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Estudios políticos (México)

versión impresa ISSN 0185-1616

Estud. polít. (Méx.)  no.45 México sep./dic. 2018

http://dx.doi.org/10.22201/fcpys.24484903e.2018.45.67129 

Artículos

Maquiavelo: el infortunio de un político renacentista

Machiavelli: the infortune of a renaissance politician

Roberto García Jurado* 

*Doctor en Ciencia Política por la Universidad Complutense de Madrid. Profesor-investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores, nivel 1. Línea de investigación: Teoría política clásica y contemporánea.

Resumen

Una de las polémicas más vivas e intensas en torno a la obra de Maquiavelo, es la definición de la fecha en que escribió dos de sus obras capitales: El príncipe y Discursos sobre la primera década de Tito Livio. Más allá de una mera curiosidad biográfica, la discusión tiene sentido, porque hay autores que perciben contenidos ideológicos muy distintos entre uno y otro texto, por lo que suponer una separación cronológica considerable entre los dos, contribuye a su argumentación. Sin embargo, en este escrito, el autor asume que la escritura de ambas obras es muy cercana, casi sincrónica, y sobre todo demuestra que el enfoque ideológico de ambas es muy similar.

Palabras clave: Maquiavelo; república; príncipe; Florencia; política

Abstract

One of the most lively and intense polemics around Machiavelli's work is the definition of the date on which he wrote two of his capital works, The Prince and Discourses on the First Decade of Livy. Beyond a mere biographical curiosity, the discussion makes sense because there are authors who perceive very different ideological contents between one and another text, so to suppose a considerable chronological separation between the two contributes to their argumentation. However, in this paper the author assume that the writing of both works is very close, almost synchronous, and above all it is demonstrated that the ideological approach of both is very similar.

Keywords: Machiavelli; republic; prince; Florence; politics

A sus poco más de 500 años de haberse escrito, El príncipe es uno de los libros más leídos de la cultura occidental y, seguramente, si circunscribimos el universo a la ciencia política moderna, no cabrá duda de que debe ser el más leído. Después de este largo transcurso de cinco siglos, es un libro que tiene vida propia, que habla por sí mismo, que independientemente de las intenciones del autor o de lo que haya querido dar a entender, cada lector se acerca a él y puede extraer sus propias ideas, formarse conclusiones y elaborar un juicio integral sobre el texto. Algo similar ocurre con los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, el otro libro fundamental de Maquiavelo, que también cumple aproximadamente 500 años, y que si bien no es tan conocido como el primero, no menos menos importante.

Sin embargo, en algunos casos, estar informado de los hechos significativos de la vida de un autor o de las condiciones en las que se realizó el texto, puede resultar de utilidad, puede ayudar a comprender más y mejor el contenido de lo escrito. Esto es lo que ocurre no sólo con estos dos libros de Maquiavelo, los más conocidos, sino también con el resto de su obra política, amplia y variada.

Evidentemente, este breve artículo no puede ofrecerse como sustituto de una biografía de Maquiavelo, ni siquiera es un intento de una biografía intelectual, sobre todo porque ya hay disponibles excelentes, reveladoras y extensas biografías sobre él. En este sentido, lo que se hace aquí es un análisis biográfico-intelectual; es decir, un análisis de los principales acontecimientos en la vida de Maquiavelo y la manera en que influyeron o pudieron influir en los planteamientos de sus escritos. Más aún, este análisis se circunscribe a lo que podríamos llamar la segunda mitad de su vida, en la cual se concentra su producción intelectual: los años que van de 1512, cuando deja de ser segundo secretario del gobierno florentino, hasta su muerte, acaecida en 1527. A diferencia de sus biógrafos más reconocidos, se ha hecho aquí una segmentación en tres etapas de este periodo que puede ayudar a entender mejor sus circunstancias personales y el contexto político: la primera, muy corta pero intensa, va de 1512 a mediados de1513, cuando cae la República de Florencia, pierde su empleo y es denigrado públicamente; la segunda, de 1513 a 1520, cuando vive serias dificultades económicas, trata de reingresar al servicio público y escribe El príncipe y los Discursos; y la tercera, de 1520 a 1527, cuando comienza a servir a los Medici, obtiene un modesto cargo público y vuelve a caer en desgracia, cuando se restaura la República de Florencia en 1527 y se le considera un enemigo de ella.

1. Caída en desgracia

El año de 1512 fue trágico en la vida de Maquiavelo y en la historia de Florencia. Ese año Maquiavelo fue destituido de su cargo como Segundo Secretario de la República de Florencia, una función que venía desempeñando desde 14 años atrás, desde julio de 1498. No obstante, debió dejar su puesto no sólo de manera abrupta, sino signado por la ignominia, ya que no sólo la Señoría, el máximo Concejo de gobierno de la ciudad, lo separó de sus funciones el 7 de noviembre de ese año, sino que tres días después le impuso una fianza de 1000 florines y le prohibió abandonar el territorio de la República. Por si fuera poco, a la siguiente semana, el 17 de noviembre, la Señoría también le impidió entrar al Palacio de Gobierno, el edificio que había sido su lugar de trabajo durante catorce años y al que ahora se le cerraba el acceso de manera denigrante (Ridolfi, 1961; Vivanti, 2013; Villari, 1958).

La tragedia que sufrió ese mismo año la República no fue menor. Poco antes de la destitución de Maquiavelo, el 31 de agosto, Piero Soderini se vio obligado a renunciar a su cargo como gonfaloniero de la ciudad, el máximo órgano ejecutivo del gobierno y a quien Maquiavelo rendía cuentas directamente. De este modo, el 1 de septiembre, Soderini abandonaba Florencia con rumbo a Siena, poco antes de que ese mismo día entrara en la ciudad el cardenal Giovanni de Medici, el jefe político en ese momento de la familia. Aunque Florencia fuese nominalmente una República, los Medici la habían venido gobernando desde 1434 como si se tratara de un patrimonio propio, de una monarquía hereditaria, control que perdieron en 1494 debido a una rebelión popular que no sólo les arrebató el gobierno, sino que los expulsó de la ciudad, dando paso así a la instauración de un verdadero gobierno republicano, al que Maquiavelo sirvió desde 1499 con entrega y lealtad. 18 años después, los Medici volvían a Florencia no sólo para habitar en ella, ni como simples ciudadanos, con la honesta intención de recuperar sus bienes mediante un pago legítimo, como presumía el cardenal Medici, sino que regresaban en realidad con el propósito de hacerse cargo nuevamente del gobierno, como antaño (Hale, 2004; Hibbert, 1979).

No obstante, para comprender el alcance de estos acontecimientos, será conveniente ponerlos en perspectiva, ya que pocos momentos en la historia de los florentinos y en la vida de Maquiavelo fueron tan aciagos como ese año de 1512.

Maquiavelo comenzó ese año desempeñando una intensa actividad militar. No sólo era el Segundo Secretario de la República, sino que también era el Secretario de los Diez de la Libertad, el órgano encargado de las cuestiones bélicas de la República. La Segunda Secretaría no estaba directamente subordinada a la primera, aunque sí tenía un menor rango y prestigio institucional. No obstante, gracias a su empeño y dedicación, Maquiavelo se convirtió en el hombre de mayor confianza del gonfaloniero, quien lo hizo su principal colaborador, su agente para llevar a cabo algunas de las más importantes tareas del gobierno. Aunque teóricamente las cuestiones diplomáticas correspondían a la primera secretaría, durante los primeros años de la administración Soderini, Maquiavelo fue el encargado de desempeñar las misiones diplomáticas más delicadas, pues había sido enviado ante el emperador, el rey de Francia, el papa y algunos de los príncipes más importantes de la península. No obstante, debido a la comprometida situación internacional en la que se encontraba Florencia en esa época, se le encomendó concentrarse en los preparativos de la defensa nacional (Viroli, 2009).

