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Estudios políticos (México)

Print version ISSN 0185-1616

Estud. polít. (Méx.)  n.48 México Sep./Dec. 2019  Epub June 04, 2020

https://doi.org/10.22201/fcpys.24484903e.2019.48.70418 

Ensayos

La cuestión moral en la obra de Maquiavelo. Un ensayo

Enrique Suárez-Iñiguez* 

*Doctor en Ciencia Política por la UNAM. Realizó una estancia postdoctoral en Cornell University, E.U. Profesor de Tiempo Completo adscrito al Centro de Estudios Políticos de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, UNAM. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores, nivel III.


A Alicia Suárez Iñiguez

Niccoló Machiavelli nació en 1469 en la ciudad cuna del Renacimiento, Florencia, y le tocó vivir en una de las épocas más interesantes de la historia. Como sabemos, participó en política desempeñando las funciones de su cargo como Segundo Secretario de la Señoría y escribió, en 1513, una de las obras más controvertidas jamás escritas: El Príncipe (el título original fue De principatibus, es decir, de los principados o de los gobiernos de príncipes).

Entre los admiradores de la obra encontramos figuras políticas tan relevantes como la reina Cristina de Suecia, Catalina de Médici, Carlos V, Richelieu, Napoleón Bonaparte. Seguramente se ha publicado más sobre El Príncipe que sobre cualquier otra obra política. Su lectura ha fascinado o escandalizado. Sin embargo, las interpretaciones sobre tan singular libro han variado a través del tiempo. En su siglo, el XVI, se acuñó la expresión “maquiavélico” como sinónimo de mentira, perfidia, duplicidad y crimen. La literatura de la época refleja esa concepción con claridad. En el siglo XVII se continúa con esta idea, pero Maquiavelo encuentra dos defensores de peso: Bacon y Spinoza. Lo que dijo Bacon ha tenido influencia: “Debemos mucho a Maquiavelo y a otros escritores de esta clase, los cuales manifiestan o describen claramente y sin ficción lo que los hombres hacen y no lo que debieran hacer”. Spinoza consideró al florentino como un partidario de la libertad. En el siglo XVIII empieza a cambiar la imagen del florentino, aunque todavía aparece el Anti-Maquiavelo de Federico II de Prusia con prefacio, nada menos, que de Voltaire, donde se califica a Maquiavelo con los más duros adjetivos. En el siglo XIX algunos filósofos relevantes dan una imagen completamente distinta. Hegel escribe que la obra de Maquiavelo no sólo está justificada, “sino que aparece como la verdadera concepción, elevada y magnífica, de un auténtico genio político, del más grande y más noble de los espíritus” (Cassirer, 1968: 146); en tanto que Fichte lo disculpa de las acusaciones morales que se le habían hecho. En ese siglo aparecen también las consideradas grandes monografías sobre Maquiavelo, las de Ranke, Macaulay, Sanctis, Villari y Tomassini. Desde el siglo XX ha habido múltiples intentos por reinterpretar El Príncipe desde una perspectiva más amplia y objetiva que no siempre se ha logrado.

En este ensayo me uniré a las filas de los que han sostenido que algunas de las ideas de Maquiavelo son totalmente inaceptables desde el punto de vista moral y explicaré por qué. Asimismo, sostendré que esas ideas se encuentran no sólo en El Príncipe, sino en los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, en otros escritos políticos menores y en sus despachos oficiales.

Antes de entrar en tan polémico tema, es necesario recordar brevemente las circunstancias que existieron en el tiempo de Maquiavelo. A él le tocó vivir el auge del Renacimiento. Este fue un gran movimiento intelectual y, sobre todo, artístico (el término Rinascitá fue creado por un pintor, Giorgio Vasari). El objetivo del Renacimiento era volver los ojos a la antigüedad clásica greco-latina para inspirarse en ella y revitalizar la grandeza de Roma. En lo intelectual pretendía regresar a las fuentes originales de manera directa; revivir el interés por el conocimiento, después del largo y oscuro período medieval; y adaptarse a los nuevos descubrimientos como el de América y la imprenta. En lo artístico, el Renacimiento fue un movimiento nuevo, pero basado en la belleza del arte antiguo. Nació precisamente en Florencia y de ahí se expandió rápidamente al resto de Italia y luego a toda Europa. Los florentinos ya no se contentaron con representar las escenas religiosas, sino quisieron revestirlas de belleza y grandeza, así como resaltar los dones de la vida (Gombrich, 2013). La cantidad de artistas renacentistas oriundos de Florencia es impresionante. 1

