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Nueva antropología

versión impresa ISSN 0185-0636

Nueva antropol vol.27 no.81 México jul./dic. 2014

 

Artículos

 

La construcción simbólica del miedo en la ciudad de México

 

Raúl Nieto Calleja*

 

* Profesor-investigador del Departamento de Antropología, Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa. Línea principal de investigación: Antropología urbana, del trabajo y simbólica.

 

Resumen

En este artículo se propone, mediante ejemplos de tipo etnográfico, que el miedo, además de ser una experiencia individual, es construido de manera social y política, siendo un elemento con el cual en la actualidad se organiza el orden urbano. En dicho orden, el miedo es uno de los estados anímicos posibles para construir la cotidianidad de la ciudad. Al respecto, el miedo que se vive en México afecta a la ciudad de manera particular y diferente que al resto de la sociedad; sin embargo, la propia urbe cuenta con recursos para enfrentarlo. Ambas situaciones se desarrollan en este artículo problematizando un conjunto de narrativas sociales con las cuales los habitantes de la ciudad de México explican los cambios que perciben en su habitar y transitar por la ciudad contemporánea en la que el temor a la vida urbana parece ser uno de sus elementos definitorios.

Palabras clave: miedo, imaginarios, ciudad de México, incertidumbre, narrativas urbanas.

 

Abstract

Through ethnographic examples, this article proposes that fear, besides being an individual experience, is constructed socially and politically, becoming an element from which urban order is organized. In this context, fear is one of the possible emotional moods for building everyday life in the city. Fear in Mexico City affects the city in a particular way that is different from how it affects the rest of society. However, the city has its own resources to face it. Both situations are developed in this article, questioning a set of social narratives by which the Mexico City population explains changes that they perceive in their experience of living and moving through the contemporary city, where fear of urban life seems to be one of its defining elements.

Keywords: fear, imaginaries, Mexico City, uncertainty, urban narratives.

 

Durante la segunda semana de septiembre de 2012, la ciudad de México experimentó un estado anímico que no se había producido desde hace muchos años. Tal experiencia probablemente sólo puede ser equiparable a la vivida en 1968 (cuya evocación social todavía perdura), o a la memoria social conservada de la decena trágica de 1913 (registrada en libros de texto de historia o incluso narrada a los padres por sus abuelos y bisabuelos). En efecto, durante esos días aciagos de septiembre de 2012, tuvo lugar un evento inédito en su historia reciente: el miedo, el temor, la zozobra, la incertidumbre, la angustia, el desasosiego experimentados de manera personal, familiar y vecinal, dieron lugar a un fenómeno de histeria colectiva que se apoderó de la vida cotidiana de miles de habitantes de su zona más densamente poblada: el oriente de la ciudad. En las delegaciones de Iztacalco, Iztapalapa, Tláhuac y Xochimilco y los municipios mexiquenses conurbados de Netzahualcóyotl, Chimalhuacán, Ecatepec, Chicoloapan, Chalco, Ixtapaluca —entre otros— a partir del mediodía del miércoles 5 de septiembre, y hasta el jueves 6, surgieron infinidad de narrativas que corrían, de voz en voz —que se amplificaban y aderezaban— al pasar de una persona a otra, de una calle a otra, entre vecinos y parientes, ente los habitantes de esa zona. Tal narrativa señalaba que:

Camionetas, con vidrios polarizados recorren municipios, delegaciones y colonias de esa parte de la ciudad y con altavoces amenazantes conminan a los vecinos a que se refugien en sus casas, a que se escondan, que en ellas guarden sus autos ya que grupos numerosos de hombres armados vienen, a pie o en vehículos, asaltando a los transeúntes, a las familias y a los comercios. Los vecinos temerosos concluyen que es necesario cuidar a los niños, porque ya se han metido a varias escuelas, que están violando a las niñas, que queman los autos y les disparan a los peatones, que saquean las tiendas, todo tipo de negocios y comercios, que matan a sus dueños y clientes; que balacean las escuelas primarias y otros centros educativos así como todo tipo de transporte público.

Las personas entrevistadas atestiguan lo sucedido: Oyeron..., les dijeron que había habido balazos; que muchos escucharon las detonaciones, que otros gritaban "ya vienen, ya vienen, ya están a la vuelta. son muchos, vienen armados". Las escenas de pánico también se atestiguaban: los comercios bajaron sus cortinas; las farmacias y los mercados públicos se veían vacíos; las carnicerías y panaderías no vendían, casi no había transporte público. Por su parte, las madres concurrían masivamente a las escuelas a retirar y proteger a sus hijos. Así transcurrió esa larga jornada; durante la noche del miércoles al jueves en medio del silencio se escuchaban gritos, disparos, autos corriendo. Al día siguiente algunas escuelas cerraron (Vivas, 2012), y en la UAM-Iztapalapa, mediante correos electrónicos, las autoridades universitarias llamaban a la prudencia al salir a las calles que circundan el campus. Fueron dos días de tremenda incertidumbre.

Las personas no podían identificar si los potenciales agresores pertenecían a la Familia michoacana, grupo de delincuencia organizada famoso por cobrar derecho de piso a los comerciantes de esa zona; si eran narcotraficantes, si formaban parte de los zetas (Osorno, 2012; Pérez Salazar, 2014) o si pertenecían a la organización política identificada como Antorcha Campesina o Antorcha Popular, que poco antes tuvo un altercado en Chicoloapan con miembros del Partido de la Revolución Democrática (PRD) por el control de una base de moto-taxis en la que murieron dos personas, al parecer horas antes el mismo 5 de septiembre. Tal ambiente de violencia quedó registrado de la siguiente manera:

De un enfrentamiento entre transportistas en Chicoloapan el 5 de septiembre, con saldo de dos muertos, se pasó a bloqueos en La Paz, Los Reyes y Nezahualcóyotl, en los que se exigía la liberación de los detenidos del grupo autodenominado Antorcha Campesina.

A partir de ese momento, la información se tornó confusa, pero el miedo se propagó a la misma velocidad de las ondas electromagnéticas de los celulares. [...] miles de fuentes autónomas [...] cumplieron la tarea de provocar el pánico en la población mexiquense. Las escuelas cerraron, los comercios bajaron sus cortinas y la gente corrió a sus casas, vaciando las calles en pocos minutos.

La amenaza estaba allí, pero nadie sabía dónde, ni porqué, ni cómo. Los municipios con mayores índices de miseria del país repentinamente pasan a la modernidad a través de lo que Zygmunt Bauman [2008] bautizó como miedo líquido: ese que se siente ante una amenaza intangible. El miedo, indica el sociólogo, se hace más profundo cuando es más disperso, poco claro y no puede ser identificado (Fernández, 2012, corchetes míos).

