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Estudios políticos (México)

versión impresa ISSN 0185-1616

Estud. polít. (Méx.)  no.27 México ene./dic. 2012

 

Reseña

 

¿De qué está hecho el PRI?

 

Francisco González Ayerdi*

 

Rosa María Mirón Lince, El PRI y la transición política en México, México, UNAM/Facultad de Ciencias Políticas y Sociales/Ediciones Gernika, 2011, 415 pp.

 

* Maestro en Sociología Política por la École des Hautes Études en Sciences Sociales, París, Francia.

 

El libro escrito por Rosa María Mirón Lince está precedido por un título conciso y llano que da paso a un importante texto donde se abordan dos temas primordiales para entender el pasado, el presente y el futuro inmediato del régimen político de México.

El texto está soportado por una exhaustiva revisión de los autores y de las teorías acerca del cambio político, y más específicamente examina cómo desde la ciencia política se ha entendido la substitución de un régimen autoritario, en la casi totalidad de casos de dictaduras, por uno de esencia democrática. Especial cuidado aplica la autora en desentrañar el concepto de democracia consolidada y las condiciones sociales, económicas y políticas que alientan la vigencia duradera de esta forma de orden político.

Realizado el balance de las teorías y las tipologías acerca del paso del autoritarismo a la democracia, las siguientes páginas que ocupan la mayor parte de la publicación; narran, explican y caracterizan el tipo de cambio político experimentado por México en los últimos tres decenios. La transición política constituiría un ambiente exigente para proceder a una metamorfosis del Partido Revolucionario Institucional (PRI). La transición misma exigió a todos los actores políticos ajustarse a nuevos parámetros de competencia, pero a la vez la democratización política resultó de ajustes estructurales de la economía y de la sociedad mexicana. El cambio político va tomando forma y substancia, al ritmo de la transformación de las relaciones en el sistema electoral en general y del sistema de partidos en particular, lo cual a su vez exige acuerdos entre los propios partidos para hacer viable el cambio.

En el texto de Rosa María Mirón Lince, el cambio político es advertido como un conjunto de transformaciones en el sistema político, basadas en la creación de reglas, Instituciones y procedimientos generadores de autenticidad y competitividad electorales, recuperación y transformación de Instituciones políticas como el Congreso de la Unión, acompañándose de la formación, como lo ha destacado Luis Medina, de la soberanía del cuerpo electoral y de un pluralismo político activo, como a su vez subraya el libro de nuestra autora.

La efervescencia de las elecciones federales de 2012 y el capital político disputado en ellas —la Presidencia de la República, las Cámaras Legislativas Federales y los Ejecutivos que corresponden a siete entidades federales—, avivan y apuran la curiosidad por revisar el texto que comentamos en esta oportunidad. No obstante, el lógico primer impulso del lector —con base a este texto— de explicarse el relevo de partido en el gobierno, la preocupación central de la rigurosa investigación de Mirón Lince tiene otro horizonte, no por distinto menos atractivo e ineludible. Es decir, aun si el lector forzara su interpretación del texto, no resolvería la incógnita de quién y cómo se obtuvo el triunfo en la competencia electoral por la presidencia de la República. El objetivo de este libro tampoco es vislumbrar el tipo de gobierno a encabezar por el Revolucionario Institucional, si las encuestas se confirman con el retorno de esta organización política a la titularidad del Poder Ejecutivo Federal.

Entendamos que la primera de estas incógnitas es sólo comprensible mediante un tratamiento, entre otras variables, de los alcances y límites del sexenio por concluir, de las correspondientes estrategias electorales de los candidatos, debiéndose incluir en una explicación satisfactoria las expectativas y cálculos procesados en el cuerpo electoral. La segunda interrogante es atendible conociendo a fondo, primero, el nuevo proyecto sexenal; segundo, ponderando las mayorías electorales, presidencial y legislativa; tercero, evaluarse los escenarios económicos, y cuarto, específicamente, conociendo las consecuencias de los actos de los contendientes en la asimilación de la voluntad del electorado nacional expresada el primero de julio de 2012.

La importancia del contenido de esta metódica investigación es el descifrar a uno de los actores políticos colectivos más influyentes, por lo cual su relación con el cambio político ocurrido en México es indispensable de establecer para cualquier otro tipo de indagación acerca del sistema político actual y, más específicamente, advertir el proceso seguido por el PRI para colocarse en la antesala del poder presidencial.

