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Estudios políticos (México)

versión impresa ISSN 0185-1616

Estud. polít. (Méx.)  no.21 México sep./dic. 2010

 

Reseñas

 

Soledad Loaeza, Acción Nacional, el apetito y las responsabilidades del triunfo

 

José Woldenberg*

 

México, El Colegio de México, 2010.

 

* Maestro en Estudios Latinoamericanos por la UNAM. Profesor de Tiempo Completo en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, UNAM.

 

No se puede entender la política de las últimas décadas en el país sin la actuación del Partido Acción Nacional. Y esa afirmación es buena no sólo del año 2000 en adelante, cuando por la vía electoral alcanzó la presidencia de la República, sino para la etapa de la transición democrática y aun antes, cuando en México aparecieron los gérmenes de lo que en el futuro sería un auténtico sistema de partidos.

Soledad Loaeza presenta una serie de ensayos que abarcan el último medio siglo de la existencia del blanquiazul y que rastrean temas varios: desde el declive del régimen autoritario hasta la formación de los nuevos liderazgos de la derecha mexicana; desde el papel que jugó el PAN durante el largo período de la hegemonía priísta hasta los intentos frustrados (primero) y exitosos (después) por incorporarse y reconocerse como parte de la Democracia Cristiana; desde su comportamiento luego de las críticas elecciones de 1988 y su secuela, hasta los elementos y condicionantes que explican su victoria en el año 2000; desde las tensiones en las que vivieron involucrados el presidente Fox y el PAN hasta el nuevo marco en el que se tiene que desplegar el poder del Ejecutivo. Aproximaciones diversas, siempre sugerentes, (casi) siempre polémicas.

El libro puede verse como un complemento de su muy documentada historia del PAN (El Partido Acción Nacional: la larga marcha, 1939-1994, México, FCE, 1999), y como un caleidoscopio para acercarse a un fenómeno multifacético: un partido que pasa de la oposición al gobierno, del testimonialismo al ejercicio del poder; que conjuga diversas pulsiones en sus filas, al que se le presentan distintas encrucijadas a lo largo de su existencia, y que como toda organización humana está cruzada por intereses, concepciones y propuestas no solamente divergentes, sino en ocasiones enfrentadas.

El primer artículo intenta dar respuesta a cómo el PAN se convirtió a fines del siglo XX en el abanderado del cambio y cómo pudo captar el descontento hacia el PRI. Y en efecto, Acción Nacional se volvió un conducto eficiente para la difusión y construcción de un sistema pluralista. Un contexto internacional propicio, cambios profundos en eso que llamamos cultura política, el enojo de los empresarios con la nacionalización de la banca en 1982 y el surgimiento de nuevos liderazgos políticos, parecen haber contribuido a hacer del PAN el instrumento de la alternancia. Se trata de nutrientes diversos que se combinaron a lo largo de dos décadas (aproximadamente), pero que contiene una omisión significativa.

Creo que en ese capítulo no se recoge con fidelidad el aporte de la izquierda al cambio democrático. Se citan y con razón las contribuciones de Paz, Zaid y Krauze: la crítica a los excesos del presidencialismo y a la necesidad de un cambio democratizador, o las relecturas del pasado de Luis González y González y Jean Meyer. Pero se dejan de lado las mutaciones que vivió el Partido Comunista Mexicano, que lo llevaron a establecer un fuerte compromiso con la democracia o las colaboraciones de Carlos Pereyra que desde la izquierda realizó la más completa revaloración de esa forma de gobierno. Lo que quiero señalar es que en la etapa del tránsito democratizador, derechas e izquierdas coincidieron en la necesidad de desmontar una estructura autoritaria y abrirle paso al pluralismo implantado en la sociedad. Se trataba, en lo fundamental, de poner en sintonía el mundo de la representación con una sociedad que no cabía ni quería hacerlo bajo el manto de un solo partido. En ese marco, sin embargo, tiene razón SL, el mayor usufructuario —no el único— fue el PAN.

