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Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas

versión impresa ISSN 0185-1276

An. Inst. Investig. Estét vol.29 no.91 México  2007

http://dx.doi.org/10.22201/iie.18703062e.2007.91.2249 

Artículos

 

Misiones del Nayar: la postrera obra de los jesuitas en la Nueva España

 

Cecilia Gutiérrez Arriola

 

Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM

 

Resumen

Las misiones jesuitas de la Sierra de Nayarit representan la última obra fundacional, y la de más breve permanencia, de la Compañía de Jesús en la Nueva España. Con la toma del sitio llamado La Mesa del Tonati, en 1722, en el corazón del Nayar, se conquista el único reducto que permanecía fuera de todo control, tanto religioso como político y militar, en el siglo XVIII. Con ello se inicia la obra misional de los jesuitas en esa indómita serranía, que se vio truncada en 1768 tras la abrupta expulsión.

Este estudio revisa los orígenes y el desarrollo de esas fundaciones, las cuales estuvieron regidas por la presencia de dos instituciones virreinales: la misión y el presidio, sistemas de control y defensa de las tierras colonizadas, medios probados un siglo atrás en las misiones de Baja California, Sonora y Sinaloa. A la vez, se analiza la modesta arquitectura que se desarrolló allí y se señalan las enormes dificultades con que se toparon los misioneros constructores ante la carencia de materiales adecuados para edificar –canteras, maderas o buena tierra para elaborar adobe-, donde, paradójicamente, sorprende saber que hubo retablos tallados en piedra y en madera. Se destacan los bienes decorativos y artísticos que tuvieron —aun dentro de su pobreza— las iglesias misionales, por estar anotados en inventarios y relaciones de la época, y, por otro lado, se señala el actual estado de conservación de su arquitectura, y la pérdida —o permanencia— de sus bienes.

Asimismo se revisan escritos y crónicas de época, que ahora son testimonios únicos de lo perdido y del trabajo emprendido en esa región, y se destaca la labor desarrollada por el misionero Joseph de Ortega.

 

Abstract

The Jesuit missions in the Sierra of Nayarit represent the Society's last foundation project in New Spain and that of shortest duration. The conquest of the site known as La Mesa del Tonati, in 1722, in the Nayar heartland, meant the collapse of the last redoubt that had continued to resist Spanish religious, political and military control into the eighteenth century. It also signaled the commencement of the short-lived Jesuit mission enterprise in this indomitable mountain region, which was in turn brought to an end with the Society's abrupt expulsion in 1768.

This study reviews the origins and development of the foundations, which were overseen by the presence of two of the Viceroyalty's major institutions: the mission and the presidio, systems of control and defense of the colonized lands, measures that had been tried and tested a century before in the missions of Baja California, Sonora and Sinaloa. The work also analyzes the modest architecture developed in Nayarit and the enormous difficulties faced by the missionary builders in view of the lack of adequate materials for construction — building stone, timber, or suitable soil for making adobe, where the existence of altar-pieces carved in stone and wood is surprising. The study deals with such decorative and artistic properties owned — despite their poverty — by the mission churches, as attested by inventories and other accounts of the period; it also addresses the present state of conservation of the architecture and the loss or presence of movable properties.

Chronicles and other writings of the period are likewise examined; which are unique testimonies to the period and to the work carried out in this region. The labor effected by the missionary Joseph de Ortega is also stressed.

 

 

En el occidente de México, en la sierra del Nayar, se halla un grupo de iglesias misionales que representa la postrera obra fundacional de los jesuitas en la Nueva España. Este estudio analiza sus orígenes, fundación y desarrollo, y revisa la obra material, tanto la arquitectónica construida por los misioneros de la Compañía de Jesús en la provincia de San Joseph de Toledo del Gran Nayar, como la de los bienes decorativos y artísticos que tuvieron sus recintos; es decir, sus retablos, la pintura, la escultura y los ornamentos diversos que pudieron haberlos engalanado. Se parte para ello de la enumeración de bienes que se llevó a cabo en 1768, a raíz de la expulsión de los jesuitas, y se compara, en algunos casos, con inventarios que se habían hecho en 1753. Finalmente se ve su estado actual para corroborar la existencia, o la pérdida, de los objetos virreinales y el estado de conservación o ruina de la iglesia misional.

Al analizar la arquitectura de esas regiones serranas encontraremos que hay diferencias muy grandes en cuanto a calidad en relación con otras regiones de misiones jesuitas. Respecto a este asunto, sabemos que fue determinante la zona geográfica en la que fueron edificadas, y que la impenetrable y agreste serranía del Nayar influyó en la dispareja y dificultosa obra. Por otro lado, las misiones nayaritas se hicieron ya avanzado el siglo XVIII, a partir de su tercera década, y tomando en cuenta que éstas fueron las últimas fundaciones misionales efectuadas por la Compañía, las que menos tiempo tuvieron bajo su custodia, es decir, alrededor de 46 años, tan sólo entre 1722 y 1767. Periodo muy breve para consolidar una empresa misional y en el que, sin embargo, fundaron pequeños pueblos y misiones, concentraron a los dispersos nayaritas, sedentarizaron y evangelizaron; y todo ello en siete u ocho misiones, tres pueblos de visita y la obra de no más de siete —simultáneamente— u ocho "obreros evangélicos".1

Observar los materiales empleados en cada tipo de construcción, devela las enormes dificultades con las que se toparon los misioneros y deja ver la carencia de materiales adecuados para edificar —por ejemplo, cantera, madera o buenas tierras para elaborar adobe. Pero, paradójicamente, al mismo tiempo sorprende encontrar retablos tallados en piedra y saber que los hubo en madera.

Del escaso patrimonio ornamental, que debieron haber tenido, quedan tan sólo algunas constancias. Por fuentes escritas se conoce la existencia de algunas pinturas —que quizá fueron de autor y de buena factura— y de un considerable número de esculturas de talla en madera, de utensilios de plata y de ornamentos textiles para las celebraciones litúrgicas.

Quizá pueda pensarse que su interés artístico es menor, pero su importancia histórica y cultural las hace merecedoras de atención y estudio.

 

Las misiones de la sierra del Nayar

Al iniciar el siglo XVIII, El Nayar era la única región del noroeste, y quizá de toda la Nueva España, que permanecía fuera de todo control, tanto religioso como político y militar. Toda tentativa de penetración de tropas y misioneros había fracasado. Por ello fue que Felipe V dispuso en Cédula Real del 31 de julio de 1709 que se hicieran nuevos intentos.2 Como las sublevaciones no cesaban se llevaron a cabo acciones más rigurosas, a finales de 1721 y principios de 1722. Fue así que con el acontecimiento de la toma y destrucción del estratégico sitio llamado La Mesa del Tonati se cerró el capítulo de la denominada "conquista" del Nayar, a la que Jean Meyer prefiere nombrar simplemente "reducción", como fue conocida en su momento no sólo por los jesuitas, puesto que el nombre de conquista había sido "vedado" por el virrey duque de Linares en la cédula de 1709 sobre la reducción.3

Fue entonces cuando llegaron los padres "prietos" de la Compañía de Jesús, por petición expresa de los indios coras, a fundar los primeros pueblos y misiones. Inicialmente fue el de La Mesa del Tonati, por estar en el lugar sagrado de los coras, el que se puso bajo la advocación de la Santísima Trinidad; luego el de Quaimaruzi, que quedó bajo la de Santa Teresa de Jesús; luego los de Santa Gertrudis, Dolores, Jesús, María y José, Nuestra Señora del Rosario, San Juan Peyotán, San Pedro Iscatán y San Ignacio Guainamota. Estas fundaciones estuvieron regidas por medio de dos instituciones virreinales: la misión y el presidio, sistema de control y defensa de las tierras colonizadas, medios ya probados desde un siglo atrás en las misiones jesuitas de Baja California, Sonora y Sinaloa. Así, en todos los pueblos mencionados del Nayar se fundó una misión y no fueron establecidos sino tres presidios, aunque los hubo, en algún momento, en cinco sitios: primero fue el llamado real de San Francisco Xavier de Valero, además de los de San Ignacio Guainamota, San Salvador el Verde, Santa Gertrudis y San Pedro Iscatán, siempre con la presencia militar para asegurar y defender el trabajo misional.

 

Las fuentes escritas sobre las misiones del Nayar

La obra material y espiritual de las misiones quedó trunca e inconclusa tras la expulsión de los jesuitas de los dominios hispanos; a pesar de ello, hay constancias en diversos escritos de la época, que ahora son testimonios únicos, del trabajo realizado en esa región serrana. A través de ellos podemos conocer cómo se fundaron las misiones, cómo fueron las primeras edificaciones —caracterizadas todas por la pobreza de los materiales empleados—, y darnos una idea de cómo se llevaron a cabo, a pesar del breve tiempo, los modestos avances arquitectónicos. También mediante esos escritos es posible revisar el estado material en el que estaban las misiones cuando fueron recibidas por la orden franciscana en 1768.

El jesuita Joseph de Ortega, tlaxcalteca formado en el noviciado de Tepotzotlán, aporta datos muy valiosos en su obra Maravillosa reducción y conquista de la Provincia de San Joseph del Gran Nayar, Nuevo Reino de Toledo,4 con la que se convierte en el cronista de la obra misional en la sierra de Nayarit. Además de la información que vuelca en diversas cartas que dirige al padre provincial (el 22 de noviembre de 1745) y al padre J.A. Baltasar (el 29 de septiembre de 1750), escritas con el amor que le dedicó a esa serranía gran parte de su vida y en las que él mismo destaca su obra personal.5 Otra fuente es el informe de octubre de 1745 del padre Jacome Doye6 —belga que llegó en 1714 a las misiones norteñas y quien residió en El Nayar 20 años de su vida, desde 1729 hasta su muerte en 1749— de la misión de Santa Teresa Quaimaruzi. De enorme importancia fueron los datos aportados en el Informe de la visita que llevó a cabo el padre Aarón Domínguez, al parecer visitador, a las misiones nayaritas a finales del año 1755, que es un breve escrito inédito que se encuentra en la Benson Latin American Collection, en la Universidad de Texas.7 Pero sin duda el documento más completo e importante sobre las misiones y su estado al momento de la expulsión es el manuscrito que se custodia en la Biblioteca de Antropología e Historia y que dio a conocer el historiador Jean Meyer en una coedición entre el Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos y el Instituto Nacional Indigenista en 1993. Fue escrito por el padre visitador Joseph Antonio Bugarín, comisionado por el obispo de Guadalajara para efectuar una inspección a las misiones de la sierra del Nayar en 1768-1769, mismas que habían sido entregadas a la orden franciscana de la provincia de Xalisco. Bugarín, que era vicario del pueblo de San Diego Huejuquilla, las recorrió todas para averiguar y registrar "de qué fábrica material es la iglesia, qué ornamentos, alhajas y música tiene cada una".

