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Nueva antropología

versión impresa ISSN 0185-0636

Nueva antropol vol.30 no.87 México jul./dic. 2017

 

Artículos

Códigos de barras: jerarquías, legitimidades y disputas intergeneracionales en una hinchada de fútbol en Argentina

Bar Codes: Hierarchies, Legitimacy and International Disputes in a Soccer Fan Base in Argentina

Nicolás Cabrera* 

Gonzalo Assusa** 

*Doctorando en Antropología (UNC), licenciado en Sociología (UNVM). Adscripción actual: IDAES-UNSAM-CONICET. Argentina. Línea de investigación: violencia, seguridad y deporte. Correo electrónico: nico_cab@hotmail.com

**Doctor en Ciencias Antropológicas (UNC), licenciado en Sociología (UNVM). Adscripción actual: IDH-UNC-CONICET. Argentina. Línea de investigación: desigualdad, interclase e intergeneracional. Correo electrónico: gon_assusa@hotmail.com

Resumen:

El presente artículo aborda la matriz generacional como clave de lectura de la historia de la barra de Los Piratas y como esquema de construcción de fronteras simbólicas entre grupos y facciones de la hinchada. A partir de una metodología etnográfica, este trabajo reconstruye trayectorias y relatos de personajes de tres generaciones; asimismo, expone las significaciones en torno a la sociabilidad, la violencia como recurso, las lógicas organizativas y los patrones de legitimación en la hinchada. Entendemos que la matriz generacional se manifiesta como una clave metodológica de ingreso al universo moral de estos grupos y, por lo tanto, a los procesos simbólicos a partir de los cuales se construye, legitima y cuestiona el poder en este espacio.

Palabras clave: relaciones intergeneracionales; hinchadas; violencia; fronteras morales

Abstract:

The present article deals with the inter-generational point of view as the key to understanding the history of the bar of Los Piratas and as a way of building symbolic boundaries between groups and factions of soccer fans. Based on ethnographic methodology, this paper rebuilds pathways and stories of characters from three different generations of the bar, the meanings based on sociability, violence as a resource, organizational logic and patterns for legitimizing clubs of soccer fans. We understand that the inter-generational point of view is manifested as a methodological key to the moral universe of these groups, and, therefore, to the symbolic processes on which these build, legitimize and question the strength of this space.

Keywords: inter-generational relations; soccer fan clubs; violence; moral boundaries

Introducción

La “hinchada”1 del Club Atlético Belgrano2 nació en 1968. Es una de las más antiguas y estables del país. Por esta razón, entre otras, las disputas por la memoria en la barra “celeste” (así llamada por los colores de la camiseta del club) resultan vitales en el procesamiento simbólico de los conflictos entre sus actores y facciones.

El presente artículo aborda la matriz generacional como clave de lectura de la historia de la barra de “Los Piratas” y como esquema de construcción de fronteras simbólicas entre grupos y facciones de la hinchada. A partir de la reconstrucción de trayectorias y relatos de personajes de tres generaciones de la barra y de los sentidos en ellos construidos en torno a la sociabilidad, la violencia como recurso, las lógicas organizativas y los patrones de legitimación en la hinchada, entendemos que la matriz generacional se manifiesta como una clave metodológica de ingreso al universo moral de estos grupos y, por lo tanto, a los procesos simbólicos a partir de los cuales se construye, legitima y cuestiona el poder.

Los datos aquí analizados fueron construidos a partir de una perspectiva etnográfica que orientó un trabajo de campo desarrollado entre finales del año 2010 y finales del 2015, con un receso anual durante todo el 2013. La experiencia etnográfica se basó en acompañar y registrar -mediante observación participante y entrevistas semiestructuradas- las prácticas y representaciones de los miembros de la hinchada de Belgrano, tanto cuando acompañaban al equipo profesional de fútbol los días de competición, como en algunas situaciones cotidianas que no tenían “a la cancha” como epicentro: reuniones semanales de la barra, salidas nocturnas, partidos de fútbol, visitas a los domicilios particulares, entre otros. También apelamos a fuentes secundarias, como recortes de la prensa gráfica o registros fotográficos de los propios interlocutores.

Herramientas conceptuales para pensar las disputas intergeneracionales

El procesamiento social de las edades (Chaves, 2010; Vommaro, 2014) consiste en los modos en que la cultura articula sentidos de la experiencia etaria desde diferentes posiciones sociales. Por ello, clases de edad (en forma de categorías o sistema de clasificaciones) y generaciones (a modo de grupos clasificados y producidos como tales, con cierta experiencia y disposiciones históricas comunes) constituyen menos agentes colectivos “efectivamente actuantes” (Bourdieu, 1990), y más una perspectiva analítica a partir de la cual reconstruir las condiciones sociales de producción de los grupos en torno a las clasificaciones etarias (Martín Criado, 1998) y la referencia a la tradición (Thompson, 1993).

En este sentido, Lenoir comprende la cuestión etaria como resultado de luchas entre generaciones, que son a la vez luchas de clasificación, de división social del trabajo y del trabajo social de división (Lenoir, 1993). El sistema social de edades se define en el proceso de producción de los agentes, sus dispo siciones y esquemas de pensamiento, acción y percepción de la realidad social y organizacional (en nuestro caso, la vida de la hinchada) en términos de “problemas generacionales”. Una clave de lectura, de intervención, de demandas autoritativas y reclamos morales con matriz etaria (Vommaro, 2014).

Es claro que el trabajo y la inversión de energía social, que involucran la producción de esquemas etarios de acción y percepción, adquieren sentido en la medida en que se vuelven vitales para la regulación de las relaciones de poder, su legitimación y retraducción simbólica. En línea con el objetivo de comprender la forma en la que los conflictos generacionales salen a la superficie en el material de campo que analizamos en este artículo, Mauger propone la categoría modo de generación, en tanto regulación de la transmisión, intercambio y distribución de recursos (distintas tipologías de poderes, capitales y legitimidades) entre generaciones sociales, oponiendo y aliando, regulando el conflicto y limitando las alianzas posibles entre “viejos” y “jóvenes” de un espacio (Mauger, 2013).