En efecto, todo mundo sabía que algo grave estaba sucediendo, pero nadie podría narrarlo, explicarlo o describirlo exactamente. Sin duda las redes sociales, particularmente Facebook, y en menor medida Twiter, así como la telefonía celular hicieron lo propio: magnificaron rumores, esparcieron la zozobra. Materializaron, por medio de mensajes escritos y llamadas telefónicas a familiares y conocidos, todos los fantasmas, terrores, fobias y miedos. Resultaban inútiles los esfuerzos, ese mismo día, de otros pocos habitantes de tales municipios interesados en demostrar —mediante recorridos videograbados desde vehículos y subidos a You Tube— que la zona estaba tranquila, que no había que preocuparse, que todo estaba en calma y normalidad; la violencia simbólica de los rumores logró sus objetivos: interiorizó el miedo en miles de familias del oriente de la ciudad, que desconfiaban de la información oficial y oficiosa difundida por las televisoras esa noche.

Pero no todos se quedaron cruzados de brazos y escondidos en sus casas. Esa noche y la siguiente, en algunos lugares, vecinos y familiares se organizaron para la autodefensa: colocaron vehículos propios como barricadas en las esquinas de sus calles y armados con varillas de metal y palos aguardaron infructuosamente la llegada de los —gratuitos y anónimos— agresores. Días después la fuerza pública (policías y ejército) patrullaban las colonias del Estado de México por un cortísimo periodo. Por su parte, en Iztapalapa dos días después hubo cinco detenidos acusados de esparcir los rumores. Se afirmó que habían sido pagados con 400 pesos para hacerlo, dos días después fueron liberados mediante el pago de una multa por una cantidad equivalente, dado que no fue considerado como un delito grave (Servín y Quintero, 2012: 46). Mientras tanto la violencia real, cotidiana y material no cede: sólo en Netzahualcóyotl, dos semanas después de estos eventos, hubo una serie de asesinatos reales, entre ellos el de un diputado local mexiquense.

¿Cómo se llegó a esta situación? ¿Qué tuvo que pasar en esta ciudad para que sucediera un fenómeno colectivo como el reseñado? ¿Cuáles fueron los motivos para montar tal dispositivo de terror?

Sin duda la última pregunta no es de fácil respuesta y aún no contamos con suficientes elementos para atenderla. Sin embargo, sabemos que el evento que reseñamos no era ajeno al clima político que acompañaba el regreso del Partido Revolucionario Institucional (PRI) al control político del país después de un muy reñido y cuestionado proceso electoral. Se especuló, por ello, que tal cadena de rumores y dispositivos de terror tenían como objetivo limitar la asistencia de las bases políticas del PRD (particularmente numerosas en el oriente de la ciudad) a un mitin en el Zócalo capitalino donde se impugnaría tal proceso electoral. Sin embargo esta fácil respuesta no nos satisface. Para que tal ambiente emocional se mantuviera durante varios días fue necesario que en la memoria colectiva se sedimentaran otros elementos provenientes del imaginario urbano, que permitiesen dar plausibilidad a tales rumores.

No es ajena a tal proceso la historia reciente del país donde la agenda del sentido común ha puesto en un primer plano a la seguridad como el problema de mayor importancia o urgencia. La guerra al crimen organizado que emprendió el ex presidente Felipe Calderón, y la política mediática que la acompañó para justificarla se revirtieron al final de su sexenio. No sabremos cuántas víctimas son su saldo total: ¿cuarenta, cincuenta o hasta sesenta mil? (Camil, 2012), e incluso se habla de setenta mil muertos —pocos menos que en la guerra de Irak—. Por cierto, al igual que con la guerra de EU contra Vietnam, los medios audiovisuales e impresos mexicanos llevaron tales combates hasta la intimidad de los hogares, donde muchas veces antes de salir de casa o al regresar a ella miles de imágenes y narrativas daban cuenta de tales sucesos; al empezar el día y transitar por las calles de la ciudad también era posible ver las primeras planas de los periódicos, cuyos encabezados e imágenes daban cuenta con lujo de detalles de sucesos violentos en la ciudad, que a fuerza de reiterarse se hacían parte de lo cotidiano. Muchos años realizando estas prácticas sin duda han ayudado a desmontar la seguridad y certidumbre con la que vivían los habitantes de la ciudad de México, que a diferencia del resto del país han sido gobernados por el PRD desde 1997 y se habían mantenido —relativa e imaginariamente— ajenos a lo que acontecía en otras grandes urbes del país (Guadalajara, Monterrey, Puebla y Acapulco) e incluso en algunas ciudades medias (Morelia, Cuernavaca, Torreón, Ciudad Juárez, etc.), donde la violencia cotidiana ha acabado con la tranquilidad y certidumbre de sus urbanitas.

La sociedad ha debido desarrollar todo un expertise para tratar de conocer este fenómeno. Así, durante los últimos 10 años paulatinamente se fueron desplazando las preocupaciones de los mexicanos de los temas económicos hacia los de la seguridad. Muchas encuestas empezaron a identificar la seguridad como el problema que se percibía con la mayor importancia o urgencia. Tanto el gobierno como otros actores sociales empezaron a ensayar múltiples aproximaciones al fenómeno y a tratar de cuantificarlos (Davis, 2007). Términos jurídicos o técnicos como robo con violencia, delitos de alto impacto (eufemismo para referirse a secuestros de personas notables), o delincuencia organizada lentamente han sido asimilados por la sociedad. El Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI) ha debido desplegar sofisticadas encuestas nacionales como la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública, (ENPIVE) que desde 2011 se ha levantado durante tres años seguidos, o la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ensu), que empezó a levantarse en 2013 de manera trimestral, y ya cuenta con tres levantamientos (INEGI, 2013 y 2014). Con ambas se confirma no sólo la preocupación social acerca de la seguridad, sino que se intenta medir la sensación de inseguridad, la modificación de las rutinas cotidianas e identificar algunas conductas delictivas de las que se tenga noticia. Cada vez que aparecen públicamente sus cifras son seriamente cuestionadas, ya que tratan de legitimar las políticas públicas sobre seguridad y la tendencia decreciente de algunos delitos (Prados, 2013); sin embargo, la incertidumbre persiste y ese es el problema.