Las misiones que visitó y de las que hizo minuciosas anotaciones basándose en un riguroso cuestionario fueron siete: La Mesa, Jesús, María y José, Santa Teresa, San Pedro Iscatán, El Rosario, San Ignacio Guainamota y San Juan Peyotán. Por lo tanto, fueron los franciscanos quienes, ya encargados en ese momento de las misiones, dieron respuesta a dicho cuestionario.

Todos estos documentos se convierten en fuente fundamental sobre las siete misiones y a partir de ellos se pueden sacar múltiples conclusiones. Entre las que ahora me interesa destacar se encuentran su origen y fundación, el modo en que organizaron pueblos, la arquitectura que desarrollaron y los materiales que emplearon, los retablos que se tallaron y los bienes artísticos que tuvieron. Así, partiendo de esos escritos destaco y comento las noticias que ofrecen sobre las misiones nayaritas, y no sólo de las siete enumeradas y visitadas por Bugarín, sino de las de Santa Gertrudis y Dolores, las cuales ya estaban abandonadas para 1768, motivo por el cual no fueron tomadas en cuenta por el visitador; menciono, además, a los pueblos de visita San Francisco de Paula, Santa Rosa y San Juan Corapa.

 

Misión de La Mesa del Nayar o de La Santísima Trinidad

La Mesa fue el sitio estratégico para la consumación de la llamada "conquista" del Nayar, ya que era un lugar sagrado para los rebeldes serranos. Establecerse allí significó desmembrar la organización político-religiosa que se ejercía desde ese punto.8 El reducto fue "ganado" el 22 de enero de 1722, con lo que se inicia propiamente la pacificación y la concentración.

Debido a la jerarquía de este lugar se instala allí el real presidio de San Francisco Xavier de Valero, primero en la región, donde quedó asentado el principal destacamento militar; y con la llegada de los "padres prietos", y fundada la provincia de San Joseph de Toledo del Gran Nayar, se establece la primera misión bajo la advocación de la Santísima Trinidad. Este acontecimiento fue para los jesuitas de primordial importancia, pues representó el inicio de su emprendedora tarea en esa serranía. Al respecto, el padre Joseph de Ortega anota que "dando principio por el pueblo de la Santísima Trinidad en La Mesa del Tonati, donde se había ya resuelto que quedase el presidio de San Francisco Xavier de Valero" fue como dio comienzo la obra misional. Esta determinación la había tomado el padre Antonio Arias, como superior que era de aquella empresa, aun en contra de la opinión de los nayeres —como les llama Ortega—, quienes decían que ése no era el lugar idóneo por falta de agua, y sugerían construirla cerca del río; "fueron tantas y tan eficaces razones que el Padre Antonio expuso que huvo de assentir el Gobernador a su dictamen, determinando que se fundasse allí el pueblo con tanto acierto, que nunca ha faltado agua para la gente, para los caballos y ganado que mantienen los indios y soldados".9 Agrega que "puesto ya en toda forma el pueblo de la Santísima Trinidad quedó allí el P. Juan Téllez Girón".

Debieron haber tenido los jesuitas durante los primeros años una construcción provisional, como ocurrió en todos los sitios. El padre Ortega escribió que "dispusieron iglesia en un jacal, o templo pajizo, aunque pequeño, mas engrandecido con la Majestad que le llenaba, dedicándole a la Augustíssima Trinidad: dijo alli missa el padre Antonio Arias".10 Y por diversos motivos y problemas no se construyó algo definitivo sino hasta mediar el siglo, asunto que corrobora el padre Ortega en 1745.11

Por lo mismo, la obra arquitectónica definitiva, —y que es la que aún se conserva— la suponemos de mediados el siglo XVIII, esto atendiendo el reporte de la visita de 1755, ya que allí se dice que la misión "tiene iglesia nueva y buena que se dedicó el año pasado". Además, añade que "el altar mayor es de talla, aun no esta dorado. Ornamentos suficientes y buenos, custodia, copón, 2 calices, vinagreras, un incensario, chrismeras". Y que "ai huerta de hortaliza con buen estanque de 17 varas por frente".12

De estas breves líneas se obtiene importante información: en primer lugar, que podemos fechar la obra, ya que la iglesia misional de La Mesa fue dedicada en 1754 y, por lo tanto, el inicio de su construcción se puede calcular poco antes, es decir, hacia 1750 o 1752. Además, la edificación se señala como nueva: su fiesta de dedicación a los titulares de la misma —la Santísima Trinidad— acaba de ocurrir. La segunda noticia, de primordial importancia, es que tiene retablo mayor de madera tallada, al que le falta el oro de hoja, lo cual indica que era una pieza ornamental de cierta envergadura.

Para 1768 el padre visitador Joseph Bugarín informa que la iglesia es de muros gruesos de adobe de una y media varas, con techumbre de madera y que mide 3 5 varas de largo por ocho de ancho, con una altura de nueve varas; que tiene cubo para una torre, hecho de piedra de sillería, y una portada pequeña de piedra de cantería. Al interior hay coro de madera, señalado con un arco de piedra y dos estípites, y que el presbiterio está marcado por pilares de piedra. Y detalla la noticia de la existencia de un retablo de madera tallada de ocho varas de altura "bien fabricado y moldurado" con 11 esculturas de bulto de media vara y al centro un lienzo al óleo con la Santísima Trinidad. Además, informa sobre dos altares laterales, uno con estípites dorados, dedicado a la Virgen de Loreto "en escultura al centro", y el otro a San Francisco Xavier, también con escultura, ambos de devociones netamente jesuitas. Tiene una sacristía de adobe, con techumbre de viguería, que tiene portada de piedra, con arco de medio punto, que da a la iglesia. Allí se resguardaba la pila bautismal, que era de piedra y tenía tapa de madera. Por no tener campanario, las tres campanas se alojaban en un jacal.

Contigua a la iglesia, la casa de vivienda de los misioneros estaba compuesta de once piezas, sólo nueve techadas. Recámaras, despensa, cocina, patio con su corredor, "por un lado pilareado de piedra y por el otro de madera y un corral grande [en] que se suele sembrar mais". Todo de adobe de paredes fuertes, con puertas de madera y cerraduras de fierro. Al frente estaba el cementerio "cerrado todo de piedra bruta y con una cruz de madera en medio".

El inventario de textiles y ornamentos reporta 12 casullas, dos capas, manteles, palia, frontal, sobrepelis y estola. En platería registra objetos necesarios de culto, como lámpara, copón, concha y crismera, dos cálices, dos platitos, cuatro vinagreras, incensario y naveta, campanilla, corona de la Virgen de Loreto, pendientes, resplandor de San Francisco Xavier y corona de Niño Dios. Y en bronce se registran siete candeleros y once blandoncitos.

El padrón de habitantes presentado era de 94 personas, "gente de razón del presidio", y 402 indios.

Todos estos datos nos ayudan a formar el perfil de esta iglesia misional y desde luego a confrontarlo con lo que de ella se conserva. Por lo que podemos observar actualmente —después de una visita en noviembre de 2004—, se trata de la misma edificación de mediados del siglo XVIII, con algunas modificaciones. La precede el pequeño atrio delimitado por una barda de mediana altura, de piedra y ladrillo, y al centro una cruz atrial de madera, de pobre factura, que posa sobre basamento de piedra. La iglesia es de construcción maciza y de buena arquitectura, con su fachada principal y el cubo de la torre de sillares de piedra. Su portada tiene arco de medio punto, jambas lisas de tablero, y presenta un óculo con marco de piedra, embebido en ladrillo. Tiene ábside plano y al interior luce una amplia y única nave rectangular, con coro y dos capillas laterales; la techumbre, que originalmente estaba conformada por viguería y una estructura de madera a dos aguas, cubierta de paja, como se comprueba en fotografías anteriores a 1999, fue sustituida recientemente por piezas prefabricadas de concreto, durante una intervención de la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol).

