo dicho en La riqueza de las naciones, en 1776, Smith nunca confundió el interés particular con el egoísmo, al que reprobaba abiertamente [Smith, 1941:62 y 142] por ser insensible a la felicidad o la desdicha ajenas. No está de más in, terrogarse sobre lo que en la historiografía alemana se ha llamado "el problema Adam Smith" [Latouche, 2005:191], puesto que habría una contradicción entre el Smith moralista y el economista. Lo que Smith entendía por "egoísmo" (el economista escocés casi no utilizaba esta palabra) no sería sino el self–love, el amor propio, definido, para seguir a Jean–Pierre Dupuy, en un "juego de espejo con el Otro" [Latouche, 2005:195]. Resulta difícil creer que el Adam Smith moralista haya escrito todo un libro para engañar a los ingenuos, so pretexto del altruismo, como lo sugiere Latouche [op. cit.:203], y para "enmascarar una doble moral" [op. cit.:222]. Más que de utilitarismo, se trataba entonces de un individualismo que no tenía por qué ser malsano, y que lejos de la "sabiduría conformista", otra vez contra lo que sugiere Latouche [op. cit.:203], respondió a la visión del mundo de una burguesía ascendente.

En la Teoría de los sentimientos morales, todavía en 1759, Smith da cuenta de la importancia que tiene la reciprocidad en las relaciones humanas [Smith, 1941:80], y lo que entiende por simpatía es casi empatía y no exactamente altruismo: ponerse en los zapatos del otro no implica forzosamente hacerle un regalo. Se opone a la desfachatez y a la grosería, que provoca vergüenza en el "receptor" [Smith, 1941:38] y prefiere, como gentleman, la decencia, la sobriedad, la medianía y el decoro [Smith, 1981:68]. Propone la existencia de un mínimo de reglas de convivencia social y se distancia de la riqueza excesiva. Veía algo de artificioso en la "holgura" [Smith, 1941:118] y criticaba a quienes, a fuerza de adquirir riquezas y honores, caían en las "chucherías de frívola utilidad" [Smith, 1941:119] y los "vanos y quiméricos sueños de grandeza" [Smith, 1941:120].

Thomas Robert Malthus justificó implícitamente que los pobres llevaran en su época un modo de vida "parasitario". El autor del Ensayo sobre el principio de la población, dado a conocer en 1798, no era muy original, pese a que llegó a ser considerado como "el padre de la demografía" y la obra mencionada se convirtió en un gran tratado, no exento de una mirada antropológica sobre los más diversos grupos sociales, desde las islas del Mar del Sur hasta el Norte de Europa, pasando por los pueblos pastoriles modernos y muchos otros. El sacerdote se granjeó mala fama con oposición a las leyes de beneficencia, aunque negó, en polémica con Grahame, que fuera partidario de las enfermedades, el hambre y los vicios y "extravíos de la humanidad" para remediar el problema de la sobrepoblación [Malthus, 1951:564]. El tino del sacerdote parece haber consistido en afirmar que el pobre no es únicamente una "víctima", y que de algún modo debe llamárselo a la responsabilidad. Para Malthus, los problemas de los pobres se derivaban de la ignorancia y la opresión [op. cit.:422], a lo que el sacerdote oponía la "pasión del amor" para la "formación del carácter" y el impulso de los "esfuerzos más nobles y generosos" [op. cit.:442]. El pobre también puede ser el artífice de los vicios, del modo de vida malsano y hasta del decaimiento general del trabajo: "hasta la misma pobreza" —escribió el sacerdote—, "que parece ser el gran acicate para la actividad, cuando ha pasado ya de ciertos límites, cesa por completo de impulsar al trabajo. La miseria sin esperanza destruye todos los esfuerzos vigorosos y limita éstos a lo necesario y suficiente para la simple subsistencia". Agregaba: "el mejor estímulo para la actividad es la esperanza de mejorar de situación [...] La ignorancia y la opresión producirán por consiguiente casi siempre el destruir los resortes de la actividad" [op. cit.:422].

Uno de los últimos economistas que criticó la ociosidad fue Saint–Simon. El socialista utópico también reivindicaba abiertamente el trabajo: "el trabajo" —escribió— "es la fuente de todas las virtudes; los trabajos más útiles deben ser los más considerados" [Saint Simon, 1960:85]. Partidario de la "clase industrial" y consciente de que Francia todavía era, a principios del siglo XIX (1810–1812), una nación industrial, pero con un gobierno feudal [Saint Simon, 1960:77], Saint–Simon fustigó la ociosidad, el "egoísmo antisocial de los ricos" y se opuso a las leyes de herencia, aunque temiera también un levantamiento anárquico de los pobres [Oser y Blanchfield, 1980:171].

El marginalismo, precursor de la microeconomía que se enseña hasta la actualidad bajo formas cada vez más sofisticadas, adelantó, alrededor de 1870 (y por ende en vísperas de la Depresión de finales del siglo XIX), lo que guía al comportamiento del consumidor actual, si dispone de recursos holgados. El trabajo ya no es el pivote de la creación de la riqueza. No existe reciprocidad alguna en los planteamientos de la "revolución marginalista", bastante pobres desde el punto de vista filosófico. Los argumentos sobre el trabajo pueden llegar al absurdo, si una utilidad marginal por completo subjetiva se limita a buscar el "equilibrio entre la fatiga que supone el trabajo y el placer que proporcionan los ingresos debidos al mismo" [op. cit.:251]. Cuando se habla de maximizar el placer y minimizar el dolor, se ha preparado ya, desde Jevons (1835–1882) y la escuela marginalista austríaca (Menger, Wieser y Bohm–Bawerk), la premisa que habrá de orientar la conducta del consumidor. En Menger (1840–1921) ya no importa el origen de la riqueza sino única y exclusivamente la satisfacción que tal o cual producto pueda generar: "en la vida diaria" —escribe en 1871— "nadie pretende enterarse de la historia del origen de un bien para estimar su valor; analiza tanto los servicios que le rendirá el bien como aquello de lo que tendría que privarse si no lo tuviera a su disposición" [op. cit..261].