La certidumbre y la certeza han sido temas fuertes en la filosofía occidental. Según Abbagnano la certidumbre tiene que ver con "la seguridad subjetiva de la verdad de un conocimiento", mientras la segunda —la certeza— se relaciona con "la garantía que un conocimiento ofrece de su verdad" (1961: 159-60). Sus antónimos, la incertidumbre o lo incierto, no sólo tienen que ver con la parte cognitiva de los seres humanos; es decir, con su reflexividad y los procesos intelectuales asociados al pensamiento y a la razón. Por su parte, en el habla cotidiana la incertidumbre ha estado relacionada con la idea de la perplejidad, es decir, con la confusión, con la duda o la falta de resolución, pero en fechas más recientes su campo semántico se relaciona con temor y, finalmente, con el miedo. Sin duda todos hemos experimentado alguna de estas situaciones o estados anímicos que están íntimamente asociadas con nuestras nociones de seguridad y de orden; es precisamente en el plano de la subjetividad donde la incertidumbre aparece nítidamente como parte de la experiencia humana.

La trama semántica de la incertidumbre se asocia al miedo, mas para hacerlo requiere de un operador lógico: el peligro. La antropóloga simbólica Mary Douglas (1966 y 1985) ha analizado cómo el peligro está presente en la relación establecida de manera ordinaria y estructural entre lo profano y lo sagrado, y ha demostrado cuál ha sido su papel en los distintos procesos con que las culturas manipulan y construyen el orden y clasifican a los seres, a los actos y a las situaciones sociales e individuales. El peligro, pero en particular el riesgo, es una parte inherente de la vida social misma; en muchas ocasiones está emparentado con los dispositivos de la creencia y por ello es un elemento ordinario en la dimensión ritual y cotidiana de muchas de las sociedades estudiadas por la antropología (Douglas y Wildavsky, 1982). Sin embargo, en otros contextos el miedo y el temor pueden convertirse en todo un modo de vida para comunidades y sociedades enteras. La antropología ha podido documentar cómo en situaciones de guerra, conflictos tribales, étnicos y religiosos, o traslados forzados de poblaciones, la vida cotidiana no se borra, no desaparece y el temor, al exacerbarse, se convierte en un organizador del sentido, por así decirlo, en una parte "dura" de la estructura de la cultura. A manera de ejemplo Linda Green, quien realizó trabajo etnográfico entre los mayas, ha llegado a la conclusión de que

El temor es la respuesta al peligro, pero en Guatemala más que ser una experiencia personal o subjetiva, ha penetrado también la memoria social. Más que una reacción puntual es una condición crónica. Los efectos del miedo son penetrantes e insidiosos en Guatemala. El miedo desestabiliza las relaciones sociales; introduce en las familias la desconfianza, rompe los lazos entre vecinos y amigos, divide comunidades por medio de la sospecha y la preocupación que suscitan no sólo los extraños sino cualquier otro. El miedo se desarrolla sobre las ambigüedades. Las denuncias, los chismes, las insinuaciones y rumores acerca de listas de la muerte crean un clima de sospecha. Nadie puede estar seguro de quién es quién. El espectáculo de la tortura y muerte y de las masacres y desapariciones en el pasado reciente se ha inscrito más profundamente en los cuerpos individuales y en la imaginación colectiva por medio de un constante sentido de amenaza. En el altiplano el miedo se ha convertido en un modo de vida. Al arbitrio del poder el temor se torna invisible, indeterminado y silencioso (Green, 1994: 227, traducción mía).

Rossana Reguillo antropóloga y estudiosa del miedo urbano en tres ciudades latinoamericanas —San Juan, Puerto Rico; Medellín, Colombia, y Guadalajara, México— ha propuesto que los miedos de la sociedad operan también como dispositivos de control social, y afirma que quizá la característica más definitoria de lo contemporáneo es la incertidumbre como experiencia cotidiana. El miedo y la incertidumbre o el miedo a la incertidumbre, fuerzas/motor en la sociabilidad contemporánea de América Latina —sacudida por nuevas y viejas formas de pobreza, por guerras de baja intensidad, por los ubicuos ejércitos del narcotráfico y por la ya endémica corrupción de su clase política—, deviene en cofradía que simultáneamente cohesiona y fragmenta. El miedo ha venido tejiendo complicidades precarias, inestables y confiere la ilusoria certidumbre de que existe en algún lado, en algún tiempo, algo que pueda ser ubicado como el enemigo, el operador del mal, de las violencias, de la enfermedad, de la muerte (Reguillo, 2003, 2005 y 2008).

En las ciudades el miedo no es una experiencia nueva, seguramente desde que éstas se convirtieron en el sitio privilegiado del habitar humano también han sido la sede de miedos ancestrales y temores épicos que han quedado registrados más en el mito que en la historia. Durante los últimos milenios la ciudad misma ha sido objetivo militar estratégico, bastión, baluarte, refugio de distintos grupos y clase sociales y también ha sido el espacio donde sus habitantes han desplegado y padecido distintas formas de violencia material y simbólica. Es bien sabido que muchas de las ciudades contemporáneas se levantan sobre los escombros y cenizas de ciudades violentamente avasalladas. Tal es el caso de la ciudad de México, que —quinientos años después— se yergue sobre las ruinas de Tenochtitlan, la antigua metrópoli prehispánica.

El temor y el miedo son elementos que participan en la organización del sentido de la vida urbana contemporánea (Bauman, 2008; Beck, 1998). La eficacia simbólica del terrorismo radica en que afecta nuestra noción personal de la seguridad, la que suponemos —es decir creemos— debería ser resguardada por un orden societal y/o estatal mediante dispositivos que incrementasen nuestra certidumbre urbana; es decir la capacidad de prever, anticipar, en suma imaginar, formas de existencia y eventos. Tal imaginario implica, entre otras cosas, si no una paradoja, al menos un contrasentido: quienes voluntariamente vivimos en las ciudades imaginariamente aspiramos también a disfrutar de una agitada e intensa paz urbana. Para muchos la ciudad representa la posibilidad de la pacífica vida ciudadana, donde las diferencias (sociales o de cualquier tipo) no se dirimen con el uso de la fuerza.

