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Nueva antropología

versión impresa ISSN 0185-0636

Nueva antropol vol.30 no.87 México jul./dic. 2017

 

Artículos

El movimiento estudiantil en chile, 2006-2014. Una aproximación desde la cultura y las identidades

The Student Movement in Chile, 2006-2014. An Approach from the Point of View of Culture and Indentities

Óscar Aguilera Ruiz* 

* Doctor en Antropología Social y Cultural, profesor-investigador en el Departamento de Estudios Pedagógicos, Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad de Chile. Correo electrónico: oaguilera@u.uchile.cl

Resumen:

El propósito del presente artículo es comprender la constitución y continuidad del movimiento estudiantil chileno entre 2006 y 2014. A partir de una metodología cualitativa que combina relatos de vida con la propia reflexividad de los actores participantes, se da cuenta de una diversidad identitaria en su composición que, al mismo tiempo, fortalece al movimiento y exige una atención específica al modo en que se gestionan las tensiones que de allí derivan. Desde un enfoque cultural se ingresa al movimiento estudiantil, a las nociones políticas de visibilidad y a las construcciones identitarias, para concluir que se reconoce una fisura en la hegemonía de las organizaciones e identidades políticas tradicionalmente reconocidas entre la militancia estudiantil.

Palabras claves: movimiento estudiantil; identidades; juventud; cultura; Chile

Abstract:

The aim of the present article is to understand the make-up and maintenance of the student movement in Chile between 2006 and 2014. Using qualitative methodology life experiences are combined with the participants’ own reflections, producing a diverse identity in the composition of the movement while at the same time strengthening it and demanding specific attention to the ways in which tensions derived from these various identities arise. From the cultural point of view young people joined the movement due to political ideas of visibility and identity constructs, concluding that a split occurs in the hegemony of the traditional political organizations and identities in the student militancy.

Keywords: student movement; identities; young people; culture; Chile.

Introducción

La sociedad chilena se vio sacudida entre 2006 y 2014 por un amplio proceso de movilización social y protesta, que ha tenido un actor protagónico entre los jóvenes estudiantes. El análisis de este ciclo ha sido ampliamente estudiado en otros trabajos (véase Aguilera, 2014, 2015). Sin embargo, en esta ocasión pretendo profundizar en una de las aristas más pertinentes para la discusión cultural: las construcciones identitarias que coexisten al interior del movimiento estudiantil.

Así, propongo una perspectiva cultural que enfatiza en aquellas dimensiones que posibilitan la constitución de un “nosotros” en el cual reconocerse y por el cual movilizarse. Esto supone el seguimiento de tres ideas base respecto al estudio de los movimientos sociales: su carácter eminentemente relacional -en tanto implica la construcción no sólo de un “nosotros”, sino que también de aquellos “otros” ante los cuales se movilizan-; la importancia que adquieren aquellos elementos que denomino frames o marcos interpretativos desde los cuales interpelar y relacionarse con el mundo social, y finalmente, el complejo proceso de constitución de identidades colectivas y su importancia en la configuración de movimientos sociales. Esta perspectiva, que en los trabajos iniciales de Melucci (1989) estaba orientada a presentar los “nuevos lugares de conflicto” desde el cual se producían las prácticas colectivas, ha ido dejando paso a una preocupación, no tanto por el “origen” de los movimientos, sino por los procesos que “sostienen” toda práctica colectiva, enfatizando, por tanto, aquellas cuestiones interaccionales, relacionales e identitarias que señalé previamente.

Para lograr mi cometido, en un primer momento, despliego algunas dimensiones de análisis derivadas de la aproximación cultural para comprender la acción colectiva y los movimientos sociales. Estas dimensiones de análisis son complementadas por un abordaje del lugar de las identidades en los movimientos sociales, específicamente, lo relativo a la afectividad social. De manera posterior, presento la metodología que permitió producir la información para este artículo. Finalmente, analizo las especificidades identitarias que reconozco al interior del movimiento estudiantil y establezco algunas preguntas sobre las posibilidades y tensiones de los procesos de ampliación identitaria que he reconocido.

Movimiento estudiantil en Chile: dimensiones de análisis

La propia definición y delimitación de la acción colectiva constituye un campo de disputa, como lo demuestran el conjunto de teorías y enfoques con que se pretende analizar este fenómeno constituyente de lo social y tributario de lo cultural.1 Sin duda, individual y colectivamente hay “cosas que nos mueven”, pero también hay “cosas por las que nos movemos”. Por lo mismo, se requieren perspectivas que sean capaces de dar cuenta tanto de los individuos y sus motivaciones, como del papel que desempeñan las agrupa ciones humanas, así como de aquellos elementos de orden estructural que enmarcan las acciones concretas.

En el proceso de reconstruir y conceptualizar la constitución del movimiento estudiantil chileno, he identificado, desde una perspectiva cultural, dos dimensiones analíticas que permiten dar cuenta de las prácticas juveniles: políticas de visibilidad y políticas de la identidad.

Políticas de visibilidad

Expresar, manifestar y visibilizar, son nociones que remiten a la forma en que aparece frente a nosotros un grupo de jóvenes haciendo algo: los vemos, están allí, se hacen presentes, se visibilizan a través de un conjunto de lenguajes y estrategias que remiten tanto a las características culturales que se les asocian, como a las formas y contenidos con que la sociedad va construyendo y constituyendo a los distintos grupos sociales que la conforman.

Una de las cuestiones que ha cambiado en la sociedad chilena es precisamente el lugar donde se construye lo político, por tanto, es necesario realizar un esfuerzo por ubicar los sitios desde los cuáles se estarían reconstruyendo acciones e identidades políticas. Pero, necesariamente esto debería ser analizado desde distintos niveles de organicidad, porque no todas las agregaciones juveniles se encuentran en un mismo plano: agrupaciones juveniles o “cabros de esquina”; colectivos juveniles, y movimientos juveniles o adscripciones identitarias. La distinción analítica nos permitirá precisar los grados de articulación social de las propuestas políticas construidas desde el campo cultural.

Por otra parte, la pregunta por los modos de nombrar y ser nombrados en el espacio mediático nos instala en el debate sobre las políticas de visibilidad que desarrollan las agrupaciones juveniles, así como aquellas que son desplegadas por los dispositivos hegemónicos de poder (adultocéntrico), que mayoritariamente están mediatizadas por la prensa escrita y audiovisual. En este sentido, es necesario problematizar una doble dimensión involucrada en la construcción del movimiento estudiantil: las políticas desplegadas por los actores institucionalizados sobre el mundo juvenil, y aquellas que implementan los propios actores juveniles en su intento por desarrollar estrategias comunicacionales, es decir, como componentes centrales en las condiciones de posibilidad de la propia acción (tanto en su constitución como en su permanencia). La escena comunicacional se convierte en un analizador central de las luchas por la constitución de las visibilidades, en una doble dimensión, hegemónica y contrahegemónica2 y, a la vez, en un verdadero marco estructural de la construcción de la política juvenil.

