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Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas

versión impresa ISSN 0185-1276

An. Inst. Investig. Estét vol.39 no.110 México mar./jun. 2017

http://dx.doi.org/10.22201/iie.18703062e.2017.1.2592 

Artículos

Escultura, modernismo y Academia: interrelaciones entre la enseñanza, el discurso estético oficial y la escultura modernista en Barcelona (1888-1910)

Sculpture, Catalan Art Nouveau and Academy: on Teaching, Official Aesthetics and Art Nouveau Sculpture in Barcelona (1888-1910)

Irene Gras Valeroa 

Cristina Rodríguez Samaniegoa 

aUniversidad de Barcelona, Departamento de Historia del Arte, España

Resumen

El presente artículo se ocupa de la relación entre la escultura pública y la Academia de Bellas Artes de Barcelona en la época de configuración del modernismo catalán. Se busca aportar una visión renovada de la academia del momento, al cuestionar la idea de que ésta fue impermeable a las corrientes innovadoras que aparecieron en el mundo occidental de finales del siglo XIX y principios del XX. El artículo aborda un enfoque poco habitual en el aspecto historiográfico, en el que el discurso estético emitido por la academia tiene un papel importante, y en el cual se propone una revisión de lo académico y del academicismo en su relación con la escultura, aplicable a otros contextos geográficos.

Palabras clave: escultura; arte público; modernismo catalán; Academia de Bellas Artes

Abstract

The present article deals with the relationship between public sculpture and the Academia de Bellas Artes in Barcelona in the period of configuration of Catalan modernism. It seeks to offer a renovated vision of the Academy of the time by questioning the idea that it was impermeable to innovatory currents that appeared in the western world in the late nineteenth and early twentieth centuries. The article takes an unusual historiographical approach, in which the esthetic discourse emitted by the Academy plays an important role, and proposes a new look at academicism and the academic in its relationship to sculpture that may also be applied in other geographical contexts.

Keywords: sculpture; public art; Catalan modernism; Academia de Bellas Artes

Resulta evidente que la escultura ha sido la última de las disciplinas artísticas del siglo XIX en revisarse de forma crítica en el mundo occidental, tal como advierte Carlos Reyero,1 hecho que comporta la necesidad de seguir trabajando historiográficamente en dicho ámbito, sobre todo en lo que atañe a su categorización y teorización. La escultura de carácter público y monumental adolece más, si cabe, dicha limitación. Para su estudio, resulta imprescindible valorarla en su relación con las academias de bellas artes, ya que tanto como ente consultivo como educativo, éstas acompañaron y marcaron el desarrollo de la escultura pública a lo largo del siglo XIX. El presente artículo se ocupa de ahondar en el vínculo entre academia y escultura pública, y parte de un caso concreto pero paradigmático, el de la Barcelona de finales del ochocientos. Se explora un tema prácticamente inédito, que puede contribuir a la comprensión de la evolución de las corrientes estéticas que imperaron en la disciplina hacia 1900, un momento clave para la construcción del lenguaje del modernismo catalán y del art nouveau internacional,2 y en el que la escultura catalana llegó a su apogeo, al ser la zona peninsular que más influencia ejerció en el contexto estatal e internacional.

La escultura es, sin duda, la disciplina artística menos estudiada del modernismo, y el conocimiento que de ésta disponemos en la actualidad es mucho más limitado que el que tenemos de la arquitectura o la pintura del periodo. El hecho de que el modernismo recibiera inspiración internacional es un lugar común en la historiografía sobre esta etapa. Sin embargo, todavía no se ha analizado con detalle si dicha inspiración pudo transmitirse en el ambiente oficial de la Academia o de la Escuela de Bellas Artes de Barcelona.3 El objetivo principal del artículo es ahondar en este aspecto desde la teoría, tratando a su vez de proporcionar claves que sustenten una idea renovada de la Academia como institución, contribuyendo a la relectura que, del mundo de las academias y de sus preceptos ideológicos, se efectúa en la actualidad.

El presente artículo empieza por tratar el papel que la estatuaria pública y monumental ejerció en la configuración de la nueva imagen de la ciudad, y se señala la importancia de 1888 como fecha simbólica clave en la presencia de este tipo de escultura a raíz de la celebración de la Exposición Universal de Barcelona, además de punto de partida del modernismo en el ámbito cultural. A continuación, se ofrece un breve estado de la cuestión sobre la escultura en la época del modernismo, para reflexionar posteriormente en torno a la evolución de los paradigmas estilísticos y la variedad de categorías que de forma convencional se emplean para clasificarla, en el momento de la consolidación del lenguaje estético modernista. Por último, se propone una reflexión en torno a las interrelaciones entre la escultura catalana del momento y las ideas defendidas en los discursos de los miembros de la Academia de Bellas Artes de la Ciudad Condal.