Así pues, a Maquiavelo le tocó vivir el esplendor intelectual y artístico de Florencia como a Sócrates le había tocado el de Atenas; y como el griego, Maquiavelo fue un enamorado de su ciudad. Pero en otros terrenos la situación era diferente. Según Sabine (1975: 253), Italia era presa de “la peor corrupción política y la más baja degradación moral”. En lo político -y a diferencia de los Estados monárquicos unificados de España, Francia e Inglaterra- Italia era un territorio dividido y en constantes pugnas entre las distintas ciudades -unas reinos, otras repúblicas- y entre algunas de ellas y el Papado. Con frecuencia, ellas mismas solicitaban la intervención de tropas extranjeras. La inestabilidad era cotidiana, lo que llevó a la desconfianza y al recelo. La experiencia política de Maquiavelo, como encargado de los asuntos exteriores de la República florentina, se fraguó en ese ambiente. En lo que toca a lo moral, el ejemplo más claro de degradación fue que un sujeto de la calaña de Alejandro VI fuera Papa y padre de César Borgia, así como la propia vida de este último. No son entonces tan de sorprender los juicios que aparecen en la obra política de Maquiavelo, aunque esto no signifique justificación alguna, pues el juicio moral debió prevalecer siempre.

Entremos, pues, en el problema. Algunos de los primeros intentos para esclarecer la cuestión moral fue conocer quién había sido Maquiavelo, pues originalmente se le había juzgado por lo escrito en su obra. Como resultado de ello, se llegó a la conclusión que Maquiavelo fue un hombre decente: responsable político; honrado en el manejo del dinero de la República, a veces fuertes cantidades; franco como escritor; padre de familia; creyente religioso, es decir, que Maquiavelo no fue maquiavélico. ¿Cómo entonces explicar la aparente contradicción entre el hombre y su obra? Veamos algunos de los argumentos que se han esgrimido y si éstos son correctos.

Se ha insistido, basándose en lo afirmado por Bacon, que Maquiavelo se limitó a describir lo que los hombres hacen y no lo que debieran hacer; que fue un observador imparcial de la conducta humana. Pero esto no es verdad. Maquiavelo no sólo describió sino que aconsejó enfáticamente lo que debía hacerse; tomó claramente partido; no fue imparcial en modo alguno. Baste leer muchos pasajes de El Príncipe para corroborar esto.

Cassirer (1965: 168) escribió que “es innegable que El Príncipe contiene las cosas más inmorales, y que el autor no tuvo escrúpulos en recomendar al gobernante toda suerte de engaños, perfidias y crueldades”, y a la vez sostuvo que lo que dijo Maquiavelo no fue en términos del bien y del mal, sino de lo útil para los fines políticos que pretendía. Pero si la primera afirmación es correcta, entonces la segunda no lo es. Al calificar de “inmorales” las cosas que dijo Maquiavelo, Cassirer está aceptando que se refieren al bien y al mal, pues eso es, precisamente, de lo que trata la moral.

Entonces no es cierto tampoco que Maquiavelo sólo se esté refiriendo a lo útil o necesario para el fin que pretendía establecer (cómo obtener y conservar el poder, principalmente en un Principado nuevo). Maquiavelo toca claramente lo moral. Él mismo lo dice: “Llamaría bien empleadas las crueldades (si a lo malo se le puede llamar bueno) cuando se aplican de una vez por absoluta necesidad de asegurarse y cuando no se repiten” (El Príncipe, capítulo VIII). Lo que he subrayado muestra diáfanamente que Maquiavelo se estaba refiriendo a lo moral y que era conciente de ello. Como ciudadano y como persona podía preferir el bien, pero no dudaba en aconsejar el mal para obtener y/o conservar el poder.

En El Príncipe escribe:

...pues un hombre que en todas partes quiera hacer profesión de bueno es inevitable que se pierda entre tantos que no lo son. Por lo cual es necesario que todo príncipe que quiera mantenerse aprenda a no ser bueno y a practicarlo o no de acuerdo con la necesidad (capítulo XV. Cursivas mías).

En los Discursos se lee:

Son estos medios cruelísimos, no sólo anticristianos, sino inhumanos, todos deben evitarlos, prefiriendo la vida de ciudadano a ser rey a costa de tanta destrucción de hombres. Quien no quiera seguir este buen camino y desee conservar la dominación, necesita ejecutar dichas maldades (Libro I, capítulo XXVI. Cursivas mías).

