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Estudios políticos (México)

versión impresa ISSN 0185-1616

Estud. polít. (Méx.)  no.21 México sep./dic. 2010

 

Arte y poder

 

La Guadalupe. Sociopolítica mexicana desde la iconografía religiosa

 

Ariel Arnal*

 

* Maestro en Historia por la Universidad Iberoamericana. Profesor de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México.

 

Resumen

El artículo presenta un breve repaso sobre el vínculo que existe entre la historia y la iconografía para la formación de la identidad nacional en el caso de México. En particular, el autor retoma la imagen de la virgen de Guadalupe, como uno de los elementos fundamentales para la formación de dicha identidad. Desde la perspectiva del autor, la concepción de la idea sobre la realidad nacional ha estado ligada a lo largo de la historia a parámetros de control definidos por el Estado como "identidad oficial", lo que ha provocado que la sociedad construya su realidad coincidente a veces con el gobierno y a veces especialmente enfrentada.

Palabras clave: Identidad nacional, régimen político, México, virgen de Guadalupe.

 

Abstract

This article presents a brief overview of the link between history and iconography in the formation of the mexican national identity. In particular, the author takes up the image of the Guadalupe virgen, as one of the key elements for the formation of that identity. From the perspective of the author the conception of national reality has been linked through-out history by parameters defined from the State as "official identity" which has prompted the Mexican society to build its coincident reality sometimes with and sometimes especially faced with the government.

Keywords: National identity, political regime, Mexico, virgen de Guadalupe.

 

Desde que el mundo es mundo, todo poder humano ha necesitado ineludiblemente construir su propia identidad. Cuando ese poder humano se trata del Estado, esa construcción de identidad la llamamos identidad oficial. Es así como de allí, en las parcelas que en su conjunto conforman lo que el Estado es, hallamos una ideología oficial, una política económica y social oficial, así como una historia y una iconografía oficial. De igual modo, frente a esa ineludible identidad oficial, la gente común construye a su manera su propia identidad; a veces coincidente con el Estado y a veces definitivamente enfrentada. Para el caso de nuestro país, Enrique Florescano1 ha dedicado buena parte de su trabajo a discernir la manera en que se construyen ambas identidades. La virgen de Guadalupe ha sido históricamente en México materia para construir lo uno y lo otro. Lo que aquí nos interesa es hacer un breve recuento sobre la relación que existe entre ambas disciplinas —la historia y la iconografía—, a lo largo de los doscientos años de la historia del México independiente, siempre desde esa identidad oficial con la que, mal que nos pese, hemos convivido.

Sin duda, el primer icono que históricamente ha unificado a este país como Estado independiente es la tilma del indio Juan Diego. La virgen de Guadalupe se convierte así en el primer elemento alrededor del cual se agrupan los criollos para echar a andar su proyecto soberanista en el seno de la Corona española. En la obra de David Brading2 al respecto, podemos apreciar que más allá del valor estrictamente religioso que la imagen y su historia puedan tener, la virgen de Guadalupe se convierte muy pronto en un eje alrededor del cual se congregan desde luego la oligarquía criolla, pero también buena parte de las castas que conforman la sociedad colonial. Solamente la virgen de Guadalupe se impone como icono identitario del criollismo frente a otros proyectos frustrados, como son San Felipe de Jesús, la China poblana (como Catarina de San Juan), o Juan de Palafox y Mendoza.