Ciudad y escultura pública

En la actualidad se antoja imposible separar la historia del arte de la de la ciudad, es decir, el hecho estético del factor social,4 por lo cual al analizar las imágenes de la ciudad que propone el artista por medio de sus obras, estaremos también explorando las diferentes miradas que acaban por configurar una determinada imagen de la propia historia.5 Se trata, por tanto, de una pluralidad de visiones interdependientes, que da lugar al establecimiento de una multiplicidad de aspectos de la misma ciudad. Éstos, a su vez, son producto del momento histórico. En este sentido, hay que tener en cuenta un hecho fundamental: el desarrollo y el auge de la escultura pública y monumental de finales del siglo XIX se encuentran intrínsecamente ligados a las transformaciones históricas y urbanísticas que se están produciendo en buena parte de las ciudades europeas y americanas. Ya sea en París, con el Plan Haussmann; en Viena, con la construcción del Ring; en la Ciudad de México, con el Paseo de la Reforma, en Buenos Aires, con el Barrio Norte y la Recoleta; o en Barcelona, con el derribo de las murallas y la aplicación del Plan Cerdà, lo que empieza a emerger es el nuevo concepto de metrópoli. Benedetto Gravagnuolo afirma con razón:

La lógica de los embellessiments, dirigida a intervenciones puntuales de recalificación de los tejidos urbanos, y la estrategia de la ciudad-servicio, fundada sobre la equilibrada difusión de las instituciones públicas, son sustituidas por la moderna idea de metrópoli, entendida como máquina urbana en la que la red de infraestructuras (de las calles y de los equipamientos) asume una inédita preeminencia jerárquica. La arquitectura queda férreamente subordinada al dominio del trazado viario; los propios monumentos del pasado, elegidos como puntos focales de aislados objets trouvés, reciclados como signos visuales en un paisaje metropolitano radicalmente renovado.6

El objetivo será, por tanto, el de embellecer los nuevos espacios urbanos con esculturas y monumentos que consigan reflejar las relaciones entre los propios habitantes, y entre éstos y el poder, evidenciando -para volver a la idea inicial-, que la historia de la ciudad es también la historia de su espacio público.7 Los vínculos entre la estatua y la ciudad, sin embargo, se conforman a partir de una doble vertiente: la escultura no sólo contribuye a formar entre los ciudadanos una determinada conciencia, sino que ésta proyecta asimismo una imagen determinada hacia el exterior.8 En este sentido, en Cataluña se hace patente la voluntad de mostrar los ideales nacionalistas que alimentan el espíritu y la política del momento; de ahí que la ciudad se orne con un repertorio de monumentos paradigmáticos del presente y del pasado de la cultura y de la historia catalanas. Resulta significativo que el auge de la escultura conmemorativa se iniciase en 1888 con la inauguración de la Exposición Universal, cuando se consolida la recuperación para la ciudadanía del Parque de la Ciutadella y se monumentaliza la zona a fin de proyectar la imagen de una Barcelona esperanzada, renovadora y cosmopolita en el ámbito internacional. Es en este marco topográfico donde encontramos la cascada del Parque, el monumento a Cristóbal Colón, el Arco del Triunfo y las figuras escultóricas que adornan el Salón de San Juan, también conocidas como la Galería de Catalanes ilustres, un conjunto de ocho esculturas exentas que representan personajes relevantes de la historia nacional: entre ellos, el conde Guifré el Pilós (840-897), el monarca Ramon Berenguer I (1035-1076), el militar Roger de Llúria (1245-1305) o el pintor y profesor de arte Antoni Viladomat (1678-1755). Se trata, en definitiva, de glorificar el pasado para poder potenciar el esplendor del presente, y señalar, al mismo tiempo, el camino del porvenir. Evidentemente, esta actitud implica, como ya señala Carlos Reyero, el deseo de plasmar una realidad inmanente, originada en la memoria y en el sentimiento colectivos.9 Ya en el mismo 1888 encontramos toda una declaración de principios en el artículo firmado por Joan Barta en La Ilustración Catalana, quien afirma que:

La idea de adornar la ciudad con monumentos y estatuas, cuando están destinados a recordar hechos o tiempos de interés para la localidad, es muy acertado y digno de elogio. [...] Así, al mismo tiempo que Barcelona demuestra que sabe continuar, y de qué manera, el movimiento artístico, literario y científico del presente siglo, con las obras motivo de este artículo, demuestra a los barceloneses que si hoy se halla en cabeza del progreso nacional, también se lo debe [este éxito] a los hombres que en épocas lejanas iluminaron o empujaron nuestra nación catalana, contribuyendo a formar el carácter de nuestro pueblo, apto para todos los progresos y fuerte para todas las empresas.10