Dos aclaraciones son necesarias antes de pasar al desarrollo de nuestro argumento. La primera es que no hablamos de etapas en el sentido de una cronología evolutiva, sino como procesos que sedimentan, se yuxtaponen, se resignifican y se mixturan. La periodización analítica aquí propuesta (la matriz generacional de lectura) no es más que una división heurística a cuenta de los autores y construida con el material de los relatos y las cronologías nativas a las que accedimos en el trabajo de campo.

La segunda se relaciona con la forma de considerar la cuestión de la violencia. Su definición y el posicionamiento ético que implica su abordaje en el marco de la disciplina antropológica requiere de discusiones específicas (Noel y Garriga Zucal, 2010). Aquí hablaremos de la violencia como uso de la fuerza física y de combate en tanto recurso (Garriga Zucal, 2007).

El texto está estructurado en dos partes. En la primera desarrollamos los relatos biográficos de integrantes de tres generaciones de la barra de Los Piratas, centrándonos en los ejes antes mencionados. Sus itinerarios resultan significativos y representativos y son procesados e interpretados en el marco de un trabajo etnográfico y de producción de datos mucho más amplio. La segunda parte consta de reflexiones en las que analizamos en clave comparativa el universo moral y las fronteras simbólicas construidas en su interior a partir de la matriz generacional.

Los Piratas: “La primera barra”

La barra del Club Atlético Belgrano hace de su historia su principal capital identitario. Casi todos nuestros interlocutores hablaron con orgullo de “la historia” de Los Piratas, “la primera barra” de Córdoba y una de las más antiguas del país. Sus orígenes parecen tener tantas versiones como testimonios. Aquellos retazos de historia oral dan lugar a una narrativa de fragmentos, que al ser articulados ofrecen una idea general de aquellos comienzos germinales de la hinchada.

Según los registros y testimonios recolectados, el primer antecedente de un grupo de hinchas fuertemente organizado en torno al equipo de fútbol de Belgrano, bajo una autodenominación colectiva, existió a finales de la década de 1950 y se llamó “La barra del pito”, en honor a una especia de silbato-flauta que algunos de sus miembros llevaban para “animar” en la tribuna. Lo cierto es que “el pito” era el único instrumento que musicalizaba los primeros cánticos de los hinchas.

Los miembros de “La barra del pito” eran todos socios de club. Durante los partidos se congregaban en la tribuna “platea”, sin superar los quince miembros, aproximadamente. Todos ellos eran hombres mayores de edad que en los días de la semana solían reu nirse en las instalaciones del club. Esta estaba comandada por los hermanos Agüero.

En 1968 Belgrano accede a jugar por primera vez un torneo nacional de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA). Esto implicó que el equipo comenzara a jugar contra los de otras provincias. El nuevo escenario no sólo incrementó la cantidad de espectadores en las tribunas, sino que demandó una mayor organización de la hinchada. En este marco en 1968 nace “La barra de Los Piratas”. Aunque existen diferentes versiones sobre el momento inaugural de la hinchada, la “oficial” fecha de la fundación es el 9 de julio de 1968, en el bar de Zingarella -otros dicen que fue en una ferretería- ubicado en la calle Arturo Orgz. Allí se reunieron sus primeros integrantes, quienes labraron un acta y fundaron Los Piratas. Esta hinchada se transformaría en “la primera barra de Córdoba” y, para los más osados, en “la primera barra del país”, ya que era la única que viajaba a otras provincias a “alentar” a su equipo.

En cuanto a las razones de la no minación “Los Piratas”, la pluralidad de versiones resiste cualquier intento de pre cisión histórica. Aquí sólo podemos decir que en todas ellas el nombre se vincula a ciertas prácticas asociadas a la transgresión -por ejemplo, el robo y saqueo a almacenes que se encon traban en las rutas- o a códigos normativos que prescriben relaciones de solidaridad entre los pares.

En este sentido, la historia de Los Piratas data de varias décadas. Aquellos orígenes de la hinchada operan como un mito fundacional permanen temente recuperado, reactualizado, disputado, resignificado y hasta ne gado en el ejercicio de memoria de las generaciones subsiguientes. Se trata de un primer significante imprescindible para comprender lo que Elizabeth Jelin define como la función política de la memoria: una permanente disputa por el sentido de un pasado que estructura el presente y que condiciona los procesos de (re)construcción de identidades individuales y colectivas (Jelin, 2002).

El Polaco: la primera generación

Cuando realizamos este trabajo el Polaco tenía ocho décadas de vida. Él vivió en Providencia hasta los 16 años, un barrio de clase trabajadora que colinda con Alberdi. Durante esa época iba con un “grupito de amigos del barrio” a la cancha todos los domingos y se “co laban” por el baldío que daba a la tribuna de la calle Hualfín. Próximo a cumplir 18 años, su padre muere y junto a su familia deben migrar al barrio La France. Él queda como uno de los principales sostenes económicos de su hogar, del que formaban parte su madre viuda y sus tres hermanos menores. Esta situación le impide seguir asistiendo a la cancha por casi veinte años.

En 1967, con el club próximo a ingresar al torneo nacional, el Polaco vuelve a la cancha. Dos años después comienza a reunirse con Los Piratas en las previas del partido y en las reuniones semanales que ellos tenían en el bar de Luna, ubicado debajo de la tribuna popular del estadio. Las actividades de la barra comenzaban varias horas antes del partido. La “previa” empezaba tres o cuatro horas antes del encuentro, preparando bombos, redoblantes, trompetas, banderas y “papelitos” para tirar en el recibimiento al equipo. Allí también se ensayaban canciones para entonar en la tribuna: “Nunca faltaba el asado y las bebidas alcohólicas para compartir”. Durante el cotejo deportivo la barra de Los Piratas se ubicaba en la tribuna “popular”, detrás de uno de los arcos del campo de juego. Esto marcaba una primera diferencia con la “barra del pito”, pues como dice el Polaco, mientras que esta última era “una barra de platea”,3 Los Piratas eran “gente más popular”.