 

Hacia el nuevo parásito

Aquí nos ha interesado el debate de Marx sobre el trabajo productivo e improductivo. Es un debate que dejó inacabado, y cuyos fragmentos terminó por recopilar Kart Kautsky, publicándolos con el título Teorías sobre la plusvalía.

El autor de El Capital consideraba hacia 1877 que la idea de "lo productivo" remitía, como el capital todo, a una relación social. Es importante no confundir "lo productivo" con el trabajo. En los últimos textos de Marx, "lo productivo" abarcaba por igual al trabajo, si éste producía a la vez valor y plusvalor, y al capitalista, dedicado a la acumulación de capital. Marx llegó a tener una intuición que ya no alcanzó a desarrollar: "Aunque en los comienzos" —escribió— "la burguesía fue muy ahorrativa, la creciente productividad del capital, es decir, de los obreros, la empujó a imitar el tren de vida de los señores feudales" [Marx, 1976:58]. El pensador alemán no descartaba que el proletariado pudiese adquirir rasgos improductivos: "hemos denominado productivo" —escribió— "al obrero cuya producción equivale a su propio consumo, e improductivo al que consume más de lo que reproduce" [op. cit.: 10]. Marx no siempre tenía aversión hacia Malthus [op. cit.:49], y polemizó con Hobbes, Petty, Sismondi, Ricardo, Garnier, Stuart–Mill, Ganilh, Ferrier, Lauderdale, J.B. Say, Destutt de Tracy, Nassau Señor y P. Rossi. En el debate con Destutt de Tracy, Marx insistió en que la visión de "lo productivo" de muchos de estos autores apuntaba a justificar el ascenso de la burguesía industrial, por oposición a los terratenientes y a los capitalistas ociosos que vivían de sus rentas [op. cit.:133].

Para Marx, Smith había cometido dos errores. El primero había consistido en equiparar el trabajo productivo con el que crea mercancías, y el improductivo con el que no [op. cit.:31]. Smith se quedó en el simple problema del valor de uso y su carácter tangible, en la forma del producto [op. cit.:25]. El autor de El Capital sostuvo que pueden ser productivas ocupaciones que hasta hoy se ubican en el sector de servicios (terciarias) y que producen "intangibles". Si un empresario de espectáculos, de conciertos, de casas públicas "[... ] compra el derecho a disponer temporalmente de la fuerza de trabajo de los actores, de los músicos, de las pros–titutas[... ] y luego vende esta fuerza de trabajo al público, reembolsándose con ello de los salarios y obteniendo una ganancia" [op. cit.:26], todos estos trabajos son productivos. "Un escritor es un obrero productivo" —escribió Marx— "no porque produzca ideas, sino porque enriquece a su editor y es, por tanto, asalariado de un capitalista" [op. cit.:16]. El segundo error de Smith consistió en identificar el trabajo productivo con la agricultura y la industria, excluyendo a los servicios. Quizás la siguiente observación de Marx sea útil para comprender lo que será con el paso del tiempo la nueva forma del capitalismo: "¡Hermosa organización! ¡Una muchacha se mata trabajando durante doce horas al día en la fábrica para que con una parte del trabajo no retribuido su patrón pueda permitirse el lujo de tener a su hermana de criada, a su hermano de botones y a su primo de soldado o agente de policía!" [op. cit.:59].

Es un hecho que, ya para finales de los años sesenta del siglo pasado, la tasa de ganancia venía estancándose o cayendo en el mundo capitalista [Chesnais et al., 2002:18]. La "revolución del microprocesador" pareció cambiar los términos del debate, al incorporar cada vez más al ámbito capitalista actividades (sin duda heterogéneas) que antes no lo estaban, como el comercio y los servicios intangibles. En el escaso debate, Pierre Salama abrió una buena línea de argumentación al diferenciar entre "baja tendencial" y "baja efectiva" de la tasa de ganancia [Salama, 1977:129]. Por lo menos para el comercio, aunque desde nuestro punto de vista el análisis pueda extenderse hasta los servicios, desde los años setenta fue incorporándose cada vez más trabajo, sobre todo intangible, para tratar de contrarrestar la caída de la tasa de ganancia, aunque ello se hizo finalmente al precio de multiplicar los puestos improductivos y pagados con renta.

Marx tampoco consiguió concluir su análisis sobre el problema del crédito ni sobre lo que llamó el "capital ficticio". Marx estableció que el crédito contribuye a contrarrestar la baja tendencial de la tasa de ganancia, al disminuir los gastos de circulación de dinero, al sustituir el dinero oro por papel (para beneficio de la reproducción económica en general) y al formar sociedades por acciones. Con las sociedades por acciones, los capitalistas realmente activos se convierten en meros directores, administradores del capital ajeno, y los propietarios del capital en meros propietarios, en "meros capitalistas de dinero". Estos pueden terminar por convertirse en una aristocracia financiera. Esa aristocracia es "una nueva clase de parásitos en forma de autores de proyectos, fundadores de empresas y meros directores nominales; todo un sistema de simulación y engaño, relacionado con fundaciones de empresas, emisiones y comercio de acciones" [Marx, 1973:417]. El autor de El Capital detectó el riesgo que los nuevos parásitos podían hacer correr a la sociedad en su conjunto, al especular ya no con un solo capital privado sino con toda la propiedad social.