Se nos proporciona una de las mejores explicaciones para comprender por qué el PRI, pese a diatribas, pese a críticas teóricas, ideológicas y políticas muy bien fundadas y enfrentado a un entorno agresivo y exigente, continúa en calidad del partido político nacional mejor organizado, poseedor de una ágil y robusta estructura nacional, de la cual el resto de partidos carece y está además en posesión de una capacidad, ésta no siempre bien reconocida, de generar respuestas prontas e institucionales a las exigencias que su entorno le genera.

El inteligente libro de Mirón Lince da cuenta de cómo, en la transformación del régimen político mexicano, no operan los criterios clásicos de derrumbe económico, substitución violenta del poder en funciones, consagración de un nuevo pacto constitucional, o de ajuste de cuentas con el pasado represivo, que han sido pensadas como indicadores para reconstruir los pasos de un régimen autoritario preexistente a un flamante orden democrático.

Paradoja expresada en la ausencia de un gran acto fundacional de la actual democracia mexicana; no obstante, la falta de un suceso consagra-torio, alfa y omega del régimen político, la substitución del autoritarismo en México, ha acontecido siguiendo un largo proceso de ajustes legales, institucionales, operativos, organizacionales e inclusive culturales e ideológicos, que sostienen el cambio de partido en el gobierno, permiten elecciones auténticas y competidas, resultan en alternancias de poderes federales y locales, sustancian la división de poderes, fortalecen la autonomía de los estados respecto del poder central. Recuento que sintetiza la profundidad del cambio político operado en México y proporciona señas de identidad del pluralismo y democracia actuales.

Gran mérito del texto aquí comentado es su sistematización de los criterios, nociones y categorías que demuestran la existencia de la democracia en México. Aun si los detractores de la misma nos saturan con intensos y moralistas desplantes argumentativos, poco lógicos o consistentes, o bien si encontramos serias deficiencias de nuestro armado institucional, o constatamos las desigualdades económicas, sociales y culturales que lastran las exigencias de equidad y justicia que toda democracia enarbola y persigue, es indudable que la democracia política opera, tal y como lo plantea la teoría clásica y la evidencia empírica.

El segundo, y más extenso cuerpo del texto consiste en el estudio del Partido Revolucionario Institucional.

Las adecuaciones, modificaciones o adaptaciones de este organismo en los últimos años habrían sido, en el espíritu del texto, respuestas urgentes, primero, ante la mayor competencia electoral, a su vez, producto de la transición; segundo, de las exigencias de bases y dirigentes, por dotarse de instrumentos de respuesta a las presiones emanadas del Ejecutivo, situación dramática, pues el poder presidencial le exigió a su partido apoyo incondicional, al tiempo que le sacrifica apoyos electorales; tercero, la consciencia y necesidad de sobrevivencia al perder dos veces consecutivas la Presidencia de la República.

Las respuestas priístas, no todas planeadas, tampoco plenamente exitosas o profundas, pero sí indispensables para responder a múltiples retos que la competencia electoral presentaron a una estructura partidaria y a un organismo político, construidos en un sistema que les garantizaba enormes ventajas, por no decir condiciones exclusivas para preservar su hegemonía.

La adaptación del PRI si bien no le dotó de una naturaleza distinta, sí le aportó condiciones suficientes para resistir el embate electoral, y más importante aún que sólo confinarse a la estricta sobrevivencia, le condujeron a entender y asumir un rol muy distinto al que ocupó históricamente en el sistema político. Su hegemonía experimentó una constante pero definitiva erosión, crisis lenta pero profunda, registrada entre 1988 y 2000, la cual fue acometida rescatando su cultura política institucional, proveniente ésta de su pacto fundacional y posteriormente cultivada permanentemente durante la era hegemónica. Unidad y también disciplina resultaron métodos efectivos para ajustarse al discurso presidencial, aceptar las cuotas de poder en gubernaturas y Cámaras, impulsar los nuevos cuadros, capear las tormentas electorales y la pérdida de prestigio social.

Así, la unidad, las nuevas reglas y los pactos internos para la elección de candidatos y de dirigentes, los espacios para la expresión de corrientes soterradas, configuraron en el lapso de 1994 a 2009 una nueva coalición dominante en el seno del PRI.