Además de los momentos de socialización en las previas, durante y luego de los partidos existían reuniones semanales que convocaban a los integrantes los días jueves en el bar de Luna. Allí, entre música y bebidas, discutían cuestiones organizativas internas de la barra, en un clima que el Polaco describe como “totalmente democrático”:

Sí, era todo tan democrático […] era todo tan democrático […] no como ahora, ¡se votaba!, se votaba, se hacía una lista [de a] quién podíamos elegir de presidente. Y nosotros votábamos. El Flaco Mario Cardozo estuvo un montón de tiempo, como dos o tres periodos estuvo. [Él] era un […] no era un grandote, un oso, un monstruo […] ¡No!, era un flaquito que no le hacía mal a nadie ni le pegaba a nadie, ni ofendía a nadie. Era una dulzura de tipo […] ese era el presidente de Los Piratas.

La descripción del Flaco Mario, centrada en su “dulzura”, en su no apelación a la fuerza y la insistencia en el carácter “democrático” de la reunión para la elección de autoridades, traza una frontera en su discurso sobre las prácticas violentas: una línea divisoria entre la “vieja” forma, democrática y pacífica, y una “nueva”, basada en la fuerza y el autoritarismo. La lógica organizativa de aquella primera hinchada tenía un organigrama de tipo asociación civil que emulaba la estructura de la comisión directiva del propio club. Había presidente, vicepresidente, secretarios, tesorero y vocales, todos elegidos “democráticamente” y postulados en lista única. Esto no significa que no existiesen subgrupos o “filiales”, sin embargo, todos estos eran aglutinados bajo una lista que representaba la totalidad de las facciones. Los criterios colectivos de evaluación y los patrones de legitimación sobre la elegibilidad en cargos de “dirección” se basaban, de manera fundamental, en la evaluación del “compromiso con la barra”, la asiduidad en los eventos propios de la hinchada, la “solidaridad” con los pares y cierta idoneidad para cuestiones logísticas, como la organización de eventos recaudatorios para financiar las actividades y elementos de la hinchada.

Sociabilidad y violencia

Los viajes que Los Piratas realizaban por todo el país, acompañando las presentaciones del equipo profesional del club, funcionaban como rituales de gran importancia en torno al afian zamiento del sentido de pertenencia grupal y, a la vez, delimitaban identificaciones, diferenciaciones y jerarquías hacia el interior de la barra. Los largos recorridos interprovinciales operaban como espacios vitales de sociabilidad y, al mismo tiempo, como instancias de evaluación colectiva sobre el nivel de fidelidad y compromiso de sus integrantes, primero con el club y luego con la hinchada. Por otra parte, el origen de clases populares de muchos de los integrantes, que por primera vez salían de la provincia de Córdoba a través de estos eventos, tiñe la experiencia de un fuerte valor material y simbólico: el conocimiento de lugares y ciudades relativamente inaccesibles por otros medios. Como manifestó el Polaco, los viajes “fueron también las únicas veces que yo he salido a otra provincia, me permitieron conocer el país”, experiencia que, según él, hubiese sido inaccesible por sus “propios medios económicos”.

En contraste, el Polaco reconoció dos diferencias morales en relación con las generaciones siguientes, es decir, en cuanto al interés económico en la barra y las prácticas de violencia Asimismo, fue enfático al trazar el límite, pues “muchas cosas que no eran como ahora”, y marcó una fuerte discontinuidad con el presente, además de que aclaró que “en aquellas épocas” la barra conseguía sus propios recursos (económicos) rifando pelotas, camisetas, asados u organizando peñas. Si bien el Polaco nos comentó que no quería referirse a los “negocios” de ese momento, en la enfática positivización del carácter autogestivo de la antigua barra, en su actitud se traslucía cierto rechazo a las supuestas actividades clandestinas con las que la actual estaba financiándose.

La diferenciación resulta más taxativa en cuanto a la violencia. El Polaco reconoció su participación en varios enfrentamientos de la barra, aunque los definió como “casos aislados”. En más de una ocasión comentó que cuando jugaban contra otros equipos locales en Alberdi -incluido el Club Atlético Talleres-4 la hinchada visitante pasaba caminando por la misma tribuna que la local, sin que esto generara ningún altercado. Relata, además, que entre las “cúpulas” de las barras existía “buena relación” y entre el resto de los hinchas había “cargadas normales, pero de boca nada más, nada de ofensas, ni de riñas, ni de amenazar […] era un partido de fútbol y nada más”.

Como vemos, el discurso nativo de esta generación no niega la existencia de fenómenos violentos, aunque regulados por rígidos códigos de conducta fundados en cierta moralidad masculina de la caballerosidad y el honor (sobre los motivos legítimos para una “reacción” violenta, siempre defensiva, nunca promotora del conflicto físico), y más explícitamente en mecanismos civilizatorios autorreguladores (Elias, 1993) que diferencian a esta generación del tipo de violencia que practicarían las sucesorias:

Acá en Belgrano nada que ver, no sé en la hinchada de Talleres, de Instituto, en otros equipos no sé, pero acá en Belgrano te digo ¡Los Piratas del 68 eran señores!, señores […] no robaban, no peleaban […] por ahí, bueno, si alguno se ofendía, bueno, algún par de piñas había […] la barra de Belgrano, ir a provocar un desorden, una pelea, no[…]

“Los Piratas del 68” eran “señores”, no por rehuirle al enfrentamiento físico, sino porque ejercían la violencia en condiciones defensivas y bajo parámetros normativos, por ejemplo, mediante el uso exclusivo del cuerpo como herramienta de combate y a través de la negativa a utilizar armas de fuego o armas blancas; además, porque los conflictos eran absolutamente contingentes y localizados, es decir, que los circunscribían a los límites espacio-temporales de la riña:

En aquellos años en las canchas, yo creo que esto fue toda la vida, que siempre hubo algún desacuerdo, desentendimiento y venían las piñas;5 pero en aquellos años era una diferencia abismal con hoy […] eran trompadas limpias, se terminaban las trompadas y no se usaban armas. Terminaban las trompadas, bueno, cada uno a su casa […]. Eran peleas, digamos, de hombre, se sacaban la bronca del momento a trompada limpia ¡Y chau!, cada uno a sus casas, no era como ahora que balas, armas de fuego, cuchillo […]. Así era antes. Ahora ya no, ahora hay una especie de odio, de rencor, de […] no sé cómo […] digamos […] se ha perdido la cultura deportiva.