La producción cultural aparece, entonces, según diversos autores (Feixa et al., 2002; Reguillo, 2001) como un lugar de interrogación y elaboración de significados que posibilitan la acción. Las manifestaciones con bailes, música, tambores y actuaciones de teatro, el uso de tecnologías, quizá identifiquen mejor que otros indicadores las variaciones y novedades que comportan las acciones políticas juveniles de este nuevo milenio. Las formas de acción a través del carnaval, que contribuye a la ritualización de la manifestación política, no son una cuestión superficial. La performance juvenil supone, o más bien, está íntimamente ligada a los contenidos fundamentales del movimiento: discurso propositivo, esperanzador y lúdico. De allí que, para ingresar al análisis de las formas expresivas y las políticas de visibilidad, lo haré a partir de la performance, la manifestación política y la constitución de una subjetividad juvenil.

Perfomance y manifestación política

El análisis sobre la visibilidad contiene dificultades analíticas no siempre bien planteadas en los estudios sobre la participación política de los jóvenes, y que refieren al relato que se elabora sobre lo que significa el movimiento. Es por ello que el énfasis de nuestro análisis está en los significados que los propios jóvenes le atribuyen a su práctica, a su entorno y a las interacciones que se producen entre los distintos elementos involucrados (Laraña y Gusfield, 1994; Íñiguez, 2003; Della Porta y Mosca, 2005). O como plantea Melucci (1999: 43):

[…] la acción colectiva es considerada resultado de intenciones, recursos y límites, con una orientación construida por medio de relaciones sociales dentro de un sistema de oportunidades y restricciones. Por lo tanto, no puede ser entendida como el simple efecto de precondiciones estructurales, o de expresiones de valores y creencias. Los individuos, actuando conjuntamente, construyen su acción mediante inversiones “organizadas”; esto es, definen en términos cognoscitivos, afectivos y relacionales el campo de posibilidades y límites que perciben, mientras que, al mismo tiempo, activan sus relaciones para darle sentido al “estar juntos” y a los fines que persiguen.

Resulta adecuado vincular esta perspectiva con la producción antropológica del ritual,3 es decir, como forma de comprender a cabalidad las orientaciones culturales que los jóvenes despliegan en sus acciones, a la vez que las proyectan sobre determinados horizontes simbólicos. Así como he introducido una nueva perspectiva para comprender la acción colectiva, parece pertinente desplazar las definiciones clásicas del ritual en cuanto a que:

[…] los rituales poseen significaciones intrínsecas, dadas o fijadas por la tradición, que desafían constantemente la aprehensión que de ellas pudieran hacer los actores, y que apelan a una suerte de reiteración mecánica. En este modelo se desconsidera tanto los mecanismos de apropiación del sentido que ensayan los grupos como aquellos actores singulares, imaginativos y minuciosos a través de los cuales los rituales son recreados, transformados, construidos en inventores de la historia [Díaz Cruz, 1998: 76-77].

Si se piensa, por ejemplo, en las adscripciones a determinados estilos, queda en evidencia que la dimensión movilizadora de los rituales no siempre está preestablecida u obedece a una repetición mecánica. Se trata más bien de “ir haciendo” o “ir haciéndose” en el camino. Esta dimensión performativa de ciertas prácticas juveniles es fundamental a la hora de analizar la acción que desarrollan, por cuanto muchas de ellas pasan por ejes de constitución tan sutiles como los afectos y las propias situaciones emocionales por las que atraviesan los sujetos.

En el caso de los afectos, en ocasiones más que la adhesión a determinada causa, son ciertos estados emocionales los que organizan los sentidos y permiten definir las prácticas. De esta forma, la protesta social es pensable no sólo como un espacio de visibilización de un cierto actor colectivo alrededor de unas demandas compartidas, sino que también se incorpora otra dimensión “terapéutica” que permite a los individuos procesar, descargar, escenificar ciertos procesos internos por los que atraviesan. Allí radica la potencia de la performance juvenil, es decir, en: recrear la estructura dramática clásica del ritual (separación, liminalidad, reagrupación) a partir de la puesta en discusión de los propios objetivos que “unifican” a los participantes de una actividad.

En la historia social de Chile los jóvenes como conjunto generacional han sido mayoritariamente invisibilizados o aparecen subsumidos en categorías como las de obreros, pobladores, entre otras. Sin embargo, desde la creación de la Federación de Estudiantes de Chile (universitarios), a principios del siglo XX, comienza un largo proceso de constitución de un actor juvenil circunscrito y homologado a la de estudiante: así es como se recuerda el movimiento social conocido como “rebelión de la chaucha”, acaecido en el año de 1957 y en el que tuvo una destacada participación el incipiente movimiento de estudiantes secundarios, a partir del cual se sumaron sectores obreros y poblacionales unidos por la demanda de reivindicar un transporte público asequible; asimismo, las movilizaciones universitarias ocurridas en los años 1967 y 1968, que inician un profundo proceso de Reforma Universitaria y, a la vez, una destacada participación de los mismos jóvenes en los partidos políticos (de izquierda, centro o derecha), o bien, lo ocurrido en los años ochenta, que es cuando emergen nuevamente movimientos estudiantiles, lo cual está registrado en el documental Actores Secundarios (2004). En la historia de Chile los jóvenes son actores secundarios, aunque se hayan visibilizado como punta del iceberg en ciertas transformaciones sociales.

Todos estos antecedentes evidencian un verdadero repertorio de acción colectiva y modalidades específicas que han desarrollado los jóvenes en Chile. En este punto, y siguiendo a Tilly (2002), se podría señalar que las acciones juveniles no siempre presuponen el establecimiento de un conflicto (nudo central en la definición de movimiento social). Ahora bien, estas distinciones en las modalidades de los repertorios de la acción colectiva no deben pensarse de forma excluyente, es decir, como dos polos opuestos entre sí, sino más bien como articuladas en un continuum entre afirmación identitaria y conflicto social. Entonces, si se utiliza la distinción sólo para efectos analíticos tendrían que reconocerse estas dos posibilidades de acción colectiva y movilización juvenil.

En síntesis, las modalidades de presencia y visibilidad de la acción colec tiva juvenil están modificando el repertorio de movilización y acciones de contestación de los jóvenes, al menos en tres procesos articulados entre sí:

  • a) El paso de una protesta social masiva a la acción específica de grupos que encaran directamente y sin mediaciones institucionales a sus objetos de demanda.

  • b) Una reconfiguración de la espacialidad política en la que se manifiesta el conflicto, en tanto que ya no se recurre sólo a la tradicional marcha o desfile en lugares céntricos, sino que cada vez más se desarrollan acciones descentradas geográficamente, y que muchas veces son replegadas hacia el interior de espacios semipúblicos (colegios y universidades).