En el ciclo se cumplieron dos sucesivas derrotas presidenciales (años de 2000 y 2006), se registró la mayor desafección del electorado, se ocupó el tercer sitio de preferencias en la contienda del año 2000. La cauda de amargos resultados se remontó, conservando durante los últimos doce años un número considerable de estados gobernados por el partido, preservación significativa de su representación en el Poder Legislativo Federal, defensa de su arraigo local, más una actuación como fiel de la balanza en no pocos conflictos políticos o procesos legislativos de importancia nacional.

Se nos presenta un proceso difícil de descifrar, y el análisis del PRI requiere de un conjunto inteligente de premisas políticas, para no actuar ingenuamente, al estudiar al partido político, tanto ingeniero como arquitecto de la mecánica, impulso y estructura del Estado mexicano. La autora de este libro desafía las tipologías más en boga en la ciencia política y disuelve los cartabones que colocan al PRI como un organismo extraño a la propia sociedad mexicana.

Debe descartarse que el texto se conduzca o cumpla con propósitos hagiográficos o vindicativos; estamos frente a una investigación seria, profesional, en conjunto rigurosa. Asume su objeto de estudio como problema a comprender, percibe a la organización partidaria como ente difícil de descifrar y entiende cabalmente que el organismo es un actor colectivo, sujeto a las contiendas y aspiraciones de sus dirigentes y militantes.

Es necesario destacar cómo Rosa María Mirón Lince ejerce la crítica a lo limitado de los cambios en este partido, muestra la tensión permanente entre refundación y restauración en los propósitos de sus dirigentes y de sus militantes; advierte muy bien las oscilaciones entre democracia interna y supervivencia de las élites dirigentes.

El examen político y la explicación analítica del alcance de la transformación del PRI integran una función explicativa consistente y coherente, consciente de que este partido ha sido una parte constitutiva del Estado y una institución política dotada y abastecida de variados recursos. Pero la fuente de su poder no se origina en un sólo alimentador, como tampoco su actuación responde a una sola voluntad. Durante su época dorada, asociado al poder presidencial, favorecido por el acceso a puestos de poder administrados por el Ejecutivo, estructurado con base en organizaciones sociales mediatizadas, protegido por las anteriores leyes electorales y el manejo discrecional de las autoridades; no obstante, formó e hizo circular a la élite política, contribuyó a establecer políticas sociales de alcance nacional y continuidad transexenal, sostuvo un orden político consistente y se ramificó a la sociedad por un largo período.

El dominio extenso e intenso del PRI no podía desembocar, entonces y por lógica, en un agotamiento repentino y fulminante.

Para examinar la prolongada y recurrente crisis del PRI —entiendo por qué ello no se selló con su desaparición—, es necesario —dice la autora— remontarse a inicios de los años setenta del pasado siglo, examinando las tensiones en torno a la selección de candidatos en ese partido. Decisión mayor del sistema político imperante en aquel entonces, ya que implicaba el control del partido, pero también el refrendo de una de las reglas más valiosas del anterior dominio del PRI: decidir sin competencia, en los cónclaves reservados a los antiguos y a los nuevos dirigentes, en la valoración de apoyos y lealtades; en suma, otorgando a una sola figura la decisión de quién ocuparía la presidencia de la República.

Hay que retener muy especialmente del análisis practicado por Mirón Lince, la reconstrucción de las inusuales tensiones que vivió esta organización a partir de 1988, caracterizadas por la contradictoria alianza entre el Jefe del Ejecutivo y su partido. Con las complejas, entreveradas y no menos laberínticas rutas con las cuales el Partido Revolucionario Institucional sorteó la ausencia de un fiel de la balanza unipersonal y la substituyó por nuevas formas de acuerdo y lucha internas.

Con programas distintos a la fuente doctrinaria original, buscando el cumplimiento disciplinado de la estrategia presidencial, así provocase pérdidas electorales de cuantía, estableciendo la preeminencia de círculo político presidencial sobre los dirigentes y corrientes históricas del PRI, regateando políticas favorables al partido, pero reclamando de él disciplina en el cumplimiento de las decisiones presidenciales y cargándole el fardo de los costos políticos de los ajustes económicos, el PRI se disciplinó o fue disciplinado.

Asumió los costos a regañadientes, pero los digirió; la oposición interna al presidente de la República, soterrada primero, adquirió características de insubordinación a partir de 1994, se desemboca en una desastrosa campaña presidencial en el año de 2000, y en 2006 su aspiración presidencial adquiere características dramáticas adversas, conducentes a promover nuevos acuerdos que impidan el hundimiento total.