En ese capítulo además sería necesario distinguir las esferas de la economía y la política para apreciar con claridad que si bien en la segunda se multiplicaron las coincidencias entre izquierdas y derecha, en lo que se refiere a las políticas económicas las divergencias fueron profundas.

No me gusta la idea de presentar al PAN a lo largo de una etapa dilatada de la historia como una "oposición leal", como "legitimadora del sistema", sólo como "un factor de estabilización" del statu quo. Cierto, como afirma Soledad Loaeza, el régimen autoritario mexicano mantenía una estructura formal de competencia donde ganadores y perdedores estaban predeterminados, cierto que eso contribuía a la preservación del sistema. Y desde la lógica del poder, abrir los cauces para una oposición sin posibilidades reales de poner en jaque su dominación, resultaba bueno para la reproducción de las fórmulas autoritarias de hacer política.

Pero ¿es necesario reiterar que en la historia no existe una sola lógica y que su modulación suele ser el resultado del enfrentamiento de diversas lógicas? Porque desde ese mirador lo que el PAN hizo fue aprovechar los estrechos márgenes de acción independiente que dejaba la estructura real del poder, para primero implantarse y luego crecer, para manifestar que en México existían otros idearios distintos a los oficiales, para desde el Legislativo mostrar las posibilidades de la convivencia de la diversidad; en fin, para hacer política —pública y pacífica— en un marco que de inicio le era más que adverso.

Loaeza no niega lo anterior. Al contrario, los elementos enunciados los retomo de su propio ensayo. No obstante, desde el título hasta las conclusiones pone el acento en la dimensión el PAN como partido legitimador, dando la impresión —por momentos— que la única lógica en el escenario es la del "sistema". Se ilumina una cara pero (creo) queda en la penumbra otra.

La autora recrea un episodio significativo en la historia del PAN. Cuando un grupo de jóvenes encabezados por Hugo Gutiérrez Vega quisieron transformarlo en un partido demócrata-cristiano hace más de 50 años y cómo la iniciativa no prosperó. Hoy que el PAN forma parte de las organizaciones regionales e internacionales de esa corriente, el ensayo no solamente arroja luz sobre los debates que han marcado la historia de ese partido, sino que en épocas de profunda desmemoria nos introduce en un mundo lejano y ajeno: los años de la tercera vía entre capitalismo y comunismo, de las relaciones del PAN y el mundo católico, de la introducción de los diputados de partido, de las tensiones entre el blanquiazul y la Unión Nacional Sinarquista, de la campaña de Luis H. Álvarez, del impacto del Concilio Vaticano II, y las marcas de la gestión de Adolfo Christlieb Ibarrola en la modernización del Partido Acción Nacional. Es entrar al túnel del tiempo y refrendar la certeza de que "Roma no se construyó en un día". Se trata de un ensayo imprescindible para comprender las tensiones a las que se encuentra sujeto un organismo vivo que por serlo no puede sino portar agudas contradicciones.

Por otro lado, comparto con SL su noción de transición prolongada, porque en efecto en México vivimos un proceso gradual, cuyos cambios "han ocurrido en el ámbito electoral, pero han tenido consecuencias muy importantes sobre el conjunto de la estructura del poder", los que "han contribuido a transformar el poder de la Presidencia... (hoy) obligada a negociar sus iniciativas legislativas con partidos de oposición fortalecidos...". De hecho, lo que faltaba en nuestro país para que el diseño democrático contenido en la Constitución se hiciera realidad, era un sistema de partidos digno de ese nombre y un sistema electoral capaz de ofrecer garantías de imparcialidad y equidad a los competidores.