De su retablo de ocho varas de altura, que según el testimonio de Bugarín, en 1769, estaba "bien fabricado y moldurado", ya no queda hoy huella alguna. Ése que al parecer, por su tamaño, materiales y número de esculturas que lo componían, fue sin duda el retablo de madera más importante que hubo en El Nayar. No se sabe su procedencia y difícilmente pudo haberse fabricado allí, ya que no se consignaron en los inventarios de las misiones nayaritas instrumentos que revelaran la práctica de diversos oficios o menesteres, como carpintería, doraduría, fragua, etc., como sí fueron encontrados tanto físicamente como enlistados en los inventarios de las misiones de Baja California. Tampoco había bosques en la región de La Mesa para obtener la madera necesaria, ni se sabe de artesanos que hubieran aprendido el oficio para elaborar esculturas, pinturas o retablos. Ante esta evidencia, no sería aventurado suponer que tanto el retablo de La Mesa como otros de estas misiones, y aun diversas esculturas, hayan sido elaborados en Zacatecas —el sitio más cercano y por donde el acceso resultaba de menor dificultad—, lugar donde había todas las condiciones para hacer obras de tal envergadura. De haber sido así, el traslado debió efectuarse a lomo de bestia, para atravesar la serranía, con las piezas desarmadas y empacadas en cajas; empresa que resultaba titánica pero no imposible, ya que está consignado el envío de retablos desde México a lugares tan remotos como Baja California, por ejemplo, a las misiones de Loreto y de San Francisco Javier Viggé,13 travesía en la que además se agregaba un tramo con navegación. También se perdieron sus once esculturas en madera tallada, y no hay restos de los dos retablos laterales, que al parecer eran también de madera, uno con estípites. Aunque los restos de dos esculturas, quizá de san José y María —que se encuentran en la sacristía—, podrían haber formado parte de aquel conjunto, o un Cristo y dos figuras de vestir, una de la Virgen de los Dolores. La pintura al óleo de la Santísima Trinidad que estaba al centro del retablo, la pieza de mayor jerarquía, que representaba a la titularidad del lugar, afortunadamente sí se conserva, aunque con serio deterioro, y actualmente es la pieza que continúa presidiendo el templo, al centro, en el muro del presbiterio. Se trata de una obra pintada en lienzo, al parecer del siglo XVIII, y por lo que aún deja ver fue hecha por buen pintor. Tiene a las tres figuras pintadas de cuerpo entero de idénticos rostros —es decir, se trata de una Santísima Trinidad antropomorfa—, diferenciadas cada una por los símbolos del cordero, el sol y la paloma del Espíritu Santo, que tienen en el pecho. Este lienzo es ahora el único ejemplo de obra pictórica de cierta importancia que llegó a la región en el siglo XVIII.

Del resto de los ornamentos de los que habla el padre Bugarín quedan tan sólo —y lo pude constatar— una lámpara de plata —que aún pende en la nave—, y algunos candeleros; una pila bautismal de piedra, con amplio vaso, lisa, sin mayor ornamento, y de macizo fuste losángico, además de una pila de agua bendita. Hay, sin embargo, una pieza que merece atención. Se trata de la imagen más venerada del lugar, y se encuentra colocada en un pequeño nicho: es una escultura en piedra, al parecer alabastro, de la Virgen de Loreto —probablemente—, la cual casi no se puede observar, debido a los listones y telas que la arropan.14 De ser así, sería el único ejemplar de escultura en piedra en la región del Nayar.

Lo más relevante de la obra material en esta misión que se encuentra en buen estado de conservación es, sin duda, la iglesia con sus capillas y torre, el atrio y la modesta habitación del fraile. Las pocas piezas ornamentales que quedan son tan sólo un pobre ejemplo de la "austera riqueza" que tuvo. Lo único verdaderamente lamentable es la pérdida del retablo de madera —ya que hoy sabemos de su existencia, que fue, en su género, el más importante en la sierra del Nayar. Cabe destacar también, con la obra fundacional del pueblo, los ánimos de los jesuitas para organizar a los "reducidos" indígenas en torno a elementos de un urbanismo incipiente: una plaza, un edificio de gobierno civil —en este caso el presidio de San Francisco Xavier de Valero— y el modesto edificio de la misión de la Santísima Trinidad.

 

Misión de Santa Teresa

Conocido como Quaimaruzi y habitado por los coras desde antes de la conquista del Gran Nayar, este sitio fue escogido por los jesuitas para establecer en 1722 una misión que tuvo como titular a Santa Teresa. "Se comenzó a fundar aquí el nuevo pueblo de santa Teresa, concurriendo algunos laguneros, a quienes dio este nombre una hermosa laguna que tienen cerca de sus rancherías".15 Fue el misionero Antonio Arias quien empezó a congregar en esa tierra abrupta y fría a los coras llamados laguneros que estaban dispersos y así inició la fundación de este nuevo pueblo. "Decía misa en una casita que le havian hecho prontamente, por todas partes abierta", según informó el padre Jacome Doye, quien también anota que encontró a los laguneros bien reducidos a pueblo.16 Se sabe que en 1729 la presidía este misionero flamenco, quien vivió por espacio de tres años en un jacal y oficiaba en una iglesia del mismo material, hasta que encontró, con grandes trabajos, según lo relata, "buena tierra para hacer adoves con que construir". Esto nos muestra una de las múltiples dificultades a las que se enfrentaron los misioneros para poder edificar casas más duraderas. Sin embargo, nos deja saber que cuatro años más adelante encuentra "piedras para los cimientos de una casa real ". Para 1745 era ya un pueblo habitado "por 258 cristianos, bien asentados en esta su tierra, que les rinde buenos frutos y frutos para su sustento y comercio con los convecinos pueblos".17

De la visita que en 1755 lleva a cabo el padre Domínguez se registra que "no ai iglesia (se está para hacer con la madera cortada y trayéndose la piedra), suple una capilla grande hecha por el P. Wolff." Además, informa que no hay casa habitación para el misionero, por lo cual el encargado en ese tiempo, que era el jesuita Bartolomé Wolff, vivía en las casas reales del pueblo, ya que el padre Doye, el anterior, no pudo hacer casa debido a su avanzada edad. Por lo que inferimos que Doye dedicó su esfuerzo a edificar las casas reales. Además dice que "de iglesia solo ai alhajas y ornamentos precisos pero decentes"y que "ai 83 familias y como 323 almas".

Se sabe que para finales del periodo jesuita su iglesia tenía ya muros "de piedra como de seis varas de alto", y "techo de paja"; con "portadita pequeña de medio punto labrada y puertas de madera [...] todo yndesente, por cuia rason" manifiesta la intención de reconstruirla el franciscano que se hizo cargo de ella, fray Joseph Zaucedo, de la provincia de Xalisco, en el informe rendido al padre Bugarín;18 y así agrega que "con el fin de comensar el año proximo venidero a fabricar la iglesia tiene cortadas las vigas y maderas necesarias". Así, sabemos que se encontró en el sitio buena cantera para edificar y que se aprendió a cortar y labrar. Estos breves datos nos dan pie para asegurar que la iglesia de piedra que actualmente permanece en Santa Teresa, hoy en estado ruinoso, es la que se empezó en la última etapa jesuita y la que el franciscano reedificó en 1769.

Se construyó totalmente en piedra, a base de sillares irregulares de buena cantera rojiza y se hizo de nave única. Destacan hoy en su fachada, además de la portada, abundantes relieves zoomorfos y el arranque de lo que pudo ser una espadaña, o el cubo de una torre. La portada se conforma por un arco de medio punto, en cuyas dovelas se hicieron finos trazos en relieve con lacerías y elementos vegetales. Las jambas muestran un arcaico motivo decorativo que fue reiteradamente utilizado por los franciscanos: las águilas bicéfalas coronadas, símbolo de la Casa de Austria.

Hasta el año mencionado de 1767 no se había construido ningún retablo en la iglesia de la misión de Santa Teresa. La descripción del padre visitador tan sólo habla de un altar mayor con un banco de piedra y en lugar de retablo, "un quadro como de una vara de la Santísima Virgen". Con esto puede confirmarse que en la época jesuita de la misión no hubo ningún tipo de retablo y que por lo tanto, atendiendo la intención del franciscano Zaucedo de reedificar la iglesia, el actual retablo en piedra fue sin duda construido en ese tiempo, alrededor del año de 1770. Se trata de un extraordinario ejemplo que viene a sumarse a la escasa nómina de retablos de piedra del periodo virreinal.19

De composición reticulada, se conforma horizontalmente de dos cuerpos y verticalmente de tres calles. Tiene seis nichos y veinte columnillas, doce de fustes delgados y ocho de fustes ahusados.20 La principal ornamentación está hecha a base de lacerías en relieve y en la parte superior se distinguen círculos con la cruz de Jerusalén, motivo iconográfico y ornamental tan empleado por los franciscanos. Al centro y a modo de remate se encuentra un interesante relieve que representa a un águila bicéfala, la cual se asemeja a la de la Casa de Austria —ésta sin corona— y que se distingue de ella en el hecho de que está posada en un nopal y ambas cabezas devoran sendas serpientes, que se cruzan al centro, todo en un verdadero sincretismo. Para completar y enmarcar este relieve fueron colocados, a ambos lados, otros dos de similar factura, pero de menor tamaño; representan a un águila que está posada en el nopal y devora una serpiente, y que obviamente están basados en el emblema de origen mexica que fue tan representado en el arte colonial.21 El relieve izquierdo se desprendió tiempo atrás, pero, al parecer, lo conserva el padre franciscano, en espera de que se restituya.

A pesar de todos los esfuerzos por edificar esta iglesia, la única de las misionales elaborada totalmente en piedra nunca fue concluida y nunca fue techada, lo que fue mencionado incluso en informes de franciscanos hacia 1800 y 1804: "se está fabricando nueva muchos años hace pero no se concluye por no asistir los indios al trabajo y con motivo haber parado la obra, se van arruinando las paredes".22 Por lo mismo, los franciscanos construyeron ya en el siglo XIX una de adobe, que convive en el atrio, hoy plaza de Santa Teresa.

El padrón de 1755 había reportado 323 almas y el de 1768 registra tan sólo 282. En el inventario de textiles y ornamentos, en el que nunca faltaron las piezas básicas y fundamentales para los oficios religiosos, ya que siempre el rey donó un ajuar mínimo, se anotan diez casullas buenas (una con galón de plata, otra de lustrina de seda, una estameña de lana, otras bordadas); seis frontales, atrilera, dos albas, cuatro corporales, siete purificadores, seis manotejos, dos amitos, tres tablas de manteles de Bretaña, dos capas. Y de platería: naveta, vinagreras, incensario, custodia, platitos, cáliz y patena, concha para bautizar; además de doce blandoncitos de cobre, cruz y ciriales de madera dorados. No se anotaron esculturas, y de pintura tan sólo un cuadro con la imagen de la Virgen de la Uva. De todo lo anterior, en la actualidad quedan únicamente contadas piezas escultóricas, mismas que no habían sido consignadas —san Antonio, san José, santa Teresa, san Miguel y una Virgen de los Dolores y otra de Guadalupe—23 resguardadas por el misionero franciscano que tiene a su cargo la iglesia de la comunidad.