Historia que va dando lugar a logros y fracasos de las Asambleas y Convenciones nacionales de este partido, por lo menos desde 1991 en adelante, destacando de éstas la XIV, XVII y XVIII.

El texto de Mirón Lince es una excelente lección para comprender efectivamente qué es un partido político y por qué permanece e inclusive cambia. No escatima críticas a la forma y alcances que han caracterizado la metamorfosis del PRI, tampoco deja de insistir a lo largo de su texto sobre lo insatisfactorio de la renovación priísta para dotar de un mejor contenido a la democracia mexicana. Tampoco es indulgente para el tipo de contradicciones que se vivieron entre el poder presidencial y el partido hegemónico, particularmente de 1970 en adelante, pero la serenidad crítica de las casi 500 páginas del texto no suprimen sino enriquecen lo bien fundado de su estudio.

El tema central del libro es, pues, de qué está hecho el PRI. Reiteremos que este partido cumplió con varias funciones clave en el régimen político autoritario y de corte presidencialista. Contribuyó a la declinación de la soberanía parlamentaria, sustentó un andamiaje corporativo contrario a decisiones autónomas y democráticas de obreros y campesinos. Fungió tanto como instrumento al servicio de la clase política posrevolucionaria, como también actúo políticamente como formador y reclutador de cuadros políticos, fue diseminador de los programas sexenales, instancia de mediación entre corporaciones, líderes y fuerzas locales, legitimador electoral y, en suma, conjugó la miríada de vínculos entre el Ejecutivo y las organizaciones sociales.

Su permanencia en el poder fue muy larga y usó variadísimos métodos, no todos legales, no todos legítimos, para lograr el control político del país. Recursos tales como la cooptación, la estabilidad coercitiva y la imposición electoral, fueron selectivos, recurrentes e intensivos, pero aun en sus momentos más conservadores o cuando aceptó la preeminencia presidencial más acentuada o cerril, esa organización, casi una verdadera institución, no careció nunca de vida propia.

Aun si sólo parecía activarse en los períodos electorales, mimetizarse con el Estado, mostrar una capacidad pragmática poco conocida en otras latitudes, el PRI fue siempre un factor clave de poder. Como lo muestra el texto de Rosa María Mirón Lince, el desgaste de la institución presidencial, los profundos ajustes económicos, la oxidación de las organizaciones obreras y campesinas adheridas al PRI y la competencia electoral que se fue implantando, con altibajos considerables, provocaron el desalojo del poder presidencial del PRI. Pero este partido sobrevivió a su más fuerte crisis y se recuperó. Las causas, la forma, las circunstancias y el alcance de ese aggiornamiento son el aspecto central del trabajo aquí comentado.

El PRI es una organización política compleja, pero a la vez pragmática y dúctil. En sus períodos más aciagos conservó capitales políticos y electorales significativos, activos que se pueden consultar en varios de los anexos que acompañan al estudio de Rosa María Mirón Lince, o que pueden ser verificados para el presente, en fuente electrónica que informa al término del período presidencial de Luis Felipe Calderón Hinojosa de la siguiente forma.

En la Cámara de Diputados, de un total de 500 integrantes: PRI, 238; PAN, 142, y PRD, 68. En la Cámara Alta o Senado de la República, de un total de 128 parlamentarios: PRI, 33; PAN, 50, y PRD, 23, y se suman 19 gobernadores de un total de 32 entidades de la Federación en control del tricolor.

Los más acendrados críticos del PRI no solamente sus adversarios electorales, sino los privilegiados líderes de opinión, o bien la poblada zona gris de comentario y análisis de corrillo, así como los evanescentes integrantes de la sociedad civil, a todos, les resultaría muy conveniente asomarse a la lectura de este libro. Entenderán la materia básica de ese instituto político: la negociación interna de sus disímbolos intereses, la cultura de la disciplina partidaria y un pragmatismo político, que si bien han colocado en un futuro distante y difuso la posible refundación del PRI, le han colocado nuevamente en un lugar decisivo.

Remota y casi imposible la transmutación, se explica la adaptación. Mutación sí, pero cambio real también, el pragmatismo vence así al sueño radical de cambio. En forma parecida razonaba Maquiavelo, tratando de entender cómo debería de actuar el Príncipe y cómo éste debería tener en cuenta, por sobre todo, la materialidad de los hechos.

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