Así, desde 1506, Maquiavelo comenzó a dedicarse a la creación y organización de una milicia florentina en la que pudiera apoyarse la República para el control y resguardo de su territorio y seguridad exterior. Desde 1506 y hasta 1511 combinó casi por igual esa tarea con sus acostumbradas encomiendas diplomáticas; no obstante, desde principios de ese año de 1512 se concentró en las cuestiones militares. En esos meses no sólo continúo organizando y administrando la milicia de infantería que ya había creado, sino que a fines de 1511 acometió la tarea de crear una milicia de caballería, así como la inspección y supervisión de las fortalezas que protegían el territorio (Hörnqvist, 2002).

Este cambio notorio en las actividades centrales de Maquiavelo no era casual, pues era una consecuencia de la situación de enorme peligro por la que estaba pasando Florencia. Antes de 1494, la principal amenaza a su seguridad provenía del sur, esencialmente de Roma y de Nápoles. Estos dos estados italianos se habían convertido en su principal peligro desde 1478, el año de la rebelión de los Pazzi, una de las familias florentinas más acaudaladas. En ese año, varios miembros de esta familia concertaron con algunos otras personas una conjuración en contra de Lorenzo de Medici, el jefe en turno de esa familia, la cual desde hacía varias décadas venía controlando el gobierno de la ciudad, contando con el apoyo de una buena parte de su oligarquía, aunque no de toda, como lo evidenció esta conjuración. En ella se vio implicado el mismo arzobispo de Pisa, Francesco Salviati, muy cercano al papa, por lo que se dio por hecho que él mismo estaba enterado y de alguna manera daba su consentimiento. Sin embargo, la conjuración no tuvo éxito, y si bien asesinó al hermano de Lorenzo, él salió relativamente ileso, fortalecido incluso, pues no sólo agrupó y organizó a sus propios hombres para perseguir y castigar a los culpables, sino que también contó para ello con el apoyo manifiesto de la población. Como entre los culpables estaba el propio arzobispo, no se detuvo en consideraciones para su ejecución, lo que enfureció al papa, quien contando con el apoyo de Nápoles, su aliado, se preparó para entrar en guerra contra Florencia. Sólo el valor y la habilidad de Lorenzo resolvieron este conflicto tan riesgoso, logrando incluso establecer a partir de esos años relaciones pacíficas con estos dos Estados (Martines, 2006; Bruckner, 1983).

Desde entonces, Florencia experimentó un período de relativa tranquilidad, que terminó en 1494, cuando las amenazas y hostilidades provinieron del norte, de Francia, un reino del que Florencia era aliada, pero que tenía ambiciones anexionistas sobre otros Estados italianos, específicamente sobre Nápoles, por principio, lo que implicaba una desestabilización de toda la región.

Así fue como en 1494 el rey francés Carlos viii decidió incursionar en suelo italiano para reclamar el trono de Nápoles, para lo cual contaba, además de Florencia, con la alianza e invitación de Milán. La campaña francesa fue el disparo de salida para que otras potencias europeas intervinieran o aumentaran su presencia en Italia, tales como España, el Imperio y la propia confederación de los suizos, a quienes parecía haber instruido y beneficiado significativamente el conflicto italiano, pues observando la suerte de sus vecinos, su unión se vio fortalecida. Más aún, cuando comenzaron las guerras italianas de 1494, los suizos eran tan sólo una confederación de comarcas alpinas bastante autónomas e independientes, cuyos pobladores se alquilaban como mercenarios al mejor postor. Sin embargo, en la medida en que fue transcurriendo el conflicto, su unión se fue fortaleciendo, al grado de que para 1512 ya actuaban más unitariamente, tanto así que pudieron convertirse durante los siguientes tres años en los señores de Milán. Los italianos no hicieron lo propio, y el resultado temido y previsible fue que a raíz de ello casi todos los Estados de la península perdieron su autonomía, algunos por un largo período (Hale, 1988; Mommsen, 1948).

Fueron años de una profunda transformación de las relaciones internacionales, particularmente de las formas de vinculación y asociación política. Si bien los Estados europeos se habían aliado y confederado desde la antigüedad, en esta época las alianzas adquirieron una volatilidad y pragmatismo inusitados. En el Renacimiento, el naciente Estado moderno estrenaba su autonomía e identidad de manera profusa y, si se quiere, veleidosa; parecía estar presto y disponible para cualquier tipo de alianza, la única condición era ser que se satisficieran sus objetivos más inmediatos o transitorios. Para darse una idea de ello, bastaría con evidenciar la política de alianzas de la Santa Sede en cuatro momentos clave de esta época: 1495, 1508, 1511 y 1513. En 1495 se unió a España para echar a Francia de Italia; en 1508 se alió con Francia, España y el emperador para doblegar a Venecia; en 1511 pactó con Venecia y España para volver a expulsar a Francia; y en 1513 se alió nuevamente con Francia para combatir a España (Mattingly, 1963; Prodi, 2010).

Maquiavelo registró y transmitió crudamente la nueva realidad; percibía claramente que los príncipes bien podían negarse a cumplir la palabra dada si eso implicaba un peligro para su Estado; más aún, sentenciaba que los príncipes que desearan hacer grandes cosas debían aprender a engañar y simular. El espíritu de la diplomacia renacentista sublimado en El príncipe.

En efecto, muchas de las opiniones y juicios expresados por Maquiavelo en El príncipe y otros escritos se nutren directamente de la realidad que en esa época experimentaba Florencia. En lo que se refiere específicamente a la política internacional, Maquiavelo fue un recurrente y duro crítico de la política exterior de su patria, particularmente de la que siguió Soderini, a quien a pesar de su cercanía consideraba timorato e irresoluto. En este sentido, desde 1494 Florencia se mantuvo como tímida pero fiel aliada de Francia, a pesar de que ésta la trataba más como tributaria que como coaligada. No obstante, Florencia se mantuvo fiel y podría decirse que empecinadamente leal a esta alianza, aun cuando las condiciones internacionales habían cambiado de tal manera que ese vínculo era más pernicioso que útil. De esta manera, cuando el papa Julio II impulsó la Santa Liga de 1511 en contra de Francia e instó a Florencia para que se separara de ella y se le uniera, habría sido el mejor momento para cambiar de bando y salvar a la República; pero no lo hizo así, y dejó que la tormenta le cayera encima, con funestas consecuencias (Black, 1990; Shaw, 1993).

La misma Venecia que sufrió el embate concertado e impulsado por Julio II desde 1509 pudo recomponerse y corregir para cambiar de bando en 1511 y sumarse a los ganadores, de manera que fue el Estado italiano mejor librado de este prolongado conflicto. De tal modo, cuando los aliados se reunieron en Mantua en 1512 para acordar las consecuencias que tendría para Florencia no haberse sumado a la Liga y mantenerse fiel a Francia, se selló de manera irremediable la ruina de la República y la del propio Maquiavelo.

Como se dijo antes, después de la caída del gobierno de Soderini, el mes de noviembre fue una pesadilla para Maquiavelo. No sólo fue destituido de su cargo, sino que además se le impuso una fianza que ni siquiera pudo pagar él mismo, por lo que tres de sus amigos debieron cubrirla por él. Igualmente bochornosa fue la prohibición que se le impuso para ingresar al palacio de la Señoría, al cual sólo pudo entrar en unas cuantas ocasiones en los meses siguientes, sólo a requerimiento expreso: exclusivamente para rendir informes detallados de los fondos de que había dispuesto para el pago de la milicia, ya que se sospechaba del uso que él les había dado. ¡Él, que ni siquiera había podido pagar una fianza de 1000 florines para no ir preso! (Grazia, 1990; Montevecchi, 1962).