  • c) La sustitución de planificaciones centralizadas por acciones de protesta localizadas, que desde una visión externa parecen espontáneas, pero que requieren una gran coordinación, por ejemplo, las movilizaciones estudiantiles.

Subjetividad y política

Las formas de entender y nombrar la intervención juvenil por parte de sus propios actores no se realizan fuera de las condiciones de participación que presenta la sociedad en su conjunto. Esto obliga a una lectura de la política desde el mundo juvenil, en modo alguno “naturalizada” u “objetivada”, sino por el contrario, que nos abre una puerta a lo que Lechner definiera como “la conflictiva y nunca acabada construcción del orden deseado” (2002: 8), y que lo llevaría a proponer que:

[…] la subjetividad social ofrece las motivaciones que alimentan dicho proceso de construcción. Ello presupone, sin embargo, que la política contribuya efectivamente a producir sociedad. Reivindicar el carácter constructivista de la política moderna no está de más en una época que tiende a la naturalización de lo social [ibidem: 8].

En ese sentido, emerge con fuerza la necesidad de contextualizar históricamente lo que ocurre hoy a los jóvenes chilenos en su relación con la política.

Un primer marco de aquella subjetividad social queda en evidencia respecto a la (conflictiva) relación que mantienen con la policía, sobre todo aquellos que desarrollan trabajo directo con las comunidades en sus territorios y que están más politizados. Síntoma de una sociedad que, incluso, en sus aspectos más formales e institucionalizados no logra eliminar la huella de un pasado dictatorial que resquebrajó la confianza, y que todavía no logra reconstruir.

En segundo lugar, como una característica cultural consustancial al modelo neoliberal, emerge el desencanto aprendido y el debilitamiento de los lazos colectivos, que han ido modificando las disposiciones individuales respecto a la política y la vida social. La producción de esta subjetividad se vive como uno de los principales impactos que produce dicho modelo. Tan es así que buena parte de las acciones colectivas de los jóvenes están marcadas por la desafección, o como señala una joven rockera de Valparaíso “[…] yo soy una desesperanzada con eso […]”, donde “eso” es la política entendida como transformación social.

En ese desfase entre lo que cotidianamente hacen los jóvenes desde sus respectivos lugares (represión y desencanto) y la acción institucionalizada de la política, se ha instalado una brecha significativa para la cual no existen todavía los puentes necesarios. Casi a modo de mapa de la subjetividad juvenil en su relación con la política, sostengo que al menos hay tres procesos socioculturales que inciden sobremanera en la forma en que los jóvenes chilenos se vinculan con los espacios político-institucionalizados:

  • • En primer lugar, un modo de relación adultocéntrico en el que la promesa del futuro se realiza sobre la base de hipotecar y ceder el presente. Las narrativas respecto a que “el deber” de la juventud sería el “prepararse para” progresivamente ir desalojando de la contingencia a los propios sujetos que observan cómo su capacidad de agencia es secuestrada o al menos reducida a una dimensión puramente expresiva y no deliberante. La negativa permanente a discutir la disminución en la edad necesaria para votar en las elecciones, mientras que sí se ha rebajado la edad penal, lo cual es un poderoso indicador de este proceso.

  • • En segundo lugar, la indiferenciación de proyectos políticos que se presentan en la sociedad chilena, y que no se reducen solamente al sistema electoral binominal y la consiguiente exclusión de ciertas “minorías”. Se trata de un distanciamiento mucho más profundo y que aquí denomino de orden “geológico”, es decir, de una brecha cultural de profundo alcance respecto a lo que se entiende por política, además, los medios y mecanismos utilizados para desarrollarla y los fines que se propone alcanzar.

  • • En tercer lugar, reconozco un poderoso operador cultural que hace mucho tiempo viene reconfigurando las prácticas políticas y las relaciones intersubjetivas: el consumo. Mientras el capitalismo tradicional descansaba sobre la base de un proceso productivo que implicaba el consumo como una fase de goce y disfrute de la producción previa, y por tanto una experiencia subjetiva que remitía al futuro, hoy el consumo se ha instalado como el principal operador económico-cultural4 al nivel de no tener necesidad de sacrificar el presente ni el futuro, constituyéndose en el mejor sucedáneo de la política. Así como es común observar afiches llamando a la movilización estudiantil, también, ver que los agentes de ventas de los bancos y casas comerciales ofrecen tarjetas de crédito a jóvenes que aún no desarrollan una vida laboral activa.5

Dimensiones identitarias

Con las precauciones del caso, he optado por señalar las dimensiones identitarias como uno de los vectores que forman parte de la construcción de los mo vimientos juveniles. Precauciones, porque estoy consciente de los debates que a lo largo de muchos años se han desarrollado en el campo de las Ciencias Sociales, y que en los últimos tiempos han llegado al de la Antropología.6 Y porque para analizarlas asumo el riesgo de problematizar un conjunto de procesos que no son conmensurables de antemano, sino que dependen en buena medida “del punto de vista del actor”.

Asumo como premisas básicas los postulados de Melucci (1999) para analizar las identidades no como esencias, sino como el resultado de un conjunto de tensiones, negociaciones, intercambios entre los diversos actores juveniles que pueden, incluso, formar parte de una misma agrupación, pero que intentan direccionar en uno u otro sentido la constitución del nosotros. Las identidades son quizá el primer campo de conflicto entre el mundo juvenil en su relación con el mundo adulto institucional, que es quien fija los atributos compartidos que tendrían unas y otras grupalidades. Nos interesa reconocer, particularmente, las cuestiones relacionadas a las afectividades y la construcción de consensos éticos en tanto dimensiones identitarias que remiten al autorreconocimiento que un conjunto de sujetos puede realizar respecto a sus atributos, respecto a los que “otros” poseen, y a partir de cuyas coordenadas básicas los jóvenes definen su propio lugar en la sociedad.

Afectividades y consensos éticos

En la constitución del “nosotros” la afectividad aparece recurrentemente en los modos de significar las prácticas que desarrollan los jóvenes (“alucinante”, “potente”, “ufff, pa’la cagá”), pero también en las maneras de constitución de los vínculos intersubjetivos que se desarrollan (“hermandad”, “amigos”, “rabias”). Este tipo de indicadores, lejos de constituir una novedad en el estudio de los fenómenos colectivos,7 adquieren importancia hoy en día en tanto que el compromiso y la participación juvenil pasan antes por una relación con una comunidad afectiva que por lealtad a una colectividad política (Costa, 1998). De esta forma, la contractualidad racional aparece casi como un resultado de los despliegues de una racionalidad afectiva, lo que tiene importantes efectos en el estudio de las prácticas sociales y la acción colectiva juvenil.