 

La madre de los "gachupines": la virgen de los Remedios

En este sentido, la intención peninsular de imponer a la virgen de los Remedios como la primera protectora cristiana de la Nueva España choca frontalmente con el objetivo identitario de los criollos; distinguirse y oponerse a la identidad española peninsular. Esa es la razón por la que la virgen de los Remedios no halla eco en la América septentrional. Como icono aglutinador, dicha virgen estaba viciada de origen por dos razones. En primer lugar, es una virgen estrictamente española, concretamente extremeña, como el propio Cortés y buena parte de la soldadesca que con él llegó a México. En segundo lugar, la aparición a las tropas de Cortés en 1520 —en Popotla, según la tradición capitalina; en Totoltepec (hoy cerro de los Remedios), según los naucalpenses—, toma la forma tradicional de las apariciones peninsulares en la guerra contra los musulmanes. Después de la derrota infringida en Tenochtitlan, y tras bañar con sus lágrimas un simple sabino (otro mito hoy cuestionado), la soldada reza por la intercesión de la virgen de los Remedios; a partir de la consiguiente aparición, las tropas de Cortés ya no conocerán la derrota frente a los infieles. Ese es el origen de la actual basílica de los Remedios de Naucalpan, construida en 1575.

Sin embargo, no es ésa la historia que los criollos puedan presentar como propia a finales del siglo XVIII. No es ésa la santa imagen que pueda incluir a la gran mayoría de las castas, especialmente a la población indígena o mestiza. Llegada la hora de los reclamos soberanistas a la vuelta del siglo, la virgen de los Remedios quedará arrinconada como el símbolo exclusivo de los peninsulares frente a los criollos.

 

La importación de la fe

Es ya sabido que los elementos que permitieron a la virgen de Guadalupe constituirse en icono —primero de las exigencias autonomistas y después de la llana independencia—, provienen fundamentalmente de dos aspectos. En primer lugar, es una propuesta española nada más concluida la conquista militar. La virgen morena de la villa de Guadalupe, en Cáceres, Extremadura, originalmente jerónima pero en posesión para entonces de los franciscanos, fue hallada a finales del siglo XII por el pastor Gil Cordero a la vera del río Guadalupe. Esta virgen también morena como la novohispana, contaba para el siglo XVI con los elementos de la de los Remedios, a saber, extremeña como los conquistadores, cristiana vieja y franciscana. En segundo lugar, la coincidencia con la diosa náhuatl Coatlicue3 Tonantzin del cerro Tepeyac, permitía el ecumenismo prehispánico con la nueva religión impuesta. Así, en la Nueva España, al herético nombre de Coatlicue, le sobrevivió el adjetivo Tonantzin, "Nuestra madrecita". La casta de los españoles —criollos y peninsulares— podía ahora adorar a una virgen cristiana, la madre de Dios, ya fuese extremeña para unos o novohispana para otros. Además, soterradamente la población indígena seguiría venerando a su antigua Coatlicue en el silencio de sus rezos. Quedaba de este modo constituido el que sería el icono de la mexicanidad hasta nuestros días, icono común gracias a la amplia ambigüedad de su significado.

Llegamos así al grito del pueblo de Dolores, donde el padre de la patria, el cura Miguel Hidalgo y Costilla, grita en la madrugada del 16 de septiembre de 1810: "¡Viva la virgen de Guadalupe!, ¡muera el mal gobierno!, ¡viva Fernando VII!", todo ello, exigiendo tan sólo el cumplimiento de la ley. Como "padre de la patria", Hidalgo es el que fecunda la conciencia criolla con la Independencia, convirtiendo las reivindicaciones —autonomistas primero e independentistas después—, en una larga gestación de once años. El 27 de septiembre de 1821 será el emperador de México, Agustín Iturbide, quien materialice dicha independencia, teniendo como testigo a la efigie de la virgen de Guadalupe en el antiguo Palacio del Virrey. ¿Por qué Hidalgo reclama la autonomía al tiempo que declara su fidelidad a Fernando VII, uniendo a ello la reproducción de la tilma de la virgen de Guadalupe de la villa de Atotonilco? Porque a pesar de su origen, ésta se opone a la de los Remedios, la de los peninsulares, la de los "gachupines" que se quedan con los cargos más altos y mejor remunerados, marginando a los criollos que por ley tienen derecho a dichos puestos en la administración novohispana. Inmediatamente después, si bien el antiguo sacerdote, José María Morelos y Pavón, utiliza una enseña que hace referencia indiscutible al pasado tenochca a través del águila de la entonces ciudad de México, incluye también en la misma las siglas de la frase "Viva la Virgen María". Es así como, tras el simbólico "abrazo de Acatempan" que sellaría el final de la contienda militar por la independencia, la virgen criolla e indígena, "nuestra" Guadalupe", será de manera natural la que presida la declaración de Independencia en lo que hoy se conoce como Palacio Nacional.