Sin embargo, si no pisó la cárcel por la imposibilidad de pagar la fianza que se le impuso, sí fue encarcelado tres meses después, cuando se le implicó en una conspiración para asesinar al cardenal Medici. Este complot estaba siendo planeado por Agustín Capponi y Pedro Pablo Boscoli, dos jóvenes inspirados por el republicanismo antiguo y la personalidad del malogrado fraile Girolamo Savonarola, quienes habían elaborado una lista de individuos a quienes consideraban podían invitar a un proyecto semejante, aunque sin haberlos consultado previamente. La lista cayó en manos de las autoridades, y al ver un elenco de personajes con claras antipatías hacia los Medici, y además con abiertas simpatías por la República, destacando el nombre de Maquiavelo por ambos motivos, mandaron prender a los dos autores del listado, quienes fueron encarcelados el 18 de febrero de 1513, sometidos a tormento; y luego de haber confesado su proyecto, fueron ejecutados cinco días después, el 23 de febrero. Para entonces, Maquiavelo y los otros personajes incluidos en la lista ya también habían sido encarcelados, y aunque Maquiavelo fue sometido a tortura, como los demás, no lograron arrancarle confesión alguna, pues negó consistentemente cualquier implicación en el complot (Vivanti, 2013; Janni, 1930).

Durante los mismos días en que fue apresado Maquiavelo, moría en Roma el papa Julio ii, por lo que de inmediato se convocó a un cónclave para elegir a su sucesor. El 11 de marzo fue elegido nada menos que el cardenal Medici, por lo que toda la familia, y de hecho toda la ciudad, estalló en júbilo, pues se trataba del primer papa de origen florentino en toda la historia de la iglesia católica. Por tal motivo, el nuevo papa agregó a todas las celebraciones que se estaban llevando a cabo una amnistía general en Florencia, por la que fueron liberados todos los presos, incluido el propio Maquiavelo, que había pasado en prisión las tres semanas más amargas de su vida (Hale, 2004; Hibbert, 1979).

La mayor parte de los biógrafos de Maquiavelo narran estos hechos como si él hubiera sido una víctima inerme de estas incontrolables pugnas políticas, de estas avasallantes fuerzas de la historia o de las volteretas imprevisibles de la fortuna. Pero la verdad es que Maquiavelo estaba profundamente involucrado en estos acontecimientos políticos, ya que era un agente muy activo en la vida pública florentina; y si bien como funcionario del gobierno no tenía plena y absoluta autonomía, eso no significa que no puedan imputársele algunas decisiones políticas cuestionables (Black, 1990).

Para comenzar, habría que hacer notar que si Maquiavelo fue destituido y sancionado administrativamente con la llegada de los Medici, no ocurrió lo mismo con Marcelo Virginio Adriani, el Primer Secretario de la Señoría, alguien que no sólo había ocupado ese puesto desde unos meses antes del nombramiento de Maquiavelo, sino que se intuye que influyó para que la Señoría lo eligiera como Segundo Secretario.

¿Cómo explicar tal parcialidad o inequidad? Es conveniente advertir que la República de Florencia, y el resto de las repúblicas renacentistas, enfrentaban un problema muy similar al de las democracias contemporáneas: ¿cómo hacer para que las disputas políticas y partidistas no afecten la estabilidad y neutralidad de la gestión pública? Las repúblicas renacentistas ensayaron muchas soluciones para enfrentar tal problema, como traer del extranjero al máximo responsable de la administración pública y asegurar así que fuera ajeno a las disputas y alineaciones políticas endógenas; establecer períodos muy cortos para ciertas magistraturas, con el fin de reducir su influencia; diseñar complejos y tortuosos mecanismos electorales, para asegurar con ello que no fuera tan sencillo manipular o distorsionar la selección de los funcionarios y gobernantes, etcétera. Éste era en buena medida el espíritu de la función de los Secretarios de la República de Florencia, quienes habían sido designados para prestar sus conocimientos y servicios al gobierno sin intervenir directamente en él, tratando de mantenerse al margen de facciones y partidos, al grado de que ya se habían nombrado para este cargo en el pasado a reputados humanistas, la mayor parte de los cuales habían concluido sus servicios al Estado sin mayores cuestionamientos. Sólo el arribo de los Medici al poder corrompió esa institución, al grado de que al instaurarse en 1494 la República, ocupaba la Primera Secretaría de la Señoría uno de sus partidarios más conocidos, Bartolomeo Scala, a quien se destituyó de inmediato (Garin, 1984).

No obstante, como es bien sabido, Maquiavelo no sólo se convirtió en el hombre de confianza, en el brazo derecho del gonfaloniero, sino en un consejero y asesor de primer nivel. Tal era la influencia del Segundo Secretario, que después de una larga insistencia convenció en 1506 al gonfaloniero y a la Señoría de reclutar una milicia, un ejército popular, de la cual se convirtió en el organizador y administrador, con la esperanza de que emulara las glorias del antiguo ejército romano, del cual era un franco y entusiasta admirador. Ya que tiempo atrás, en 1502, se había conferido el nombramiento vitalicio al gonfaloniero Soderini, el disponer ahora de un ejército popular que él mismo había reclutado, por consejo de Maquiavelo, le daba un grandísimo poder. Ante los ojos de los ottimati, la oligarquía florentina, Soderini estaba construyendo sólidas bases para una tiranía, apoyado por su secretario Maquiavelo, percepción que quedó bien grabada en su memoria, al grado que desde entonces lo miraron con recelo y animadversión (Lukes, 2004; Hörnqvist, 2002).

No sólo Marcelo Virginio Adriani había conservado su puesto como Primer Secretario con el nuevo gobierno de los Medici de 1512, sino que también dos personajes muy importantes en la vida de Maquiavelo lograron algo similar. El primero de ellos fue Francesco Vettori, uno de sus amigos más entrañables, cuya correspondencia con él ha constituido una valiosa fuente de información no sólo sobre la vida de Maquiavelo, sino sobre sus opiniones y juicios políticos. Vettori había sido embajador ante el emperador Maximiliano en los tiempos de la República, en 1507, y después, ya en el período Medici, lo fue ante el papa; es decir, una continuidad tal vez no fortuita. Algo muy similar ocurrió con Francesco Guicciardini, otro de sus amigos íntimos, quien también había sido nombrado embajador ante España en 1511, y luego siguió ocupando diversos cargos durante el gobierno de los Medici, al grado de ser nombrado gobernador de la Romaña por Clemente vii, el segundo papa Medici. Incluso, el gonfaloniero Soderini, que había sido expulsado de Florencia con la llegada de los Medici, pudo establecerse después en Roma durante el papado de León x, en donde vivió sin mayores sobresaltos hasta 1522, poco después de la muerte de León (Gilbert, 1984; Maquiavelo, 2013).

Como puede observarse, tal vez no sea sólo el infortunio lo que explique la salida de Maquiavelo del gobierno de Florencia en 1512, como tampoco haya sido sólo infortunio el encontrarse en una lista de personajes contrarios a los Medici elaborada por un par de conspiradores. Incluso algunos de sus biógrafos han asegurado que los Medici tardaron mucho en olvidar la mala cara que les había plantado el Secretario al encontrárselos en la Corte francesa (Capponi, 2010).

Es probable que Maquiavelo no haya tenido otra alternativa más que servir en todo lo que le solicitara Soderini, pero no deja de surgir la duda sobre las posibilidades a su alcance de salir mejor librado de esa situación.