La afectividad es un componente importante en las motivaciones para participar en una agrupación juvenil. Los sentimientos que experimentan y sienten los jóvenes están estrechamente relacionados con los vínculos de amistad, amor (de pareja y de compañerismo), los cuales van construyendo en la medida que se unen a instancias de participación. Dichos vínculos generan mejores relaciones entre la gente que se reúne, y este bienestar es producto de las interacciones que se dan dentro de cada agrupación. Esta afectividad que sienten con sus organizaciones está relacionada con los valores compartidos, el encuentro con personas con experiencias similares y con la posibilidad de generar lazos de amistad dentro de ellas, todo lo cual permite construir proyectos mayores. Y aunque la amistad no sea la motivación que “los lleva” a involucrarse, sí es un proceso que tarde o temprano aparece en las relaciones cotidianas que establecen, y que va perfilando no sólo una imagen de los demás, sino que también caracteriza al conjunto de la grupalidad. Sin embargo, sería un error significar la afectividad de manera armoniosa o amorosa (Alberoni, 1996), pues esta es capaz de despertar desinterés, o incluso rabias: los vínculos afectivos están a la base de las razones centrales para integrarse a un grupo y, en caso de pérdida de afectos (peleas, rupturas), también para salir de estos.

Desde esta perspectiva, las formas que tiene de relacionarse, sobre todo en lo que respecta a los vínculos de amistad y amor, que construyen cotidianamente y en colectivo, evidencian una ruptura significativa con los modelos tradicionales de hacer política, pues dichos vínculos son los que definen las posibilidades de acción y permanencia, no la adscripción e identificación con los “objetivos más racionales”.

Para los jóvenes resulta clave que la discursividad sea capaz de ser vivida cotidianamente, que los tipos de vinculación que se produzcan sean el resultado de la mayor o menor cercanía con la práctica del discurso sustentado, y que por tanto, se distribuyan los afectos hacia los propios compañeros y al conjunto de la organización. De esta manera, la dimensión estética, que representa la afectividad, se encuentra con la ética, que constituye la confianza y la coherencia. Así se va constituyendo esa solidaridad que se co mienza a extender al conjunto de prácticas políticas juveniles, independiente de la forma orgánica que se adopte. Así pues, se produce un reencantamiento de la política, ahora desde la ética.

Una de las primeras cuestiones que aparece respecto a la distancia entre el discurso y la práctica política, es la referida a la imagen negativa que se tiene de quienes se dedican a la actividad política “profesional” a través de partidos e instancias institucionalizadas. De allí que esa carencia diagnosticada se vuelva eje vertebrador en las prácticas de los jóvenes, en tanto muchas de las posibilidades de transformación social reconocen que comienzan por un modo de relación distinta en los espacios más inmediatos en los cuales se mueven, y que es una forma de responder a las carencias detectadas en las prácticas políticas tradicionales. De esta manera, junto con la amistad emerge la confianza como un valor central en la práctica juvenil, tanto en lo relativo al modo de organización como en la forma de reclutamiento de nuevos integrantes.

Es por ello que resultan absolutamente dolorosos los momentos en que esas confianzas y transparencias son quebrantadas por algún integrante o grupo de sujetos. Algo que se reflejó, por ejemplo, en las medidas que adoptaron los jóvenes estudiantes secundarios cuando se encontraban tomados sus liceos, pues tuvieron que generar sus propios procesos disciplinarios.

Por tanto, se va configurando un consenso ético respecto a los valores que sustentan la práctica colectiva, y quizá allí radique la clave interpretativa de las actuales formas de acción juvenil. Con esto me refiero a la existencia de un conjunto acotado de valores compartidos entre los integrantes de una determinada agrupación, y que no serían contradictorios entre sí, todo lo cual posibilita la estabilidad y el compromiso del grupo y es la tarea principal a asegurar en determinados ti pos de agrupaciones. De allí entonces que la tarea principal que ocupa a las agru paciones juveniles sea con ciliar su propio discurso con la práctica política que realizan.

Este factor es el que podría aportarnos nuevas pistas para comprender lo señalado anteriormente, es decir, el hermetismo de estas agrupaciones “hacia el exterior”: uno de los principales capitales con que cuentan es la coherencia entre su decir y su hacer, por tanto, no pueden arriesgarse a que “cualquiera” se entere de lo que ocurre, o permitir que se integre. Aunque una correspondencia absoluta aparezca como el ideal a conseguir, en la prác tica son mucho más las tensiones y contradicciones que se viven en el mundo juvenil.

Entonces, lo que en primer momento aparece como una virtud (la coherencia) fácilmente se puede convertir en estigma (la inconsecuencia), o bien, cuando se traiciona la coherencia o se la lleva hasta las últimas consecuencias (fundamentalismo). La noción de consenso ético puede ayudarnos a comprender las militancias múltiples que adoptan los jóvenes en la actualidad, pues son pocos los valores que sustenta cada organización: mientras no entren en contradicción entre sí pueden participar en más de un espacio, sin sentir que traicionan a nadie.

Por lo mismo, la definición de cuáles son los valores que movilizan a una determinada acción, y por esa vía buscar compatibilidades con otras causas a las cuales sumarse, es un ejercicio muy delicado que al parecer requiere necesariamente una dosis de relativismo en las creencias centrales de la agrupación. Pero una vez acordados, se exige que sean expresadas en todos los planos posibles. Quizá una de las temáticas que visibiliza de mejor forma este proceso al interior de las agrupaciones juveniles sea el tema de género, tanto en su dimensión de equidad en las tareas y atribuciones en la organización, pero también en una vigilancia respecto a lo que se hace en la vida cotidiana y de pareja, que muchas veces se desarrolla al interior de estos mismos espacios.

Metodología

El presente estudio es de tipo cualitativo, con un enfoque biográfico a través de relatos de vida. La opción metodológica está fundamentada en la nece sidad de reconstruir la trama relacional de los jóvenes implicados políticamen te, de forma que aparezcan en su complejidad, incluyendo las formas culturales -históricamente establecidas- sobre lo que entienden por agencia política en re lación con sus coetáneos, pero también con otros grupos etarios. De allí que un abordaje desde los relatos de vida se presente adecuado en tanto combinan “una dimensión diacrónica que permite capturar la lógica de la acción en su desarrollo biográfico, y la configuración de las relaciones sociales en su desarrollo histórico (reproducción y dinámica de transformación)” (Bertaux, 2005: 11).

Junto a ello, valorizo el aporte de las tradiciones de investigación-acción, comprometidas con la transformación de la realidad (Fals Borda y Rodríguez Brandao, 1987; Freire, 1970), que han insistido en la importancia de la reflexividad y conciencia crítica por parte de los propios sujetos sociales en la perspectiva de su liberación. Inspirado en estos postulados, propongo que los sujetos entrevistados se conviertan en analistas y productores de conocimiento a través de la modalidad de grupos operativos en que se discutan de manera colectiva los hallazgos de inves tigación.