 

Maximiliano I de Habsburgo, idéntico al indio Juan Diego

Durante la primera mitad del siglo XIX, donde las luchas por el poder entre conservadores y liberales son la tónica, la virgen de Guadalupe no es puesta en cuestión, a pesar de que la Iglesia católica romana, poseedora oficial de la patente del guadalupanismo, viva feliz su matrimonio con los conservadores o cometa adulterio durante los gobiernos liberales. No será sino hasta la llegada de Maximiliano I cuando el emperador católico ponga la propaganda iconográfica a su servicio, valiéndose exitosamente de la virgen católica y confesional. Maximiliano, un monarca de origen extranjero que habla el español con grave acento alemán, debe mexicanizarse a toda costa frente a su pueblo de adopción. En ese sentido, Benito Juárez, el Presidente de la República a quien el emperador debe enfrentarse por las armas, lo tiene fácil.

La fórmula adoptada por la monarquía será sencilla. Si ser mexicano significa ser guadalupano, Maximiliano excluye a sus contrincantes a partir de los propios principios liberales, el laicismo del Estado, "agua de su propio chocolate". Un Estado laico no es guadalupano, y por ende no es mexicano. Sólo él —el emperador—, quien en una popular postal de la época aparecerá junto a la emperatriz Carlota postrado a los pies de la virgen, es bendecido por la madre de todos los mexicanos como emperador de la nación católica. Por si fuera poco, bajo los pies de la pareja imperial, las armas del flaco ejército monárquico son bendecidas también por la Guadalupe. De este modo, la virgen bendice no sólo a los emperadores, sino al ejército y sus armas que defenderán no ya al nuevo jefe de Estado de la monarquía, sino a la propia virgen de Guadalupe. Bajo la advocación de la virgen, la madre de todos los mexicanos, el imperio se convierte en instrumento en defensa de la mexicanidad que significa el ser guadalupano. A pesar de las expresiones públicas de guadalupanismo y de catolicismo practicante por parte de Benito Juárez y de buena parte de los caudillos liberales, frente al triple matrimonio divino entre Patria, virgen de Guadalupe e imperio, Juárez poco puede hacer.

 

El Plan de Ayala de nuestra madrecita

Gracias a la militancia activa de la jerarquía católica, el liberalismo juarista convivirá esquizofrénicamente con su propia práctica religiosa. Sólo hasta el Porfiriato —último tercio del siglo XIX y primera década del siglo XX— el Estado y la Iglesia llegarán a un respeto cordial, que nunca se convertirá en la añorada luna de miel entre iglesia y gobiernos conservadores. Con la Revolución, la virgen de Guadalupe aparecerá nuevamente en los estandartes y banderas. Quienes se asociarán indefectiblemente a sí mismos con la virgen serán los caudillos y tropa de Emiliano Zapata. No son pocas las imágenes que se conservan en el Fondo Casasola de la Fototeca del INAH en las que enarbolan la imagen de la virgen. Son especialmente numerosas las que documentan la entrada de los zapatistas en Cuernavaca en 1911 y en la ciudad de México en 1914. En estas fotografías encontramos, siempre al frente de las tropas zapatistas, a veces el estandarte de la virgen de Guadalupe, a veces la bandera mexicana. Sin embargo, mayoritariamente hallamos ambas o una combinación, es decir, los colores verticales de la bandera mexicana, en la que se ha sustituido el escudo nacional por la efigie de la virgen.