2. El arsenal de un escritor político

El periodo que va de 1513 a 1520 es de enorme importancia en la historia de la ciencia política, porque en él se producen dos de sus más grandes textos: El príncipe y los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, ambos de Maquiavelo. Ciertamente, en este mismo período Maquiavelo escribe otras dos obras de gran relevancia: Del arte de la guerra y La mandrágora; no obstante, para los propósitos de este escrito, que son esencialmente de análisis político, es conveniente concentrarse sólo en los primeros (Sasso, 1980).

Por otro lado, éste es un período de enorme importancia también para la historia política de Italia, ya que en él se desarrollan y maduran los procesos que iniciaron en 1494 con la incursión armada del rey francés en la península, mismos que desencadenaron la intervención más abierta de las otras grandes potencias europeas del momento, España y el Imperio, y que terminaron por provocar lo que Maquiavelo tanto temía y advertía: la cancelación de la autonomía e independencia de los Estados italianos y el bloqueo consecuente de las vías que podrían conducir a la formación de un Estado nacional que los uniera (Elliot, 1990; Maurois, 1960). En el plano internacional se produjeron dos acontecimientos que alterarían sustancialmente la situación de Europa e Italia. Uno de ellos fue el nombramiento del cardenal Giovanni de Medici como papa en 1513 y el otro la asunción del emperador Carlos v al trono de España en 1516.

En primer lugar, cuando el 9 de marzo de 1513 se eligió como nuevo papa al cardenal Giovanni de Medici, se produjo una alteración esencial en el escenario político italiano. El cardenal Medici había desempeñado un papel protagónico en el derrumbe del gobierno republicano de 1494-1512, pues desde que Francisco i sustituyó a su primo Carlos VIII en el trono francés en 1498, había hecho una presencia constante en su Corte para intentar deslegitimar al gobierno florentino y que se le retirara cualquier apoyo. Sin perder tiempo, los Medici habían realizado la misma labor en la Corte española, y el cardenal había completado toda su influencia ante el papa Julio ii con idéntico objetivo. La laboriosidad de los Medici y el empecinamiento del gobierno de Florencia de no renunciar a su alianza con Francia y unirse a la Santa Liga que Julio ii convocó en 1511 para expulsar a Francia de Italia, produjeron un efecto demoledor en la posición internacional de Florencia. Con tal estado de cosas, el Congreso de Mantua, al que convocaron los coaligados triunfantes, tuvo casi como único propósito derribar al gobierno florentino y solicitar la readmisión en la ciudad de los Medici, en principio como meros ciudadanos particulares, aunque en realidad no necesitaban nada más que eso para volver a ocupar su antigua posición social y consecuentemente controlar el gobierno (Hibbert, 1979; Schevill, 1961).

Una vez que el Congreso encomendó al virrey Cardona esta misión, el mismo cardenal Medici se encargó de proporcionar los únicos dos cañones con que contó la exigua expedición, mismos que fueron determinantes para la toma de Prato, en las afueras de Florencia. Esto desató tal conmoción en la ciudad, que Soderini creyó que su única opción era huir, decretando de un modo tan innoble el fin de la República.

Como puede observarse, los Medici no fueron pasivos o casuales beneficiarios de la caída del gobierno republicano, sino sus patrocinadores y agentes decisivos. Tan es así, que apenas unas horas después de la huida de Soderini, el cardenal Medici hacía su entrada triunfal en la ciudad, atrayendo y concentrando en sí toda la atención pública, misma que rápidamente se transformó en autoridad política. De este modo, casi de inmediato, se proyectó y llevó a cabo toda una transformación política que desplazó a las instituciones republicanas que se habían venido creando desde 1494, con el fin de rescatar y restablecer las que habían existido antes de ese año, las correspondientes a la época clásica de la hegemonía medicea, permeables al dominio oligárquico.

Siendo esta la situación de Florencia a comienzos de 1513, la elección del cardenal Medici como nuevo papa no hizo sino acrecentar el poder de alguien que ya era príncipe de facto de uno de los Estados italianos más fuertes. Así, en unos cuantos meses, Florencia no sólo perdió sus libertades republicanas, sino también su autonomía estatal, pues desde entonces se convirtió en un satélite de la política de la Santa Sede, en un instrumento de los dos papas Medici que prácticamente sin interrupción gobernaron Roma desde 1513 hasta 1534 (Partner, 1979).

En segundo lugar, Fernando el católico murió en 1516 y ese mismo año lo sucedió su nieto, el futuro Carlos v, quien debido a la política de matrimonios típica de las Cortes europeas de la época heredó una gran cantidad de posesiones que le permitieron convertirse en emperador de los dominios territoriales más extensos de la época moderna (Chabod, 1992). En una famosa carta del 9 de abril de 1513, Maquiavelo criticó duramente la tregua que Fernando había firmado con Francisco i, considerándola un absoluto error, pues consideraba que estaba desperdiciando la oportunidad de reducir efectivamente su capacidad de maniobra. En esta carta decía: “el rey católico no es el hombre que se dice en cuanto a astucia y prudencia” (Maquiavelo, 2013: 82), dejando entrever su absoluta desaprobación de la ruta que había tomado.1

Con esta famosa carta, Maquiavelo inició un intercambio epistolar con Francesco Vettori sobre la política internacional del momento, el cual resulta apasionante y revelador, sobre todo porque Vettori se encontraba en ese momento desempeñando la representación diplomática de Florencia ante la Santa Sede. Es una verdadera lástima que el interés u oportunidad de tratar esta materia no haya durado mucho tiempo, poco menos de dos años, pues aunque la correspondencia entre ambos continuó, los asuntos tratados variaron, por lo que no quedó registrada una opinión específica de Maquiavelo sobre Carlos v ni sobre el naciente imperio español.

En el plano personal, Maquiavelo se vio sumido en un profundo desánimo y frustración desde el mismo momento en que fue liberado de la prisión, al grado de que decidió alejarse de la ciudad y refugiarse durante los siguientes meses en su finca de San Andrea en Percussina. No obstante, prácticamente al día siguiente que salió de prisión, inició la correspondencia con Francesco Vettori, con quien -como ya se ha señalado-trataba los asuntos más diversos, desde las cuestiones más serias y candentes de política internacional, hasta las ocupaciones más cotidianas y privadas, como las aventuras amorosas de ambos, constituyendo una fuente de información muy valiosa no sólo para sus biógrafos, sino para todo aquél que tenga interés en las cosas relacionadas con este autor.

A la correspondencia con Vettori se debe, por ejemplo, la famosa carta que escribió el 10 de diciembre de 1513, en donde le comunicaba que había escrito un opúsculo sobre el Principado, El príncipe. Esta información ha sido la fuente más importante para ubicar temporalmente, con cierta precisión, el momento en que escribió su famoso libro. Del mismo modo, a través de esta correspondencia sabemos que prácticamente desde el primer momento en que fue liberado, no pensó en otra cosa sino en la manera de volver a ser admitido en el servicio público, o bien ser empleado directamente por los Medici, que desde un cierto punto de vista podía deducirse como un equivalente de trabajar para el gobierno de Florencia (Chabod, 1994; Baron, 1993).

No obstante, más allá de sus problemas personales y familiares, o incluso de los devaneos amorosos, no carentes por supuesto de interés y relevancia, lo que resulta de la mayor importancia en este periodo son las circunstancias y pensamientos que acompañaron la creación de sus dos famosos libros, El príncipe y los Discursos.

Una de las polémicas que ha recibido gran atención es la ubicación cronológica de estas dos obras. Como se ha señalado, a partir de la carta que le escribió a Vettori el 10 de diciembre de 1513, se tiene la certeza de que El príncipe se concibió antes de esa fecha, aunque no esté del todo claro si se concluyó íntegramente en ese año, pues en la misma carta se dice que lo seguía detallando, lo que no permite esclarecer si se trataba de ajustes mínimos o significativos, o incluso de adiciones o modificaciones sustanciales.