Más aún: “Está bien mostrarse piadoso, fiel, humano, recto y religioso, y asimismo serlo efectivamente; pero se debe estar dispuesto a irse al otro extremo si ello fuera necesario.” “Es preciso, pues, que tenga una inteligencia capaz de adaptarse a todas las circunstancias, y que, como he dicho antes, no se aparte del bien mientras pueda, pero que, en caso de necesidad, no titubee en entrar en el mal ” (El Príncipe, capítulo XVIII. Cursivas mías).

He de insistir que los términos utilizados por Maquiavelo, “bueno”, “maldades”, “medios cruelísimos”, “el mal”, “irse al otro extremo” (del bien) son, todos, términos morales.

Para quienes pretenden que lo dicho por Maquiavelo es sólo en su función de escritor, hay que recordarles que uno es responsable de lo que escribe y publica. Cierto que Maquiavelo no publicó El Príncipe mientras vivió (fue escrito en 1513 y publicado póstumamente hasta 1532), pero eso mismo nos debe llamar la atención. ¿Por qué no lo hizo? Quizá porque sólo lo escribió para ser leído por el gobernante -lo dedicó, como sabemos, a Lorenzo de Médici, nieto del homónimo el Magnífico- y no para publicarse, pero probablemente también porque se daba perfecta cuenta de la gravedad de lo que decía; de que aconsejaba cosas contrarias a los valores morales. No es descabellado pensarlo así. Se me dirá que sí publicó los Discursos, pero ahí los consejos “maquiavélicos” se dan con mucha menor frecuencia y no son parte central del libro; en tanto, en El Príncipe aparecen constantemente y forman parte sustancial de lo que el autor propone.

Otro argumento que se ha utilizado para excusar de culpa moral a Maquiavelo ha sido el de señalar que la política es un área distinta de la moral. Por supuesto que lo es, pero ello no indica que esté por encima o separada de ella. La moral como el Derecho son los diques que contienen a la política pues sin ellos es sólo poder en manos del que lo tiene y en perjuicio de quienes carecen de él. No se debe, en aras de la necesidad de conservar el poder, aconsejar las peores atrocidades y proponer como figura a imitar a un sujeto como César Borgia.

La admiración que tenía Maquiavelo por el duque Valentino no sólo se encuentra en El Príncipe, sino también en otros escritos políticos menores y en sus despachos oficiales. El conocido suceso de Sinigaglia, cuando César Borgia habiendo aceptado un pacto con sus rebeldes capitanes los engaña y manda estrangular, son narrados en detalle y sin censura moral alguna en la Descripción del modo que tuvo el Duque Valentino para matar a Vitellozzo Vitelli, Oliverotto da Fermo, al señor Págolo y al Duque de Gravina Orsini. ((1503( 1991). En el despacho oficial sobre el asunto que Maquiavelo envía a la Señoría, relata cómo, hacia las dos de la mañana le mandó llamar Borgia -pues se encontraba alojado en el castillo del duque en Sinigaglia- “y con la mejor cara del mundo se alegró conmigo de su éxito” (“Nicolás Maquiavelo, a la Señoría, Corinaldo, 1o. de enero de 1503”). En El Príncipe lo narra muy suscintamente y sin detalles, pero añade: “Y porque esta parte es digna de mención y de ser imitada por otros, conviene no pasarla por alto” (capítulo VII). Lo sorprendente es que para Maquiavelo nada importó el fracaso final de Borgia, ni

la extrema abyección moral a que llegó aquel miserable, quien, depuesta toda dignidad, se arrastraba literalmente a los pies del nuevo papa (Julio II( y sus validos, intentando vanamente recuperar su antigua posición. Repugnante en sí mismo este comportamiento, lo era más aún por las maldiciones que en estas escenitas echaba César al alma de su padre, en cuya cuenta quería cargar la culpa de todo (Gómez Robledo, 1973: XXI).

Por si fuera necesario añadir más evidencia de lo que sostengo, los capítulos XV al XIX de El Príncipe nos proporcionan muestras inigualables de los típicos consejos de Maquiavelo. El príncipe no debe preocuparse, nos dice, “...de incurrir en la infamia de vicios sin los cuales difícilmente podría salvar al Estado, porque si consideramos esto con frialdad hallaremos que, a veces, lo que parece virtud es causa de ruina, y lo que parece vicio sólo acaba por traer el bienestar y la seguridad (capítulo. XV).

Vuelvo a llamar la atención en que los términos virtud y vicio se refieren a lo moral.