Diseño muestral

El estudio fue realizado en tres regiones de Chile: Valparaíso, Metropolitana y del Maule. Para ello, construí una muestra no probabilística de tipo teórica, que permitió la orientación y selección de casos de acuerdo al cumplimiento de los objetivos. Asimismo, contemplé como criterio muestral la estructura organizacional del movimiento estudiantil entre 2006 y 2016. Allí identifiqué distintos niveles de participación e involucramiento en el proceso político juvenil, lo que supondría miradas diversas (heterogeneidad de puntos de vista) en el marco de una experiencia compartida (homogeneidad en la práctica). De esta manera, identifico cuatro posiciones cualitativamente diferenciadas: a) militantes de base, b) representantes regionales, c) dirigentes confederados, y d) voceros nacionales.

Asimismo, consideré criterios distributivos de incorporación de hombres y mujeres, tipo de institución educativa y estructura de propiedad.

Para resguardar la confidencialidad, codifiqué la identidad de los hablantes. Las siglas que los identifican están vinculadas con las siguientes posiciones en la estructura movimientista:

FE =

Militante base, hombre, universitario institución privada

FF =

Vocero nacional, hombre, universidad pública.

NE =

Representante regional, mujer, universidad privada.

JCH =

Vocero nacional, hombre, secundario, liceo público.

SF =

Vocero nacional, hombre, universidad pública.

MJ =

Confederación, mujer, secundaria, liceo público.

JM =

Militante base, mujer, secundaria, liceo público.

Cuadro muestral 

Criterios cualitativos Criterios distributivos
Género Tipo de institución Propiedad
Hombres Mujeres Secundarios Universitarios Pública Privada
Voceros nacionales (3) a1, a3 a2 a1 a2, a3 a1, a2 a3
Asambleas nacionales o confederaciones (3) b2 b1, b3 b1 b2, b3 b2 b1, b3
Representantes regio nales (3) c3 c1, c2 c1, c3 c2 c1 c2, c3
Militantes de base (3) d1 d2, d3 d2 d1, d3 d2 d1, d3
Subtotales 5 7 5 7 5 7

Identidades al interior del movimiento y reconocimiento de la diversidad

Colectivos y grupos emergentes en el contexto de movilización

Las diversas formas agregativas del mundo juvenil se expresan de forma privilegiada en el mundo estudiantil, tanto aquellas que se encuentran plenamente consolidadas, así como las emergentes. Quizá una de las que más ha capturado la atención es la de los autodenominados colectivos estudiantiles.

Al respecto, cabe señalar que en 2006 los colectivos no “aparecen”, sino que ya existían como formas de agregación político-cultural:

Nosotros mantuvimos una alianza con el FEL, que era bien distinto al FEL de ahora, que era en su mayoría de secundarios y tenía súper buenas relaciones con el crear y con otros colectivos que respondían más a los del Liceo de Aplicación que siempre fueron los dirigentes. Pero esos colectivos empezaron a nacer a fines del 2004 [JCH].

Sin embargo, para el mundo adulto e institucional se constituye en la principal novedad, e incluso, le sirve como argumento para señalar el declive de los partidos políticos.

A su vez, lo que se instala como una diferencia de naturaleza, los colectivos son esencialmente distintos a los partidos, e incluso los reemplazan, más bien tendría que ser pensado desde la gradualidad. De allí sostengo que los colectivos muchas veces expresan tradiciones y culturas políticas reconocibles con organicidades y prácticas de la política, asimismo, que a menudo reproducen las lógicas de la agrupación política tradicional.

Es más, ante la propia dinámica política del movimiento estudiantil surge la pregunta por la institucionalización del colectivo y su transformación en partido; dicha situación ha sido experimentada por algunos de los colectivos estudiantiles con mayor presencia en el último periodo:

Bueno, después el colectivo se consolida, ganamos la federación de la chile y otras [esferas], el colectivo crece con eso y nosotros, algunos, formamos una fundación que es en la que yo trabajo, que es la fundación Nodo Veintiuno, donde queremos contribuir a darle una base más sólida a nuestra corriente política cachay, que esta [no se entiende] estudiantil, pero queremos convertirla en una organización política más contundente, con movimiento y eso no necesita no solamente acción estudiantil y activismo, sino que se necesita formar gente, crear pensamiento crítico, etcétera. Entonces estoy abocado a eso [FF].

De todas formas, lo anterior no se condice con lo que los propios participantes sostienen de su accionar en los colectivos respecto al rechazo de las formas tradicionales, tiempos y espacios para actuar la política, y eso comienza a provocar una crítica, ya no a los partidos, sino también a los colectivos emergentes. Y eso tal vez explique la persistencia de dinámicas más cercanas a la informalidad de grupos asociativos con prácticas políticas no institucionalizadas, que no se reconocen como grupos o colectividades, si no como movimientos y agrupaciones menos formales que se reúnen a partir de intereses intelectuales, culturales, de ocio, pero que sí permiten a sus colectividades cuestionarse políticamente sobre su entorno:

Las inquietudes cuando yo era secundario eran parte de un movimiento contracultural fuerte dentro de la generación más pingüina, que era una generación algo más politizada. Ese movimiento contracultural tuvo como una de sus raíces en el hip hop, pero también influencias del punk o de los movimientos contraculturales del punk. Muchos que desde chicos comenzamos a escuchar esa música a la vez empezamos a politizarnos, de ideas más de izquierda, incluso del anarquismo. Luego yo me empecé a mover más en vertientes de estudio marxistas, pero fue a través de toda esta movida contracultural que se venía generando en esos años y que era muy fuerte [SF].

Más aún, en el caso de los estudiantes secundarios en ciudades más pequeñas, donde la participación se distingue no a partir de claves organizacionales, sino de cuestiones como la vestimenta, que en contextos de protesta callejera permiten el reconocimiento de “otros”, además, que no siendo parte de estos grupos se interesan y participan en estas acciones, lo cual permite consolidar nuevas agrupaciones. Asimismo, se visibiliza mejor con el tiempo cómo dentro de “los secundarios” se incluyen y coexisten una cantidad de grupalidades diferentes, que también forman parte del movimiento:

Si bien hasta el día de hoy las marchas pasan por ahí y se les grita, yo creo que el 2006 hasta las consignas han ido cambiando, ya no es tan secundario sino muchas veces incluso son gritos y consignas de un grupo político, de una organización, de una plataforma diferente, o andan con otras banderas, de colores, y en eso veo yo una diferenciación que se ha dado estos años [FE].

Este reconocimiento y distinción permiten comprender cómo se va elaborando el proceso de constitución de colectivos y grupalidades emergentes. Por otra parte, el contexto y el espacio de la movilización posibilitan la confluencia de personas y la posterior articulación de colectivos:

Y empezamos a ir al centro, a lo que fue la primera junta que se hizo de alianzas de los colectivos secundarios que venían del 2001-2002, Darío Rebelde, Promedio Rojo, y otros colectivos más emblemáticos de los secundarios, y la Jota, que había roto con la Concerta […].8 Ahí, en el 2003 yo empiezo a trabajar en un espacio que se llama crear, que fue la confluencia de dos cordones de colectivos, el prosa y el crea, en que uno correspondía a Oriente y el otro a Santiago centro. Y en el crear, ya cuando entré, empezó la idea de crear un colectivo del colegio. Eso fue al principio del 2004, con el segmento que no era adherente ni con el Frente [Patriótico] ni con las Juventudes.