Así, como se advierte, aunque puede considerarse éste un indicio cronológico relevante para definir la fecha aproximada de composición del libro, no es concluyente. Del mismo modo, cuando en el primer párrafo del segundo capítulo de El príncipe dice “Dejaré a un lado la cuestión de las Repúblicas por haber razonado extensamente de ellas en otro lugar” (Maquiavelo, 2010: 48), puede intuirse con bastante seguridad que se está refiriendo a los Discursos, aunque no se tiene la certeza tampoco de que ese comentario existiera desde antes de diciembre de 1513; es decir, que bien podría ser una modificación de las que realizó después, tal vez incluso hasta 1516, cuando lo entregó como obsequio a Lorenzo de Medici. Así, irremediablemente, el momento exacto de la composición de ambos textos permanece bastante incierto.

A raíz de estos escasos indicios cronológicos, se generaron dos famosas interpretaciones consideradas clásicas: una de Friedrich Meinecke, quien planteó que Maquiavelo había escrito tan sólo los primeros 11 capítulos de El príncipe antes de diciembre de 1513, añadiendo después el resto; y la otra es de su discípulo, Federico Chabod, quien sostenía que Maquiavelo había comenzado a escribir los Discursos en 1513, interrumpiéndolos hacia el capítulo 17 o 18, para concentrarse en la escritura de El príncipe, que dejó prácticamente concluido ese mismo año. A estas dos posturas y a la polémica que implican, se han venido sumando otras ingeniosas y sugerentes interpretaciones como las de Gilbert, Baron o Hexter.

No obstante, más allá del logro historiográfico e interpretativo de fijar la ubicación exacta del momento en que Maquiavelo escribió estas dos trascendentes obras, el fondo de la reflexión y discusión debía ser no sólo cronológico, sino fundamentalmente teórico o incluso ideológico, es decir, más allá de la fecha de su composición. Sería más importante discutir si de verdad los Discursos tratan exclusivamente de las Repúblicas, sin considerar en modo alguno a los Principados; y si la manera en que Maquiavelo trata de ellos en El príncipe es inédita, ajena incluso al resto de su obra, incluidos los propios Discursos (Meinecke, 1997; Chabod, 1994; Baron, 1993; Gilbert, 1977ª; Hexter, 1956; y Villari, 1958).

Sobre esta discusión existen también dos posturas clásicas contrapuestas. Una es la del biógrafo seminal de Maquiavelo, Pasquale Villari, quien plantea que ambas obras están imbuidas del mismo espíritu, de la misma intencionalidad; mientras que Hans Baron, el gran especialista en el humanismo renacentista, considera que “por el tiempo transcurrido entre ambas obras se produjo un cambio de opinión notable, por lo que los Discursos tienen un espíritu republicano ausente en El príncipe” (Baron, 1993: 346).

En esta polémica de mayor trascendencia y significación para el pensamiento político moderno, resulta mucho más convincente y sustentable la interpretación de Villari, aun cuando vaya en contra de la interpretación tradicional tan arraigada en la conciencia moderna sobre la distinta, incluso antagónica, intención de estas dos obras. Así, no sólo cabe afirmar con Villari que el estilo objetivo y la perspectiva ideológica de ambos textos es muy similar, al grado de que si se analizan con atención los Discursos podrán encontrarse en ellos los elementos básicos y característicos de El príncipe.

Ciertamente, se ha difundido y aceptado la versión tradicional de que Maquiavelo se ocupa en los Discursos en exclusiva de las Repúblicas; sin embargo, no es así precisamente, ya que si bien aquí su foco de atención principal son las Repúblicas, cuando lo requiere, cuando necesita comparar o contrastar, habla sin reparo alguno y de manera amplia de los Principados, de las ventajas que éstos llegan a tener en ciertas circunstancias frente a los gobiernos republicanos y de la conveniencia de echar mano de ellos si es necesario para la conservación o estabilidad del Estado. Acaso la interpretación tradicional de Maquiavelo haya asumido sin matiz alguno lo que se decía en las primeras líneas de El príncipe: “Todos los Estados, todos los dominios que han tenido y tienen soberanía sobre los hombres, han sido y son repúblicas o principados” (Maquiavelo, 2010: 47), dando por hecho que se trataba de dos categorías excluyentes y polarizadas, sin gradaciones, sin que la una se pudiera acercar, mezclar y confundir con la otra.

Para documentar esta apreciación, bien podrían extraerse algunos pasajes de los Discursos y demostrar que si no se hace evidente su pertenencia, sin duda podrían considerarse parte de El príncipe, no textos extraídos de un discurso radicalmente republicano. Como ejemplo, véanse estos tres extractos de los Discursos que se refieren a temas fundamentales del pensamiento de Maquiavelo: la naturaleza humana, el buen uso de la crueldad y el recurso al engaño o simulación por parte de los gobernantes.

  1. Si es prudente y virtuoso (el fundador de una república), también evitará dejar en herencia a otro la autoridad que ha conseguido; pues como los hombres son más inclinados al mal que al bien, podría su sucesor usar ambiciosamente aquello que él ha empleado virtuosamente (Maquiavelo, 2005: 61).

  2. [...] ningún hombre sabe ser honorablemente malo o perfectamente bueno, y cuando un acto malvado tiene alguna grandeza o encierra cierta generosidad, no saben llevarlo a cabo (Maquiavelo, 2005: 106).

  3. [...] en las deliberaciones en que está en juego la salvación de la patria, no se debe guardar ninguna consideración a lo justo o lo injusto, lo piadoso o lo cruel, lo laudable o lo vergonzoso, sino que, dejando de lado cualquier otro respeto, se ha de elegir aquel camino que salve la vida de la patria y mantenga su libertad (Maquiavelo, 2005: 433).

Existen muchos pasajes de este tipo en los Discursos que podrían extraerse para demostrar que bien podrían encajar en el texto y espíritu de El príncipe. Más aún, Maquiavelo no veía sus dos obras como contrapuestas o ajenas la una de la otra, pues en los Discursos remite clara y directamente a El príncipe para demostrar una de sus aseveraciones:

Y los príncipes no sólo rompen las promesas forzadas en cuanto deja de ejercerse la fuerza, sino que tampoco observan las demás promesas cuando desparecen las causas que les empujaron a hacerlas. Si esto es digno de aprobación o no, y si un príncipe debe comportarse así o no, es algo que he discutido extensamente en mi tratado sobre El príncipe, por lo que ahora no entraré en esa cuestión (Maquiavelo, 2005: 435).

Como puede observarse, jamás abdicó o se incomodó de las opiniones que vertió en El príncipe, nunca ocultó este libro debajo de la mesa, pues no veía necesidad o conveniencia alguna de hacerlo.

Si se da un paso más en este sentido y se pone atención a su correspondencia, podrá observarse que también existe plena congruencia entre las opiniones que expresaba abiertamente a sus amigos y las opiniones vertidas en El príncipe. Y para muestra, basten estos dos botones:

  1. [...] a los hombres primero les basta con poder defenderse a sí mismos y no ser dominados por otros, y de esto ascienden después a ofender y querer dominar a otros (Maquiavelo, 2013: 117).

  2. [...] no hay cosa más necesaria para un príncipe que gobernarse con sus súbditos y con sus amigos y vecinos de manera de no volverse odioso, ni despreciable, y si con todo tiene que dejar uno de estos dos, que descuide el odio, pero guárdese del desprecio (Maquiavelo, 2005: 184).