Lenin fue el único en mencionar la posibilidad de que el capitalismo entrara en una fase parasitaria. Desafortunadamente, el libro en que lo hizo el político ruso, y que durante mucho tiempo fue tomado como una especie de Biblia, no es científico, en estricto rigor, sino panfletario. En medio de la Primera Guerra Mundial, entonces, con un texto escrito en 1916 e intitulado El imperialismo, fase superior del capitalismo, el polemista ruso dejó en claro que la fase de libre competencia capitalista, entre pequeños patronos, había tocado a su fin [Lenin, 1977:9]. Lenin ubicó con bastante precisión el arranque de la transición hacia los monopolios, alrededor de 1860 [op. cit.:21]. No es el de los monopolios el problema que nos interesa aquí, sino otro, el del capital financiero, cuyo funcionamiento fue descrito a cabalidad en los primeros años del siglo XX por el austríaco Rudolf Hilferding (El capital financiero, publicado en 1910), crítico del marginalismo de Bóhm–Bawerk, cuando la economía del imperio austro–húngaro ya se encontraba fuertemente cartelizada. La gran industria, que alguna vez había fascinado a economistas clásicos, se volvió cada vez más dependiente de la demanda de crédito y por ende de los bancos (el capital industrial y el bancario se fusionaron bajo la égida del segundo, y comenzaron a surgir los monopolios), restringiéndose y no ampliándose la libertad de movimiento de aquélla [op. cit.:44]. Esta trayectoria creó una importante oligarquía financiera, como la llamara Lenin, pese a todos los problemas que plantea hasta hoy definir al capitalista financiero [Duménil y Lévy, 2007:32]. Lenin agregó algo curioso, al sugerir que aquella adquirió la capacidad para imponer un "tributo" al conjunto de la sociedad [Lenin, 1977:58]. Para 1915, el beneficio de los rentistas en Gran Bretaña era cinco veces mayor que el beneficio del comercio exterior del país más "comercial" del mundo [op. cit.:112].

Una historia como la de Eric Hobsbawm [1996] puede ser revisada y quizás hasta cierto punto impugnada. El historiador británico propuso leer el siglo XX como un "siglo corto" que habría comenzado con la primera Guerra Mundial (1914) para terminar con la caída del Muro de Berlín y el derrumbe de la Unión Soviética (1991). En honor suyo, Hobsbawm ha reconocido que su especialidad fue siempre el siglo XIX [op. cit.:7]; la idea del "siglo XX corto" es en realidad del antiguo presidente de la Academia Húngara de Ciencias, Ivan Berend [op. cit.:10]; Historia del siglo XX puede tener el sesgo de un "observador participante" [op. cit.:8], por razones generacionales, y el conocimiento que da lugar a la obra es hasta cierto punto superficial y fragmentario [op. cit.:7]. El mismo historiador reconoce que el siglo XX ya no fue británico, sino "el siglo americano" [op. cit.:24]. Si se sigue la argumentación de algunos partidarios de la "economía crítica", muchas de las transformaciones (por lo menos económicas) del siglo XX ya estaban preparadas desde finales del XIX, y fueron imponiéndose sobre todo en Estados Unidos, en el periodo que va desde el fin de la Guerra de Secesión (1865) hasta los años 1890 [Chesnais et al., 2002:14], dando al traste con el liberalismo clásico de cuño británico. Los cambios tuvieron que ver con una hegemonía creciente de la finanza en la "pareja finanza–sociedad". Entre 1880 y 1929, la relación de la cantidad de moneda (en efectivo y en saldos en cuenta de banco) con la producción se duplicó y más en Estados Unidos (pasando del 30 al 70 %); en 1888, los saldos en cuentas en banco equivalían a dos veces el monto del efectivo, y esta relación era de 11 en 1929 [op. cit.:30]. Entre finales del siglo XIX y 1929 se puso en pie un "complejo edificio de instituciones financieras" [ibid.]. El periodo que va de finales del siglo XIX a la crisis de 1929 podría ser el de una "primera hegemonía de la finanza", y el de la crisis que arranca en los años setenta del siglo pasado, el de la "segunda hegemonía de la finanza" [op. cit.:37]. Los cambios financieros a finales del siglo XIX se produjeron primero en Estados Unidos y se exportaron con retraso a Europa y Japón [op. cit.:26–27].

 