Historiografía de la escultura catalana de la época del modernismo (1888-1905). Fuentes existentes y limitaciones

El interés en la escultura catalana y española de finales del XIX y principios del XX ha crecido significativamente en las dos últimas décadas. Sin embargo, son muchos los escultores que permanecen inéditos a pesar de haber desarrollado carreras de gran consistencia y haber jugado un papel esencial en el desarrollo de las artes en nuestro país. La bibliografía existente hoy día en torno a la escultura catalana del momento que nos interesa, aunque ha aumentado últimamente, es todavía demasiado sistematizadora y poco integradora, cataloga y recupera pero tiende menos a contextualizar y valorar de manera analítica. Además de las monografías específicas, reducidas a un número poco elevado de artífices, han aparecido, desde la década de los setenta, varios libros generales sobre la disciplina en el siglo XIX y principios del XX, de los cuales daremos razón brevemente aquí. El ya citado Carlos Reyero, junto a Mireia Freixa, fue el responsable de la parte dedicada a escultura de Pintura y escultura en España, 1800-1910,11 en el cual se agrupaban las obras de numerosos artistas decimonónicos de forma coherente y razonada. La voluntad de la obra era presentar una visión integradora de esta parte de la historia del arte de nuestro país, aunque, debido a su amplio abasto y límites de extensión, el espacio dedicado a la escultura es reducido. Lo mismo sucede con los capítulos sobre el arte español del siglo XIX aparecidos en enciclopedias, desde la participación pionera de Juan Antonio Gaya Nuño, o la de María Elena Gómez Moreno;12 fenómeno que se repite en la sugerente Historia de la pintura y la escultura del siglo XX en España de Valeriano Bozal.13

Existen pocas publicaciones específicas sobre escultura española moderna y contemporánea que presenten un panorama general de la praxis de esta disciplina. Precisamente, el ya mencionado Gaya Nuño fue el responsable de Escultura española contemporánea, una de las primeras referencias en dicho ámbito.14 Esta obra no está exenta de una visión de la historia del arte propia de los años cincuenta, con una perspectiva ideológica y en detrimento del arte decimonónico. Aparecida veinte años después, La escultura española contemporánea (1800-1978) de José María Marín-Medina15 adolece de una visión del arte hecha desde la primera persona, aunque con un rigor y una amplitud que le permiten presentar un panorama mucho más completo de la escultura del siglo XIX y principios del XX. Además, Marín-Medina divide a los artífices de la Península según sus orígenes geográficos, y aborda a los catalanes por separado en función de los estilos que desarrollan. Es también uno de los primeros en establecer categorías en la escultura española reciente, pese a que la atribución de ciertos escultores a alguna de ellas se revisó posteriormente.

Otra referencia relevante en el campo que nos ocupa es el catálogo de la exposición Escultura en España, 1900-1936: un nuevo ideal figurativo,16 obra acotada a la producción escultórica del siglo xx previa a la guerra civil. Resulta interesante constatar cómo ahí el interés se centra particularmente en los escultores catalanes, pese a tener un enfoque estatal. También se evidencia una mayor presencia de los escultores en activo a partir de 1910, dejando de lado así a los que estaban relacionados con el modernismo.

En lo tocante a la bibliografía sobre escultura catalana de la época que nos ocupa, empezaremos por indicar que no existe ninguna referencia que aborde únicamente la escultura modernista, más allá del apartado dedicado a ésta en el volumen consagrado a las artes tridimensionales de la obra El modernisme.17 Sin embargo, sí tenemos a nuestra disposición varias publicaciones que tratan la escultura catalana de los siglos XIX y XX. Aquí se hace imprescindible destacar la labor realizada por José Manuel Infiesta, quien ha promovido sendas publicaciones homónimas, Un siglo de escultura catalana, aparecidas en 1975 y 2013, respectivamente.18 Ambas se ocupan de escultores figurativos catalanes desde finales del siglo XIX. La primera de ellas tiene un carácter compilatorio y muy poco analítico, aunque incluye escultores prácticamente inéditos y está bien ilustrada. También cuenta con transcripciones de entrevistas hechas a los artífices, un testimonio directo que, como es evidente, aporta valor a la obra. La segunda es en realidad el catálogo de una exposición, centrada en la escultura figurativa del siglo XX, pero que trata de contextualizar sus orígenes en el XIX e incluye a jóvenes escultores actuales, cuya obra se enraiza en la tradición. Una aportación de esta publicación de 2013 es el intento de categorizar la escultura figurativa catalana de después de la guerra civil, un campo en el que hay todavía poco trabajo hecho.