Un príncipe, asegura Maquiavelo, no debe preocuparse por ser calificado de cruel si utiliza la crueldad para mantener unidos y fieles a los súbditos. Toda nueva dominación implica peligros y para conjurarlos no deben evitarse los actos de crueldad. Un príncipe debe ser a la vez amado y temido, pero más vale lo último. Ante todo, no debe ser odiado y para no serlo no debe apoderarse de los bienes ni de las mujeres de los ciudadanos (capítulo. XIX) ni proceder contra la vida de alguien “sino cuando hay justificación conveniente” (capítulo. XVII). Todos -afirma- alaban al príncipe que cumple su palabra y se comporta con rectitud y sin doblez, pero la experiencia demuestra en esos tiempos “que son precisamente los príncipes que han hecho menos caso de la fe jurada, envuelto a los demás con su astucia y reído de los que han confiado en su lealtad, los únicos que han realizado grandes empresas” (capítulo. XVIII). Imposible dejar de pensar, al leer estos párrafos, en la abominable figura de Ricardo III en la obra de Shakespeare. La mentira, el disimulo, la duplicidad, la perfidia, la crueldad y el asesinato, conforman la figura de Ricardo y del príncipe que propugna Maquiavelo.

Ahora bien, en moral sabemos que el fin no justifica los medios y sostener que sí es lo central en la obra política de Maquiavelo. No viene a cuento aquí que se diga que nuestro autor nunca dijo tal cosa, la idea está claramente expresada en sus libros, pero además casi lo dijo así. Al final del capítulo XVIII de El Príncipe se lee: “Trate, pues, un príncipe de vencer y conservar el Estado, que los medios siempre serán honorables y loados por todos”. En la Vida de Castruccio Castracani ((1520( 1991: 203) asevera: “nunca trató de ganar por la fuerza lo que podía ganar con engaños, porque decía que lo que da gloria es la victoria, no el modo de la victoria.” En los Discursos, después de referirse al asesinato de Remo por Rómulo, escribe:

Ningún hombre sabio censurará el empleo de algún procedimiento extraordinario para fundar un reino u organizar una república; pero conviene al fundador que, cuando el hecho le acuse, el resultado le excuse; y si éste es bueno, como sucedió en el caso de Rómulo, siempre se le absolverá (Libro I, capítulo. IX. Cursivas mías).

Nótese el eufemismo de llamar “procedimiento extraordinario” al asesinato y nótese también que aquí no se refiere sólo al Principado, sino a la organización de la República. Así pues, es lícito concluir que la necesidad de conservar el poder, en el Principado o en la República, justifica las medidas maquiavélicas. “Cuando el hecho le acuse, el resultado le excuse”. ¿No es otra forma -igualmente clara- de decir que el fin justifica los medios?

Y es ahí donde yerra Maquiavelo. No puede haber una moral para el individuo común y otra para el gobernante; una para la vida ordinaria y otra para la política. Eso lo sabía muy bien Cicerón cuando afirmó: “La recta razón es verdadera ley conforme con la naturaleza, inmutable, eterna... no necesita intérprete que la explique, no habrá una en Roma, otra en Atenas, una hoy, otra pasado un siglo; sino que una misma ley, eterna e inalterable, rige a la vez todos los pueblos en todos los tiempos (República III, 17). Esa recta razón nos hace descubrir la ley moral.

Una ley es algo absoluto: funciona para todo tiempo y lugar. Kant sostiene que la idea común del deber implica que se acepta la existencia de una ley moral válida para todo individuo. Esa ley surge no de las condiciones de la existencia o de la experiencia de un ser determinado, sino a priori como un concepto de la razón pura. Los imperativos son las fórmulas para expresar la relación de las leyes objetivas de la volición en general con la imperfección de la voluntad subjetiva de éste o aquel ser racional. Un imperativo es hipotético cuando es un medio para conseguir algo, y es categórico cuando es un fin en sí mismo.

Una ley moral es un imperativo categórico, es decir, una mandato de la razón para actuar en conformidad con algo que es bueno de por sí. No se trata de hacer algo para conseguir otra cosa, sino de obrar de determinada manera porque es buena en sí misma.

Kant sostenía que la gente común no piensa sobre el imperativo categórico en función de la máxima establecida por él -actúa siempre como si la máxima de tu acción fuera una ley universal- pero que la usa como la norma de sus juicios, a la manera de Sócrates.

Sería fácil mostrar cómo la razón humana común, con esta brújula, sabe bien cómo distinguir lo que es bueno, lo que es malo, y lo que es consistente o inconsistente con el deber... mostrando así que ni la ciencia ni la filosofía son necesarias para saber lo que uno tiene que hacer para ser honesto y bueno, y aún sabio y virtuoso” (Kant, 1986: 20).