Los primeros trazos de urbanismo dieron distinción a la gran plaza que se hizo como centro de la población y que también tenía función de cementerio, además de lugar de impartición de justicia, por lo que hubo una picota;24 y allí en medio presidía la cruz atrial, por un lado el edificio religioso de la misión y por otro la llamada casa real, o casa del gobierno indio, edificados juntos para fortalecer el concepto de población. La herencia misional permanece actualmente en la amplia plaza, que sigue siendo el núcleo del pueblo, y alrededor de ella se conservan las más antiguas e importantes construcciones del lugar, como las dos iglesias, la colonial y la decimonónica —la de piedra, con su gran retablo, y la de adobe—, además la casa real —el edificio de mayor jerarquía— y la casa de la comunidad, ambas de fuertes muros de piedra, abiertas con un pórtico y con techumbre de paja.

 

Misión de Jesús, María y José y su pueblo de visita San Francisco de Paula. La figura del padre José Ortega

La fundación de esta misión surgió tras la visita del gobernador y el padre Antonio Arias a la llamada Mesa del Cangrejo. Allí fueron recibidos en paz por los habitantes de dicho lugar, quienes, según el cronista Ortega,

manifestaron sus deseos de congregarse en pueblo y de fabricar iglesia y casa para el padre que la administrase. Dejó el gobernador a su arbitrio la elección del sitio y escogieron el que ocupa ahora el pueblo de Jesús, María y José; porque aunque con la pensión del calor excessivo, era poco apetecible, con todo el estar en la ribera del río y cercano a sus huertas le hacía para sus interesses muy acomodado.25

Y confirma que así quedó "puesto en forma" el pueblo de Jesús, MaríayJosé y el de San Francisco de Paula, "cerca de sus orillas".

Ésta fue una de las mejores iglesias misionales del Nayar y se debió a que allí estuvo asignado el jesuita Joseph de Ortega, que fue sin duda la figura más decisiva y la que dejó mayor huella en la región. Este jesuita26 dedicó sus esfuerzos y más de veintisiete años a la obra misional del Nayar, se identificó y compenetró con sus "hermanos coras" tanto que esperaba morir y ser enterrado allí, en su querida misión de Jesús, María y José. Aprendió la lengua cora tempranamente, la estudió y de ella escribió el Vocabulario en lengua castellana y cora, que ya para 1732 estaba publicado, además de otras obras útiles en dicha lengua, como el Confesionario manual en la lengua cora y al parecer otra obra más ambiciosa y extensa que la mencionada, pero de la cual no se ha encontrado el manuscrito.27 Escribió, como ya se mencionó, una crónica de la obra jesuita en la sierra de Nayarit, Maravillosa reducción y conquista de la Provincia de San Joseph del Gran Nayar, Nuevo Reino de Toledo. Su obra material, como gran edificador, se destaca por la construcción de las iglesias misionales de Jesús, María y José, la de San Juan Peyotán y la del pueblo de visita llamado San Francisco de Paula, además de la edificación de las casas reales y de las de la comunidad, y muy probablemente de la iglesia de visita del pueblo de Santa Rosa. Para ello, se sabe, enseñó diversos oficios a los indios que le trabajaron para lograr tales obras.

La construcción de la iglesia debió haberla iniciado Ortega en la década de los años cuarenta, puesto que para 1745 le reporta al provincial que la tiene casi acabada, que sólo le falta enjarraría y hacer un retablo "que tenía ideado de ladrillo y acabar las torres",28 y agrega que allí pone un altar con la Virgen del Rosario, "amabilísima madre mía ante cuyo altar tenía señalado y avisado a mis hijos el lugar de mi entierro, creyendo que había de tener la gloria de morir entre mis indios".

Para 1755, fecha del reporte de visita del padre Domínguez, ya habían transcurrido más de diez años de su edificación y entonces anota que:

ai en Jesús María buena casa con su menaje preciso, ai una linda iglesia de bobeda: muchos y ricos ornamentos. De plata ai custodia, copon, dos calices, sagrario, vinagreras, chrismeras. Esta es una de las mejores iglesias y mas bien surtida de todas las misiones y todo se le debe al Padre Ortega, quien también hizo las Casas Reales, las de Comunidad, la del General, trabajando personalmente en varios oficios que les enseñó a los indios que son coras. Está el pueblo en tres barrios y cada uno tiene su capilla, de San Agustín, San Miguel y Santa Bárbara.

Este sitio fue el principal empeño y obra del padre Ortega y se confirma en un relato de él mismo. Escribe en 1750 al padre Baltazar un informe acerca de todas las misiones del Nayar, en el cual resalta la siguiente información sobre Jesús, María y José ySan Juan Peyotán:

estas dos misiones las e tenido a mi cargo va para 23 años [esto quiere decir que desde 1729] y aunque procurado cuidarlas y administrarlas facilitándomelo el haber aprendido la lengua [...] donde he hecho pie ha sido en Jesús María y Joseph, por ser el pueblo mayor de todos los del Nayar. Con esta ocasión puse mi esmero en alhajar mas esta iglesia de Jesús María y por misericordia de Dios tiene tantas alhajas asi de plata, ornamento, estatuas, etc. que ya no necesita más pues discurro ninguna otra en la provincia se le iguala.

Pide que se le envíe un misionero para esta sede porque aclara "Yo ya me pasé a Peyotán. El que viniese se halla con iglesia adornada, casa muy buena y los indios todos de confesión y comunión [...] ".29

Para el momento de la expulsión, el estado de la misión, su iglesia y sus bienes, era bueno y hasta cierto punto rico. Se describe su factura como de adobe "pilareada por dentro de ladrillo y boveda de ladrillo vien fixa". Medía su nave 32 varas y tres cuartos de largo, por diez de ancho y tenía una altura de 13 y un cuarto hasta el casco de la bóveda, toda encalada de mezcla y con portada de piedra de cantería. Dos torres ochavadas de ladrillo, coro de madera de pino, "colateral de ladrillo y mezcla con cinco estatuas, tres nichos arriba y dos abajo, todo plateado y al centro nicho con vidrio con la Virgen del Rosario",30 más, dos altares en la nave: uno dedicado a san Ignacio, con esculturas de bulto "bien fabricados", y el otro a la Virgen de los Dolores. Contaba también con sacristía techada de viguería y bautisterio, donde había una pequeña pila bautismal de piedra de cantería, por lo que se pide que se cave para poner en ella un vaso de cobre. La casa habitación era "de siete piezas".

Esta iglesia, sin duda la mayor obra material hecha por el padre Ortega, se conserva al parecer tal como la construyó, con tan sólo pequeñas modificaciones, como el detalle de las torres, que se describen como "ochavadas" y hoy son cuadradas, y terminado el "retablo de ladrillo que tenía ideado" en 1745. Su arquitectura es buena. En el exterior se le hicieron contrafuertes para soportar la bóveda; tiene ábside plano, nave única cerrada con bóveda de cañón corrido, a la que se le "acondicionaron tres linternillas para iluminación a lo largo de la nave"31 y dos capillas laterales, la del Santo Entierro, al norte, y la dedicada a la Virgen de los Dolores, al sur.

La plaza-cementerio del pueblo misional tenía al centro una cruz, que se describe como "mal ordenada'; allí estaban edificadas la iglesia, las casas reales y las de la comunidad, todo hecho por obra del padre Ortega según el visitador de 1755.32 Añade además que el pueblo está formado por tres barrios, cada uno con su capilla: San Agustín, San Miguel y Santa Bárbara, lo que le da mayor condición como pueblo frente a los otros del Nayar. Actualmente el atrio de la iglesia está muy bien delimitado, es amplio, tiene barda de mampos-tería con dos entradas, la principal al poniente y la lateral al norte, y al centro una cruz atrial de cantera sobre un alto pedestal. La escuela de evangelización está al costado sur del atrio.

El inventario de textiles y ornamentos registró un gran número de piezas, entre ellas nueve ornamentos completos "con avío entero de casulla, paño, estola y manipulo", todos de ricos terminados (de brocado de China, de galón de plata, de Damasco, etc.). Y de platería se anota que hay: la puerta del arca —única en estas misiones—, conchas crismeras, copón, tres cálices con sus patenas, custodia grande dorada, vinagreras, cuatro diademas de esculturas, potencias, "libro, cruz, estandarte y Jesús de San Ignacio", misal guarnecido, lámpara, alhajas de la Virgen del Rosario y corona y espada de la Virgen de los Dolores. Entre otras joyas resalta un rosario de perlas como "culantros" de razonable oriente y zarcillos de lo mismo. Se anota también un total de once esculturas, además de tres que provienen de la iglesia de visita de San Francisco de Paula. Hoy se pueden observar varios de estos objetos bien conservados, como una lámpara de plata que pende de la bóveda y una custodia de plata dorada de buena factura, que exhibe a la sagrada forma. Las esculturas que actualmente se conservan son las originales del periodo jesuita: las de los patronos titulares de la misión, de buena talla, la Virgen María, san José y el Niño Jesús —en madera estofada y policromada— con sus coronas de plata, colocadas en los nichos del altar mayor. Esta Sagrada Familia es la que fue patrocinada con tanto empeño por el padre Ortega y son las mejores piezas escultóricas de las misiones nayaritas. También se conservan diversas esculturas: siete en el retablo, junto con la Sagrada Familia, san Francisco de Asís y san Francisco de Paula; además de san Antonio de Padua, san Miguel, la Virgen de los Dolores, la Virgen del Rosario, el Señor del Prendimiento, el Santo Entierro y un Ecce Homo.