En el ámbito cotidiano el temor organiza muchos de los pequeños actos en nuestra rutina urbana; tal es el caso, cuando nos desplazamos por la ciudad, de nuestro encuentro con la multitud. Al estudiar el comportamiento de las personas en los vagones del metro de la ciudad de México, Aguilar y Cervantes concluyen que existe algo que podríamos denominar como un miedo al extravío, el cual puede ser "entendido como dejar de ser uno mismo, el de ser incorporado a esta multitud anónima que circula persistentemente alrededor. No mirar, no moverse, no sentir, refugiarse en el propio cuerpo como lugar que garantiza la integridad, único sitio del cual uno no puede perderse" (2004: 9). Estos estudiosos del fenómeno urbano sostienen que la ciudad contemporánea ha desarrollado, en una importante escala, al individualismo, definido como:

[...] la acción social orientada desde intereses particulares que se cumple a través del consumo, el acceso al mercado, y que evidentemente implica el descuido del otro, en una dinámica social de competencia y exclusión. Al menos en términos cuantitativos resulta paradójico este énfasis en el individuo, cuando nunca antes en la historia de la humanidad tantas personas habían vivido en tantas ciudades al mismo tiempo. La superabundancia humana pareciera estar generando un efecto de "borramiento" social de los otros, al acentuar que la sociedad está compuesta de individuos y no de amplias colectividades que producen lo social (ibidem).

En efecto en este trabajo no nos detendremos en la dimensión individual del miedo, lo que me interesa problematizar es un conjunto de narrativas sociales con que los habitantes de la ciudad de México explican los cambios que perciben en su habitar y transitar por la ciudad contemporánea, donde el temor a la vida urbana parece ser uno de sus elementos definitorios. Para analizar estas narrativas propongo cinco viñetas que concentran muchos de sus elementos con los que simbólicamente se ha construido el miedo en la ciudad; es decir, me interesa ver el papel que el miedo juega en la construcción de su orden urbano.

 

EN EL PRINCIPIO FUE EL ORDEN DE LA VIOLENCIA

En una encuesta que realizamos en la ciudad de México a finales de los noventa, sobre prácticas culturales e imaginarios urbanos (Nieto, 1998), pudimos identificar —entre los entrevistados— dos narrativas míticas que competían por explicar el origen de la ciudad de México: la primera decía que la ciudad de México se fundó cuando un águila se posó sobre un nopal para devorar una serpiente que había atrapado. Tal narrativa señala el lugar donde se fundó la antigua Tenochtitlan y funciona también como el gran mito fundacional de la nación, por ello se conserva estampado tanto en la bandera como en el escudo nacional y en todas las monedas que circulan desde hace siglos en este país. La segunda narrativa —un poco menos frecuente que la primera— proponía que la ciudad de México se fundó simple y llanamente con la caída de la metrópoli azteca y la instauración de un orden colonial. Más allá de los interesantes elementos de esta contienda simbólica por hacer prevalecer un mito de origen urbano, nos interesa señalar ahora que ambas narrativas contienen a la violencia como partera de la ciudad.

Hoy, al realizar trabajo de campo en la ciudad de México, no es difícil recuperar entre sus habitantes de más de treinta años evocaciones que rememoran, no sin poca nostalgia, que "las cosas ya no son como eran antes". En efecto, esta misma memoria social ha sido registrada en otras ciudades (Reguillo, 2003), lo cual nos permite preguntarnos si no será esta nostalgia un rasgo distintivo de la contemporaneidad urbana característica de una megalópolis o ciudad global periférica como la ciudad de México. En todo caso esta narrativa evoca una ciudad en que no pasaba nada, se vivía pacíficamente; la gente trabajaba y prosperaba aprovechando las oportunidades que proporcionaba la propia ciudad que crecía fabrilmente a ritmos febriles y prodigaba con generosidad condiciones de vida y trabajo que no existían en otras latitudes del país. Los niños en esa ciudad, además de ir a la escuela, sólo le temían al coco, al viejo del costal —que por cierto recibió como homenaje una ronda infantil— y, en ocasiones hasta a las campañas de vacunación infantil organizadas por el Estado —porque se rumoraba que en realidad eran campañas de esterilización.

La larga saga del pueblo mexicano, conquista-independencia-reforma-revolución, por construir un país y mantenerlo unificado era ya parte de un canon histórico compartido, que setenta años de priismo habían propuesto para construir la identidad nacional. Pero después de doce años de gestión panista se ha abierto el debate sobre tal saga y ya se perciben muy lejanas esas dos primeras décadas del siglo XX, cuando la violencia revolucionaria con su cauda de un millón de muertos había llenado de luto a no pocas familias de la capital mexicana. Con la consolidación del nuevo Estado revolucionario la ciudad de México volvía a jugar el papel privilegiado que una sociedad centralista asignaba a su capital: ser la ciudad primada que se asumía no como una ciudad blanca (criolla), sino como una metrópoli mestiza que era depositaria de la esencia de la nación y beneficiaria de los mejores frutos de la Revolución mexicana. Tal narrativa de origen (¿mítica?) sin duda representa una idealización que los propios historiadores pondrían en cuestión con relativa facilidad (Piccato, 2004).

Me atrevo a formular una hipótesis: durante las primera mitad del siglo pasado el recuerdo, la memoria aún viva de la violencia revolucionaria provocaba tal pavor entre la población citadina que era necesario borrarla mediante la idealización no sólo del presente, sino sobre todo del futuro.

 

SETENTA AÑOS DE OGRO Y PAZ FILANTRÓPICA

El poeta Octavio Paz tuvo a bien metaforizar al ejercicio del poder por parte del PRi con la figura del ogro filantrópico. Otro literato, Mario Vargas Llosa, bautizó al mismo proceso como la dictadura perfecta. En ambos casos se reconocía algo fundamental: el monopolio del poder por parte del PRi se sustentó durante setenta años en una fina dialéctica que articulaba consensos sociales con corruptelas y componendas; represiones con procesos de cooptación de las distintas formas de resistencia, disidencia y cuestionamiento al poder; formas crudas de violencia física con sofisticados dispositivos de violencia simbólica.