El parásito: una antropología social en ciernes

Al estadounidense de origen noruego Thorstein Veblen le corresponde el haber hecho, desde una perspectiva institucionalista (originalmente influenciada por la escuela histórica alemana), la única crítica abierta a la "actitud depredadora" de la clase ociosa. Nos interesa el institucionalismo en la medida en que es la corriente de pensamiento que más se acercara a una antropología social, al estudiar el "comportamiento de grupo", que es aceptado como parte general de la cultura y que incluye "costumbres, hábitos sociales, leyes, esquemas mentales y modos de vida" [Oser y Blanchfield, 1980:395]. Algunos autores sugieren que el institucionalismo se inspiró —entre otras disciplinas nacientes, incluyendo la sociología, la ciencia política, la psicología y la psicología social— de la antropología cultural [ibid.]. El trabajo precursor del institucionalismo estadounidense fue prácticamente contemporáneo de la primera cátedra de antropología social (James Frazer en Liverpool, en 1908) y de la formación de Bronislaw Malinows–ki. El clásico de Veblen, Teoría de la clase ociosa, publicado en1899, puede considerarse en más de un aspecto antropológico. Veblen describió comportamientos que habrían de difundirse décadas más tarde: se detuvo en la observación de actividades como el gobierno, la guerra, los deportes y las prácticas religiosas, mediante las cuales la clase ociosa ya propiamente capitalista buscaba el "consumo ostentoso" y mostrar así la riqueza bajo las formas compradas del poder, el prestigio, el honor y el éxito [op. cit.:401–402]. Observó la moda, en particular la forma de vestir de la clase ociosa, y describió: "[...] la mejor de nuestras modas no sorprende, escribe, por lo grotesca, si no por lo desagradable. Nuestra afección transitoria por cualquier cosa que sea el último grito de la moda se basa en fundamentos de carácter no estético y dura sólo hasta que nuestro sentido estético permanente puede reafirmarse y repudiar este último artificio imposible de tolerar" [Veblen, 1944:157]. En la emulación pecuniaria, poco importa la estética: la utilidad del consumo ostentoso considera que es bello lo que útil por costoso, cosa que suele ocurrir con el vestido y el mobiliario doméstico [op. cit.:117]. Agrega el autor: "lo mismo ocurre con la compra de cualquier artículo de consumo por un comprador que no es juez experto de los materiales o del trabajo empleado en él. Hace su cálculo de valor del artículo basándose sobre todo en la apariencia costosa del acabado de aquellas partes y rasgos decorativos que no tienen relación inmediata con la utilidad intrínseca del artículo" [op. cit.:341]. Para Veblen, el "saber superior" de las comunidades académicas tiende a perder utilidad bajo la influencia de la clase ociosa, para centrarse en rituales casi sacerdotales (togas, birretes, ceremonias de iniciación y de graduación, prerrogativas...). En las clases eruditas, como en las de las comunidades primitivas, se presta más atención a los "modales", las "formas, los precedentes, las gradaciones de rango" [op. cit.:317] que a la ciencia propiamente dicha y al conocimiento realista [op. cit.:327]. Al preguntarse si la proeza de los estadios primitivos había sobrevivido, Veblen hace anotaciones sobre el deporte (en particular el futbol americano, el atletismo y otras prácticas no exentas de "ferocidad y astucia" y que pretenden ser "un medio de salvación física y moral") que bien pueden valer para los fanáticos del jogging (que se caracterizan por lo que Veblen llama la "propensión emulativa") en el Occidente de hoy. Veblen concluye, como lo hace con la moda, que estas actividades ventajosas para el individuo influenciado por la clase ociosa y sus cánones del gusto no lo son para los intereses de la colectividad [op. cit.:227]. Se trata de una reversión al temperamento de los primeros tiempos bárbaros y depredadores, y la jerga deportiva suele ser belicosa [op. cit.:223]. Para finales del siglo XIX ya estaba en boga el llamado movimiento de la "Nueva Mujer". Sin embargo, la mujer estadounidense, mimada por un esposo devoto y entre los más trabajadores del mundo, era superior a él y se encontraba al mismo tiempo siempre insatisfecha, a tal grado que, a juicio de Veblen, "la 'Nueva Mujer' anglosajona (era) el producto más ridículo de la época moderna y (estaba) destinada a ser el más lamentable fracaso del siglo" [op. cit.:309–310].

Veblen creía que el trabajo seguía siendo el "instinto básico" del ser humano ("instinct of workmanship"). Puede atribuirse al estadounidense de origen noruego el haber anticipado la difusión de los estilos de vida de la clase ociosa capitalista, fundamentalmente preocupada por asuntos de imagen. "Para ganar y conservar la estima de los hombres" —escribió Veblen— "no basta con poseer riqueza y poder. La riqueza o el poder tienen que ser puestos de manifiesto, porque la estima sólo se otorga en su evidencia" [op. cit.:39]. El miembro de la clase ociosa se convirtió en alguien carente de escrúpulos: "por lo que hace a dotes naturales" —señala Veblen—, "el hombre adinerado se asemeja al tipo ideal de delincuente por su utilización sin escrúpulos de cosas y personas para sus propios fines y por su desprecio duro de los sentimientos y deseos de los demás y carencia de preocupaciones por los efectos remotos de sus actos" [op. cit.:207].

 

Parásitos: las dificultades de la sociología

Se ha vuelto casi un lugar común sostener que estaríamos asistiendo al "fin del trabajo". El sociólogo de origen polaco y radicado en Inglaterra, Zygmunt Bauman, no llega tan lejos, pero sugiere que se ha pasado de una "sociedad de productores" a una "de consumidores". Bauman recoge tangencialmente un debate que se instauró desde principios de la crisis, en los años setenta, cuando se habló de la entrada en la "sociedad de consumo" [Haro, 1973] por la relación entre un grupo de privilegiados (que se ubicaban para entonces en el mundo desarrollado) y la explotación preocupante de recursos naturales que suponía mantener esos privilegios, al decir del agrónomo francés René Dumont [op. cit.:9]. Algunos autores ubicaron la "realización plena" de la "sociedad de consumo" desde finales de la Segunda Guerra Mundial [op. cit.:31], cuando las mercancías estadounidenses, "forzando la demanda", invadieron el mercado europeo occidental con el Plan Marshall (1947) y propagaron un modo de vida previamente existente en Estados Unidos [op. cit.:31]. A ello le siguieron la "autocolonización" de distintos países a partir de una fuerte influencia estadounidense [op. cit.:98–100], cuyo símbolo se encuentra en la "democratización" del automóvil a partir de Henry Ford [op. cit.:63]; el advenimiento de la tecnocracia, que pone la ciencia y la tecnología al servicio del consumo [op. cit.:61]; la conversión de lo consumido en moda [op. cit.:95] y el imperio de la publicidad destinada entre otras cosas —como lo preveía Veblen— a fomentar la compra de estatuto social [op. cit.:21–22; 45–51].

De algún lado tienen que salir las mercancías que están a disposición de todos los que puedan obtenerlas en la supuesta "sociedad de los consumidores". Bauman, quien por cierto menciona al pasar a Veblen y le atribuye el haber descrito una forma de exhibición pública de la riqueza que todavía era "sólida y durable" [Bauman, 2007: 49], no ubica de manera precisa el periodo histórico en que se entró en la "era del consumo". Estados Unidos lo hizo a principios del siglo XX y con más precisión en los años veinte, en un proceso que incubó desde finales del siglo XIX.