Dependía de esta misión de Jesús, María y José el pueblo de visita de San Francisco de Paula, situado enfrente, justo al otro lado del río de Jesús, María yJosé que hacia 1753 contaba con 90 familias. Tenía entonces "iglesia nueva" construida por el mismo padre Ortega, de la que se dice que "contaba con precisos ornamentos".33 La iglesia era pequeña y de arquitectura modesta, edificada toda con adobes y techumbre de armazón de madera y cubierta de paja. Sin embargo, su portada estaba conformada por un arco de medio punto, con jambas de piedra y una ventana redonda con marco circular de piedra. De ella —pude constatarlo en una visita efectuada en noviembre de 2004— se conservan actualmente los muros de adobe y la portada. La comunidad ha intentado rescatarla, restituyendo partes de los muros de adobe y levantando castillos de hierro para techarla, esto último sin lograrlo. Su planta es rectangular y tiene al frente un pequeño atrio, donde se resguardan las campanas bajo un cobertizo, y al centro se encuentra la típica cruz, aquí de madera, sobre un promontorio de piedras. Sus antiguos ornamentos y esculturas se conservan hoy en una casita que hace las veces de capilla, donde se resguardan cuatro esculturas pequeñas y de pobre factura —san Francisco, san Antonio, la Virgen de la Candelaria y un Cristo crucificado. Queda también una graciosa pila bautismal de piedra, con el vaso mixtilíneo hacia su interior.

 

Misión de Santa Rita o San Juan Peyotán. Y su pueblo de visita Santa Rosa

Los franciscanos fueron los primeros en llegar a este lugar, hacia 1604, para fundar una misión, que después permaneció abandonada por más de sesenta años, hasta que fue retomada por los misioneros de la Compañía de Jesús, en 1722.

Podemos afirmar que el incansable jesuita Joseph de Ortega también fue el edificador de esta misión, ya que él lo afirma así en 1750. Relata que después de haber edificado y alhajado la de Jesús, María y José —como anteriormente se vio— consideró que su labor allí había concluido, por lo que decidió iniciar otra obra, en un sitio donde pensó que era más necesario: Peyotán. Para ello se mudó a dicho lugar, donde emprendió la edificación de una iglesia, a la que le construyó una cubierta de bóveda de ladrillo, como la de Jesús, María y José y a la que igualmente le hizo torres y campanario. La obra arquitectónica ya concluida, dedicada a san Juan, la comenta el propio autor, quien hace constar que "me he pasado a esta misión de Peyotán donde tengo hecha una hermosa iglesia de bobeda como la de Jesús María con sus dos campanarios ochavados y casa muy decente [...] quiso Dios que de febrero a junio se acabara, no me falta mas que enjarrarla y adornarla, luego que la dedique le escribo a V. Reverencia".34 Para 1755, el padre Domínguez relata en su visita que

Ai casa nueva y buena: Iglesia nueva de bobeda algo cuarteada. Tiene bastantes y ricos ornamentos: tiene sagrario de plata, custodia, dos calices, vinagreras, copon, chrismeras, incensario: todo por obra del Padre Ortega quien tambien hizo aquí Casas Reales, de Comunidad y del general y buenas.35

Contaba el padrón entonces a 63 familias y tenía como visita al pueblo de Santa Rosa. Como se ve, la obra de Ortega no se limitó a construir tan sólo la iglesia, sino que llevó a cabo una obra de mayor envergadura; la obra de las casas de mayor jerarquía civil para consolidar más aún la presencia y la fuerza de la misión.

El estado en el que la recibieron los franciscanos de la provincia de Santiago de Xalisco en 1769 era bueno, según el reporte. La iglesia medía 22 varas y dos tercios de largo por siete de ancho y tenía una altura de seis y un cuarto "hasta el arranque de la bobeda"; con gruesos muros de adobe de dos varas y bóveda de ladrillo, dos capillas laterales y un coro en lo alto formado de viguería de pino y enladrillado. Tenía dos torres y en una de ellas campanario. Al interior tenía un retablo "de piedra de cantería firme y estable", del que se dice todavía sin dorar, con mesa también de piedra en el cuerpo del altar y siete esculturas bien hechas y en medio una cruz. Además, en la nave había un altar dedicado a san Ignacio, cuya imagen estaba en un trono de piedra, sin colateral, y había un buen púlpito en alto y con guardavoz. El coro estaba sobre vigas de pino y enladrillado. Tenía bautisterio, donde estaba la pila bautismal de vaso grande de bronce.

El dato sobre la existencia de un retablo de piedra —que viene a ser el segundo en estas misiones serranas— no deja de sorprender, y suma uno más a la reducida lista de retablos novohispanos en piedra. Desafortunadamente este retablo y toda la iglesia desaparecieron en el siglo XIX, por hundimiento, debido a los túneles excavados debajo de ella por los mineros. Debo este dato de la destrucción a la doctora Marie-Areti Hers, del Instituto de Investigaciones Estéticas, quien, a petición mía, visitó este sitio durante su temporada de trabajo de campo en la sierra en marzo de 2000, en busca del retablo, donde fue informada por los habitantes del lugar.36 Por lo tanto, los datos que nos ofrecen los documentos mencionados son ahora el único testimonio sobre la iglesia misional, su retablo en piedra y sus ornamentos.

El inventario de 1768 del padre Bugarín reporta pocos ornamentos. De platería anota: una custodia dorada con cristales y piedras castellanas, dos copones y un cáliz, también con piedras castellanas. Lámpara, patena, cáliz, platito yvinagreras, incensario con naveta y cucharita, sagrario con frente de plata lavoreada y calada, tapa de peana de la Virgen de los Dolores, coronita, daga, corazón, resplandor, vara de San José, diadema y potencias de Niño Dios, diadema y custodia de San Ignacio. Todo esto sumaba un total de 65 marcos de plata, lo que equivale a 14.950 k.

El conjunto misional con la plaza y los edificios civiles conformaron un núcleo importante; esto llamó la atención del padre Bugarín en 1768, quien anotó lo siguiente:

enfrente de dicha iglesia se hallan fabricadas las Casas Reales que ocupan toda la quadra de lo que corresponde a la iglesia y casas de avitación del padre, en distancia como de quarenta varas y por uno y otro lado fabricadas casas formando plasuela con dos puertas de arcos pero todo unido con la iglesia.37

Con esta descripción nos percatamos de la semilla de urbanismo implantada por los jesuitas en El Nayar; todos esos edificios, conformados de esa manera, imprimían ya cierto orden y formalidad en los poblados misionales, aun dentro de su extrema condición rústica.

Dependía de esta misión de San Juan Peyotán el pueblo de visita llamado Santa Rosa. No se han obtenido datos sobre su fundación, sin embargo, Ortega habla de ella en 1750 en su informe de las misiones, cuando tiene ya a su cargo la de Peyotán y, por consiguiente, la de Santa Rosa.38 En el informe del visitador, de 1755, se menciona que: "ai un pueblo de visita Santa Rosa, dista dos leguas, camino de Jesús María. Ai en él 173 almas, en 49 familias: esto es por el padrón del año de 53 q hizo el P. Ortega".39 Suponemos que la pequeña iglesia que actualmente se conserva es la de esa época, aunque muy reconstruida. Se trata de una construcción de nave única, rectangular, con los muros laterales en piedra y el frontal en ladrillo, material con el que se enmarca la fachada, que se remata con torrecillas y espadaña. Fue techada recientemente con bóveda. Tiene ábside plano y sencilla portada con arco de medio punto y óculo enmarcados de ladrillo. Conserva su atrio, delimitado con barda de piedras amontonadas. No sería muy aventurado suponer que también esta pequeña iglesia fue factura del incansable constructor Ortega.

 

Misión de San Ignacio Guainamota

Esta región fue visitada desde el último tercio del siglo XVI por los franciscanos, quienes en dos ocasiones fundaron la misión de Santa María de la Candelaria, para luego abandonarla. Por ello no perdura nada de ese primer esfuerzo, ya que desde 1638 quedó desamparada. Fue hasta el periodo jesuita, en 1722, cuando se forma una misión más duradera y se congrega como pueblo. El padre Ortega menciona que "al mismo tiempo fueron a fundar el pueblo y el presidio de Guainamota".40 A lo que añade que dio a la población el nombre de "nuestro glorioso padre San Ignacio" y al presidio el de Santo Cristo de Zacatecas.

El primer misionero que se hizo cargo de esta fundación fue el jesuita José de Mesa, y en ese sitio fue asentado el segundo presidio de El Nayar. El jesuita Gerard Decorme relata que "se añadió la formación de un nuevo pueblo en Guainamota a que se dio el nombre de San Ignacio. Se fundó por la mayor parte de nayaritas refugiados en Huaximique".41

Las noticias más tempranas sobre esta misión provienen de la visita de 1753,42 donde se dice que la casa es buena y capaz, "la iglesia buena pero no muy grande algo pequeña para el número de familias que pasan de 200", y que tiene los "suficientes ornamentos y de plata la muy precisa". Fue una de las misiones más inhóspitas por su "temperamento ardiente", como escribe el padre Abarca,43 "motivo por el cual no puede conservarse bastimento alguno y a este modo también ni vestidos, fierros, ni maderas, se conservan".

Para finales del periodo jesuita, el estado de la misión era el siguiente: contaba con iglesia "toda de adove, blanqueada por dentro", techumbre de vigas y paja, medía 29 varas de largo, siete de ancho y nueve de altura, con muros macizos de dos varas. Tenía portada de cantería aunque "muy inferior" y una torre pequeña. Sacristía y bautisterio pequeños, de adobe; allí estaba la pila bautismal, que era de piedra con vaso de cobre. La casa habitación del misionero era de seis piezas de adobe, techadas con madera. La iglesia estaba ornamentada al interior con un "colateral formado de ladrillo y pintado de plata y colores, con cuatro nichos para cuatro imágenes, San Ignacio, N.S. de los Dolores, San Juan y el Crucificado, y en los huecos cuatro pinturas de lienzo". Había además un altar a Nuestra Señora de la Concepción y un "retablo pintado con seis cuadros".44 Tenía coro de madera. Al frente de la iglesia estaba el atrio-cementerio, que era pequeño, donde estaba al centro la cruz atrial.