Como en los buenos relatos míticos, el fin de tal dictadura filantrópica o, si se prefiere, de tal ogro perfecto, provino del fondo del océano Pacífico: en la mañana del 19 de septiembre de 1985 la ciudad de México se estremeció con un terremoto cuyas secuelas hoy, a casi 30 años de distancia, son observables aún en su Centro Histórico. El Estado encabezado por el primero de sus, hasta ahora, seis presidentes neoliberales, fue incapaz de dar respuesta a una población urbana seriamente lastimada. El miedo, la incertidumbre se paseaba nuevamente por la ciudad. De sus edificaciones caídas emanaba el olor de la muerte. Ya se ha dicho hasta la saciedad, pero no sobra reiterarlo: las organizaciones populares urbanas surgieron de los escombros y tuvieron que hacerse cargo del rescate de los sobrevivientes y de las tareas de reconstrucción de la ciudad. El Estado empezaba a ser rebasado por la sociedad. Tampoco sobra recordar que durante 18 años (1982-2000) la economía nacional fue rediseñada y gestionada a la usanza neoliberal del priismo, lo cual significó que, mediante un proceso de apertura económica sin precedentes, en poco tiempo la desindustrialización, como una nueva peste, recorría los viejos barrios fabriles de la ciudad de México y el desempleo masivo entraba en los hogares de los trabajadores. Esto sin duda no sólo causó temor o miedo, sino verdadero terror en los hogares afectados. La incertidumbre que provoca no contar con salario fijo, o perder el empleo —y las prestaciones sociales que éste implicaba: salud, vivienda, jubilación, etcétera— fue una experiencia inédita para esa generación urbana que no disponía —ni dispone todavía— de ningún tipo de seguro de desempleo o de salud. El Estado benefactor mexicano, iniciado en la década de 1940, durante el gobierno de Cárdenas, llegó a su fin muy rápidamente, se detuvo el avance en los niveles de vida y su retroceso se volvió algo cotidiano. Sólo un par de generaciones conocieron el bienestar. Se transitó de un modelo macroeconómico rígidamente cerrado a uno de economía abierta y posfordista, que enarboló en la esfera laboral la especialización flexibilidad como su divisa (Harvey, 2007: 106-112; Lomnitz, 2004).

 

DE LOS ERRORES PRIÍSTAS DE DICIEMBRE A LOS ACIERTOS ZAPATISTAS

Carlos Salinas de Gortari tuvo el dudoso honor de ser, por algunos años, el expresidente que más ha odiado la población mexicana —condición que le han disputado sus sucesores—. Tal vez el principal motivo no sea la demanda ciudadana que reivindica el esclarecimiento del origen de su fortuna familiar y personal, cuanto el reclamo de una sociedad que se sabe engañada. En efecto, a fuerza de retórica y de actos espectaculares, casi logró convencer a la nación mexicana de que estaba a un paso de ingresar al primer mundo. Al terminar su delirante sexenio la economía mexicana empezaba a zozobrar. El 21 de diciembre 1994 el peso, la moneda mexicana, como la piedra de Sísifo se desplomaba mediante una estrepitosa devaluación. El ciclo trágico de inflación, crisis económica y devaluación retornaba nuevamente a pesar de que se había garantizado y hecho creer a la sociedad que nunca más volvería a suceder.

Por su parte, y para manifestar su oposición al Tratado de Libre Comercio de Norteamérica (tlon) el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) escogió el 1 de enero de 1994 para irrumpir en la escena política desde la selva de Chiapas. Tendrían que pasar siete años para que el EZLN, transformado mediáticamente en Zapatour y custodiado por ejércitos de periodistas y monos blancos, llegase a la ciudad de México donde fue recibido de manera apoteótica el 11 de marzo de 2001. La violencia simbólica de la selva se paseaba por la principal plaza urbana del país (el zócalo capitalino) y por sus principales universidades públicas.

Durante la década que cubre esta viñeta es posible ubicar una transformación radical de la vida en la metrópoli mexicana. En efecto, la población mexicana tardó en entender que la crisis financiera iniciada a principios de los ochenta había sido gestionada de manera estructural y la economía nacional ya no era la misma. El proceso de apertura económica, la desregulación y la entrada de inversión extranjera especulativa cambiaron definitivamente el rostro de la hasta entonces principal ciudad industrial mexicana.

Decenas de miles de desempleados debieron improvisar pequeños comercios en la vía pública, plazas, puentes, estaciones del metro, etc., y convertirse eufemísticamente en microempresarios, trabajadores por cuenta propia, o simplemente en ambulantes —curiosa denominación que subraya la naturaleza provisional y móvil de una situación que, por el contrario, parece cada vez más estable y definitiva—. Durante este periodo millones de mexicanos abandonan su país y se internan ilegalmente en Estados Unidos con el fin de lograr el sueño americano. Tal migración, temporal y definitiva, hace que cuando preguntamos —en la encuesta ya mencionada—a habitantes de la ciudad si contaban con familiares, o conocían a alguien en Estados Unidos, la respuesta abrumadora fue sí. La ciudad empezaba a trasnacionalizarse. En efecto miles de migrantes desde aquel país intentan mantener a familiares y dependientes económicos que no migraron, mediante el envío de remesas que, sumadas a las cuentas nacionales, se convierten en un insumo fundamental de la economía nacional.

A manera de hipótesis, pienso que con la expansión de la migración ilegal, del ambulantaje, del sector informal de la economía y la mayor visibilidad y tolerancia hacia las actividades ilícitas —particularmente el robo y la venta clandestina de esas mercancías, que sustituyeron a la antigua fayuca de contrabando—, se rompieron las viejas ataduras de un antiguo orden moral, se traspasaron los antiguos límites societales que eran firmemente resguardados por una trama de creencias, prácticas y certidumbres que organizaban las expectativas y vidas familiares en un orden urbano.

El relato que sostenía tal conjunto de creencias era muy simple, podría ser presentado como una suerte de silogismo que reproducía algo parecido a un ciclo mítico que fundaba y refundaba un imaginario de bienestar, el cual podría ser sintetizado de la siguiente manera: la escuela permite a las personas obtener la formación necesaria, y con ella se les facilitará conseguir un trabajo del que obtendrán un salario suficiente, para poder fundar y sostener una nueva familia. Esta nueva familia se encontrará en una situación igual o superior a aquella de la que se proviene y podrá enviar a sus niños a la escuela.

Tal narrativa social portaba un imaginario que funcionaba como una trama simbólica que permitía a los sujetos organizar el sentido de su vida en la ciudad, haciendo viables sus utopías familiares o personales. Este relato utópico se sustentaba sobre un conjunto de asunciones, creencias y certidumbres que no sólo fueron puestas en cuestión, sino severamente trastocadas por la nueva política económica. Las mutaciones más importantes que podemos señalar de manera provisional modificaron las prácticas sociales pero, sobre todo, quedaron codificadas en la estructura de representaciones que organizaba la ética del trabajo. En tal estructura —fundamental en la construcción de cualquier sentido biográfico— la idea de salario fue sustituida por cualquier tipo de ingreso económico, y la de empleo fijo fue reemplazada por la realización de cualquier actividad remunerada aunque fuera ilegal, clandestina o incluso criminal. El orgullo y saberes laborales fueron cediendo paulatinamente su alto valor y aprecio ante el consumo. Por cierto, acompañando todo esto podemos observar también que la figura del maestro dejó de asociarse a la del cura y el médico como ocupaciones de alto reconocimiento social. El saber mismo se hizo innecesario, la escuela ya no sostenía las expectativas de la vida.