Lo interesante de la utilización de la imagen de la virgen de Guadalupe por los zapatistas, es que éstos no tienen empacho en reconocer pública y ampliamente su guadalupanismo. El sentido de ello es exactamente igual que el que en su momento le otorgaba la propaganda de Maximiliano. La virgen de Guadalupe es antes que nada la fundadora de la identidad mexicana, en lo político y en lo religioso. Se asume así que la base de los principios legitimadores del movimiento zapatista son la religión y la patria, ambas unidas en el estandarte del cura Hidalgo. De ese modo, si Zapata y sus seguidores ligan su origen político a la tradición liberal del siglo XIX, iconográficamente lo hacen al nacimiento del México independiente, al Grito de Dolores de 1810. La Revolución Mexicana en su versión zapatista se constituye así en la heredera legítima del mito fundacional de la nación mexicana, hija, por si fuera poco, nada más y nada menos que de la madre de Dios. ¿Quién se atreve a cuestionar los principios zapatistas, ligados a la tierra, a las estructuras prehispánicas materializadas a través del fundamento mismo de la sociedad; la familia?, ¿no es acaso la virgen de Guadalupe precisamente eso, la madre mestiza de México, ejemplo de la familia mexicana? Así como la virgen escoge a un indio, Juan Diego, para dar a conocer su mensaje redentor al pueblo novohispano, del mismo modo ahora escoge a las tropas zapatistas, conformadas por indios y mestizos,  para redimir al pequeño propietario agrario del sur, y de paso, una vez más, a toda la nación mexicana.

Son significativas las fotos conservadas en el Fondo Casasola del INAH sobre la entrega de la ciudad de Cuernavaca a las tropas zapatistas en 1911. Zapata dejaría a cargo de su Estado Mayor a Abraham Martínez, eligiendo como sede para ello el hotel Moctezuma. Las fotografías del momento tomadas por varios fotógrafos (ninguno de ellos Casasola) muestran una multitud de gente rodeando a numerosos oficiales zapatistas a caballo, tratando de abrirse paso entre la muchedumbre hacia la puerta de acceso del hotel. Destaca entre ellos el propio Emiliano Zapata, a unos cuantos metros del estandarte que preside su Estado Mayor, la efigie de la madre de México; Zapata, heredero manifiesto de los principios laicos del liberalismo del siglo XIX, es también el hijo predilecto de la Tonantzin, "nuestra madrecita".

Para desgracia de la conciencia guadalupana del zapatismo original, la prensa de la época marginará este tipo de imágenes a la hora de publicar algo sobre los "bandidos" surianos. De igual modo, es así como pasará el zapatismo a los anales de la historia cuando se reinvente la Revolución a partir de 1920. Hasta el día de hoy, la herencia que ha llegado del caudillo de sur es su arraigo a la tierra, así como sus valores y principios supuestamente incorruptibles. De esta manera es como llega hoy, a noventa años de su muerte, alejado definitivamente de cualquier vínculo expreso entre práctica política y los principios religiosos que en su momento hizo suyos el zapatismo histórico.

 

La virgen de la cruzada: los Cristeros

Donde la virgen de Guadalupe convive sin tapujos con la enseña nacional, es en el imaginario colectivo cristero. La Guerra cristera (1926-1929) halla sus raíces en conflictos agrarios mal resueltos, es cierto, pero sobre todo en el choque entre dos concepciones bien distintas de lo que la mexicanidad significa.4 La "Cristiada" es como se le conoce a la sangrienta guerra entre el Estado posrevolucionario, laico, anticlerical y liberal, por un lado, y las organizaciones campesinas profundamente religiosas e importantes sectores de la iglesia católica mexicana, por el otro. La Cristiada es el atanor del siglo XX, donde se mezclan el nacionalismo mexicano con los valores conservadores más tradicionales, ambos materializados en Cristo rey y la virgen de Guadalupe. Como hicieran los zapatistas pocos años atrás, los cristeros unirán la bandera nacional y la Guadalupe. Es significativo que a pesar de que el conocido lema de los cristeros "¡Viva Cristo rey!" hacía referencia directa al hijo de Dios, quien aparece profusamente en estandartes y banderas es su madre, la virgen María en su advocación de Guadalupe.