Para esas fechas el inventario de ornamentos registró una larga lista de objetos textiles, como seis casullas de diversos colores, descritas con todas sus galanuras —"galoneada de plata, encarnada de raso, de lustrina o de lampaso, etc."— todas con paño, estola y manipulo; dos capas, cuatro albas, cuatro tablas de manteles de Bretaña; sobrepelliz, dos amitos, cinco corporales, seis cíngulos, un palio. De objetos de plata había una custodia grande, un copón, un cáliz con patena y cucharilla; otro dorado; una concha de bautizar, dos vinagreras y un incensario con naveta.

Ignoro el estado de conservación de la iglesia misional en las postrimerías del siglo XX, lo cierto es que lo que quedaba de ella fue destruido recientemente y en su lugar se levantó una iglesia nueva hacia el año 2000, como lo pude comprobar en una visita en noviembre de 2004. Al interior lo único que se conserva de la etapa misional jesuita es la imagen del Señor de Guainamota, una escultura muy venerada de un Cristo Ecce Homo, en madera tallada y policromada —de tamaño natural—, y otra del santo titular, san Ignacio de Loyola, figura de vestir, con el rostro y las manos de muy buena factura. Dos piezas escultóricas sin duda de importancia, que son la única herencia de la antigua misión jesuita.

 

Misión de San Pedro Iscatán

Establecida a orillas del río, San Pedro, fue la misión situada más al oeste de la sierra y la más cercana a las tierras bajas. Allí se asentó el tercer presidio del Nayar, establecimiento que sin duda tuvo arraigo, puesto que a su alrededor se fueron congregando pobladores, por lo que con el tiempo llegó a formar el pueblo, al que se le dio el nombre de presidio de Los Reyes, que aún conserva. En el compendio de Decorme se menciona que en 1738 contaba 122 familias y tenía "linda iglesia, con torre, baptisterio, púlpito y un retablo de perspectiva",45 es decir, en lienzo, al tiempo que era ministro el padre Salvador Bustamante. En 1753 se describe como pueblo de lengua mexicana en la que predica el misionero Tadeo, y añade que "ai bastante casa, iglesia techada con teja, ornamentos buenos, raras alhajas de plata, aunque en todas las misiones ai custodias y crismeras". Aquí llama la atención el dato sobre la techumbre de "teja", única misión en donde se elaboró y utilizó esta técnica de barro. Se agrega en la información que "a cuatro quadras de esta misión ai un destacamento de 10 soldados y un teniente, llamado Santo Domingo".

En una carta del jesuita Ortega al provincial, del 22 de noviembre de 1745, dice del padre Salvador: "a fuer de trabajos personales hasta traer a don Francisco Xavier, su hermano, para que al parejo de los indios trabajara como lo ha hecho en la iglesia que sin costarle a los indios un real la hizo tan primorosa que el mismo padre visitador vino maravillado de su artificio."46

Por la documentación existente se sabe que esa construcción, que con tantos esfuerzos había hecho el padre Bustamante, se cayó hacia 1763, ya que el franciscano Marcos Satarain, que se hace cargo de la misión tras la expulsión jesuita, reporta al padre Bugarín que la iglesia "se cayó a más de seis años"y por lo mismo solicita se reedifique con "500 pesos de cuenta de su majestad ". Esto indica que la obra arquitectónica anterior, la efectuada en el periodo jesuita, debió haber sido muy endeble. Desde entonces se oficia la misa en un jacal y tiene tan sólo una capilla pequeña techada por vigas, donde hay unas gradas en las que están colocadas cinco imágenes "perfectas", que miden unavara. Se conservaban entonces, además, dos pinturas —de vara y media— y un lienzo con san Ignacio, en un muro junto al púlpito. Tiene pila de cobre "de competente tamaño con tapa". Por no haber torre, las tres campanas cuelgan de una horqueta. Seguramente que todos estos bienes rescatados de la iglesia que se destruyó provenían del periodo jesuita.

De textiles y ornamentos, el inventario de 1769 registraba seis casullas descritas con detalle, dos capas de damasco, tres albas de Bretaña, tres amitos, dos pares de manteles de Bretaña, etc. De platería se registra una custodia grande dorada, dos cálices con patena, copón, incensario con naveta, concha de bautizo, corona, dos diademas, un resplandor, daga, media luna, potencias de Niño Dios, vara de san José, platitos y vinagreras.

El padrón de la misión reportaba a 404 personas en la última época. En la actualidad, una modesta y nueva capilla se levanta en el sitio de la anterior, de la que tan sólo se encuentran vestigios poco significativos, dos campanas y tres piedras talladas con relieves: el escudo de san Pedro, titular del lugar, con tiara y llaves, un escudo franciscano y una cruz, las tres colocadas en un pequeño altar en el atrio, donde son veneradas por los lugareños. Dentro de la modesta capilla se conservan del periodo misional una pequeña pila de piedra para agua bendita y una escultura en madera tallada y policromada de san Pedro papa.47 Pero desafortunadamente nada se conserva del "retablo de perspectiva" al que hace alusión Decorme en 1738.

 

Misión de Nuestra Señora del Rosario. Y San Juan Corapa, su pueblo de visita

La última misión visitada en la relación que venimos estudiando fue la de Nuestra Señora del Rosario. De ella no hemos encontrado datos sobre su fundación y el cronista Ortega no la tiene registrada, tan sólo la menciona en una ocasión, cuando se sublevaron unos pueblos en 1724 y se incendiaron iglesias. Sin embargo, entre los papeles de jesuitas que llegaron a España tras la expulsión y que fueron publicados por Ernest J. Burrus y Félix Zubillaga48 se recogió el informe del misionero Joseph Xavier García, quien relata en octubre de 1743 que, desde su fundación, en 1723, ha administrado la misión de San Juan Corapa, primer pueblo, y al año siguiente un pueblo adjunto, el de Nuestra Señora del Rosario, que se encuentra como a siete leguas de distancia del anterior, en un paraje denominado Yeguatzi, también sobre el río San Pedro. Aunque para 1739 tuvieron que mudarlo al de Atauhtitán, debido a las crecientes del río, quedó bajo la misma advocación de Nuestra Señora del Rosario. De entonces sólo se reporta que "compónense estos dos pueblos de setecientas noventa y ocho almas, siendo las que se han baptizado, desde su fundación". Gerard las menciona dentro del grupo fundado en 1722. Para la visita de 1753, se reporta que "ai iglesia nueva pero pocos ornamentos", y también que la casa es nueva "pero corta", tiene como pueblo de visita a San Juan Corapa, e incluso entonces tenía iglesia nueva. El visitador Domínguez habla de ambos pueblos, que están en la ribera del río San Pedro distantes a medio cuarto de legua, administrados por el misionero F.X. González y que "tiene yglesia buena y nueva: no tiene adornos, poca casa, pero no mala", con un pueblo de visita también con iglesia nueva.49

A la salida de los jesuitas, contaba con una población de 43 5 personas, y se anota que tenía una iglesia de adobe techada de madera en forma de artesón y que la nave medía 34 varas de largo por nueve de ancho y 15 varas de altura, con unos muros macizos de dos varas. Al interior había un altar de ladrillo, pintado de plata y colores. Allí estaban las imágenes de Nuestra Señora de los Dolores, Nuestra Señora del Rosario y Cristo crucificado. Había bautisterio, sin puerta, por lo que la pila bautismal se pasó a la iglesia. La casa habitación del misionero era de tan sólo dos cuartos techados de madera con puertas y "buenas cerraduras".

Del pueblo de San Juan Corapa hay noticia de que en 173850 tenía 131 familias, y con relación a la iglesia se dice que estaba en los cimientos y como casa tenían una pobre choza; entonces era cabecera, mas luego se convirtió en visita. Su pobreza sólo le permitía tener dos ornamentos blancos y un cáliz de plata. Al parecer fue largo su proceso de construcción, ya que se dice que en el año 53 comienzan a envigarla, pues estaba cubierta de xacal. Sus imágenes en escultura eran san Juan Bautista y Nuestra Señora de la Concepción, colocadas simplemente sobre unas gradas de ladrillo.

Como todas las demás, las misiones tenían los ornamentos necesarios al momento de la expulsión. De platería estaba registrado lo siguiente: una custodia, un incensario con su naveta; corona y diadema de imagen; tres cálices con patena y cucharilla —uno del pueblo de visita—; diadema, libro y Jesús de San Ignacio: todo esto pesó 28 marcos y cuatro onzas de plata. De textiles había ocho casullas de diversos colores —con galones de oro o plata, de telas de Damasco o de seda— "todas con su avío de estola, manipulo, volsa y paño de cáliz desentes y bien tratadas"; dos dalmáticas, dos frontales de raso, una capa, tres albas, tres amitos todo de Bretaña, tres cíngulos, tres palias, seis purificadores, palio de Damasco, tres manteles de Ruan y dos de Bretaña.

Estos pueblos están situados enfrente de San Pedro Iscatán, al otro lado del río. No pude llegar a ellos porque no tienen algún puente que los una y por estar crecido el río. Por lo tanto, desconozco su estado actual.