Este universo moral, generacionalmente asociado al Polaco, se encarna y cristaliza en lo que él define como la “cultura deportiva”: un mundo de la hinchada en espejo al mundo del campo de juego, con reglas de “juego limpio”, con formas de violencia “limpia”, “sana”, “medida”, “regulada”. Una violencia normativizada e higienizada que estaría inmaculada de las distorsiones propias de “la violencia de hoy”. Esto pone de manifiesto la complejidad del relato nativo sobre la violencia, que antes que interdicciones absolutas, propone apreciaciones con fronteras de legitimidad y tolerancia móviles, singulares y localizadas.

“Carlos”: segunda generación

En menos de veinte minutos de entrevista Carlos saludó a varias personas que pasaban por la plaza: “a mí me conoce todo el mundo”. Para recibirnos, Carlos “se hizo un tiempo” en el trabajo. Nos contó que desde 1988 se desempeñaba como empleado del Estado municipal de Córdoba, gracias a los contactos que supo cultivar con el radicalismo -específicamente con el exintendente Ramón Mestre-6 y a que el país retornó a la democracia. Según Carlos, ese “contacto” se forjó en sus años con la hinchada. Con 55 años de vida, Carlos tenía una trayectoria en la barra, tan ecléctica como constante. Hace más de veinticinco años formaba parte de la hinchada, sin embargo, había pertenecido a distintas facciones dentro de esta.

Carlos comenzó a frecuentar la cancha de Belgrano a finales de la década de 1960. El pronto debut en los torneos nacionales resultó un poderoso atractivo, como también lo fue para el Polaco. Con sólo 12 años de edad, Carlos se las ingeniaba para entrar gratis al estadio junto con su amigo Pablo. El Club Atlético Belgrano, sin instalaciones propias, tenía que llevar la ropa de los jugadores a una lavandería del barrio de Alberdi, cuya dueña era familiar de Pablo. Para evitar el pago del ingreso, este, Carlos y otros vecinos aprovechaban para llevar los encargos del club antes de los partidos.

Carlos se acercó a la barra en la década 1980, de la mano de un grupo conocido como “La banda de la Bajada”, en referencia a una villa miseria7 conocida como “La Bajada”, ubicada junto al registro civil de la ciudad y la cancha del club. Carlos y el grueso de ese grupo vivían en esa villa e iban juntos a la cancha. Esos comienzos, sobre todo con el retorno de la democracia, fueron rememorados por nuestro interlocutor como “tiempos de guerra”, debido a la permanente y sistemática violencia que atravesaba a la hinchada. Los principales contrincantes eran las barras de diferentes equipos y la policía, aunque ocasionalmente también existían conflictos internos esporádicos. “La banda de la Bajada” era, según Carlos, “un bandón de la concha de su madre”, “muy respetada” por su ferocidad en los enfrentamientos físicos: “los vagos tenían en mente solamente pelear, pelear, pelear […] no había cabeza de grupo”. Asimismo, Carlos contó que “La Bajada” era reconocida en la hinchada por el “descontrol” de sus miembros, principalmente en referencia a sus competencias corporales para el combate físico y el consumo habitual de estupefacientes ilegales y alcohol. Según su relato, tenían un “cartel8 [que hacía] que el mundo le tuviera miedo a La banda de la Bajada y nosotros éramos, más o menos, cincuenta monos que se paraban los cincuenta”.

Carlos es un claro exponente de lo que muchos autores han definido como la “lógica del aguante” (Alabarces, 2004; Garriga, 2007; Moreira, 2005; Gil, 2007) en tanto sustento legitimador de las prácticas violentas que estructuran a las hinchadas argentinas. “Tener aguante” -y demostrarlo efectivamente- significa poseer una actitud corporal que no sólo no rehúsa los enfrentamientos violentos, sino que los provoca y los valora de manera positiva. Apoyado en complejas nociones vinculadas al género -la pelea como forma de afirmar la masculinidad-, los territorios -una cartografía dividida en territorios propios y enemigos-, ciertos consumos -inversión de los estigmas sobre las drogas y el alcohol- y una fuerte retórica belicista -“tiempos de guerra”-, la noción de “aguante” resulta útil para caracterizar todo un periodo donde el capital agonístico fue ganando terreno en tanto recurso de valor, prestigio, recono cimiento y respeto al interior de las hinchadas.

Transformaciones en la barra

En 1984 durante un partido jugado en la provincia de Tucumán entre el Atlético Tucumán y el Belgrano, un hincha del equipo local es asesinado de una puñalada en la tribuna donde se apostaba la barra del Belgrano. Tras ese episodio, Carlos terminó preso y fue identificado como presunto responsable a partir de una foto publicada en el periódico La Gaceta. Después del suceso, él y Pablo, su amigo de la infancia, fundaron una nueva facción de Los Piratas, llamada “La 2004”. Carlos justificó la necesidad de esta agrupación en su disconformidad con “los manejos de dinero” que realizaba el Cabezón Jorge, líder de una facción de Los Piratas que llevaba su nombre y a la cual pertenecía el grupo de “La Bajada”. Según Carlos, él y Pablo pudieron convertirse en líderes de “La 2004” por su “fama de guapos”.

Desde mediados de la década de los ochenta se comienzan a sedimentar dos características fundamentales en Los Piratas que, según Carlos, se extenderían durante las dos siguientes: primero, un alto nivel de violencia localizada, principalmente, en los estadios o sus adyacencias, durante los días de partido o en los viajes que la hinchada realizaba por el país. Sin duda, esta violencia y el desarrollo de una enorme capacidad para su ejercicio son vistos de forma positiva (como capital agonístico) en el discurso de los miembros de esta generación.

En segundo lugar, se observa que la estructura organizativa interna de la barra va asumiendo una forma en la que predomina la heterogeneidad de grupos, facciones y liderazgos que, aún identificados bajo el nombre de “Los Piratas”, no estaban exentos de conflictos internos y reconfiguraciones permanentes.