El consumo en sí no tiene por qué representar una forma de parasitismo, ni siquiera cuando desemboca en el individualismo más despiadado (la "autorres–ponsabilidad", pero sobre todo el cálculo de riesgos) y en el cese de la responsabilidad ética y la preocupación moral por el Otro [Bauman, 2007:127–128]. El consumo supone un intercambio, puesto que para consumir es necesario disponer de un ingreso. No es de descartar que el estatuto de ciudadano haya llegado a confundirse con el de consumidor: "hoy" —escribe Barman— "la capacidad como consumidor, no como productor, es la que define el estatus de un ciudadano" [Bauman, 2007:113]. Muchos de los comportamientos sobre los que abunda Bauman ya estaban implícitos en la definición del ser humano en la "revolución marginalista". Bauman no hace sino describir lo que en otros tiempos Marx llamaba "enajenación" y "fetichismo de la mercancía".

Lo sugestivo no se encuentra en otro terreno. La pasión por el consumo ha desembocado (Bauman lo sugiere por lo menos para Gran Bretaña) en otra cosa: una "vida a crédito, en deuda y sin ahorros", que ha acabado por ser un modo común de conducir los asuntos humanos [Bauman, 2007:111]. Se acaba el interdi cambio: quien no ahorra y vive a crédito recibe sin dar nada equivalente. Con la "desregulación", la "privatización" y la "flexibilización" del mundo laboral, el productor da y recibe al mismo tiempo cada vez menos recompensas. Los empleadores prefieren "empleados flotantes, desapegados, flexibles y sin ataduras", en definitiva "descartables" [op. cit.:22]. "El empleado ideal sería una persona que no tenga lazos, compromisos ni ataduras emocionales preexistentes y que además las rehuya a futuro" [op. cit.:23]. No estamos seguros que sean cada vez menos los que trabajan. El número de empleados puede haberse incrementado, pero en condiciones cada vez más precarias y en el sector de los servicios (en particular en Estados Unidos). No es posible negar que la Modernidad se ha vuelto "líquida", pero esto tiene su origen en el propio mundo del trabajo. No hay por qué estar forzosamente de acuerdo con el retrato que hace Bauman de la antigua "sociedad de productores", retrato que por momentos se apoya en Foucault. La antigua "sociedad de productores", que apuntaba "a la prudencia y la circunspección, a la durabilidad y la seguridad" [op. cit.:50], habría llegado casi a identificar al obrero y al soldado: "[...]la obediencia a las órdenes y el apego a las normas, escribe, el acatamiento de la función asignada y su indiscutida aceptación, el sometimiento a la rutina y la sumisión a la monotonía[.] son los patrones de comportamiento que fueron inculcados en sus miembros, en los que se los entrenaba, y que, se esperaba, aprendieran e interiorizaran" [op. cit.:79]. El pasado de la "sociedad de productores" fue también con frecuencia el del sentido de lo colectivo y de las solidaridades. Bauman asocia "la sociedad de productores y soldados", y la "fábrica y el campo de batalla" [op. cit.:80]. Contra lo que sugiere Bauman, la "era de masas" no fue únicamente la de la dominación por parte de estrategias burocráticas y panópticas destinadas a obtener disciplina y subordinación [op. cit.:48].

En vez de explorar a fondo los cambios en el mundo del trabajo, Bauman prefiere ocuparse de la "infraclase", término acuñado por Gunnar Myrdal en 1963 para anunciar la llegada del desempleo estructural [op. cit.:179], y que "evoca la imagen de un conglomerado de personas que han sido declaradas fuera de los límites con todas las clases y con la propia jerarquía de clases, con pocas posibilidades y ninguna necesidad de admisión" [op. cit.:166]. Bauman redescubre el "ejército industrial de reserva" que Marx no veía con buenos ojos. Pese a la preocupación por los "parias" y por las "vidas desperdiciadas", el sociólogo de origen polaco no puede evitar ciertos deslices: la infraclase está compuesta de "gente sin papel asignado, que no aportan nada a la vida de los demás y, en principio, sin posibilidad de redención" [op. cit.:166]. Esta "infraclase", con rasgos parasitarios, ha sido recuperada en realidad por el capitalismo: por ejemplo, para multiplicar, bajo distintas formas (en particular, la de los policías privados), la vigilancia en sociedades obsesionadas por los brotes de delincuencia. El error de Bauman consistiría en definir a esta infraclase como la de los "consumidores fallidos" [op. cit.:168]. El capitalismo puede reciclar los desechos, y no todo es "segregación, separación y marginación social progresiva" [Bauman, 1999: 9]. Lo interesante, pese a los errores de apreciación, consiste en haber descubierto que "las personas que invierten" (si en verdad es posible darles ése nombre) se han liberado de "contribuir a la vida cotidiana y la perpetuación de la comunidad", por lo que "la nueva libertad del capital evoca la de los terratenientes absentistas de antaño" [Bauman, 1999:17].

La sociología del trabajo comenzó a estancarse en los años ochenta del siglo pasado. Resultaba claro que, junto al desempleo estructural en los países centrales, el trabajo comenzaba a volverse precario. Algunos autores concluyeron demasiado rápido que la "metamorfosis del trabajo", como la llamaba André Gorz, habría de acabar no sólo con el proletariado, sino con el trabajo mismo. Gorz veía que el "neoproletariado" estaba perdiendo una posición fija en el proceso de producción y que, aparentemente, no había modo de categorizar a un conjunto de "trabajos" que no encajaban en la clase obrera, ni en ninguna otra [Gorz, 1982:78]: el de kinesiterapeuta, el de empleado de una oficina de turismo, el de "animador" de un campo de vacaciones, el de técnico en telecomunicaciones o el de programador–analista [op. cit.:78]. La existencia de este "proletariado postindustrial", nacido en buena medida de la revolución informática [op. cit.:79], no podía, sin embargo, llevar a concluir sobre el "fin del trabajo". Por el contrario, para contrarrestar la baja tendencial de la tasa de ganancia, el capital necesitaba abrirse espacios en ámbitos que hasta entonces le estaban vedados. Los empleados aumentaron, y con ellos el trabajo, aunque su precariedad le diera cierta razón a Adam Schaff cuando hablaba de que el trabajo se estaba convirtiendo en simple ocupación [Schaff, 1985: 50–51]. Schaff falló a la hora de pronosticar un futuro "sin trabajo" (por la automatización y robotización del mismo). Por aquel entonces la división internacional del trabajo únicamente se pensaba en términos Norte–Sur y muchos de los trabajos de los países centrales se estaban desplazando a los periféricos, pero la "revolución económica" de la administración Reagan en Estados Unidos pasó casi desapercibida por sus efectos: se redobló la carga sobre los trabajadores y los empleados ya no para garantizar fundamentalmente la acumulación productiva, sino para ceder a la presión de la especulación financiera y las demandas de vida a crédito. "Un hombre que toma prestado dinero" —escriben Bonner y Addison— "para su feria del gasto no contribuye en nada a la economía" [Bonner y Addison, 2006:239] (traducción del autor). El parásito –sostienen– "se nutre de su huésped cual sanguijuela. Y como todo el que chupa sangre, debe tener cuidado de no chupar demasiado. Si no, correría el riesgo de debilitar al huésped e incluso de matarlo" [op. cit.:240] (traducción del autor).

