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Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas

versión impresa ISSN 0185-1276

An. Inst. Investig. Estét vol.25 no.83 Ciudad de México sep./nov. 2003

 

Libros

 

¿No queda huella ni memoria? (Semblanza iconográfica de una familia). Aurelio de los Reyes

 

por Carlos Martínez Assad

 

México, UNAM-Instituto de Investigaciones Estéticas y El Colegio de México, 2002, 391 pp. ils.


Algo cambia en el interior de nosotros día con día y algo debe expresarse también en nuestro exterior por que, por lo general, nadie retrata igual en todas sus fotografías, aun cuando no sea tan amplio el tiempo que las separe. Algo sucede, además, en nuestro tiempo que queremos aprehender el pasado, fijarlo e incluso cobijarnos en su seno. Nunca habían estado más de moda las conmemoraciones, los aniversarios, y no necesariamente es la nostalgia, el regodeo en la frase de "todo tiempo pasado fue mejor ". Se trata de algo más profundo, quizá la incertidumbre del mundo que vivimos, de la modernización destructora, de los cambios tecnológicos, de la guerra que ubica a los seres humanos ante la fragilidad de su destino. Es, por lo tanto, difícil pensar en el futuro sin considerar el pasado, y no sólo en términos genéricos sino en cuanto a todo aquello que nos liga, nos da identidad y cohesión en el grupo de referencia.

Aurelio de los Reyes, investigador y autor sobresaliente, que siempre sorprende por la originalidad de los temas que trata, puede hurgar en los sitios más inesperados para darnos la trayectoria de los inicios del cine mexicano, descubre la cabalgata de Fancisco Villa en el cine estadounidense, realiza el retrato con mayores matices de Dolores del Río en un CD que se adelanta al uso de los medios más usuales de la divulgación historiográfica. En prácticamente todo su trabajo, la fotografía ha ocupado un lugar tan importante como el discurso, pero nunca como en el libro que ahora presentamos, donde las imágenes son parte fundamental de la narración.

En esta verdadera genealogía, el autor va hilvanando recuerdos de infancia con su tarea bien cimentada de historiador, porque no comenzó a serlo en la academia, sino que ahora sabemos, gracias a este libro, su vocación le venía de más atrás, de aquellos paisajes rancheros entre Aguascalientes y Zacatecas, de esos muros desgastados por los años, de los objetos que —siempre lo he lamentado— sobreviven a las personas. Por esos parajes y casonas no sólo deambulan los fantasmas, sino los olores y los sabores que nos llevan al acontecer de otro tiempo. El autor, sin embargo, con su acuciosa memoria fue reteniéndolo todo y, después, indagó sobre las colecciones de la familia como la que inició Francisca García Rojas hasta llegar a su poseedor actual. Más de 400 fotografías, de las cuales la mayoría procede de ese acervo, dan no uno sino los varios rostros de este libro que en realidad forman el de una familia con sus avatares, sus fiestas, sus desdichas, pero donde prevalecen los momentos felices de las familias bien acomodadas; en contraste, nunca he visto la foto de un inmigrante —de cualquier origen— que muestre una sonrisa o exprese un sentimiento próximo a la felicidad.

Y junto a ese maravilloso museo fotográfico, Aurelio de los Reyes va narrando sus genealogías con actas de matrimonio, de bautizo, de defunción, cartas familiares, tarjetas de primera comunión, cartas de visita, testamentos, dedicatorias, estados contables, objetos varios para demostrarnos que nada es prescindible desde el pisapapeles, el mantón de Manila, la marca para el ganado.

Las imágenes fotográficas proceden de diferentes técnicas, como el ambrotipo, ferrotipo o el daguerrotipo en esa su constante búsqueda, que le hizo reunir cerca de dos mil imágenes y retratar el mismo autor más de tres mil para permitirnos seguir el posible itinerario familiar. El autor expresa: "Podemos hablar de cuatro generaciones fotográficas, con una conciencia del valor del retrato como testimonio familiar " (p. 202), porque varios de sus integrantes tuvieron conciencia de la necesidad de ese resguardo que les permitió conservar esos retratos para que llegaran a manos de Aurelio y él pudiera trasmitirlos al lector. Así encontramos esas cartas de visita donde la más antigua parece la de Concepción Quijano que data de 1872 —muy pronto si se recuerda que la primera fotografía de la emperatriz Carlota data apenas de 1866—, y las de Francisca García Rojas Galván y María Galván de Zaragoza como salidas del estudio de Cruces y Campa, quien en un largo anuncio publicado en 1848, concluía diciendo: " se garantiza siempre una perfecta semejanza y a satisfacción de la persona".

Pienso que un apoyo gráfico semejante haría más accesible, por ejemplo, la lectura del Génesis para poder seguir el intrincado relato: José García de Roxas y Juana de Delgadillo engendraron a José, Francisco y Sebastián, e irse extendiendo así sucesivamente cual si se tratara del relato bíblico. En ese sentido, la investigación usa esos medios, pero el objetivo es el retrato de una familia: "Este libro cuenta la historia de grandeza de una familia de tantas, de su realización, de su desaparición y del nuevo sueño de grandeza pasada que una nueva realidad histórica convirtió en añoranza, en recuerdo, en anhelo, en suspiro, en un pasado magnificado que motivó apreciaciones erróneas, intencionales o no, en las genealogías" (p. 26).