Como los principios morales son buenos en sí mismos, se adoptan pautas de conducta para aplicarlas siempre, independientemente de las contingencias y, así, se es libre de la influencia de esas contingencias (Rawls, 1985). Por ello, Kant sostenía que somos libres cuando nos sometemos a la ley moral. El cristianismo postula lo mismo señalando que la ley moral viene de Dios.

Por supuesto, alguien podrá traer a colación lo afirmado por Weber (1967) de que hay dos éticas, la de la convicción y la de la responsabilidad, y que él sostuvo que la política se rige por la última, pero no es así. No hay dos éticas, 2 sino una sola, como hemos visto. Lo que Weber llama ética de la responsabilidad, dice Sartori (1991: 229), no es ética. En ella “nos movemos en otra esfera en la que hay que contar con los medios” y comportarnos como animales políticos. No en balde el propio Weber aconsejó: “el que quiera salvar su alma que no se dedique a la política” (1967). Por otro lado, una auténtica moral es siempre responsable.

Volviendo a Maquiavelo, me parece que sus ideas provienen de una concepción sumamente negativa y pesimista del género humano. No podría ser de otra manera. Para justificar, como él lo hace, las medidas que propone, se tiene que tener una concepción deteriorada del hombre. En El Príncipe escribe:

Porque de la generalidad de los hombres se puede decir esto: que son ingratos, volubles, simuladores, cobardes ante el peligro y ávidos de lucro. Mientras les haces bien, son completamente tuyos: te ofrecen su sangre, sus bienes, su vida y sus hijos pues... ninguna necesidad tienes de ellos; pero cuando la necesidad se presenta se rebelan... y los hombres tienen menos cuidado en ofender a uno que se haga amar que a uno que se haga temer; porque el amor es un vínculo de gratitud que los hombres, perversos por naturaleza, rompen cada vez que pueden beneficiarse; pero el temor es miedo al castigo que no se pierde nunca... porque los hombres olvidan antes la muerte del padre que la pérdida del patrimonio (cap. XVII subrayado mío).

Este pasaje dibuja con claridad el concepto de ser humano que tenía Maquiavelo. Dije Maquiavelo y no El Príncipe porque en los Discursos aparece la misma concepción:

según demuestran cuantos escritores se han ocupado de legislación y prueba la historia con multitud de ejemplos, quien funda un Estado y le da leyes debe suponer a todos los hombres malos y dispuestos a emplear su malignidad natural siempre que la ocasión se los permita...

Los hombres hacen el bien por fuerza, pero cuando gozan de medios y libertad para ejecutar el mal todo lo llenan de confusión y desorden (Libro I, capítulo III).

Por todo lo planteado en este ensayo no creo que pueda haber duda de la inmoralidad de algunas de las ideas expresadas por Maquiavelo en su obra política. En lo que a la persona toca, hemos visto que se ha dicho que Maquiavelo fue un hombre decente, pero el que escribe aconsejando y aprobando medidas como las que él propuso, no puede serlo. Uno es responsable de lo que escribe, independientemente de la finalidad del escrito. No se puede uno dividir así: el que escribe con fines políticos del hombre que lo hace.

Bibliografía

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1En el siglo XV destacan tres grandes arquitectos: Brunelleschi, Alberti y Michelozzo; dos extraordinarios escultores: Donatello y Ghiberti, y un cúmulo de pintores: Masaccio, Fra Angélico, Paolo Uccello, Gozzoli, Boticelli, Verrochio, Ghirlandaio y Perugino, entre los más importantes. En el siglo XVI, dos de los tres más grandes artistas, no sólo del Renacimiento sino del arte mundial de todos los tiempos, fueron florentinos: Leonardo y Michelangelo, además del escultor y orfebre Benvenuto Cellini y del pintor Andrea del Sarto.

2Etica y moral son lo mismo. Ethos viene del griego y significa carácter y mores en latín significa costumbres. La conducta repetida se convierte en hábito, en costumbre y el carácter se forma así. El Diccionario de Filosofía de Nicola Abbagnano en la entreda “moral” dice: “lo mismo que ética”. Una distinción que a veces se hace es la de señalar que la ética es la parte de la filosofía que estudia la moral, pero si vemos los cursos sobre la materia en universidades de habla inglesa o la bilbiografía al respecto, comprobamos que usan indistintamente ethics y moral philosophy, lo que indica que son lo mismo y se refieren a las acciones o caracteres de las personas con respecto al bien y al mal y a los principios y guías correctos de la conducta humana.

Recibido: 10 de Diciembre de 2018; Aprobado: 29 de Abril de 2019

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