En resumen, por lo que se ha expuesto anteriormente, más allá del interés historiográfico o biográfico que tendría que ubicar el momento preciso de la escritura de las dos obras fundamentales de Maquiavelo, lo más importante es percatarse de la unidad de su pensamiento y perspectiva; de la congruencia de sus opiniones en uno y otro registro discursivo, y de su clara y absoluta conciencia sobre las implicaciones de los juicios que estaba emitiendo. Si se hace esto, fácilmente podrá desideologizarse la obra de Maquiavelo, al menos de la manera en que frecuentemente se la ha concebido, o sea, haciéndolo pasar como un republicano romántico, por un libertario idealista al que le resultaban inimaginables las tiranías.

Ciertamente, Maquiavelo prefería los gobiernos republicanos frente a los monárquicos, pero reconocía sin pena o dificultad alguna las ventajas y aportaciones de los gobiernos principescos, útiles no sólo como un eslabón o escalón en el ascenso hacia la vida republicana, sino como un recurso válido e imprescindible para una República ya establecida, incluso como un medio o instrumento para resolver los problemas inherentes a la vida pública de esta forma de gobierno. Para Maquiavelo, Principado y República debían ser dos recursos siempre disponibles para buscar el mejor orden político de una sociedad enfrentada recurrentemente a circunstancias cambiantes.

3. Regreso sin gloria

En 1520, Maquiavelo tenía 51 años, y aunque para los estándares de la época ya era un hombre maduro, iniciaba una etapa de intensa actividad laboral e intelectual, que incluyó su regreso al servicio público de Florencia, el cual resultó muy breve, pues se vio interrumpido por una nueva convulsión política y por su propia muerte, que ocurrió en junio de 1527.

No obstante, en esta última etapa de su existencia se vio sorprendido por una serie de paradojas e ironías de la vida; contingencias que él mismo había observado y analizado en sus escritos basándose en la vida de otros, y que ahora le tocaba experimentar en carne propia, sintiendo de manera personal e íntima los rigores de la fortuna y de la inmutabilidad de la naturaleza humana que él mismo había pregonado.

Así, en los últimos años de su vida se enfrentó al menos con estas cinco paradojas:

  • 1.Como se ha dicho ya, Maquiavelo era un agudo y pertinaz crítico de los Medici, a quienes culpaba, entre otras cosas, de haber sofocado las libertades de la República florentina; pero una vez caída la República de 1494-1512, no vio otro remedio que buscar ponerse al servicio de esta familia.

  • 2. De la misma manera, como dejó ampliamente documentado en los Discursos y en la Historia, también era un acérrimo crítico de la iglesia y de la religión cristiana; a la cual no sólo terminó sirviendo, sino volviéndose además un devoto cristiano.

  • 3. Asimismo, como planteó reiteradamente en El príncipe, los Discursos y Del arte de la guerra, confiaba poco o llegaba a desaconsejar absolutamente el recurso de las fortalezas como mecanismo defensivo de un Estado; sin embargo, su reincorporación plena al servicio público de Florencia se dio así, como Secretario de la Magistratura encargada de ello.

  • 4. Por otro lado, en su correspondencia puede encontrarse también evidencia de que se consideraba un buen conocedor de los asuntos del Estado, cuyo aprendizaje lo debía tanto a la lectura de los grandes estadistas de la antigüedad, como a su propia experiencia política durante los años que sirvió como Secretario de la República; sin embargo, durante la última etapa de su vida tuvo que emplearse como intermediario y operador de asuntos comerciales y financieros.

  • 5. Finalmente, como también dio testimonios múltiples, era un leal patriota y sincero partidario del gobierno republicano, cuyo efecto favorable sobre los hombres y la sociedad consideraba incontrovertible; no obstante, las últimas semanas de su vida experimentó el más amargo desprecio por parte de sus conciudadanos, quienes no sólo lo consideraban un servidor de los odiados Medici, sino que también sabían que era el autor de El príncipe, un escrito que desde entonces la sensibilidad popular consideró pura y simplemente un breviario de tiranos (Ridolfi, 1961; Villari, 1958; Capponi, 2010; Vivanti, 2013; Grazia, 1990).

Por lo que se refiere a la primera paradoja de su vida en esta etapa, después de poco más de siete años de penurias y dificultades económicas, su suerte comenzó a cambiar en marzo de 1520. En ese mes logró entrevistarse con el cardenal Giulio de Medici, el primo del papa, a quien al parecer le causó una buena impresión, pues poco después, en julio, le hizo un primer encargo, consistente en dirigirse a la ciudad de Lucca con el fin de cobrar una deuda. No obstante, la complejidad del caso hizo que la permanencia de Maquiavelo se prolongara varios meses, hasta septiembre, tiempo durante el cual escribió una pequeña obra, muy importante aunque muy controvertida: la Vida de Castruccio Castracani (Maquiavelo, 1991; Sasso, 1980; Bondanella, 1972)

Poco después de su regreso a Florencia, el cardenal le hizo otro encargo de mucha mayor importancia y especialización, consistente en redactar una opinión sobre la mejor manera de reorganizar el gobierno tras la reciente muerte de Lorenzo de Medici, el Discurso sobre reordenar las cosas de Florencia (Maquiavelo, 1991). A este breve escrito generalmente no se le da la importancia que tiene, la cual está íntimamente relacionada con la discusión referida en la sección anterior sobre su teoría de las formas de gobierno, en específico sobre la relación entre el Principado y la República.

En ese Discurso, Maquiavelo trató de resolver un problema complejo tanto para Florencia como para sí mismo, pues debía ofrecer una propuesta que satisfaciera tanto a sus patronos, los Medici, que habían gobernado la ciudad desde hacía casi un siglo como si se tratara de una monarquía hereditaria, y que al mismo tiempo se ajustara a sus convicciones republicanas y a su evaluación de la sociedad política florentina, que desde su juicio estaba madura y ávida también de libertades políticas, como había quedado demostrado con la vida republicana que llevó entre 1494 y 1512. Un dilema nada fácil de resolver. No obstante, Maquiavelo ofreció una solución que rebasaba el mero compromiso político y resultaba hasta cierto punto congruente y asequible en las circunstancias políticas que se estaban viviendo: propone crear una estructura de gobierno republicano que funcionara en la realidad como un gobierno principesco al mando del papa León x, al cual sucedería el cardenal mismo. Debido a que con el cardenal se extinguía la línea masculina de la dinastía de Cosme el Viejo, Maquiavelo proponía que a su muerte entraran en función las instituciones republicanas ya creadas, pero hasta ese momento, sólo latentes, dando paso así a un verdadero gobierno popular.

¿Complicado, artificioso, inviable? Tal vez había algo de ello ¿Mero oportunismo político? Tal vez no, quizá Maquiavelo juzgaba que en las condiciones prevalecientes, mientras existiera en la ciudad una personalidad tan descollante como la del papa, o la del cardenal, estaba completamente bloqueada la ruta hacia un gobierno republicano. Sin embargo, bien podía aceptar que a modo de testamento y una vez que hubiese desaparecido sin descendencia directa, la ciudad transitara pacíficamente hacia otra forma de gobierno. La historia está llena de ejemplos de príncipes prudentes que han cedido espacios a nuevas instituciones y prácticas políticas cuando se han visto constreñidos. Maquiavelo podía haberse detenido al término de la primera parte de su propuesta, una vez que se hubiese descrito el gobierno principesco cubierto de ropaje republicano, tal y como funcionó Florencia durante todo el siglo XV; pero no lo hizo así, quiso explorar alguna posibilidad adicional. En vista de las circunstancias de la ciudad, poco había que perder.