Para la comprensión de la escultura catalana de 1900, disponemos de otras tres fuentes bibliográficas fundamentales. Por una parte, la obra de Judith Subirachs, L'escultura del segle XIX a Catalunya: del romanticisme al realisme19 en la cual la autora cruza una historia de la disciplina con estudios breves, pero interesantes, de escultores decimonónicos concretos. Esta obra tiene el valor de tratar con rigor tanto aspectos como artífices inéditos de la escultura del momento. Como fruto de una exposición de 1989 apareció Escultura catalana del segle XIX de Santiago Alcolea y Josep Termes,20 con una antología de imágenes en color y bien documentada. Finalmente, queremos destacar Estatuaria pública de Barcelona, de Manuel García-Martín, publicada en tres volúmenes. Aparecida en un momento en el que el conocimiento en dicho ámbito era parcial y poco científico, García-Martín recogió mucha de la escultura pública de la ciudad de apogeo en su momento en torno a 1900,21 y formuló hipótesis sobre autorías e iconografía que han sido, en su mayor parte, corroboradas posteriormente.

De los diversos diccionarios biográficos de artistas surgidos a lo largo del siglo pasado en España, es necesario destacar L'escultura catalana moderna, de Feliu Elias (1926, 1928).22 Elias consagró el primer volumen de su obra a presentar un panorama reciente sobre la evolución de la escultura en Cataluña, mientras en el segundo se centró en las biografías de artistas. Al aparecer a finales de la década de 1920, el autor prestó un mayor interés a aquellos artífices que casaban con el gusto del momento, tanto modernistas como novecentista.

El hecho de que, en los últimos años, se hayan defendido tesis doctorales consagradas a la escultura catalana en torno a 1900 evidencia que el interés científico en torno al tema sigue creciendo. La tesis de Natàlia Esquinas sobre Josep Clarà y la de Lídia Català sobre Josep Campeny Santamaría son dos claros ejemplos de esta dinámica.23

De entre las fuentes que se ocupan de la escultura conmemorativa sita en espacios públicos destaca Historia y política a través de la escultura pública: 1820-1920, de Marí Carmen Lacarra y Cristina Giménez, obra que cuenta con un apartado específico consagrado al ámbito catalán; o La escultura conmemorativa en España (1820-1914) de Carlos Reyero.24 Podríamos añadir Monumento conmemorativo y espacio público en Iberoamérica de Rodrigo Gutiérrez Viñuales,25 un proyecto en el que el autor se interesa por la escultura conmemorativa ubicada en América Latina, e incorpora a su vez a los escultores catalanes que trabajaron en el continente, muchos de los cuales lo hicieron durante los centenarios de independencia de aquellos países y, por tanto, en fechas cercanas a 1900.

Por otra parte, en lo que atañe específicamente a Cataluña y Barcelona, Art Públic de Barcelona, aparecido en 2009 y magníficamente ilustrado, supera otros libros anteriores, como Monuments de Barcelona.26 Además, la iniciativa de Art Públic cuenta asimismo con una página web con contenidos actualizados en castellano e inglés que se revisan y aumentan periódicamente.27

Debemos mencionar también las aportaciones realizadas en torno a los gremios y sus implicaciones en las profesiones de la escultura, que suponen un campo de estudio muy interesante para comprender los procesos en los que se basa la evolución posterior del tema en los siglos XIX y XX. Destacaremos, como trabajos interesantes en este ámbito, la tesis doctoral de M. Lluïsa Rodríguez, "El Gremi d'escultors de Barcelona a l'últim quart del segle XVIII (1785-1800)", que incide en los contactos entre gremio y Academia; o Los gremios barceloneses del siglo XVIII: la estructura corporativa ante el comienzo de la revolución industrial, de Pere Molas Ribalta (1970).28

Asimismo, la bibliografía sobre las academias de bellas artes ha ido creciendo en los últimos años, a medida que renace el interés por revisar la visión monolítica ejercida sobre estas instituciones desde principios de siglo XX,29 especialmente en lo tocante a la docencia impartida desde éstas. El reciente congreso del Comité Español de Historiadores del Arte, celebrado en Santander en 2016 y dedicado íntegramente a la cuestión de la formación, es un claro ejemplo del nuevo interés sobre este tema en el ámbito español.30

En lo tocante a las relaciones entre escultura y academia, cabe mencionar primero los catálogos de las colecciones de escultura de las academias de la Península. Así, los trabajos de Leticia Azcue, desde su tesis doctoral (1991) hasta publicaciones posteriores, como La escultura en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Catálogo y estudio revisten gran interés para el conoci miento del caso madrileño.31 Para el barcelonés, véase el breve, pero sugerente trabajo de Salvador Moreno, La escultura en la Casa Lonja de Barcelona. Neoclasicismo y roma