Finalmente, como colofón de esta viñeta no sobra recordar que en esos turbulentos años de principios de los noventa la violencia política reapareció no sólo en la ciudad, sino en casi todos los hogares y de manera inmediata; me atrevería a decir que casi en vivo y en directo. ¿Qué efectos habrá tenido?, ¿qué significado habrá representado? el haber visto decenas de veces —en múltiples canales televisivos, programas de noticias y de opinión política— la repetición, cuadro por cuadro, del asesinato de un candidato priísta a la presidencia en Tijuana, el espectáculo morboso del cadáver de otro dirigente priísta a unos pasos del monumento a la Revolución en la ciudad de México, o el auto donde fue acribillado en el aeropuerto de Guadalajara un cardenal que, aparentemente, ¿fue confundido con narcotraficante? La violencia asociada a procesos y momentos políticos parecía estar naturalizándose.

 

DE CÓMO LOS CIUDADANOS SE METAMORFOSEARON EN VÍCTIMAS

Conviene recordar que hasta el año de 1997 la ciudad de México pudo elegir democráticamente a su gobierno local. Antes la Presidencia de la República nombraba un jefe del Departamento del Distrito Federal, quien gobernaba la ciudad en representación del presidente. Conviene recordar también que la ciudad de México ha sido consistentemente una de las bases de apoyo de la izquierda parlamentaria: votó en 1988 por Cuauhtémoc Cárdenas postulado como candidato para la presidencia por el Frente Democrático Nacional —fuerza que agrupaba al antiguo Partido Comunista y a múltiples fuerzas políticas de menor escala—; seis años más tarde en 1994 votó nuevamente por él, postulado ahora por el PRD; en 1997 votó por él por tercera ocasión, cuando pudo elegirlo como su primer gobernante local. Vicente Fox, postulado por el Partido Acción Nacional, derrota al pri en las elecciones presidenciales de 2000, pero pierde en la ciudad de México; esa terca ciudad vota de nuevo por Cárdenas para presidente y por el PRD para el gobierno local, partido que por segunda ocasión gana la Jefatura de Gobierno de la ciudad con la candidatura de Andrés Manuel López Obrador. Desde entonces quedó establecido un conflicto casi irresoluble entre el gobierno federal y el local. Finalmente, en 2012, la ciudad votó nuevamente por la Izquierda y eligió a Miguel Ángel Mancera como su nuevo gobernante.

Esos procesos electorales, además de sus efectos políticos, sirvieron para ponderar, conocer y explicitar las preocupaciones ciudadanas. En ellos se levantaron, mediante encuestas, inventarios de las demandas más sentidas. En estos recuentos es posible constatar que la exigencia ciudadana desplazó del primer lugar a los problemas económicos y la demanda de mayor participación democrática enarbolados hasta 2000, por la exigencia de solucionar el problema de la seguridad pública. ¿Cómo sucedió esto en una ciudad que ha dado muestras de gran tolerancia, preocupación por los procesos de democratización, y que por los resultados de las elecciones puede ser calificada como baluarte de la izquierda?

Un intento de repuesta puede empezar a formularse reconociendo la poca atención que los gobiernos federales y locales habían dado a la seguridad de los ciudadanos. Sin duda, otro elemento consiste en la espectacularización que los medios de comunicación, impresos y electrónicos, han realizado de las experiencias violentas en la ciudad. Un ejemplo claro de ello se verificó en el 7 de junio de 1999, cuando fue asesinado sin motivo aparente un conductor de la televisión mexicana y dio lugar al "caso Stanley" (Ramírez y Olmos, 1999). Desde ese momento se instauró una feroz batalla entre la administración perredista de la ciudad y el segundo monopolio televisivo del país, que al ver afectados sus activos se dedicó a amplificar todos las noticias relacionadas con la inseguridad y la corrupción gubernamentales de la capital. Lentamente, el temor, el miedo y la incertidumbre fueron ganando terreno en una agenda pública que proponían los medios (radio y televisión, sobre todo). Ello no quiere decir que la violencia urbana fuera inexistente o no estuviera aumentando su escala. Esto, por lo demás, era de muy difícil verificación. Las cifras y precarias metodologías oficiales, basadas en denuncias, eran sumamente cuestionadas; durante esos años se instauró una especie de competencia entre el gobierno federal y el local por establecer quién tenía el mayor índice delictivo. Los criterios y fuentes de información esgrimidas por cada bando terminaban por deslegitimarse mutuamente. Para colmo utilizaban dudosos criterios clasificatorios como establecer la diferencia entre un robo con violencia y otro sin ella ¡como si pudiese existir tal cosa!

En un proceso paulatino, y casi imperceptible, la violencia y el temor a ella han entrado en los hogares citadinos. Ante la incapacidad del Estado de generar estadísticas plausibles sobre la criminalidad, la gente realiza sus propias encuestas y descubre que casi ya no conoce a nadie que no haya sido asaltado, incluidos a ellos o algún miembro de su familia en la vía pública, en el transporte urbano, a la entrada de su casa, en un cajero automático, después de haber cambiado un cheque en algún banco, e incluso en algún restaurante o, ya en el colmo, en alguna fiesta o iglesia. También empieza a hablarse en voz alta acerca del secuestro de algún conocido, y que algunas actrices y cantantes están cambiando su residencia a Miami (y otras ciudades de Estados Unidos) por la inseguridad que prevalece en la ciudad. Por otra parte, la ciudad de México dejó de ser sólo un lugar de tránsito de drogas hacia Estados Unidos y en ella paulatinamente se fue incrementando el consumo de muy diversas sustancias tóxicas. El narcomenudeo hizo su aparición masiva.

Ante la experiencia personal de la indefensión, las respuestas no han sido ciudadanas sino individuales; creatividad y recursos no les han faltado a los urbanitas: empiezan a proliferar las urbanizaciones cerradas, y muchas calles antes abiertas a la libre circulación ahora tienen controlado el acceso (mediante "plumas" y contratación de vigilancia privada); en muchos predios se construyen condominios cerrados y edificios bien resguardados cuya principal virtud es la vigilancia; en muchas de las zonas populares de la ciudad los pequeños comercios locales —las misceláneas, las farmacias, las tlapalerías, los videoclubs, etcétera— empiezan a ostentar aparatosas rejas metálicas; en los estacionamientos de las unidades habitacionales empiezan a ser comunes las "jaulas" de metal con que se pretende proteger a los vehículos; en los barrios de clase media se suben las bardas que dan a la calle, y encima de ellas se instalan todo tipo de alambrados, de acero con púas y cuchillas; en algunas colonias se organizan los vecinos para instalar alarmas y luminarias fuera de su casa y en la vía pública, que seguramente de poco sirven en un clima de escalamiento de la violencia y delincuencia urbanas. El miedo empieza a desurbanizar a la ciudad.