De familia cristera y radicado en la ciudad de México es Manuel Ramos, un destacado fotógrafo de El Imparcial en tiempos de la Revolución, ganador de varios premios en concursos artísticos organizados en la época por fotorreporteros y academias. Famosa es su premiada foto en la que aparece un policía rural en campaña militar —ya maduro— apuntando en guardia su fusil por la ventana de un tren. Esta foto depositada en la Fototeca del INAH, ha sido —como la gran mayoría de las imágenes del Fondo Casasola— atribuida erróneamente a Agustín Víctor Casasola.

Sin embargo, no es esta foto de la que nos interesa hablar aquí, sino de una reprografía de la tilma de Juan Diego que Ramos tomó en 1923. La fotografía en cuestión fue "certificada" por el arzobispo de México con la siguiente leyenda: "Damos fé que esta fotografía fué tomada directamente del original el 18 de mayo de 1923 [rúbrica] arzobispo de México"

Resulta interesante que tal y como apunta Walter Benjamin,5 en una época en que la técnica permite la democratización de la imagen, las convenciones del imaginario colectivo evolucionan hacia un nuevo nivel de lo que el valor cultural de la fotografía significa. Según Benjamin, el valor cultural de una reproducción es aquel otorgado por el aura de la misma. Esa aura es en sí lo que la convierte en un fetiche en el sentido antropológico del término, es decir, en un objeto en el cual depositamos y concentramos nuestros deseos o simplemente a través del cual ponemos en marcha la memoria. Eso es efectivamente la estampa de san Martín Caballero, san Judas Tadeo o la fotografía de la abuela que al verla genera en nosotros un sin fin de recuerdos asociados a ella.

De este modo, la fotografía de la tilma de Juan Diego —el primer fotógrafo mexicano según Héctor García—6 realizada por Ramos, se convierte por medio de la certificación arzobispal, en el primer paso hacia la modernización del culto portátil de la virgen de Guadalupe. Su discreta pero conocida simpatía por los cristeros, le valdrá a Ramos la marginación en el medio periodístico, teniendo que sobrevivir durante la guerra como fotógrafo de edificios declarados de interés nacional.

Una vez que el aura de la que habla Benjamin ha pasado a la categoría de aura divina, Ramos puede realizar el fotomontaje de un supuesto Juan Diego adorando a la virgen delante de los volcanes Popocatépetl e Iztaccihuatl del Valle de Chalco. La magia que impregna la fe no necesita ya de la reliquia de los huesos de los santos o del retazo de la milagrosa tilma original; la fotografía certificada, el papel sensible producido como en panadería, es ahora la reliquia misma. Estamos, a principios del siglo XX, a más de un siglo de las múltiples copias al óleo de Miguel Cabrera, ante la auténtica democratización y popularización de la imagen de la virgen de Guadalupe.

 

La cristera más sexy

Los símbolos no son asépticos. La historia de México ha manchado con mucha sangre los propios, manchas que no salen fácilmente, ni con el mejor quitamanchas patrio. Esa es la razón de que, más allá de la banalidad intrínseca al evento, el festejo de Miss Universo en el año 2007 haya causado tanto revuelo en la sociedad mexicana. El disfraz de adelita cristera-sexy que vestiría en esa ocasión la flamante Miss México 2006, Rosa María Ojeda, tapizaba la falda con fotografías provenientes en su mayoría del Fondo Casasola del INAH, como la popular "Adelita", cadáveres de cristeros colgados y, por supuesto, la virgen de Guadalupe a todo color, aderezado todo ello como complemento un enorme crucifijo en el pecho de Rosa María. La diseñadora del vestido en cuestión aludió que nos gustara o no, los mexicanos contemporáneos proveníamos de los cristeros. Desde la prensa laica le contestaron acertadamente que, "afortunadamente, no todos proveníamos de los cristeros".