Monopolio y reorganización

Desde la fundación de “La 2004” Carlos ocupó una posición jerárquica en la barra de Los Piratas, en tanto líder de aquélla facción. En el año 2004 el grupo cambia de nombre a “La 19 de marzo”, en referencia al día del aniversario del Club Atlético Belgrano. Carlos estuvo al frente de este grupo hasta que en el periodo 2011-2012 la hinchada entra en un proceso de reorganización interna, el cual terminó con la monopolización de la tribuna por una sola facción y la expulsión de “La 2004”.

El proceso de reconfiguración de la barra es narrado en relación al conflicto intergeneracional. Es así que Carlos expone una mirada despectiva sobre las prácticas y consumos de los integrantes más jóvenes de la hinchada. Los describe como personas “sin códigos” (“quieren ir a picotear9 a cualquiera”) e imprevisibles (irracionales), en cuanto a normas de conducta, además de que justifica su diagnóstico con el relato y la descripción de sus propios consumos y prácticas de transgresión:

[Hoy] se viene toda la guachada,10 que está toda perdida, está toda drogada, está toda alcoholizada. Entonces, no le importa un […] “andá a hablar”, “no, porque el Loco” ¡Nada, las pelotas! Están dados vuelta […] el querer ir a picotear a cualquiera persona, ir a sacarle cualquier cosa, porque si no más, por el estado en la cual está […] Viejitos que van a la popular, que de pronto se van al baño, porque se quieren echar una meada y se llevan la radio, porque son esos viejos de oreja de coso [imita con la mano en la oreja] y sí […] le sacan la radio. Esos códigos antes no se hacían, no existían […] calculá, hoy se perdió todo, hoy no existe nada. Por eso se hace muy difícil también controlar. Hoy por hoy, no son los pibes que eran hace veinte años atrás.

Carlos reconoce un quiebre abrupto entre los “códigos de antes” y las prácticas de “hoy”, pues percibe a los jóvenes de la barra como “incontrolables”. El contexto se tiñe de una violencia creciente que no es regulada por los antiguos preceptos normativos (la prohibición moral de robar en la tribuna, a los propios hinchas de Belgrano o a adultos mayores), más bien, se agrava por el consumo desmedido de alcohol y drogas. Carlos traza una frontera moral (Lamont, 2000) entre generaciones, a partir de la cual los “jóvenes de hoy” son definidos como un grupo caótico, incomprensible, violento, vicioso, “perdido”, debido a su violencia desenfrenada y su falta de respeto por las jerarquías de la hinchada.

El discurso contencioso a partir del cual estos procesos de diferenciación se generan no sostiene linealidad. Las prácticas que Carlos condenó entre los jóvenes en la barra no diferían demasiado de las propias experiencias de “descontrol” que narró sobre sí mismo en su juventud. Lo que Carlos expuso no es tanto un juicio moral contra las prácticas de transgresión de los jóvenes. Sin embargo, lo que está en juego en su narrativa no es la valorización del orden social imperante en la tribuna, sino las disputas generacionales al interior de la hinchada.

Por otra parte, la ambivalencia que condensa todo el testimonio de Carlos sobre las prácticas violentas -ayer positivizadas, hoy condenadas- no puede ser reducida ni a una disputa generacional ni a una metamorfosis biográfico-personal. Estos “desajustes” responden, principalmente, a que a Carlos le tocó experimentar un momento bisagra en la construcción de los patrones valorativos que estructuraron la organización interna de la barra. Así pues, se trató de un momento de transición entre patrones de legitimación diferentes a la hora de estructurar las membresías y jerarquías propias de la hinchada; una convergencia de dos procesos que parecen estar indisolublemente ligados.

La denostación de los más jóvenes, como “agentes del caos”, cristaliza el ocaso de un periodo en el que la capacidad de combate, el uso desproporcionado de la fuerza y el “aguante” eran considerados como los principales recursos para acceder a posiciones de liderazgo y jerarquía en la estructura organizativa de la barra (una estructura signada por su fragmentación durante esta etapa). Por otro lado, los relatos de Carlos muestran la identificación de un cambio en los patrones valorativos de liderazgo que tendieron a cierta racionalización civilizatoria de la organización. En los últimos años el uso de la “fuerza” como capital vital de los líderes de facciones dio paso al recurso de la “cabeza” de los referentes de la barra. Igualmente, el principio legitimador de la autoridad en la hinchada se desplazó de las competencias corporales (prácticas violentas) hacia las cualidades vinculadas a los “tratos interpersonales”, la capacidad de construir redes de reciprocidad, obtener recursos monetarios y la “inteligencia” para resolver conflictos, sin necesidad de echar mano de la fuerza.

Mauro: tercera generación

Durante el desarrollo de este trabajo Mauro tenía 28 años de edad y era el “referente” máximo de la “música” de Los Piratas Celestes de Alberdi11 (en adelante LPCA): la primera barra”. Él organizaba el grupo de los bombos, además, con Turi coordinaba los “vientos”, mientras que con Pato creaba las canciones y decidía su secuencia durante los partidos. Mauro también diseñaba y vendía ropa de la barra. Él era joven en relación a la jerarquía de la hinchada. Sus allegados lo describieron como una persona inteligente, con firme voz de mando, compromiso total y con lazos familiares con personajes “históricos” de la organización: Mauro era la tercera generación de su familia que participaba de manera activa. Su padre, miembro de Los Piratas durante décadas, en ese momento cercano a los 60 años de edad, fue quien les transmitió a él y a su hermano mayor la doble pasión: por Belgrano y por la barra.

Bueno, lo de Belgrano es familiar, está en la sangre, yo ya tengo el gen pirata desde que nací. Mi viejo era de Belgrano y de chiquito me lo inculcó, del hecho de comprarme todo celeste, o cuidar de no tener nada azul12 […]. Y al principio mi viejo no me llevaba. Pasa que la cancha cambió mucho. Antes había mucho bardo, había cosas que no se podían ver y él estaba con la barra, entonces él no me llevaba [a] todos los partidos […]. Casi siempre fui a la popular, pero viste que antes no estaba lo de los carnets ni los socios, entonces a veces mi viejo sacaba platea o preferencial,13 pero casi siempre en la popu. Mi viejo me llevaba y me quedaba en el para-avalancha principal del viejo, ahí quietito y no me dejaba moverme de ahí. Yo miraba más a los locos parados en los caños14 que al partido: yo quería estar ahí. Después, ya a los 13 o 14 empecé a ir solo también.