 

Claves del parásito

Ayn Rand, filósofa y novelista estadounidense de origen ruso, plasmó en su obra sobre el objetivismo una contradicción muy llamativa. Reivindicó desde obras tempranas como El manantial (que data de 1943) un tipo de egoísmo que se parece al amor propio de Smith. Rand veía un gran logro en la división del trabajo, que "capacita al hombre para dedicar sus esfuerzos a un área de trabajo en particular y comerciar con otros que se especializan en otras áreas" [Rand, 2006:46]. La autora siguió creyendo en los ideales estadounidenses de los Padres Fundadores, y sobre todo en las bondades del más sencillo intercambio monetario, de la riqueza bien habida [Rand, 1961:429–430] y del trabajo productivo, "el propósito ¿ fundamental de la vida de un hombre racional, el valor central que integra y determina la jerarquía de todos sus valores" [Rand, 2006:36]. La referencia a Rand y su liberalismo (que encarna el héroe de El manantial) no es casual: por lo menos en Estados Unidos, es de los pocos pensadores que se adentraron en lo más parecido a una antropología filosófica (sin nombrarla como tal), que el relativismo de las últimas décadas ha querido negar para no encarar, o incluso para evacuar el problema de los juicios de valor en la vida individual y social. Para Rand, quien se opuso desde mediados de los años sesenta al nominalismo [op. cit.:2] y a toda forma de relativismo [op. cit.:79], lo que distingue al ser humano de otros seres vivos y de la materia inanimada es la capacidad para formar conceptos y la existencia de una conciencia volitiva, que no es automática ni mucho menos instintiva, sino que supone una elección razonada, a favor de la vida: la alternativa a esta opción racional es el rumbo de un animal suicida [Rand, 1961:1045].

La rebelión de Atlas (publicada en 1961), una novela con poco valor literario y leída como un gran reproche al comunismo, al igual que Los que vivimos (de 1936), le permitió a la autora argumentar a favor del objetivismo en filosofía, en particular mediante el capítulo "John Galt al habla" [op. cit.:1031–1101]. Rand, por boca de Galt, se lanzó contra quienes habían acabado por creer que es moral disfrutar del trabajo de los demás sin esfuerzo propio —sin dar nada a cambio— y llevándolos por si fuera poco al sacrificio [op. cit.:1063] y al borde de la autoinmolación. El parásito, nombrado explícitamente como tal op. cit.:1063], se encuentra cerca de una actitud que resulta inhumana: sacrifica lo que (o a quien) da vida. Si no lo mata, busca corromperlo, comportamiento que se encuentra próximo de la perversión y que la novela–tratado de Rand describe muy bien [op. cit.:474]. Al ganarse el sustento sin trabajar, el parásito llega a la conclusión de que tampoco el afecto ha de ser ganado [op. cit.:489] y lo recibe sin hacerse problemas para chantajear a quien lo da.

Como Marrs, Rand intuyó la aparición de un nuevo tipo de parásitos, a la luz de sus observaciones parciales sobre la sociedad estadounidense. La autora reivindicaba al comerciante, que en términos marxistas es en realidad el pequeño productor mercantil simple: "un comerciante es un hombre que gana lo que obtiene, y no da ni toma lo inmerecido" [Rand, 2006:45]. Opuesta al "tomar como botín" [Rand, 1961: 1054], Ayn Rand distinguía en la sociedad "saqueadores" y "no saqueadores", criticaba a la economía que había reconocido únicamente al Hombre que "cabe en las ecuaciones económicas", y por este caminó constató que "los que buscan obtener beneficios inmateriales inmerecidos no son sino parásitos financieros, pordioseros, saqueadores o criminales, demasiado limitados en número y en capacidad mental para significar una amenaza mayor para la civilización, hasta que quienes buscan la grandeza inmerecida los dejan en libertad de acción y les confieren legalidad" [Rand, 2006:126]. Rand temía que tarde o temprano el parasitismo llegara a parecer algo normal.