¿Cuál es la razón por la que un evento privado, banal e intrascendente para la vida política de México tuviese tanto eco en la prensa? En primer lugar, porque tocaba heridas producidas a lo largo de casi cien años de disputas no resultas, la última con alrededor de 250 mil muertos en poco más de tres años. En segundo lugar, porque la iconografía escogida por la diseñadora, hacía referencia al lenguaje visual común, a ese idioma de imágenes que se había ido construyendo desde que en 1922, el ministro José Vasconcelos abrió por primera vez los muros públicos del Ministerio de Educación a los muralistas más afamados, todo ello para regodeo del nuevo mito revolucionario. Todo el disfraz de cristera hablaba el lenguaje visual de la calle, el de las adelitas (usadas también por López Obrador), hasta la más que popular virgen de Guadalupe. La Revolución, los cristeros y la virgen eran elementos tan asentados en el imaginario colectivo mexicano que se podía recurrir a ellos como comodín para otorgarles nuevos significados. El lenguaje iconográfico es convencional, y como tal, cambia con el tiempo y de un lugar a otro; siendo la materia prima no sólo de la iconografía oficial, sino sobre todo de la gente común que lo usa y lo vive. Desde luego, cada vez que asistimos a un cambio de significado iconográfico, ello no asegura que toda la sociedad comparta la nueva definición del símbolo.

 

El presidente que se perdió en el túnel del tiempo

Como un rito religiosamente laico, cada año México festeja su independencia con la ceremonia denominada "El grito". El punto álgido de esta ceremonia ocurre el 15 de septiembre a las once de la noche, cuando el Presidente de la República se asoma por el balcón central del Palacio Nacional y "grita" una oda a los héroes del panteón patrio, finalizando con un rotundo "¡Viva México!", repetido por el pueblo que atesta la plaza mayor. La misma liturgia, a la misma hora, se repite en cada municipio del país, y consulado mexicano en el extranjero alrededor del mundo. Esta ceremonia conmemora la madrugada del 16 de septiembre del año 1810, en que el cura Miguel Hidalgo y Costilla despertó a los pobladores de la villa de Dolores para gritar a voz en cuello: "¡Viva la virgen de Guadalupe!, ¡viva Fernando VII!, ¡muera el mal gobierno! Horas más tarde, acompañado por un pequeño ejército informal de artesanos, campesinos y pequeños profesionistas, en la parroquia de Atotonilco el Grande, Hidalgo tomará un estandarte de la virgen de Guadalupe que se convertirá a partir de entonces en la enseña de los insurgentes.

¿Qué habría pasado si, como Hidalgo en Dolores-Atotonilco, Vicente Fox hubiese salido al balcón de Palacio Nacional la noche del 15 de septiembre de 2001 blandiendo el estandarte de la virgen de Guadalupe? Desde luego, habría provocado la ira de los defensores del Estado laico. Pero además de ser profundamente consecuente con su concepto personal de nación, no habría hecho más que recrear un hecho histórico. ¿Acaso no es eso lo que el presidente de turno representa cada día 15 de septiembre?