Y en ese proceso que supuso la transformación de normas e instituciones de manera progresiva (desde 1977 hasta 1996), el PAN jugó un papel fundamental. SL recrea la tensa coyuntura que generó el conflicto post electoral de 1988 y explica la posición del PAN por su "aversión al riesgo". Se trataría de un partido que "rehuye la incertidumbre" y que "evita resultados inciertos". No lo dudo. El resorte conservador del PAN se encuentra muy bien aceitado y acreditado. Pero (creo) que otra vez no se observa la otra cara de la moneda. Las elecciones de 1988 trajeron al país dos noticias. Una buena y otra mala. La buena: la competitividad electoral no solamente iba a la alza, sino que incluso la elección presidencial era disputada de verdad. La mala: ni las normas ni las instituciones ni los operadores estaban preparados para asimilar los resultados de las urnas.

Era entonces necesario modificar las reglas y crear nuevas instituciones si se quería ofrecer un cauce para la auténtica competencia electoral en el país. Y debido a que el PRI seguía siendo mayoría en la Cámara de Diputados e híper mayoría en la de Senadores, y dado la enorme polarización que se vivía entre el gobierno y el PRI, por un lado, y el PRD, por el otro, la mejor opción para alcanzar dichas reformas era a través de un pacto con el gobierno. SL reconoce que la reforma de 1989-1990 en buena medida estuvo inspirada en los planteamientos y documentos de Acción Nacional, ¿por qué no registrar entonces que las pulsiones prudentes y transformadoras que porta el PAN se conjugaron venturosamente en esa ocasión? Se trata de la reforma que pone en pie al IFE, dejando como un capítulo del pasado a la añeja Comisión Federal Electoral, y que crea el Tribunal Federal Electoral sin el cual no es posible explicar al actual TEPJF. Es decir, de la forja de dos de los eslabones fundamentales que hicieron posible en nuestro país contiendas electorales abiertas, limpias y legales.

Para decirlo de otra manera: creo que sigue siendo difícil reconocer los momentos "constructivos" de la transición y que tienen una mayor visibilidad y aprecio los momentos del conflicto. Por supuesto que los primeros no pueden explicarse sin los segundos, ya que fue la conflictividad creciente la que reclamó operaciones reformadoras. Pero para decirlo de manera coloquial, esas operaciones siguen teniendo —al parecer— "mala prensa".

El ensayo que explica la ruta final que llevó al PAN y a Vicente Fox a la presidencia de la República me parece fundamental para comprender ese suceso que para muchos resultaba imposible. Aunque tratándose de un texto que aborda el período de 1994 a 2000, me resulta incomprensible que no haya alusiones a la más que importante reforma político-electoral del año 1996, debido a que fue la que generó las nuevas condiciones de la competencia comicial.

Sobre la historia reciente, la que arranca con la llegada a la presidencia de Vicente Fox, SL explora las peculiaridades de esa gestión, sus relaciones conflictivas con el partido que lo llevó a ser titular del Ejecutivo, la forma peculiar en que transitó en medio del oleaje de un gobierno dividido, sus mediocres resultados electorales en el año 2003 hasta llegar a la batalla por la nueva candidatura presidencial, de la que salió victorioso Felipe Calderón. Además, explora las encuestas para fundamentar la emergencia y ¿consolidación? de un electorado de derecha y las causas de un nuevo descalabro en las elecciones intermedias de 2009.

Lo cierto, sin embargo, es que los presidentes del PAN han tenido que gobernar en condiciones políticas antes desconocidas. La implantación del pluralismo en el Congreso ha creado la necesidad inescapable de negociar con alguna o algunas de las fuerzas ahí presentes, lo que ha acotado el añejo poder presidencial. Hemos pasado de una presidencia (casi) omnipotente a una presidencia acotada y ése es el telón de fondo que hace inéditos los tiempos en materia política.

Estamos pues ante un libro ilustrado, sugerente, polémico, y necesario para intentar descifrar la ruta y la actualidad de un partido sin el cual la política mexicana sería otra (disculpen que termine con una perogrullada).

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