Y aunque no se traduzca en una organización constituida, estas dinámicas de encuentro entre formas emergentes y tradicionales de actuar la política permiten, por ejemplo, la sustitución de ciertas jerarquías por mecanismos de participación más inclusivos que, aun trasciendan el espacio y los límites de la propia institución:

El Pleno de Presidentes asume el poder en la universidad. Se trataba de una nueva organización donde estaban todos los presidentes de las carreras, y este aún existe siendo la figura máxima política y administrativa del estudiantado en la UCM. Después de la destitución de la Federación y desde la universidad, constituimos algo llamado “Frente Amplio en Defensa a la Educación Pública”. Buscamos convocar a todas las organizaciones de la comuna, desde junta de vecinos hasta gente vinculada a la demanda mapuche y ambientalistas, con el fin de transversalizar todo. Recuerdo que en un momento llegaron todos y eran como sesenta organizaciones en una reunión [MJ].

De esta manera, la movilización estudiantil del 2011 no sólo estuvo centrada entre colectivos, partidos y grupos juveniles, sino que también buscó ampliar el movimiento y sacarlo de su condición “estudiantil”, es decir, para ser “percutor” de algo mayor; igualmente, la pluralidad de prácticas y sentidos asociados al movimiento estudiantil. Por otro lado, la grupalidad de las personas se piensa en los contextos de toma a partir, por ejemplo, de sus intereses asociativos, más que desde una politización clara y racional:

En la toma había distintos grupos con distintos intereses. Estaban los que se quedaban ahí por no estar en su casa y querían estar ahí porque era bacán tomarse el colegio, ir por las noches a la toma del colegio de más allá y ponerse a tomar con los cabros en la esquina, porque era la moda; estaban los que apañaban en esta situación y que eran un poquito más conscientes, pero que al final se dieron vuelta la chaqueta, dejaron de seguir en la onda de la toma [JM].

Lo que a su vez permite una distinción más específica de la convivencia entre grupos, así como una preocupación por las disputas en el contexto de estas movilizaciones, y que expresan las tensiones existentes entre colectividades y agrupaciones.

En síntesis, se reconoce que en 2006 hubo una considerable menor diversidad de organizaciones estudiantiles secundarias y una descomposición orgánica en los espacios universitarios. También, colectivos con lógicas de militancia muy cercanas a las formas tradicionales, y que se han venido consolidando desde 2011. Así, la diversidad del movimiento estudiantil todavía se encuentra anclada a las culturas políticas tradicionales.

Pero en 2011 los colectivos eran algo común, así como otras incorporaciones individuales o agrupaciones espontáneas, que por afinidades marcaron las nuevas formas de organización (grupos organizados para realizar un video, una puesta en escena, etc.). A pesar de esto, los activistas del movimiento se definieron más como contingente para las movilizaciones y no tanto como aporte a los espacios de organización. En el caso de los estudiantes que no militaban, estos a corto y mediano plazo terminaron participando, o de lo contrario eran desplazados por los mismos militantes. La expulsión de los no militantes en el movimiento estudiantil secundario se explica por la incapacidad/desconocimiento para leer los códigos y estrategias políticas que estaban desarrollándose al calor de las discusiones internas y los diálogos con la autoridad.

De allí que existiera una fuerte tensión entre los grupos tradicionales de organización y las agrupaciones es tudiantiles de nuevo tipo. Estas últimas dependían de la convocatoria y la politicidad de las organizaciones tradicionales, además, se acoplaban situacionalmente a las marchas y protestas convocadas por el movimiento dirigencial y de base estudiantil. Aun así, ambos sectores reconocieron lo beneficioso de estar juntos.

Límites y diversidad de prácticas al interior del movimiento

Durante los procesos movilizatorios las estrategias y puestas en escena, desde protestas hasta tomas, supusieron la incorporación de una diversidad de actores y prácticas en su interior, que visibilizaron desde los “carreteros o aquellos que sólo van a tomar a las tomas” a lo carnavalesco, pasando por los enfrentamientos violentos con la policía, y lo que regula el orden al interior de un establecimiento en toma. Todo aquello que remite a los límites es difícil de conceptualizar de manera transversal y universal.

En un plano general, estaba la exigencia por parte de las autoridades de manifestaciones, donde el uso y ocupación de calles del centro de cada ciudad constituía el límite a partir del cual se autorizaban o no las movilizaciones. El establecimiento de límites desde lo institucional se realiza desde una perspectiva paternalista y restrictiva sobre el uso de la ciudad, donde se invisibiliza su carga política en la medida que se transforma en un discurso de características prácticas del estilo “las micros no pueden pasar”, “los comerciantes no pueden abrir”. Es comprensible para el movimiento (al menos para su dirigencia) el establecimiento de límites a las movilizaciones, pero, con el mundo institucional esta situación es difícil de conllevar y conciliar.

Aun así, se reconoce la diversidad de interlocutores, y con ello, límites y posibilidades de acción diferenciadas según con quien se estaba conversando:

En realidad yo tuve al rector, quizá más progresista de todos, el que estaba por la educación pública, el tipo toleraba que nosotros hiciéramos algunas movilizaciones, pero no toleraba, por ejemplo, que nos pasáramos a paro y toma, entonces siempre nosotros tuvimos que enfrentar ese doble, esa doble cara [SF].

Pero los límites a los procesos movilizatorios también fueron sentidos por las propias autoridades universitarias, pues desde la institucionalidad política fueron impulsados y se transformaron, antes que en un cauce para negociar, en promotores de estrategias de presión, como quitar becas y beneficios:

Entonces, aplicaban medidas de presión, yo creo que lo más notorio fue en septiembre, comenzaron como a presionar para que nos bajáramos, […] diciéndoles que iban a perder los beneficios, y ese fue un conflicto gigante. Yo creo que ahí perdimos gran parte de la batalla, cuando los rectores se tiraron en contra nuestra y empezaron a amenazar, y ahí obviamente muchas de las bases estudiantiles sucumbieron, porque con el miedo de perder tu crédito, tu beca, la gente se asustaba. Entonces al final los rectores, claro, en un momento los pudimos aprovechar para darnos más agüita, pero después igual mostraron su cara, su cara más de ser garantes del orden dentro de la universidad [SF].

En un segundo nivel, la pregunta por los límites, aquello que era aceptado o no como recurso legítimo en el contexto de la movilización, remitía directamente a la forma de administrar y gestionar la convivencia. Se trata de un proceso que afectaba y desgastaba al propio movimiento: “Naturalmente habían algunos encontrones ahí pero era normal por el tema de la convivencia, o sea, gente que vive de forma diferente y que se juntara así de un día para otro, pero por lo menos en el tema a la hora de trabajar, de organizar algo, de levantar alguna actividad, se veía que estaban las ganas y hacía harta gente, lo que permitía de alguna u otra forma que, bueno, se conociera mucha gente y participaran con nosotros” (FE).