Cada cultura tiene su ritos, religiosos unos y civiles otros, en muchas sociedades ambos unidos en festejos comunes. A lo largo de estos doscientos años de conformación iconográfica del imaginario colectivo contemporáneo, la particular historia de México ha ido separando poco a poco la práctica religiosa del ámbito del Estado. Esta separación ha tenido al menos dos momentos críticos. El primero ha sido el enfrentamiento a lo largo del siglo XIX entre la jerarquía católica romana y el partido conservador, por un lado, y los gobiernos liberales, por el otro. El segundo, mucho más sangriento y con consecuencias radicales y definitivas, la Guerra cristera. De este modo, lo que en otros países resulta no sólo natural, sino que constituye una práctica común, en México se vive todavía como algo doloroso tanto para quienes defienden el Estado laico a ultranza como para aquellos que se consideran herederos de quienes perdieron la guerra. Así, en algunos países de América Latina donde el Estado se define constitucionalmente como laico, se puede festejar la independencia nacional con una misa de acción de gracias a la que asisten el presidente y sus ministros. En lugar de "El grito" multitudinario desde el balcón presidencial, el gabinete entero asiste a una misa ecuménica y ora en el interior de la Catedral por el bien de la nación.

Pero, como se ha dicho, en México la separación entre Iglesia y Estado no ha sido precisamente a través de un acuerdo alrededor de un café, un puro y un apretón de manos. Desde la desamortización de 1856 puesta en práctica por los liberales, hasta el final de la Guerra cristera en 1929, ha corrido mucha agua. A lo largo de ese periodo, los símbolos patrios se han redefinido y readaptado a nuevas realidades. Los símbolos que al fin y al cabo son también lenguaje, como los idiomas, cambian y se adaptan, desobedeciendo y alejándose de decretos e historias oficiales. Es por eso que hoy el Presidente de la República no utiliza el estandarte de la virgen de Guadalupe, sino la bandera oficial de la federación mexicana, enseña que en sentido estricto no tiene más de 40 años de antigüedad. Es por eso que ya no grita "¡Viva la virgen de Guadalupe!, ¡Viva Fernando VII y muera el mal gobierno! Es por eso que más allá de rayar en lo anticonstitucional, jurar el cargo de Presidente de la República frente un crucifijo como lo hizo Vicente Fox, constituye en el México contemporáneo por lo menos un ostentoso acto de desubicación e ignorancia de la historia de este país. En ese sentido, más cultura y seria responsabilidad historiográfica han demostrado los caricaturitas mexicanos en sus diversas versiones del Grito de Dolores.

 

La virgen de chile, dulce y de manteca

La noche de "El grito" es un rito, el más importante del calendario civil mexicano. Todos los ritos hallan su origen en un mito fundacional, el de este país es el Grito de Dolores, unido iconográficamente al estandarte de la villa de Atotonilco. Sólo la historia puede echar reversa en los acontecimientos y acomodarlos a su antojo, juntando así en la pintura y las estampas escolares coleccionables dos acontecimientos, a saber: el Grito de Dolores en la madrugada del 16 de septiembre, e Hidalgo sosteniendo en sus manos —en esa misma noche— el estandarte de la villa de Atotonilco que haría suyo posteriormente. Esa imagen reproducida hasta la saciedad, recuerda la película de 1939 Juarez (sin acento), en que un enegrecido Paul Muni en el papel de Juárez, despacha con un retrato de Abraham Lincoln a sus espaldas. Sólo así se entiende lo que Fabrizio Mejía ha advertido; que los héroes —o lo que queda de ellos, si es que son ellos— sean ahora condóminos del mismo monumento en el conocido Paseo de la Reforma de la ciudad de México. Como suele decir el historiador mexicano Ilán Semo, contraviniendo a Salvador Allende, "la historia no la hacen los pueblos, sino los historiadores". Eso es la historia oficial, la que construye la identidad del Estado, pero nada más que eso.