El trabajo de Wyatt Marrs ha pasado tan desapercibido que resulta incluso difícil ubicarlo en una disciplina precisa. La primera tentación puede consistir en ver en Marrs a un "sociólogo". Sin embargo, Parásitos sociales constituye más una trama de psicología social. El texto de Marrs es el único que las ciencias sociales han producido sobre el problema del parasitismo, y data curiosamente de 1958 (la edición española se hizo en 1960), escasos años antes de que Rand escribiera algunos de sus artículos más importantes. Para Marrs, el parásito social, al que identifica ocasionalmente con un depredador, es más difícil de descubrir que el biológico. Marrs considera que "la experiencia de la especie humana ha demostrado cumplidamente que el hombre ha de ganarse el pan con el sudor de su frente" [Marrs, 1960:13]; de igual forma, el autor de Parásitos sociales considera que la cooperación es fundamental para la sobrevivencia de una sociedad: "la relación social es fundamentalmente y por encima de todo, intercambio de servicios entre individuos" [op. cit.:17]. Marrs distingue entre distintos tipos de parásitos, partiendo del hecho de que la definición del fenómeno consiste en "tomar sin dar" [op. cit.:22], con el principio de "algo por nada" [op. cit.:30]: se encuentran "los criminales" y los "mendigos habituales" [op. cit.:27], hasta que el círculo se amplíe a todos los seres "improductivos" [op. cit.:28]. "Todo aquel cuya vida está organizada de tal forma que no es capaz de compensar mediante sus servicios lo que consume o toma de los demás, cae dentro de la clasificación parasitaria" [op. cit.:28]. El lector puede remitirse a la lectura detallada de Parásitos sociales para descubrir a los "beneficiarios de la asistencia organizada", los "depredadores que toman por la fuerza o subrepticiamente", "los que viven del fraude", "los alcahuetes", los "parásitos atrincherados" y los "parásitos políticos". La pequeña obra de Marrs puede parecer a la distancia profundamente conservadora. Sin embargo, uno de los mayores aportes es el siguiente: en la medida en que una sociedad sigue rigiéndose por normas cooperativas, el parásito social se ve obligado a ocultar su verdadera naturaleza, salvo entre "los de su misma clase", porque el tomar abiertamente sin dar es visto como algo reprobable. Desaparecida la norma, lo patológico no tardará mucho en hacerse visible. Desde el punto de vista psicosocial, el interés del texto de Marrs consiste en haber descubierto cómo el parasitismo anida en un cuerpo social sano (basado en la cooperación) hasta hacerle correr el riesgo de enfermarlo. No sólo la cooperación queda destruida: con todas las formas de coerción y todas las variedades del fraude, causando desconcierto y confusión, el parásito se aprovecha de la piedad, del altruismo y de la simpatía [Marrs, 1960:30], hasta que la población desconfíe de estas mismas cualidades y el organismo social comience a verse corroído. El parásito social trata con desdén a quienes trabajan [op. cit.:33], y "la fe, la confianza e incluso la bondad no producen [...] ningún sentimiento de obligación o responsabilidad" [op. cit.:62]. No faltan el abuso de confianza y "la predisposición a explotar la ignorancia y la credulidad de los demás" [op. cit.:62].

Se está lejos de Adam Smith. No son los valores de alguna sociedad futura los que comienzan a encontrarse en tela de juicio, sino los que la burguesía ascendente reivindicaba hasta mediados del siglo XIX, incluso bajo la forma del socialismo utópico. Desde el punto de vista psicosocial, la simpatía que quería Smith puede verse debilitada y ceder el paso a la desconfianza más o menos generalizada. La armonía social que debía resultar de la cooperación en el marco de la división social del trabajo ha terminado: "un rápido crecimiento o extensión del parasitismo" —escribe Marrs— "provoca siempre una especie de parálisis que tiende a extenderse por todo el cuerpo social. El temor y la sospecha se desarrollan, la moral declina, los esfuerzos socialmente orientados disminuyen y el resultado inevitable es una desconfianza, una desunión y una desintegración crecientes" [op. cit.:244].

 

El globo, el parásito y el perverso

Dentro de la economía crítica, no ha faltado el reconocimiento de que el periodo que va desde los años noventa del siglo pasado hasta la actualidad guarda bastante parecido con la época en que Hilferding había descrito el arquetipo del sistema financiero [Chesnais et al., 2002:50]. Desde los años setenta hubo transferencias de renta espectaculares hacia los poseedores de títulos [op. cit.:23], con la conversión de ganancias de las empresas en dividendos de los propietarios [op. cit.:34], y se consolidó lo que Chesnais ha llamado un "régimen de acumulación dominado por lo financiero" [op. cit.:52], que desembocó desde los años noventa en una monumental "burbuja", centrada en Estados Unidos. Al mismo tiempo, los salarios de los estadounidenses fueron orillados a competir con los de países con salarios bajos [op. cit.:68], en particular con China. Fuera de esto, no habría mayor innovación, como no sea la de la "revolución del microprocesador", que convirtió al sector productor de información prácticamente en el único relevante de la economía estadounidense en los años noventa. Chesnais insiste en que el capital ficticio comprometido en la Bolsa no tiene la propiedad de crear nuevas riquezas [op. cit.:65], aunque para apropiarse de una mayor porción de las producidas necesita cambiar las formas de explotación del trabajo [op. cit.:51]. Para la economía crítica existe explícitamente en la economía internacional "una dominación parasitaria de la finanza sobre la economía real" [op. cit.:65], que a veces ni siquiera puede seguir el ritmo de la "succión" de recursos reclamada por los especuladores y los rentistas.