Mauro -y cualquier persona con más de diez años de trayectoria en la barra- percibía un cambio abrupto en la dinámica de la hinchada en los últimos años. Un primer elemento de esta transformación consistió en la reconfiguración interna del organigrama Pirata. Hasta el periodo 2010-2011 en la hinchada de Belgrano convergían cinco facciones: “LPCA”, la más antigua, encabezada por el Loco Beto;15 en segundo lugar, “La 19 de marzo”, comandada por Carlos (visto aquí como la “segunda generación”) y su amigo Pablo; en tercer lugar, “La banda del Jetón Marcos”, con líder homónimo; en cuarto lugar, “La barra de Chocu y Javier”, en referencia a quienes habían sido sus antiguos jefes, y por último, “La Fraternidad”, liderada por el Flaco Rubén. Todos estos grupos conformaban la hinchada de Belgrano, autodenominada Los Piratas.

Si bien entre las distintas facciones parecía haber una paz inestable, interrumpida por esporádicos enfrentamientos internos, existía un precario acuerdo acerca del lugar y el peso de cada grupo: LPCA ocupaba la posición de “establecidos” (Elias y Scotson, 2000), mientras que las otras cuatro facciones quedaban relegadas a posiciones marginales. A pesar de esta convivencia relativamente pacífica todos nuestros interlocutores percibían a la tribuna popular como un territorio profundamente violento e “incivilizado” (Elias, 1993: 47). En las entrevistas y registros etnográficos correspondientes a dicha etapa son recurrentes las re ferencias a robos, enfrentamientos violentos contra la policía o contra las hin chadas de los equipos adversarios, peleas esporádicas entre hinchas de Belgrano, prácticas agresivas contra las mujeres en la hinchada, consumo permanente y público de sustancias ilegales, desorganización para las puestas en escena desplegadas en la tribuna y una relativa vacancia de autoridades fuertes en la hinchada.

Entre los años 2011 y 2012 aquel orden social simbolizado como “anómico” fue fuertemente trastocado cuando LPCA comenzó una ofensiva de monopolización territorial basada en la expulsión violenta de las otras facciones de la tribuna popular. Este proceso implicó un incremento de los enfrentamientos violentos ocurridos en este espacio durante los días de partido.16 Todas estas peleas tuvieron una dinámica similar: enfrentamientos cuerpo a cuerpo que disputaban la ocupación de la espacialidad de la facción derrotada y su expulsión de la tribuna. De esta manera, LPCA “corrió” de la “cancha” una por una al resto de las facciones hasta hacerse del control total de la tribuna popular. Esto no significó que la violencia entre grupos hubiese desaparecido, sino que fue desplazada, privatizándose17 y desarrollándose “detrás de bastidores” (Elias, 1993: 164), en momentos y espacios ajenos a los espectáculos deportivos estrictamente considerados.18 Esto conllevó un correlativo aumento exponencial de las disputas entre facciones del mismo club, en detrimento de los enfrentamientos contra policías o hinchadas de equipos rivales. También aumentó de forma comparativa la cantidad de víctimas fatales, en parte por el incremento de los enfrentamientos, en parte por el mayor uso de armas de fuego.

La nueva configuración de Los Piratas, bajo el dominio y monopolio de LPCA, se caracterizó por un orden de pacificación fundado en el monopolio de la violencia por parte de la facción triunfante y un consiguiente rechazo contra (otras) expresiones de violencia física en la tribuna. De esta manera, LPCA asume metonímicamente la representación como unidad totalizante de la hinchada de Belgrano, refundando los lazos de interdependencia entre “es tablecidos” y outsiders, ya no como “facciones” en disputa sino como “sub grupos” de LPCA. En este periodo de violencia pri vatizada y de tribuna monopolizada y pacificada, los cambios más sustanciales en torno a la hinchada se organizaron en dos ejes: los umbrales de tolerancia a distintas expresio nes de vio lencia y los patrones de legitimación que estructuran los principios de autoridad internos en la hinchada.

“La violencia ya no va”

Cuando Mauro habló de la actualidad nos contó de una tribuna sin robos, sin acoso a las mujeres y sin los niveles escandalosos de consumo de sustancias que se observaban en periodos ante riores. Como vemos, en su relato son invisibilizados (desplazados) los enfrentamientos internos de la hinchada, mientras que esta última cobra aceptación y legitimidad entre la mayoría de los simpatizantes del club. Este proceso se erige simbólicamente bajo la idea de “la vuelta de la familia a la cancha”: una hinchada que es también lugar para los niños, las mujeres y las tradiciones. Algo impensado en el periodo anterior, según el relato de Carlos. En la misma línea, el discurso enfatizaba la mayor relevancia del grupo de música en la hinchada (el que Mauro lideraba), con su estética “carnavalesca” y “fiestera”, proporcional a la pérdida de valor de la capacidad de combate en los estadios.

La violencia ya no va, está muy condenada, ya no va más. Vos fíjate las canciones. Hoy tienen frases que te llegan al alma, antes era “tomo pala, ando con fierro, no te parás”. ¿Cómo le explicás a una familia que cante eso? Si yo canto ese tema lo van a cantar dos o tres rochas19 y nada más. Cambia el público de la cancha y también cambian los temas. Es cantar desde el sentimiento.

Mauro remarca y enfatiza algo que ya había esbozado Carlos para los finales de su periodo: que el “uso de la fuerza” iba perdiendo centralidad como recurso válido, deseado y legítimo para construir autoridad y liderazgo dentro de la hinchada. De igual manera, la “trayectoria” en la barra y el “compromiso” demostrado aparecen como patrones de legitimidad complementarios. En el relato de un “nuevo escenario”, con una tribuna más propensa a “la fiesta” que a la “violencia”, parecen cotizar al alza ciertas habilidades alternativas, como la inteligencia, la logística organizativa y la capacidad para construir y movilizar contactos y redes de intercambios recíprocos.