Lo que sí hacen los pueblos es vivir de manera personal el bagaje depositado por la historia. La gente construye su propia identidad, a veces haciendo suya la pasión hagiográfica por los héroes patrios, otras veces riéndose de ella. En ese sentido, el mítico —por inexistente— soldado "niño héroe" Juan Escutia ha dado para todo. Es allí donde el imaginario colectivo contemporáneo de la virgen de Guadalupe está a salvo de las reformas emprendidas últimamente por la Secretaría de Educación Pública, entre otras cosas porque hace ya más de un siglo que fue expulsada de los programas educativos oficiales. La historia se construye de adelante hacia atrás, escogiendo en cada momento lo que se necesita para construir las particulares identidades contemporáneas. Eso es actualización y adaptación. Bien está que el gobierno de turno construya su identidad nuevamente con cada periodo presidencial, siempre y cuando se esté consciente de que se trata de la identidad oficial, la del Estado, la que por principio se debe siempre cuestionar desde la cómoda posición de ciudadanos. La historia y sus símbolos no son estáticos, y la virgen de Guadalupe no se salva de ello. Sólo al final del siglo XX el arcipreste de la basílica de Guadalupe, Guillermo Schulemburg, puede afirmar que no es seguro que Juan Diego haya existido. Sólo al final del siglo XX el periodista y escritor Carlos Monsiváis puede decir que sin ser católico romano, es definitivamente guadalupano.

La importancia de la virgen de Guadalupe en la vida cotidiana de los mexicanos va mucho más allá de la fe, es un acto de identidad nacional —sea cual fuere el valor que se le otorgue a esa palabra. Así lo ha entendido acertadamente la actual secretaria de Estado del vecino del norte, Hillary Clinton, en su visita a la Basílica de Guadalupe. Así creyó el candidato republicano John McCain que ganaba votos entre los hispanos, más allá de las fronteras mexicanas.

Es de este modo como hoy en día el guadalupanismo es más que un acto de fe estrictamente religioso que queda, constitucionalmente, en el ámbito de lo privado. A lo largo de la historia de México, el guadalupanismo ha significado muchas cosas, desde el pilar donde pivota la Independencia, hasta los goles —escasos, es cierto— que marca para la selección mexicana de fútbol. De poca cosa sirvieron los exvotos del pintor popular Alfredo Vilchis deseando que México ganara el mundial de 1986. Pero aún así, la fe en la virgen futbolera no disminuye ni en las gradas ni en los vestidores. Si la Guadalupe apadrina la independencia de México, la guerra santa, el fútbol; ¿por qué no ha de apadrinar también otras expresiones, como sexys hotpans de alguna cofradía religiosa tropical, el disfraz de la Miss México 2006 y —con mucha más dignidad— los conciertos del más que católico rockero Alex Lora?

Hoy en día, más allá de rencillas e historias oficiales, se puede ser guadalupano y cura pederasta, guadalupano y Caballero de Colón, guadalupano y anticlerical, guadalupano y desubicado presidente de la República, hasta guadalupano y ateo, siempre y cuando ese guadalupanismo signifique la particular —y ahora sí privada— manera de vivir la mexicanidad contemporánea.

 

Notas

1 Enrique Florescano, Etnia, Estado y Nación, México, Taurus, 2000.         [ Links ]

2 David Brading, La virgen de Guadalupe. Imagen y tradición, México, Taurus, 2002.         [ Links ]

3 Representada con el cráneo descarnado, Coatlicue significa en lengua náhuatl "la de las muchas serpientes". Es la diosa de la fertilidad, que siendo virgen quedó preñada por una pluma que entró en su vientre, dando a luz a Hutzilopochtli.

4 Ver al respecto los importantes estudios de Jean Meyer, La Cristiada, México, Siglo XXI,         [ Links ] así como Mathew Butler, Popular Piety And Political Identity In Mexico's Cristero Rebellion: Michoacán, 1927-29, Nueva York, Oxford University Press, 2004,         [ Links ] y Franco Savarino y Andrea Mutolo (eds.), Del conflicto a la conciliación: Iglesia y Estado en México, México, Siglo XX, El Colegio de Chihuahua-AHCALC, 2006.         [ Links ]

5 Walter Benjamin, "La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica", en Discursos interrumpidos, México, Planeta-Agostini, 1994.         [ Links ]

6 Ariel Arnal, "Héctor García: el contador de historias de la ciudad", en Cuartoscuro, no. 19, julio-agosto, 1996.         [ Links ]

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