Este tipo de situaciones hizo surgir preguntas que hasta entonces no formaban parte de las preocupaciones de los estudiantes movilizados, por ejemplo, a la hora de evaluar los perjuicios colaterales que sus acciones habían ocasio nado. Esto llevó a que, al menos en el contexto de las tomas del 2011, los límites constituyeran una preocupación y se tradujeran en gestiones a cargo de comités propios, es decir, que realizaran estas tareas en lo que se refería al control de los sujetos participantes y sus entradas/salidas del lugar: “Esas comisiones de seguridad se preocupaban de que sólo estudiantes de la universidad, o estudiantes de afuera que se acreditaran antes de entrar, entraran, para poder tener una especie de control y poder entregar los edificios de la manera menos dañada posible luego de la toma” (NE).

Aun así, los conflictos al interior de las universidades, y que en varios casos culminaron con la destitución de federaciones en el año 2011, generaron un clima de tensión y diferencia de límites permisibles en estos contextos, lo que provocó una suerte de reflejo estructural:

Además, cuando nosotros estábamos en la toma había un orden, había participación por parte de los profesores, teníamos buena comunicación con el rector. De hecho, también me criticaban por eso, decían que yo me había vendido al rector, pero no era más que tener buena relación, mantener relaciones diplomáticas con las demás personas, en este aspecto los nuevos grupos eran más radicales [JP].

De allí que los límites entre pares podían entrar en conflicto a partir de las relaciones que los dirigentes tenían entre sí.

Por un lado, había normas mínimas en el contexto de la toma por parte de quienes participaban, pero por otro, existían ciertos límites que no estaban en concordancia con lo que los sujetos se imaginaban. Y ese proceso tuvo consecuencias importantes en términos de confianzas rotas con autoridades, con las cuales se constituyeron alianzas en algún momento, o en el desgaste personal de algunas dirigencias que trataron de mantener un orden consensuado, entre otros acontecimientos:

En el mes en que empezó la toma éramos como 120 chiquillos que participábamos. Nosotros hicimos las reglas, para que no se convirtiera en cualquier cosa la toma, y como que ahí se empezó a ir mucha gente, como los que no estaban dispuestos a no tomar en las salas, o no entrar a ciertos lugares, ya que éramos un colegio de bajos recursos teníamos que cuidar la biblioteca, ni ahí con abrir la biblioteca y que se pusieran a quemar los libros y romperlos, ni a quemar los computadores porque nosotros no éramos un colegio de grandes recursos. Entonces quemar un computador significaba no tener computador después, o que no nos prestaran los compu tadores después. Yo sentí a veces que cierta gente me hizo la cruz, y de hecho dividí un curso, dividí muchas cuestiones. A veces sentí ganas de tomar todas mis cosas y salir a casa a llorar, por eso yo creo que participé hasta al final de la toma, aunque muchas veces se generaron discusiones donde pensábamos todos muy distintos. Eso me ayudó para darme cuenta de las personas que realmente están al lado tuyo en esos momentos más difíciles, complicados, muchas veces yo sola tuve que pelear con esos locos que se metían a robarse cuestiones, también fui en ese sentido, la que dijo en un momento “¡está él o me voy yo!”. Me fue mal, me fui para mi casa. Pero el tiempo me dio la razón, después los compañeros, aunque no quieran reconocerlo así abiertamente, nos consideraron después […] Los conflictos que se desarrollaron en el colegio fueron de carácter más humano, porque tenían cero conciencia política del lugar que estaban interviniendo. Yo jamás hubiera pensado meterme al quisco de la abuelita, esas cosas son como irreconciliables para mí, yo no puedo pensar en pelear por una educación porque soy pobre, porque no voy a tener los medios para pagarlas y meterme al quiosco de la abuelita a robarle la mercadería [JM].

La cotidianidad de estos procesos conllevó conflictos entre ellos, debilitamientos que afectaron la continuidad/discontinuidad de los procesos políticos.

En síntesis, la toma de establecimientos educacionales se convirtió en espacios liberados por los estudiantes frente a la autoridad en turno. Aun así, se generaron interacciones de autoridad al interior de los recintos educativos, que fueron más verticales que las existentes de manera previa, esto debido a los niveles de centralidad de las dirigencias. Con este antecedente de ausencia de jerarquías institucionales extra-juveniles -directores, apoderados y profesores-, los jóvenes establecieron una con ribetes marcadamente estrictos para mantener el orden y el uso adecuado de las instalaciones ocupadas, lo que demostró su capacidad de dimitir a las viejas autoridades y sustituirlas por ellos mismos de manera diferenciada, es decir, para manejar la convivencia en aseo, alimentación, seguridad, entre otros aspectos. La siguiente afirmación resume el punto anterior: “Esta es como nuestra nueva casa, una casa más grande, ¿cómo nos hacemos cargo de ella?”. Se estima que estos problemas pudieron afrontarse desde la reproducción misma de la cotidianidad hogareña de los espacios tomados.

Conclusiones

Mediante este trabajo he constado cómo el proceso de movilización estudiantil fue involucrando de manera progresiva a nuevos actores sociales. El 2011 contempló una interpelación a las “autoridades”, así como a otros actores del movimiento estudiantil: desde la familia hasta profesores y académicos. Aunque los resultados de esta ampliación no siempre fueron favorables a ideas y movilizaciones de los estudiantes: “Nosotros intentamos involucrar a todos estos actores y obviamente se formaron dos bandos muy marcados, por un lado, los trabajadores-estudiantes, y teníamos como la mitad de los académicos; y la otra mitad de los académicos con la rectoría y la iglesia” (NE).

Esta ampliación, en términos temporales, constituye al movimiento estudiantil de 2006 como uno más acotado que el de 2011, en términos de inclusión de otros grupos, fundamentalmente universitarios e instituciones privadas: “Lo que escucho con las personas que me relaciono es un balance que ve el 2011 mucho más mediático por la diferencia, quizás, de que en el 2006 y el 2008 fue algo de participación mucho más ‘secundaria’. El 2011, siento, fue todo un poco más global donde las mismas universidades se empezaron a movilizar, y hasta colegios particulares estaban en toma” (FE).

Lo anterior puede explicarse en tanto que el movimiento de 2011 coincidió con una serie de manifestaciones sociales que se desarrollaron en paralelo, con menor y/o mayor intensidad en relación al movimiento estudiantil. En este sentido, la articulación de las bases con distintos grupos y personas que se manifestaban en estos espacios, nos habla de una ampliación identitaria e intereses distintos a la base del movimiento:

Después del 2008, y más allá de las personas del liceo, conocí a más personas y grupos activistas. El 2011 estaba presente el tema de los presos políticos mapuches acá en Talca, y hacían una marcha semanal por el tema de la huelga de hambre. Estaba también presente el tema de Hidroaysén, donde también participé; y uno ahí conocía a personas, o se acordaba de gente que había visto hace tiempo, y eso me sirvió bastante para empezar a reconocer gente, con la que hasta el día de hoy soy amigo [MJ].