Seguramente las opiniones de Maquiavelo no incomodaron al cardenal, al grado de que al año siguiente, a fines de 1521, le encargó la composición de una historia de Florencia, para lo cual estaría contratado por un período de dos años, mismos que se prolongaron hasta 1525, cuando la concluyó y entregó al propio cardenal, que se había convertido en papa desde 1523, el papa Clemente vii, el segundo papa Medici, quien quedó tan complacido, que le otorgó una compensación económica adicional. Maquiavelo murió dos años después, y a su muerte sus conciudadanos lo consideraban un fiel servidor de los Medici, una forma de recordarlo que seguramente no le habría agradado (Maquiavelo, 2009).

Tanto en los Discursos como en la Historia quedó plenamente documentado el juicio crítico e implacable que Maquiavelo realizó sobre la iglesia católica. Seguramente esa actitud crítica databa de mucho antes, pues en una de las primeras cartas que se conservan de él, dirigida a su amigo Ricardo Becchi el 9 de marzo de 1498 (Maquiavelo, 2013: 438), hacíaun juicio muy crítico del fraile Savonarola, a la sazón líder moral y político del gobierno republicano de Florencia; juicio que podría extenderse sin muchas objeciones al resto de la iglesia. Sin embargo, seguramente jamás imaginó que en el futuro serviría a los máximos jerarcas eclesiásticos, incluido el mismo papa (Viroli, 2010).

Cosme el Viejo y Lorenzo el Magnífico, los dos miembros de la familia Medici que fundaron y arraigaron la dinastía y que gobernaron Florencia durante una buena parte del siglo XV, se mantuvieron lejos de la iglesia católica. Esto no implicaba que no trataran de mantener buenas relaciones con ella, pero no recurrieron a los curas ni a los padrenuestros para conseguir su poder ni afianzarlo. Incluso Lorenzo llegó a confrontarse de manera severa con Savonarola, cuando éste era sólo prior del convento de San Marcos. No obstante, lejos habría estado de sus pensamientos la idea de que un día los Medici utilizarían a la iglesia como plataforma para recuperar el poder en Florencia, y menos aún habría creído que el gobierno de Florencia estaría supeditado a la Santa Sede, así fuera como efecto de que un Medici ocupara el solio pontificio (Corkery and Worecester, 2010).

Sin embargo, desde que fueron expulsados de la ciudad en 1494, los Medici encontraron una base alternativa de poder en la iglesia, a través de uno de sus miembros, el cardenal Giovanni de Medici, a quien su padre, Lorenzo el Magnífico, lo había hecho purpurado desde los 13 años gracias a un acuerdo alcanzado con el papa Inocencio viii. Durante la República florentina de 1494 a 1512, ésta fue la base de poder más firme de la familia, que se acrecentaría de forma descomunal cuando Giovanni fue elegido papa en 1513, acontecimiento festejado no sólo por toda Florencia, sino también por el mismo Maquiavelo, ya que fue gracias a la amnistía decretada por el novel papa que salió libre (Hale, 2004).

De este modo, cuando fue llamado por el cardenal Giulio de Medici en 1520 para satisfacer diferentes encargos, se encontró con que se componía de dos asuntos que más le repugnaban: a la familia florentina que más daño había hecho a las libertades republicanas; y a la iglesia católica, que a su juicio tantos males había causado no sólo a Florencia sino a toda Italia, incluso a los creyentes (Maquiavelo, 2005).

Pero el bochorno y la ignominia no pararían allí. En 1521, cuando la Señoría lo envió a Carpi para negociar ante la orden de los frailes menores la autonomía administrativa de los frailes radicados en la Toscana, se le encomendó además que consiguiera a un afamado predicador para llevarlo a Florencia en la Pascua, lo cual, evidentemente, no le causó gracia alguna.

No obstante, más allá de este contacto con las instituciones de la iglesia católica, inevitable debido a la época y su desangelada situación, lo que verdaderamente llama la atención es que hacia el final de su vida se volviera un devoto cristiano; que se haya afiliado a las congregaciones religiosas de su vecindario; que él mismo haya escrito una doliente Exhortación a la penitencia; que incluso haya admitido los santos óleos antes de morir. Un final difícil de creer para un ateo irredento, como la posteridad lo recuerda (Viroli, 2009; Capponi, 2010).

En tercer lugar, aunque Maquiavelo comenzó a servir a los Medici desde 1520, lo hizo como consejero externo o como escritor a sueldo, es decir, no desempeñando cargo público alguno.

No fue sino hasta 1526, cuando se creó la magistratura de los Cinco de las murallas, que se le contrató como Secretario; sólo hasta entonces volvió a desempeñar propiamente una función pública, que era lo que había buscado desde 1512, cuando fue despedido de su cargo como Segundo Secretario de la Señoría. No obstante, su nuevo empleo tenía un rango mucho menor y estaba al servicio de una magistratura cuya función no consideraba ni la más pertinente ni la más relevante. Habiendo tenido la experiencia de la organización militar en la época de la República, y sobre todo siendo el autor del ya para entonces conocido y halagado Del arte de la guerra, en el que consideró poco útiles o incluso inconvenientes las fortalezas para la defensa de un Estado, se podrá tener una idea del escaso entusiasmo que despertaría en él este encargo (Mallett, 1990; Maquiavelo, 2000).

Ya unos meses antes se había llevado otro serio revés en las cuestiones militares, pues había llegado a convencer al papa de la necesidad de levantar una milicia en la región de la Romaña, con el fin de que la Iglesia tuviera un ejército confiable y disponible en todo momento. Aceptando en principio su propuesta, el papa lo envió ante el gobernador de la Romaña para que le expusiera su proyecto. Éste era nada menos que Francisco Guicciardini, otro de los pilares del pensamiento político florentino del siglo XVI, de quien era además amigo muy cercano. No obstante, Guicciardini consideró el proyecto inviable, y hasta peligroso, pues consideraba que los pueblos que habitaban la Romaña le guardaban muy poca lealtad a la Iglesia, por lo que armarlos y organizarlos implicaba un evidente y enorme riesgo (Gilbert, 1984).

En cuarto lugar, como se ha dicho ya, en 1520 Maquiavelo fue llamado por el cardenal Medici para desempeñar una función esencialmente pecuniaria, consistente en el cobro de una deuda a un mercader llamado Miguel Guigui, que habitaba en Luca. Ya un par de años antes, en 1518, un grupo de mercaderes florentinos le había pedido que fuera a Génova a realizar una serie de gestiones del mismo tipo, por lo que muy probablemente la noticia del encargo llegó a oídos del cardenal, quien lo consideró con la experiencia necesaria para el caso.

No obstante, Maquiavelo había expresado claramente no saber nada de asuntos comerciales o financieros,2 lo cual tampoco parecía interesarle, pues desde que en 1512 perdió su empleo, aparentemente no le cruzó por la cabeza la intención de dedicarse a ningún negocio privado, pues siempre buscó y esperó reincorporarse al servicio público.

Todavía en 1525, el Arte de la lana, la corporación de la industria textil florentina, le encomendó dirigirse a Venecia a resolver otro problema de carácter comercial, lo que no deja duda de que al final de su vida Maquiavelo era considerado un buen gestor comercial y financiero, muy a su pesar.

En quinto lugar, seguramente uno de los tragos más amargos de su vida fue que a pesar de sus fuertes y arraigadas convicciones republicanas, murió siendo considerado por sus propios conciudadanos un servidor de los Medici y un consejero de tiranos.