Podemos afirmar que, al lado de la percepción de inseguridad personal y doméstica, se dio también una especie de fetichización del miedo: el automóvil y sus partes concentraron la atención de la delincuencia urbana y de los encargados en combatirla. En 2002 la Procuraduría General de Justicia de la ciudad de México y la Interpol señalaban que existían 700 bandas dedicadas al robo de autos en el Distrito Federal cuya ganancia ascendía a mil millones de pesos anuales; el robo de automóviles constituía el segundo delito más importante y redituable después del narcotráfico. Según cifras oficiales, diariamente se robaban 97 autos en el D.F., de los cuales 10 eran desvalijados en su totalidad para ser vendidos como autopartes. La Interpol-México confirmó que algunas unidades, principalmente camionetas de lujo nuevas, eran trasladadas a Centroamérica e incluso se exportaban hasta África (Llanos y Servín, 2002). En 2004 la Asociación Mexicana de Instituciones de Seguros, AC. señalaba que se cometían 88 robos de autos al día en el D.F. y se venden autopartes en tianguis ubicados en el Ajusco, la zona del Salado en Iztapalapa y las colonia San Felipe de Jesús, Buenos Aires y Peralvillo. Por distintos rumbos de la periferia metropolitana surgieron "tianguis" de automóviles usados donde, al lado de vehículos legalmente ofertados, se ofrecían vehículos irregulares provenientes de Estados Unidos, y otros reportados como robados.

Las respuestas que han dado las autoridades todavía dejan mucho que desear. Tal vez lo que más sorprenda sea la falta de claridad sobre lo que se tiene que hacer. No es gratuito que un grupo empresarial de primer nivel haya solicitado y financiado un estudio sobre la seguridad de la ciudad de México a una consultoría internacional encabezada por el ex alcalde de Nueva York, Rudolph Giulianni, cuyos resultados fueron propuestos a las autoridades capitalinas. El propio Giulianni, poco antes de entregar el reporte final, comentaba que "en cuatro años habrá resultados después de implantar la cero tolerancia" (González y Gómez, 2003) El Reporte Giulianni posee 146 recomendaciones al gobierno de la ciudad, muchas de las cuales ya habían sido tomadas previamente a la publicación de las mismas; entre ellas pueden señalarse: la instalación de cámaras en puntos fijos de la ciudad; impulsar el uso masivo de tecnología de localización satelital de vehículos; promover en el mercado automotriz la industria de autopartes para desalentar la compra de partes robadas; controlar los vehículos recuperados, aumentar la lucha contra el narcotráfico al menudeo, etc. (Giulianni, 2003). Sin duda el robo de vehículos y autopartes, así como las distintas modalidades de robo de dinero, parecen haber sido el primer escalón de una ruta que pareciera no tener fin.

El nuevo objetivo de la delincuencia ya no es el vehículo o el dinero, sino la persona, a quien ya se le considera como un objeto, un medio para acceder al dinero fácil. Se fetichiza ahora al ciudadano, empieza a existir simplemente como soma, como un cuerpo que puede ser mutilado, que puede ser enclaustrado por meses en espera del pago de su rescate y que puede ser finalmente asesinado. Quiero recordar dos hechos que en su momento llamaron poderosamente la atención de la opinión pública: el 17 de agosto de 1998 fue detenido Daniel Arizmendi López, mejor conocido como El Mochaorejas, quien encabezaba en el centro del país una banda especializada en secuestrar empresarios (Aponte, 1998). Hoy se encuentra recluido en un penal de alta seguridad. Podemos comparar este caso con el secuestro de la Dra. Carmen Gutiérrez de Velasco (Mujer del año 1997) sucedido el 22 julio de 2004 y su asesinato dos días después. El día 30 del mismo mes fueron detenidos y presentados ante las cámaras televisivas los autores materiales de ese terrible hecho (Salgado et al., 2004). Aunque parecen de la misma especie es necesario reconocer que entre ambos eventos hay diferencias significativas: el primer caso parece ser el de un psicópata, que hizo del secuestro una profesión y disfruta mutilando a sus víctimas; el segundo parece ser el primer secuestro de un grupo de aficionados, lo cual explica su torpeza y rápida detención. Sin embargo, lo que resulta preocupante es la confirmación de que la ruptura de los controles sociales auspicia que práctica y fácilmente "cualquiera" pueda plantearse el realizar un secuestro con éxito, y desde luego las víctimas no son exclusivas de los sectores sociales altos.

Para concluir este cuarto apartado podemos recordar que "cuando la victimización es el atributo que define las formas de auto y heterorreconocimiento en la ciudad, se genera efectivamente un sentido de cuerpo cuyos lazos precarios e inestables configuran una comunidad emocional que dirige su energía contra lo que se percibe como el enemigo externo o el transgresor interno. Se trata de una comunidad contra, su sentido, fundado en la percepción de la amenaza, que necesita rituales que lo activen" (Reguillo, 2002: 54). Tales reflexiones parecen aplicarse de manera exacta a un hecho insólito, hasta ese entonces, en la vida pública de México: la marcha contra la inseguridad que se realizó el domingo 27 de junio de 2004 y en la que participaron más de 250 mil personas, cuya principal característica fue la indignación. Un testigo excepcional de la marcha, Carlos Monsiváis, declaró:

[...] el mensaje del domingo en la mañana es de responsabilidad colectiva, de exigencia a las autoridades y de solidaridad con las víctimas [...] No tiene mucho caso el duelo de estadísticas contra las percepciones a partir de un dato simplísimo: nadie vive en las estadísticas. A la izquierda le toca analizar con cuidado y rapidez el mensaje múltiple de la marcha [...] Fue una marcha muy significativa de esa zona que no pertenece a la izquierda o a la derecha, sino a la angustia de la ciudadanía y a la urgencia del estado de derecho [...] (León, 2004).

Sin duda todos los medios de comunicación organizaron una gran cruzada en la que pusieron en juego todos sus recursos, pero ello no basta para explicar el éxito de la marcha. Reguillo ha señalado que "históricamente el miedo ha sido un instrumento de control y opresión. La ciudad es hoy habitada por múltiples figuras que nada significarían, si no fuera porque se alimentan del malestar, de la desgracia, de la crisis estructural y de la exclusión creciente, del sin sentido. El desafío es hacer audible y volver visible ese malestar, esa desgracia, esa pérdida de sentido, más allá de su dimensión espectacular" (Reguillo, 2003: 176).