Sin embargo, pareciera que sólo me refiero a estudiantes en general. ¿Será posible sostener que la apertura identitaria está en constante invisibilidad en la medida que las articulaciones orgánicas hegemónicas siguen proviniendo de las estructuras políticas tradicionales?:

Ya con cierta batería teórica y política nos vinculamos al mesup.9 En el MESUP tenían la hegemonía los sectores más “progre”, estaba la une, estaba la Izquierda Autónoma en cierta medida, estaba el FEL, que ahora tiene una política progresista; y después de un Congreso que desarrollamos en la Silva Henríquez, donde intentamos reestructurar la orgánica y se nos metió la Jota por mala cueva. La Jota terminó reventando el espacio que era su intención, agarrarse con los demás, sin que llegásemos a acuerdo. La Izquierda Autónoma fue inteligente al conducir los votos de todo el descontento anti-jota y desde este “reventó” la discusión orgánica y terminó congelando que no se cambiase la orgánica y que el MESUP siguiese siendo una asamblea, asamblea de participación directa con voto a mano alzada y una serie de otras cuestiones [JCH].

La situación antes descrita es cuestionada en los relatos de los participantes “menos ideologizados”, para quienes el reconocimiento de los distintos niveles o intensidades de participación permitió también visibilizar una multitud que involucró a la sociedad en su conjunto, y no sólo a un grupo de estudiantes o militantes de partidos: “Yo creo que el 2011 para todos los estudiantes que estábamos en la movilización, hay un sentimiento de ser protagonistas definitivamente, y no lo digo sólo por quienes estaban al frente de la cámara, sino también por los cabros que estaban en la toma, o incluso, al que participaba yendo solo a las marchas, y ese protagonismo permitió que el conflicto entrara a las casas” (NE).

En este proceso, y particularmente durante 2011, surgen con mayor radicalidad los estudiantes secundarios, que ejecutan acciones de disturbios en los principales centros de las ciudades en Chile. Asimismo, en 2011 el foco central de atención lo tenían los estudiantes universitarios, mientras que la realidad de los secundarios tuvo menor visibilidad, lo cual podría explicar que estos comenzaran a desplazarse hacia sectores marginales del movimiento estudiantil, y que la violencia en sus movilizaciones fuera una estrategia simbólica para reclamar un lugar en la discusión.

Finalmente, en el caso de las experiencias organizacionales de establecimientos privados no movilizados, se generaron dinámicas de solidaridad frente a los planteles educacionales tomados, como el caso de ciertos centros que contribuyeron a suplir las necesidades alimentarias de los colegios en toma. A partir de esto, si bien no hubo creación de nuevos colectivos o alianzas, sí se fortalecieron los procesos internos en dichos espacios menos politizados que, en los años posteriores a 2011, impulsaron un proceso de co laboración que al día de hoy permite sostener que la diversidad de formas de participación y la constitución del actor estudiantil se encuentran presentes de manera transversal en el movimiento estudiantil chileno.

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1Un buen texto sobre el tema lo constituye “Acción Colectiva”, y un modelo de análisis, la propuesta de Morales Gil de la Torre (1999). A través de su obra el autor realiza una revisión de perspectivas teóricas para entender el fenómeno de la acción social, por lo que nos lleva a lecturas que van desde la visión del estructural-funcionalismo, pasando por la fenomenología y el interaccionismo simbólico, para terminar en las teorías de los movimientos sociales (Touraine) y de la acción colectiva (Melucci). Desde estas perspectivas, Morales centra sus ejes de análisis en el dilema de las Ciencias Sociales respecto del sistema y el actor, el orden y las libertades, además, del constreñimiento que ejerce la estructura sobre el actor y de las posibilidades de invención que tiene este en dicha estructura.

2Para Gramsci (2004), la hegemonía remite al proceso mediante el cual aquellos que detentan el poder (económico, político o cultural) en un orden social estratificado logran imponer como “naturales” sus propios valores y significados ante los grupos subordinados.

3En general, aunque no exentas de debate, algunas propiedades formales de los rituales serían: repetición (tiempo, espacio, contenido y forma); acción (implica hacer algo y no sólo decirlo o pensarlo, por lo tanto, no es espontáneo); estilización (acciones, símbolos extraordinarios o usados de modo inusitado, hay una complacencia en fascinar, desconcertar y confundir, no en pocas ocasiones producen disonancias cognoscitivas); orden (eventos organizados por personas o elementos culturales, tienen un principio y un fin, no excluyen momentos de caos y espontaneidad); estilo presentacional evocativo (intentan producir un estado de alerta a través de la manipulación de símbolos y estilos sensoriales); dimensión colectiva (tienen un significado social, las reglas exigen que sean reconocidas públicamente y que sean transmitidas por actores pertinentes); felicidad e infelicidad (de la realización del ritual); multimedia (utilizan canales heterogéneos de expresión), y tiempo y espacio singulares (fragmentan el fluir de la vida cotidiana) (Díaz Cruz, 1998).

4Al respecto, y desde distintas tradiciones, son muy ilustrativos dos textos, que han sido escritos con varias décadas de diferencia, respecto al papel que el consumo tiene en la reconfiguración de las subjetividades contemporáneas, véanse D. Bell, “Las contradicciones culturales del capitalismo” y B. Preciado, “Testo yonqui”.

5Los resultados de la V Encuesta Nacional de la Juventud muestran que los principales problemas de los jóvenes chilenos refieren al endeudamiento, por ejemplo, 25% tiene deudas en casas comerciales y entidades financieras, además, según la variable de género, las mujeres exponen la mayor tasa (55%). Este proceso afecta principalmente a jóvenes de sectores medios y bajos.

6 Arturo Escobar (2001) señala que el marco común a las discusiones sobre la identidad es el binomio esencialismo y constructivismo; mientras que a partir del primer enfoque se desarrollan perspectivas que tienden a ver a las identidades como estables y unitarias (homogéneas), y que ha ontologizado el anclaje identitario en una cultura más o menos autónoma y compartida, en cambio, el enfoque constructivista prestaría atención a las múltiples relaciones espaciales, sociales, temporales y de poder, es decir, como insumos que construyen identidades.

7Al respecto, cabe señalar los trabajos de M. Weber, E. Durkheim y G. Simmel.

8Se refiere a la Concertación de Partidos por la Democracia, conglomerado político que nace tras la caída de la dictadura militar y que gobernó el país hasta la llegada de Sebastián Piñera en 2010.

9Movimiento de Estudiantes de Educación Superior Privada.

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