Pero se trata realmente de una familia de tantas o se busca volver a la idea de árbol genealógico, documento generalmente de carácter privado avalado por actas y otros elementos que le conferían abolengo. O más allá, puede tener como antecedente la constatación de limpieza de sangre, documento jurídico en el cual se demuestra, por medio de información testimonial, que quien lo promueve ha tenido el nombre y la fama de hijo legítimo, dentro de una familia limpia de toda mala raza, moros, judíos o penitenciarios de la Inquisición y que han vivido noblemente sin ejercer oficios viles y mecánicos. Este certificado solía acompañarse de una excelente confección en pergamino con dibujos de artistas de fama bien consolidada, por ejemplo de El Greco.

Coincide casi al pie de la letra con la argumentación de Antonio Rincón Gallardo de Roxas cuando solicitó título de nobleza. "[que digan los testigos] si saben que don Fernando García de Roxas, [natural de la hacienda de los Ojuelos], mi abuelo, fue entre otros hijos en legítimo matrimonio habido, educado y reconocido por hijo legítimo de don José García de Roxas, doña Agustina Martínez de Sotomayor, mi bisabuela, el primero natural de la ciudad de Querétaro, y la segunda de jurisdicción de Sierra de Pinos, de donde fueron ambos vecinos en la hacienda de Ojuelos... si saben que todos los susodichos mis ascendientes paternos y maternos, fueron españoles de notoria calidad, personas nobles, cristianos viejos y descesdientes de tales y no moros, judíos, penitenciarios por el Santo Oficio, ni de los nuevamente convertidos a nuestra Santa Fe" (pp. 90-91). A su pasado peninsular puso un velo y aunque no consiguió el título de nobleza, sí lo obtuvo Manuel, su hijo mayor, como marqués de Guadalupe Gallardo.

Por eso no desconcierta que la familia García Roxas haya dado a México sacerdotes, monjas, cinco gobernadores de Zacatecas, entre ellos Francisco García Salinas y José María García Rojas y García y Rojas y, creo haber entendido, alguno de Aguascalientes y hasta un fotógrafo. Pese a la decadencia familiar, no se menciona, por ejemplo, alguien con alguna conducta impropia, un desfalcador o un ladrón o un artista.

El autor recupera, sin otra intención que la de reconstruir la historia, un pasado familiar, tradiciones ya perdidas que podrían permitirnos entender mejor nuestro pasado, volver a expresiones culturales tan poco frecuentadas como la moda y los usos de cierta indumentaria. El autor demuestra que, en las haciendas de esta región, los patronos y administradores vestían a la usanza urbana. Como bien lo demuestra al hablarnos de las bodas y hasta ahora entendí por qué en todas las películas los ajuares siempre se compraban fuera de la hacienda, en la ciudad más próxima o en las capitales como Guadalajara y México.

Particularmente relevante es demostrar un papel más destacado de la mujer en los siglos XVII y XVIII del que se le ha atribuido. Por ejemplo, la inconformidad de María Teresa que, como hija mayor, se negó a entregar el mayorazgo a su hermano como fue la disposición de su padre Pedro Rincón de Ortega. Ella se negó a entregar la propiedad y siguió trabajándola hasta la sentencia en 1734. Por su parte, María Josefa, la esposa de su hermano Francisco Xavier, aprendió a administrar los bienes, de tal forma que cuando éste murió pudo continuar sus actividades e incluso ayudar a su hijo Antonio Rincón Gallardo García de Roxas, heredero del mayorazgo, con quien estableció una sociedad agrícola (pp. 878-883). El autor afirma: "María Josefa es de hecho la primera hacendada que conozco, en el sentido más amplio del término; figura excepcional que se ocupa de la administración de sus propiedades personalmente" (p. 84). Algo semejante sucedió con la hacienda de San Nicolás de Diego Anselmo de Quixas Escalante, que quedó a cargo de su esposa Ana María del Río Tirado cuando don Diego murió. Y también resulta de gran interés la constatación de la existencia de esclavos en las haciendas que, según los testamentos, se heredaban de una generación a otra.

La historia de México bordea, como listón tricolor que adorna un cuadro, el conjunto del libro desde la colonia, la independencia de España, el primer imperio, la guerra de Reforma, el imperio de Maximiliano y algunos años de su secuela. Hubiera deseado entender la dinámica familiar ya en pleno porfiriato e incluso si la revolución contribuyó al desgaste y decadencia de las haciendas mencionadas y , por qué no, si los repartos apenas dejaron esos cascos y capillas derruidas que nos permiten ver la buena factura del buen fotógrafo que es Aurelio de los Reyes.

Las fotografías rebasan el tiempo histórico del relato, quizá para demostrar el gran peso de las imágenes como testimonio y documento, con la enorme ventaja de que resultan más personales y entrañables, como si se tratara de la propia familia, del abuelo rodeado de nietos, de la boda de los padres, del paseo en el día de campo, de la infaltable tía Lola, de los niños el día de la primera comunión. Incluso todo lo que queda para atestiguar lo que fuimos y hacer hasta lo imposible para eludir la nostalgia cuando vemos los arcos y claroscuros de la soledad que habita los muros de las haciendas. Pero allí están todavía los rumores y las risas, los recuerdos y la memoria, el sabor del chocolate caliente y el pan recién horneado, y las alacenas llenas de duraznos en conserva y de ate de membrillo. ¿Por qué el título, Aurelio, si tu camino está lleno de huellas y mantienes la gran cualidad de hacernos partícipes de tu memoria, de esa rica memoria?

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