 

Misiones de Santa Gertrudis y Dolores

Misión de la Virgen de los Dolores

Las primeras noticias que encontramos del sitio denominado Dolores son de 1730, cuando menciona el padre Ortega que éstos fueron destruidos, a raíz de la campaña emprendida por los misioneros jesuitas para destruir falsos adoratorios, tanto en Santa Teresa, El Rosario y San Pedro como en Dolores. También se sabe que en 1732 Dolores estaba bajo el cargo del misionero flamenco Doye, quien era el titular de Santa Teresa. Y más adelante, en i75 5, cuando estaba a cargo del padre F.X. González, se relata que fue allí tal la "lucha" y la "persistencia" de las costumbres idolátricas que se determinó cambiar la misión de lugar. Se incendia el sitio y se traslada a sus habitantes a otros pueblos misionales. Por estas noticias, suponemos que la iglesia que hoy se ve en el sitio también denominado Dolores fue edificada en el último periodo jesuita, hacia 1760, ya que la misión de Dolores debió refundarse en un sitio cercano y al sur del anterior, según se observa en el mapa de Peter Gerhard,51 y finalmente fue abandonado hacia 1786, ya en el periodo franciscano. El cambio lo hace constar Antonio Serratos en una carta al padre provincial Juan Antonio Baltazar en 1752: "se consiguió mudando el pueblo a otro paraje distante como tres leguas más templado y menos húmedo que el primero",52 por considerarlo nocivo para la salud. De esa época se mencionan edificaciones que conformaron el núcleo mínimo que compone a un pueblo: primero la iglesia misional dedicada a la Virgen de los Dolores, y a su alrededor las casas reales, o casa del gobierno indio, la plaza, la cárcel y la picota, donde se dice que se daba castigo ejemplar a los indios por las idolatrías en las que incurrían. Un pueblo de coras vive actualmente alrededor de la deteriorada iglesia misional, que continúa siendo el eje de su sincretismo ritual, no obstante la falta de cura o misionero que los guíe espiritualmente.53

Suponemos que la pequeña iglesia que actualmente se conserva es de esa época. Se trata de una construcción de nave única, rectangular, totalmente en piedra, techada con una estructura de madera y paja, a dos aguas. Su ábside es plano y su portada de piedra fue labrada con ingenuidad y belleza, donde resaltan medias columnas, un arco de medio punto labrado y algunos relieves con figuras de animales. Se complementa al costado con una pequeña habitación, a modo de sacristía, y al frente de la portada con una especie de nártex o pórtico —similar al de la iglesia nueva de Santa Teresa—, con techumbre de paja soportada sobre columnas de madera. Conserva unas campanas, todas del siglo XIX, que penden de un soporte de madera, a falta de un campanario en dicho pórtico. Tiene un pequeño atrio al frente, donde se conserva la vieja cruz tallada en madera. Esta misión es, sin duda, una pieza arquitectónica de gran valor que requiere de una urgente restauración.

Misión de Santa Gertrudis

Su fundación está mencionada desde los primeros tiempos de la obra en El Nayar. El mismo misionero Ortega habla de ella cuando, después de fundada la de la Santísima Trinidad en La Mesa, o sea la primera fundación, se dirigían a Quaimaruzi, y como a doce leguas encontraron dos numerosas rancherías, donde se hizo el pueblo de Santa Gertrudis. "Dividiose el pueblo en dos barrios, por no desazonar a los caciques; porque ninguno de ellos quiso ceder el mando, y fue preciso señalar dos governadores que ofrecieron poner luego mano a la fábrica de la iglesia".54 Relata también que allí donde se congregaron erigieron una "hermosa cruz de madera exquisita y labrada con esmero y prolijidad". Y no sólo se edificó iglesia, sino que el lugar fue escogido también para levantar un presidio, obra a la que le construyeron dos torreones, en lugar de la de San Salvador el Verde, fortificación que sirvió para contener a los nayares que vivían por la parte del norte. Sin embargo, esta fundación no corrió con suerte, ya que tuvo que ser cambiada de sitio en 1724 y finalmente fue abandonada hacia 1750. Gerhard muestra en el mapa del Nayar ambos sitios y así los señala.

 

La música en las misiones

Antes de concluir quiero abordar brevemente el tema de la música y la presencia de los instrumentos musicales en las misiones, ya que son de enorme importancia. Dentro de los temas básicos que el visitador Bugarín se propuso averiguar y registrar en su inspección de 1768 a las misiones nayaritas estaba "qué música tiene cada una". Se señala que todas las iglesias misionales tenían coro, y en muchas de ellas aún se conserva, desde el más modesto, hecho en madera de pino —como el de Dolores—, hasta los integrados a la arquitectura de la nave —como los de La Mesa y Jesús, María y José. Además, en los inventarios siempre se registran los instrumentos que allí había y que se tocaban. Por lo tanto, es conveniente resaltar que los jesuitas introdujeron la música y la enseñaron, formaron grupos de cantores y músicos, y llevaron instrumentos musicales europeos a la sierra nayarita. Esos mismos instrumentos siguen siendo tocados y construidos allí, especialmente el violín, por los grupos indígenas coras y huicholes. Además, se conservan algunos libros de coro del siglo XVIII, como en Dolores, donde algunos cantores coras actualmente cantan minuetos, con los textos y partituras de la música barroca.55

Hubo además en las misiones algunos artesanos que aprendieron a fabricar instrumentos de cuerda desde el siglo XVIII, adoptándolos como parte de su cultura. De esto se hallan escritos algunos testimonios. El padre Bugarín, en la misión de La Mesa, dice que "ay algunos indios en esta misión que fabrican violines y viguelas".56 Y en la de Santa Teresa anota que "A la nona pregunta dixo que en esta dicha misión hasen los indios sombreros de palma, petates, sapatos, guitarras y otras cosas semejantes que se venden ellos unos a otros".57

El recuento de los instrumentos en los inventarios nos arroja, en las siete misiones visitadas, un total de siete violines y siete vihuelas —uno en cada una—, dos arpas, tres bajones, i6 chirimías, un órgano y un clarín. Además de un monocordio, registrado en la misión de Jesús, MaríayJosé.58 Todos estos instrumentos eran de origen europeo, excepto la chirimía, de origen prehispánico, que era un instrumento, aerófono —o sea, de aliento—, de embocadura sencilla o doble, fabricado en barro, carrizo o madera, llamado de esa manera por los españoles por ser semejante a la denominada así por ellos. El bajón fue el otro instrumento de aliento utilizado en estas misiones, también de origen europeo; fue el antecedente del fagot.

Todo esto demuestra el deseo de los jesuitas de difundir su gusto por la música occidental y de enseñarla a los grupos indígenas para que fueran capaces de acompañar las ceremonias litúrgicas con coros e instrumentos.

 

Conclusiones

Finalmente, con esta relación de datos, la revisión de documentos y las observaciones in situ pueden sacarse las siguientes conclusiones:

• todas las misiones contaban en 1768 con una construcción modesta y de arquitectura sencilla, en algunos casos hecha de adobe (San Ignacio Guainamota, El Rosario, San Juan Peyotán y San Francisco de Paula) o adobe y ladrillo o mampostería (La Mesa y Santa Rosa), aunque la piedra aparece también en tres iglesias (Dolores, Santa Teresa y La Mesa). Una permanecía inconclusa (Santa Teresa) y otra había sufrido destrucción (San Pedro Iscatán).

• las iglesias tenían techumbre de madera (de "artesón" en El Rosario) o madera y paja (Dolores, La Mesa y San Francisco de Paula), aunque una tenía teja de barro (San Pedro Iscatán) y dos contaban con buena bóveda de ladrillo (Jesús, María y José y Peyotán).

• cinco de las edificaciones tenían sencilla portada de piedra (Santa Teresa, La Mesa, Dolores, Jesús, María y José, San Francisco de Paula) y tres tenían torres (Jesús, María y José, La Mesa, Peyotán).

• aparece valiosa información de un tema que se antojaba inexistente para estas latitudes: el de los retablos. Siete de estas iglesias tuvieron retablos, dos construidos de piedra (Peyotán y Santa Teresa), tres de ladrillo (Guainamota, El Rosario y Jesús, María y José), tres de madera (La Mesa—el mayor y dos laterales—), además de dos pintados en lienzo (en Iscatán, "de perspectiva", y en Guainamota, pintado con seis cuadros).

• se descubre al misionero Ortega como el gran constructor de la obra arquitectónica jesuita en El Nayar, ya que no sólo edificó la iglesia de Jesús, María y José, sino también la de San Juan Peyotán, la del pueblo de visita de San Francisco de Paula y probablemente la del pueblo de visita de Santa Rosa, además de algunos edificios civiles, como las casas reales deJesús, María y José y Peyotán.

• se confirma que la valiosa descripción de las misiones de San Juan Peyotán y San Ignacio Guainamota encontrada en esos escritos es, definitivamente, el único testimonio que hay de ellas tras la desaparición en el siglo XIX de la de Peyotán, y recientemente de la de Guainamota.

• aparece esbozado el incipiente urbanismo, con lo que puede describirse la manera en que los misioneros jesuitas trazaron el núcleo poblacional y ver cómo fueron dispuestas las edificaciones. La iglesia misional construida siempre con una plaza al frente, y ambas, iglesia y plaza, unidas como ejes rectores al centro del pequeño poblado. La plaza tuvo siempre función tanto de atrio como de cementerio y de lugar de impartición de justicia, donde en algunos casos estuvo la picota; además, alrededor de ella y partícipes de este naciente urbanismo, se mencionan diversos edificios civiles, todos de cierta importancia, como la casa del gobierno indio, o casas reales, las de la comunidad y del general. Todo un conjunto de edificaciones que, aun dentro de su extrema condición rústica, imprimieron cierto orden y formalidad en los poblados indios.

• se puede concluir con base en los inventarios de ornamentos que hay de estas misiones que todas los tuvieron, aunque modestos y en contado número.

Y de los que aún se conservan, los menos, puede decirse que son testimonios del decoro que tuvieron estas remotas fundaciones.

Con todo esto se puede resumir que, en general, la arquitectura misional del Nayar tuvo un carácter moderado y se realizó con recursos materiales precarios, sobre todo si se equipara con la lograda por los jesuitas en otras regiones. Ciertamente, sus primeras construcciones en todas las fundaciones conventuales o misionales de la colonia estuvieron hechas de materiales perecederos, y más tarde fueron sustituidas, en la mayoría de los casos, por obras más durables y ornamentadas. Aunque los jesuitas siempre propiciaron la edificación de obras cada vez mejores, y hasta suntuosas y monumentales, en el caso de las misiones del Nayar, no lo alcanzaron a hacer debido, en primer lugar, a la carencia de buenos materiales para construcción, o a su hallazgo ya tardío —esencialmente canteras, tierras buenas para la manufactura de adobe y ladrillo, y la escasez de maderas—, a la lejanía y aislamiento de la región, pero sobre todo al corto tiempo del trabajo misional —tan solo 46 años—, ya que su labor fue abruptamente truncada.

 

Consideración final

La obra misional en El Nayar fue una de las empresas más difíciles para los jesuitas en la Nueva España. Su azarosa historia destaca más las dificultades que los avances espirituales y materiales.