 

EN LA CIUDAD POST-APOCALÍPTICA

Podemos intentar una última reflexión: hace años se veía con temor cómo la sociedad mexicana avanzaba lentamente hacia algo que podría denominarse una suerte de colombianización de la vida social. Tal narrativa se sustentaba en el reconocimiento de una especie de naturalización o de normalización fatal de la criminalidad y la violencia, a las que se le suprime todo contenido social y se les empieza a asumir como parte del tejido cultural. Hoy muchos piensan que los medios de comunicación contribuyen a esa naturalización y el sentido común les atribuye el papel de pedagogos para la nueva delincuencia. Los medios, que tradicionalmente han incluido los géneros violentos en su programación cotidiana destinada al esparcimiento —películas de acción, series policiacas, reality shows, etcétera—, ahora a través de sus noticieros parecen habernos acostumbrado a ver todo tipo de violencia local amplificada y hemos atestiguado cómo se han regodeado en eventos internacionales como el ataque de los aviones al World Trade Center de Nueva York el 11 de septiembre de 2001 y los suicidios a que dieron lugar. La televisión mexicana paulatinamente empezó a transmitir violencia real en horario triple A —recuérdense las ejecuciones por decapitación llevadas a cabo por fundamentalistas iraquíes en septiembre de 2004—. Pero no ha sido sólo la televisión. Hoy prácticamente todos los noticieros (radiofónicos y televisivos), periódicos y revistas semanales de interés general han debido desplegar secciones especializadas en nota roja para cubrir todo tipo de eventos violentos que suceden en el país. Por medio de todos ellos nos enteramos, casi rutinariamente de levantones, ejecuciones, muertes, decapitaciones y todo tipo de mutilaciones corporales; por esos mismos medios, y además por las redes sociales o plataformas como YouTube, vemos cómo son asesinados migrantes mexicanos que intentan cruzar la frontera con Estados Unidos; también asistimos con sorpresa a ver los centenares de muertes de indocumentados centroamericanos que perseguían el mismo fin; de todo ello queda constancia y parece que ya hemos perdido nuestra capacidad de asombro. Frente a este relato no sobra recordar que el miedo, como cualquier otro fenómeno cultural, se comunica. Si se me permite un sarcasmo, podríamos afirmar que en la ciudad de México el miedo ya no anda en burro, ahora se pasea por sus avenidas y plazas principales, vestido de blanco, acompañado de la indignación ciudadana y de la impotencia frente a la incapacidad gubernamental de hacer frente a la violencia urbana en México y en otras ciudades.

A pesar de que parece inescapable e interminable la guerra contra el crimen organizado —reactualizada por el actual gobierno de Enrique Peña—, se incrementa de manera exponencial todos sus saldos, vemos con asombro cómo se intenta legalizar el consumo de drogas en Estados Unidos, y en la propia ciudad de México, y paralelamente cómo ese país introdujo ilegalmente miles de armas al territorio mexicano que llegaron a la delincuencia organizada. Al lado de ello vemos cómo se expanden las narcotienditas por el territorio nacional, donde las ciudades mexicanas parecieran competir entre sí para saber cuál es la más peligrosa o cuáles son los horarios y recorridos carreteros que se deben evitar. La ciudad de México parecía haber estado ajena a esta dinámica urbana presente en otras áreas del país durante los últimos seis años (como Culiacán, Guadalajara, Monterrey, La Laguna, Ciudad Juárez, etc.). Cuernavaca, ciudad-suburbio de fin de semana de la capital mexicana, ha dejado de ser para los capitalinos el lugar de la eterna primavera y en ella parece haberse iniciado un invierno sangriento.

Mediante campañas publicitarias se pretende construir de manera mediática un ambiente de paz social; sin embargo, resultan ineficientes cuando ahora el miedo prospera también sobre territorios simbólicos como el de la virtualidad y lo digital, para los cual podemos presentar dos botones de muestra. El primero: los capitalinos recibieron durante los últimos años decenas de miles de llamadas telefónicas informándoles que tenían secuestrado a algún pariente, tales extorsiones telefónicas, aunque han disminuido, no hay desaparecido —aunque por su reiteración su eficacia simbólica parece estarse reduciendo—; segundo, la infinidad y diversidad de materiales visuales que circulan en las redes sociales, por los correos electrónicos y mensajes telefónicos (de texto e imágenes) donde se muestran desde videos de bullying en las escuelas hasta amenazas de sicarios y secuestradores que pueden incluir ejecuciones videograbadas y subidas a la web (donde hay algunos canales especializados).

A estas alturas podemos preguntarnos si existe alguna manera no simbólica de construir el miedo. Frente a este cuestionamiento podemos decir que sí. Está presente de manera no simbolizada en el mundo de los actos irreflexivos (acting out) que es capaz de suscitar. También podríamos decir que el miedo puede estar en una dimensión estrictamente sígnica (es decir metonímica) y que para materializarse debe existir un plano específicamente simbólico (es decir metafórico) que le proporciona el soporte necesario, mediante discursos, racionalizaciones, memorias, narrativas, actualizaciones, representaciones e imaginarios como es el caso de los cinco escenarios que he presentado.

Para concluir este ensayo quiero señalar que el miedo se intuye, se comparte, se contagia, se transmite, se interioriza, se asume y finalmente se enfrenta. Este proceso es una de las maneras particulares con que la ciudad de México se globaliza. El miedo sin duda es un elemento más (no el único) con que en la actualidad se organiza el orden urbano. En dicho orden es uno de los estados anímicos posibles para construir la cotidianidad de la ciudad. En ella, al igual que en otras, se articula con otras emociones en una dimensión afectiva más amplia donde emociones, pasiones, sentimientos y afectos deben ser vistos como símbolos que se estructuran, circulan y cambian de una manera regulada en todas las culturas (Calderón, 2012).

Sin embargo, la incertidumbre no es la forma específica de habitar la ciudad. A pesar de las narrativas que amplifican las escalas de lo escuchado, visto, leído, presenciado, o experimentado, no sobra recordar que la ciudad de México no es la más grande del mundo, tampoco la más contaminada, ni la más violenta; en este renglón ni siquiera ocupa algún lugar entre las primeras cincuenta más violentas del mundo; en América Latina tal posición es disputada por Honduras, Colombia y Brasil (García Canclini, 2003: 7; Aristegui, 2014). Al final no queda sino el optimismo y, siguiendo a Monsiváis, afirmar que la ciudad de México es la primera ciudad pos-apocalíptica: porque en ella... lo peor ya pasó.

 

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