Dos respuestas han sido de mucha relevancia. En primer lugar se encuentra una nueva división internacional del trabajo que, por decirlo de algún modo, "llevó a Adam Smith a Pekín": China ha demostrado no sólo que el trabajo no ha dejado de existir, sino que pueden recrearse las formas de explotación más despiadadas en el nuevo "taller del mundo", en ocasiones peores a las del siglo XIX. En segundo lugar, y para contrarrestar la caída tendencial (no la baja efectiva) de la tasa de ganancia, consideramos que, aunque con frecuencia precarizado y con un nuevo carácter, el trabajo en general no se ha reducido a una minoría, sino que se ha ampliado cada vez más (incluyendo a mujeres y jóvenes), en particular con la incorporación del comercio y, más aún, de los servicios. De hecho, la caída de la tasa de ganancia desde finales de los años sesenta se revirtió parcialmente con un gran aumento de la productividad del capital [op. cit.:19], pero sin incremento del coste del trabajo [op. cit.:24]. Lo que probablemente haya borrado el origen de la riqueza sea una nueva división internacional del trabajo en la que Estados Unidos ha pasado a convertirse en una nación parasitaria en potencia, en particular por las características de su déficit exterior [op. cit.:66] o, en todo caso, en buena medida, en un Estado rentista. Hoy, los abultados déficit corriente y déficit comercial de Estados Unidos le permiten a este país comprar cosas que no necesita y con medios de pago que en realidad no tiene [Bonner y Wiggin, 2006:257]; Washington pide prestado sin devolver (gracias a la confianza de la que todavía goza el dólar), compra sin vender e importa sin exportar, por describir a grandes rasgos una situación inédita hasta los años sesenta del siglo XX [op. cit.:292]. Los salarios en términos reales se han estancado desde hace 30 años y no se ha construido una sola fábrica desde hace 20 años [op. cit.: 332333]. Contra el estereotipo del capitalismo protestante exitoso de Max Weber, los estadounidenses han dejado de ahorrar: el ahorro nacional neto cayó de 8% del Producto Interno Bruto (PIB) en los años setenta a 1.6 % en 2004 [op. cit.:292], y la tasa de ahorro de los hogares se ubicó este mismo año en cerca del 0% del ingreso individual (0,2%) disponible [op. cit.:292]. Los estadounidenses viven a crédito, de tal forma que un hogar promedio pasó de deber 25,892 dólares en 1987 a 101,386 dólares en 2005 [op. cit.:296]. La sociedad estadounidense produce y compite menos en la economía real, pero consume por encima de sus medios y se endeuda cada vez más para hacerlo: esto supone que de algún lado sale la I riqueza que permite el tren de vida en Estados Unidos.

Frente a la debacle de Estados Unidos, distintos autores, entre ellos los adscritos a la teoría del "sistema–mundo" (Wallerstein y otros), han intentado pronosticar el futuro del orbe. Hablar, a partir de algunos descubrimientos de la física, de la posibilidad de un largo periodo de caos, es decir muy poco y obviar, además de los esfuerzos teóricos e históricos hechos desde finales del siglo XIX. Hablar de caos es quizás una manera de no pensar un problema, o de no formular la pregunta correcta. Por otra parte, tampoco puede adelantarse, como lo hace hasta cierto punto Giovanni Arrighi [2007], sugiriendo que Marx se quedó en Detroit y Adam Smith se fue a Pekín, que China nivelará el desarrollo mundial y ofrecerá alternativas a la decadencia estadounidense. No es éste el lugar para abundar en el tema, puesto que la investigación propuesta no es económica, pero no han faltado pruebas de que China, en una nueva división internacional del trabajo que parecía impensable en tiempos de Gorz o de Schaff (si bien éste llegó a prever el ascenso chino), no es sino la otra cara de la tendencia al parasitismo estadounidense: es en gran medida, pese a la fachada de opulencia, el "rostro inhumano" de una vuelta a condiciones de trabajo y de saqueo (bien vale la pena acordarse de Rand) de los recursos (los humanos, pero también los naturales). El propio Arrighi ha admitido que la admiración por China no es a fin de cuentas una novedad, puesto que ya la profesaban Quesnay, el mismo Smith y otros, simplemente deslumbrados por el gigantismo demográfico del territorio asiático. Con el excedente comercial, China actúa cual huésped de un parásito, y a lo mejor con menos inteligencia de la que se le atribuye: coloca este excedente en dólares en el sistema financiero estadounidense para que éste pueda seguir prestando y los estadounidenses logren seguir consumiendo, entre otros, productos chinos (fabricados con frecuencia por empresas estadounidenses en China).

Si hemos propuesto otro enfoque, más interdisciplinario y en más de un aspecto cercano a una "antropología del parásito", es porque el "caos" le dice muy poco al hombre de la calle, y mucho menos lo puede orientar sobre la evolución de unas relaciones sociales que quizás se hayan vuelto patológicas. Para acercarse a la experiencia cotidiana, nombrar y describir al parásito es también abrir la posibilidad de nombrar uno de los rasgos principales del perverso, que se ha vuelto "eficaz" porque se ha banalizado. Para que exista un perverso es necesaria una época que, supuestamente por estar en contra de la censura y a favor de la tolerancia, se las ha ingeniado para rechazar cualquier establecimiento de normas, de límites morales, cívicos o religiosos que busquen gritar: "¡esto no se hace!" [Hirigoyen, 1999:14]. Para Marie–France Hirigoyen, el perverso comienza con la seducción, para influir sobre la víctima, utilizar el instinto protector de ésta, corromperla y sobornarla, y llega luego hasta la violencia manifiesta [op. cit.:79]. Con todo, "la estrategia perversa no aspira a destruir al otro inmediatamente; prefiere someterlo poco a poco y mantenerlo a disposición" [op. cit.:81], con maniobras hasta anodinas, y "excitarse" con un juego donde la víctima ofrezca resistencia, pero sin ser excesiva, con tal de prolongar la relación y seguir controlándola [op. cit.:81]. Cierto que puede haber un riesgo en un texto como el de Marie–France Hirigoyen, el de que los victimarios se hagan pasar por víctimas con los Derechos Humanos por delante. Sin embargo, la autora da en el clavo cuando sostiene que el perverso no practica la comunicación directa porque "con los objetos no se habla" [op. cit.:85], de tal modo que el mismo perverso "no nombra nada, pero lo insinúa todo" [op. cit.:86]. La autora no ha hecho más que nombrar una forma de parasitismo, y no estaría mal, para concluir, dejar dicho que no hay mensaje más perverso (por lo menos en la variante narcisista) que el que Estados Unidos y sus medios de comunicación suelen lanzar al mundo: el de pedir de los estafados la salvación del estafador. En un país con poca historia, si ha de comparárselo con otras latitudes, bien podría llegar a plantearse la necesidad de una antropología del parásito más profunda que la sugerida aquí.

 

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