La presencia de su modesta arquitectura, que a pesar de todo resguardaba retablos, lienzos, imaginería y ornamentos, no hace sino demostrarnos el honor y la dignidad que los jesuitas le dieron a sus misiones. Todo esto basta para proponer su rescate y conservación como parte del patrimonio cultural de México.

 

Notas

1 Llama la atención saber que "esta provincia misionera nunca contó siquiera con 10 predicadores; de hecho en el momento de la expulsión había sólo siete sacerdotes, en comparación con los 98 de las provincias del noroeste", prólogo de Jesús Jáuregui y Thomas Calvo en Apostólicos afanes de la Compañía de Jesús en su provincia de México, edición facsimilar, México, Centro Francés de Estudios Mexicanos y Centroamericanos/Instituto Nacional Indigenista, 1996.         [ Links ] Al respecto, Marie-Areti Hers comenta que "La pacificación fue la obra de unos cuantos jesuitas y una reducida tropa de soldados, distribuidos en diversos presidios", en "Los coras en la época de la expulsión jesuita", Historia Mexicana, México, El Colegio de México, núm. 105, julio-septiembre de 1977, p. 18.         [ Links ]

2 "Encargo a la audiencia de Guadalajara dé todas las providencias que discurriere convenientes para que se logre el fin de la reducción de los indios de la expresada sierra" y "no omitáis diligencia que pueda conducir a este intento", AGN, Reales Cédulas, vol. XXXIV, exp. 61, f. 137, en José Ignacio Rubio Mañé, El virreinato III, México, Fondo de Cultura Económica, 1983, p. 107.         [ Links ]

3 José Antonio Bugarín, "Introducción", en Jean Meyer (ed.), Visita de las misiones del Nayarit 1768-1769, México, Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos/ Instituto Nacional Indigenista, 1993, p. 19;         [ Links ] Jean Meyer, El Gran Nayar, México, Universidad de Guadalajara/ Centre d'Etudes Mexicaines et Centraméricaines (Colección de documentos para la historia de Nayarit, III), 1989, p. 25.         [ Links ]

4 Recopilada en Apostólicos afanes..., op. cit., p. 461.

5 Publicadas por Meyer, El Gran Nayar, op. cit., III, pp. 107 y 113.

6 Informe de la misión Nayar de Quaimaruzi, en ibidem, pp. 83-94.

7 Cuya copia me facilitó amablemente la doctora Clara Bargellini, investigadora del Instituto de Investigaciones Estéticas de la Universidad Nacional Autónoma de México.

8 Lugar donde la acción jesuita "trató de erradicar el culto al oráculo de la Mesa del Nayar, punto central de la vida política, militar y religiosa de la nación cora", Marie-Areti Hers, op. cit., p. 18.

9 Ortega, Maravillosa reducción y conquista...,en Apostólicos afanes..., op. cit., lib. I, cap. XXI, p. 183 (véase n. 4).

10 Ibidem, p. 169.

11 "el padre visitador no ha tenido animo de hacer la iglesia de la Mesa por que a seis años que recela que lo habían de sacar", carta al padre provincial, 22 de noviembre de 1745, en Meyer, El Gran Nayar, op. cit., p. 105.

12 Benson Latin American Collection, Universidad de Texas, WBS 67 U.

13 El retablo mayor para San Francisco Javier Viggé, según el padre Miguel Barco, llegó de México "desarmado y ya dorado, empacado en treinta y dos cajas, atravesando de esta manera tierra y mares" en Marco Díaz, Arquitectura en el desierto: misiones jesuitas en Baja California, México, Universidad Nacional Autónoma de México-Instituto de Investigaciones Estéticas (Cuadernos de Historia del Arte 39), 1986, pp. 93 y 110.         [ Links ]

14 Agradezco al padre Pascual Rosales OFM, custodio de la misión desde hace 30 años, el haberme mostrado la iglesia y sus bienes en la visita que hice a La Mesa en noviembre de 2004.

15 Ortega, op. cit., lib. I, cap. XIX, p. 173.

16 Meyer, El Gran Nayar, op. cit., pp. 85-86.

17 Ibidem.

18 Bugarín, op. cit., p. 126.

19 El retablo de Santa Teresa y una revisión a la breve nómina de retablos en piedra novohispanos los traté en "Un retablo en piedra en la sierra del Nayar", en Retablos, su restauración, estudio y conservación, Memoria del 8° Coloquio del Seminario de Estudio del Patrimonio Artístico, Universidad Nacional Autónoma de México-Instituto de Investigaciones Estéticas, 2004.         [ Links ]

20 Es decir, de curva continua de capitel a base. Acogiéndome al término exacto propuesto por el arquitecto Manuel González Galván en "De los fustes barrocos latinoamericanos", en X Coloquio Internacional de Historia del Arte. Simpatías y diferencias. Relaciones del arte mexicano con el de América Latina, Universidad Nacional Autónoma de México-Instituto de Investigaciones Estéticas, 1988, p. 201.         [ Links ]

21 De la pieza llamada Teocalli de la guerra sagrada, pasando por la representación en el Códice mendocino hasta llegar a relieves como el del convento franciscano de Tecamachalco, Puebla, del siglo XVI, o curiosamente en una portada franciscana, la de la iglesia tapatía de la misma orden, coexisten el águila bicéfala y el águila de la nación mexicana, la primera en la peana de la Virgen y la mexica debajo de la ventana coral.

22 Bugarín, op. cit., p. 275.

23 Recuento efectuado por Laura Magriñá, Los coras entre 1531 y 1722, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia/Universidad de Guadalajara, 2002, p. 110.         [ Links ]

24 El misionero Doye relata que en 1739, en una campaña contra la idolatría, el capitán del presidio "mandó amarrasen al palo de justicia los quatro viejos principales, cercados de un montón de leña [...] hizo encender la hoguera", Meyer, El Gran Nayar, op. cit, p. 92.

25 Ortega, op. cit., lib. I, cap. XIX, p. 172.

26 Nacido en Tlaxcala en 1700, formado en el noviciado de Tepotzotlán, llegó tempranamente a la obra misional del Nayar, hacia agosto de 1727, y permaneció allí al parecer hasta 1751. Para 1767, el momento de la expulsión, estaba viviendo ya en el Colegio del Espíritu Santo, en Puebla. Hizo el viaje al destierro y murió al poco tiempo de desembarcar en España, en el puerto de Santa María, el 2 de julio de 1768.

27 Publicado también en 1732, titulado entonces Doctrina cristiana, oraciones, confesiones, arte y vocabulario de la lengua cora.

28 Meyer, El Gran Nayar, op. cit., p. 100.

29 Carta al padre Baltasar, en Meyer, El Gran Nayar, op. cit., p. 113.

30 Bugarín, op. cit., pp. 171-172.

31 Según la ficha sobre Jesús, María y José, en el Catálogo Nacional de Monumentos Históricos Inmuebles. Nayarit, disco compacto del Centro del Instituto Nacional de Antropología e Historia en Nayarit.         [ Links ]

32 Benson Latin American Collection, Universidad de Texas, doc WBS67, f. 137.

33 Idem.

34 Carta en Meyer, El Gran Nayar, op. cit., p. 116.

35 Benson Latin American Collection, Universidad de Texas, doc. WBS 67, f. 138.

36 Dela misma manera se reporta en el Catálogo del Instituto Nacional de Antropología e Historia, en las fichas 180009 y 189002, que el antiguo templo hundido "se encuentra bajo el actual jardín de niños".

37 Bugarín, op. cit., p.151.

38 "Las dos misiones que yo tengo a mas de estar distantes tiene el río del Nayar de por medio y no se si habrá otro padre o tan indio o tan barbaro como yo que pueda pasarlo tantas veces como ofrece el estar los dos pueblos de Santa Rita y Santa Rosa de la otra vanda", en Meyer, El Gran Nayar, op. cit., p. 117.

39 Benson Latin American Collection, Universidad de Texas, doc. WBS67.

40 Ortega, op. cit., lib. I, cap. XXIII, pp. 199, 200 y 201.

41 Gerard Decorme, La obra de los jesuitas mexicanos durante la época colonial, México, Antigua Librería Robredo de J. Porrúa e Hijos, 1941, t. II, p. 551.         [ Links ]

42 Ibidem.

43 Carta al padre Baltasar, en Meyer, El Gran Nayar, op. cit., p. 111.

44 Bugarín, op. cit., p. 196.

45 Decorme, op. cit., t. II, p. 557.

46 Meyer, El Gran Nayar, op. cit., p. 103.

47 Sitio y objetos que observé en octubre de 2005.

48 Ernest J. Burrus y Félix Zubillaga, Misiones mexicanas de la Compañía de Jesús, 1618-1745, Madrid, Porrúa Turanzas, 1982, pp. 276-305.         [ Links ]

49 Benson Latin American Collection, Universidad de Texas, UT WBS67, f. 307.

50 Decorme, op. cit.

51 Véase Peter Gerhard, La frontera de la Nueva España, México, Universidad Nacional Autónoma de México-Instituto de Investigaciones Históricas, 1996, p. 143.         [ Links ]

52 Carta del 26 de febrero de 1752 escrita en el presidio de La Mesa del Tonati, publicada por Meyer, El Gran Nayar, op. cit., p. 119. Así como otras cartas en el capítulo XIV, que se titula "La mudanza de la misión de Dolores".

53 El sitio lo visité en noviembre de 2004.

54 Ortega, op. cit, lib. I, cap. XXI, p. 187 y XXIV, p. 215.

55 Este tema lo ha estudiado Jesús Jáuregui, quien además ha grabado cantos res-ponsoriales de la Semana Santa. Véase el prólogo a Apostólicos Afanes..., op. cit., p. XXXI.

56 Bugarín, op. cit., p. 132.

57 Ibidem, p. 137.

58 Este instrumento aparece en un informe en el Archivo General de la Nación, Ramo Temporalidades, 1767, vol. 218, exp. 1.

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