[Para ser referente] tenés que tener lucidez, liderazgo, si no tenés eso, chau. Y tenés que tener trayectoria, si no te cagaste de frío, si no viajaste, si no te cagaron a balazos de goma, si no te quebraron en Colón […] tenés que tener historia. Yo, por ejemplo, yo soy muy […] muy de estar carburando siempre. Siempre pensando. Siempre trato de estar un paso adelante en la cancha, en el trabajo. Si me agarras colgado es que estoy pensando. Aprendí a pensar antes de hablar […] sería lindo manejar la barra, pero no, no tengo carácter. La maldad no la tengo. Ojo, no tengo nada contra el que lo hace, pero yo sí tengo cosas que perder […]. Antes vos te parabas en la tri buna con veinte monos y la ganabas peleando. Ibas el martes al entrenamiento y decías “Ahora la manejo yo, quiero tanto por mes, tanto carnet, etc.”. Ahora tenés que conseguir los contactos, los teléfonos de uno, el otro, la yuta,20 el comisario, el dirigente, y ellos te van a decir que sí o que no. Además, te sacan fotos, te escrachan en el Facebook, los periodistas… no es tan fácil.

El capital agonístico y las capacidades de combate, aunque perdieron centralidad, no desaparecen como recursos valorados de liderazgo. De acuerdo con el relato de Mauro, para manejar una barra se necesita “carácter” y “maldad”. La referencia a la “historia” o la “trayectoria” reafirma la lógica del “aguante”, de una corporalidad resistente a las penurias físicas y los golpes recibidos, cristalizada en el anecdotario de “viajes”. El quiebre temporal, sin embargo, marca una discontinuidad fundamental con las prácticas generacionales previas. Antes la barra se ganaba “peleando en la tribuna”, ahora se la gana “tejiendo redes” dentro y fuera de los estadios. El desplazamiento de la violencia hacia afuera de los estadios está indisolublemente ligado a esta transformación en los criterios grupales de valorización. En un estadio violento el uso de la fuerza opera como el principal recurso legitimador. En cambio, en un estadio pacificado -e hipertecnologizado- la “cabeza” y los “contactos” emergen como los recursos más cotizados para los hinchas con pretensión de asumir posiciones de conducción y jerarquía.

Reflexiones finales en clave intergeneracional

A lo largo del trabajo hemos propuesto un ejercicio analítico-comparativo que debe leerse de manera sincrónica y diacrónica. El telón de fondo de todos nuestros esfuerzos es el de pensar las relaciones intergeneracionales como vía privilegiada para abordar el procesamiento simbólico del orden social en este espacio.

La historia del Polaco condensa sentidos sobre una hinchada normativizada y autorregulada. Las disputas y jerarquías internas eran procesadas por medio de un sistema de prácticas significadas como “democráticas”, “civilizadas”, de “señores”. A diferencia de los periodos subsiguientes, el capital agonístico no aparece en los relatos, ya que esta generación era más proclive a la resolución de conflictos y a la acumulación de prestigio: la descripción del presidente de la época sintetiza este discurso. Los patrones de legitimación, en este contexto, valorizaban de manera fundamental el “compromiso” y la “capacidad” logística-organizativa.

La referencia a prácticas violentas tiene un doble sentido identitario en los relatos de esta generación. Por un lado, afirma una identidad de género: enfrentamientos entre “caballeros”, definidos por su carácter civilizado (Elias, 1993), su “honor” en el combate y su “cultura deportiva”, tributaria de los valores del amateurismo (el “juego limpio”, el otro visto como adversario antes que como enemigo, la tajante división de ámbitos, “es solamente fútbol”, el rechazo del lucro y la trampa, entre otros).

Por otro lado, los sentidos caballerescos de la violencia operan allí como diacrítico generacional. En los tiempos que suceden a la generación fundante se vuelven importantes las motivaciones “económicas” e incrementan los enfrentamientos caracterizados por el uso de armas blancas y de fuego. Así pues, la economización de los lazos y la letalidad de la violencia emergen moralmente a contrapelo de los códigos normativos que caracterizaban a Los Piratas del 68.

Las narraciones de Carlos sobre la década de los ochenta y principios del dos mil describen un mundo anómico y caótico en la hinchada de Belgrano: un proceso de fragmentación, violencia y dispersión social. Ante esta lógica interna, desregulada en relación al orden anterior, el capital agonístico (Mauger, 1995) comienza a ganar terreno como principio estructurador del nuevo universo interno de la hinchada, asimismo, la noción de “aguante” emerge como comodín explicativo para este contexto. La “cultura del aguante” (Alabarces, 2004; Garriga, 2007; Moreira, 2005; Gil, 2007) entendida como una cultura de la violencia, funciona como matriz organizadora de todo el repertorio de prácticas y representaciones propias de la hinchada.

Los modelos de masculinidad entre las generaciones difieren entre sí: los procesos de diferenciación entre la generación del Polaco y la de Carlos se sintetizan en el supuesto paso de “una ética de caballeros a una ética de hombres y machos” (Alabarces et al., 2013). Al mismo tiempo, la violencia resulta el principal recurso legitimador que estructura las jerarquías organizacionales de la hinchada en los relatos de la segunda generación: en la barra, el prestigio y el respeto se dirimen por el “aguante”, acumulado sólo a partir de la participación sucesiva en enfren tamientos violentos y “viajes”, donde se ponen a prueba las competencias corporales de idoneidad para la pelea, la resistencia física para las adversidades y la capacidad de consumo de sustancias (alcohol y drogas).

La ambivalencia en las apreciaciones de Carlos sobre la legitimidad del uso de la violencia física y su doble estándar moral para juzgar a sus coetáneos y a la generación más joven, se manifiesta como síntoma de un momento bisagra o de crisis de reproducción en el que muda la interdependencia funcional entre la estructura organizativa de la hinchada, los sentidos de la violencia y los patrones de legitimidad que organizan el simbolismo interno de la barra. La ambigüedad discursiva de Carlos se vuelve certeza en los relatos de Mauro. Las significaciones de la tercera generación ponen en evidencia la manera en la que los umbrales de tolerancia a la violencia se trastocan al ritmo de una reconfiguración organizativa interna.