En el mes de mayo de 1526, tan sólo unos cuantos días después de que Maquiavelo fuera nombrado Secretario de los Cinco de las murallas, se firmó la Liga de Cognac, en donde Florencia, inextricablemente unida o supeditada a Roma, se sumaba a Francia y Venecia para combatir a Carlos v. Ya Francia había sucumbido ante las fuerzas imperiales en la Batalla de Pavía de 1525, cuando el propio Francisco i cayó prisionero y estuvo encarcelado hasta no ceder a las condiciones impuestas por el emperador. Ahora, un año más tarde, pasaba por alto los compromisos adquiridos y volvía las armas contra su antiguo captor (Maurois, 1960; Chabod, 1992).

Sin embargo, durante 1527, los imperiales avanzaron sobre Italia y le pusieron sitio a Roma, dando lugar a uno de los saqueos más brutales y despiadados de la historia moderna. Estando los ejércitos imperiales a las puertas de Florencia, se suscitó una rebelión al interior de la ciudad que derribó nuevamente al gobierno de los Medici y restituyó la República, la cual se mantuvo con fuertes reminiscencias savonarolianas (Roberto, 2014).

Maquiavelo llegó a creer que sería llamado a servir a la nueva república, pero se equivocaba. Quienes se hicieron cargo del gobierno lo consideraban servidor y simpatizante de los Medici, además de ser el autor de un libro de cabecera para los tiranos. En este nuevo trastorno político, Maquiavelo estaba otra vez del lado equivocado, como en 1512. Él mismo se había colocado en un sitio poco confortable, pues durante los últimos años se había puesto al servicio de una causa privada, la de los Medici, siendo que él mismo insistió en los Discursos que la manera recta de servir a la República era por medios públicos, no por medios privados. La fortuna fue poco grata con él, sin duda alguna, aunque cabe la incertidumbre sobre qué tanto pudo hacer por sí mismo para resistirla.

Conclusiones

Por la escasez de datos biográficos e históricos de que disponemos, podemos suponer que Maquiavelo escribió El príncipe y los Discursos sobre la primera década de Tito Livio de manera sincrónica; o bien, uno después del otro en un periodo muy corto. En todo caso, en ningún supuesto puede considerarse que medie entre ambos un período muy largo, lo cual permitiría a autores como Baron sustentar en ello las diferencias ideológicas que sin muchos fundamentos encuentra en estos textos.

Como ha podido observarse, el contexto social y político que vivía Maquiavelo en esa época permite explicar y entender mejor algunos de los planteamientos más polémicos contenidos en estos libros, sobre todo en el más conocido, El príncipe, el que ha estado sometido a una mayor polémica. En todo caso, en esta parte terminal de la presente investigación se pueden formular dos conclusiones específicas sobre lo que se ha dicho aquí.

La primera de ellas es que no hay una diferencia abismal entre El príncipe y los Discursos en lo que se refiere al tema y al espíritu que los anima. Es cierto que Maquiavelo expresa claramente en el segundo capítulo del primer libro que sólo hablará de los Principados porque ya se ha referido extensamente a las Repúblicas, pero en algunos pasajes del texto trata el problema de cómo debe enfrentarse el príncipe a una ciudad acostumbrada a las libertades; es decir, habituada a una vida republicana. De la misma manera, es cierto que se refiere expresamente a las Repúblicas en los Discursos, pero también hace muchas alusiones a los Principados, sobre todo cuando se refiere a ese tipo de estructuras, procesos o situaciones en que una República necesita de un líder, de un conductor; de un ciudadano que la funde, la legisle o la salve de una situación de emergencia; de un ciudadano que sea el primero en cuanto a virtudes; de un individuo muy parecido a un príncipe virtuoso.

No obstante, es cierto que prevalece la diferencia temática de ambos textos: en uno se ocupa esencialmente de los Principados y en el otro de las Repúblicas, aunque la diferencia no es tan esquemática como tradicionalmente se ha pretendido. Sin embargo, en donde no existe la diferencia que comúnmente se ha asumido, es en el plano ideológico, en el espíritu que anima a una y otra obra. En ambas podemos encontrar la esencia del pensamiento político de Maquiavelo expresada en términos muy similares. Como se ha señalado, en los Discursos también pueden encontrarse algunos de los planteamientos que más polémica han suscitado de El príncipe, tales como la maldad congénita del género humano y la necesidad de que las instituciones políticas se diseñen y operen a partir de este supuesto; la necesidad o conveniencia de que los gobernantes recurran al engaño o al disimulo frente a otros gobernantes o frente a su propio pueblo; o la tan cuestionada posibilidad de que se pueda hacer un buen uso de la crueldad y lograr que su efecto último redunde en bien del Estado. Es decir, como puede advertirse, se encuentran en ambos textos.

La segunda conclusión se refiere a un ámbito más personal, es decir, está más relacionada con la propia vida de Maquiavelo. Como también ya se ha mencionado, a fines de 1512 Maquiavelo cayó en desgracia, no sólo personal, pues perdía su empleo, honor y posición; sino también social y política, pues se perdía la vida republicana en su patria, el vivere civile que tanto apreciaba y que consideraba tan benéfico para la formación del espíritu humano.

Desafortunadamente, esta debacle sorprendió a Maquiavelo mal preparado para enfrentarla. Su mayor aportación a su ciudad natal fue su propuesta de crear una milicia, un ejército popular; un proyecto que no sólo estaba imbuido del más comprometido patriotismo, sino también de un racional sentido de efectividad política, congruente con la tendencia contemporánea de otros Estados europeos que estaban dando los primeros pasos para construir sus propios ejércitos. Sin embargo, es muy probable que el momento o las circunstancias en las que Maquiavelo llevó adelante su proyecto, no fueran las más convenientes. En términos de relaciones de poder al interior del Estado, lo que estaba haciendo era crear una milicia, un ejército popular, al servicio de un gonfaloniero que acababa de ser elegido para el cargo de manera vitalicia. Esto le confería un enorme poder, pero precisamente por ello ahondaba sus diferencias con la oligarquía florentina; temió estar presenciando la cimentación de un tirano, o al menos de un príncipe excesivamente poderoso. Es cierto que en Venecia, por ejemplo, la otra gran República italiana de la época, también el dogo era elegido de manera vitalicia, pero ahí la aristocracia gobernante le había impuesto tales límites y restricciones, que no daba motivos para albergar un temor similar. Es decir, la idea de un ejército popular era buena en sí misma, pero no parecían serlo el momento y las circunstancias.

Algo similar le ocurrió a Maquiavelo en 1520. Desde que perdió su empleo en 1512, trató de regresar al servicio público o bien de ponerse al servicio particular de los Medici, dos cuestiones que no parecían muy diferentes entre sí debido al control que esta familia ejercía sobre Florencia. Pero no logró ni una cosa ni otra hasta 1520, cuando el cardenal Medici empezó a hacerle encargos particulares, y sólo pudo reincorporarse a un cargo público hasta 1526. De esta manera, cuando se reinstauró plenamente la vida republicana en 1527, no debió sorprenderse de que sus conciudadanos lo miraran con recelo y desconfianza, incluso desprecio, pues veían en él a un fiel servidor de los Medici. Seguramente muy pocos de ellos estaban enterados o recordaban sus faenas y sacrificios por el bien de la República a principios del siglo, y menos creían que alguien que puede dar buenos consejos a un príncipe es capaz igualmente de ofrecer adecuados consejos en una República.

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1En otra carta un poco posterior, del 29 de abril, reafirmó su impresión:“a mi España (el rey) siempre me pareció más astuto y afortunado que sabio y prudente (Maquiavelo, 2013: 92).

2En la misma carta ya referida del 9 de abril de 1513, decía:“porque la fortuna ha hecho que, como no sé discurrir ni del arte de la seda ni del arte de la lana, ni de las ganancias ni de las pérdidas, me toca razonar del Estado…”(Maquiavelo, 2013: 80).

Recibido: 05 de Febrero de 2018; Aprobado: 13 de Junio de 2018

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