LPCA se erige como garante de un orden con altos umbrales de intolerancia a las transgresiones que ocurrían en los años precedentes. El contexto de una tribuna relativamente pacificada se corresponde con un organigrama interno que no sufre disputas ni cuestionamien tos importantes de su representatividad, ni de la legitimidad de su líder.

En un contexto pacificado la violencia se desplaza espacial y simbólicamente sin desaparecer: “la barra ya no se gana peleando”. Además, retoman valor las capacidades organizativas, las redes de “contactos”, las competencias intelectuales y logísticas, y se revitalizan patrones de legitimación, como la asiduidad y el compromiso personal en las tareas; es decir, que se vive una suerte de retorno del discurso de la generación del Polaco, la de Los Piratas del 68. Sin embargo, el recurso a la violencia persiste en el razonamiento de Mauro acerca de la necesaria “maldad” para “manejar” la barra. La reputación continúa dependiendo de la ostentación de “balazos de goma”, “quebradas” y “peleas”: tener “historia” sigue implicando “tener aguante”.

Los patrones de legitimación en la hinchada no desaparecen, sino que sedimentan y se resignifican a la luz de cada contexto histórico y sus respectivas periodizaciones nativas. Los recursos no se eliminan ni se inventan de la nada, sino que sus pesos relativos se acomodan de modo diverso a cada generación. Mientras tanto, la estructuración del universo moral muta y otorga la materia prima a partir de la cual se producen las fronteras generacionales y la memoria histórica de la hinchada.

Estas fronteras clasifican formas de ejercicio de la violencia que se utilizan de manera global en los relatos de las primeras dos generaciones: prácticas violentas moralizadas y civilizadas (usualmente asociadas a las generaciones precedentes), contra prácticas caóticas y descontroladas (regularmente vinculadas a las facciones ju veniles contemporáneas). De igual manera, se trazan divisiones morales entre un pasado “virtuoso”, amateur y moralmente “desinteresado”, contra un presente corrompido por los intereses monetarios y la economización de los lazos. Por último, y en un sentido homólogo, dichas clasificaciones separan las formas pacíficas y democráticas de organización, contra el ejercicio autoritario, amenazante y violento, asociado respectivamente al tiempo pasado y al presente.

En este sentido, el universo moral aparece como un continuo organizado discursivamente en torno a “lo viejo” y “lo nuevo”: todas las generaciones echan mano -aunque apropiándose y proponiendo usos diferenciales- a la tradición y a los preceptos morales básicos de la hinchada en los ejes analizados. Se trata de una tensión permanente entre disputas, resignificaciones, hibrida ciones, yuxtaposiciones y sedimen taciones de universos morales.

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1 Cuando hablamos de “hinchada” nos referimos a un grupo de seguidores de un equipo de fútbol que se reconoce como colectivo y está fuertemente organizado en torno a un conjunto de prácticas, representaciones y universos morales. A lo largo del trabajo utilizaremos como sinónimos las nociones nativas de “hinchada”, “barra” o “Los Piratas”, con las cuales nuestros in terlocutores se autoidentifican. Preferimos recurrir a esta terminología en reemplazo de la categoría mediática y estigmatizante de “barra brava”. Todas las categorías nativas serán referenciadas entre comillas.

2El Club Atlético Belgrano fue creado el 19 de marzo de 1905. Este tiene su estadio en Alberdi, un barrio popular cercano al casco céntrico de la ciudad de Córdoba, Argentina.

3Las tribunas de los estadios argentinos se dividen en “populares” y “plateas”. La diferencia es principalmente económica y estética. En las primeras los ingresos son más baratos, el público contempla el partido de pie y la visualización del espectáculo deportivo suele ser reducida. En las “plateas” —o también llamada “preferencial”— los ingresos suelen duplicar o triplicar el valor de una “popular” y el público está sentado en butacas individualizadas.

4El “clásico” histórico de Belgrano.

5Golpes de puño.

6En Argentina, “radicales” refiere a los miembros del partido Unión Cívica Radical (UCR). Ramón Mestre fue un político radical que ejerció el cargo de intendente de la ciudad de Córdoba, además, se desempeñó como funcionario público a nivel provincial y nacional.

7Asentamientos populares informales urbanos en Argentina.

8“Cartel” es una metáfora nativa que refiere a la supuesta fama o reconocimiento que otros dan a cierto grupo o persona.

9Noción nativa que refiere a la acción de golpear ferozmente a sujetos que se encuentran en inferioridad numérica.

10Categoría nativa con la que se identifica a los grupos de menores o jóvenes, los “guachos”.

11“Los Piratas Celestes de Alberdi (LPCA)” es una facción de Los Piratas que reconoce una filiación directa con “Los Piratas del 68”.

12Uno de los colores del principal equipo rival: Talleres.

13Véase la nota número 3.

14Estructuras de metal de las tribunas populares, también conocidas como “para-avalanchas”.

15El Loco Beto es un personaje de rango casi mítico en el universo moral de la hinchada. Desde hace más de veinticinco años comandaba la facción LPCA, asimismo, a partir del año 2010 se desempeñó como el líder máximo de la hinchada por la posición hegemónica de su grupo.

16Este aumento exponencial de los enfrentamientos internos entre facciones de Los Piratas se da en el marco de la prohibición del público “visitante”, decretada por el Estado Nacional a partir del año 2006 para los torneos de ascenso, y a partir del 2013 también para la primera división del fútbol argentino.

17El concepto de “privatización de la violencia” es utilizado en el sentido empleado por Elias (1993) y Spierenburg (1998). Se refiere al aumento de los umbrales de intolerancia a la violencia en la vida pública cotidiana —tomando a los estadios durante los días de partido como el espacio público por excelencia del fútbol en general y la hinchada en particular— y su correlativo repliegue a ámbitos “privados” “detrás de bastidores” (Elias, 1993: 164).

18Bares, recitales, bailes de cuarteto, clubes barriales, domicilios privados, adyacencias de los estadios, entre otros.

19Mujeres.

20Policía.

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